CAUSAS DE LA INDEPENDENCIA DE EEUU (2015)

Apunte Español
Universidad Universidad de Barcelona (UB)
Grado Historia - 2º curso
Asignatura Historia Contemporánea Universal
Año del apunte 2015
Páginas 16
Fecha de subida 17/03/2015
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Formación de los Estados Unidos (1763-1776): aproximación a las causas que motivaron su independencia 2º B – UB Jordi Saura Nadal Noviembre 2014 Introducción ‘’Cuando en el curso de los acontecimientos humanos se hace necesario que un pueblo disuelva los vínculos políticos que lo han ligado a otro y tome entre las naciones de la Tierra el puesto separado e igual al que las leyes de la naturaleza y del Dios de esa naturaleza le dan derecho, un justo respeto al juicio de la humanidad exige que declare las causas que lo impulsan a la separación. ’’ Con esta famosa frase, que ha pasado a la historia, empieza la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América. En una sola frase se resume todo el sentir de un pueblo, unido bajo la misma bandera de la Libertad. En unas pocas palabras se afirma que los seres humanos tienen la habilidad de asumir la independencia política según la ley natural. Ésta ley natural será uno de los pilares fundamentales, y uno de los argumentos sólidos, de los motivos de su separación de Inglaterra.
Estos motivos, según el texto, han de ser razonables y, por eso, tienen que ser expuestos y explicados correctamente. Este es el principal objetivo del trabajo. En un contexto actual de replanteamiento de la libertad colectiva de las naciones, consideramos adecuado exponer las razones que movieron al pueblo norteamericano a luchar por su escisión de Inglaterra. Porque cuando no hay argumentos en el presente siempre se buscan en la neblina peligrosa de la Historia.
Contextualización Todo empieza en el año de 1763. El Tratado de París ponía punto y final a tres cuartos de siglo de guerras continuas entre ingleses y franceses en el subcontinente americano. Estos conflictos, que habían abrumado a los colonos británicos de las trece colonias apostadas en la costa este, culminaron con una total pero costosa victoria británica y la expulsión de los franceses de América del Norte. Ahora siendo ésta completamente británica, excepto por una decadente España que ya había perdido su bastión de la Florida, los colonos festejaron la liberación del yugo francés que les oprimía hacia el mar. No obstante, esta victoria total marcó el comienzo de nuevos problemas (mucho más importantes) para Gran Bretaña. La victoria sobre Francia supondría el inicio de una cadena de sucesos que condujo a la mayor derrota, y la más humillante, que sufriría en la Edad Moderna. Además, supondría el nacimiento de una nueva nación que se convertiría, en dos siglos, en la más poderosa de la historia.
Las trece colonias de América Las trece colonias británicas de América del Norte, que se habían ido creando a lo largo de dos siglos por distintos motivos (comerciales, religiosos, políticos…), tenían una extensión de 650.000 Km2, casi tres veces la superficie de la isla de Gran Bretaña. En la década de 1760 contaban con una diversificada población de 1.250.000 originarios europeos más una cantidad de 250.000 esclavos negros. La población inglesa era de unos siete millones de habitantes, así que los americanos sumaban al imperio una cantidad nada despreciable de súbditos británicos. Sin embargo, la sociedad colonial americana era ya bien diferente de la británica europea. El origen tan diferente de colonos ingleses, escoceses, irlandeses, holandeses, alemanes,… hacía que la sociedad mezclada de las colonias fuera mucho más 1 igualitaria que la conservadora y tradicional británica. A este respecto, se había difundido en ella el desprecio por los títulos británicos y por la sumisión británica. Y es que los americanos consideraban a los ingleses como seres autoritarios, pedantes, estirados y tiránicos. En grado creciente, aunque intentaron argumentar su resistencia por su servitud a Gran Bretaña, los colonos no se consideraban ingleses (aunque hablasen inglés y fueran por lo general sus descendientes), sino americanos. Por otro lado, los británicos veían a los americanos como una población ruda e ignorante, capaz de traicionar a la madre patria para negociar beneficios con el enemigo. Además, no tenían ejército profesional y usaban la guerra de guerrillas, por lo que eran considerados unos cobardes.
La reciente actuación conjunta entre americanos y británicos en la Guerra de los Siete Años (17561763) tampoco contribuyó a mejorar el acercamiento de los dos pueblos. Todo lo contrario, el luchar conjuntamente (por una misma causa, pero con motivos diferentes) favoreció aún más el mutuo desprecio entre ambas partes. Cada una de ellas pensaba que había ganado la guerra por ella misma, sin ayuda e incluso muy a pesar de la otra. Así, los ingleses presumían de su armonioso ejército regular, el cual había ganado la decisiva batalla de Quebec de 1759. En cambio, los americanos argumentaban que la guerra había sido ganada gracias a su actuación en interminables batallas contra los indios, con el doloroso precio de grandes matanzas de mujeres y niños. Para ellos había sido una guerra en que habían conquistado heroicamente Luoisburg solo para que, después, los británicos la devolviesen sin miramientos a los franceses. La guerra no habría sido igual, ni mucho menos, sin ellos, ya que los británicos se habían librado de su completa aniquilación gracias a los americanos después de haber sido derrotados vergonzosamente en Fort Duquesne.
Sin embargo, hasta 1763 los americanos no podían quejarse de su gobierno. Francia era el enemigo desde hacía años y estaba claro que no podían hacerle frente sin la potencia de la Gran Bretaña. La cosa cambia a partir del Tratado de París. Los franceses, obligados a evacuar el territorio, ya no están para molestar y amenazar las vidas de los americanos. Eliminada Francia, veían ante sí un futuro de esperanzas y de sueños. No pensaban en otra cosa que en colonizar todas las tierras del oeste, hacia el lejano Misisipi, donde solo tendrían que expulsar a unos molestos indios que también estaban en desacuerdo con el tratado de 1763. Después de luchar hombro con hombro con los franceses, que los trataban con ‘’igualdad’’, los indios veían con temor a los británicos, en quien no podían confiar. Los ingleses no estaban dispuestos a recibir a los indios en pie de igualdad, sino que eran mucho más eurocéntricos que los franceses. Manifestando siempre su sentimiento de superioridad racial, expulsarían y esclavizarían a los indígenas a la menor oportunidad. Al ver los deseos de colonización de sus tierras que tenían en mente los americanos (chivatazo de los franceses), algunas tribus indias formaron una coalición al mando de Pontiac, obteniendo victorias iniciales, mediante el factor de la sorpresa, pero finalmente fracasaron. El Parlamento británico, a más de 5.000 km de distancia, no quería meterse en unas guerras costosas contra indígenas que vivían en unas tierras desérticas. Además, tampoco les gustaba demasiado la idea de ver crecer desmesuradamente a las irritantes colonias. Por todo ello, se firma una paz de compromiso con los indios mediante la cual los británicos prometen no colonizar las tierras de caza de los indios situadas al oeste de los montes Apalaches.
Esta línea imaginaria que separaba las colonias americanas de las tierras indias fue llamada por los colonos ‘’línea de la proclama’’. Para ellos esta ley británica era una aberración. No entendían como se había podido conceder a los indios la propiedad de esas tierras que ellos anhelaban colonizar y por las que habían luchado contra los franceses. Si se devolvían tan fácilmente, ¿de qué había servido entonces la victoria sobre Francia? Incansablemente mostraron su desacuerdo y oposición sobre esta ley y, a 2 medida que pasaba el tiempo, aprendieron a ignorar y, también, a despreciar las leyes británicas. La Línea de la Proclama afectó mucho a la visión aristocrática de una Gran Bretaña hermana. No solo los colonos americanos tenían intereses en esas tierras sino que sus grandes nobles también. Los grandes terratenientes de Virginia, muy conservadores, no entendían porque el gobierno se ponía de parte de los indios frente a las innumerables insistencias de estos sobre las nuevas tierras por explotar. Pese a sus vínculos con Inglaterra (muchos provenían directamente de ahí), muchos se volvieron de cada vez más antibritánicos. Sin embargo, los americanos más ricos, prósperos e influyentes eran los comerciantes de las ciudades costeras, sobre todo las de las colonias de Nueva Inglaterra. Si Gran Bretaña hubiese conseguido favorecerlos o al menos mantener su lealtad, el descontento hubiera pasado con el tiempo y se hubiera podido contener. Fácilmente, la cúspide social americana podría haber mantenido dentro de sus límites a la mayoría de la población. Este fracaso fue lo peor que podía haberle pasado a Inglaterra.
El imprescindible comercio americano Durante más de un siglo, los ingleses habían tratado de regular el comercio americano de tal modo que sus grandes beneficiarios fueran ellos mismos. Era lógico pensar que Gran Bretaña tenía ese derecho sobre las colonias porque habían sido ocupadas y colonizadas por los ingleses. Además, cuando las colonias habían estado en peligro había sido Gran Bretaña la que las había protegido, siendo el caso más reciente el de la Guerra de los Siete Años. Por ende, ya que los americanos existían y prosperaban en territorio británico gracias a su generosidad no era nada descabellado pedirles algo a cambio. Era como un contrato de alquiler. Sin embargo, los americanos obviamente no pensaban así. Las colonias habían sido creadas por hombres y mujeres sin mucha ayuda de la madre patria. Incluso, en algunos casos, habían ido a parar al otro lado del océano huyendo de las luchas religiosas, expulsados de sus casas. No estaban de acuerdo con los británicos en el hecho de que habían sido protegidos por ellos.
Ellos habían defendido sus casas durante años contra españoles, holandeses, indios y franceses con muy escasa ayuda del gobierno. Solo había sido en la última guerra, cuando Inglaterra había visto amenazados sus intereses europeos y asiáticos, cuando los ingleses habían intervenido decididamente en sus colonias y aun así fueron los americanos los que llevaron el peso principal.
Por todo ello, vieron una injusticia enorme cuando los ingleses trataron de controlar la industria y el comercio americanos de modo que el dinero fuese a parar a los bolsillos de los comerciantes y terratenientes británicos. Ante las nuevas restricciones y aduanas comerciales, los comerciantes americanos respondieron negociando ilegalmente con otros países o sin pagar los derechos de aduana.
El contrabando era un mal endémico en las colonias que había molestado continuamente al gobierno.
En general los americanos no lo veían bien y lo condenaban pero el contrabando seguía siendo una importante fuente de dinero para los hombres de negocios. Normalmente los americanos pagaban los derechos de aduana, pero cuando eran descubiertos por los funcionarios del gobierno. Al entrar en vigor estas leyes más restrictivas sobre el comercio, los americanos no consideraban que estaban violando la ley, sino que sólo ignoraban unas restricciones que consideraban injustas y tiránicas. Es difícil de creer la ineptitud de los ingleses ante sus colonias de América. Probablemente, sólo si hubieran dejado un ápice de autonomía a sus gobiernos locales, además de compartir los beneficios con los más poderosos americanos (con lo que podrían haber ganado incluso más dinero), la revolución americana no hubiera ocurrido, al menos como la conocemos. Las cosas ocurrieron así, y a la ignorancia del saber qué hacer y dar sobre los colonos se sumó la subida al trono de un nuevo rey que no sabría, ni mucho menos que su antecesor, dar una solución al problema.
3 Jorge III El 25 de octubre de 1760 moría Jorge II después de treinta y tres años al frente de un reino la expansión del cual nos permite hablar ya de un ‘’Imperio Británico’’. Su hijo Federico había muerto una década antes, por lo que le correspondía reinar a su nieto Jorge II, chico no muy brillante ni espabilado, que después se volvió loco. Era de esas personas que nunca admiten que están equivocadas aun cuando ven sus errores en la punta de la nariz; aplíquenlo en el problema americano. No es que fuera un tirano pero vivía en una época en que en muchos países europeos reinaban reyes absolutos. Él quería ser como ellos. Era humillante que él, rey de Inglaterra, uno de los monstruos de Europa en ese tiempo, y viendo que todos los reyes, como el consentido Luis XV de Francia, hacían lo que querían, no pudiera ver cumplidos todos sus deseos. El control de los grandes terratenientes dominantes en el Parlamento era abominable para el nuevo rey. Odiaba al primer ministro, William Pitt, que había cogido a una Inglaterra a punto de caer derrotada a manos de los franceses y había logrado la victoria. Era el paradigma de político poderoso y resuelto que Jorge detestaba porque creía que se comportaba como si fuera él el rey.
Viendo esto, se le ocurrió gobernar el Parlamento de manera indirecta, eligiendo políticos títere que estuvieran de su lado y actuasen en su nombre, para poder controlar plenamente las decisiones de la Cámara. En esta línea, se deshace de Pitt sin problemas porque la victoria inglesa se hallaba asegurada en esos instantes (1761). Fue por tanto Jorge III quien se llevó el mérito final de la victoria sobre Francia en el Tratado de París. Sin embargo, con todavía sin demasiado poder sobre el Parlamento, sólo era en las colonias americanas donde el Rey Jorge podía tener más éxito en su ambición de reinar plenamente a su manera. Ahí no había parlamento alguno que le disputase el gobierno, solo un par de cámaras o asambleas legislativas coloniales que podían ser aplastadas fácilmente por el pie de un rey.
Al contrario de lo que se pueda pensar, no ejerció su poder despóticamente sobre los americanos, porque no era perverso. La eterna queja americana era sencillamente que pudiera ejercer su poder, para bien o para mal, sin consultar a los mismos americanos (como sucedía en Gran Bretaña). Es decir, le pasaba lo mismo que en Inglaterra.
La oposición al nuevo rey empezó tan pronto como subió al trono, y estuvo relacionada con el eterno problema del contrabando. Como ya hemos dicho anteriormente, era un problema grave para los británicos, pero es durante la guerra contra Francia y los indios cuando éste se hace insoportable. Los contrabandistas americanos no tenían ningún reparo en, durante tiempos de guerra, negociar con el enemigo. Al menos una parte del comercio ilegal se realizaba con los franceses, algo que contribuía a la muerte de ingleses y también de colonos americanos. Es por eso que el gobierno británico se siente totalmente justificado a poner seriamente cartas en el asunto. La decisión, ya tomada por Pitt en 1760, fue la de hacer aplicar, en la manera de lo posible y fuese como fuese, las leyes que el parlamento había aprobado para regular el tráfico y el comercio americanos. La teoría era muy fácil, sin embargo, poner en práctica unas leyes (que no agradaban a muchos americanos y que además eran desobedientes) sobre el comercio en un territorio enorme, escasamente poblado y situado a cinco mil kilómetros de distancia, era más complicado.
Para luchar contra ese mal y ponerle fin, el gobierno británico promulgó los llamados ‘’mandatos de asistencia’’. Eran órdenes que consistían en la búsqueda generalizada de cualquier tipo de mercancía que se sospechase que fuera ilegal. Incluso permitían a los funcionarios de aduanas tener el derecho a entrar en cualquier lugar, aunque fuera una casa privada. Aunque parezca una última medida 4 descabellada ante una situación extrema, estos mandatos ya se habían utilizado anteriormente en 1751.
No obstante, y eso es lo más importante, 1761 no era 1751. Cuando salen los nuevos mandatos, el enemigo francés ya no está presente y los americanos ya no dependen de la ayuda militar británica.
Más conscientes de sus derechos, los americanos estaban más dispuestos y decididos a hacerlos valer.
La cuestión no era el contrabando en sí. ¿Quién podía defender honestamente a alguien que traicionaba a sus vecinos comerciando con el enemigo? No se discutía, así, lo bueno o lo malo de esta actividad ilegal, sino si los mandatos del gobierno se podían hacer o no. Si actuaban sino dentro de la legalidad al menos dentro de la justicia. Solo había que mirar al otro lado del Atlántico para encontrar una respuesta a la que poder aferrarse en la argumentación. Esos mandatos eran ilegales en Inglaterra, donde se había logrado, mediante la Revolución Gloriosa del siglo anterior, la premisa de ‘’My house, my castle’’ (mi casa, mi castillo) consistente en que no se podía entrar en la casa de un inglés sin un proceso judicial.
La pregunta era, entonces, ¿Por qué las casas de los americanos no eran castillos? La colonia de Massachusetts era uno de los centros de contrabando más grandes. Ahí esta actividad estaba ampliamente extendida y desenfrenada y, por tanto, fue donde los ingleses quisieron imponer más vigilancia y rigurosidad con las normas. No es raro imaginar que la oposición aquí a los mandatos fue más fuerte que en otra parte y que se cuestionara más intensamente la legalidad de dichas leyes británicas. James Otis se posicionó en contra de los mandatos argumentando que los derechos de los ingleses, como consecuencia del ‘’derecho natural’’, no podían ser violados libremente por decretos reales ni por edictos parlamentarios. Estaba predicando nada más y nada menos lo que hoy se llama ‘’desobediencia civil’’. Inicialmente Otis no tuvo de su lado mucha gente que lo escuchase, además de unos ingleses que eran indiferentes completamente a unos argumentos para ellos absurdos. Sin embargo, poco a poco esta idea del ‘’derecho natural’’ fue cuajando en la mentalidad de la sociedad americana. Otis había bordado con el hilo de esta idea la bandera que los americanos flamearían por una causa justa y superior contra el gobierno británico. Un suceso similar al de Massachusetts ocurrió en Virginia, donde era frecuente pagar en tabaco a los clérigos. El tabaco era una mercancía valiosa cuyo precio fluctuaba constantemente, con lo que los eclesiásticos podían ganar a veces mucho más de lo acordado. La asamblea legislativa de Virginia, llamada Cámara de los Burgesses, dominada por plantadores de tabaco, sustituyó el tabaco por el pago en dinero en 1755. El clero se opuso al cambio de tal manera que trasladó las quejas al gobierno británico, quien en 1759 restableció el pago con ese producto y anuló la Cámara. Los virginianos ignoraron las órdenes de un gobierno lejano hasta que finalmente un clérigo llevó el caso ante los tribunales de Virginia a finales de 1763. Patrick Henry ejerció de abogado en favor de la Cámara de los Burgesses en un caso que se llamó ‘’Caso Parsons’’, cuyo éxito le catapultó al prestigio y a la fama. El dilema era si el gobierno podía anular libremente una ley anulada por la asamblea legislativa de Virginia. Henry argumentó que eso no podía llevarse a cabo porque con esa acción arbitraria se violaría el derecho natural de los virginianos.
Poniendo un paréntesis hay que explicar, por su reiterada aparición en los argumentos americanos, la noción de ‘’derecho natural’’. Esta idea era muy atractiva para los intelectuales de la época y no dudaban de repetirla constantemente. En el siglo XVII Isaac Newton había demostrado que el funcionamiento del Universo podía explicarse en una serie de leyes sencillas y claras (demostrando así la ley del movimiento y de la gravitación universal). Así, durante la llamada ‘’Edad de la Razón’’ o también ‘’Ilustración’’, muchos optimistas pensaron que absolutamente todo se podía expresar y reducir a simples leyes tan generales, tan poderosas y tan sencillamente formuladas como las del científico inglés. Algunos ilustrados consideraban que leyes tan naturales e inevitables como las del movimiento también gobernaban la sociedad y que, por lo tanto, eran inviolables para los gobiernos.
5 Uno de ellos, y posiblemente el de más eco en la época, era Jean-Jacques Rousseau, que creía firmemente en este derecho natural de los seres humanos que nacen libres. El contrato social, publicado en 1762, en donde expresaba estas nuevas ideas ilustradas, tuvo una extraordinaria influencia en los intelectuales de su tiempo. Rousseau sostenía que los gobiernos se formaban y se apoyaban en el poder con el consentimiento (contrato social) de los gobernados para alcanzar unos mejores y más eficientes fines (paz social, prosperidad, educación…) de los que sería posible sin su existencia.
Cuando un gobierno se mostraba, por algún motivo, incapaz de lograr esos objetivos básicos o se negaba a hacerlo, se rompía el contrato inicial. Entonces era derecho de los gobernados poder reorganizar o reemplazar al gobierno. Es muy difícil discutir que las bases de la democracia moderna y de muchas de las ideas ilustradas, que llevaron a la independencia de los EEUU y a las revoluciones burguesas y liberales posteriores, no se encuentren aquí.
La Ley de Timbres (The Stamp Act) Ante la oposición de la descontenta población americana, Gran Bretaña apostó en las colonias soldados de forma permanente. La cosa se entendía perfectamente en tiempos de guerra o de una incierta seguridad. Por ejemplo, antes de la Guerra de los Siete Años, los soldados habían estado en las colonias (aunque no tan cerca de sus habitantes) para luchar contra indios, holandeses, españoles y franceses.
Pero ahora, en tiempos de paz, ya no había peligro y los colonos sólo veían en este incremento de soldados una medida de coerción contra ellos. Era como vivir vigilados. Después del Tratado de París, el Parlamento votó la instalación permanente de una fuerza exagerada de diez mil soldados regulares británicos en las colonias. Además, no estarían en la frontera, donde habría alguna posible explicación de su establecimiento (aunque mediante la Línea de la Proclama se había logrado la paz con los indios), sino en las mismas ciudades, conviviendo con los americanos. La columna central de las numerosas denuncias americanas consistía en que se enviaba a los soldados para dar empleo a los oficiales (que, de lo contrario, tendrían que retirarse con la mitad de la paga) o para que actuaran contra los americanos descontentos en vez de contra los enemigos del reino. El gobierno, por supuesto, fue ajeno a sus quejas ya que tenía problemas mucho mayores.
En abril de 1763, George Grenville, recién nombrado primer ministro, se encontraba con un grave problema. La deuda nacional británica ascendía a 136 millones de libras a consecuencia de los gastos de guerra contra Francia y del aumento de los gastos del gobierno. Era una cifra descomunal para la época, siendo absolutamente necesaria la implantación de nuevos impuestos, medida nunca demasiado refrendada por el pueblo. Frente a la oposición del público británico y de un Parlamento completamente hostil, Grenville, desesperado, se le ocurrió la grata idea de crear impuestos específicos en las colonias.
Después de todo, pensaba, la deuda era el único producto de una guerra que se había librado en tierras americanas en gran medida por sus intereses. En esta línea de pensamiento, el Parlamento aprueba en 1764 la Ley del Azúcar, que elevaba los aranceles aduaneros sobre éste y sobre el vino, el café y los textiles. Eran impuestos, por lo tanto, indirectos, que pagaban los importadores y que luego pasaban factura en el consumidor. No obstante, a pesar de los esfuerzos ingleses para recaudar fondos extra (donde cabe incluir la prohibición de emitir en las colonias papel moneda), estos impuestos se recaudan con dificultad, creciendo el contrabando aún más y creando más problemas. Por ello, Grenville acabó de decidirse a dar el paso y pasar a los impuestos directos, para que el pago fuera inevitable.
Grenville sabía perfectamente que la medida causaría oposición, pero se equivocó sobremanera en la cuantía y el furor de las quejas. El primer ministro propuso que se estableciera un sistema de timbres, 6 con distinto valor y uso, los cuales habría que poner en todo papel oficial. Todo papel que no llevase un timbre sería nulo y considerado ilegal. Podían ser emitidos con diverso valor y según su importancia, requiriendo cada papal o transacción oficial un timbre a un precio proporcionado al caso. Al pagar por el timbre, el dinero iría a parar directamente a las arcas del gobierno británico. La propuesta fue refrendada por el Parlamento y aprobada en marzo de 1765, entrando supuestamente en vigor el 1 de noviembre. Además, para empeorar la situación, en mayo se aprobó la Ley del Acuartelamiento, que establecía que los soldados británicos podían ser alojados en casas particulares si fuese necesario. La excusa era que no había suficientes cuarteles en las colonias para alojar a toda la tropa adecuadamente.
Por supuesto, los colonos sabían perfectamente que, aunque no tuviera aparentemente relación con la Ley de Timbres, había sido creada para sofocar las protestas contra la impopular ley. Era una clara manifestación del gobierno de que los colonos eran simples alquilados en sus tierras y que se podía hacer con ellos todo lo que los británicos desearan. Si la medida de alojar a unos huéspedes incómodos en las casas americanas era para poner calma a la situación, no tuvo éxito, todo lo contrario. Era muy difícil concebir una ley más odiosa.
Con todo, la Ley de Timbres era el primer impuesto directo que Gran Bretaña establecía en sus colonias. En otras palabras, los americanos no habían tenido que pagar nunca de su propio bolsillo un dinero que iba directamente al gobierno. El hecho de que afectase a su bolsillo particular ya era malo pero mucho peor era que fuera una novedad, y más en los tiempos que corrían. El impuesto afectaba a todos por igual, afectando específicamente a grupos tan influyentes como abogados y a editores de los 25 populares y muy leídos periódicos de las colonias. Además, era universal, para todas y cada una de las colonias por igual. Esto significaba, probablemente, un motivo de unión y una razón por la que luchar conjuntamente. Por añade, llegaba en un periodo posbélico de depresión económica. No sé en qué mundo creían los ingleses que vivían los americanos, pero también habían sufrido (y mucho más directamente) las consecuencias de la guerra. Por todo ello, tanto una como otra ley, eran inaceptables para los habitantes de las colonias. No admitían la justicia del impuesto. Si los británicos tenían esa deuda era por los enormes gastos en una guerra que se había librado al servicio de sus intereses en Europa y Asia. Ya habían contribuido bastante en la parte que se libró en sus propias tierras en forma de hombres y dinero, de una manera totalmente desmesurada. Además, no era aceptable porque se había establecido sin el consentimiento de los americanos y esto iba contra su derecho natural y contra su derecho como súbditos libres de la Corona. Aprobar la ley sin dar a ningún americano ni siquiera la posibilidad de discutirla en el Parlamento, donde no tenían representación, no era algo legal, sino el ejercicio de la tiranía. De ahí que la frase de James Otis ‘’El impuesto sin representación es tiranía’’ tuviera tanto éxito en la época.
Los británicos no estaban de acuerdo. En el momento histórico el sufragio era censatario, lo que significaba que solo la gente con cierta riqueza podía votar a sus representantes parlamentarios.
Además, si se ponían impuestos directos sobre los ingleses se podían poner perfectamente sobre los súbditos ingleses del otro lado del mar. Los americanos contrabatían esto con el argumento de que el súbdito inglés, aunque sin voto, podía fácilmente hacer sentir su presencia (manifestaciones, motines…) y, si una ley era impopular, el Parlamento podía reflexionarla, sobre todo después de haberle cortado la cabeza al rey Carlos I cien años antes. En cambio, nadie se preocupaba lo más mínimo por unas protestas y motines americanos tan lejanos. Por todo ello, la cólera popular en las colonias aumentó progresivamente en los meses siguientes a la aprobación de la Ley de Timbres. En Virginia la Cámara de los Burgesses, con Patrick Henry ahora a la cabeza, se opuso a dicha ley y se publicaron las resoluciones de Henry en los periódicos para el público. Pero ya antes de que entrara en 7 vigor la ley, de la teoría se pasó a la acción. Hubo tumultos en muchas ciudades, siendo los funcionarios del gobierno perseguidos y amenazados. Antes de que llegase la hora de poner en legalidad el uso de los timbres, todos los agentes americanos renunciaron a sus cargos y se destruyeron grandes cantidades de timbres. Además, se organizó un boicot a los productos británicos con la participación de casi mil comerciantes, ya que se había convertido en una cuestión de patriotismo consumir productos americanos, aunque no fuesen tan buenos como los importados. Los tribunales, por su parte, afectados por la famosa ley, anunciaron que estaban dispuestos a cesar sus actividades antes que usar los timbres en documentos legales.
La protesta de América no dejó de tener efecto en el Parlamento. Ya desde el inicio, un quinto de los representantes había votado contra la Ley de Timbres (William Pitt, Edmund Burke, Isaac Barre, que llamó a los americanos ‘’Hijos de la Libertad’’). La furiosa contestación a los timbres alentó la aparición de puntos de vista aún más radicales entre los americanos. En Massachusetts destacó la aparición en escena de Sam Adams, cuya vida había sido un fracaso antes de la Ley de Timbres y un sinsentido antes de entrar en política. Descubrió con ello que era un agitador muy eficiente y se colocó siempre del lado de la acción radical. Fue el primer americano que se declaró abiertamente por la independencia, dirigiendo todos sus esfuerzos a que los británicos fuesen expulsados del continente.
Inspirándose en la frase de Barre, funda la organización de los Hijos de la Libertad. Muy idealizados por la leyenda americana, en realidad hoy serían considerados más un grupo paramilitar que amenaza y destroza negocios e incendia casas, entre otras cosas. James Otis tampoco permaneció de brazos cruzados. Con la idea de cooperación de todas las colonias al unísono, en junio envió cartas a todas ellas convocando una reunión en Nueva York que permitiera emprender una acción común contra la Ley de Timbres. La respuesta fue entusiasta y en octubre de 1765 se reunió el llamado Congreso de la Ley de Timbres (un preludio del Congreso Continental), con nueve colonias representadas por delegados, los cuales no pudieron ser elegidos en las otras cuatro colonias no por falta de entusiasmo sino por falta de tiempo. Se redacta una declaración para enviársela al rey y al Parlamento, en la que se rechaza el derecho a establecer cualquier impuesto sin la aprobación de las legislaturas coloniales.
Cuando llegó el primero de noviembre y tenían que entrar en vigor los timbres, ya estaba claro que era un fecundo fracaso. Los esfuerzos para imponer la ley fueron inútiles e incluso costaron mucho más dinero que el recaudado. Además, el boicot americano ya se empezaba a notar entre los comerciantes británicos, así que éstos pidieron al Parlamento, en enero de 1766, la anulación de la Ley. La oposición parlamentaria a los timbres era de cada vez mayor y eran más firmes en su actitud. El ministerio de Grenville había terminado en el caos en octubre de 1765. El nuevo primer ministro, Charles WatsonWentworth, segundo marqués de Rockingham, estaba más dispuesto a revocar la ley. El Parlamento finalmente dio su brazo a torcer ante la realidad y derogó la Ley de Timbres, firmando su revocación Jorge III el 18 de marzo de 1766. Cuando la noticia llegó a América hubo una explosión de alegría y de expresión de enorme gratitud y lealtad al gobierno británico. Pocos fueron conscientes en ese momento de que, si bien se había anulado la ley, no se había mencionado siquiera el derecho de establecer impuestos en las colonias sin su consentimiento. El Parlamento solo había reconocido que la Ley de Timbres no era un modo eficaz de actuar en materia fiscal.
Las leyes de Townshend Sin tener nada que ver con la revocación de la Ley de los Timbres ni de las colonias, en julio de 1766 Jorge III sustituyó a Rockingham, aunque éste y sus seguidores seguirían, fuera del poder, fieles a la 8 causa americana. El nuevo ministro era William Pitt, siendo la cúspide de un gobierno que intentaba representar a una amplia variedad de opiniones, elegido por un Jorge que se había visto obligado a retroceder. Su vejez ya muy pronunciada imposibilitó una conciliación que probablemente hubiera sido posible en otras circunstancias. Le sustituyó un Duque de Grafton carente de capacidad, cuyo gabinete encabezó realmente Charles Townshend, Chancellor of the Exchequer (cargo similar al ministro de Hacienda actual). Por lo tanto, su misión principal era hallar el dinero necesario para rescatar el gobierno de una situación difícil. Ni a él ni a ningún miembro del gobierno se les ocurrió la posibilidad de que fueran las mismas asambleas coloniales las que pusieran impuestos a los americanos. Esto habría sido considerado una intolerable admisión de derrota y habría sentado un precedente que hubiese conducido de modo inevitable a la pérdida total del control sobre las colonias.
El ministro era agudo y elocuente, aún bajo los efectos del alcohol. La anécdota es que en mayo de 1767, Townshend bebió gran cantidad de champán y luego, muy exaltado, pronunció el llamado ‘’discurso del champán’’, en el que se burló de Grenville, aun abrumado por el fracaso de su Ley de Timbres. Éste le invitó a atreverse a ponerles impuestos a los americanos por lo que el otro juró que lo haría. Estaba claro que llevaba una copa de más. Townshend se puso inmediatamente a ello, eludiendo el impuesto directo y siguiendo con los indirectos sobre las importaciones americanas. Se crearon aranceles sobre nuevas mercancías y se elevaron los ya existentes para acabar con el contrabando y mejorar la recaudación. Así, se establecieron gravámenes sobre el té, el vidrio, el papel y los tintes, las leyes de los cuales entrarían en vigor en noviembre de 1767. Se emitirían mandatos de existencia, concediendo amplios poderes a los funcionarios de aduanas para que acabasen con el comercio ilegal.
La recaudación podía utilizarse, entre otras cosas, para pagar a los gobernadores y jueces de las colonias. Esto tenía el efecto secundario de que se ponían a los ejecutivos y a las magistraturas coloniales bajo control parlamentario, puesto que sería el Parlamento el que les pagaría y no las cámaras legislativas coloniales. Las ‘’Leyes de Townshend’’ eran un auténtico patinazo y provocaron que el panorama se agitara nuevamente.
De hecho, el panorama no había dejado de agitarse en este tiempo, en cierto modo por la vigencia de la Ley del Acuartelamiento gracias a la insistencia del comandante en jefe de las tropas en América, Thomas Gage, con cuartel general en Nueva York. Le enfurecía que las autoridades locales le pusieran trabas para alojar a sus soldados debidamente. Gage consiguió entonces del Parlamento la disolución de la asamblea neoyorquina ante la negativa de ésta a sus reclamaciones (diciembre de 1766), y la formación de una nueva asamblea más conservadora que permitió la aplicación de la Ley. Esto consiguió en todas partes muestras de odio popular hacia los soldados. Por ejemplo, ‘’casaca roja’’ pasó a convertirse en un término de cólera y de insulto para los americanos. Estaba claro que no sólo el gobierno británico no tenía intenciones de actuar a través de las asambleas coloniales, sino que sólo permitiría que éstas actuaran a gusto del Parlamento. A ese paso, los americanos no tendrían pronto ninguna autonomía y estarían sujetos a un despotismo parlamentario. Esta situación tan buena fue aprovechada por Sam Adams, quien se movilizó para reactivar de nuevo el boicot que tanto había influido en la Ley de Timbres. Se realizaron en Boston, aun antes de la entrada en vigor de las leyes, reuniones públicas en las que se acordó suspender las importaciones. Los Hijos de la Libertad actuaron en seguida empezando a hostigar a los funcionarios de aduanas de todas partes.
Cierto es que el extremismo de Adams no hubiera triunfado sin la ‘’ayuda’’ del gobierno británico. La mayoría de los líderes americanos seguramente se hubieran vuelto contra él en otras circunstancias. Los radicales en situaciones concretas siempre han sido considerados una buena opción (o la única) a la que 9 agarrarse. Los líderes americanos de la época eran aristócratas tan conservadores como los británicos, tan aferrados como éstos a la creencia de que el gobierno debía de estar en sus manos, las mejores familias, propietarios y ricos, e igualmente reusaban lo que consideraban ‘’gobierno del populacho’’, llamado hoy democracia. Si los ingleses los hubieran visto cómo sus iguales es muy probable que la revolución no hubiera cuajado. Sin embargo, está claro que no se avinieron a ello y persistieron en su actitud de superioridad y de aplicación de un castigo colonial correspondiente, por lo que muchos se vieron conducidos a las manos de radicales como Adams, Otis o Henry.
El centro del sentimiento radical antibritánico era Boston. Aquí Adams mantenía el odio en su punto más alto. Junto con James Otis redactó una carta, de lenguaje bastante suave, que llamaba a la acción común de las colonias en defensa de sus libertades. Cuando la asamblea de Massachusetts se negó a desautorizarla el gobernador Hutchinson la disolvió el 1 de julio. John Hancock, quien se había convertido en uno de los hombres más ricos de América gracias al contrabando, se posicionó en contra de la regulación británica del comercio, por lo que fue uno de los financiadores más importantes de la organización de Adams. Frente a la incautación de uno de sus barcos de contrabando apeló a los Hijos de la Libertad, provocando fuertes disturbios en Boston y el rescate de su navío. La respuesta de los británicos fue el envío de dos regimientos desde Halifax en octubre de 1768, aumentando la tensión en la ciudad de Boston. El espíritu rebelde cundía por todas partes. La Cámara de los Burgesses virginiana adoptaba en ese momento resoluciones antibritánicas elaboradas por uno de los grandes pensadores liberales de la época, George Mason. Éstas fueron presentadas por su vecino y amigo George Washington, quien se había convertido en el más distinguido soldado americano tras la Guerra, y quien de este modo se colocaba del lado antibritánico. La disolución de la Cámara por el gobernador fue inmediata, aunque se reunió de forma clandestina para, entre otras cosas, reanudar el boicot comercial a Gran Bretaña. En Nueva York las presiones eran tan extremas como en Boston. El Asta de la Libertad (que se había convertido en símbolo de los más radicales ahí, colocándolas en muchos lugares públicos) fue derribada y cortada en pedazos en 1770 por orden de un comandante local. Los trozos fueron lanzados frente a la sede de los Hijos de la Libertad, en una deliberada provocación. La respuesta fue un auténtico alboroto que terminó con varios neoyorquinos muertos y varios heridos convertidos en mártires.
Pero era en Boston donde ocurrían los peores accidentes. La organización radical de Adams hostigaba a los soldados directamente y amenazaba a los que confraternizaban con ellos. Los pobres soldados no estaban ahí voluntariamente y no querían problemas. Más aun al tener órdenes estrictas de no disparar a ciudadanos. Su posición debió de ser en parte insostenible porque la muchedumbre no dudaba en arrojarles incluso piedras. El 5 de marzo de 1770 un grupo de personas empezó a tirarle bolas de nieve a un soldado, que recibió ayuda de una veintena de sus compañeros. Los bostonianos, que ya eran unos cientos, tiraban piedras y palos mezclados con insultos y bolas de nieve. Finalmente, un soldado se vio tan agobiado que fue el primero de la tropa en disparar. Los disparos de los soldados ahuyentaron a la gente y se saldaron con tres muertos y dos heridos. Uno de los fallecidos se llamaba Crispus Attucks, un negro, que se ha venido considerando como la primera víctima de la revolución. Aunque el hecho se llamase la ‘’Matanza de Boston’’, y se escribieran relatos falsos y ficticios sobre él que provocaron aún más la ira bostoniana, no fue tal cosa. Muestra de ello es que, durante el juico, el mismo Adams defendió a los soldados implicados, que fueron absueltos inmediatamente con algunas penas.
Sin embargo, lo que provocó realmente que el Parlamento viera su fracaso fue el boicot. Como en la época de la Ley de Timbres, de nuevo los importadores británicos se vieron perjudicados cuando el 10 comercio americano declinó en un 40% en dos años. Por ello, presionó al Parlamento para que abandonase su política fiscal. Townshend no podía ver su fracaso porque había muerto de repente en 1767. Había sido sucedido por Frederick North, uno de los favoritos de Jorge III, elegido por éste como primer ministro en 1770 tras la renuncia del duque de Gafton. El rey estaba contento de tener ahora un ministro afín a sus ideas. Permanecería en el cargo doze años, en los cuales, entre su incapacidad y la testarudez del rey, Gran Bretaña perdería sus colonias. Pero las primeras medidas fueron reconciliatorias. Se suspendió la Ley de Acuartelamiento y se anularon los impuestos creados por el interior ‘’ministro de hacienda’’, con una sola excepción: el impuesto sobre el té. Simplemente por el orgullo británico de conservar el derecho de establecer impuestos en sus colonias sin su consentímiento. Se esperaba con todo ello que, ante la supresión de la mayoría de los impuestos, el statu quo colonial volviera a la normalidad, sin descartar la imposición de nuevos impuestos futuros en una situación más tranquila.
Hasta un cierto punto, el plan tuvo éxito. Los americanos más conservadores se rindieron a las muestras de conciliación del gobierno británico. No había sido cómodo para ellos estar del mismo bando que grupos de radicales como los Hijos de la Libertad. No obstante, a diferencia del júbilo y las muestras de fervor y agradecimiento ante la anulación de los timbres, no cundió esta vez entre la población sentimiento alguno de alegría. Todo lo contrario. Las ilusiones que se habían hecho los americanos con la victoria sobre los timbres habían sido aplastadas sin piedad por Inglaterra. Aunque hubieran ganado nuevamente, era fácil de pensar que una segunda vez siempre trae una tercera tarde o temprano. Así, las colonias parecieron permanecer en una especie de limbo o de letargo, calmándose la situación, de momento.
The Boston tea party Dicen que después de la calma siempre viene la tormenta, y ésta no fue una excepción. Aunque hubieran transcurrido dos años (en que los americanos parecían haberse avenido a las políticas del Parlamento), el sentimiento y el orgullo herido americano no se habían apagado. La ruptura del sueño tranquilo la provocó un dramático incidente que encendió de nuevo la ira americana. Para impedir el contrabando, los puertos de América eran vigilados por barcos británicos de dimensiones reducidas.
Estas patrullas, además de ser naturalmente odiados por los contrabandistas, eran impopulares entre la población antibritánica. Ocurrió así que una de estas naves, el Gaspée, que era famosa por su eficaz tarea en la colonia de Rhode Island, en la noche del 9 de junio de 1772 encalló desafortunadamente en un banco de arena mientras perseguía un sospechoso. Al extenderse la notica entre la población de la costa, que lo detestaba profundamente, se aprovechó la ocasión y se abordó el barco, incendiándolo y maltratando a la tripulación. Cuando las noticias llegaron a Inglaterra el gobierno se enfureció. La Armada Británica, que protegía los intereses de la metrópoli, era sagrada e intocable. Cualquier ataque a cualquier nave no podía ser tolerado de ningún modo.
Se ofreció una enorme suma de dinero para quien identificara a los culpables, los cuales serían juzgados en Inglaterra. Esto fue un serio error. Dejando de lado que no se presentó ni una sola persona, la amenaza del gobierno de un juicio por traición en Gran Bretaña se extendió como un eco por todas las colonias. No gustó nada. Ningún americano era tan estúpido para creer que un colono acusado de traición sería juzgado justamente en tierras inglesas, donde además, lejos de su hogar, reinaban los prejuicios antiamericanos. El reciente cambio en el pago de los jueces de Massachusetts por las arcas reales parecía, además, un intento de convertir la justicia americana en marioneta del gobierno de 11 Inglaterra. Los británicos se habían metido ya en la legislación casi absoluta de las colonias, ahora parecía que lo hacían en el plano de la justicia. En noviembre de 1772, Adams y Joseph Warren, quien había pronunciado un fervoroso discurso en la segunda conmemoración de la Matanza de Boston, pusieron en marcha su maquinaria propagandística. Siguiendo con el plan de Adams de enviar cartas a todas las colonias llamando a la acción conjunta, los dos radicales crearon ‘’comités de correspondencia’’ para formar una red de propaganda, en un intento de unir a las colonias a favor de la causa radical.
En solo tres meses se formaron ochenta comités solo en las ciudades de Massachusetts, empezando a surgir en otras colonias, como en Virginia (donde estaban figuras como Patrick Henry o Thomas Jefferson). Con la red de comunicación multicolonial ya montada, Sam Adams sólo tenía que esperar al siguiente movimiento británico. La oportunidad perfecta llegó enseguida, y estaba relacionada con el impuesto del té. Aunque él había intentado desbaratarlo, no había logrado que el impuesto dejase de pagarse.
Sin embargo, ante una Compañía de las Indias Orientales en apuros, a causa de un té proveniente de la gran productora india que no lograba vender, el gobierno británico decidió poner cartas en el asunto. La solución lógica hubiera sido poner en subasta el producto, vendiéndolo a precios bajísimos a los comerciantes ingleses. Pero el gobierno, empeñado en salvar a la Compañía, decidió permitir a la empresa privada de venderlo en las colonias directamente, sin pagar impuestos. Esto significaba que la Compañía podía vender el producto a los americanos a un precio mayor del que hubiera obtenido en Inglaterra. Además, suponía que el té de esta empresa inglesa representaría en el mercado un precio muy bajo, gracias al esquinazo a los impuestos, por lo que eliminaba cualquier competencia. Ello supondría la ruina de muchos comerciantes de té coloniales. Por encima de todo, pero, sólo la mera idea de que fueran utilizados, mediante su dinero, para salvarle los muebles a una empresa británica, era humillante e irritaba a los americanos. Los comités de correspondencia no tuvieron que trabajar mucho para despertar una auténtica lluvia de indignación. Se planeó el boicot al té, pero la Compañía, ignorante de la situación, embarcó medio millón de libras en té para Filadelfia, Nueva York, Charleston y Boston. No se vendió ni una libra. Mientras que en las tres primeras colonias se produjeron boicots más ‘’pacíficos’’, como no dejar entrar a los barcos en el puerto, en la radical Boston la situación fue peor. Ante la negativa bostoniana de la descarga de los barcos, éstos se negaron a marcharse, permaneciendo tres semanas en el puerto a la espera de la autorización para descargar la carga. Esto le dio a Adams tiempo para actuar.
El 16 de diciembre de 1773, un grupo de Hijos de la Libertad, disfrazados de indígenas americanos, abordaron los barcos de la Compañía y arrojaron centenares de cajas de té al mar. El suceso pasó a llamarse el ‘’Motín del té de Boston’’. Hasta entonces, los británicos no habían cruzado la línea de no retorno, pero, ya hartos del problema colonial, esta vez lo hicieron. Culpando a Massachusetts y, particularmente, a Boston como centro de todos los disturbios, consideraron que ya era la hora de tomar medidas firmes contra la ciudad, para dar una buena lección a las colonias. Perdiendo el resto de colonias a su líder bostoniana no habría problemas para sofocar las revueltas. El Parlamento decidió, así, en marzo de 1774, obligar a Boston, mediante una serie de leyes, a comportarse. Estas leyes fueron llamadas ‘’Leyes Coercitivas’’, y algunos parlamentarios ingleses se opusieron a ellas. El Proyecto de Ley del Puerto de Boston comportaba el cierre del puerto bostoniano hasta que se pagasen los daños causados a la Compañía. Hasta entonces, no podrían entrar ni salir barcos de él, excepto productos vitales y armamento militar. Obviamente la medida pretendía destruir la prosperidad de Boston, basada en el comercio marítimo, y rendirla por el hambre. Por su parte, la Ley del Gobierno de Massachusetts despojaba a dicha colonia de prácticamente toda su autonomía. Los funcionarios hasta ese momento 12 elegidos ahora serian nombrados directamente por el gobernador, quien a su vez sería designado por el rey. Las reuniones en la ciudad quedaban prohibidas sin la autorización del nuevo gobernador, el general Gage, que sustituyó a Hutchinson por ser, aunque conservador, americano y civil. Para desempeñar su doble función militar y civil, Gage trasladó su cuartel general de Nueva York a Boston, incrementando los regimientos de Massachusetts de dos a cinco, con una escuadra naval británica apostada en el puerto. Quedaba claro que la colonia había pasado a ser (y más con la anulación de la Carta de Massachusetts) un territorio ocupado militarmente. Además, para deshacerse de toda resistencia, una Ley de Administración de Justicia dispuso que los juicos por traición se realizasen en Gran Bretaña cuando se considerara inseguro efectuarlos en la colonia.
Hasta entonces Boston (una ciudad sin escrúpulos) y Massachusetts no habían contado con mucha fama entre el resto de colonias. Muchos americanos influyentes pensaban que Boston era más responsable que Inglaterra de los conflictos de la década de 1760, y que si se hubiesen comportado las cosas con los ingleses hubieran ido mucho mejor. Pero las Leyes Coercitivas cambiaron de un modo copernicano todo eso. El resultado de estas leyes convirtió a Massachusetts en el héroe y mártir de todas las colonias, algo que seguramente Sam Adams no hubiera conseguido jamás. El castigo por el Motín del té fue tan desmesurado que Boston pasó de ser una ciudad alborotadora a convertirse en una mártir postrada. Las leyes fueron llamadas ‘’Intolerables’’. Por más inri, en un exceso de locura, o de ignorancia, el gobierno británico realizó otros actos que sólo podían estar destinados a encolerizar aún más a las restantes colonias. Se recuperó, así, en todas las colonias, por ejemplo, la Ley del Acuartelamiento. Otra acción importante fue la reorganización de la ex-provincia francesa del Quebec, capturada durante la Guerra por los británicos. El implantar un gobierno más centralista, con mayores privilegios sobre la religión católica, y el extender los límites de la provincia al sur del río Ohio, provocaron la ira de los americanos. Lo último fue lo peor. Significaba volver a la época del dominio francés sobre la zona, contra lo que se había luchado y logrado trabajosamente en la Guerra de los Siete Años. Se había conseguido expulsar a los franceses después de una guerra muy dura y ahora se devolvía la región a Francia sin más. La ‘’Ley de Quebec’’ puso fin a las aspiraciones territoriales sobre el territorio de algunas colonias como Virginia, aspiraciones que habían determinado la guerra.
Ante todo ello, Sam Adams instigaba tanto a los ya desafiantes bostonianos que todo Massachusetts era un hervidero a punto de estallar. Su comité de correspondencia se dirigió a todas las colonias llamando a la acción conjunta para realizar acciones abiertas de apoyo a Massachusetts. Estas se produjeron en seguida en calidad de víveres y dinero, provenientes de todas partes. Visto el apoyo que le manifestaban el resto de las colonias, Boston aumentó aún más su intransigencia, al sentirse a la cabeza de una coalición colonial. Pareció necesario, ante la unión, convocar una reunión de delegados coloniales, como en los días de la Ley de Timbres. Frente a la disolución de la Cámara de Burgesses virginiana por declararse en contra de la respuesta hostil a Boston, los más radicales de Virginia pidieron la convocatoria de dicha reunión. Ésta se celebró en Filadelfia el 5 de septiembre de 1774, bajo el nombre de ‘’Congreso Continental’’ (Primer Congreso Continental) para destacar el hecho que la formaban representantes de todas las colonias americanas. Ciertamente, a la excepción de Georgia, 12 colonias estuvieron representadas con un total de 54 hombres, eligiendo como presidente del Congreso a Peyton Randolph. Inmediatamente se produjo una división entre radicales y conservadores, sobre todo en referencia a la cuestión del voto proporcional a la población de cada colonia o al voto individual de ésta. Finalmente se acordó el voto único por colonia ante la presión de las colonias menores. En referencia a las Leyes Coercitivas algunos moderados defendieron la vía de la conciliación, con la idea de la creación de un parlamento americano paralelo al británico, de tal forma 13 que las leyes sobre las colonias aprobadas en el segundo tuvieran que ser refrendadas en el primero. Sin embargo, desde una Massachusetts radical, se enviaron a Filadelfia las ‘’resoluciones de Suffolk’’, que declaraban inconstitucionales las Leyes Coercitivas. Aconsejaban, así, a la colonia la formación de su propio gobierno, la recaudación de sus impuestos y, también, la creación de una milicia civil. Se establecía además nuevamente el boicot. El Primer Congreso Continental suscribió las resoluciones ante la presión de los radicales bostonianos y rechazó el plan moderado. Galloway, quien había elaborado dicho plan, opinó que la votación aprobada de dichas resoluciones (con un escaso margen de 6 a 5, por cierto) equivalía a una declaración de guerra a Inglaterra.
Finalmente, el Congreso terminó enviando en octubre una petición al rey Jorge y también otra al pueblo inglés. El Parlamento no recibió ninguna. La redacción denunciaba todos los males infligidos a las colonias desde 1763, agarrándose al favor de considerar los derechos naturales de los americanos en virtud de su pertenencia a Inglaterra. No se negaba, por tanto, el derecho a la regulación del comercio por Gran Bretaña y, lo más importante, apelando a sus derechos como ingleses, no se hablaba aún de independencia. Para dar mayor fuerza a la petición, el Congreso impulsó el boicot a los productos ingleses, aplazando sus sesiones a mayo de 1775 si, para entonces, sus ruegos no hubiesen sido escuchados. La interpretación de Galloway de que las actas y resoluciones del Primer Congreso Continental suponían una declaración abierta de guerra a los ingleses era correcta. Al menos en Massachusetts, donde, antes de que se reuniera el Primer Congreso, el general Gage se esforzó por confiscar las provisiones de pólvora que los americanos pudieran almacenar. Tras el envío de soldados a Cambridge y Charleston para tal fin, se produjo un momento de tensión cuando acudieron a su encuentro colonos armados. Aunque éstos no se atrevieron a disparar a las expertas tropas británicas, Gage consideró que era el momento de prepararse y fortificar la ciudad de Boston para un posible asedio. La milicia de la ciudad había sido creada por el recién gobierno rebelde y radical de Massachusetts. A finales de 1774, ambas partes estaban listas a sólo una chispa para encender la mecha.
Tras la intransigencia y la respuesta negativa del gobierno, muchas colonias entendieron que era la hora de prepararse para un conflicto armado. Estaba claro que Gran Bretaña respondía a todas las solicitudes de moderación (había introducido nuevas leyes coercitivas) con un mayor endurecimiento de sus exigencias. Gage siguió aumentando sus esfuerzos para desarmar a los colonos de Massachusetts, especialmente sobre Concord, el centro de la resistencia colonial, donde había gran provisión de armamento militar. Cuando la fuerza británica fue enviada a Concord para tal causa se encontró una milicia que les esperaba en Lexington. Ésta se negó a disiparse y alguien disparó. Se produjo una refriega que, aunque de menor grado, fue la primera sangre derramada en el curso de lo que se llamó la ‘’Guerra de la Revolución Americana’’. Aunque destruyeron poco de lo que quedaba en Concord, los británicos se encontraron, de regreso, con un gran número de fuerzas de milicianos que mataron a un centenar de soldados. Esta pequeña batalla, junto con las otras que la siguieron hasta 1783, marcó el nacimiento de los Estados Unidos de América. La mecha estaba encendida, el resto es historia.
La declaración de Independencia Pese a todo lo expuesto anteriormente, e incluso habiendo pasado un año de la batalla de Lexington y Concord, el Congreso permanecía reacio a romper los lazos de unión con la Gran Bretaña. Los delegados esperaban un gesto de conciliación que no llegaba de la madre patria, a la cual manifestaban su lealtad y por la que defendían sus derechos. Sin embargo, con el tiempo fue haciéndose evidente de 14 que Inglaterra y el rey Jorge III no reconocerían sus errores y que seguirían en su empeño de someter y castigar a las colonias por la fuerza de la coacción. Pese a ello, las colonias no habían encarado aun resueltamente, en su mayoría, la cuestión de la independencia.
Muchos eran los que se negaban a poyar un proyecto futuro tan descabellado, que entre otras cosas arruinaría la economía colonial e implicaría la ruptura de sus vínculos con la lejana, pero madre, metrópoli. Se calcula que era aproximadamente un tercio de la población la ‘’leal’’ a la Corona, frente a un tercio de ‘’rebeldes’’ o ‘’patriotas’’, según el punto de mira. No se ha de olvidar que fueron unos treinta mil (gran parte de la fuerza británica) los que sirvieron a Gran Bretaña en la Revolución, en calidad de tropa o de un importante servicio de espionaje. Al finalizar la guerra, alrededor de setenta mil leales habrían de huir del nuevo país en formación, sobre todo hacia Canadá pero también hacia Inglaterra o Europa. El resto de los americanos fue de algún modo empujado hacia la independencia al prohibir el Parlamento británico en 1775 todo trato futuro con las colonias. Este sector indeciso (al cual no les interesaban demasiado las cuestiones políticas) representaba, se cree, otro tercio de los americanos. Lograr convencer a este sector no fue tanto por la amenaza y presión constante de los Hijos de la Libertad como por la publicación, en enero de 1776, de un popular folleto. Su autor era Thomas Paine y su título Common Sense (‘’Sentido Común’’). Fue publicado públicamente y su éxito fue inconmensurable. Exponía y argumentaba, con un lenguaje claro y un estilo dramático, las razones a favor de la independencia. Acusaba sin ningún reparo al gobierno británico y sobre todo a Jorge III de los males de los americanos. Más que otro factor, este folleto produjo un cambio de pensamiento popular y convirtió la independencia, algo que parecía totalmente utópico, en algo exigido por una cantidad suficiente de americanos como para hacerla posible políticamente. De entre toda la gente indecisa a la que logró convencer con su patriotismo podemos enmarcar a George Washington, futuro primer presidente de los EEUU.
Por supuesto, la cuestión era si dicha independencia seria plausible ya no militarmente sino también a nivel político. Ante el clima reinante de euforia en la sociedad ‘’rebelde’’ (Boston había sido abandonada por las británicos), y ante la nueva exigencia de las colonias por la separación, en el Congreso Continental se empezó a plantear la posibilidad de la escisión de Inglaterra. Durante mucho tiempo, dicha cuestión fue debatida por los delegados, al no atreverse a dar un paso en falso, hasta que se eligió una ‘’comisión’’ de miembros para elaborar un documento explicativo y de ‘’validez’’ formal por la separación. El dos de julio, se aprobó por unanimidad la resolución de Richard Henry Lee de que ‘’estas Colonias Unidas son, y por derecho deben ser, estados libres e independientes’’. De esta frase se extrae la formación y el transcurso político de la futura nación. Fue esta aprobación, más que la Declaración en sí, la que proclamó formalmente el nacimiento de los Estados Unidos. De dar forma a las palabras se encargó Thomas Jefferson, quien, el 4 de julio de 1776, junto con la ayuda de John Adams y Benjamin Franklin, redactó la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América. Su propósito era proporcionar una justificación moral y ‘’legal’’ para la rebelión. En su mayoría, correspondía a una larga lista de abusos y agravios infringidos a las colonias por Gran Bretaña, el máximo responsable de la cual (y también de los problemas) era Jorge III. Es famosa por su preámbulo, con un fragmento del cual empezábamos este escrito. Se trata de una preciosa y elocuente exposición de la filosofía política en la que fundamentaban la separación los americanos. Sus motivos, el objetivo de esta reflexión. En la Declaración se puede observar las influencias recogidas tanto de Rousseau como de John Locke y su Tratado sobre el gobierno civil. Los repetidos ‘’derechos naturales’’, que Jefferson dividía en ‘’la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad’’ (los ideales americanos), bebían también de las filosofías de Aristóteles y Cicerón.
15 Aunque fue difícil su aceptación, finalmente consiguió de las trece colonias el voto favorable para iniciar el camino conjuntamente hacia la separación y la futura creación, tras una larga guerra de siete años, de una nueva nación en la que, aparentemente, ‘’todos los hombres son creados iguales’’ (Thomas Jefferson). La posterior influencia que ha tenido esta corta redacción se habría de tratar en un trabajo aparte. Sus seguidores, los franceses, los cuales ayudaron a los americanos en la Guerra Revolucionaria, vieron en ella todo un cúmulo de ideas ilustradas, puestas de manifiesto en la Revolución Francesa de unos años después. La Declaración era la cúspide de las ideas de autores como Montesquieu, Voltaire o Rousseau, aparecidas como luciérnagas relampagueantes en un solo texto que bebe de todo un ‘’Siglo de las Luces’’. Un texto que es mucho más que una declaración redactada para ‘’expresar las causas que nos impulsaron a tan importante resolución’’. Es una Declaración de Independencia del ser humano que empieza a ser consciente de su libertad a partir de este momento histórico.
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