Trabajo. La Caza de Brujas (2013)

Trabajo Español
Universidad Universidad de Barcelona (UB)
Grado Historia - 2º curso
Asignatura Historia Moderna Universal
Año del apunte 2013
Páginas 16
Fecha de subida 29/05/2014
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INTRODUCCIÓN La mentalidad de la sociedad ha tendido a juzgar de un modo marcadamente positivo los cambios, los avances, los descubrimientos y, en definitiva, todo lo que supuso el paso de la Edad Media a la Moderna, de una época de tinieblas a una de luces altamente fulgurantes. Sin embargo, la realidad demuestra que nunca nada es únicamente bueno, que la historia se forma mediante luces y sombras. Como ha señalado Trevor-Roper (1969), hasta las más notables revoluciones modernas, como el Renacimiento, la Reforma o la Revolución Científica, no vienen solas, tienen una "doble-cara", están compuestas de "luz y oscuridad", puesto que vinieron acompañadas de fenómenos paralelos que enturbiaban su resplandor. A pesar de haberse generalizado una visión favorable hacia la Edad Moderna, no es difícil percibir esa aberrante parte de la realidad que se aleja ya mucho de lo afable y grato, esa segunda cara que esconde los errores cometidos sin cese durante los siglos que comprenden tal periodo. Sin duda, uno de estos fenómenos que tanto empañaron las bondades de la época moderna fue la caza de brujas. Tras una nueva y sofisticada sociedad modernizada se escondían, usando los términos de Trevor-Roper, "oscuras pasiones e inflamables credulidades", tales como la creencia en la existencia de las brujas.
En este trabajo me propongo hacer un pequeño estudio sobre el fenómeno de la caza de brujas en la Europa de la Edad Moderna. Mi intención es poder introducir brevemente el tema de la brujería desde los orígenes hasta llegar a la Edad Moderna y, una vez llegado a este punto, poder sintetizar lo que fue la caza de brujas, dando especial importancia a sus causas y a lo que era el entorno en que se formó. Quisiera poder mostrar, en este breve análisis, la esencia de este fenómeno del mundo moderno, lo que llevó a ello, las consecuencias que supuso y, a su vez, demostrar la veracidad de la idea expuesta en esta misma introducción de que durante la edad moderna, no todo fue de color de rosa.
LAS BRUJAS Y LA BRUJERÍA.
Podemos definir en breves palabras que la brujería consiste en "un conjunto de artes mágicas utilizadas con el objetivo de dirigir acontecimientos según un deseo individual (...), para causar efectos negativos contra otros en la mayoría de los casos" (Centini, 2002). De forma concisa podemos completar esta definición afirmando que la práctica de la brujería se remonta a tiempos muy lejanos y para la mentalidad colectiva presupone una clase de hechicería maléfica (en un principio, la magia en sí no era condenada, los magos tenían incluso buena reputación), llevada a cabo mediante pactos con espíritus diabólicos, de forma claramente opuesta al cristianismo. Los modelos estereotipados que identificaban a las brujas empezaron a difundirse durante el siglo XIV, cuando comenzó su persecución. Sin embargo, hoy por hoy podemos discernir una realidad mayor: las brujas fueron consideradas como tales por actuar distintamente de lo establecido por el seguido de normas sociales de la época, de modo que entre éstas podía haber prostitutas, herbolarias, enfermeras... y fueron las últimas que llegaron a conservar las tradiciones religiosas precristianas, por lo que, consideradas herejes, la Iglesia no podía hacer menos que condenarlas. Por otro lado se puede analizar a las brujas como sectores sociales marginados en cuyo regazo caía la irá de una sociedad plagada de miserias, enfermedades y guerras, culpándolas a ellas de sus males, siendo éstas pues, en pocas palabras, los cabezas de turco.
Dicho todo esto y a pesar de ello, sólo creo necesario mencionar el hecho de que, verdaderamente, la bruja jamás ha sido definida de forma clara y concluyente. El misterio, como dice Centini, forma parte de su identidad, siendo algo que perdura.
El origen de las brujas. De la antigüedad al mundo cristiano.
Es equívoca la imagen de un tipo de hechicería que tan sólo empieza a existir en época medieval. La realidad es que se conocen brujas desde la Antigüedad. La tradicional visión de la mitología medieval en referencia a las brujas desde que se inició su caza ha influido profundamente en esta distorsión. Julio Caro Baroja (1966) destaca el hecho de que diferentes autores difieren respecto donde está el límite cronológico en que comienza a encontrarse la brujería. Unos dicen que es en el culto a Diana, otros piensan que empieza a raíz de la idea de adoración al Diablo cristiano. Otras corrientes afirman que el comienzo se da tras algunos movimientos sociales medievales. Según este autor, todas las concepciones tienen parte de razón, por la complejidad de la materia que abarcan, y por ello es necesario que se integren en un todo.
No deja tampoco de ser reveladora la idea de Guy Betchel (1997) sobre que, en realidad, en todas las épocas ha habido personas que han manifestado tener poderes y practicar la magia. Los griegos y los romanos, después de otras muchas civilizaciones más antiguas que se sirvieron de lo mágico, como los egipcios o los mesopotámicos, utilizaron gran variedad de procedimientos mágicos para poder controlar el tiempo, curar enfermedades, enriquecerse..., y para finalidades negativas también, como perjudicar cosechas o enfermar al ganado de los enemigos. Incluso había magia erótica y la muerte podía ser considerada producto de algún maleficio. Es fácil así deducir que ya en esta época podía encontrarse magia autorizada y magia represaliada, la llamada magia negra, el equivalente a la brujería. Teócrito hizo la primera referencia hacia las striges, hacia las brujas, quienes teóricamente tenían el poder de transformarse en pájaros para acometer sus fechorías, visión reafirmada por Ovidio. Pero también se habló de otras figuras diabólicas, 1     como la Empusa o la Lamia. Ésta última se alimentaba de hombres y niños y la superstición de su existencia fue después difundida más allá de los lindes del clasicismo, llegando a la Edad Media.
En el Antiguo Testamento encontramos la definición típica de la bruja clásica a través del relato de la bruja de Endor (1 Samuel 28:1-25). Dicha descripción llevó a la Iglesia a interpretar la personalidad de las brujas como la que representa éste personaje bíblico concreto, y se encuñó el término pitonisa para referirse a las mujeres que, para finalidades negativas, se servían de la magia.
Por otra parte, debemos hacer referencia a las dos magas del clásico cuya referencia fue más utilizada en los tiempos modernos: Medea y Circe, la primera caracterizada por su amor hacia Jasón, cuyos logros fueron éxitos alimentados por la hechicería de Medea, la cual, al verse repudiada, acabó con la vida de la prometida mediante la entrega de un vestido mágico que la carbonizó. El segundo personaje, Circe, cobra un papel relevante en La Odisea homérica, convirtiendo en animales a los compañeros de Ulises y teniendo un hijo con éste último.
Como referencia fundamental encontramos también el culto a Diana. Esta última divinidad, ligada a la naturaleza, habitaba en los bosques y las selvas, por lo que sería considerada por quienes perseguirían a las brujas como la guía de éstas y la encarnación del mal absoluto. Ya en la Inquisición medieval es una referencia importante.
Con el triunfo del cristianismo se acabaron condenando progresivamente el resto de creencias, que se convirtieron en representantes del mal, quedando los antiguos dioses asimilados a pérfidos demonios o al mismísimo Diablo y, a su vez, desde el siglo IV, se asoció la magia con éste. Empezaba a sostenerse la idea de que a partir del pacto con el demonio y su adoración se lograba la magia. Se hizo extensiva la opinión de que los magos se reunían por las noches en asambleas (sabbaths) para rendir culto al Diablo. Con el cristianismo, se condenaron gran parte de las prácticas mágicas mediante estrictas leyes, puesto que el culto al diablo llevaba a convertir a los brujos en herejes o apóstatas. El Antiguo Testamento especificaba la prohibición de la práctica de la brujería al decir textualmente: "no dejarás con vida a la hechicera" (Éxodo 22:18). Innegablemente, con el cristianismo se pasó a una explícita e inamovible condena de la brujería. Las brujas empezaron a ser perseguidas por la ley. Comenzaban a solidificarse los cimientos que acabarían sosteniendo el aparato represivo de la caza de brujas.
Massimo Centini (2002) pone en relieve la evidencia que ya muchos estudiosos han mostrado de que la caza de brujas fue el fruto de un formidable poder misógino cuyo pretexto para sus sentencias solía ser siempre el mismo, el pacto con el Diablo, con Satanás, que las acusadas se suponía habían realizado, contradiciendo así los dogmas de la fe cristiana, burlando la ortodoxia. Otras justificaciones, entre otras que veremos más adelante, se fundamentaban en que las brujas llevaban a los hombres al pecado, en especial al sexual.
Nacimiento de la caza de brujas. Del Medioevo a la Época Moderna.
Como bien dice Centini, es complicado determinar una fecha exacta para establecer el comienzo de la caza de brujas.
Encontramos algunos datos especialmente reveladores sobre algunos procesos muy jóvenes de caza de brujas, como el reconocimiento de la brujería como pura herejía o la bula Summis Desiderantis affectibus (1484), del Papa Inocencio VIII, que derrocaba el Canon Episcopoi (906) que declaraba la creencia en la brujería como herejía. La bula reafirmaba la existencia de las brujas y su necesaria persecución: “Muchas personas de uno y otro sexo (…) se abandonaron a demonios, (…), han matado niños que estaban aún en el útero materno (...), más aun, a hombres y mujeres, animales (...). Renuncian a la Fe (…), y a instigación del Enemigo de la Humanidad no se resguardan de cometer y perpetrar las más espantosas abominaciones y los más asquerosos excesos (...). Heinrich Kramer y Jacobus Sprenger, profesores de teología de la Orden de los Frailes Predicadores, han sido nombrados, por medio de Cartas Apostólicas, Inquisidores de estas depravaciones heréticas.” Sin embargo, a pesar de todo esto, el período culminante de la caza de brujas acabaría siendo el inevitable producto de un implacable proceso evolutivo en cuyo avance los factores religiosos y sociales tuvieron un papel determinante. La Europa Medieval vivía entre enfermedades que acababan con la vida de muchos, y la tierra y su trabajo suponían dificultades por las inclemencias del tiempo. Como ha demostrado el antropólogo estadounidense Marvin Harris (1996), esto es en gran parte el motivo de que se diera caza a la brujería. La sociedad, altamente supersticiosa, no encontraba explicaciones lógicas a sus problemas, de modo que culpaban a las brujas de ello. Era la manera de encontrar respuestas, de descubrir cómo acabar con lo que les perjudicaba, por muy extraño que fuera el proceso.
Los primeros casos de alerta jurídica sobre la brujería se remontan a la Antigüedad Tardía y la Alta Edad Media, como se demuestra con las prescripciones del Concilio de Ancira (314) o con las del de Alvira (340), orientadas al castigo de los practicantes. Sin embargo, la actitud de la época fue fundamentalmente de prudencia, como denotan documentos como el edicto de Liutprando (727) o uno de los escritos de Rabano Mauro, De universo (784). Además, más tarde encontraríamos el Canon Episcopoi, el cual negaría la existencia de las brujas, tomando sus acciones, en los términos de Harris, como "ilusiones provocadas por el diablo", cosa que obviamente tampoco las redimía del pecado: "Muchísimas, engañadas por esta falsa opinión, creen que todo es verdad, se desvían del recto camino y caen en el error pagano, porque piensan que existen otras divinidades que no son el Dios único." (Canon Episcopoi, 906) 2     Indubitablemente y a pesar de esto, progresivamente iba consolidándose una tendencia: el culto al diablo y la magia se consideraban, cada vez más, integradas en las prácticas religiosas precristianas y, desde el año 1000, se fue consolidando profundamente la idea de que el diablo ocupaba un puesto primordial en la práctica de la hechicería, aspecto que ya mostraría Graciano en su Decretum (1138).
El Consilium de Bartolo da Sassoferrato (1313-1357) es el documento con más antigüedad redactado contra una bruja, que debía ser condenada y quemada en la hoguera. Por otra parte, resultó determinante para el futuro la bula Super Illius specula (1326), donde Juan XXII convino que las penas con las que eran previstos los herejes fueran aplicadas también a la brujería, considerada ya firmemente como un culto al diablo.
La caza de brujas se fue generalizando y se llevó a cabo durante los siglos XIV al XVII. En el siglo XV la aprensión hacia la figura que adoraba a Satanás se aceleró y, en la segunda mitad del XVI, tanto los católicos como los protestantes, a pesar de sus diferencias, convinieron en algo: había que llevar a cabo una política de persecución total de la brujería.
LA CAZA DE BRUJAS EN LA EDAD MODERNA "En la Edad Moderna de la Historia Europea, que se extiende aproximadamente de 1450 a 1750, miles de personas, la mayoría mujeres, fueron juzgadas por el delito de brujería. Alrededor de la mitad de esas personas fueron ejecutadas, generalmente en la hoguera” (Levack, 1995). Con estas breves palabras podemos resumir una de las realidades que se escondían bajo la capa superficial de una época de aparentes maravillas, la Edad Moderna, que con la fuerza de la tradición supuso el teórico fin de una etapa "oscura" para pasar a otra "de luces".
La caza de brujas suele atribuirse a causas como la Reforma y la Contrarreforma, la Inquisición, el uso de la tortura judicial, las guerras de religión, el recelo del clero, la aparición del Estado moderno, el desarrollo del capitalismo, el conflicto socio-cultural, los intentos de erradicación del paganismo, la necesidad de distraer a las masas por las autoridades, el odio a las mujeres... Pero quizá deba buscarse de entre las causas algo más profundo, teniendo a su vez en cuenta lo dicho anteriormente de que la caza de brujas es un misterio demasiado complejo para reducirse a causas simplistas. Aún así siempre se puede teorizar sobre ello y, a la postre, dar con algo. Levack, por ejemplo, defiende como motivos relevantes que pudieron impulsar la caza las nuevas ideas sobre las brujas, los cambios en el derecho penal, en la religiosidad y la profunda tensión social del momento, cambios que iremos tratando a medida que avancemos el trabajo.
La caza de brujas en cifras La cantidad de documentos destruidos o perdidos y la ausencia de registros en gran parte de los juicios por brujería impiden establecer de un modo exacto el número de víctimas procesadas y ejecutadas. Los valores han solido adulterarse con una tendencia a exagerarlos y, podría decirse, como afirma Centini (2002), que el número de condenas y ejecuciones "pertenecen al ámbito de la leyenda." Pero en teoría, buscando una cifra más realista, podría encontrarse un valor que se acercara al verdadero número de personas juzgadas por brujería: más o menos unas 110.000 en Europa, la mitad de las cuales pertenecerían al mundo germánico. Es en el territorio alemán donde más procesos han llegado a contabilizarse (unos 50.000), además de en los territorios fronterizos, como Polonia (15.000), Suiza (10.000), o Francia (10.000). Este último país fue, además, la cuna de la caza de brujas moderna. En España e Italia hubo unos 10.000 juicios y, en Inglaterra unos 5.000, al igual que en Escandinavia. Menor fue la cifra en lugares como Bohemia, Hungría, Transilviania y Rusia (unos 4.000). Se calcula que, entre todas estas cifras, el número total de brujas ejecutadas rondaría las 60.000, dato que dice mucho, puesto que, como sabemos, gran parte de las brujas juzgadas eran inocentes. Sin embargo la dimensión global del asunto se escapa a estos cálculos: había mujeres que vivían bajo sospecha, que eran acusadas informalmente y no fueron a los tribunales. Hubo un mayor número de acusaciones, tanto informales como formales, que de juicios. Y estas personas, denunciadas pero no juzgadas, fueron víctimas de la exclusión social y de las sospechas continuadas.
En la Edad Moderna lo que preocupaba, sin embargo, era la cantidad de brujas libres y no la de juicios y ejecuciones llevadas a cabo. Las dimensiones disparatadas que solían establecer las autoridades generaban el terror en la sociedad y explica en parte el por qué de lo que sucedió.
Geografía Las cifras propuestas en el apartado anterior nos dicen mucho sobre la variedad interregional de la caza de brujas. Pero ahora hay que ir más allá de los simples cálculos numéricos y encontrar el por qué de éstos.
Una gran diferencia se postraba entre Ia caza de brujas llevada a cabo en Inglaterra y la que se realizó en el continente. En el primer país las leyes eran notablemente distintas, no se adoptó el proceso inquisitorio, tampoco se utilizó la tortura y las ideas demonológicas no se mostraban tan enormemente arraigadas, de modo que los procesos por brujería no fueron tan brutales y cuantiosos como en otros lugares, como por ejemplo Alemania o Suiza. Sin 3     embargo, ni Inglaterra fue el único país donde la caza de brujas fue menos virulenta ni en Europa había un modelo homogeneizado de caza de brujas. En lugares como Dinamarca, Noruega, Rusia y España, la campaña contra la brujería también fue mucho más suave que en otras zonas. La intensidad de las cazas variaba en gran manera porque en algunos países tampoco se recibieron las ideas deomonológicas en su totalidad, la tortura pasó por mayores restricciones y, en definitiva, se condenó a menos personas que en otras partes del continente y las cazas masivas fueron muy excepcionales de verse. Podemos decir que en Europa hubo una persecución generalizada de las brujas, pero tan sólo se vio en la Europa Occidental y la Centroeuropa Occidental el extremo de la brujomanía exacerbada, diseminada en parte por marcados períodos de pánico, que dio lugar a las cazas de brujas más multitudinarias. Se calcula que estas zonas llevaron a cabo el 75% del total de los procesos de brujería de la Europa Moderna. En el resto de regiones, exceptuando Polonia, la caza de brujas fue más moderada. Tales diferencias se debían especialmente a cuatro variables: la posición que ocupaba la creencia en el demonismo entre la sociedad (cuanto más arraigada estaba la idea más virulenta era la persecución de las brujas), el tipo de sistema utilizado para los procesamientos criminales (en el continente fue mayoritariamente el inquisitorio acompañado del empleo de la tortura, a pesar de mostrar muchas variaciones según la zona), el grado de control del poder central sobre los procesos (éste contribuía a suavizarlos – como sucedía en España, Rusia, Suecia o Inglaterra,- mientras que los poderes locales tenían un empeño aún mayor de acabar con las brujas) y, por último, el grado de celo religioso que compartían los habitantes de cada región (la intolerancia religiosa, lógicamente, siempre significaba una intensificación en la persecución de la brujería), junto con el nivel de estabilidad religiosa de cada zona (donde se presenciaba el conflicto impulsado por la Reforma y la Contrarreforma, las cazas tendieron a ser más masivas).
Dinámica Ahora debemos tratar la manera en que se llevaba a cabo la persecución, que de ningún modo podemos entender como única e igual en todos los territorios, puesto que, como hemos analizado en el anterior apartado, cada región era un mundo distinto del resto, y no se puede establecer una caza de brujas típica a nivel enteramente europeo. Pero a pesar de las enormes variedades en el tamaño y la dinámica de la caza, podemos encontrar aspectos comunes.
Todo comenzaba a raíz de una acusación, en la mayoría de casos de alguien que había sufrido una desgracia (una muerte o enfermedad, un robo, un fracaso amoroso, impotencia sexual…), y éste proyectaba su desdicha sobre una bruja. También había casos en que la acusación era colectiva, incoada por los magistrados en representación de la comunidad, cuando las desgracias (granizadas, incendios, fuertes tormentas…), afectaban a vecindades enteras. Las brujas, como vemos, eran una clase de chivo expiatorio.
Era menos habitual, pero también se acusaba la brujería a raíz de otros motivos, como la rivalidad política y económica, e incluso entre los mismos miembros de una familia. Asimismo, tampoco dejaba de haber casos de acusaciones emprendidas por “descubrir” a una bruja en el acto de realizar algún rito mágico o encantamiento contra alguien, o por encontrar mujeres agrupadas en asambleas. También se enjuició a individuos a raíz de las confesiones propias. Y todavía nos quedan los procesamientos realizados a partir de “posesiones diabólicas,” los cuales inspiraron grandes cazas de brujas en Francia y algunas en Inglaterra y el Franco-Condado.
Dejando al margen Inglaterra (donde los jueces no podían incoar por su cuenta los casos), los procesos por brujería provinieron de la élite dirigente, aunque, de todos modos, el impulso inicial solía proceder casi siempre del pueblo. Pero eran igualmente las élites las que se encargaba de la detención y los interrogatorios de las acusadas, y las que añadían así el demonismo entre los cargos de éstas. Buscaban también en la bruja la marca diabólica y la sometían a torturas, pero no solían tener la potestad de juzgarlas, puesto que se necesitaba la aprobación de los organismos gubernamentales Las autoridades decidían que casos de brujería analizar y someter a proceso, los testigos a citar, a quiénes aplicar la tortura, los cómplices a perseguir y, finalmente, la inocencia o culpabilidad y la sentencia de las acusadas. El pueblo llano, al fin y al cabo, sólo acusaba y testificaba. El desarrollo de la caza de brujas era, fundamentalmente, algo que se llevaba a cabo desde arriba, desde la élite.
Los juicios, en su mayoría, eran individuales o de dos o tres personas. Estas pequeñas cazas se centraban tan sólo en el individuo que había sido acusado. Sin embargo, aunque no habitualmente, estos juicios podían acabar degenerando en grandes cazas, puesto que la posibilidad de imputar cargos de asistencia a un aquelarre, en ocasiones, llevaba a la búsqueda del resto de sus miembros. También había cazas de tamaño medio, que se realizaban sobre una media de entre cinco y diez personas, a menudo debido al uso de la tortura, la cual llevaba a nuevas acusaciones en situaciones en las que el pánico no se extendía en demasía. Por lo que a las grandes cazas se refiere, éstas podían llegar a llevarse consigo cientos de víctimas. Se daban en momentos de pánico irracional y fueron muy comunes en Alemania, aunque en casi cada uno de los países europeos se llevó a cabo alguna. Solían ser también la consecuencia de reacciones en cadena comenzadas desde el momento en que ciertas brujas acusadas rebelaban los nombres de sus cómplices, que a su vez podrían delatar a otras. El ejemplo por excelencia de las grandes cazas de brujas es el de Tréveris. Este tipo de persecuciones también podían desencadenarse a partir de un único acusador o un grupo de 4     éstos, como es por ejemplo el caso de Rouen, o a raíz de la decisión de un magistrado de llamar a un elevado número de sospechosas a declarar. La situación, a su vez, se muestra más escalofriante todavía al verse que muchas de las grandes cazas fueron simplemente una acumulada sucesión de otras más pequeñas que se extendieron en un amplio territorio y un largo periodo de tiempo, siendo resultado de una sociedad dominada por el pánico, un terror que se forma a través de la sospecha entre unos y otros, por el temor al demonio, incluso por el miedo a que uno mismo pudiera ser condenado al no dejar de sucederse casos y casos de brujería. En palabras de Levack, aquella sociedad mostraba sin duda una “conducta obsesiva colectiva.” El período de duración de las cazas de brujas no solía ser largo en demasía y, cuando éste terminaba, se sucedían amplios lapsos de tiempo en que no se veían enjuiciamientos. Tampoco las grandes cazas no acostumbraban a alargarse durante más de tres o cuatro años, puesto que llegaba un momento en que las autoridades concluían que muchas acusaciones carecían de fundamentos, que la desaparición del estereotipo de la bruja en el transcurso de las grandes cazas reflejaba los abusos tomados por parte de los acusadores, que las pruebas de la culpabilidad cada vez eran más débiles, que lo que se estaba haciendo era condenar a inocentes. Asimismo, se daban cuenta de que tampoco socialmente implicaba beneficios, de que la caza aportaba más daños que provecho entre la comunidad. Y al mismo tiempo, influían también aspectos económicos, como por ejemplo los costes de mantener presas a las sospechosas. En definitiva, tenemos los pueblos en un momento en que se dan cuenta de que están condenando a inocentes, unos costes añadidos para la economía y una persecución que va demoliendo pieza a pieza el equilibrio social. Sin duda, cuando la sociedad se daba cuenta de todo esto, ponía en marcha los mecanismos necesarios para paliar la caza de brujas: las clases populares llegaban a boicotear las ejecuciones y a protestar ante las autoridades, mientras que éstas últimas tenían la potestad de crear un sistema más rígido a la hora de tramitar los procesamientos o, directamente, de prohibirlos.
Entre la inocencia y la verdad Como afirma Levack, es lógico que solamos tratar la brujería como un delito irreal, una fantasía insostenible y que por tanto, las personas a las que se juzgó, como víctimas totalmente inocentes de "un sistema judicial equivocado" y de un "ordenamiento legal opresivo". Pero también es cierto que debemos ir más allá y concluir si las inculpadas, de alguna manera, estuvieron implicadas en los delitos de los que se las acusaba. Es difícil de ver al hablar de la Edad Moderna.
En muy pocos casos se llevaron a los tribunales los instrumentos utilizados por las brujas para practicar su magia y, al ser analfabetas, difícilmente podía tener sentido que poseyeran libros sobre magia oscura. Las pruebas son dudosas, puesto que consistían en sus propias confesiones (realizadas bajo procesos de tortura, un dato muy sugerente) y en las de sus vecinos (una parte molesta y hostil). Sin embargo, en algunos casos se registraban en las declaraciones lanzamientos de hechizos, ensalmos y el uso de instrumentos mágicos contra sus enemigos. Verdaderamente, muchas mujeres tenían ese método para defenderse de la sociedad. Sin embargo, la mayoría de las acusadas no actuaron así.
En casi todos los casos las inculpaciones eran infundadas y solían realizarse cuando se producían desgracias incomprensibles para la mentalidad de la época o cuando alguna bruja mencionaba a sus teóricos cómplices.
Más difíciles de establecer resultan todavía las acusaciones por simple demonismo, cuyas únicas pruebas son, o bien la confesión, o bien la incriminación por parte de cómplices. Y por si fuera poco, la acusación se apoyaba en pruebas irracionales como el volar por el cielo. Nunca en cualquiera de las denuncias nadie había sido testimonio directo del crimen, ni si quiera un testigo independiente del proceso, ni tampoco se logró nunca hacer una redada en las supuestas reuniones de los aquelarres. Y como hemos dicho, poco dice la confesión propia. El sometimiento a la tortura llevaba a las bujas a inculparse y, por otro lado, la posibilidad de sobrevivir al juicio se les mostraba como una tortura psicológica en sí porque, ¿cómo las trataría la gente fuera?¿a qué displicentes miradas serían sometidas al andar por la calle?¿qué sería de su vida social sino una calamidad? Levack ha calificado esto como casos de "suicidio judicial," una alternativa al suicidio en su sentido estricto. Las brujas tan sólo decían lo que querían oír sus interrogadores y, en otros casos, lo hacían para obtener clemencia, alimentadas por falsas promesas o por un sistema que decía otorgar suspensión temporal a quien confesara. También había casos en que la senilidad les hacía sufrir fantasías y confesar al ser interpeladas, y otros en que las confesiones se basaban en sueños, a veces alimentados por tradiciones culturales, a veces a efectos de las drogas. Incluso la necesidad y la desesperación dada por ciertas situaciones de vida podía llevar a imaginar a algunas mujeres que hacían pactos con el diablo para remediar tales precariedades. Pero dejando aparte todos estos casos excepcionales, la verdad es que no hay prueba de que se hicieran cultos de adoración al diablo colectivos. Éstos seguramente pertenecían a la imaginación de las brujas sometidas y de los inquisidores, puesto que ni tan siquiera hay pruebas de reuniones de cualquier otro tipo entre ellas.
Así, vemos la fantasía que cubría la esencia de la caza de brujas en la época moderna, lo cual ha llevado a considerar la brujería un engaño, una ficción en masa, hecho que tampoco es del todo apropiado al conllevar prejuicios internos al estudiar el tema y porque se basa en que no había ningún fundamento real en la caza. Sea como fuere, algunos individuos practicaron la "magia" y, en palabras de Levack, aunque la mayoría de brujas fueron acusadas 5     injustamente, "cuando los escritores y las autoridades judiciales intentaban acabar con la brujería, no estaban tratando de una amenaza enteramente inventada." LAS BRUJAS DE LA EDAD MODERNA La idea medievo-moderna de la brujería Anteriormente hemos visto algunos ejemplos de las diferentes maneras en que se ha ido concibiendo la idea de brujería a lo largo del tiempo. Los europeos modernos también tenían su propia manera de entenderla y ésta, a su vez, contenía fuertes ecos del pasado. Los modernos asociaban la brujería a los maleficia, a la hechicería maligna, la llamada magia negra, la cual se realizaba con fines dañinos, como producir enfermedades, pobreza y todo tipo de desventuras.
Además, todo esto iba acompañado de pactos con el demonio, a quien la bruja se suponía que rendía homenaje. Así, podemos decir que la brujería se caracterizaba por el empleo de la magia, en especial del maleficium, y por el demonismo o adoración al diablo, lo cual generalmente permitía a la bruja llevar a cabo lo primero, imagen que, como ya hemos visto, venía dada del siglo IV y que se explotó fuertemente en el Medievo. De todos modos, en ningún momento anterior la herejía realizada por las brujas habría sido considerada tan virulentamente amenazadora como en la Edad Moderna. En realidad, lo que se consideró como falta más grave de la brujería era precisamente la abnegación de Dios y el demonismo, más que el empleo de maleficios. Y ese era, por tanto, el delito por el cual condenaban a las brujas. Así pues, es este componente demoníaco lo que distingue la brujería europea tardo-medieval y moderna del resto.
A pesar del profundo vínculo entre la práctica del maleficium y el demonismo, había casos en los que se acusaba a la bruja sólo por uno de los dos motivos. Una mujer podía ser juzgada por el mero hecho de haber asistido a un aquelarre y otras podían ser acusadas de haber realizado maleficios sin necesidad de acudir al demonismo. Este último caso se daba cuando la mayoría de las acusaciones provenían de los vecinos, quienes tenían más interés en las desgracias producidas por los hechizos de las brujas, y donde las élites no gozaban de tantas competencias legales, como por ejemplo sucedía en Inglaterra. Eran las clases letradas y poderosas quienes destacaban más las ideas del culto al diablo (estudiosos, juristas, jueces o magistrados), percepción que predominaba, por ejemplo, en Francia, Alemania o Italia.
Además de los dos sentidos principales de la palabra brujería, ésta también puede extenderse a contener otros dos aspectos más: la evocación (conjurar al diablo o a un demonio menor para recibir información o ciertas ayudas, principalmente con el objetivo de la adivinación), hecho que no siempre era condenado, puesto que teóricamente los magos rituales no se solían considerar brujos, y la brujería blanca, dedicada a la curación o la adivinación. En ello no había maleficium, pero sí podía pensarse que para tal actividad se habían llevado a cabo pactos con Satanás. Por ello, donde el demonismo constituía el fondo de la brujería poca era la diferenciación entre magia blanca y negra, aunque a menudo las brujas blancas eran tratadas con mayor benevolencia y en algunas zonas ni se las procesaba.
El concepto acumulativo de brujería Los europeos modernos, tal y como acabamos de explicar, creían principalmente que las brujas, a través de rendir ciertos cultos al diablo, obtenían sus poderes para practicar la magia nociva. Esto las vinculaba a éste, a pagarle con lealtad. La mayoría de personas cultas pensaban que el proceso para conseguirlo consistía en la aparición del diablo a la bruja, en forma de hombre apuesto y elegante, y en la seducción de ésta prometiendo recompensas materiales y placeres sexuales. La bruja procedía entonces a renegar a su fe cristiana pisoteando la cruz y era rebautizada por Satanás. Tras esto homenajeaba al diablo: se inclinaba ante él o le besaba el trasero. Éste grababa una marca en el cuerpo de la nueva adepta, a menudo en un lugar oculto, y finalmente la instruía para llevar a cabo los maleficios y le subministraba pociones, ungüentos e imágenes, necesarios para practicar la magia. Además también se creía que una vez acabado todo este rito de iniciación, las brujas realizaban reuniones periódicas donde realizaban rituales blasfemos e impúdicos. El diablo se aparecía, junto con otros demonios subalternos, adquiriendo formas diversas. Se suponía que las brujas llegaban a sacrificar niños y hacer banquetes con sus despojos, a bailar desnudas y mantener relaciones sexuales con el diablo. También se parodiaba muchas veces a la Iglesia. Se tenía la idea, por otra parte, de que el demonio dotaba a las brujas del arte de volar para acudir a tiempo a dichas congregaciones.
Fue de esta serie de ideas preconcebidas y estereotipadas por teólogos, filósofos y abogados, después aceptadas por los jueces, clérigos, magistrados y señores, y que en realidad, como hemos visto anteriormente, ya venían de tiempos lejanos, de donde surgió la concepción de brujería de la época y a partir de lo cual se pondría en marcha la maquinaria necesaria para su exterminación. Las clases dirigentes necesitaron la justificación de una renuncia masiva a la fe de Dios. El simple empleo de la práctica de los maleficia no era suficiente para llevar a cabo la campaña de persecución que realizaron. Los campesinos, las clases bajas, iban aprendiendo estas ideas a medida que acudían a las ejecuciones y por la instrucción impulsada por las autoridades. A pesar de ello, lo que más impresionaba 6     e importaba a estas capas sociales era, no el demonismo, sino la posibilidad de que las brujas pudieran actuar con su magia contra ellos, lo que en realidad, no era el motivo principal de su caza.
Ya hemos hablado sobre los orígenes de la brujería y de su concepción. La mentalidad que mantenía la sociedad moderna respecto a ello no era nada nuevo, sino la evolución de una serie de conceptos más antiguos que, al ser recogidos en una misma figura y en un mismo momento, dieron lugar a una imagen muy determinada de lo que eran las brujas. Esto es a lo que se define como "concepto acumulativo de la brujería", que con el tiempo se iría ampliando.
Estas asociaciones entre la bruja, el diablo, el pacto entre ellos, el aquelarre y los vuelos, vienen de muy lejos. Ya lo hemos visto. Lo que todavía no hemos dicho es que este cúmulo de ideas quedó consolidado a mediados del siglo XV y en Francia y Suiza, entre 1420 y 1430, se llevaron a cabo juicios en los cuales se inculpaba a las acusadas de haber realizado maleficios, rendido culto al diablo en ritos nocturnos y lascivos, de haber acudido volando a tales ceremonias y de haber asesinado y devorado a sus hijos. No obstante, el estereotipo de brujería del que hemos hablado seguiría completándose en los años venideros, como muestra por ejemplo la idea de la marca que el diablo gravaba en el cuerpo de la bruja, que no surgió claramente hasta el siglo XVI. Además, existían variaciones en algunos detalles de las concepciones según la zona. La referencia al aquelarre solía modificarse de un lugar a otro. En Friuli, por ejemplo, se creía que los aquelarres realizaban batallas nocturnas contra los benandanti, quienes rendían culto a la fertilidad. El diablo también solía aparecerse de formas distintas, que iban desde la de ser humano, hasta la del macho cabrío, pasando por las de toro, gato, perro, caballo y oveja. Lo mismo pasaba con las descripciones de los banquetes realizados y de las relaciones sexuales emprendidas. De todos modos, debemos decir que el proceso de difusión de las ideas fue generalizado en Europa de un modo muy semejante. Dichas transmisión, como dice Levack, se realizó gracias a la interacción entre los procesamientos judiciales (el inquisidor mostraba su opinión, con nuevos matices en cada caso, sobre las brujas y sus actividades, y éstas acababan dando por buenos los argumentos para acabar con la agonía) y la tradición literaria. Así las ideas sobre brujería fueron acumulando nuevas formas y desarrollándose entre la sociedad. El "concepto acumulativo de la brujería", de este modo, iría completándose con nuevas concepciones mantenidas por los diversos jueces, la imaginación de los acusadores o de la propia bruja procesada, y por las creencias del mismo pueblo. Todo lo nuevo que se aportaba a la idea iba quedando registrado mediante las actas de los juicios y la bibliografía demonológica e inquisitorial impulsada por las universidades, hasta que llegó el punto en que todo quedó predeterminado y en los mismos juicios tan sólo se confirmaría lo dicho en estos documentos.
El Malleus Maleficarum (1486), fue el primer tratado importante que llegó a un público amplio. Lo redactaron dos inquisidores cuyo nombre ya nos suena: Kramer y Sprenger, los hombres que, como informa el Summis Desiderantis affectibus, obtuvieron el permiso del Papa Inocencio VIII para perseguir y dar caza a las brujas. Este documento reiteró con firmeza la existencia de la brujería como herejía, concienció profundamente a los inquisidores del delito y de su realidad, y los impulso así a empezar cazas masivas de brujas. A pesar de su relevancia, hay que recordar que es tan sólo uno de los muchos destacados tratados sobre brujería que se publicaron en la época, los cuales siempre irían orientados a ilustrar los estereotipos de las brujas y a guiar a las autoridades públicas, como el Tractatus de Hereticis et Sortilegis (1524), o los Disquisitionum Magicarum Libri Sex (1612). El conjunto de tratados modernos sobre las brujas sirvieron para concienciar del problema a la pequeña parte de la población que los leía, esto es, las clases superiores y la élite gobernante. Estos grupos tenían el poder para hacer lo que quisieran, pero para llevar a cabo una caza masiva necesitaban el apoyo de la comunidad, a quien se le dio la tarea de identificar a las personas sospechosas de brujería. La tarea de encontrar a las brujas era encomendada, en definitiva, a los propios vecinos de éstas, por mucho que algunas de las acusaciones proviniesen de los funcionarios y de los jueces. Por ello era necesario, lógicamente, que las clases bajas estuvieran plenamente concienciadas de los crímenes que cometían las brujas, y esto se conseguía mediante las lecturas públicas de los cargos adjudicados a las brujas en el momento de la misma ejecución, así como en algunos casos de instrucciones llevadas a cabo en momentos de gran terror, como por ejemplo durante la caza de brujas vascas (1610-1614), años en que los inquisidores visitaban los pueblos con el "objetivo primordial de publicar el edicto de fe (...), un cuestionario de Inquisición en cuyos folios se enumeraban toda clase imaginable de delitos de herejía (...), y hacían circular copias del edicto para que se leyese en voz alta en los conventos de los alrededores" (Henningsen, 1983). Así se garantizaba que los ignorantes no se unieran a las brujas, ayudaba a confesar a quienes ya habían caído y se adquiría el respaldo del pueblo para acabar con ello. En toda Europa se dictaron largos sermones contra la brujería durante las cazas de brujas.
De todos modos, esto no sirvió siempre para evitar el conflicto entre la élite y las clases inferiores, como por ejemplo sucedió con los ya citados benandanti, a finales del siglo XVI y principios del XVII: los inquisidores consiguieron imponer sus razonamientos y su autoridad sobre el campesinado, pero tardaron 50 años.
Desde el momento en que estuvo plenamente difundido el concepto acumulativo de brujería, se mostró duradero en adelante, durante dos siglos. Las ideas renacentistas, sin embargo, hacían peligrar lo establecido: los humanistas creían en la razón humana, capaz de disolver viejas supersticiones y los errores subyacentes.
Despreciaban lo medieval, y por tanto, también la creencia en las brujas. Decían que éstas no tenían los poderes que aclamaban, sino que eran víctimas del desespero, la pobreza y el odio del hombre, que todo eran meras ilusiones, 7     provocadas por la melancolía y la miseria. No debemos sorprendernos pues de encontrar, en un principio, una cantidad considerable de disidentes. Fueron humanistas los escépticos que a finales del siglo XVI cuestionaron el Malleus Maleficarum. Johann Weyer fue, en este aspecto, uno de los más famosos críticos de la caza de brujas. A pesar de todo ello, y como ya sabemos, todas las ideas relacionadas con la realidad de la brujería resistirían hasta finales del siglo XVII. “Los escépticos hablaron e instantáneamente fueron dominados por los defensores de la fe.” (Trevor-Roper, 1969). El neoplatonismo florentino, el escepticismo de Padua, la defensa del sentido común, la lucha de los humanistas contra la brujomanía... Nada de esto tendría la fuerza ni los razonamientos convincentes suficientes, a causa de su ambivalencia (las tradiciones greco-romanas, por ejemplo, podían sustentar la creencia en las brujas), para lograr destruir las tan arraigadas y estereotipadas ideas eruditas sobre la brujería. Pero, como afirma Trevor-Roper, más que cuestión de ideología, era cuestión de la realidad social, de los factores externos. Éstos deciden y éstos permitieron que la caza de brujas fuera inmune contra toda crítica durante casi doscientos años.
Así, en realidad, lo que tuvo más fuerza fueron las condiciones sociales. Las calamidades sufridas en la crisis del siglo XIV y XV, destacando la Peste Negra, incitaban a creer más intensamente en la intervención del demonio en la vida. La crisis en la economía de la Época Moderna, las guerras sin tregua, las plagas, etc., pudieron haber influido.
Esto provocó temores que realmente pudieron animar a los magistrados a llevar a cabo la persecución de la brujería.
Levack afirma que fue sobre todo por "el miedo a la rebelión, la sedición y el desorden que embargó a los miembros de las clases superiores durante esos años." En resumen, podemos decir que este proceso de formulación, transición y recepción candorosa del concepto acumulativo de brujería fue uno de los hechos clave para que se produjera la caza de brujas moderna, porque sin esas razones la persecución habría carecido de sentido y fundamentos. Sin embargo, este concepto debe complementarse con el cambio y desarrollo de los procesos legales de la Edad Moderna que, facilitando los procesamientos y las condenas por brujería, fue otro de los pilares básicos para que se pudiera llevar a cabo tal persecución, además de con el contexto religioso-social de la época.
El verdadero perfil de la bruja I: La sexualidad.
El delito de la brujería tenía mucho que ver con el sexo. Las acusadas solían ser siempre mujeres, aunque también podían encontrarse hombres enjuiciados (cosa que normalmente sucedía cuando la brujería se vinculaba al delito de la herejía o a la hechicería política, o cuando las cazas de brujas se descontrolaban). En Rusia y Estonia, curiosamente, los acusados eran mayoritariamente hombres y, en los países escandinavos, la situación era equilibrada. Pero esto eran excepciones a la regla general. La caza de brujas, según muchos estudios, estuvo muy ligada a una sociedad patriarcal i misógina que veía con ojos displicentes las distintas formas de alteridad y, sin duda, la mujer representaba una de éstas.
La tradición judaica estableció las bases de relacionar la mujer a la brujería. Sabemos que la misma Biblia adquiere en ocasiones cierta inclinación machista y también reproduce esta asociación al, por ejemplo, condenar la brujería en el Éxodo (22, 18). En el Libro del Predicador (25,13) se dice que “la mujer está llena de maldad. Todas las maldades y todas las perversiones provienen de ella.” Los escritos de San Pablo, San Agustín o Tertuliano, entre muchos otros, también exponían visiones similares. Esta clase de ideas fueron incubando parte de los fundamentos en los que se basaría más adelante la brujomanía. En la Edad Media esta misoginia caló también muy hondo, como muestran obras como la del monje de Cluny Bernardo de Morlay, De contemptu feminae (s. XI), en la cual degrada la figura de la mujer hasta lo más bajo, la condena como lo más vil, impudoroso y corrompido que existe, la trata como el mal de los males, e incluso la llama “trono de Satanás.” Así pues, vemos como el estereotipo de la bruja, estrechamente vinculado a una mentalidad radicalmente misógina, ya desde la antigüedad, ha sido siempre una mujer. Pero aun así, éste se vio profundamente reforzado en el momento en que se comenzó a acusar a las mujeres de brujería. El estereotipo no fue sólo causa, sino también consecuencia, de la caza de brujas. En el siglo XV, “el diablo y la mujer se convirtieron en parte de un único principio de devastación moral: su unión parecía condicionada por un dibujo perverso, cuya ejecutoría material era la bruja” (Centini, 2002). Este principio se vio reflejado en la figura de Giovanni Nider con su Formicarius y reafirmada en el Malleus maleficarum y el De Lamiis et Phytonicis. También es cierto que en la Edad Moderna la relación mujer-bruja-diablo se amplio: el acercamiento entre la hechicera y el demonio no sería sólo el fruto de la perversión de la mujer, sino también por motivos de intereses, placeres y desesperación.
Centrándonos ahora en la época de la caza de brujas moderna, veamos las circunstancias que más influenciaban en que se acometiera la estrecha relación mujer-brujería. Un factor que repercutía notablemente era la visión de debilidad moral en las mujeres, que las hacía más proclives a caer en las tentaciones, como se explicaba en los tratados de brujería, como en el Malleus Maleficarum, donde se atribuye a ello la inferioridad intelectual y la superstición de las mujeres, junto a su pasión sexual. La idea de la concupiscencia femenina estaba ampliamente extendida y se relacionaba así con el pacto con el diablo para poder mantener relaciones sexuales durante las sesiones con el aquelarre. Sin embargo, a la sociedad gustaba más de asociar a las mujeres con la brujería debido a sus 8     ocupaciones (la cocina, la curandería, el ejercicio de comadrona…), puesto que eran del todo relacionables a la práctica de la magia. Una cocinera era capaz de “crear pociones”, una curandera podría ser acusada de muertes repentinas y una comadrona del fallecimiento de un bebé. Era también común que existieran conflictos entre madres y asistentes a cargo de ellas y los hijos tras el parto, las cuales podían ser acusadas por la muerte de éstos con mucha facilidad. Por último, la visión de la bruja como personaje femenino era también reforzada por la idea de que el hombre tenía más fuerza física y política, provocando que la mujer recurriera a la brujería para poder obtener protección y venganza.
El verdadero perfil de la bruja II: edad, estado civil, clase social y personalidad.
No sólo había estereotipos en el sexo sino también en la edad, y éste era el de una mujer vieja. De hecho, la mayoría de procesamientos se realizaron sobre mujeres mayores de 50 años (a pesar de que también se enjuiciaron a jóvenes e incluso a niños). Que las sospechas sobre cada bruja fueran agravándose con el tiempo, que muchas de las acusadas fueran comadronas y curanderas, que la senilidad llevará a mostrar cierta locura y a confesiones disparatadas y que cuanto más mayor fuera uno se sentía más débil y por tanto quisiera protección y venganza, eran aspectos que contribuían más todavía al estereotipo de la mujer mayor. Además, estas ancianas serían igualmente lujuriosas y por ello, muchas se marcharían con el diablo y sus proposiciones sexuales.
Los procesos de brujería se producían sobre mujeres normalmente solteras o viudas (que durante la Edad Moderna aumentaron significativamente, debido a las pestes, las guerras…). Una sociedad patriarcal se sentía inquieta al ver mujeres que no estaban sometidas al poder de un hombre, ya fuera padre o marido y, por otra parte, la soltería implicaba mayor tentación sexual hacia el diablo. Sin duda todo esto influía. Sin embargo, también podían verse casos de mujeres casadas enjuiciadas. En estos casos, las acusaciones solían ser una clase de expresión virulenta de posibles hostilidades familiares. Un caso ilustrativo de esto sería el hijo que acusa a la madre a raíz de un matrimonio desaprobado, o el marido que, a raíz de disputas económicas con la mujer, la lleva a los tribunales.
Debemos también hacer mención de que habitualmente las brujas solían pertenecer a las clases bajas de la sociedad (muchas incluso rozaban los lindes de la mendicidad), aspecto que les daba más motivos para pactar con el diablo con el fin de obtener recompensas materiales y las llevaba al recelo y a los deseos de venganza. Además, eran personas impotentes que fácilmente podían llevarse la culpa de las penurias de la época. El descenso del nivel de vida, por tanto, no iba totalmente desligado de la caza de brujas, sino que repercutía en ésta. Casos distintos eran los de la acusación por motivos políticos o la fomentada por parientes que querían obtener las propiedades de alguien. Aquí las mujeres eran socialmente de una escala más alta.
Las brujas condenadas solían presentar un carácter más bien displicente hacia las vecindades, papel que podemos asociar ahora a la senilidad o la depresión, y gozar de mala reputación en relación a sus actitudes religiosomorales, por hechos como el no ir a la Iglesia y no practicar la religión, prostituirse, abortar, blasfemar, cometer adulterio… Las acusadas solían ser los cabezas de turco de un sistema social, religioso, político y jurídico concreto, pero había ciertas ocasiones en que éstas mismas eran auténticas rebeldes que protestaban contra una sociedad altamente masculinizada y muy controlada por las autoridades, cosa que, evidentemente, era necesario controlar desde arriba.
LA NUEVA LEGISLACIÓN MODERNA El proceso judicial. Datos generales Los juicios por brujería se realizaban en los tribunales eclesiásticos, aunque lo más habitual era que se llevaran a cabo en los foros seculares (tribunales que abarcan desde la unidad territorial que es el reinado hasta la más simple, el municipio). La distribución geográfica y cronológica de las condenas era fuertemente heterogénea, hasta que finalmente, a finales del siglo XVII y principios del XVIII, hubo un declive generalizado en toda Europa.
El proceso para acabar con la brujería no solía fundamentarse en la búsqueda de practicantes concretas, en localizarlas, sino más bien en desenmascararlas. Se trataba de identificar a quienes practicaban actividades secretas. El procedimiento solía ser siempre el mismo. Alguien emitía una acusación o denuncia, a veces tan sólo aseveraba un simple rumor, y una serie de sujetos, generalmente autoridades judiciales, en ocasiones cazadores profesionales, arrestaban a individuos que atraían su atención. Posteriormente se los interrogaba y se les instigaba a confesar y dar los nombres de sus cómplices. Finalmente se oficializaba la condena y se ejecutaba, desterraba o encarcelaba al presunto practicante de brujería.
Las bases legales "La gran caza de brujas europea fue esencialmente una operación judicial" (Levack, 1995). De hecho, hubo incluso mujeres que, acusadas de brujería, se quitaron la vida antes de ser juzgadas, dada la iniquidad que caracterizaba estos tribunales en los que se las procesaba. Pero también, ya que el pueblo, como hemos visto, acababa aprendiendo de las altas esferas el concepto y la realidad sobre las brujas, había veces en que se tomaba la justicia por su mano y los 9     vecinos ejecutaban a las brujas ellos mismos. Sin embargo, los gobiernos centrales no lo veían con buenos ojos, sino como un suplanto de las competencias y un desafío a las autoridades, por ello trataron de impedirlo. Es por eso que la mayoría de personas ejecutadas fueron siempre, a la postre, procesadas formal y legalmente.
La caza de brujas no pudo haberse dado sin algunas reformas en el ámbito legal y judicial. Entre los siglos XIII y XIV, los tribunales eclesiásticos y civiles adoptaron un nuevo sistema inquisitorio que facilitó los enjuiciamientos por brujería. Además, desde ese momento, los tribunales podrían practicar legalmente la tortura contra las acusadas. Por último, se apostó por que los tribunales locales y regionales pudieran actuar con mayor autonomía respecto del poder central. Así se conseguía garantizar un elevado número de condenas. Esta reforma, que modificaba tres importantes puntos del sistema legal establecido, fue una condición necesaria, aunque no la única, para que se pudiera llevar a cabo la caza de brujas. Es, de hecho, a partir del momento en que se llevó a cabo esta renovación, cuando empezó la persecución masiva de las brujas. A su vez, para que terminasen las cazas de brujas más adelante, haría falta lo mismo, nuevas reformas legales que la condenaran.
El sistema procesal que había predominado anteriormente al siglo XIII era el acusatorio. A partir de una denuncia se iba a los tribunales y, en casos de duda sobre la culpabilidad del acusado, se recurría a la ordalía o apelación a Dios por parte del acusado, la cual consistía en demostrar su inocencia a partir de acciones como sumergir el brazo en agua hirviendo y mostrar como éste, tras ser vendado, sanaba, engullir un bocado sin masticar y sin atragantarse e infinidad de cosas por el estilo. En otros casos se podía realizar una ordalía bilateral, demostración similar a la anterior pero a modo de competición entre acusado y acusador. Como alternativa se podía acudir a la compurgación si se conseguían testigos que juraran su inocencia. Durante todo el juicio el juez debía mantener una postura imparcial, si el acusado era exculpado, el que pasaba a ser procesado era el acusador, tal y como dictaba la lex talionis. Vemos como en realidad este proceso acusatorio era irracional. Por un lado requerían a la ayuda divina para determinar si alguien era o no culpable y, en segundo lugar, es evidente el miedo que suscitaba la idea de acusar a alguien, sabiendo lo que conllevaría tal acción si luego éste quedaba absuelto.
A partir del siglo XIII, tras haber estudiado los fundamentos del derecho romano e ir discerniendo como los delitos aumentaban, este sistema basado en la fe de Dios se dejó de lado y se apostó por dar más facultades al juicio humano. La Iglesia, desesperada por contener las herejías, fue pionera en esto. Así comenzaba el nuevo sistema judicial, conocido como inquisitorio, que fue configurándose durante los siglos XIII, XIV y XV. Las principales novedades del sistema eran, por un lado, las referidas al proceso de incoación: a)se permitía iniciar acusaciones legales por parte privada, b)el denunciante ya no era responsable del procesamiento del caso una vez iniciado, c)los funcionarios del tribunal podían convocar al delincuente apoyándose en informaciones propias o por rumores. Por otro lado, la innovación provino de la oficialización y racionalización de todo el proceso judicial: los jueces y sus subordinados investigaban los delitos presuntamente cometidos (mediante interrogatorios que solían quedar registrados por escrito) y así decidían si exculpar o inculpar al acusado, en cuyo caso se decidiría también la condena. A pesar de todo, este modelo era variable según el Estado del que se hablara. En Inglaterra y Escocia, por ejemplo, sólo se incluían algunos elementos determinados del proceso inquisitorio continental.
El sistema judicial inquisitorio favoreció los procesamientos de toda clase de crímenes, pero en nada fue más útil que en la persecución y el enjuiciamiento de los herejes y las brujas. La única manera de ajusticiar a los herejes era mediante denuncias oficiales (puesto que no dañaban a particulares) y, en el caso de las brujas, se eliminó la responsabilidad del acusador, de modo que ya no existiría el riesgo de pasar a procesamiento judicial por haber denunciado en falso. Una vez la persona era acusada, la posibilidad de condena era mucho mayor, dados los nuevos métodos de investigación. La complejidad de todo el sistema requería, a su vez, que las pruebas de acusación fueran “evidentes” antes de iniciar cualquier proceso. Por ello se adoptaba la norma romano-canónica de prueba: el testimonio debía de ser conformado por dos testigos como mínimo y el acusado debía confesar. Por otro lado, en los casos de herejía y brujería, la ley de prueba no permitía mucho, puesto que difícilmente podían encontrarse testigos oculares de la realización de tales prácticas. Es por ello que los jueces dependían exclusivamente de la confesión para poder obtener fallos contra herejes y brujas, cosa que implicó, como dice Sallmann (1991), que una mujer sospechosa de brujería difícilmente fuese absuelta, ya que “el interrogatorio procedía de tal manera que cada respuesta consolidaba la acusación.” A raíz de la dependencia en la confesión, comenzó a emplearse el sistema de la tortura interrogativa, que permitió elevar desmesuradamente el número de confesiones. Este radical procedimiento adquirió un uso habitual y, asimismo, se controló bajo algunas reglas, que variaban según la zona y el tiempo, como la prohibición de su uso si el juez no había demostrado la culpabilidad del acusado o restricciones en la severidad y duración de las torturas. Para su realización se empleaban instrumentos como la garrucha, el potro o la mancuerda. También había normas que evitaban que se realizaran confesiones falsas. Sin embargo, la realidad es que, en lo referido a las brujas, estaba permitido saltarse algunas reglas y, por otra parte, los abusos estuvieron siempre a la orden del día. Si el sistema se hubiera tomado al pie de la letra, quizá, la caza de brujas ni tan si quiera se habría podido producir con la virulencia que la caracteriza. Y si se excedieron en la duración, también lo hicieron en la severidad. En algunos lugares, los peores 10     martirios se reservaban exclusivamente para las acusadas de brujería. Sólo por poner algunos ejemplos, podríamos hablar de torturas como el uso de la silla de la brujas (calentada con fuego desde abajo), el arrancamiento de las uñas de la acusada con pinzas, atarlas en mesas de ramas de espino, vaciar ojos, cortar orejas o quemar con alcohol o azufre sus cuerpos. La mayoría de estos tormentos solían ser ilegales, pero aun así, se empleaban. La tortura y la desconsideración hacia las reglas que la regulaban fueron otro de los factores fundamentales para que se produjera la caza de brujas: facilitó la adopción del concepto acumulativo de brujería, incrementó la posibilidad de que las brujas pudieran ser declaradas culpables y, sobre todo, permitió que saliera un mayor nombre de cómplices de la boca de las mismas acusadas.
Otro factor fundamental en el despliegue de la caza de brujas moderna fue el nuevo papel del Estado en su procesamiento, puesto que siempre se había considerado de naturaleza puramente episcopal (ya que la esencia del delito era el culto al diablo). Así, tanto los tribunales eclesiásticos como los civiles, se metieron de lleno en el papel de llevar a cabo una persecución en masa de la brujería. En la Baja Edad Media, pues, eran en exclusiva los tribunales eclesiásticos quienes procesaban los juicios por brujería, pero en la Edad Moderna éste pasaría a ser un delito de jurisdicción mixta que también concerniría al poder secular de las autoridades civiles, ya que la brujería no sólo era demonismo, sino también un riesgo para los ciudadanos mediante los maleficia, es decir, que era un delito civil. En este suplante de funciones también tuvo que ver el declive de la Inquisición papal y de otros tribunales eclesiásticos, así como el recelo que empezaba a suscitar entre la jerarquía clerical los abusos en los procedimientos que se emprendían para llevar a cabo la gran caza. En determinadas zonas, los tribunales civiles acabaron obteniendo el monopolio en esta materia. Pero donde predominaba la jurisdicción eclesiástica, caso de España o Italia, el número de procesos de brujería se reducía.
También fue condicionante que los tribunales locales (de señoríos, ciudades, condados, diócesis o provincias) pudieran actuar libremente, en cierto modo muy al margen del control del poder central, que no por ello dejaba de emitir leyes y edictos o de celebrar sus propios juicios por brujería. Pero lo que importa aquí es el hecho de que en estos tribunales de jurisdicciones inferiores se sentía más recelo contra la brujería (en parte por miedo, en parte porque se veían muy comprometidos con el funcionamiento del sistema judicial), y lo habitual era que fueran todavía más represivos con sus presuntas practicantes.
La condena Una de las primeras imágenes que saltan a la cabeza de uno al pensar en la caza de brujas es la de mujeres inocentes que acaban siendo quemadas en la hoguera. Sin embargo, había mucho más detrás de todo ello y, a su vez, otros caminos posibles.
Había tres clases de penas para los condenados por brujería: espirituales (abjurar o realizar penitencias diversas), económico-judiciales (multas, confiscación de bienes...) y corporales (desde la detención hasta la pena de muerte). Este último caso, el de la pena de muerte, se reservaba para aquellos que se negaban a retractarse, y solía consistir en la quema en la hoguera, puesto que se creía que el fuego purificaba el mal.
A pesar del carácter civil que adquirieron los proceses de brujería, esto seguía siendo un delito fundamentalmente herético, de modo que las penas solían ser las mismas que para esto. Tan sólo en Inglaterra y Nueva Inglaterra las brujas eran colgadas como los delincuentes comunes. Por lo que se refiere al resto de territorios, lo habitual era que fueran quemadas en la hoguera. Así se evidenciaba el vínculo entre el hereje y la bruja: ambos eran servidores del diablo.
RELIGIÓN Y SOCIEDAD DE LA EUROPA MODERNA.
Como afirma Trevor-Roper (1969), la caza de brujas no puede ser adecuadamente estudiada como los historiadores liberales del siglo XIX tendían a verla, como “un mero error separado o separable de la estructura social e intelectual del tiempo.” De haber sido así, habría sido poco más que una construcción mental artificial impulsada por la Inquisición medieval y de ningún modo podría haber sido lo que fue.
A lo largo del trabajo hemos ido viendo parte de esta idea. Tanto la evolución del concepto acumulativo de brujería como las reformas en el ámbito judicial fueron hechos clave para que se produjese la caza. Sin embargo, tan sólo fueron causas necesarias, insuficientes para provocarla por sí solas. Para ello se necesitó algo más: un contexto social propicio, tanto a nivel religioso, como social y económico. Fueron en gran medida, como afirma Levack, las condiciones religiosas, sociales y económicas las que incitaron a creer en la existencia de las brujas, a querer acusarlas de las desdichas del momento y a tener la determinación de llevarlas a los tribunales.
Reforma, Contrarreforma y brujas En la Edad Moderna la unidad de la cristiandad se rompió a través de la Reforma, impulsada principalmente por las figuras de Lutero, Zwinglio, Calvino o Bucero, que buscaban recuperar la pureza originaria de la Iglesia. Sus ideas, en 11     gran medida incompatibles con la doctrina católica romana tradicional, los llevaron a constituir Iglesias protestantes independientes. Estas nuevas doctrinas religiosas reformadas se convirtieron en dominantes en regiones como Alemania, Suiza, Países Bajos, Inglaterra, Escocia y los reinos escandinavos. Los católicos respondieron mediante dos caminos: con el movimiento de la Contrarreforma, con el fin de corregir los errores propios y defender los dogmas de la fe católica, y con la persecución de los protestantes, hecho que dio lugar a duras guerras, conflictos que, indirectamente, pudieron también influir en la caza de brujas.
Éste período de conflictos religiosos, la época de la Reforma, se extiende desde 1520 a 1650 y, no por casualidad, fue entonces cuando la caza de brujas fue más intensa. Los movimientos reformistas y contrarreformistas colaboraron en la difusión y acentuación del proceso de la caza de brujas, dándose ésta tanto en países protestantes como católicos, puesto que unos y otros eran diferentes, pero compartían las creencias sobre la brujería y el deseo de su erradicación. Ambos eran movimientos conservadores en su esencia, con más reminiscencias medievales de las que querían admitir y a pesar de sus diferencias, practicaron con intensidad la persecución de la brujería. El protestantismo, en realidad, retenía en sí la estructura filosófica del catolicismo escolástico y la creencia en el demonismo era una herencia que ningún reformador podía rechazar.
Para las mentalidades reformadoras el demonio se volvía más omnipresente que nunca. El mismo Lutero decía que el diablo “vive y reina a lo largo de todo el mundo” y “todos estamos sometidos a él en cuerpo y bienes,” y éste mismo miedo exacerbado lo compartían Calvino y otros muchos, de modo que penetró profundamente en la sociedad. Los protestantes, aunque también los católicos, declararon la guerra al diablo para llevar a cabo la purificación del mundo. Externamente, eso significaba enjuiciar a las brujas y los herejes.
Otro de los miedos a los que fue sometida la comunidad cristiana durante los siglos de la Reforma, estrechamente ligado al pánico al diablo, fue el del pecado. La Reforma protestante y católica instó a todos los fieles a vigorizar la piedad y la santidad personal, para poder encontrar así la salvación. La culpabilidad al no cumplir en dicha misión llevaba a buscar el alivio mediante la proyección del pecado en otros. El sacerdote que en su abstinencia sexual se siente tentado y por tanto pecador y por ello condena a una bruja, el vecino que condena a la mujer que ha venido a su puerta a pedir una caridad que no se le ha dado, etc., son ejemplos de esta idea. Indubitablemente, la bruja acabó siendo, en muchos casos, la vía de escape para poder rehuir de la culpabilidad moral individual y de la sociedad en su conjunto.
La cristianización profunda llevó a exigir la erradicación de las prácticas y creencias supersticiosas y de la magia, para lograr purificar la fe de cada uno. Así, tanto reformistas como contrarreformistas decidieron acabar incluso con la práctica de la magia blanca, que desde entonces pasaría a vincularse a la oscura. Esto aumentó de forma directa el número de procesamientos, e indirectamente lo hizo también, puesto que las víctimas de brujería que se veían privadas de utilizar las formas de contramagia se veían entonces más impulsadas a acusar a las brujas.
Por otro lado, la instancia a la moralidad también supuso la creación de nuevas leyes contra las acciones más antiéticas donde, sin duda, entraba la brujería, y la formación del Estado Piadoso, institución secular encargada de la preservación de la pureza moral de la sociedad.
Con la Reforma la Biblia fue difundida y traducida a todas las lenguas importantes en Europa y se hizo muy común su interpretación literal. Cuando se leía ese capítulo del éxodo ya citado (22, 18), donde se dice que no hay que dejar con vida a ninguna bruja, esto se tomaba al pie de la letra. Lo que decía la Biblia era una coartada perfecta para llevar a cabo la caza de brujas y un empuje más para que la gente se sintiera con ganas de delatar el crimen.
La Reforma, que como hemos visto, tanto hizo por impulsar los juicios por brujería, fue también, aunque en menor medida, contribuyente de su decadencia. La realidad es que el cristianismo siempre se ha basado en la acentuación de la soberanía de un Dios Todopoderoso, y los protestantes explotaron fuertemente la idea, hasta que se acabó dudando de la capacidad del demonio para conceder prodigios como los maleficia. En un principio no influyó, pero a la larga implicaría mucho: daría lugar al escepticismo sobre la realidad de los maleficios, sobre el verdadero poder de las brujas. Por otra parte, la cristianización profunda de la sociedad acabó dando el fruto contrario del que provocó en un principio. De causar un aumento en la intensidad de la caza de brujas, llevó a reducirla, al disminuir la creencia en la magia y desarrollarse un concepto más espiritual del diablo. Lo mismo sucedió con la Biblia y su interpretación. De impulsora pasó a servir para desestimar la caza de brujas, puesto que hacía poca referencia a las brujas y advertía de las trabas puestas por Dios al diablo en el mundo.
Contexto social Las acusaciones de brujería permitieron a las vecindades resolver sus conflictos internos y explicar sus desgracias. El contexto social, muy variable, fue un factor que influyó en la caza de brujas, pero tampoco debe exagerarse su papel.
Muchas de las situaciones sociales y económicas de la Edad Moderna ya venían del Medioevo, y no por ello entonces sucedió lo mismo que en los siglos XVI y XVII en relación a la brujería. Sin embargo, nunca está de más entender el contexto social en el que se produjo la caza y comprender como ciertos aspectos sí que podían haber llegado a influir.
12     Muchos autores han designado la Edad Moderna como la “edad de la ansiedad,” debido a los fortuitos y acelerados cambios que la acompañaron: la profunda inflación, el aumento de la pobreza, el desarrollo del capitalismo, el nacimiento del estado moderno, las continuas rebeliones y guerras y el fin de la unidad cristiana, entre otros. Sin duda este nuevo mundo llevó al desconcierto de unos y a la postración de otros, estados de ánimo que también tuvieron bastante que ver con la caza de brujas. Los problemas se asociaron al diablo y éste a las brujas. Las autoridades distraían los conflictos mediante los procesos por brujería. El pueblo llano se desfogaba de sus infortunios con las brujas. Los efectos, pues, resultan evidentes.
Campo y ciudad La caza de brujas fue un fenómeno fundamentalmente rural: es en el campo donde más fuerza tienen las supersticiones y donde suelen surgir más problemas comunitarios al hacer una vida más unida entre la vecindad. Esto no quita, sin embargo, que se produjeran cazas en las ciudades (como las de Loudun, Tréveirs, Würzburg o Bomberga) y, además, no se debe pasar por alto el hecho de que las ciudades tampoco albergaban un nivel de población demasiado elevado.
Por otra parte, las comunidades de las ciudades acababan siendo semejantes a las del campo: los habitantes, siendo pocos, tenían relaciones bastante directas entre ellos. Sólo era distinto en las ciudades mayores, donde una cifra más elevada de habitantes permitía evitar tanta interacción social con el vecino. Sin embargo, en la ciudad había otros factores que fomentaban la persecución de la brujería: allí estaba la mayor parte de la actividad política (en tiempos de crisis en el ámbito político, se utilizaba la caza de brujas como arma para destruir a los enemigos y las personas con poder) y era donde se pudo perseguir como brujos a los llamados “propagadores de peste” que, mediante un ungüento que creaban, podían ir traspasando la enfermedad a la población. También en las ciudades, aunque no de forma exclusiva, y en especial en Francia, se produjeron los más famosos procesos contra la brujería dirigida a provocar posesiones demoníacas colectivas.
Otras razones que demuestran la conveniencia de las ciudades para la caza se basan en que la persecución, una vez comenzada, daba muchos más frutos al encontrar más víctimas, y que la vida urbana generaba tensiones mayores, susceptibles así de traducirse en acusaciones hacia la brujería. En definitiva, podemos decir que “hay más de un mundo de brujas en la Europa Moderna” (Levack, 1995), el campesino, donde la superstición se combina con los conflictos interpersonales, y el urbano, donde hay otras bases en las acusaciones y la caza se difunde con más velocidad. Sin embargo, un mundo y otro se entrelazaban: una campesina acusada era normalmente enjuiciada en la ciudad. A través del juicio, la élite (el poder judicial) interactuaba con la cultura popular (los vecinos y sus acusaciones).
PROCESOS HISTÓRICOS Analizado todo lo visto, me gustaría dar un breve repaso a los procesos más famosos y paradigmáticos sobre la caza de brujas, puesto que, por un lado, nos dará una visión más próxima y personal de lo que supuso y, por el otro, nos ayudará a comprender con más facilidad lo que tuvo que ser para cada una de las personas acusadas por brujería la Edad Moderna.
Uno de los casos más conocidos sobre procesamientos por brujería es el de Juana de Arco (1412-1431), una joven campesina francesa que vivió durante la Guerra de los Cien Años (1337-1453). Creyendo haber oído la voz de Dios instándole a expulsar a los ingleses de Francia, emprendió dicha misión tras recibir la aprobación del rey. Juana, al mando del ejército francés, obtuvo varias victorias, entre ellas la liberación de la ciudad de Orleans, asediada por los ingleses. Pero el misticismo que la envolvía supuso también su perdición. Capturada finalmente por los enemigos, el tribunal eclesiástico no lo tuvo muy complicado para relacionar sus logros y encuentros con las voces al demonio. La Inquisición la acusó de hereje y bruja y su condena fue la hoguera. Sin embargo, el caso de Juana fue más bien político, por el peligro que en ella pudieron percibir los acusadores, es decir, los hombres, puesto que se vestía como ellos, hacía la guerra y contactaba con la divinidad de Dios, y en un ambiente totalmente envuelto por el miedo hacia el diablo y a la mujer, susceptible de caer en sus garras.
Un caso paralelo y relacionado con Juana de Arco es el de Gilles de Rais (1404-1440), niño huérfano que creció desarrollando una personalidad inmoral y que se dedicó al vicio y al ocio hasta el momento en que entró a formar parte, y cómo uno de los más valiosos compañeros, en las campañas de Juana de Arco. Sus méritos entonces fueron grandes, incluso fue nombrado Mariscal de Francia, pero tras la muerte de Juana y de su abuelo Jean de Craon, volvió a su antigua vida de excesos iniciándose, además, en las artes de la alquimia y de la magia negra. Se dice que pactó con el diablo y llevó a cabo continuos sacrificios humanos. Al final, tras el intento de rapto de un monje, fue acusado de infanticidio, pacto con el demonio, actos contra natura y sacrilegio. Tras confesar el asesinato de unos 300 niños pidió perdón. Su condena fue la horca.
Luego tenemos a Matthew Hopkins (1620-1647), el cazador de brujas de Essex, una región inglesa donde durante la segunda mitad del siglo XVI se emprendieron gran cantidad de procesos por brujería. Este hombre, que se autodenominó "cazador general de brujas," logró, en 30 años de actividad, condenar a más de doscientas brujas.
13     En la localidad de Triora (Italia), entre 1587 y 1589, se acusaron a muchas brujas de ser amantes del diablo y de cometer crímenes humanos. En realidad, fue toda una trama judicial mal concordada que se originó a partir de unos procesos que llevaron a otros a raíz de las confesiones originadas por la tortura. Se trató de buscar soluciones que luego a otros no les parecieron bien y, aunque finalmente se proclamó la libertad de las brujas enceldadas, ya demasiadas habían muerto o ya no quedaba rastro de ellas.
Un caso muy curioso y escalofriante de brujería fue el de la condesa húngara Erzsébet Bathory (1560-1614).
Esta rica y poderosa mujer se obsesionó con lograr la eterna juventud. Creía que con la sangre de personas vírgenes se obtenía el elixir que necesitaba y comenzó a llenar sus calabozos de muchachas jóvenes con las que celebraba rituales.
A muchas las sacrificaba para obtener la sangre que tanto anhelaba. Erzsébet Bathory fue arrestada en su propio castillo y se descubrieron los restos de 610 víctimas. Sus colaboradores fueron ajusticiados y las mujeres que le habían seguido el juego acabaron consumiéndose en las llamas de la hoguera acusadas de brujería. A la noble, sin embargo, se le adjudicó otra pena: la reclusión de por vida en sus aposentos de palacio. La puerta fue tapiada. Tres años después, la condesa fue encontrada muerta. Nunca se llegó a saber en que consistieron aquellos rituales que llevó a cabo a costa de tantas vidas.
Un caso ejemplar de como las acusaciones por brujería llevaban intrínsecas odios personales, venganzas y temores, es el de Caterina de Medici, una camarera que, estando al servicio del senador de quien también era amante, Luigi Melzi de Pavía, fue acusada por el hijo de éste, Ludovico, de haber causado la enfermedad del padre. Los médicos y otros testimonios le dieron la razón. En 1617 fue quemada en la hoguera. Seguramente su muerte escondía una serie de intrigas familiares desconocidas o bien, sencillamente, Caterina cargó con el peso de una enfermedad que ningún médico había sabido explicar.
En 1634, en un convento de monjas de Loudun (Francia), se sucedieron diversas posesiones diabólicas. Las monjas señalaron a un culpable: el párroco Urbano Grandier. Se lo acusó de usar la magia negra y de confraternizar con el diablo contra las hermanas. El hombre, víctima de una enorme maquinación llevada a cabo por las monjas, acabó ardiendo en la hoguera.
De entre los casos más populares sobre la caza de brujas destaca el de los juicios de Salem de 1692. Es una de las cazas más tardías y se acontece en pleno período de colonización de los EEUU. En ese año comenzaron a producirse fenómenos extraños (posesiones, trastornos e histerias entre mujeres y niñas) atribuidos a la obra de las brujas y al diablo. De ahí salieron nombres y futuras víctimas de la caza de brujas. Los europeos solían asociar los cultos indígenas con el diablo y, en realidad, toda la persecución que se llevó a cabo fue con el fin de debilitar las culturas que se mostraban como un peligro para los cristianos.
Uno de los episodios más crueles de la caza de brujas fue sin duda el de los procesos de Bamberg (Alemania, 1623-1624). El príncipe obispo Dornheim emprendió una auténtica cruzada contra la brujería: llevo a las acusadas a la cárcel de Hexenhaus ("Casa de brujas"), donde las torturaba con métodos de crueldad suprema. Quien intercedía podía ser juzgado también. El médico de la zona expresó su disconformidad hacia la situación y fue torturado hasta confesar su participación y la de cinco prohombres más en los aquelarres. Esto trajo polémicas y, afortunadamente, el emperador intervino y puso punto y final al episodio.
Otros ejemplos de excesos fueron los de Logroño (España) del año 1610, cuando unas dos mil personas, la mitad de ellas niños, fueron acusadas por demonismo. La autoridad laica creyó que verdaderamente se estaba formando un excepcional ejército satánico, pero, por suerte, la discrepancia de la Iglesia ante ello aligeró la situación.
En Arras (Francia) también se produjo un efecto de acusaciones en cadena que desembocó en un fuerte abuso de las autoridades en la caza de brujas que, finalmente, fue reducido por el duque de Borgoña.
Para terminar, debemos hacer mención de los benandanti de Friuli (Itália) de los siglos XVI y XVII. Los benandanti ("buenos caminantes") eran miembros de un culto de tradición precristiana campesino que se fundamentaba en el rito a la fertilidad de la tierra y, según la tradición, se enfrentaban a las brujas para impedir el mal. Pero esto, que en un principio era un simple ritual folclórico, se transformó, para la mentalidad cristiana, en demonismo. La realidad es que los inquisidores fueron forzando de forma progresiva las confesiones de los benandanti interrogados para obtener las respuestas que les convenían. Cada vez más, las declaraciones se encaminaron a demostrar el carácter diabólico de los encuentros de estos grupos y la semejanza entre sus ritos y los del aquelarre. Se consideró que actuaban con magia y que, por tanto, eran herejes, por mucho que ellos afirmaran ser fieles a Cristo. La situación no hizo por más que empeorar con el tiempo, hasta que incluso se acusó el papel de los benandanti en la sanación de algunas víctimas de brujería, aspecto que los llevaba a postrarse a los pies de Satán, como les pasaba a las brujas. Al final, los benandanti se vieron forzados a afirmar que habían hecho pactos con el diablo y que, en su nombre, habían desarrollado las acciones del mal.
14     EL DECLIVE DE LA CAZA DE BRUJAS Como afirma Caro Baroja (1966), durante el Barroco comenzó la gran crisis de la brujería, y se expresó mediante el aumento de las voces que negaban la autenticidad de los actos de las brujas y el incremento de las crisis de conciencia.
Éste autor destaca el papel de Friedrich von Spé (1591-1635) que, tras muchos otros que también llegaron a la misma conclusión, vio como la caza de brujas era producto de un grandísimo abuso y logró convertir el tema de la falsedad de la brujería en una “controversia pública.” Este tipo de mentalidad fue diseminándose entre la sociedad, aunque tardó más en influir en los jueces y los responsables de la justicia, ya que muchos continuaron quemando brujas durante el siglo XVIII.
Pero de forma general, a finales del siglo XVII e inicios del XVIII fueron reduciéndose en Europa los casos de procesamientos por brujería, hasta que acabaron desapareciendo. No sucedió de manera simultánea en todos los países, pero sí que hubo una tendencia a acabar con ello. Este ocaso sólo pudo producirse a partir de la aparición de esa nueva mentalidad escéptica respecto a la existencia de las brujas, que no sólo se combinó con el sencillo reconocimiento de que la caza de brujas se les estaba yendo de las manos a quienes la llevaban a cabo, sino también con un conjunto de cambios judiciales e intelectuales (promovidos entre las clases cultas y gobernantes), con un clima religioso más tranquilo y unas condiciones diferentes en la vida de la población.
A nivel judicial, se comenzaron a exigir pruebas más concluyentes para demostrar la veracidad de una acusación por brujería, la tortura fue más regulada y se promulgaron decretos que tendieron a ir condenando los procesos. Los cambios de mentalidad influenciaron mucho en los jueces y magistrados y por ello fueron también motivos primarios para las reformas legales, pero la nueva forma de pensar llegaba a un sector bastante más amplio que abarcaba gran parte de la élite europea. Ahora más que nunca, tanto teólogos como filósofos y hombres de ciencia, dedicarían un gran empeño a demostrar la falsedad de las ideas sobre la existencia de la brujería, y este escepticismo, por tanto, sería difundido entre el resto de europeos cultos. El nuevo clima religioso aparecido en el siglo XVII se basaba, sobre todo, en la decadencia en el celo y el entusiasmo religiosos, como ilustra muy bien el fin de las guerras de religión y la Paz de Westfalia (1648). Por último, respecto a lo que se refiere a las nuevas condiciones socioeconómicas que, de forma especulativa, podemos convenir como contribuyentes del fin a la caza de brujas, podemos decir que el aumento del nivel de vida desde finales del siglo XVII, con la disminución, por tanto, de las tensiones locales y, asimismo, de las ansiedades y preocupaciones que en los siglos anteriores habían llevado a las brujas a jugar el papel de chivo expiatorio, fue un posible motivo más de la decadencia en la persecución de la brujería.
CONCLUSIONES A medida que hemos ido avanzando el tema de la caza de brujas, sus causas, su esencia, sus fundamentos, hemos podido ir advirtiendo que fue algo tan complejo que su estudio es complicado. En la mayoría de aspectos tan sólo podemos especular y es que, en el fondo, estamos tratando un tema que todavía está sin resolver, por su dificultad, por su oscuridad, por la escasez de documentos, porque las cifras engañan, por la complejidad de la mentalidad social, por las variedades locales, por la dificultad de determinar las causas de algo tan atroz. A pesar de ello, hay algunas evidencias, algunos documentos, algunas posibilidades que nos permiten extraer conclusiones. Los obstáculos dificultan el estudio, pero no lo imposibilitan. En este trabajo hemos podido ver como se formó el estereotipo moderno de las brujas (a partir de creencias precristianas muy antiguas), la magnitud que alcanzó su persecución, las variedades regionales, el tipo de personas a las que se juzgaba, a cómo y a qué acababan sometidas, algunos procesos históricos relevantes y, sobre todo, algo a lo que siempre se le ha dedicado mucha importancia debido a lo que nos perpleja el fenómeno: sus causas, los condicionantes que hicieron falta para que pudiera producirse la caza de brujas, como una mentalidad social determinada, ciertos cambios jurídicos, una transformación religiosa y una sociedad inquieta. Así, hemos podido comprender que la caza de brujas de los siglos XVI y XVII, debe verse, en su fuerza y duración, como algo que va dentro de un contexto social, político, religioso, judicial e intelectual concreto.
Tras buscar los orígenes de la figura de la bruja, los cuales nos han conducido directamente al mundo antiguo, hemos llegado al siglo XIII, cuando la sociedad feudal y cristiana europea estaba en conflicto con los grupos heréticos que no compartían sus doctrinas. Con la aparición de la Inquisición, cuya función principal era perseguir la herejía, se empezó también a cazar a las brujas. La Iglesia elaboró así esta nueva idea de herejía, y lo hizo a través de elementos precristianos que pertenecían al folklore pagano. Tras reunir todos estos factores, la Iglesia católica los redujo al pecado capital del demonismo, que abasteció a la sociedad de un estereotipo social al que perseguir, una construcción intelectual que, una vez completada, se convirtió en universal y que, en el siglo XIV, con un aumento de la intolerancia, en un ambiente de miserias provocadas por la peste negra y la Guerra de los Cien años en Francia, se generalizó.
Pero cuando en el siglo XVI una nueva prosperidad podría haber acabado con la necesidad de tener un cabeza de turco para cargar con los problemas sociales, o cuando las nuevas ideas renacentistas podrían haber desecho las bases intelectuales de esta persecución, la caza de brujas revivió y se extendió. Aquí es cuando entramos de lleno en el tema de los condicionantes que llevaron a la caza. Por un lado, hablamos del “concepto acumulativo de brujería,” condición sine qua non para que pudiera producirse, puesto que sin que la idea de brujería reuniera el 15     significado pleno que adquirió en época moderna, sin que el demonismo fuera asociado a ella y por tanto la vinculara a la herejía, y sin que estas ideas se hubieran extendido entre la población, no habría habido caza de brujas. Pero tampoco habría podido suceder si, a su vez, no hubiera habido una reforma judicial con la que se instaurase el sistema inquisitorio, se permitiera la tortura y se descentralizara el poder judicial. Además, por otro lado, hizo falta mucho más: un contexto socio-religioso que lo permitiera o, más bien, tuviera la fuerza de impulsarlo. En lo referente a la religión, la cristianización profunda, la difusión del miedo hacia el demonio y hacia el pecado, la instancia a la moralidad, la diseminación de la Biblia y la misma interacción de hostilidad entre protestantes y católicos, fueron factores fundamentales. Respecto a lo social, debemos hablar de una sociedad envuelta por cambios inesperados y ciertos problemas que llevaban a las personas a un estado de incertidumbre, por lo que culpar de todo ello a las brujas era una salida fácil, sobre todo en momentos de pánico, porque cuando el miedo se volvía irracional y la sociedad se veía dominada por él, ésta entonces enfocaba directamente al estereotipo creado, el de la bruja y, a su vez, lo reforzaba.
Así, en todas partes el mito fue fortaleciéndose y consolidándose. Había diferencias locales y temporales, disimilitudes en las competencias y en los procesos. Un poder central podía regular la caza, mientras que en los Estados descentralizados había grandes abusos. Pero el mito en sí era universal y constante y lo mejor que podía suceder, puesto que ni el racionalismo ni el escepticismo tenían la fuerza suficiente, era que la caza fuera contenida, a pesar de que pudiera rebrotar en cualquier momento. El mito, utilizando una curiosa metáfora de Trevor-Roper (1969), “permanecía en el fondo de la sociedad, como en una piscina estancada, fácilmente desbordable, fácilmente agitable.
Mientras la estructura social e intelectual de lo que esto era parte se mantuviera intacta, cualquier pánico podía desbordarla, cualquier batalla ideológica agitarla, y ninguna operación emprendida podría vaciarla.” Los humanistas podían exponer la absurdidad y crueldad de la caza de brujas, pero para poder acabar con ella, para poder “vaciar la piscina,” había que poner fin a la estructura intelectual y social que la sustentaba desde su centro, desde la “parte de la piscina” donde todas las creencias de brujería reavivaban periódicamente. Así, esta “síntesis medieval,” prolongada por reformistas y contrarreformistas, finalmente desaparecería.
Para que esto sucediera, hemos visto como tuvieron que sucederse una serie de cambios que, a su vez, recuerdan a los que llevaron al auge a la caza de brujas, y es que, mayoritariamente, los mismos ámbitos que marcaron su desarrollo (mentalidad, legislación, religiosidad y sociedad), fueron los mismos que determinaron su decadencia. Tal ocaso puso fin a una realidad atroz, a uno de los sucesos que empañaron el brillo de la Edad Moderna con una profunda oscuridad. Sin embargo, por un lado, en 1685, se reiniciaba la campaña de exterminio contra los hugonotes y, por el otro, revivía la persecución judía. Sin duda había acabado un estereotipo, el de las brujas, pero la sociedad se serviría de otros. La persecución contra las distintas formas de alteridad venía de lejos y nunca acabaría.
La oscuridad de una época se suplantaría por la de otra, como siempre ha sido, como siempre es.
BIBLIOGRAFÍA CARO BAROJA, J., Las Brujas y su mundo, Alianza, Madrid, 1966 CENTINI, M., Las Brujas en el mundo, Ed. de Vecchi, Barcelona, 2002 HENNINGSEN, G., El Abogado de las brujas: brujería vasca e Inquisición española, Alianza, Madrid, 1983 KRAMER, H., SPRENGER, J., Malleus Maleficarum, Ed. Orión, Madrid, 1486   LEVACK, B. P., La Caza de brujas en la Europa moderna, Alianza, Madrid, 1995 SALLMANN, J. M., Las brujas, amantes de Satán, Aguilar Universal, Madrid, 1991 SPERLING, D., De persecución de brujas y pensamiento mágico, Horme-Paidos, Madrid, 2009 TREVOR-ROPER, H. R., The European Witch-craze of the 16th and 17th centuries, Penguin Books, Great Britain, 1969 16     ...

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