Cambio Estructural en la Economía Mundial (2016)

Apunte Español
Universidad Universidad de Málaga
Grado Derecho + Administración y Dirección de Empresas - 3º curso
Asignatura Estructura Económica Mundial y de España
Año del apunte 2016
Páginas 3
Fecha de subida 03/08/2017
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Cambio estructural en la economía mundial: población, estructura productiva, comercio (y Estado).
La amplitud y la difusión internacional de las transformaciones estructurales que han acompañado al crecimiento de la renta mundial es una cuestión a considerar. Dichas transformaciones estructurales se expresan en un sostenido crecimiento demográfico y de desplazamiento físico de la población, en cambios en la estructura productiva, y en la propia magnitud y composición del comercio internacional (explicándose conjuntamente, ayudan a comprender el crecimiento económico del siglo XX). Detrás de ellas se dibujan tres factores decisivos en el progreso de la renta per cápita: tras el aumento demográfico, la mejor formación de una población que hoy se define como capital humano; tras la industrialización y el cambio radical de las actividades agrarias y terciarias, el progreso técnico y la creciente capitalización; y tras la internacionalización de los flujos comerciales y de capitales, el aprovechamiento de las ventajas que la especialización y las economías de escala de un mayor mercado proporcionan para el crecimiento.
Conviene, pues, referirse a cada una de esas tres fuerzas de transformación estructural: - En primer lugar está el sostenido aumento de la población mundial, acompañado de la duplicación de la esperanza de vida. Sin embargo, el gran crecimiento de la población mundial no se ha distribuido con uniformidad entre los países, afectando muy especialmente a los países en desarrollo, en los que la persistencia de una elevada natalidad ha conducido a un “boom” demográfico desconectado de las condiciones generales de bienestar. Lo característico de los países más avanzados ha sido, más que el aumento demográfico, la mejora en la formación de esa población (se ha desterrado el analfabetismo, y se alimentan destrezas decisivas en el aprovechamiento de las nuevas tecnologías y en el avance de la propia productividad).
- En segundo lugar, la estructura productiva (y, con ella, la población), ha basculado, a escala universal, de la agricultura a la industria, y de ambas a los servicios, en respuesta a los factores que, tanto desde el lado de la oferta como de la demanda, impulsaban el crecimiento de la renta. La industrialización se ha extendido a lo largo del siglo XX, no solo por los países en los que prendió la primera revolución industrial, sino también por una buena parte del mundo en desarrollo, sobre todo a medida que se difundían las nuevas técnicas y esos otros países aprovechaban sus ventajas de costes. Así, la agricultura ha pasado de dar a comienzos del siglo XX cerca de la mitad de la mano de obra de los países que encabezan actualmente la economía mundial a ocupar hoy menos del 5% de su población activa. Si bien es cierto que la agricultura sigue representando un alto porcentaje del empleo en muchos de los países más pobres y poblados. El crecimiento de la industria ha sido verdaderamente decisivo como vehículo de difusión de los adelantos técnicos que explican el proceso de la economía mundial en su conjunto. De cualquier modo, se ha consagrado otra gran tendencia de cambio estructural: la terciarización de la economía, resultado de un sector servicios ya muy mayoritario dentro de la producción mundial.
- En tercer lugar, la otra gran transformación estructural del siglo XX ha sido la definitiva mundialización de la economía. La creciente integración de los flujos de los bienes, servicios y capitales ha seguido, no obstante, una línea quebrada de avance, cortada por las dos crisis principales del siglo, al margen de las puramente bélicas (Gran Depresión del 29 y alza de los precios del petróleo a partir de 1973). Con todo, la multiplicación de los flujos comerciales, facilitada por el incremento de la renta a escala mundial y por el efecto de la cooperación multilateral en el terreno del comercio y de la balanza de de capitales, ha terminado consagrando a la globalización como gran rasgo distintivo del final del siglo XX; fenómeno que es, además, difícilmente removible debido a su solidez, pues se apoya en irreversibles avances de las comunicaciones. Asimismo, al ampliar los mercados nacionales y al permitir aprovechar las ventajas dinámicas del intercambio, el comercio mundial se ha hecho también un comercio más basado en las manufacturas y en los servicios de mayor contenido tecnológico.
· Igualmente, se distingue otro cambio estructural más que marca, sin duda, la historia del siglo XX: el peso y el papel creciente del Estado.
Esta tendencia ha tenido sus fases, la de estas dos últimas décadas en franco retroceso. Dejando de lado la experiencia de los países que siguieron la estela de la revolución bolchevique de 1917, la evolución del resto del mundo, en particular la de los países occidentales, procura un cuadro no poco impresionante: el gasto público, que en vísperas de la Primera Guerra Mundial representaba entre el 10 y el 15% del PIB, supone hoy cerca de la mitad de su recrecido PIB, y con gran peso, además, de las prestaciones sociales y los servicios colectivos (que antes suponían a penas una mínima fracción). Esta evolución ha sido el resultado de una marea creciente de intervención estatal. El retraimiento posterior del Estado tuvo más que ver, sin embargo, con el cómo de las formas y el estilo de esa intervención que con el cuánto de una presencia presupuestaria (subrayándose cada vez más la importancia de un buen gobierno basado en la calidad institucional).
Todo lo anterior puede resumirse de un modo muy conciso: el crecimiento de la renta (y de la renta per cápita) y un perfil estructural distinto tanto de la producción como del producto y del comercio mundiales son, junto con el mayor poder presupuestario y de intervención del Estado en el común de los países, los rasgos más característicos fraguados por la economía internacional a lo largo del siglo XX. E igualmente lo es el desigual reparto de los beneficios de ese progreso económico y su concentración, en general, en aquellas naciones que cobraron ventaja durante el siglo anterior, más otras pocas que consiguieron incorporarse luego.
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