Analisis de los sistemas en geografia política (2009)

Apunte Español
Universidad Universidad Autónoma de Barcelona (UAB)
Grado Ciencias Ambientales - 1º curso
Asignatura Geografia humana
Año del apunte 2009
Páginas 24
Fecha de subida 25/05/2014
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CAPÍTULO 1 EL ANÁLISIS DE LOS SISTEMAS-MUNDO EN GEOGRAFÍA POLÍTICA Considere el lector estos dos números: 358 y 2.500.000.000. El primer número podría corresponder al de los habitantes de una pequeña población de la zona desértica de Kansas, o al tamaño de la audiencia de un concierto en Berlín, o al número de votos que obtendría el candidato de un pequeño partido en unas elecciones celebradas en Gran Bretaña. Dos mil quinientos millones es algo completamente distinto: es un número mucho, mucho mayor que la «ingente» población de China, se aproxima a la población de los Estados Unidos multiplicada por diez y es casi la mitad de los habitantes que tiene en la actualidad nuestro planeta. Estas dos cifras se relacionan en una asombrosa estadística publicada en el Informe del Desarrollo de 1996 elaborado por las Naciones Unidas: las 358 personas más ricas del mundo tienen la misma cantidad de riqueza que los dos mil quinientos millones más pobres. ¡Guau! No es frecuente que un solo hecho pueda sintetizar el mundo, pero éste casi lo consigue. Resulta evidente la polarización creciente de la riqueza —los ricos se enriquecen cada vez más y la mayor parte del resto se empobrece— que se ha producido en las dos últimas décadas en el interior de las ciudades y entre las ciudades, y se ha notado la misma polarización en el interior de los países y entre ellos mismos; pero ahora todas las implicaciones de estas tendencias quedan a la vista en su totalidad global. Esta es una realidad, quizás la realidad, de la globalización.
Globalización es la palabra que está de moda en las ciencias sociales en los años noventa, y ha tenido tanto éxito que ha penetrado en la imaginación popular. La gente de todo el mundo espera ver el Campeonato Mundial en la televisión desde el lugar donde se celebre; verdaderamente se trata de un «acontecimiento mundial». Y lo que quizá sea más importante es que la globalización se ha introducido en los de-bates políticos: por ejemplo, los Estados suelen alegar la competición económica global como motivo para reducir los recursos que dedican a prestaciones sociales. Tras casi un siglo de políticas de redistribución que han adoptado muchas formas (new deals1, guerras contra la pobreza, campañas de ayuda internacional, Estados del bienestar socialdemócratas y paternalismo democristiano), este tipo de políticas está patas arriba. En la globalización se está invirtiendo el sentido de las reducciones —moderadas pero, sin embargo, históricas— de las diferencias de riqueza y renta que se han producido en casi todo el siglo xx. En realidad, se está cuestionando todo el futuro del propio Estado. Puesto que el Estado ha constituido el principal tema de interés de la geografía política, este debate ocupará un lugar destacado en este libro. Sin embargo, no es tan simple ni mucho menos como da a entender el proceso de globalización; evidentemente el Estado está cambiando, pero hay una gran diversidad de puntos de vista sobre lo que realmente está ocurriendo. ¿Se trata de una auténtica desaparición del Estado, o sólo es la última de una larga sucesión de adaptaciones del Estado a las nuevas circunstancias? No hay duda de que ésta constituye una época apasionante para estudiar geografía política.
En este libro el enfoque de la geografía política que adoptamos es el de los sistemas-mundo.
En este primer capítulo desvelaremos en qué consiste exactamente esta geografía política 1 Alude al New Deal, conjunto de políticas internas del presidente de los EE UU E. D. Roosevelt que tenían por objeto combatir la depresión de los años treinta mediante la intervención del Gobierno en la economía. [N. de los T].
de los sistemas-mundo. No obstante, podemos señalar desde ahora que, como su nombre indica, nuestra geografía política no se limita simplemente a prestar atención al Estado.
Además, este sistema-mundo del que nos ocupamos es mucho más antiguo que los procesos que destacan lbs autores que escriben sobre la globalización. Nuestro enfoque no niega los cambios radicales que se han producido en épocas recientes sino que trata de situarlos en una perspectiva geohistórica. El principal argumento consiste en que la globalización no ha surgido de la nada. Hay una historia de interacciones mundiales y una geografía de diferenciales de poder y riqueza afín, que han ejercido una gran influencia en el carácter y la forma de la globalización. Por si acaso fueran estas olvidadas, en este texto la globalización se interpreta como la última expresión de prolongados procesos geohistóricos de los que deducimos una geografía política del poder, la intriga y la influencia que resulta fascinante.
1. GLOBALIZACIÓN(ES) Y GEOGRAFÍA POLÍTICA ¿Qué es exactamente la globalización? De la misma palabra podemos deducir que se refiere a una determinada escala geográfica de actividad humana, y en la breve exposición que hemos realizado anteriormente hemos supuesto que los lectores han hecho esa conexión con las pautas sociales y procesos mundiales. Pero tenemos que ser mucho más precisos. No obstante, la globalización es uno de esos conceptos multifacéticos que es muy difícil de definir de forma precisa: siempre que nos encontramos el término tenemos que considerar el contexto en que se utiliza porque, por ejemplo, es probable que la globalización de un economista sea muy distinta de la utilización del término que haga un geógrafo. Teniendo esto en cuenta, podemos señalar ocho dimensiones principales en la globalización: 1. La globalización financiera describe el mercado mundial instantáneo de productos financieros que se intercambian en las «ciudades mundiales» de todo el planeta de forma ininterrumpida las veinticuatro horas del día.
2. La globalización tecnológica alude a la combinación de tecnologías de comunicaciones y de informática y las correspondientes conexiones por satélite que han creado la «compresión espacio-temporal», la transmisión instantánea de información por todo el mundo.
3. La globalización económica describe los nuevos sistemas de producción integrada que permiten a las «empresas globales» utilizar capital y mano de obra por todo el globo.
4. La globalización cultural se refiere al consumo de «productos globales» en el mundo, que a menudo conlleva un efecto homogeneizador como en el caso de la «Cocacolización» y el «McMundo».
5. La globalización política, que antes destacamos brevemente, es la difusión de unaagenda «neoliberal» que fomenta la reducción de los gastos estatales, la desregulación, la privatización y en general las «economías abiertas».
6. La globalización ecológica es la inquietud respecto al hecho de que las tendencias sociales actuales sobrepasen la capacidad de la Tierra para sobrevivir como planeta vivo; aspira a ser una «globalización política verde».
7. La globalización geográfica se refiere a la reordenación del espacio que sustituye lo «internacional» por prácticas transestatales en un «mundo cada vez con menos fronteras», contemplado a menudo como una red de «ciudades mundiales».
8. La globalización sociológica es la nueva mentalidad que ve el surgimiento de una única «sociedad mundial», un todo social interconectado que trasciende las sociedades nacionales.
Estas ocho dimensiones están interconectadas de muchas formas muy complejas y están sujetas a muchas discusiones y disensiones de tipo académico —observen que consideramos problemáticos varios conceptos que señalamos entrecomillándolos—. Sin embargo, hay algo en lo que todo el mundo parece coincidir: hay algunos cambios fundamentales que andan por ahí que conllevan ciertas reformas de las escalas geográficas a través de las que vivimos en tanto que trabajadores, consumidores, inverso-res, votantes, telespectadores, turistas, y muchas más de nuestras actividades sociales La geografía política de los sistemas-mundo no hace hincapié en la singularidad global de la situación presente. Para los geógrafos políticos la preocupación por lo global no es ninguna novedad. La tradición de diversas geopolíticas y el continuo estudio del mapa político mundial hacen que el geógrafo político tome con cautela el «descubrimiento» reciente de la escala global por parte de la sensibilidad popular y de la ciencia social moderna. Hace noventa años uno de los padres fundadores de la geografía política manifestaba una preocupación parecida: De ahora en adelante, en la era poscolombina, tendremos que estudiar de nuevo un sistema político cerrado, aunque sea de ámbito mundial. Todas las explosiones de las fuerzas sociales, en vez de disiparse en las zonas cercanas o en un espacio desconocido, tendrán un eco considerable en el otro extremo del mundo (Mackinder, 1904: 22).
Lo que hacía Mackinder era manifestar un interés por los temas internacionales muy en boga a principios de siglo. Puede que actualmente los directores de las empresas multinacionales estén haciendo planes globales, pero lo mismo hicieron los hombres que a finales del siglo XIX «pintaban el mapamundi de rosa» 2 para asegurarse de que el sol nunca se pondría en el Imperio británico. En esa época había tres ideologías políticas rivales, cada una de las cuales tenía su propio modelo de mundo. Los imperialistas eran partidarios de la competencia interestatal gracias a la cual los fuertes se enriquecerían a costa de los débiles; este modo de pensar acabó provocando dos guerras mundiales y veinticuatro millones de muertos en combate. Los liberales se oponían a este tipo de militarismo y proponían un modelo de mundo alternativo en el que hubiera libre comercio entre los países, cada uno de los cuales se enriquecería según su «ventaja comparativa» para producir artículos para la exportación; crearon clubes internacionales de países (primero la Sociedad de Naciones y posteriormente las Naciones Unidas), para lograr la unidad y contribuir al mantenimiento de la paz. Los socialistas tenían una postura todavía más explícitamente internacional porque, al principio, hacían mayor hincapié en la clase social que en el país; crearon la estructura internacional de toma de decisiones más compleja, la Internacional Socialista, a la que se afiliaron todos los partidos políticos socialistas. Así pues, las cuestiones globales tenían una importancia fundamental en la mentalidad de muchas personas de di-versas afiliaciones políticas a principios de siglo, época en que surgió la geografía política como objeto de estudio. Por tanto, no es sorprendente que la geografía política tenga una tradición global, tradición que intentamos 2 Los territorios bajo dominio británico solían colorearse de rosa en los mapamundi (N. de los T.).
seguir manteniendo en este libro.
También podríamos remontarnos en el tiempo para encontrar ejemplos anteriores de «globalizaciones» en las prácticas e ideas políticas. El colonialismo y los asentamientos europeos, y las numerosas guerras mantenidas entre potencias europeas fuera de Europa antes del siglo XX, demuestran la existencia de estrategias y conflictos globales. En el siglo XIX varias potencias europeas estuvieron implicadas en la famosa «disputa por África». En el siglo XVIII Gran Bretaña y Francia lucharon en campos de batalla tan distantes como Canadá y la India. En el siglo XVII los Países Bajos desafiaron a España en los dos extremos del globo, en las Indias orientales y occidentales. En el siglo XVI Portugal y España se rigieron por un sistema global ideado por el papa Alejandro VI y confirmado en gran parte en el Tratado de Tordesillas (1494), en virtud del cual se repartían el mundo no europeo utilizando una línea divisoria en el Océano Atlántico (las tierras no europeas al oeste pertenecerían a España, y las tierras al este a Portugal).
Evidentemente la historia de las «globalizaciones» es larga.
La cuestión de a qué época se remonta la preocupación por lo global no es trivial. Para decidir en qué época hay que empezar a buscar el nacimiento del mundo actual hemos de basarnos en una teoría, implícita o explícita, de nuestro mundo moderno. Por ejemplo, uno de los límites temporales que se utilizan más habitualmente es la Revolución industrial (1760-1840 aproximadamente), que efectivamente define la sociedad moderna como una sociedad industrial. Sin embargo, una de las características de la globalización contemporánea es que la producción industrial está relativamente dispersa como resultado de la «desindustrialización» de muchos de los países más ricos del mundo, que se ha producido en las dos últimas décadas. Tener una planta siderúrgica ha dejado de ser un signo de modernidad como ocurría en el pasado (Taylor, 1998). Al deshacer el vínculo entre lo «industrial» y lo «moderno» el análisis de los sistemas-mundo utiliza una perspectiva temporal mucho más larga. Según este análisis los orígenes de la modernidad están relacionados con la expansión geográfica del poder europeo. Esto conlleva un marco teórico que gira en torno a la economía-mundo capitalista que surgió en Europa en la época posterior a 1450 y que se fue extendiendo hasta que en 1900 abarcó todo el mundo.
Aunque actúen en contextos muy diferentes, tanto el papa Alejandro VI en Tordesillas en 1494 como los hinchas brasileños, nigerianos, japoneses o italianos que animan a su equipo en los partidos del Campeonato del Mundo de fútbol que ven en la televisión de un bar de Sao Paulo, Lagos, Tokio o Milán en 1998 forman parte de la misma trama moderna.
Cada una de las «globalizaciones» que antes hemos definido de forma breve es distinta, por la razón obvia de que muchas cosas han cambiado a lo largo de los siglos. La globalización actual constituye el ejemplo más vivo de cómo se ha visto afectada globalmente la vida de la gente debido en parte a que las comunicaciones instantáneas en todo el mundo han tenido un impacto esencialmente distinto. La Guerra del Golfo de 1992, por ejemplo, fue el primer enfrentamiento importante que ha habido en el mundo que la gente pudo contemplar, al mismo tiempo que ocurría, en la televisión de su cuarto de estar. Así pues, no es de extrañar que la utilización generalizada del término globalización para referirse a procesos mundiales sea muy reciente. En tanto que invención de nuestra época, esta palabra refleja nuestra reciente política mundial. En dos palabras, es el término que sucede a la división tripartita de «primer mundo», «segundo mundo» y «tercer mundo». Es muy sencillo, los dos últimos «mundos» han desaparecido como categorías significativas: el «segundo mundo», en cuanto alternativa socialista, se esfumó con la desaparición de la URSS y con el fin de la Guerra Fría; un «tercer mundo» de países más pobres desapareció cuando surgieron las economías del Pacífico asiático. La consecuencia ha sido «un mundo» centrado en tres regiones principales: América del Norte, Europa Occidental y Asia Oriental. Obsérvese que no es «global» en el sentido de que incluya la totalidad, por lo que en ocasiones ha recibido la denominación de «globalización desigual» (Holm y Sorenson, 1995). Es evidente que la comunicación instantánea no ha tenido como resultado el «fin de la geografía», como han sostenido algunos.
La última cuestión es importante porque, a pesar de su «patrimonio global», la geografía política como subdisciplina ha procurado fundamentalmente entender el Estado moderno y las relaciones que establece con el territorio y la nación. No obstante, es importante ser consciente de que aunque la globalización actual no suponga una considerable «alteración de la escala» de las actividades no agota ni mucho menos todo el tema. Interesarse por lo global no debería tener como con-secuencia olvidar otras escalas geográficas, como la local y la nacional. Ésta es el tema central de la geografía política, y las relaciones entre las distintas escalas geográficas son las que ocupan el papel central en la geografía política que expondremos seguidamente. Sin embargo, las escalas geográficas no se pueden estudiar independientemente de una teoría social que configure las interpretaciones y organice los argumentos. Aquí es donde entra en acción el análisis de los sistemas-mundo.
El enfoque de los sistemas-mundo de Wallerstein (1979) en las ciencias socia-les ha originado gran cantidad de literatura científica en los últimos años, lo que ha supuesto desarrollos teóricos sustanciales de las ideas originales, así como críticas desde diversas perspectivas alternativas. En este libro no pretendemos entrar en este debate, sino que nos hemos limitado a elegir el marco conceptual de Wallerstein por el hecho de que nos ha parecido sumamente útil para ordenar y comprender el objeto de estudio de la geografía política (Taylor, 1982). No se sabe si algo es bueno hasta que se pone a prueba, por así decirlo: los restantes capítulos de este libro pretenden demostrar la competencia de la geografía política de los sistemas-mundo, y lo que resta de este capítulo define el enfoque analítico de los sistemas-mundo y la adaptación que hemos hecho del mismo a la geografía política.
II. EL ANÁLISIS DE LOS SISTEMAS-MUNDO El análisis de los sistemas-mundo plantea la cuestión de cómo conceptualizamos el cambio social. Se suele describir este tipo de cambios hablando de sociedades que son equiparadas a países; de ahí que hablemos de «sociedad británica», «sociedad estadounidense», «sociedad brasileña», «sociedad china», etc. Puesto que en el mundo de hoy hay más de 200 Estados, los estudiosos del cambio social tendrían que habérselas con más de 200 sociedades» diferentes. La ciencia social ortodoxa acepta esta concepción que podemos llamar el supuesto de la sociedad múltiple; pero el análisis de los sistemas-mundo no acepta que este supuesto sea un punto de partida válido para comprender el mundo moderno.
En vez de defender que el cambio social tiene lugar país por país, Wallerstein (1979) postula la existencia de un «sistema-mundo» que en la actualidad tiene una extensión global. Si aceptamos este «supuesto de una sociedad única», las numerosas «sociedades nacionales» se convierten simplemente en partes de un todo mayor, por lo que un determinado cambio social sólo puede ser comprendido en su totalidad en el contexto más amplio del sistema-mundo moderno. Por ejemplo, la decadencia de Gran Bretaña desde finales del siglo xix no es exclusiva-mente un «fenómeno británico», forma parte de un proceso más amplio del sistema-mundo al que llamaremos «decadencia de la hegemonía».
Si se trata de explicar este cambio social específico teniendo en cuenta solamente a Gran Bretaña, se obtiene una visión muy parcial de los procesos que empezaban a desarrollarse a finales del siglo XIX.
Claro está que el enfoque de los sistemas-mundo no es el primer intento de poner en cuestión el pensamiento ortodoxo en las ciencias sociales; de hecho, Wallerstein se propone, manifiestamente, conjugar dos retos teóricos anteriores. En primer lugar, toma prestadas ideas y conceptos de la escuela de historia francesa de los Annales, que no aprobaba el exceso de detalle de la historia de principios del siglo XX, y hacía hincapié en los acontecimientos políticos, sobre todo en las maniobras diplomáticas. Esta escuela abogaba por un enfoque más holístico en el cual las actividades de los políticos constituyeran sólo una pequeña parte de la historia de la gente corriente; los políticos y sus diplomacias iban y venían, pero el estilo de vida cotidiana seguía teniendo las mismas bases materiales ambientales y económicas. Así pues, se hacía hincapié en las raíces sociales y económicas de la historia en lugar de destacar la fachada política, que es lo que hacían los textos ortodoxos. Probablemente lo que mejor resume este enfoque es la expresión de Fernand Braudel longue durée, que representa la estabilidad materia-lista que subyace a la volatilidad política (Wallerstein, 1991).
En segundo lugar, Wallerstein utiliza la crítica neomarxista de las teorías del desarrollo de la ciencia social moderna. La evolución de la ciencia social después de la Segunda Guerra Mundial coincidió con la proliferación de nuevos Estados en las antiguas colonias europeas, y su aplicación a los problemas de estos nuevos Estados fue fundamental para poner al descubierto las serias limitaciones de dichas teorías. En 1967 Gunder Frank publicó una crítica apocalíptica de las nociones de la ciencia social sobre la «modernización» en estos nuevos Estados, que puso de manifiesto que las ideas originadas en las zonas más prósperas del mundo no podían aplicarse a zonas más pobres sin que el análisis se desvirtuara por completo. La tesis principal de Frank era que los procesos económicos actuaban de manera distinta dependiendo de la parte del mundo de que se tratara; por este motivo, Europa Occidental, Japón y Estados Unidos han podido desarrollarse, mientras que casi todo el resto del mundo ha experimentado el «desarrollo del subdesarrollo». Esta expresión resume el principal argumento de esta escuela, en el sentido de que para los Estados nuevos el problema no es «ponerse al día», sino que de lo que se trata es de cambiar todo el proceso de desarrollo a escala global (Wallerstein, 1991).
El enfoque analítico de los sistemas-mundo intenta combinar de una forma selectiva elementos críticos de la historia materialista de Braudel con los estudios neomarxistas sobre el desarrollo de Frank, añadiendo algunas características nuevas, con el fin de hacer una ciencia social histórica comprehensiva. En palabras de Goldfrank (1979), Wallerstein «devuelve la historia» de modo explícito a la ciencia social. Además, podríamos decir que, al desarrollar las ideas de Frank, también «devuelve la geografía» a la ciencia social: el propio Wallerstein (1991) se refiere a las «realidades espacio-temporales» como el objeto de su interés. En pocas palabras, existen más claves para entender el mundo en que vivimos que las que se pueden encontrar estudiando los países «avanzados» del mundo de finales del siglo XX, por muy riguroso o erudito que sea dicho estudio.
II.1.
Sistemas históricos La ciencia social moderna representa la culminación de una tradición que pretende elaborar leyes generales que se puedan aplicar a cualquier época y lugar. Un ejemplo conocido es el intento de equiparar la decadencia del Imperio británico con la decadencia del Imperio romano casi dos mil años antes. Asimismo, a me-nudo se da por supuesto que la «naturaleza humana» es universal, por lo que sería posible aplicar a otras culturas y a otras épocas las motivaciones de la conducta humana que se pueden encontrar hoy en los países «avanzados». Un ejemplo relevante es el afán de lucro a la hora de fijar un precio en el mercado, lo que históricamente sólo existe en la sociedad moderna. Suponer que esta motivación existía en sociedades del pasado es cometer un error que Polanyi (1977) denomina «falacia economicista». Lo importante es precisar el alcance de las generalizaciones, para lo cual Wallerstein utiliza el concepto de sistema histórico.
Los sistemas históricos son las «sociedades» de Wallerstein. Son sistemas por-que se componen de partes interrelacionadas que forman un todo único; pero también son históricos en el sentido de que nacen, se desarrollan durante un cierto período de tiempo, y después entran en decadencia. Aunque Wallerstein sólo admite la existencia de un sistema de este tipo en la actualidad, en el pasado ha habido innumerables sistemas históricos.
Sistemas de cambio Aunque cada sistema histórico es único, Wallerstein afirma que se pueden clasificar en tres tipos de entidades principales. Estas entidades se definen por su modo de producción, que Wallerstein concibe, en términos generales, como la organización de la base material de la sociedad. Este concepto es mucho más amplio que la definición ortodoxa marxista, porque se refiere no sólo a la forma en que se dividen las actividades productivas sino también a las decisiones sobre la cantidad de bienes que hay que producir, sobre su consumo o acumulación y sobre su posterior distribución. Utilizando esta amplia definición, Wallerstein distingue sólo tres formas básicas de organizar la base material de la sociedad —si se quiere consultar una interpretación más compleja de los sistemas históricos desde la perspectiva de los sistemas-mundo, véase la obra de Chase-Dunn y Hall (1997)-. Estos tres modos de producción están asociados a un tipo de entidad o sistema de cambio: el minisistema, el imperio-mundo y la economía-mundo.
El minisistema es la entidad que se basa en un modo de producción recíproco y de linaje.
Es el modo de producción primario y se basa en una escasa especialización de las actividades. La producción se efectúa mediante la caza, la recolección o una agricultura rudimentaria; el intercambio entre los productores es recíproco, y la edad y el género constituyen el principio fundamental de organización. Los minisistemas son familias extensas o grupos de parentesco de tamaño reducido cuyo rango geográfico es fundamentalmente local y que perduran sola-mente unas cuantas generaciones antes de su destrucción o dispersión. Han existido innumerables minisistemas de este tipo; pero ninguno ha sobrevivido hasta nuestros días, porque todos han sido sustituidos e integrados en sistemas-mundo mayores.
Es preciso aclarar que, cuando utiliza Wallerstein, al hablar de los sistemas sociales, el término «mundiales» no quiere decir que dichos sistemas sean «globales», sino simplemente que incluyen elementos que no se reducen a las actividades cotidianas locales de sus miembros. Hay dos tipos de sistemas-mundo dependiendo de su modo de producción: el imperio-mundo y la economía-mundo.
El imperio-mundo es la entidad que se basa en un modo de producción redistributivo tributario. Los imperios-mundo han adoptado diversas formas políticas, pero todos ellos comparten el mismo modo de producción, en el que hay un amplio grupo de productores agrícolas que disponen de una tecnología lo suficiente-mente desarrollada para generar un excedente de producción por encima de sus necesidades inmediatas. Este excedente permite que haya productores especializa-dos no agrícolas, como artesanos y administradores. Mientras que el intercambio entre productores agrícolas y artesanos es recíproco, la característica distintiva de este sistema es la apropiación de parte del excedente por los administradores que constituyen una clase dominante burocrático-militar.
Dicho tributo se canaliza hacia arriba originando una desigualdad material a gran escala que no existe en los minisistemas. Esta redistribución puede mantenerse tanto en una estructura política unitaria (el Imperio romano), como en una estructura fragmentada (la Europa feudal). A pesar de las notables diferencias políticas que las separan, Wallerstein afirma que todas estas «civilizaciones», desde la Edad de Bronce hasta un pasado no muy lejano, tienen la misma base material en sus sociedades: todas son imperios-mundo. Estos imperios-mundo son menos numerosos que los minisistemas pero, no obstante, han existido docenas de ellos desde la Revolución neolítica.
La economía-mundo es la entidad que se basa en el modo de producción capitalista. El criterio por el que se rige la producción es la obtención de beneficios y el incentivo fundamental del sistema es la acumulación del excedente en forma de capital. No hay una estructura política dominante, ya que el mercado es, en definitiva, quien controla con frías riendas la competencia entre las diversas unidades de producción, por lo que la regla básica consiste en acumular o perecer. Así, en este sistema las unidades eficaces prosperan y acaban con las menos eficaces vendiendo más barato en el mercado. Este modo de producción es el que define a la economía-mundo.
Históricamente las economías-mundo han sido extremadamente frágiles, y los imperiosmundo las han integrado y sojuzgado antes de que tuvieran la oportunidad de convertirse en sistemas de expansión de capital. La gran excepción es la economía-mundo europea que surgió a partir de 1450 y sobrevivió, llegando a dominar todo el mundo. Una fecha clave para su supervivencia es el año 1557, cuando los Habsburgo españoles y austriacos, y su gran rival la dinastía francesa de los Valofs se arruinaron al intentar dominar la incipiente economía-mundo (Wallerstein, 1974a: 124). No es en absoluto descabellada la idea de que el fracaso de estos últimos intentos de creación de un imperio-mundo no fue debido a una derrota militar sino a las maniobras de los banqueros «internacionales». En 1557 la economía-mundo ya había aparecido y sobrevivía a la vulnerabilidad de las primeras épocas; estaba al principio de un largo camino que la llevaría a convertirse en el único ejemplo histórico de una economía-mundo en pleno desarrollo. A medida que se extendía fue eliminando a todos los minisistemas e imperios-mundo que quedaban, hasta llegar a ser auténticamente global en torno a 1900.
Tipos de cambio Ahora que conocemos todas las entidades que estudia el análisis de los sistemas-mundo, podemos señalar las formas fundamentales que puede adoptar el cambio social, que se pueden reducir a cuatro: transición, incorporación, ruptura y continuidad. A fin de evitar confusiones, no está de más repetir que estas entidades —los minisistemas, los imperiosmundo y la economía-mundo—, que son objeto del cambio, son las «sociedades» que estudia esta teoría social histórica.
Los dos primeros tipos de cambio son formas diferentes de transformación de un modo de producción en otro. Se puede llamar transición a la transformación que ocurre como consecuencia de un proceso interno, el cual induce la transformación de un sistema hasta convertirlo en otro diferente. Por ejemplo, en circunstancias favorables los minisistemas han engendrado imperios-mundo tanto en el Viejo Mundo como en el Nuevo Mundo.
Asimismo un imperio-mundo, el de la Europa feudal, fue el predecesor de la economíamundo capitalista; la transición de uno a otra se produjo a partir de 1450.
La incorporación es la transformación que ocurre como consecuencia de un proceso externo. Los imperios-mundo, a medida que se iban extendiendo, conquistaban e incorporaban minisistemas. Estos grupos conquistados eran reorganizados para que pasaran a formar parte de un nuevo modo de producción mediante la entrega de tributos a los conquistadores. Asimismo, la economía-mundo al extenderse ha incorporado minisistemas e imperios-mundo, cuyas poblaciones pasan a formar parte de este nuevo sistema. Todos los pueblos de todos los continentes, excepto Europa, han sufrido esta transformación durante los últimos quinientos años.
Las rupturas constituyen el tercer tipo de cambio. Las rupturas se producen entre entidades que, aún siendo diferentes, tienen aproximadamente la misma localización y comparten el mismo modo de producción. Lo que ocurre es que el sistema se desmorona y, en su lugar, se establece otro distinto. En el caso de los imperios-mundo, el ejemplo clásico es la sucesión de Estados chinos. Los períodos entre un imperio-mundo y otro son anárquicos, produciéndose un retroceso parcial a los minisistemas, y se suele hablar de ellos como de las «épocas oscuras». La más conocida es la época entre el hundimiento del Imperio romano y la aparición del feudalismo en la Europa Occidental.
El último tipo de cambio, la continuidad, se produce dentro de los propios sistemas. A pesar de la imagen popular de culturas tradicionales «eternas», todas las entidades son dinámicas y están cambiando continuamente. Estos cambios son fundamentalmente de dos tipos: lineales y cíclicos. Todos los imperios-mundo han mostrado una pauta cíclica de «auge y decadencia»: se iban extendiendo e incorporando minisistemas, hasta que el conjunto total de los gastos militares y burocráticos era de tal calibre que las ganancias resultantes eran cada vez menores y, entonces, se producía una contracción. En la economía-mundo, las tendencias lineales y los ciclos de crecimiento y estancamiento forman parte integral de nuestro análisis. A continuación vamos a hablar de ellos con más detalle.
El error del desarrollismo Hemos aclarado la forma en que el análisis de los sistemas-mundo aborda el cambio social; a partir de ahora, nos centraremos en un sistema determinado, la economía-mundo capitalista, cuya expansión ha eliminado al resto de los sistemas, razón por la que partimos del supuesto de la existencia de «una sociedad única» a la hora de estudiar el cambio social contemporáneo. No se puede hacer excesivo hincapié en la importancia que tiene este supuesto para nuestro análisis, y buena prueba de ello es el error del desarrollismo al que es proclive la ciencia social ortodoxa (Taylor, 1989; 1992a).
La ciencia social moderna ha elaborado muchos «modelos de desarrollo por etapas», y todos ellos dan por sentada la existencia de una secuencia lineal de etapas por la que han de pasar las sociedades (= países). El método fundamental consiste en llegar, a partir de una interpretación histórica de cómo se enriquecieron los países poderosos, a una especulación futurista sobre cómo, a su vez, pueden lograrlo los países pobres (Fig. 1.1). El ejemplo más conocido es el de las etapas de crecimiento económico de Rostow, que generaliza la historia económica británica en cinco etapas, a modo de escalones, que van desde «la sociedad tradicional», como primera etapa, hasta «la era del consumo de masas», como última etapa. Rostow (1960) utiliza este modelo para situar a los distintos países en distintas fases de este proceso. Los países «avanzados», es decir, los ricos, están en el escalón superior, mientras que los Estados del «Tercer Mundo» están en los escalones inferiores. Esta forma de conceptuar el mundo ha sido muy popular entre los geógrafos, que aplican los modelos por etapas a una amplia gama de fenómenos, como el cambio demográfico y las redes de transporte. Todos parten de la base que los Estados pobres pueden recorrer la senda del desarrollo, que básicamente es la misma que han culminado los Estados «avanza-dos», pero pasan completamente por alto el contexto general en que se produce el desarrollo. Olvidan que cuando Gran Bretaña se hallaba en el escalón inferior de la escalera de Rostow no existía ningún tipo de «consumo de masas» en el otro extremo.
Estos modelos desarrollistas del cambio social ponen de manifiesto las deficiencias del supuesto de la sociedad múltiple. Si se puede llegar a comprender el cambio social basándose en un análisis país por país, entonces no importa en qué etapa se encuentren otros países, puesto que todas las sociedades son objetos de cambio autónomos que recorren la misma trayectoria aunque sea a distinto ritmo y empezando en momentos diferentes. El análisis de los sistemas-mundo rebate este modelo del mundo contemporáneo.
El hecho de que algunos países sean ricos y otros pobres no se debe simplemente a que recorren con diferentes ritmos un supuesto camino universal que conduce a la opulencia; al contrario, ricos y pobres forman parte de un único sistema y experimentan distintos procesos en el seno de ese sistema: el desarrollo y el desarrollo del subdesarrollo de Frank.
El he-cho más importante en lo que respecta a los países que actualmente están en los escalones inferiores de la escala de Rostow es que hay países que disfrutan de las ventajas de estar por encima de ellos en el escalón superior.
Quizá la característica principal del análisis de los sistemas-mundo es que cuestiona el desarrollismo, sustituyendo la imagen simplista del mundo como una serie de países situados en diferentes peldaños por un concepto complejo como el de la economía-mundo capitalista.
II.2. Los elementos fundamentales de la economía-mundo Una vez que hemos situado el estudio de nuestro mundo en el marco general de los sistemas-mundo, podemos resumir los elementos fundamentales de nuestro sistema histórico, los cuales constituyen la base de todos los análisis que realizaremos posteriormente. Wallerstein (1979) distingue tres elementos fundamentales, de los que nos ocupamos a continuación.
Un mercado mundial único La economía-mundo consiste en un mercado mundial único que es capitalista, lo que supone que la producción está destinada al intercambio más que al uso; es decir, los productores no consumen lo que producen sino que lo intercambian en el mercado al mejor precio posible. Esos productos se llaman mercancías y su valor viene determinado por el mercado. Por este motivo, el mercado capitalista es una institución que establece los precios, a diferencia de los mercados precapitalistas que se basan en precios fijados tradicionalmente (Polanyi, 1977). Puesto que el precio de las mercancías no es fijo, hay competencia económica entre los productores, en la cual los más eficaces pueden vender más barato que los demás con el fin de aumentar su participación en el mercado y eliminar a sus competidores. Así el mercado mundial determina a la larga la cantidad, el tipo y la ubicación de la producción. El resultado tangible de este proceso ha sido un desarrollo económico desigual en el mundo. La globalización actual es la última expresión del mercado mundial, y en algunos aspectos la más desarrollada.
Un sistema de múltiples Estados Contrastando con la existencia de un mercado económico único, siempre ha habido varios Estados políticos en la economía-mundo. Este factor forma parte de la definición del sistema; porque, si un Estado llegara a controlarlo por completo, el mercado mundial estaría sometido a un control político, se eliminaría la competencia y el sistema se transformaría en un imperio-mundo. Por consiguiente, el sistema interestatal es un elemento indispensable en la economía-mundo. No obstante, los Estados son capaces por sí mismos de alterar el mercado dentro de sus fronteras de acuerdo con los intereses del grupo de capitalistas de su nación, y los Estados poderosos pueden alterar el mercado mucho más allá de sus fronteras durante un corto período de tiempo. Algunas interpretaciones de la globalización, por ejemplo, lo consideran una «americanización», una sólida expresión del poder de EE UU para detener el relativo declive económico de las dos últimas décadas. En esto consiste realmente «la política internacional» —o la «economía política internacional», como se la llama cada vez más a menudo—, y el resultado tangible de este proceso es un sistema de Estados competitivos en el que pueden darse diversas situaciones de «equilibrio de poder». En casi todo el período posterior a la Segunda Guerra Mundial había un equilibrio de poder bipolar en torno a EE UU y la antigua URSS; ahora con la globalización puede estar naciendo una contienda bipolar muy distinta entre Estados Unidos y la Unión Europea.
Estructuras tripartitas El tercer elemento esencial también es de carácter político pero es más sutil que el anterior.
Wallerstein afirma que los procesos de explotación de la economía-mundo siempre operan en un formato de tres niveles, debido a que en cualquier situación de desigualdad la interacción entre tres partes es más estable que el enfrentamiento entre dos. Los que están arriba siempre tratarán de manejar la situación para «crear» una estructura tripartita, mientras que los que están abajo tratarán de hacer hincapié en la existencia de dos partes: «ellos y nosotros». La continuidad de la economía-mundo, por tanto, se debe en parte a que los grupos dirigentes han logrado mantener pautas tripartitas en diversos campos conflictivos. Claro ejemplo de ello es que en muchos sistemas políticos democráticos hay partidos de «centro» situados entre la derecha y la izquierda; el caso más general es el fomento de la noción de «clase media» entre el capital y el trabajo desde mediados del siglo xlx. Así pues, desde el punto de vista de los sistemas-mundo, la tendencia polarizante de la globalización actual es inherentemente inestable en el término medio, puesto que está socavando las clases medias. Y, en otros contextos, la aceptación de grupos étnicos «intermedios» ayuda a los grupos dirigentes a mantener la estabilidad y el control en las sociedades plurales. El reconocimiento oficial de los indios y los «coloureds» 3 entre las poblaciones negra y blanca de la Sudáfrica del apartheid sólo era un intento de proteger a la clase dominante sosteniendo un «parachoques racial» intermedio. Desde el punto de vista de la geografía, el ejemplo más interesante es el concepto de Wallerstein de «semiperiferia», que separa los dos extremos de bienestar material en la economía-mundo moderna, a los que Wallerstein 3 El término «coloured» o «kleurling», que en ocasiones es traducido como «mestizo», fue una etiqueta impuesta en la Ley de Registro de la Población de 1950 que se aplicaba a «aquel que en apariencia no es claramente blanco ni indio y que no pertenece a una raza aborigen o tribu africana» [N de los T].
denomina el centro y la periferia. Definiremos estos términos en el siguiente apartado.
III. LAS DIMENSIONES DE UN SISTEMA HISTÓRICO Si estamos reintroduciendo la historia en la geografía política la pregunta que se nos plantea es: «¿qué historia?» Varios estudios recientes comparten nuestra in-quietud por el olvido de la historia en la geografía, y han tratado de rectificar este hecho presentando breves resúmenes de la historia mundial de los últimos siglos en los capítulos iniciales de sus trabajos. Los peligros e inconvenientes de esta práctica son evidentes: ¿cómo puede realizarse adecuadamente semejante tarea sólo en unas cuantas páginas? La respuesta es que tenemos que ser muy selectivos. El objetivo que tenga la «historia» determina directamente la selección de los episodios de los que se ocupa, lo cual evidentemente no es ninguna novedad, y se puede aplicar a cualquier texto de historia. Pero el objetivo de este libro nos impone unas exigencias muy estrictas.
Tenemos la suerte de que la publicación del Atlas de historia mundial del Times (Barraclough, 1998), un proyecto impresionante que ha alcanzado ya la quinta edición, nos ayuda a encauzar la solución de nuestros problemas. La aplicación del enfoque de los sistemas-mundo de Wallerstein a cualquier tema presupone un nivel de conocimiento histórico general que probablemente sea mucho pedir en el caso de bastantes estudiantes.
Vale la pena ir a la biblioteca y ojear el atlas histórico del Times para hacerse una idea del discurrir de la historia mundial, recomendación que hacemos extensible a todos los lectores de este libro.
Este atlas no utiliza el enfoque de los sistemas-mundo. Está dividido en siete apartados ordenados cronológicamente de la siguiente manera: 1. El mundo de los primeros seres humanos 2. Las primeras civilizaciones 3. Las civilizaciones clásicas de Eurasia 4. El mundo de las regiones divididas (aproximadamente 600-1500) 5. El mundo de la aparición de Occidente (1500-1800) 6. La era del dominio europeo (siglo xix) 7. La era de la civilización global (siglo xx) Esta obra se propone explícitamente abordar los temas de una forma global y evita adoptar el enfoque eurocéntrico de muchas de las obras sobre la historia mundial escritas anteriormente. Sin embargo, lleva el sello de la historiografía tradicional porque da la impresión de que ha habido progreso desde la Edad de Piedra hasta la civilización global.
De ahí que Wallerstein (19806) concluya que el Atlas de historia mundial del Times representa la culminación de una tradición en vez de significar una ruptura. Las siete partes en las que está dividida se podrían llamar, sin alterar demasiado la idea general, Edad de Piedra, Edad de Bronce, Edad de Hierro clásica, épocas oscuras, la era de la exploración, la era del comercio y del imperialismo del siglo XIX, y la era de la sociedad global y de las guerras mundiales del siglo xx. Wallerstein (1980b) espera que aparezca una obra nueva en la que el crecimiento y la decadencia de los imperios-mundo dentro y fuera de las zonas de minisistemas sean sustituidos poco a poco, a partir de 1450, por la expansión geográfica de la economía-mundo capitalista. Esta obra todavía no existe; mientras tanto, en el atlas del Times podemos encontrar una serie de hechos señalados en mapas que, aunque hayan sido realizados según un modelo tradicional, nos pueden resultar útiles para el análisis de los sistemas-mundo.
Una de las ventajas de la adopción del enfoque de los sistemas-mundo es que nos permite ser mucho más explícitos respecto a la teoría que subyace tras la historia que exponemos.
El objetivo de este apartado es simplemente establecer un marco histórico de este tipo para nuestra geografía política, que no se limite a reflejar la sensación de progreso que se puede encontrar en otros textos menciona-dos al principio de este comentario. En lugar de hacer una reconstrucción lineal de la historia vamos a hacer hincapié en los altibajos de la economía-mundo. Además, estos movimientos afectan de diversas maneras a las distintas partes de la economía-mundo. Vamos a presentar estas ideas en una matriz espaciotemporal de la economía-mundo que, en comparación con el atlas del Times, es bastante mediocre, pero sin duda ofrece una descripción concisa de los principales acontecimientos que tienen importancia para nuestra geografía política.
La matriz que elaboramos no es arbitraria ni artificial. Tratamos de describir una entidad histórica concreta, la economía-mundo. Las dos dimensiones de la matriz —el espacio y el tiempo— están calibradas de acuerdo con las propiedades sistémicas de la economíamundo, por lo que de ningún modo se utilizan como si estuvieran desconectadas de la economía-mundo. No son contenedores espacio-temporales en los que «viaja» la economía-mundo, sino que ambas son consecuencia de las relaciones sociales. Se define a la dimensión temporal como la con-secuencia social de la dinámica de la economía-mundo, y a la dimensión espacial como la consecuencia social de la estructura de la economíamundo. Nuestra matriz espacio-temporal es un modelo sencillo que combina la dinámica del sistema con su estructura para servir de marco a la geografía política.
III.1. La dinámica de la economía-mundo Una de las razones del interés que existe actualmente por la escala global del análisis es que parece que el mundo está luchando por salir de una época de estanca-miento económico que parece haber durado dos o tres décadas, cuyo inicio se suele achacar a las subidas del precio del petróleo de los años setenta. Lo que quedó claro de forma inmediata es que la ralentización inicial del crecimiento económico es que no se trataba de un problema estadounidense ni británico ni de ningún Estado, sino que nos encontrábamos ante un problema mundial, que ha sido interpretado más recientemente como globalización: a pesar de haberse producido un crecimiento económico renovado, los niveles de pobreza están aumentando en Estados Unidos, el desempleo ha alcanzado niveles sin precedentes en Alemania, y una crisis bancaria acaecida en Asia pone en peligro el dinamismo del comercio y de las finanzas globales. Este grado de ambigüedad en los cambios económicos hace imposible afirmar con alguna certidumbre si hoy la economía-mundo está experimentando un repunte o no. Esta ambigüedad es, sin duda, la polarización de la globalización que mencionábamos al principio. Por ejemplo, uno de los 358, el financiero internacional George Soros, que encabeza un boom de inversiones extranjeras en Argentina de 20.000 millones de dólares, posee ahora la Galería Pacífico, centro comercial de lujo con tiendas de marcas de diseño como Lacoste y Timberland que satisface las demandas de una nueva clase de profesionales; mientras tanto, en Argentina la tasa de desempleo se acerca al 20 por ciento, de modo que muchos trabajadores de más de cuarenta años se están quedando sin perspectivas de empleo ni pensiones. Éste constituye un clásico ejemplo de «crecimiento con pobreza» de la globalización.
Sea o no la globalización actual reflejo de la salida de la economía-mundo del reciente estancamiento que ha sufrido, es evidente que no es la primera vez que el «mundo» experimenta un estancamiento general de estas características al que sigue una renovada tendencia alcista. El gran boom de posguerra que se produjo en las dos décadas tras la Segunda Guerra Mundial siguió a la Gran Depresión de los años treinta. A medida que retrocedemos en el tiempo está menos claro que sucediera este tipo de acontecimientos, pero los historiadores de la economía también señalan que hubo depresiones económicas a finales de la era victoriana y antes de 1850 —la conocida década de «los cuarenta del hambre»—. Entre depresión y depresión había épocas de relativa recuperación y crecimiento. De estas simples observaciones a la idea de que la economía-mundo se ha desarrollado de una manera cíclica hay sólo un paso. El primero en proponer esta idea fue un economista ruso, Kondratieff, por lo que actualmente estos ciclos de cincuenta años reciben su nombre.
Los ciclos de Kondratieff Los ciclos de Kondratieff se componen de dos fases: una de crecimiento (A) y otra de estancamiento (B). Casi todos los autores están de acuerdo en que se han producido los cuatro ciclos siguientes (las fechas exactas varían): I II III IV 1780/90 1844/51 1890/96 1940/45 A A A A 1810/17 1870/75 1914/20 1967/73 B B B B 1844/51 1890/96 1940/45 ¿? Se han detectado estos ciclos en series temporales de datos referidos a una gran variedad de fenómenos económicos de muchos países, entre los que se encuentran la producción agrícola e industrial y el comercio (Goldstein, 1988). Según esta interpretación, actualmente nos hallamos en la fase B del cuarto ciclo de Kondratieff, quizá acabándola.
Aunque existe un acuerdo bastante generalizado a la hora de señalar cuáles son estos ciclos, en lo relativo a sus causas hay una controversia mucho mayor. Con toda seguridad están asociados a los cambios tecnológicos, y las fases A pueden relacionarse sin dificultad con los períodos en que se adoptan las innovaciones tecnológicas. Se puede comprobar en la Fig. 1.2, en la que se describen de forma esquemática las fases de crecimiento (A) y de estancamiento (B), y figuran los sectores económicos más importantes de cada una de las fases A. Por ejemplo, la primera fase A coincide con la primera «Revolución industrial», con las máquinas de vapor y la industria del algodón. Las posteriores «nuevas revoluciones industria-les» también encajan en la misma pauta: con el ferrocarril y el acero (II A), las industrias químicas (petróleo) y las eléctricas (III A), y la industria aeroespacial y la electrónica (IV A). No hay ninguna duda de que la tecnología por sí misma no puede explicar nada, pero ¿cuál es el motivo de que estas innovaciones técnicas se adopten en «oleadas» y no de una forma más regular? La respuesta, desde la perspectiva de los sistemas-mundo, es que esta pauta cíclica es intrínseca a nuestro sistema histórico a consecuencia de la forma de funcionamiento del modo capita-lista de producción. Las contradicciones en la organización de la base material hacen que sea imposible un crecimiento acumulativo lineal simple y que sean necesarias fases intermitentes de estancamiento. Vamos a examinar brevemente este argumento.
Una de las características fundamentales del modo capitalista de producción es que no existe un control centralizado general, ni político ni de ningún otro tipo. El mercado confía en que la competencia regule el sistema, y para que haya competencia los empresarios tienen que tomar muchas decisiones que no estén sometidas a un control central y las toman con el fin de obtener beneficios a corto plazo. En las épocas buenas (las fases A) a todos los empresarios les interesa invertir en producción —nuevas tecnologías— puesto que las perspectivas de obtener beneficios son favorables; pero, al no haber una planificación central de la inversión, esas tomas de decisión a corto plazo acaban irremediablemente por provocar una sobreproducción que origina el fin de la fase A. En la fase B, por el contrario, las perspectivas de obtener beneficios son escasas por lo que hay una subinversión en producción. Este modo de actuar tiene sentido para los intereses individuales de los empresarios, pero es irracional para el conjunto del sistema. Esta contradicción, a la que se suele denominar anarquía de la producción, origina ciclos de inversión. Tras extraer la mayor cantidad de beneficios posible de un conjunto de procesos productivos basados en una oleada de tecnologías en la fase A, es necesario que tenga lugar la fase B para reorganizar la producción y crear condiciones nuevas para la expansión basadas en otra oleada de innovaciones tecnológicas. Por tanto, las fases de estancamiento tienen su lado positivo por cuanto son períodos de reestructuración en los que el sistema se prepara para el próximo «salto adelante». Esta es la causa de los altibajos de la economíamundo descritos por las ondas de Kondratieff.
La sustitución de antiguos paquetes de tecnología por otros conlleva decisiones y competición política. Las fases B son los períodos en que las industrias que habían estado a la vanguardia en otra época son reubicadas en zonas donde los salarios son más bajos (como en el caso de la desindustralización que experimenta-ron Estados Unidos y Europa en los años ochenta). Para sustituir a estas industrias periferializadas se introducen otras innovaciones e industrias que hará funcionar la producción en la siguiente fase A (como las florecientes empresas informáticas y de servicios del centro de la globalización). Sin embargo, no basta con reducir los gastos de las industrias existentes y crear productos nuevos; para pasar a otra fase A es preciso que aumente la demanda de los consumidores en la economía-mundo.
Los enfrentamientos políticos que tienen lugar dentro de los países y entre ellos significan una pelea por atraer los procesos del centro al interior de las fronteras de cada Estado, como lo demuestran los cambios políticos —o la prisa por pasar a formar parte de «Europa»— que se produjeron en los antiguos países satélite soviéticos de la Europa Central y Oriental a finales de los años ochenta y en los años noventa. Pero si en cada fase B aumentase el número de personas cuyo empleo y tipo de consumo se parecieran a los del centro, la jerarquía centro-periferia acabaría por desaparecer. Para compensar este aumento del número de gente que consume a los niveles del centro, en las últimas fases B hemos asistido a una expansión de las fronteras de la economía-mundo en la que se periferializaron nuevos territorios y nuevas poblaciones. Ahora que la economía-mundo capita-lista abarca todo el globo, los trabajadores que viven en la periferia soportan el peso de una explotación agudizada con el fin de equilibrar el sistema.
Los ciclos de Kondratieff son importantes para la geografía política porque contribuyen a originar ciclos de comportamiento político. Esta relación se desarrolla de una forma directa en la geografía electoral (capítulo 6) y en las geografías políticas locales (capítulo 7), pero las pautas cíclicas están presentes en los análisis que realizamos. En el capítulo 2 el ritmo de las ondas de Kondratieff está relacionado con el nacimiento y el declive de los Estados hegemónicos y de las cambiantes políticas económicas que adoptan. En el capítulo 3 vemos cómo el ritmo histórico del imperialismo formal e informal se ciñe a los ciclos económicos. Las afirmaciones respecto a la existencia de ciclos políticos, en que la historia se repite de manera regular, se han generalizado entre los comentaristas políticos. Por ejemplo, el antiguo secretario de Trabajo del presidente estadounidense Clinton, Robert Reich (1998), compara el clima de complacencia política y apatía electoral que actualmente existe en Estados Unidos con algunas situaciones parecidas hace cincuenta años, en la presidencia de Eisenhower, y hace cien años, en la presidencia de McKinley. En un tono inquietante, Reich señala que esas dos épocas de calma política terminaron bruscamente con reformas y cambios políticos drásticos, como el movimiento de los derechos civiles de los años sesenta. Lo que ponemos de manifiesto en este libro es que la estructura y la dinámica de la economía-mundo capitalista proporciona un marco geográfico-político que explica ese tipo de acciones políticas.
Se podrían decir muchas más cosas sobre cómo se originan estos ciclos; por ejemplo, en la Fig. 1.2 se describe la.geografía elemental de la expansión y de la reestructuración. Este «desarrollo desigual» está relacionado con procesos políticos que constituyen tanto estímulos (input), para los mecanismos del sistema, como respuestas (output), concretadas en la diferencia de poder de los Estados. Lo más importante es hacer hincapié en el hecho de que los mecanismos económicos no actúan aisladamente, por lo que tendremos en cuenta el contexto económico-político en el capítulo 2. Por el momento es suficiente con que aceptemos que la naturaleza de la economía-mundo produce un crecimiento cíclico que puede ser adecuadamente descrito por las ondas de Kondratieff, que suponen la mayor parte de las medidas de la dimensión temporal de nuestra matriz.
Las ondas «logísticas» ¿Qué ocurría antes de 1780? Hemos señalado que la economía-mundo surgió a partir de 1450 pero de momento no disponemos de medidas para este período. Es evidente que, ..a medida que retrocedemos en el tiempo, las fuentes de datos son cada vez más escasas y menos fiables, por lo que los investigadores están mucho me-nos de acuerdo sobre la dinámica de los comienzos de la economía-mundo. Algunos, entre los que se encuentra Braudel, se precian de haber encontrado ondas de Kondratieff antes de 1780, pero este tipo de hipótesis sobre aquel período no reciben el mismo apoyo generalizado que la secuencia de la que hemos hablado anteriormente. Sin embargo, cuenta con más apoyo la idea de que existen ondas más largas, de hasta trescientos años, que se conocen como «logísticas». Al igual que las ondas de Kondratieff, estos ciclos más largos tienen fases A y fases B. Las dos ondas logísticas que tienen un especial interés para el análisis de los sistemas-mundo son: circa 1050 circa 1450 A A circa 1250 circa 1600 B B circa 1450 circa 1750 Las fechas son mucho más inciertas que en el caso de las ondas de Kondratieff, pero parece que hay pruebas suficientes, por lo que se refiere a los datos demográficos y a la utilización de la tierra, que apoyan la idea de que hubo dos ondas muy largas en este período de tiempo.
Los lectores se habrán percatado de que estas ondas logísticas nos remontan a fechas anteriores al inicio de la economía-mundo. No obstante, la primera onda logística tiene interés porque abarca materialmente el auge y la decadencia de la Europa feudal, que fue el sistema que precedió a la economía-mundo. Existe abundante literatura científica sobre la transición del feudalismo al modo de producción capitalista, pero excede al ámbito de este libro; sin embargo, la explicación de Wallerstein (1974a) es relevante porque está relacionada con la primera onda logística y con la aparición de la economía-mundo. La fase B de la primera onda logística refleja, según se deduce de la reducción de las actividades agrícolas en Europa, un auténtico declive en la producción, que es la llamada crisis del feudalismo. Las fases B acaban cuando se encuentra una solución a la crisis. En este caso la solución no fue otra que el desarrollo de un nuevo modo de producción que fue surgiendo, poco a poco, a raíz de la exploración y de los saqueos de Amé-rica por parte de los europeos; de la creación de nuevas pautas comerciales —especialmente el comercio del Báltico—, y de los adelantos tecnológicos en la producción agrícola. Según Wallerstein, el resultado fue una nueva entidad o sistema, la economía-mundo europea basada en el capitalismo agrícola. Este sistema crea una onda logística de expansión cuando surge, en el «largo siglo xvi», seguida de un estancamiento, con la «crisis» que se produjo en el siglo xvli. No obstante, Wallerstein hace hincapié en que esta segunda fase B del capitalismo agrícola es diferente de la fase B que se produjo a finales del feudalismo; a diferencia del auténtico declive que tuvo lugar en la Europa feudal, la fase B de la economía-mundo es más propiamente una fase de estancamiento, que implica la reordenación de la base material, con lo que algunos grupos y zonas ganaron y otros perdieron. No se produjo una decadencia generalizada, como en la crisis del feudalismo, sino la consolidación del sistema en un modelo nuevo. En este sentido la segunda fase B logística se parece más a la fase B de las ondas de Kondratieff.
De la misma forma que se discute si las ondas de Kondratieff pueden extenderse a épocas anteriores a 1780, hay un desacuerdo parecido sobre si las ondas logísticas pueden extenderse hasta el presente. Si alguna de las dos series se ex-tiende, nos encontramos con el espinoso problema de cómo se relacionan entre sí. Para los objetivos de nuestra matriz eludiremos este problema, utilizando sólo las ondas que hemos descrito, que son las que gozan de amplia aceptación. Por tanto, nuestra dimensión temporal se compone de diez unidades: las fases A y B de la onda logística posterior a 1450 y las cuatro fases A y B de las ondas de Kondratieff. Se puede considerar que estos dos modos distintos de tratar el tiempo establecen una relación entre el capitalismo agrícola y el capitalismo industrial como formas de producción consecutivas de la economía-mundo.
III.2. La estructura espacial de la economía-mundo Hemos tratado en primer lugar el tema de las características dinámicas de la economíamundo porque el término de «estructura espacial» suele evocar la imagen estática de una pauta invariable; sin embargo, la estructura espacial de la que hablamos forma parte de los mismos procesos que crean los ciclos que hemos descrito anteriormente. La estructura espacial y los ciclos temporales son dos aspectos de los mismos mecanismos que conforman una estructura espacio-temporal única, aunque separemos el espacio y el tiempo por razones pedagógicas; así que, de ahora en adelante, siempre se ha de tener en cuenta que las estructuras espacia-les que describimos son fundamentalmente dinámicas.
La extensión geográfica del sistema Lo primero que tenemos que hacer es examinar la expansión geográfica de la economíamundo. Ya hemos dicho que surgió como economía-mundo europea a partir de 1450 y que abarcaba todo el globo alrededor de 1900, pero no hemos especificado cómo se fue definiendo esta variación de tamaño. Todas las entidades se definen de una forma concreta según la extensión geográfica de su división del trabajo, que es la división de las actividades productivas y de otro tipo que son necesarias para el funcionamiento del sistema. Una parte de la distribución y del comercio es un elemento indispensable del sistema, mientras que otra parte del comercio es efímera y tiene poca importancia al margen de sus protagonistas. Por ejemplo, el comercio de lujo entre el Imperio romano y el Imperio chino fue pasajero y no se nos ocurriría decir que los dos imperios se unieron para formar un sistema «euroasiático» único a raíz de este comercio. Según Wallerstein, China formaba parte de la «región exterior» (external arena) de Roma y viceversa.
Utilizando estos criterios Wallerstein delimita el sistema-mundo europeo inicial, que estaría integrado por Europa Occidental, Europa Oriental y las zonas de América Central y del Sur dominadas por portugueses y españoles. El resto del mundo era la región exterior, que incluía la red de puertos portugueses del Océano Pacífico y del Indico, relacionados con el comercio de artículos de lujo. Esta actividad comercial portuguesa tuvo muy pocas repercusiones en Asia —los portugueses se limitaron a sustituir a los comerciantes árabes y de otros países— y en Europa. En cambio, las actividades de los españoles en América, sobre todo las exportaciones de lingotes de oro y plata, tuvieron una importancia fundamental para la creación de la economía-mundo. Por tanto, Wallerstein opina que España fue mucho más importante que Portugal en las primeras fases de la economíamundo, a pesar de que las posesiones de Portugal estaban más extendidas por todo el globo.
A partir de este período, la economía-mundo europea se extendió, asimilando al resto delmundo aproximadamente por este orden: el Caribe, América del Norte, India, Asia Oriental, Australia, África y, por último, las islas del Pacífico. Esta asimilación se produjo de diversas maneras. La más simple era el saqueo, el cual sólo podía ser un proceso a corto plazo, complementado necesariamente con actividades más productivas que dieran lugar a nuevos asentamientos; este pro-ceso de asimilación fue el que ocurrió en América Latina.
En el resto del mundo los sistemas aborígenes también fueron destruidos y se crearon economías total-mente nuevas, como en el caso de América del Norte y Australia. Si esto no ocurría, las sociedades existentes no sufrían alteraciones pero eran «periferializadas», es decir, se reorientaba su economía para que satisficieran necesidades más amplias en el ámbito de la economía-mundo; este proceso se podía llevar a cabo mediante el control político directo, como en la India, o sencillamente mediante la «apertura» de una zona a las fuerzas del mercado, como en China. Al final, como consecuencia de estas diversas maneras de asimilación, la región exterior desapareció totalmente.
Los conceptos de centro y periferia El concepto de «periferialización» o «proceso que conduce a la situación de periferia» implica que estas zonas nuevas no se incorporaron a la economía-mundo en calidad de «socios de pleno derecho», sino que se incorporaron en condiciones desfavorables respecto a los antiguos miembros; en realidad se incorporaron a una parte determinada de la economía-mundo que denominamos periferia (periphery). Hoy es corriente definir el mundo moderno utilizando los términos de «centro» (core), para referirse a los países ricos de América del Norte, Europa Occidental, y Japón, y «periferia», para referirse a los países pobres del Tercer Mundo. Aunque el «ascenso» de Japón al estatus de centro en el siglo xx haya sido muy espectacular, se suele considerar que la pauta de división entre centro y periferia es bastante estática, casi un fenómeno natural. Sin embargo, el uso de los términos «centro» y «periferia» en el análisis de los sistemas-mundo es total-mente distinto, porque los dos se refieren a procesos complejos y no a zonas, regiones o Estados. Se convierten en «centrales» porque predominan los procesos de centro en esa zona, región o Estado determinados; del mismo modo, son definidas como periféricas aquellas zonas, regiones o Estados en donde predominan los procesos de periferia. No se trata de un argumento semántico sin importancia, sino que se relaciona directamente con la forma en que se modela la estructura espacial. El espacio por sí mismo no puede tener un carácter de centro o de periferia, son los procesos de centro y de periferia los que estructuran el espacio, de modo que en cualquier momentó dado predomina uno de los dos procesos. Puesto que estos procesos no actúan al azar, sino que producen un desarrollo económico desigual, hay grandes zonas de «centro» y de «periferia». Estas zonas dan muestras de cierta estabilidad —algunas partes de Europa siempre han estado en el centro—, pero también se pueden apreciar grandes cambios a lo largo de la historia de la economía-mundo, principalmente en el ascenso de zonas no europeas, como Estados Unidos y posteriormente Japón.
¿Cómo define Wallerstein estos dos procesos fundamentales? Como en todos los modelos centro-periferia se insinúa que «el centro explota y la periferia es explotada». Pero las zonas no se explotan unas a otras; la explotación se pro-duce debido a que en las distintas zonas operan procesos diferentes. Los procesos de centro y periferia son dos tipos opuestos de relaciones complejas de producción. En términos simples, los procesos de centro consisten en relaciones que combinan salarios relativamente altos, -tecnología moderna y un tipo de producción diversificada; en tanto que los procesos de periferia son una combinación de salarios bajos, tecnología más rudimentaria y un tipo de producción simple.
Estas son las características generales, cuya naturaleza específica cambia constantemente con la evolución de la economía-mundo. Es importante que se entienda que estos procesos no están determinados por el tipo de productos que se elaboran; Frank (1978) pone dos ejemplos que lo demuestran, uno relacionado con las fibras textiles y otro con la madera. A finales del siglo XIX se dispuso que la India suministrase algodón a la industria textil de Lancashire y que Australia suministrara lana a la industria textil de Yorkshire. Los dos países producían materias primas para la industria textil del centro, por lo que su función económica en la economía-mundo era, en términos generales, parecida. Sin embargo, las relaciones sociales implicadas en las dos producciones eran muy distintas, ya que una de ellas era un proceso periférico impuesto y la otra un proceso de centro trasplantado.
Indudablemente, las consecuencias de ambos procesos para estos dos países han tenido que ver más con las relaciones sociales que con el tipo concreto de producto. El otro caso que Frank presenta como ejemplo del hecho de que productos parecidos tienen consecuencias muy distintas a causa de las relaciones de producción, es el gran contraste entre la producción de maderas duras tropicales de África Central y la producción de maderas blandas de América del Norte y Escandinavia, ya que la primera combina madera cara con mano de obra barata, y la segunda madera barata con mano de obra cara.
La semiperiferia El centro y la periferia no agotan los conceptos de Wallerstein que sirven para estructurar el espacio. A pesar de que estos procesos tienen lugar en zonas determinadas y producen contrastes relativamente definidos en la economía-mundo, no es fácil establecer de modo inequívoco el carácter central o periférico de cada zona concreta. En este sentido, uno de los aspectos más originales del enfoque de Wallerstein es el concepto de semiperiferia (semiperiphery), que no es ni el centro ni la periferia sino que combina de una forma particular ambos procesos. Fíjense en que no hay procesos semiperiféricos; más bien, el término de «semi-periferia» se aplica directamente a las zonas, regiones o Estados en los que no predominan ni los procesos de centro ni los de periferia. Esto significa que las relaciones sociales generales que se producen en estas zonas suponen la explotación de zonas periféricas, a la vez que la misma semiperiferia sufre la explotación del centro.
La semiperiferia es interesante, porque es la categoría dinámica de la economía-mundo.
Gran parte de la reestructuración del espacio durante las fases B es consecuencia del ascenso o del hundimiento de determinadas zonas en la semiperiferia. Las oportunidades de cambio se producen en los períodos de recesión, pero son limitadas, porque no toda la semiperiferia puede convertirse en centro, y hay que tener en cuenta que están ligadas a los procesos políticos que son muy importantes a la hora de triunfar o fracasar en la economíamundo. De hecho, Wallerstein,considera que el papel de la semiperiferia es más político que económico, ya que es la zona intermedia crucial en la estructura espacial de tres áreas de la economía-mundo que él mismo describe. Por este motivo la semiperiferia tendrá un papel muy importante en las consideraciones que siguen.
III.3. Una matriz espacio-temporal para la geografía política De las dimensiones temporal y espacial de la economía-mundo que acabamos de estudiar, resulta una matriz de 10 x 3, con diez fases de crecimiento y estanca-miento y tres tipos de zonas espaciales. En la Tabla 1.1 se utilizan estas coordenadas para representar aquellos aspectos de la evolución de la economía-mundo que son necesarios para comprender nuestra geografía política. Se debe leer esta tabla antes de pasar a los capítulos siguientes y resulta imprescindible consultarla a lo largo de los mismos. Aunque está bastante clara, un comentario breve servirá para dar una idea de cómo se van a relacionar estos datos con nuestro análisis.
El establecimiento de la economía-mundo como sistema, que se extendía desde Europa Oriental hasta el Nuevo Mundo, supuso la proliferación del comercio tanto en el Atlántico como en el Báltico. El primero comenzó a realizarse desde la península Ibérica, pero poco a poco pasó a ser controlado desde el centro incipiente de la Europa noroccidental, donde tenía su base el comercio del Báltico. Una vez que se estableció este centro, la península Ibérica fue relegada a un papel de «correa de transmisión» que transfería el excedente de sus colonias hasta el centro. La fase B de la onda logística es el período en que se consolidan los elementos fundamentales de la economía-mundo que hemos descrito anterior-mente. En primer lugar, hay un mercado mundial único, organizado y controlado desde la Europa noroccidental. En segundo lugar, surge un sistema de múltiples Estados, simbolizado por la aparición del «derecho internacional», que regula las relaciones entre Estados. Y en tercer lugar, aparece de forma clara una estructura espacial que consta de tres áreas y que se refleja en la nueva división del trabajo en la producción agrícola: trabajo con salarios «libres» en el centro (en el noroeste de Europa), acuerdos parcialmente libres para «compartir las cosechas» en la semiperiferia (en las regiones mediterráneas), y en la periferia dos formas distintas de trabajo obligado y esclavo (en el Nuevo Mundo) y el llamado «segundo feudalismo» (en Europa Oriental). A pesar de los enormes cambios que ha habido en la economía-mundo desde aquella época, estas tres características fundamentales han persistido y actualmente tienen la misma importancia que tenían en el siglo XVII.
Una vez consolidada, la economía-mundo se ha desarrollado económica y geográficamente de modo intermitente, como se refleja en las cuatro ondas de Kondratieff. Al consultar la Tabla 1.1, se puede apreciar un cierto grado de simetría en estos cambios llamando a unos siglos británicos y a otros estadounidenses, dado el paralelismo en el auge de estos dos Estados, la derrota de sus rivales (Francia y Alemania, respectivamente), su hegemonía en la economía-mundo (con el fomento del libre comercio) y, por último, su declive al surgir nuevas rivalidades (con el aumento del proteccionismo, del imperialismo, o de ambas cosas). Nos ocuparemos de estas cuestiones detalladamente en el capítulo 2.
Para aclarar el resto de la matriz vamos a poner de relieve la trayectoria recorrida por los principales Estados de nuestros días. Gran Bretaña pasó a formar parte del centro durante la fase B logística, cuando reestructuró su Estado en la guerra civil; desde entonces se ha mantenido en esta posición, aunque experimenta un cierto declive desde la segunda fase B de Kondratieff. La posición de Francia al principio era parecida a la de Gran Bretaña; pero, la derrota que sufrió en la periferia y la decadencia relativa que experimentó en la fase B logística provocaron la reestructuración del Estado en la Revolución. Sin embargo, la siguiente derrota que sufrió en la primera onda de Kondratieff ocasionó otro declive relativo, esta vez dentro del centro del sistema-mundo. La historia de Esta-dos Unidos y Alemania (Prusia) ha sido mucho más variable; los dos países estaban situados en la semiperiferia en la fase B logística, aunque su posición era inestable. En Estados Unidos la guerra de independencia evitó la periferialización, y la guerra civil consolidó este logro en la segunda fase A de Kondratieff, cuando el algodón del Sur pasó a formar parte de la periferia de un Estado norteamericano reestructurado, dejando de formar parte de la periferia británica. A partir de ese momento Estados Unidos se enriqueció hasta llegar a convertirse en la principal potencia del siglo XX. Al principio, su rival más importante fue Alemania, que también reestructuró su Estado en la segunda fase A de Kondratieff bajo el liderazgo prusiano; pero las derrotas militares sufridas durante la tercera onda de Kondratieff retrasaron las subsiguientes proezas económicas. En la década de los noventa del siglo xx Alemania ha vuelto a ser, en el centro, un importante competidor económico de Estados Unidos. Pero el principal rival económico es Japón, que entró en la economía-mundo en la segunda onda de Kondratieff. Este país también reestructuró su Estado y sufrió reveses militares, pero ahora, por fin, ha superado las dificultades y ostenta el liderazgo económico.
En cambio, Rusia entró en la economía-mundo en un período anterior, pero decayó en la segunda onda de Kondratieff; esta tendencia se detuvo cuando el Estado ruso se reorganizó en la URSS, que fue desde el principio una potencia militar muy importante, pero que desde el punto de vista económico se mantuvo en la semiperiferia. Por último, China entró en la economía-mundo en la periferia al final de la primera onda de Kondratieff, y ha intentado ascender a un estatus semiperiférico re-organizando el Estado en la tercera y cuarta fase A de Kondratieff; lográndolo, por fin, al convertirse en República Popular.
Esta descripción hace hincapié en el papel que tiene la reorganización del Estado para que ascienda a la posición de centro o de semiperiferia y se mantenga en ese estatus. La globalización actual constituye otro ejemplo de estricta organización de Estados (un ejemplo clásico es el Contract for America del Partido Republicano de 1994, del que damos cuenta en el capítulo 4). Pero no queremos dar a entender que lo único que tiene que hacer un Estado para tener éxito en la economía-mundo es reorganizar su aparato político.
Al hablar exclusivamente de los que lo han logrado —los Estados más importantes de hoy en día— omitimos los que han fracasado en el intento, que son muchos más numerosos: el Imperio otomano se reorganizó en la segunda fase A de Kondratieff, al mismo tiempo que Alemania y Estados Unidos, pero de una forma mucho menos eficaz. El caso es que la reorganización política se ha convertido, de hecho, en un modo de vida en muchos países semiperiféricos, por-que al no tener éxito en la economía-mundo hay presiones continuamente para que se produzcan cambios. Un mundo de ganadores y perdedores de estas características requiere el examen de la cuestión del poder y la política en la economía-mundo.
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