16. La crisis bajomedieval - Elementos claves (2013)

Apunte Español
Universidad Universidad de Barcelona (UB)
Grado Historia - 2º curso
Asignatura Historia Medieval Universal
Año del apunte 2013
Páginas 6
Fecha de subida 28/05/2014
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Elementos clave de la crisis bajomedieval La crisis de la Baja Edad Media consistió en un largo período depresivo que se prolongó durante un siglo y medio, cuya expresión cobró forma a través de las artes y el estallido de violencias constantes. Además, esta odisea no se reduciría tan sólo al ámbito económico, ya que, como dice Guy Bois, “la misma expresión «crisis de la sociedad» se quedaría corta”.
A la recesión la acompañarían una larga lista de síntomas entre los cuales destacan en especial la fragmentación social, la traición de las élites, la corrupción y las banderías y un conformismo generalizado que quedaría al servicio del poder. Durante la depresión se vivió un desplome significativo, tanto a nivel material como humano, que después, ya empezada la crisis, no antes, se vería agravado por dramas como el de la Peste Negra.
Podemos concluir a partir de diversos indicadores que la depresión comenzaría a finales del siglo XIII. Los datos demográficos ya muestran que hacía estas fechas se está alcanzando un techo demográfico que marcará el inicio del declive.
El tope se produciría hacia 1300, antes de llegar al punto de inflexión marcado por las hambrunas de 1315-1317. A nivel agrícola, las fechas críticas retroceden más en el tiempo, ya que las roturaciones acaban hacia 1240-1250. A mediados del siglo XIII, la producción se bloqueó. A nivel de precios, la coyuntura se produce más adelante y de forma más exacta que con los anteriores indicadores, ya que acontece en los años 1317 y 1318, cuando acaba un período de alza y una fase de fluctuación de mediana duración. La moneda sale en 1285 de un largo período de equilibrio para sufrir desde entonces una fuerte caída. Por último, en 1294, asistimos a un turbulento período a nivel bélico, dado que las dos principales monarquías occidentales vivían en convulsión: los ingleses en pugna con escoceses y galeses; los franceses enmarañados en asuntos con Guyena y Flandes. La tensión entre ambas monarquías era creciente y desembocaría en la Guerra de los Cien años.
Así pues, a finales del siglo XIII hubo un cambio de direccionalidad: de la prosperidad de los años anteriores (crecimiento demográfico, económico, urbano…), se pasó a la depresión. Los elementos fundamentales que nos hacen comprensible que se produjera tal crisis son diversos, y comprenden tanto el ámbito económico como el social y el político.
La recesión bajo-medieval fue, en palabras de Guy Bois, “el resultado de una implacable lógica propia del feudalismo”. Esta es sin duda una de las raíces básicas para entender la naturaleza del episodio. Del fin de las roturaciones (1269) se pasó al bloqueo agrario y de éste al estancamiento demográfico y a las dificultades sociales consiguientes, hecho aplicable a la mayoría de regiones de alta densidad poblacional. Un alto índice demográfico provocó la escasez de tierras y una profunda atomización. Al acabar la colonización agraria, la miseria ya sería una extendida realidad.
Además, encontramos no sólo dificultades en el crecimiento agrario, sino también un estancamiento económico que impide el mantenimiento del nivel alcanzado: los pequeños campesinos ya no son capaces de mantener sus explotaciones y se ven obligados a endeudarse y reducir el consumo de bienes. Este último factor, en un contexto de una economía monetaria, se convierte en algo difícil de solucionar. El siguiente paso es, pues, el estancamiento social. Tanto a nivel rural como urbano, de forma progresiva, se fueron agudizando las crisis de subsistencia y los períodos de hambruna.
Además, se produciría un éxodo rural hacia la ciudad, puesto que muchos campesinos, endeudados, habrían tenido que ceder sus tierras. Todo esto desembocó en un implacable proceso de depauperación que, por la subalimentación y la escasez de higiene, harían de la población un blanco fácil para la enfermedad, destacando en ello la llegada de la Peste Negra en 1348, hecho que diezmó la población reduciéndola a una tercera parte.
Por otra parte, también merecen mención las dificultades materiales que hostigaban a los nobles. Con el estancamiento de la colonización agraria, su reproducción social como clase dirigente peligraba. En la cima de la jerarquía feudal era donde el peligro era mayor: los príncipes tenían que asumir cuantiosas cargas y recurrir al endeudamiento. Todo esto cobró también una dimensión política. Se buscó recaudar recursos a través de impuestos, créditos o manipulaciones monetarias y la situación resultó, a la postre, una decidida generadora de conflictos bélicos, ya que éstos representaban la salida para recaudar impuestos reales y, para el campesinado, una serie de ingresos extra que ayudarían a superar su crisis.
Así pues, tenemos tres realidades que se hacen evidentes a finales del siglo XIII y que permiten explicar el declive consiguiente: un campesinado exhausto, una aristocracia herida y violenta, y un poder público ahora en bancarrota.
Desde el estancamiento agrario pasan unos treinta años hasta entrar en la crisis bajo-medieval propiamente dicha. Entre 1280 y 1316 se vivió un período de estanflación. Los precios se alzaron en un contexto de depresión, con una economía agotada e insegura. Se produjo así una impactante distorsión entre las rentas del trabajo (que eran bajas por la presión demográfica y la escasez de puestos en el mercado laboral) y la subida de precios. En 1310 la gota colmaría el vaso. Las crisis de subsistencia de 1314-1316 serían el detonador de la inversión demográfica. La estanflación acabaría en 1317 y la sociedad medieval entraría en una crisis definitiva.
Guy Bois habla de una “crisis sistémica”, donde las causas, los elementos claves del estancamiento, se encuentran en la estructura feudal, desbordando la esfera económica para pasar a la social (desestabilizando a todas las clases sociales) y a lo político (se endurece el Estado y se viven fuertes tensiones bélicas), de modo que con todo esto, se anuncia la 1     desestructuración del conjunto completo. La Europa occidental no volvería a recuperar, hasta el siglo XVIII, el nivel que alcanzó en 1300. La gran expansión había finalizado, y su letargo sería duradero.
Papel atribuido a la violencia y la guerra en la valoración y explicación de la crisis Los contemporáneos responsabilizaron de su desdicha a la guerra, la peste y el hambre, los llamados “tres azotes de Dios”.
En realidad, hay un vínculo directo entre esta trinidad: el hambre favorece la epidemia, la epidemia desorganiza cosechas y causa crisis de subsistencia, la hambruna y la guerra se influyen mutuamente y los desplazamientos de los soldados pueden trasladar la enfermedad de un lugar a otro. Son pues, hechos que juegan un papel de gran magnitud dentro de lo que es la crisis medieval, aunque como hemos ido viendo, tampoco es correcto juzgarlos como factores primarios surgidos de la nada, puesto que les anteceden una serie de elementos que llevaron al hundimiento con anterioridad.
Durante toda la época medieval la guerra había sido un rasgo característico. Sin embargo, en la transición hacia el siglo XIV hubo un cambio de matiz. Tanto en Inglaterra como en Francia o los países alemanes, entre otros, se vivían por estas fechas grandes problemas en el orden público (fechorías, bandidaje, malhechores, asesinos a sueldo…). Pero, ¿Qué había detrás de esto? Pues una serie de disfunciones vividas entre la sociedad que, enfrentada a unos problemas que no podía controlar, escapaba por esas vías. Al final, alimentada por el frustre social, la guerra se volvió endémica y poliforme.
Europa entera se vio sumida en una serie de conflictos militares. El principal fue la Guerra de los Cien Años (1337-1453), en el cual se mezclaban también, como expresa Guy Bois, las “nubes de la guerra civil”. Tuvo influencia por toda Europa. La península Ibérica vivía conflictos dinásticos que también tenían que ver con la enemistad franco-británica. En Italia se enfrontaban güelfos y gibelinos y en Alemania se luchaba sin cese por la corona imperial, el control de territorios, etc.
La ausencia de un poder central eficaz provocaba la anarquía y este tipo de situaciones exasperadas. Además, nacieron las compañías de forajidos, formadas por nobles desclasados, a menudo por su bastardía, y campesinos liberados, testimonios de la crisis social que acompañaba a la guerra, que se apoderaban de fortalezas y generaban el terror en las cercanías.
Todo este proceso de militarización de la sociedad influyó en su descomposición, pues la arruinaba materialmente, ideológicamente (nobles que ya no protegían a los trabajadores sino que encabezaban las bandas que los asaltaban) y moralmente. La violencia y el saqueo se trasladaban de un lugar a otro y el proceso se prolongó por mucho tiempo. Además, los ejércitos oficiales practicaban la expropiación y en los combates, en lugar de la victoria, se buscaba la captura de un enemigo para obtener botín y rescate. Sucedía porque no se solía tener otra elección. Así pues, el desencadenamiento de la violencia, hostigado por los beneficios que generaba entre una sociedad en fuerte recesión económica, fue un poderoso incentivo para el desencadenamiento de la descomposición social.
La guerra tuvo efectos importantes en la crisis. De forma directa, impactó demográficamente, a pesar de que los ejércitos eran bastante limitados y las campañas breves, por lo que el número de muertos no solía ser numeroso. Las consecuencias materiales fueron más significativas, por los saqueos, la destrucción de los territorios enemigos, etc. Los intercambios comerciales también se vieron profundamente afectados debido a la inseguridad de los tiempos.
Por otra parte, la guerra también tuvo efectos en la fiscalidad pública (sin reducir ésta al papel de simple fruto de la guerra). La fiscalidad, a finales del siglo XIII, pasó a manos del Estado, ya que los tradicionales recursos señoriales ya no eran suficientes, y la utilizaría ahora para poder ejercer sus funciones en un entorno recesivo. La guerra jugaría entonces un papel importante. El peso del impuesto recaía en una población que tan sólo cedía a aportarlo sin replicar en los casos extremos. Con la política bélica se desencadenó la mecánica de recaudar para sufragar los costes de guerra. A partir de aquí entramos en la cuestión de si se recaudaba para financiar campañas o se buscaba la guerra directamente para rellenar el cofre real. Sea como fuere, los costes de guerra no dejaron de aumentar, aniquilando los pocos recursos de los ciudadanos, y de ahí uno de los aspectos fundamentales del factor militar respecto a la fiscalidad. El impacto fiscal acabó siendo, a la postre, una carga insoportable para un campesinado ya debilitado, y tuvo un efecto inmediato en la sociedad, ya que puso en peligro las explotaciones rurales y, por ende, la producción general (de aquí la crisis frumentaria). Las explotaciones más endebles habían logrado sobrevivir hasta entonces (aunque precariamente) gracias a un debilitamiento en la exacción señorial, pero ahora, con esta nueva carga, llegaría el drama. Aquí y allá, el gravamen por la guerra acentuaba el desequilibrio campesino, hecho que se aceleró desde 1337. La fiscalidad, asimismo, determinó la transmisión de las rentas agrarias a la ciudad, donde los nobles gastaban y se creaban grandes fortificaciones. Esto acentuó el progreso desigual entre campo y ciudad, estimulando la demanda urbana en detrimento del poder adquisitivo de la población rural.
El impuesto, por otra parte, también hizo posible la eficacia y el dinamismo agrario de la segunda mitad del siglo XIV, ya que el campesino se veía obligado a vender para pagar al rey (reforzándose así la actividad comercial), a intensificar su trabajo y a buscar ingresos complementarios, dando lugar a una forzosa modernización y a una cruel selección.
Por último, es necesario señalar como con todo esto, el impuesto y la renta señorial entraran en competencia, dando lugar a que el campesino anteponga el pago al rey que al tenente, el cual en poco tiempo se asimilaría más al pequeño propietario, puesto que la renta señorial entraría en declive.
2     Así pues, la guerra de por sí, no fue un factor primario, pero si decisivo, en el periodo de la gran recesión bajo-medieval, ya que, como hemos visto, influyó en diversos factores que la caracterizan, como la descomposición en el orden social, el descenso demográfico o las pérdidas materiales y comerciales. A su vez, la fiscalidad, asociada a la guerra, debilitó la economía rural más de lo que estaba y contribuyó a impulsar la renovación agraria y a debilitar la dependencia señorial.
Papel y peso de la Peste Negra y las epidemias en la valoración y explicación de la crisis Tanto guerras como epidemias tuvieron importantes efectos sobre la crisis medieval. Respecto a la epidemia, ya se habían dado casos de peste con anterioridad a la de la Baja Edad Media, pero reapareció entonces (1347) con una brutalidad superior. La pandemia se originó en Asia y llegó a Europa mediante vías comerciales. Se expandió por todos los lugares en 1348 y 1349. La peste se transmitía por la pulga y la rata (peste bubónica) y de persona en persona (peste pulmonar). El infectado solía morir a los tres días y el único escape al contagio era la huída. Fue un cataclismo brutal que provocó una devastación demográfica jamás vivida. Las pérdidas humanas fueron de un 30 o 40% durante los años mencionados.
Afectó en casi todas las regiones, ya en mayor o menor medida, del mismo modo a campo y ciudad, y a todas las categorías sociales por igual. Ni los más acomodados y bien alimentados escaparían a ello, si bien la miseria, la escasez de higiene y la promiscuidad, ayudaron al estallido de la peste, una peste que se volvió endémica y que a pesar de algunas recuperaciones puntuales, no dejaría de propagarse nuevamente, manifestándose ya de un modo más regional que pandémico. Los dos momentos máximos son los de 1418 y 1438, profundamente vinculados al hambre y el desorden militar.
La peste, lógicamente, fue la causante de una mortalidad extraordinaria sin precedentes. Sin embargo, su responsabilidad recayó también sobre muchos otros aspectos. Para empezar, durante los siglos XIV y XV, en Europa se soportaban una serie de epidemias que ya asolaban el continente desde tiempo atrás, pero que ahora tenían una virulencia superior. Hablamos del sarampión, el tifus, la tuberculosis y la viruela, todas ellas epidemias que diezmaban la población, en especial la más joven, de modo que en cada familia acababan sobreviviendo tan sólo uno o dos niños. Así pues, la enfermedad perpetua, cobrara la forma que cobrara, fue el detonante de una sobremortalidad (sobre todo infantil y juvenil), y desorganizó el hasta entonces equilibrado régimen demográfico. Pero esta mortalidad también vino definida por la coyuntura social. En realidad, ésta precedió a la demográfica y fue el campo de cultivo para que se produjese la irrupción de la mortandad.
La Peste Negra no sólo afectó a nivel demográfico, sino que también conmocionó a la sociedad a nivel cultural, social y material. Se vieron flagelaciones constantes de penitentes y acusaciones de envenenar puentes a judíos, entre otros hechos. Y como efectos lejanos, hubo un impacto cultural y psicológico significativo.
En efecto, se abrió la puerta a un nuevo momento histórico, puesto que se cuestionaron los tradicionales sistemas de valores, debido por un lado al miedo (alimentado por la creencia en la cólera de Dios, representada con la peste, y por los sermones clericales) y, por el otro, al pesimismo (al ver en el hombre algo frágil, destinado al pecado y atado a la fortuna). Sin este “embeleso” hacia lo macabro y lo violento, no se entenderían los posteriores conflictos. Además, unido a la concepción de “aprovechar el momento” porque la vida es breve, se anunciaba una fase de corrupción socio-política, a la par que se alzaba la fuerza del individualismo (característico en los periodos de crisis), frente al compañerismo tradicional, como antecedente al Renacimiento, a la modernidad. En el periodo posterior a 1348-1349, los miembros de la familia se dispersan, sus lazos de unión se debilitan, y pueblos y tierras son ocupados por gentes de fuera.
La peste y las epidemias también jugaron un papel importante en la prolongación de la tensión social. Si la guerra, como hemos visto, expuso a los campesinos a los abusos y los saqueos de los nobles, la epidemia intensificó la hostilidad entre ellos: se llegaba a la crisis en la mano de obra, de modo que los campesinos tuvieron la oportunidad de exigir más.
La reacción feudal fue inminente, con medidas como la contención del aumento de salarios o la imposición del trabajo de carácter obligatorio. Pero tras la Peste Negra los movimientos campesinos ya no serían tan endebles como en los años anteriores. Gozarían de una nueva fuerza determinada, como dice Guy Bois, por “la desesperación, la violencia y el odio de clase”, y en países como Inglaterra en 1381, o Francia en 1358, se producirían las más notables revoluciones campesinas de la historia hasta entonces.
La Peste Negra también tuvo su papel en la economía. No fue detonante de la recesión, la cual venía de años anteriores, pero tuvo un efecto directo en la caída de la producción, del consumo y del intercambio. No obstante, el advenimiento de la pandemia, en un principio, sirvió de apoyó a la recuperación, ya que dejaría un mayor nombre de tierras disponibles y permitiría cierta concentración en las explotaciones, es decir, revitalizaría el sector agrícola y, por ende, en las diversas localidades, se vería un proceso de reconstrucción. Pero la peste, asimismo, agravó el debilitamiento de la sociedad. Los señoríos se resintieron al ver menguada y encarecida su mano de obra, y la fiscalidad sería un problema todavía mayor para los ciudadanos debido a la merma poblacional, de modo que muchos se encaminarían a huir o a vivir de la mendicidad, dando lugar a que, como en una espiral, de nuevo hubiera más impuestos grabados sobre menos contribuyentes, y así sucesivamente. Lógicamente, el resultado final fue un descenso en la producción y el consumo.
Así pues, la pandemia de la peste, que no fue causante de la crisis medieval, pero sí un azote más (y muy fuerte) dentro de una época difícil, no fue un factor limitado y aislado con tan sólo unas consecuencias inmediatas. En realidad se entrelazó 3     con otros problemas de la crisis medieval y dio lugar a nuevas coyunturas y a un acrecentamiento en la recesión de la economía, mientras que también es una de las explicaciones respecto al hecho de que las recuperaciones de la segunda mitad del siglo XIV fueran meramente pasajeras.
Papel y peso de la descomposición social en la valoración y explicación de la crisis La sociedad medieval era una sociedad de clases, órdenes y estatus. Entre la nobleza y la Iglesia (propietarias de la tierra) y el resto de la sociedad (formada básicamente por campesinos censatarios) existía una frontera bien delimitada y, a su vez, dentro de cada grupo había otras subdivisiones. Esta triple dimensión social es un elemento importante a tener en cuenta al estudiar el impacto de la crisis medieval, por su aguante en medio de la gran conmoción económica y demográfica.
Debemos analizar, enlazando con esto, tres realidades sociales asociadas a la depresión: la fractura social surgida a partir de la marginación de la pobreza, la debilidad de la élite en relación a sus funciones tradicionales y la precarización del trabajo, envuelto por el desconcierto y la revuelta. Se produce la desvinculación de los lazos sociales, aumentan los problemas y las tragedias, el sistema de consenso social quiebra y da lugar al repliegue de cada capa social a sus propios intereses, es decir, se produce la descomposición social, fértil huerto para la violencia.
El pobre ya tenía lugar en la composición social medieval anterior a la crisis, la cual sin embargo agravó su papel. Lo principal que la crisis trajo respecto al pobre fue su rechazo. De antes venían los campesinos que vivían en condiciones mediocres y las familias que vivían de forma paupérrima, pero se veía aliviado por la solidaridad local. En el siglo XIII, un 20% de la población rural no podía asegurarse su subsistencia. Los primeros en resentirse del estancamiento bajomedieval fueron los braceros, ya que los gastos salariales serían los primeros en suprimirse. Mientras, en las ciudades, se instalaba un paro permanente. La guerra llevó a la ruina de muchas familias debido al aumento de la fiscalidad, los pillajes y las requisas, desembocando en una creciente mendicidad, miseria y vagabundeo. El fenómeno de la nueva pobreza es amplio, ya que la crisis agravaba la pobreza que a su vez creaba, a través del hambre, la degradación psicológica y la enfermedad.
Con el colapso de las tradicionales relaciones sociales, el debilitamiento de la solidaridad familiar y la merma de la asistencia eclesiástica a los desamparados, la nueva pobreza vivía en condiciones más duras que antes. Además se la culpabilizó y fue objeto de políticas despiadadas. La inversión en la actitud frente a los pobres vino, pues, de la mano de la depresión.
La alta élite (nobleza, clero y alta burguesía), estructuradora del mundo medieval, se debilitó y quedó rasgada con la crisis. Tuvo que adaptarse a nuevas situaciones. La nobleza, categoría social, privilegiada y dominante, cuyo oficio era la guerra, gozaba de privilegios como la exención fiscal y vivía de las rentas señoriales. La crisis supuso un duro golpe para esta casta, ya que sus rentas cayeron en picado, influenciadas directamente por el descenso demográfico, el declive del precio agrícola, la devastación de la guerra y la nueva presión campesina. Además, la jerarquía entre la misma nobleza se aguzó, ya que la crisis no afectó por igual a todos los sectores nobiliarios, y los lazos morales de fidelidad fueron substituyéndose por los materiales. La reacción señorial al profundo hundimiento de sus ingresos fue su vuelta hacia la guerra y el Estado, de modo que la nobleza fue directamente responsable de los desordenes militares de los que hablamos con anterioridad, importantes incentivos de la descomposición social: los nobles ya no asistían a su función protectora y, contrariamente, hacían el mal contra quienes tendrían que recibir sus cuidados, hecho que marcó en la conciencia popular.
Con la expansión del feudalismo de los siglos XI y XIII, la Iglesia vivió su más espléndido período. Con la recesión, vinieron las desgracias. La iglesia había esculpido con su poder y esplendor una cristiandad fuertemente unificada y ejercía un importante control sobre la sociedad. A finales de la Edad Media, la Iglesia se resintió fuertemente debido al debilitamiento pastoral (en especial por los conflictos internos entre el clero, la afluencia de los mendicantes, el absentismo y la falta de control regular del obispo), a la debilitación en las rentas señoriales, las facciones políticas y los conflictos constantes. La instalación del papado en Aviñón resulta una muestra clara de su pérdida de identidad y sus pretensiones universalistas. La función social de la Iglesia acabó tocada y el miedo alentado por la crisis llevó a la predicación, la penitencia y la dramatización de la muerte. La Iglesia se debilitó y perdió autoridad y prestigio, y fue así otro factor de desestabilización. No pudo impedir el cuestionamiento de la fe y el clamor en distintos lugares de cambios en la institución, realidad que llevó al surgimiento de formas de vida religiosa más personales.
El patriciado, los grandes mercaderes, que dominaba social y políticamente las ciudades, si bien tuvo mucho que ver en el crecimiento medieval, se resintió profundamente con la crisis por la escasa demanda, las rutas comerciales inseguras, una moneda inestable, la pérdida de los créditos y los alquileres y del valor de los inmuebles. Por ello, este grupo social trató de incorporarse dentro de la nobleza rural, entrar al oficio de las finanzas (la especulación) aprovechando la expansión de la fiscalidad, o integrarse en el mundo de la justicia (jueces, abogados, procuradores…).
Hubo, pues, una restructuración de la élite urbana, la cual pasó a encuadrarse bajo la imagen de hombre de ley o financiero. La nueva dimensión burguesa nació con la crisis y la agravó a su vez, ya que entorpecía el dinamismo 4     económico y favorecía la proliferación de actividades parasitarias. Al final se produjo una ruptura entre esta nueva burguesía servidora del estado, consolidada en detrimento del bienestar de los humildes, a quienes exprimían con impuestos y leyes.
Así pues, las élites dirigentes mutaron en su conjunto con la crisis. Tanto nobles como eclesiásticos y burgueses, buscaron nuevas vías para perpetuar su hegemonía, hecho que se tradujo en la decadencia en la función de protección de la nobleza, el declive en la moralidad y la espiritualidad del clero y el deterioro del papel del mercader. Todo ello acentuaba los efectos de la crisis, afectaba la cohesión social, destruía las estructuras estatales y portaba el peso de la depresión a los trabajadores, los cuales también forman parte de este proceso de descomposición social. El apartado visto no acaba, pues, aquí, ya que veremos el tema que falta a continuación, en el apartado del campesinado, al tratar la crisis en el mundo del trabajo, centrándonos principalmente en el mundo rural.
Causas y consecuencias de la crisis en el campesinado Hemos visto el papel de la descomposición social respecto a la crisis a través de la figura de las altas élites y los sectores marginales. Pero hemos dejado para el final la referencia al trabajador, en especial al campesino, el que más adoleció de la recesión y que tiene también mucho que ver con lo visto, pero con la peculiaridad de que mantuvo su cohesión social de un modo que los otros sectores, como hemos explicado en el apartado anterior, no fueron capaces.
A la crisis en el mundo del trabajo hay que asociar una triple problemática: la del paro, el impuesto y la guerra. Se produce una disminución generalizada de las actividades, la carga fiscal es enorme y el conflicto bélico significa estragos, saqueos y extorsiones dinerarias. Los campesinos, sin murallas ni fuerza pública, se resienten como nadie. Dentro de la clase trabajadora había también jerarquías y rivalidades, donde los más fuertes transferían a los más endebles el peso de la crisis.
Antes de hablar del campesinado, veremos brevemente lo que sucedía en el mundo del trabajo urbano, opuesto al agrario pero relacionado a él, por el éxodo rural que se produjo con la crisis y porque ambos formaron parte del proceso de descomposición social del cual hemos habado en el apartado anterior (aunque en el caso del campo fuera más leve). Muchos sectores urbanos soportaron bien la crisis gracias a la creación de cofradías, su intervención en el mercado del trabajo (que llevó a la transmisión hereditaria de la maestría) o la lucha de los oficios por asegurar su dominio sobre otros (caso del textil o el alimentario). Así pues, se acentuó la fragmentación en el trabajo, se intensificaron las relaciones de dominación y crecieron las rivalidades y los celos entre profesiones. Otro de los resultados del endurecimiento corporativo fue la difusión de la industria rural. Hubo un debilitamiento de los lazos sociales y con el alza del precio industrial respecto al agrícola y el descenso del precio de los alimentos, el mundo urbano pudo soportar la marea, aunque distintamente en cada sector. El pueblo bajo, víctima directa de la crisis, aumentó su dependencia hacia el empresario, vivió en condiciones todavía más precarias, tanto en el empleo (tuvieron que movilizarse para buscar trabajo, también hacia el campo), como en sus condiciones de vida, bajo el riesgo de las crisis de subsistencia, que alimentaban la fractura social más profunda de todas.
Centrémonos ahora en la cuestión que nos toca, la del campesinado, el sector sobre el cual el peso de la crisis recayó con mayor virulencia pero el cual, a su vez, supo mantener mejor que ningún otro su equilibrio y composición social, su cohesión, motivo por el cual he preferido dejarlo a parte. Ya hemos visto que las principales víctimas de la depresión fueron los sectores más pobres de la sociedad, entre los cuales destaca el campesinado, que constituía un 80-90% de la población.
La guerra y la violencia, lo hemos visto ya, fueron un duro golpe para el sector, ya que no tenía defensa y su único refugio era el bosque. Los atacantes se hacían con el ganado y las reservas de grano, y se llegó a la destrucción sistemática de pueblos y a la propagación de incendios sobre cosechas. Fiscalmente, los campesinos también fueron los más perjudicados, ya que aguantaban la mayor parte del peso del impuesto. Además, el declive de los precios los hirió más que a nadie. Los intercambios cayeron, en especial respecto al cereal, y la renta agraria descendió en picado.
Como sucedía en el mundo urbano, la carga de la crisis también fue repartida de forma desigual: nuevamente, los más pobres resultaban ser los más afectados, y el fuerte ya no quería ayudar al débil. Al igual que en la ciudad un límite separaba los trabajadores más cualificados del resto, la sociedad rural se dividía entre labradores (autónomos económicamente) y braceros (necesitaban otros recursos para poder vivir). Con la disminución de los ingresos agrícolas, la contratación de los segundos minó, a favor de la de los primeros. Así pues, si la crisis fue difícil para el labrador, para el jornalero, resentido por las carestías y las deudas, fue extremadamente cruel. Muchos campesinos emigraron a la ciudad con la esperanza de encontrar nuevas fuentes de recursos, aunque, como sabemos, la situación allí también era complicada.
A pesar de todo, fue precisamente en el mundo rural donde el proceso de descomposición de la sociedad fue más débil. A pesar de que algunos pueblos contados desaparecieran, la tendencia general se dirigió a la cohesión de la comunidad campesina frente a un momento difícil. Es así como desaparecieron los últimos vestigios de servidumbre, se extendieron los movimientos de sublevación y fueron debilitándose las clásicas estructuras señoriales. Según Guy Bois, esto demuestra que el mundo rural “dio prueba de una capacidad inaudita de aguantar y resistir”. Las razones que justifica son de naturaleza tanto económica como social. Si económicamente la prosperidad de los siglos XI-XIII, la cual llevó a la 5     acumulación de tierras y la bipolarización social, gracias al aumento del precio agrícola y al descenso salarial, favoreció el incremento de las explotaciones agrícolas, la deflación invirtió la situación. Pero aun así, las desigualdades sociales no empeoraron tanto como en la ciudad. Fueron los pueblos, pues, quienes resultaron ser el ejemplo de homogeneidad, coherencia y solidaridad, en medio de una sociedad casi caótica, donde las jerarquías y las desigualdades sociales se agudizaban más que nunca. En términos sociales, fue muy importante la fuerza de la solidaridad de la comunidad. No se puede negar que en el medio agrario igualmente se produjo una mayor movilidad, se debilitaron los lazos familiares y hubo una crisis de valores psicológico-morales, es decir, que aumentó el individualismo, que se debilitaron las solidaridades comunitarias. Pero aún así, era en el campo donde se mantuvieron con más fuerza, ya que venían de hacía mucho tiempo.
No se puede negar la estratificación social establecida en el campesinado y las ligaduras de dependencia. Mas los grupos campesinos, por una larga tradición, compartían tierras de uso colectivo y se ayudaban entre ellos. Tenían una cohesión que no podía verse en las ciudades. Así pues, el campesino fue el sector sobre el cual la crisis azotó con mayor violencia, pero sin embargo, fue el único que logró mantener viva su composición social.
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