Pràctica 2 evaluable (2017)

Apunte Catalán
Universidad Universidad de Barcelona (UB)
Grado Historia - 1º curso
Asignatura Pensar la historia
Año del apunte 2017
Páginas 2
Fecha de subida 13/06/2017
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Un 10 de pràctica

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GEOGRAFÍA E HISTORIA Cultivos y rendimiento de las semillas en la Europa preindustrial “Los cereales eran la base de la dieta humana y dominaban los sistemas de cultivo. Los cereales más cultivados eran el trigo y el centeno. Debido a su contenido en gluten eran más adecuados que los demás para la fabricación de pan, pero eran también más exigentes, pues necesitaban un período de crecimiento más largo y normalmente se sembraban en octubre. En especial el trigo no se daba bien en los suelos ácidos ni en los climas frescos y húmedos. Era adecuado para las zonas del sur de Europa y para las ricas margas de la Europa occidental. El centeno era menos exigente pero el pan que se fabricaba con él era oscuro y bastante amargo. La avena y la cebada crecían bien en suelos pobres, y especialmente la avena soportaba muy bien las condiciones climáticas duras. Estos eran los cultivos de las zonas montañosas de la frontera septentrional de la agricultura. Estos cultivos, junto con ciertas variedades primitivas de trigo, se combinaban en innumerables formas para adecuarse a las condiciones de labranza y a la demanda de alimentos.
El estiércol era siempre terriblemente escaso y el cultivo continuo impracticable excepto en algunas zonas de campos cercados, donde era posible abastecer de abono los campos próximos a la casa desde la granja. En la agricultura de campo abierto era necesario dejar la tierra yerma cada dos o tres años, período durante el cual los animales pastaban en ella y la abonaban. Estas prácticas cristalizaron en el sistema de recoger una cosecha de otoño, seguida por una cosecha de primavera, dejando luego la tierra en barbecho. En estas condiciones era imposible incrementar la zona en la que se cultivaba trigo y centeno y la frecuencia con la que se plantaban. Esta limitación no afectaba a las granjas con campos cercados de reducida extensión, pero por lo general este tipo de campos se daban en unas zonas que no eran adecuadas para el trigo. El pastoreo de la hoja en barbecho después de la cosecha pasó a formar parte del sistema. Así no sólo se conseguía abono, sino que se hacía factible mantener el ganado durante el invierno y fue por esta razón por la que se mantuvo esta práctica hasta el siglo XIX, cuando los fertilizantes ya permitieron hacer frente a las necesidades del suelo. Es evidente que la relación de cereales de otoño y de primavera era más o menos constante y no es menos claro que la producción de los “cereales de invierno” más adecuados para el consumo humano era insuficiente para las necesidades. De hecho, en algunas zonas apenas se cultivaban en absoluto. La cebada y la avena formaban, así, una parte importante de la dieta humana. Ambas se utilizaban para producir malta y para la fabricación de cerveza, pero, lo que era más importante, también se utilizaban para hacer un tipo de tortas o una especie de sopa o gachas. El porridge escocés es una reminiscencia de lo que en otra época era el elemento fundamental de la dieta. Con frecuencia, el campesinado se encontraba obligado a cultivar el trigo para pagar su renta en especie, mientras que se veía en la necesidad de consumir fundamentalmente avena o cebada. La dieta era cuestión de status. El abad de San Pantaleón de Colonia recibía grandes cantidades de avena como pago de rentas, avena que era utilizada para alimentar a los caballos del abad y a los visitantes que reclamaban la hospitalidad del monasterio. Mientras tanto, el abad consumía pan de trigo o de centeno.
La siembra de cereales no era muy abundante y el rendimiento de la simiente siempre era bajo e impredecible. Gracias a los registros de los capataces de las explotaciones es posible calcular el rendimiento de la semilla. Thierry d’Hireçon, un terrateniente del norte de Francia que vivió en el siglo XIV, conseguía un rendimiento de 8 por 1, y a veces más, pero esto era excepcional. Por lo general, el campesino se sentía satisfecho si conseguía un rendimiento de 4 por 1. El rendimiento era inferior para la avena y la cebada, en parte porque seguían al cultivo del trigo y el centeno. En las tierras del obispo de Winchester en el sur de Inglaterra el rendimiento habitual era de 3,9 para el trigo, 3,8 para la cebada y sólo 2,4 para la avena. En ocasiones, la cosecha producía apenas lo necesario para la siembra del año siguiente. Al parecer, el rendimiento era superior en las zonas llanas de Inglaterra y en el sur de los Países Bajos, siendo muy bajo en gran parte de Francia y en la gran llanura de Alemania y de Polonia. Las malas cosechas eran más frecuentes que en los tiempos modernos. Por lo general se debían a las condiciones climatológicas, sobre todo al exceso de lluvia en otoño, en el invierno y en la primavera, que impedían el laboreo y la siembra, y en ocasiones como consecuencia de tormentas de verano que destruían los cultivos o hacían que se pudriera la semilla. Por lo general, el frío era menos perjudicial que la humedad. El campesino medieval no tenía posibilidades de drenar la tierra demasiado húmeda. A lo sumo podía aspirar a que una parte de su cosecha quedara por encima del agua.
Los datos que poseemos parecen indicar que las malas cosechas se producían con frecuencia. Aproximadamente cada cuatro o cinco años había una mala cosecha, y una cosecha desastrosa, una auténtica crise de subsistence, en intervalos más largos. La crisis de 1315-17 es perfectamente conocida. Afectó a gran parte de la Europa occidental y central y se atribuyó a las lluvias prolongadas e intensas tanto en invierno como en verano. Los cultivos fueron destruidos en el terreno y se produjo hambre y una elevada mortalidad”.
Pounds, N.J.C. (2000): Geografía histórica de Europa, Barcelona, Crítica, 231-233.
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