Cerebro, estrés, sistema inmunitario. (práctica 3) (2013)

Apunte Español
Universidad Universidad Autónoma de Barcelona (UAB)
Grado Fisioterapia - 1º curso
Asignatura Psicologia humana
Año del apunte 2013
Páginas 4
Fecha de subida 19/09/2014
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Cerebro, estres, sistema inmunitario.
Para los científicos el problema radica en que la medicina moderna depende de experimentos medibles y predecibles. Buscaban la evidencia de un vínculo entre la mente y el cuerpo.
Con el tiempo, a medida que los investigadores descubrían como el cuerpo se iban defendiendo de la enfermedad iban convenciéndose de que cuerpo y mente trabajaban por separado. Cada nuevo descubrimiento de la complejidad de nuestro sistema inmunitario no hacía más que confirmar esta separación. Sobre todo cuando funcionaban experimentos en probetas y otros utensilios, sin la necesidad de cuerpo, cerebro ni mente.
Pero por otro lado damos por hecho el efecto que puede tener la mente sobre el cuerpo. Sabemos que si estamos asustados, sudamos, nuestros latidos aumentan, sentimos ansiedad, etc. Sabemos que en situaciones eróticas pasan muchas cosas, incluidas la erección.
En los últimos 20 años los científicos han empezado a medir lo inconmensurable, la forma en que los pensamientos actúan sobre las células. Nuevos descubrimientos han echado por tierra las antiguas creencias de que la mente no tiene relación alguna con las defensas del cuerpo.
A partir de estos descubrimientos se ha creado un campo nuevo, la psicoinmunoneurología.
Robert Ader a parir de un estudio de Pablov con ratas se encontró con unos resultados peculiares.
Dio de beber a las ratas agua endulzada que les encantaba. Posteriormente les inyectaba una droga que les producía mareos, algo que odiaban. De manera que las ratas asociaron el hecho de beber agua con sacarina con la sensación de mareo, pero ocurrió algo imprevisto, estas se morían.
Se percató de que la droga que subministraba a las ratas no producía únicamente mareos, sino que suprimía su sistema inmune. De manera que se sentían más indefensas a gérmenes, virus o cualquier substancia del laboratorio.
Esto implicaba que las mentes de las ratas tenían su influencia en su propio sistema inmune. Hecho que no encajaba en la teoría convencional.
Junto con Nicolas Cohen, un inmunólogo de mente abierta, se repitió el experimento y el resultado fue que el cerebro podía condicionar el sistema inmunológico. El cerebro podía producir un estado de inmunodepresión.
Un amerizaje tras una misión del Skylab un año más tarde ayudó a la verificación de esta hipótesis.
Al volver del espacio se analizó la sangre de los astronautas. El sistema inmunitario de la tripulación mostraba un significativo debilitamiento. Se lanzó la teoría de que la causa era el estrés psicológico tras un viaje de tres meses.
Ronald Glaser, inmunólogo, junto con Janice Kiercolt-Glaser, psicóloga, compararon diversos estudios respecto a situaciones estresantes y la facilidad de contraer enfermedades.
Estos marcaban una clara relación (durante un año después de la muerte de un ser querido se es más propenso a caer enfermo.) Pero faltaba una base inmunológica.
Cogieron a un grupo de estudiantes de medicina estresados ante la proximidad de los exámenes. Les tomaron muestras de sangre y midieron el nivel de los linfocitos, glóbulos blancos claves en la defensa física contra la enfermedad. De inmediato descubrieron que tras los exámenes la actividad de estos era muy inferior.
Cuando se publicó su investigación se produjo una gran controversia. Incluso los científicos del campo se mostraron escépticos e iniciaron investigaciones. Los resultados de estas fueron tan abrumadores se tuvieron que rendir a la evidencia.
Experimentos, con surferos, parapente, paracaídas, etc. Trabajando sobre estrés agudo, estrés en un corto periodo de tiempo y que luego te sientes mejor. Se encontraron efectos de este a larga duración sobre el sistema inmunológico.
En 1988, Ronald y Jacine Glasser, iniciaron un estudio sobre el estrés mental a largo plazo. Estudiando parejas casadas, buscaban si el estrés crónico interpersonal y generalizado afectaba a las funciones inmunitarias y endocrinas.
En las parejas más hostiles o incapaces de llevarse bien, que describían su matrimonio como un infierno, se descubrió que las funciones inmunitarias eran mínimas. Y en las mujeres las diferencias resaltaban más que en los hombres. Las discusiones sentaban peor y duraban más en las mujeres que en los hombres. Mostro que el estrés crónico tenía unos efectos continuos y perniciosos sobre el sistema inmunitario.
Delimitando recorridos de nervios con un microscopio electrónico, partiendo de referencia un vaso sanguíneo, se encontró terminales nerviosos que se comunicaban directamente con una célula muscular i con un linfocito, llegando incluso a dejar una marca en la membrana de este. Esto significaba que había un vínculo físico entre la mente y el sistema inmunológico corporal. Faltaban pruebas de que la comunicación pudiera cambiar el comportamiento de los linfocitos.
En Alabama apareció una nueva pista. Ed Dlalckok tomo muestras sanguinas periféricas de un ser humano y las introdujo en un cultivo de forma que se podían activar imitando el funcionamiento del sistema inmunológico durante una infección vírica o bacteriana. Normalmente cuando un virus o una bacteria entra en el cuerpo humano los linfocitos reaccionan creciendo, dividiendo-se y creando anticuerpos para combatir la infección. En el experimento iba a añadir una hormona cerebral, la ACTH. Se sabe que esta hormona, en situaciones de estrés fluye a la sangre para alertar al cuerpo. Cuando esta se aplicó las células se empezaron a dividir más lentamente y se disminuyó su capacidad de crear anticuerpos. Esa es la prueba de que el cerebro y el sistema inmunológico hablan el mismo lenguaje químico, de manera que pueden comunicarse entre sí.
La gente se aferró a los estudios recientes para verificar la medicina alternativa y los curanderos. Partiendo de un simple concepto elaboraron una especie de doctrina. Pero nunca se afirmó que la manipulación de los canales nerviosos pudiera curar enfermedades del sistema inmunitario.
Se podía mostrar la forma en que el cerebro podría frenar ataques mediante el sistema inmunitario. Pero nada podía mostrar que esos cambios tuvieran algún impacto sobre la enorme complejidad de todo nuestro sistema inmunitario y su capacidad para combatir enfermedades. No había estudios capaces de demostrar que pensamientos y sentimientos produjeran cambios suficientemente importantes para influir sobre nuestra salud.
Pero todo iba a cambiar con la historia de Franklin y Mage, pareja felizmente casada pero que era administradora y agente inmobiliario y ahora Mage tiene Alzheimer. Franklin sufría de estrés crónico a causa de la situación. Se detectó una disminución inmunológica por parte de este.
Se hicieron pequeñas heridas idénticas en los brazos de todos los voluntarios del experimento y se calculó el tiempo que tardaban las heridas en curarse. Descubrieron que en el caso de gente muy estresada como Franklin el tiempo de curación era un 24% superior. Al fin quedaba demostrado que el estrés podía reducir la capacidad de inmunización hasta el punto de afectar a la salud. Sabemos que el estrés puede afectar en el sistema inmunitario, que a su vez puede influir en los virus i en el desarrollo de infecciones graves.
Actualmente sabemos que se utilizan principalmente dos medios de relación: uno a través de los nervios y otro a través de las hormonas en sangre. La creencia generalizada es que las hormonas son las que mayor efecto producen sobre el sistema inmunitario.
1. El hipotálamo transite señales químicas y eléctricas a la glándula pituitaria.
2. La glándula pituitaria envía la hormona ACTH a las glándulas de adrenalina.
3. Se estimulan las glándulas de adrenalina para que emitan una treintena de mensajeros químicos. Uno de estos es el cortisol.
Mediante todo este proceso el cerebro percibe el estrés y el resultado final es un aumento del cortisol en la sangre. Esta hormona tiene múltiples acciones en el sistema como por ejemplo, se introduce en los linfocitos cambiando el número de estos y modificando su función. Tiene mucha influencia sobre el sistema inmunitario.
Cambiar la concentración de cortisol en un animal puede disminuir su resistencia a la artritis. Sabemos que el cortisol tiene un gran papel en la disminución a la resistencia de contraer enfermedades graves.
Marette parecía lupus, enfermedad autoinmune. Le diagnosticaron con 11 años y los médicos le recetaron drogas potentes que tenían grandes efectos secundarios (esteroides: perdida de pelo, aumento de peso). Observaron investigaciones basadas en las conductas de Pablov, donde habían enseñado a ratones hiperactivos a deprimir su sistema inmunitario i a partir de entonces pudieron sobrevivir más tiempo sin la necesidad de medicación. E intentaron ver si esto podría suceder en ella, tenía que asociar un sabor u olor con los efectos de la medicación de esteroides, con el fin de frenar el ritmo del sistema inmunológico. Al tiempo, la capacitó para reducir a la mitad la medicación.
La universidad alemana de trie busco si era posible encontrar una substancia capaz de estimular la respuesta inmune sin efectos secundarios. Hasta que encontraron la adrenalina.
Un experimento con buceadores descubrió que la adrenalina aumenta el número de células letales en un mecanismo de defensa. Y se intentó averiguar si se podría crear la misma respuesta mediante el condicionamiento, de manera que la mente estimulara la respuesta inmune.
Inyectaron adrenalina a 48 voluntarios al mismo tiempo que les hicieron probar un sorbete de sabor dulce. Durante 4 días asociaron este proceso repetidamente. Al quinto día, sin decirles nada, sustituyeron la adrenalina por una solución neutra. Se extrajo sangre a estos i se pudo observar un aumento de los lóbulos blancos, las células letales i por lo tanto un aumento de la respuesta inmunitaria. De forma que se llegó a la conclusión de que es posible condicionar a las personas para que aumenten la respuesta de su sistema inmunitario.
Estas células son capaces de combatir algunos tipos de células cancerígenas.
Diagnosticaron cáncer a Cristine Meninge, la cual tenía que seguir un tratamiento de quimioterapia. En este hospital se intentó reducir los efectos de la quimioterapia enseñando a los pacientes a relajarse.
Lesile Walker, uno de los médicos del hospital, observó 5 años más tarde, a partir de los expedientes, que aquellos pacientes a los cuales se les había aplicado la relajación habían también sobrevivido más tiempo que los demás. De forma que llegaron a la conclusión que una simple relajación podía aumentar el tiempo de vida de los pacientes.
A partir de aquí, se produjo un segundo experimento. Un conjunto de 96 mujeres que habían seguido el tratamiento convencional para erradicar sus tumores, cirugía, radioterapia y quimioterapia entraron en este. La mitad de ellas dedicaron un rato al día a imaginar que atacaban a su cáncer. Durante un periodo de tres años examinaron sangre de estas comprobando la actividad de las células letales. Y se descubrió que las pacientes que practicaban la imaginación tenían un mayor número de linfocitos para atacar y destruir el cáncer. Supone que somos capaces de aumentar este número de células en nuestro organismo y estas pueden tener un efecto anticancerígeno.
Estos métodos pueden mejorar la calidad de vida durante el diagnóstico y el tratamiento a pesar de que no lleguen a curar el cáncer en total plenitud. Los efectos a largo plazo de tratamiento y diagnóstico aún no son del todo claros.
La psicoinmunoneurologia, la ciencia que estudia los efectos de la mente en el sistema inmune, empieza a ser aceptada tras años de existencia. Es evidente que no se ha llegado a la fase de saber que la forma de comportarse o pensar puede llegar a curar enfermedades, puede alterar el avance de la enfermedad o la susceptibilidad ante esta, algo que ya tiene por sí mismo una gran importancia.
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