Democracia. Parte 2. Democracia ideal (2015)

Apunte Español
Universidad Universidad Autónoma de Barcelona (UAB)
Grado Ciencia política y Gestión pública + Derecho - 1º curso
Asignatura Ciencia Política
Año del apunte 2015
Páginas 8
Fecha de subida 23/02/2015
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Descripción

Parte dos del libro de Democracia de Robert A. Dahl

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La democracia. Robert A. Dahl Segunda parte. Democracia ideal Capítulo IV. ¿Qué es la democracia? Criterios de un gobierno democrático Para que un gobierno sea considerado democrático hay cinco criterios que deben ser satisfechos para poder cumplir la exigencia de que sus miembros tienen el mismo derecho a participar en las decisiones políticas. Estos son:  Participación efectiva. Todos los miembros deben tener oportunidades iguales y efectivas para hacer que sus puntos de vista sobre cómo haya de ser la política sean conocidos por los otros miembros.
 Igualdad de voto. Todo miembro debe tener igual y efectiva oportunidad de votar, y todos los votos deben contarse como iguales.
 Comprensión ilustrada. Todo miembro debe tener oportunidades iguales y efectivas para instruirse sobre las políticas alternativas relevantes y sus consecuencias posibles.
 Control de la agenda. Oportunidad exclusiva de los miembros de decir cómo y, si así lo eligen, qué asuntos deben ser incorporados a la agenda. El proceso democrático exigido por los tres criterios procedentes no se cierra nunca. Las políticas de la asociación están siempre abiertas a cambios introducidos por sus miembros, si éstos así lo deciden.
 Inclusión de los adultos. Todos o, al menos, la mayoría de los adultos que son residentes permanentes deben tener los plenos derechos de ciudadanía que están implícitos en los cuatro criterios anteriores.
¿Por qué estos criterios? Cada uno de ellos es necesario si los miembros de la comunidad han de ser iguales políticamente a la hora de determinar las políticas de la asociación. Desde el momento en que se incumple cualquiera de estos requisitos, los miembros no serán iguales políticamente.
Los primeros dos criterios parecen casi evidentes en sí mismos, podría ponerse en cuestión que sea necesario o apropiado el criterio de la comprensión ilustrada. En este caso, hay que tener en cuenta que el principio de la igualdad política presupone la idea de que todos los miembros están igual de bien cualificados para participar en las decisiones siempre que tengas adecuadas oportunidades de instruirse sobre las cuestiones relativas a la asociación mediante la indagación, discusión y deliberación. El tercer criterio está dirigido a asegurar que cada miembro posee estas oportunidades.
En cuanto al cuarto criterio, al del control de la agenda, se introduce para evitar que un grupo dominante, lleve a cabo el control de aquello que se debatirá en una asamblea que reúne los tres primeros criterios y que por tanto se le considera democrática. Al controlar la agenda, este grupo reducido puede estar bastante segura de que la asociación (o gobierno) no actuará nunca en contra de sus intereses, porque jamás autorizará que se avance ninguna propuesta que pueda hacerlo.
1 El cuarto criterio nos permite asegurar por tanto que el control final recaiga en los miembros como un todo. Para que los miembros sean iguales políticos en el gobierno de los asuntos de la asociación deben satisfacerse, pues, todos y cada uno de os cuatro criterios.
Capítulo V. ¿Por qué la democracia? La democracia no puede garantizar que sus ciudadanos serán felices, prósperos, saludables, sabios, pacíficos o justos.
Alcanzar estos fines está más allá de la capacidad de cualquier gobierno, incluido un gobierno democrático. Como todos los anteriores intentos por conseguir un gobierno más democrático, las democracias modernas sufren también de muchos defectos.
Sin embargo, en comparación con cualquier alternativa factible, la democracia posee al menos diez ventajas. Gozando de todas estas ventajas, la democracia constituye para la mayoría de nosotros una apuesta mucho mejor que cualquier alternativa equiparable a la misma.
Evita la tiranía La cuestión es si, a largo plazo, un proceso democrático tenderá a producir menos daño a los derechos e intereses de sus ciudadanos que cualquier otra alternativa no democrática. Aunque sólo sea porque los gobiernos democráticos impiden que lleguen a gobernar autocracias abusivas, satisfacen este requisito mejor que los gobiernos no democráticos.
Pero, precisamente porque, las democracias son mucho menos tiránicas que los gobiernos no democráticos, los ciudadanos democráticos apenas pueden permitirse ser complacientes. Incluso cuando un país democrático crea una injusticia el resultado sigue siendo una injusticia. El poder de la mayoría no se convierte en el derecho de la mayoría.
Hay otras razones para creer que las democracias tienden a ser más justas y respetuosas de los intereses humanos básicos que las no democracias.
Derechos esenciales La democracia garantiza a sus ciudadanos una cantidad de derechos fundamentales que los gobiernos no democráticos no garantizan ni pueden garantizar. Dado que los derechos son elementos necesarios de las instituciones políticas democráticas, la democracia es también intrínsecamente un sistema de derechos. Los derechos se encuentran entre los pilares esenciales de un procedo de gobierno democrático.
Para satisfacer las exigencias de la democracia, los derechos que le son inherentes deben estar efectivamente a disposición de sus ciudadanos. Los derechos deben hacerse verdaderamente efectivos y estar efectivamente a disposición de los ciudadanos en la práctica. Las instituciones que otorgar y protegen los derecho y oportunidades democráticos básicos son necesarias para la democracia.
Libertad general La democracia asegura a sus ciudadanos un mayor ámbito de libertad personal que cualquier alternativa factible a la misma. Los ciudadanos de una democracia tienen la seguridad de gozar de una colección de libertades aún más extensa.
Como todos los demás derechos esenciales para el proceso democrático, la libertad de expresión posee su propio valor, porque es instrumental para la autonomía moral, el juicio moral y la vida buena.
La democracia no sobreviviría durante mucho tiempo a menos que sus ciudadanos fueran capaces de crear y mantener una cultura política de apoyo, una cultura general que efectivamente sustentara estas prácticas e ideales. Una cultura 2 democrática con casi total seguridad subrayará el valor de la libertad personal, y así dotará de apoyo a derechos y libertades adicionales.
Protección de los intereses personales esenciales La democracia ayuda a las personas a proteger sus propios intereses fundamentales. La mayoría de las personas desean ejercer algún control sobre los factores que condicionan, parcial o completamente, la satisfacción de sus deseos, alguna libertad de elección. La democracia protege esta libertad y oportunidades mejor que ningún otro sistema político alternativo que haya sido diseñado jamás.
Quien está incluido en el electorado de un Estado democrático, no puede tener ninguna certeza de que sus intereses serán adecuadamente protegidos; pero si está excluido, puede estar perfectamente seguro de que sus intereses serán seriamente vulnerados por negligencia o por daño directo.
Autoderminación Solo un gobierno democrático puede proporcionar una oportunidad máxima para que las personas ejerciten la libertad de autodeterminarse, es decir, que vivan bajo las leyes de su propia elección.
Si uno simplemente no puede imponer sus deseos por la fuerza, deberá encontrar entonces una manera de resolver sus diferencias pacíficamente, quizás mediante acuerdos. Dada la excepcional capacidad del Estado para hacer efectivas sus leyes mediante la coerción, la cuestión es particularmente relevante para nuestra posición como ciudadanos de un Estado. ¿Cómo podemos ser a la vez libres de elegir las leyes que han de hacerse efectivas por parte del Estado y aun así, una vez elegidas, no ser libres de desobedecerlas? Podemos intentar la creación de un proceso para acceder a decisiones sobre sobre reglas y leyes que pudieran satisfacer ciertos criterios razonables.
- El proceso aseguraría que yo y todos los demás ciudadanos tuviéramos una oportunidad de que nuestros puntos de vista fueran conocidos.
- Se nos garantizarían oportunidades para la discusión que en las mejores condiciones, pudieran conducir a una ley que todos consideraríamos satisfactoria.
- Ante el supuesto más probable de que la unanimidad no pudiera ser alcanzada, se promulgará aquella ley que cuente con el mayor número de apoyos.
Aunque ese proceso no puede garantizar que todos los miembros vayan a vivir estrictamente bajo leyes que sean el producto de su propia elección, sí sirve para expandir la autoderminación hasta sus máximos límites posibles. Al elegir vivir libremente bajo una constitución democrática más que bajo una alternativa no democrática, está ejercitando su libertad de autodeterminación.
Autonomía moral Solamente un gobierno democrático puede proporcionar una oportunidad máxima para ejercitar la responsabilidad moral. Esto significa que se adoptan los principios morales y sólo se toman decisiones en función de esos principios después de haber entrado en un profundo proceso de reflexión, deliberación, escrutinio y consideración de las posibles alternativas y de sus consecuencias. Ser moralmente responsable equivale a ser autónomo en el ámbito de las elecciones moralmente relevantes.
3 Pero si estamos sujetos a decisiones colectivas y si el proceso democrático maximiza nuestra oportunidad de vivir bajo leyes producto de nuestra propia elección, entonces aquél nos faculta también para actuar como personas moralmente responsables.
Desarrollo humano La democracia promueve el desarrollo humano más plenamente que cualquier alternativa factible. Entre las cualidades deseables que la mayoría de nosotros desearía promover están la honestidad, la equidad, el valor y el amor. Es deseable que los adultos actúen responsablemente, que ponderen los cursos de acción alternativos lo mejor que puedan, consideren las consecuencias, y todo ello teniendo en cuenta los derechos y obligaciones de otros además de los suyos propios. Y deberían poseer la habilidad de entrar con otros en discusiones libres y abiertas sobre los problemas que han de afrontar conjuntamente.
El que de hecho las desarrollen y cómo lo hagan depende de muchas circunstancias, entre las cuales se encuentra la naturaleza del sistema político en el que vivan. Sólo los sistemas políticos democráticos proporcionan las condiciones bajo las que pueden desarrollarse plenamente las condiciones mencionadas.
Un gobierno democrático no constituye una condición suficiente para asegurar que las personas vayan a desarrollar estas cualidades, pero es esencial para ello.
Igualdad política Solo un gobierno democrático puede fomentar un grado relativamente alto de igualdad política. Un gobierno democrático puede conseguir la igualdad política entre ciudadanos en una medida muy superior que cualquier alternativa factible.
Búsqueda de la paz Las democracias representativas modernas no se hacen la guerra entre sí. Esta extraordinaria cualidad de los gobiernos democráticos fue en gran medida impredecible e inesperada. Pero la evidencia se ha hecho abrumadora; de treinta y cuatro guerras internacionales entre 1945 y 1898, ninguna tuvo lugar entre países democráticos.
Las razones no están del todo claras. Probablemente, los altos niveles de comercio internacional entre las democracias modernas las predisponen a la cordialidad más que a la guerra. Pero es cierto también que los ciudadanos y líderes democráticos aprenden las artes del compromiso.
La práctica e historia de pacíficas negociaciones, tratados, alianzas y defensa común frente a enemigos no democráticos refuerzan la predisposición a buscar la paz más que a hacer la guerra. Un mundo más democrático promete ser también un mundo más pacífico.
Igualdad política Los países con gobiernos democráticos tienden a ser más prósperos que los países con gobiernos no democráticos. Una economía de mercado generalmente ha producido mayor prosperidad que cualquier otra alternativa a la misma. Dado que todos los países democráticos modernos tienen economías de mercado, y un país con una economía de mercado tiende a prosperar, un país democrático moderno probablemente sea también un país rico.
Las democracias poseen también, por lo general, otras ventajas económicas sobre la mayoría de los países no democráticos: 4 - Los países democráticos promueven la educación de sus pueblos, y una fuerza de trabajo instruida contribuye a la innovación y al crecimiento económico.
- El respeto a la ley generalmente se implanta con mayor fuerza en los países democráticos.
- Las economías modernas dependen de la comunicación, y en los países democráticos las barreras a la comunicación son mucho menores.
No podemos ignorar un coste importante que la economía de mercado impone a la democracia. Al crear desigualdades, la economía de mercado puede disminuir también las posibilidades de alcanzar una igualdad política plena entre los ciudadanos de un país democrático.
Capítulo VI. ¿Por qué la igualdad política? I. Igualdad intrínseca Cabría preguntarse si es razonable presuponer que los ciudadanos deben ser tratados como iguales cuando participan en el gobierno.
¿Es la igualdad evidente en sí mismo? Para la mayoría de nosotros está lejos de ser evidente que todos los hombres y mujeres han sido creados iguales. En muchos aspectos importantes, las capacidades, ventajas y oportunidades humanas no se distribuirían igualmente por el nacimiento, y mucho menos después de que la educación, las circunstancias y el azar hubieran acrecentado las diferencias iniciales. En cambio, para muchos, la igualdad es simplemente un hecho.
Igualdad intrínseca: un juicio moral La igualdad y las desigualdades pueden adoptar una casi infinita variedad de formas. Para comprender por qué es razonable que nos comprometamos con la igualdad política entre ciudadanos de un Estado democrático, necesitamos reconocer que cuando algunas veces hablamos de igualdad no hacemos referencia o expresamos un juicio de hecho.
Pretendemos expresar un juicio moral sobre los seres humanos: pretendemos decir algo sobre lo que pensamos que debe ser. “Debemos contemplar el bien de cada ser humano como intrínsecamente igual al de cualquier otro”. Decidimos que debemos tratar a todas las personas como si poseyesen una igual pretensión a la vida, libertad, felicidad y otros bienes e intereses fundamentales. Este principio moral es el que recibe el nombre de igualdad intrínseca.
¿Por qué hemos de adoptar el principio? En primer lugar por razones éticas y religiosas, ya que para muchas personas el principio es consistente con sus creencias y principios éticos más fundamentales. La mayoría de los razonamientos morales, la mayoría de los sistemas de ética, explícita o implícitamente asumen tal principio.
En segundo lugar, para gobernar un Estado muchos de nosotros consideramos cualquier alternativa general al principio de la igualdad intrínseca como no plausible y no convincente. Si se nos plantease que un gobierno se fundamentaría en el principio de superioridad intrínseca de uno, lo rechazaríamos sin dudarlo. Si no perteneciéramos al grupo privilegiado y pudiéramos permitirnos rechazar sin riesgo la pretensión de superioridad intrínseca no consentiríamos libre y conscientemente en un principio tan absurdo.
Las dos primeras razones sugieren una tercera; la prudencia. Un proceso gubernamental que definitiva y permanentemente privilegia un bien e interés propio sobre los de los otros, puede ser atrayente si tuviéramos la seguridad de que nosotros o nuestro grupo siempre acabara prevaleciendo. Pero para muchas personas, ese resultado es tan improbable, o tan incierto al menos, que es más seguro insistir en la idea de que nuestros intereses tendrán igual consideración que los de los demás.
5 Un proceso que garantice una igual consideración para todos podemos concluir razonablemente que será más capaz de asegurar el consentimiento de todos aquellos cuya cooperación necesitamos para conseguir nuestros fines. Si interpretamos la igualdad intrínseca como un principio de gobierno que se justificaba sobre la base de la moralidad, la prudencia y la aceptabilidad, parece que tiene mucho más sentido que cualquier alternativa al mismo.
Capítulo VII. ¿Por qué la igualdad política? II. Competencia cívica Incluso aunque aceptemos la igualdad intrínseca y la igual consideración de intereses como juicios morales razonables, ello no nos lleva necesariamente a aceptar la democracia como el mejor sistema de gobierno.
El contraargumento de la tutela La pretensión de que el gobierno debe remitirse a expertos profundamente comprometidos con el gobierno dirigido al bienestar general y que son superiores a otros en su conocimiento de los medios necesarios para alcanzarlo ha sido siempre el principal rival de las ideas democráticas.
Los defensores se limitan a negar que las personas corrientes sean competentes para gobernarse a sí mismas. Afirman que los expertos en el gobierno, los tutores, serían superiores en su conocimiento del bienestar general y de los medios necesarios para alcanzarlo.
El argumento que favorece la tutela en vez de la democracia fracasa a la hora de tener suficientemente en cuenta algunos de los defectos fundamentales de la analogía:  Delegar en expertos algunas decisiones secundarias no equivale a ceder el control final sobre las decisiones fundamentales.
Los expertos pueden poseer conocimientos que sean superiores al nuestro en algunos aspectos importantes así que razonablemente podremos decir seguir sus recomendaciones. Pero ello no significa que debamos cederle el poder de decidir.
Una cosa es que los cargos públicos busquen la ayuda de expertos; pero otra completamente distinta es que una élite política posea el poder de decidir sobre las leyes y las políticas que estaremos obligados a obedecer.
 Las decisiones políticas hechas por individuos no son equivalentes a las decisiones adoptadas y hechas efectivas por parte del gobierno de un Estado.
La cuestión fundamental en el debate de la tutela frente a la democracia no es si los individuos deben algunas veces confiar en expertos. La cuestión es quién o qué grupo debe tener la última palabra en las decisiones hechas por el gobierno de un Estado. Podremos desear razonablemente trasladar algunas decisiones personales a alguien que sea más experto que nosotros.
Pero de ahí no se deduce automáticamente que sea razonable para nosotros trasladar a una élite política la autoridad de controlar las decisiones fundamentales del Estado.
 Para gobernar bien un Estado se requiere mucho más que un conocimiento estrictamente científico.
La acción de gobierno no es una ciencia en el sentido en el que lo son la física o la química. Prácticamente todas las decisiones importantes sobre políticas exigen juicios éticos y los juicios éticos no son juicios “científicos” en el sentido habitual.
6 Las decisiones sobre políticas requieren casi siempre juicios sobre transacciones alternativas, la ponderación de fines distintos. El decidir cuánto hemos de sacrificar de un objetivo, bien o fin para conseguir alguna medida de otro, necesariamente nos ubica bastante más allá de lo que el conocimiento estrictamente científico es capaz de proporcionarnos.
 Para gobernar un Estado hace falta algo más que conocimiento.
Hace falta también incorruptibilidad, una firme resistencia a todas las enormes tentaciones del poder, una continua e inflexible dedicación al bien público más que a los beneficios para uno mismo o para el propio grupo.
Por muy sabios y dignos que sean los miembros de una élite gobernante dotada del poder de gobernar el Estado cuando acceden a él por primera vez, es posible que en unos pocos años o en unas pocas generaciones acaben abundando en él.
 Diseñar una utopía es una cosa, y otra bien distinta es realizarla.
Cualquier defensor de un régimen tutelar se enfrenta a un conjunto de formidables problemas prácticos; el modo de instaurarse, quién diseña la Constitución y quién la pone en práctica, si el cargo será sucesorio o no y en el caso de que si lo fuera, en qué grado existiría el riesgo de degenerar a una aristocracia del nacimiento, etc.
La competencia de los ciudadanos para gobernar Al rechazar la posibilidad de la tutela se puede concluir que entre adultos, ninguna persona está tan definitivamente mejor cualificada que otras para gobernar como para dotar a cualquiera de ellas de autoridad completa y final sobre el gobierno del Estado.
Si no debemos ser gobernados por tutores, hemos de ser gobernados por nosotros mismos. Toda persona adulta debe poder enjuiciar lo que sea mejor para su propio bien e interés. Esta presunción a favor de la autonomía personal únicamente la aplicamos, sin embargo, a los adultos, no a los niños. Rechazamos también la presunción aplicable a personas de edad adulta, a las que se juzga carentes de una capacidad normal para ocuparse de sí mismas.
Si asumimos que los adultos deben ser dotados del derecho de tomar decisiones personales sobre aquello que corresponda a su mejor interés, ¿por qué no hemos de rechazar esta perspectiva en el gobierno del Estado? La cuestión consiste en si la mayoría de los adultos son suficientemente competentes como para participar en el gobierno del Estado.
Si un gobierno debe otorgar igual consideración al bien de cada persona ¿no deberían todos los adultos tener el derecho de participar en la decisión sobre qué leyes y políticas permitirían alcanzar mejor los fines que buscan, tanto si sus fines se restringen estrechamente a su propio bien como si incluyen el bienestar de todos? Excepto bajo una convincente demostración en contrario, en circunstancias singulares, todo adulto, protegido por el derecho, que esté sometido a las leyes del Estado, debe ser considerado lo suficientemente bien cualificado como para participar en el proceso democrático de gobierno del Estado.
Un quinto criterio democrático: la inclusión Si se nos priva de una voz igual en el gobierno del Estado, hay posibilidades muy altas de que no se dote de la misma atención a nuestros intereses que a los de aquellos que sí tienen voz. Los intereses fundamentales de los adultos a los 7 que se niega la oportunidad de participar en el gobierno no estarán adecuadamente protegidos y promovidos por aquellos que gobiernan.
Para ser democrático, el gobierno de un Estado debe satisfacer el criterio de inclusión plena. El cuerpo de la ciudadanía de un Estado gobernado democráticamente debe incluir a todas las personas sujetas a las leyes de dicho Estado, excepto a los transeúntes y a aquellas que han demostrado ser incapaces de cuidar de sí mismas.
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