1. Conceptos básicos de Psicologia Politica (2015)

Apunte Español
Universidad Universidad Autónoma de Madrid (UAM)
Grado Psicología - 3º curso
Asignatura Psicologia Politica
Año del apunte 2015
Páginas 17
Fecha de subida 22/07/2017
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Conceptos básicos de Psicología Política Socialización política 1.
Introducción “Las ideas políticas —como el consumo de tabaco o alcohol— no aparecen de repente cuando uno cumple dieciocho años”.
Esta frase de Niemi (1973) ilustra la importancia que tienen los primeros años de vida en el proceso de socialización política. Aun siendo esto cierto, no debemos olvidar que realmente el proceso de socialización no se limita a esa etapa del desarrollo. Toda experiencia y acontecimiento en el que se vea implicado el sujeto, tiene capacidad para incidir sobre sus percepción, representación y configuración del mundo social y político. Por este motivo, se puede afirmar que el proceso de socialización no sólo cubre una etapa muy concreta del desarrollo humano, sino que abarca todo el proceso vital de las personas.
La socialización política, que forma parte del proceso más amplio de socialización, hace referencia a dos fenómenos: I.
El desarrollo de sistemas políticos. Desde esta aproximación, el objetivo será conocer cómo las actitudes, creencias, conocimientos, modelos de comportamiento, tendencias conductuales, etc., de los ciudadanos influyen en el sistema político. La definición de Dawson et al. (1977) de socialización política, entendida como “el proceso por el que los ciudadanos adquieren opiniones políticas que tienen consecuencias para la vida política de la nación”, se encuadraría dentro de esta primera perspectiva.
II.
El desarrollo de la identidad política de los individuos.
Percheron (1978) también define la socialización política “como el conjunto de procesos gracias a los cuales todo nuevo miembro de un sistema se crea una cierta representación de su sociedad y de su sistema político, aprende a conocer los valores que constituyen el fundamento de la cultura política de dicha sociedad, adquiere información sobre las normas, reglas e instituciones de esa sociedad y constituye todo un conjunto de actitudes que, más tarde, serán fundamento de su comportamiento político”. Con esta definición, Percheron intenta una integración de los dos aspectos de la socialización aunque se destaca, de modo especial, la vertiente individual del proceso de socialización.
Pero sin lugar a dudas, una de las definiciones que subraya el punto de vista individual del proceso de socialización, obviando el sistema político, es la que nos proporcionan Dawson et al. (1977). Para estos autores la socialización política hay que entenderla “como los procesos a través de los cuales un individuo adquiere sus orientaciones políticas particulares —sus conocimientos, sentimientos y evaluaciones respecto de su mundo político”. 2.
Una breve nota histórica Parece ser ampliamente aceptado que es a partir de la obra de Hyman (1959) Political Socialization, cuando se inicia de modo directo y continuado el estudio de la socialización política. Una de las líneas de investigación que tuvieron un mayor impacto fue la percepción de las figuras de autoridad política. Easton y Dennis (1969), señalan 4 fases: I.
II.
III.
IV.
Politización. En esta fase, los jóvenes son conscientes de que, más allá de su familia y de la escuela, existen autoridades externas que requieren que se les respete y obedezca.
Personalización. La autoridad se comprende mejor por las personas concretas que la ejercen que a través de autoridades colectivas, como parlamento o la judicatura, que resultan más abstractas para los jóvenes. Esta personalización parece estar motivada por las limitaciones cognitivas que presentan los sujetos de esta edad.
Idealización. La idealización con la que los más jóvenes contemplan a las autoridades políticas. Contra lo que años más tarde puede pasar a ser la apreciación más general, los sujetos de esas edades confían en las autoridades políticas y las consideran justas y benevolentes.
Institucionalización. En esta fase los individuos son capaces de comprender la naturaleza e importancia de las propias instituciones como entidades independientes de los individuos. Este paso de la vinculación con las personas a la identificación con las instituciones, que supone la manifestación de un mayor desarrollo cognitivo, resulta obligado para el logro de un sistema democrático en donde las lealtades deben estar dirigidas a las instituciones y no a las personas que provisionalmente están al frente de ellas.
Easton y Dennis asumen que la politización, la personalización y la institucionalización deben ser universales, mientras que la idealización está más relacionadas con ciertos grupos y sectores sociales. Este planteamiento resulta bastante lógico: aquellas fases que consideran universales son las más relacionadas con el desarrollo cognitivo del sujeto. Por el contrario, la idealización es una actitud hacia la autoridad y no está vinculada con la transformación del pensamiento de los individuos. Por esta razón, la idealización no puede considerarse como una etapa que exista en todo momento y lugar, sino que depende del tipo de relación que exista entre la autoridad y los ciudadanos.
En la década de los 70 los investigadores mostraron su interés por temas como los grupos minoritarios y el sistema de absurdo que grupos sociales que permanecen en situaciones precarias valores. Para Rodríguez Sería (1988), los estudios de los 70 sobre socialización política tienen las siguientes características: por culpa de determinadas medidas adoptadas por los responsables políticos, mantuviesen actitudes de idealización respecto a esas autoridades.
Conceptos básicos de Psicología Política • • • La edad adulta va a ser también objeto de atención, en contra de la creencia de la década anterior que afirmaba que lo relevante eran los primeros años y que las posibilidades de cambio eran menores a mayor edad.
Se analizan los efectos de los ciclos vitales y los de mentalidad de la época (ej.: se analizan relaciones entre actitudes y edad, nivel de participación política y edad, etc.). A diferencia de los ciclos vitales, que hacen alusión a diferencias individuales, la mentalidad de la época alude a experiencias o creencias colectivas que caracterizan una época determinada y que ejercen una evidente influencia sobre las actitudes de los sujetos.
Se le concede una enorme transcendencia a todos aquellos hechos socio-políticos capaces de despertar el interés de la opinión pública.
En la revisión de estudios sobre socialización política, Cadenas (1991) afirma que las diversas investigaciones responden a dos concepciones básicas del proceso de socialización: • • 3.
Los planteamientos dominantes sobre el estudio de la socialización política se han centrado en la dependencia directa del individuo respecto de la sociedad y en la influencia específica de sus agentes sobre las creencias políticas de los niños y adolescentes. Esta posición defiende la primacía de la sociedad sobre el individuo.
Frente a la posición mayoritaria, existiría otra posición que coloca el acento en las interacciones del sujeto con los escenarios sociales donde éste se levanta dejando en lugar relevante el desarrollo cognoscitivo como proceso insoslayable a la hora de analizar la socialización política.
Marcos generales de la socialización política Merelman (1986) comparara las consecuencias que para la socialización tienen cuatro de las grandes teorías políticas: • En la teoría de sistemas los actores son los líderes políticos, que son considerados como figuras justas y benevolentes, y los seguidores, que se caracterizan por su lealtad al sistema. Las actitudes de deferencia y respeto hacia la autoridad se desarrollarían en los jóvenes como un proceso psicológico normal, apoyado en los modelos positivos de autoridad que observa en la familia y en la escuela.
Merelman (1986) revisa diferentes trabajos para comprobar el apoyo empírico con el que cuentan varias de las hipótesis que se deducen de ese planteamiento teórico. Así, en lo referente a líderes benevolentes, los resultados muestran cambios significativos en la opinión que tienen los jóvenes en distintos momentos históricos sobre diversas figuras de autoridad. Estos datos llevan Merelman a concluir que la hipótesis se ve confirmada.
Por lo que atañe a la confianza política y a la evaluación de los líderes, se hacen precisas más investigaciones que permitan delimitar la relación e estos aspectos con el proceso de socialización política.
• La teoría hegemónica está íntimamente relacionada con las formulaciones marxistas y con el planteamiento de que las ideas de las clases gobernantes son las que dominan en los diferentes momentos históricos. Desde esta perspectiva, el proceso de socialización tendría tres aspectos de interés: la manipulación en el proceso de socialización, el contenido y la calidad del aprendizaje político y los orígenes económicos de la socialización.
La teoría de sistemas y la hegemónica comparten el supuesto de la influencia de agentes externos en el proceso de socialización. Sin embargo, desde la teoría hegemónica se afirma que eso responde a una estrategia deliberada y sistemática de influencia que es realizada por distintos agentes, como la escuela y los medios de comunicación. En relación a la escuela, algunas de las cuestiones que enfatizan los teóricos de la hegemonía son la existencia de un currículum que favorece los valores dominantes, la difusión de ideas que afirman la justicia social y que provoca la desmovilización de grupos socialmente menos favorecidos, y la presencia de un “currículum oculto” consistente en prácticas y comportamientos educativos informales que refuerzan ciertos hábitos y valores sociales (ej.: competitividad, sumisión a la autoridad, etc.). En el caso de los medios de comunicación, los teóricos también identifican un tratamiento informativo y formativo que favorece de manera clara a los intereses sociales, políticos y económicos de la clase dominante.
• La teoría pluralista establece que los protagonistas son los partidos políticos y los grupos de interés que tratarán de obtener el apoyo del conjunto de los ciudadanos. Por su parte, los ciudadanos apoyarán aquellas alternativas que mejor defiendan sus intereses. Los principales agentes de socialización serán la familia, la escuela, los medios y los diferentes grupos políticos. De acuerdo con esta teoría, el proceso de socialización tendrá los siguientes resultados: favorecerá el desarrollo de identificaciones partidarias duraderas, ayudará al aprendizaje de las orientaciones políticas, incrementará la tolerancia hacia la diferencia y aumentará la participación.
• La teoría de conflicto establece la existencia de dos formas básicas de conflicto: o El conflicto generado entre los grupos que ocupan distintas posiciones en la escala social.
Conceptos básicos de Psicología Política o El conflicto entre iguales, que sería el caso de los sujetos que actúan de forma diferente al resto de miembros del grupo o categoría social a la que pertenecen.
El modelo de conflicto hace especial hincapié en la toma de conciencia de los individuos respecto a la posición social y al grupo del que forman parte. Esa toma de conciencia sólo es posible que tenga lugar a través de un proceso de comparación entre el propio grupo y los demás. En este proceso de comparación, y como establece Tajfel (1984), pueden producirse fenómenos de favoritismo endogrupal y de discriminación exogrupal.
La revisión de Merelman (1986) de los modelos sociales y los procesos de socialización, concluye con la afirmación de que ninguno de ellos, por sí mismo, puede dar cuenta de esta realidad. En todas estas aproximaciones, el proceso de socialización se considera de modo jerárquico y vertical; esto es, son los padres los que influyen sobre sus hijos, los profesores sobre los estudiantes, etc. Frente a esta posición, Merelman defiende la necesidad de un nuevo modelo, la teoría lateral de la socialización: “el desarrollo de agentes de socialización conectados horizontalmente que compiten entre sí para influir en los jóvenes y, en el proceso, presentan imágenes distintas de la sociedad”. Desde esta perspectiva, el individuo no está a merced de fuerzas que le empujan a un tipo u otro de socialización, sino que tendrá capacidad para elegir entre distintos agentes de socialización que están compitiendo para ejercitar esa labor.
4.
Modelos teóricos de socialización política Torney y Hess (1981) plantean 4 modelos para explicar la socialización política, que se basan en el tipo de relación que mantienen los dos elementos centrales de este proceso: los agentes socializadores y el individuo objeto de esa influencia.
• El modelo de identificación asume que el proceso de socialización se realiza de modo vertical, transmitiendo los conocimientos y valores de una generación a otra. Las teorías de aprendizaje que tienen, en este caso, una mayor relevancia son las relacionadas con el aprendizaje vicario. Los sujetos aprenden determinadas conductas imitando la conducta de los otros, especialmente de las personas que tienen más próximas. Bandura (1971) señala que son precisas cuatro condiciones para que la conducta del modelo sea imitada por el sujeto.
o o o o Prestar atención a la conducta emitida por el modelo Retener el comportamiento que ha sido observado.
Contar con las capacidades y habilidades precisas para poder reproducir la conducta imitada.
Considerar que las creencias que se derivan del comportamiento del modelo son satisfactorias.
Al margen de estas condiciones, hay que tener en cuenta la atracción que los sujetos sientan por el modelo y el tipo de consecuencias que tengan las conductas que éste realice. Una diferencia importante entre esta teoría y la de identificación, es que en la primera la imitación del sujeto se reduce a conductas específicas del modelo.
Sin lugar a dudas, la teoría cognitiva es una de las más profusamente utilizadas para explicar la socialización política. El reconocer la existencia de distintos momentos en el desarrollo cognitivo, nos permite una mejor comprensión de las respuestas actitudinales que se producen en momentos diferentes de la vida de los sujetos.
Piaget (1932) fue el pionero en este tipo de trabajos, señalando la existencia de tres fases por las que pasará el niño en su percepción de las reglas sociales: I.
II.
III.
El niño identifica cosas que le están permitidas y aquellas otras prohibidas, pero es incapaz de reconocer la fuente que sustenta y origina estas normas.
El niño considera que las normas existentes tienen un carácter de “inmutabilidad” y que por ello son la única alternativa válida de comportamiento. No se cuestiona el origen de estas reglas ni la posibilidad de su modificación.
El niño descubre que las reglas que existen en los juegos han sido establecidas convencionalmente; son producto de una aceptación por parte del grupo, por lo que son de esa manera pero podrían ser de otra.
Otro de los planteamientos importantes para la socialización política está relacionado con el desarrollo moral.
Kohlberg señaló la existencia de tres etapas en el desarrollo moral: I.
II.
Moralidad preconvencional. Característica de los sujetos hasta los 9 años, las normas y las reglas se consideran como algo externo a uno mismo. Este nivel está compuesto por otros dos niveles: i.
Orientación hacia el castigo y la obediencia ii.
Intercambios interesados Moralidad convencional. El individuo asume que las reglas existentes en la sociedad son compartidas por todos los sujetos que en ella viven. Los sujetos internalizan esas normas y las cumplen, no tanto por el Conceptos básicos de Psicología Política temor a un castigo sino por su valor intrínseco. Según Kohlberg, en esta fase de desarrollo, que está compuesta por otros dos niveles, se encuentran la mayoría de las personas.
i.
ii.
III.
Estadio de mantenimiento de unas buenas relaciones interpersonales Estadio de mantenimiento del sistema social, incluyendo las relaciones de autoridad.
Moralidad post-convencional. Se da una aceptación de las normas imperantes en la sociedad, pero junto a ello, las personas desarrollan principios morales propios. En caso de conflicto entre las normas sociales y los principios personales, los sujetos tenderán a defender éstos últimos.
i.
ii.
Nivel de moralidad del contacto social y derechos del individuo Nivel de moralidad de los principios éticos universales Kohlberg afirma que la mayoría de los sujetos en la sociedad occidental se encuentran en el estadio cuarto del desarrollo moral, caracterizado por la defensa del sistema social vigente y el recurso, si es preciso, al castigo para los disidentes. Por ello, las actitudes de esas personas son fundamentalmente normativas, determinadas por las autoridades. Es más, Nassi et al. (1983) comprobaron la relación existente entre el desarrollo moral y las distintas orientaciones políticas. Observaron que los sujetos situados en el nivel de desarrollo moral convencional obtuvieron puntuaciones más altas en el factor del conservadurismo político-económico. Por su parte, los sujetos de desarrollo moral post-convencional obtuvieron puntuaciones más altas en radicalismo y activismo político.
Por las razones anteriormente apuntadas, una forma adecuada de entender el desarrollo moral y actitudinal es concebir ambos procesos como producto, no de un desarrollo intelectual en el vacío, sino como resultado de un ambiente sociocultural en el medio en el que se desarrolla el sujeto. Pero esto no es un obstáculo para el reconocimiento de que es preciso la existencia de determinado grado de desarrollo cognitivo e intelectual en las personas para que se produzca la asimilación de ciertos esquemas y pautas comportamentales del entorno.
5.
Agentes de socialización Los trabajos sobre socialización política han estudiado los siguientes agentes de socialización: • La familia ha sido considerada como el principal agente de socialización. Al constituir un grupo primario básico del individuo y al existir unas fuertes relaciones afectivas entre sus miembros, se consideró que era el elemento fundamental en la configuración de las actitudes y creencias de los sujetos. Sin embargo diversos trabajos vienen a cuestionar esta creencia tan generalizada sobre el enorme poder de influencia de la familia; Jennings y Niemi (1966) concluyen que los hijos no pueden considerarse una “carbón-copy” de sus padres.
Es preciso reconocer el cambio sustancial que en los últimos años se ha producido dentro de ese grupo primario: los padres, especialmente la madre, pasan un menor tiempo con sus hijos, otras personas e instancias (cuidadoras, guarderías, televisión, etc.) han incrementado su presencia en la vida de los más jóvenes, etc. Todo esto conduce a que la familia ha dejado de ser, como ocurría hace algún tiempo, el referente exclusivo para los sujetos menores.
Pero esto no significa que no exista influencia, sino que esa influencia no se manifiesta de una forma tan lineal y directa como se pensaba.
Uno de los elementos más importantes a considerar dentro de la familia, es el tipo de relación que establecen padres e hijos. Esta relación hay que entenderla en sus distintas facetas: tipo de comunicación, autonomía del niño, nivel de experiencia, etc. En definitiva, nos estamos refiriendo a las prácticas de crianza. Fue Baumrind en los años 70 quien definió tres estilos conductuales propios de los padres en la relación con sus hijos: o o o Estilo autoritario. Los padres autoritarios exigen de sus hijos una obediencia total, un respeto a la autoridad y el mantenimiento del orden. Todas estas exigencias son impuestas sin explicación ni razonamiento.
Estilo con autoridad. Los padres con autoridad explican a sus hijos las razones de sus prohibiciones e intentan, a través del diálogo y la argumentación, modificar aquellas conductas consideradas indeseables. Tratan de fomentar la independencia y la seguridad en sus hijos, pero no dudan en ejercer su autoridad.
Estilo permisivo. Permiten a sus hijos comportarse de acuerdo a sus deseos y les consultan continuamente sobre las decisiones a adoptar. El nivel de exigencia es mínimo, y solo en muy contadas ocasiones recurren al uso de la autoridad.
Los jóvenes más independientes y con mayor nivel de responsabilidad son los procedentes de • familias con autoridad.
Los menos independientes con unimportante nivel medio en de el responsabilidad La escuela es otro agente que parece llamado a jugar unypapel proceso de socialización política.
eran los de las familias autoritarias.
Finalmente, los criados en un medio permisivo eran poco en esta línea de Sin embargo, Rodríguez (1988) apunta algunas dificultades con las que nos encontramos responsables y menos independientes que los de las familias con autoridad.
investigación, como que cuando el niño llega a la escuela lleva ya unas actitudes condicionadas por la familia y que además el niño está expuesto a la influencia de múltiples agentes y de factores de evolución del propio sujeto.
Conceptos básicos de Psicología Política La escuela interviene de diferentes maneras en el proceso de socialización. Una de ellas es a través de la información concreta y puntual que transmite sobre el funcionamiento del sistema, derechos, reglas, etc. En segundo lugar, como espacio en el que los niños experimentan relaciones de poder y autoridad, al margen de su propia familia. Por último, este ámbito resulta especialmente importante para el aprendizaje de la participación. Para los críticos, la escuela no desempeña una influencia directa y lineal sobre las actitudes y creencias políticas de los estudiantes. Por ello, no sería la socialización manifiesta sino la latente la que se mostraría más relacionada con las creencias desarrolladas por los jóvenes.
• El grupo de compañeros es el último agente de socialización al que vamos a hacer referencia. Piaget atribuyó gran importancia al juego y a las relaciones con el grupo de compañeros en el desarrollo del juicio moral. A través de estas relaciones se es consciente de las opiniones y derechos de los demás, lo que incide en un mayor conocimiento de las prácticas democráticas.
Participación política 1.
Introducción La participación de los ciudadanos en la toma de decisiones políticas es consustancial al concepto de democracia. Las diversas versiones sobre la democracia y el alcance que debe tener la participación de los ciudadanos, permite la existencia de diferentes interpretaciones de la participación política. Nuestro propósito como científicos sociales es analizar y explicar los modos de incidencia política a los que recurren los sujetos, más allá de que esos comportamientos respondan a los ideales democráticos tal y como son postulados por distintas corrientes de pensamiento.
2.
Concepto de participación política Es preciso establecer algún tipo de definición sobre la clase de fenómenos que queremos analizar. Por ejemplo, el estudio de Verba y Nie (1972) establece que todas las acciones políticas analizadas comparten la característica de resultar convencionales. Booth y Seligson (1978) consideran también formas de participación política a las actividades realizadas en el seno de la propia comunidad. Klandermans (1983), por su parte, concluye que una de las dificultades en la evaluación de estos trabajos radica en los modos tan diversos en que ha sido operacionalizada la variable acción política. Todos ello confirma la diversidad de enfoques que caracteriza el estudio de la participación política.
En un intento por llegar a una máxima clarificación en cuanto al concepto de participación política, Conge (1988) señala que las discrepancias se plantean en torno a los siguientes puntos: • • • Formas activas versus pasivas Conductas agresivas versus no agresivas Objetivos gubernamentales versus no gubernamentales • • • Objetos estructurales versus no estructurales Acciones dirigidas versus voluntarias Intenciones versus consecuencias no esperadas Algunos autores incluyen dentro de la participación política cuestiones tales como sentimientos de patriotismo, conciencia política, etc., mientras que otros aluden exclusivamente a manifestaciones conductuales. Frente a este planteamiento, Conge defiende la utilización del término participación política para las conductas realizadas por los sujetos y no para las áreas actitudinales o de conciencia política. En este sentido, estas variables pueden ser utilizadas como elementos explicativos de la acción política, pero no serían en sí mismas modos de participación. Respecto a la concienciación política, se destaca el papel de este factor para la movilización política, pero ello, de nuevo, no debe ser confundido con la propia participación.
Otro tema polémico tiene que ver con la inclusión o no dentro del concepto de participación de aquellas acciones que implican violencia política. El obviar los modos de participación violenta supone la no consideración y, por tanto, el abandono de unas formas de participación que están presentes en el ámbito político y que son de sumo interés para el científico social. La propuesta de Conge es la de mantener su estudio bajo la denominación de conducta agresiva y descartar otras denominaciones como participación ilegal, no institucional, etc. En la misma línea Sabucedo (1989) afirma que la clasificación de las acciones políticas en categorías como convencional—no convencional, legal–ilegal, etc., carecen de sentido por estar sujetas a condicionamientos sociales y resultar demasiado elementales.
Un nuevo punto de controversia señalado por Conge (1989) se refiere a la inclusión, dentro de la categoría de participación política, de las actividades de apoyo y de rechazo al sistema y las decisiones políticas. La propuesta en este caso es doble y se plantea desde una óptica no exclusivista.
Conceptos básicos de Psicología Política • • En primer lugar, si la participación política recoge actividades que se enfrentan al sistema o a ciertas decisiones políticas, no parece existir ninguna razón de fondo para no incluir también a las acciones destinadas a apoyar y sustentar esas estructuras o decisiones.
En segundo lugar, tampoco parece estar justificado limitar el ámbito de actuación de los sujetos al simple cuestionamiento de las decisiones políticas. Las acciones emprendidas por individuos o grupos pueden estar destinadas a alcanzar unos objetivos mucho más ambiciosos. Así, por ejemplo, lo que puede entrar en juego y ser motivo de polémica, es la misma esencia y naturaleza del sistema político. En este sentido, podrían diseñarse estrategias de incidencia política que supusieran un desafío a las estructuras existentes.
Otro aspecto objeto de debate tiene que ver con la inclusión o no de las actividades desarrolladas en la comunidad.
Para algunos autores, como Verba y Nie (1978), esto constituiría una de las categorías de participación política. El problema que se plantea es que si estas acciones carecen de carácter reivindicativo frente a las autoridades, difícilmente pueden ser calificadas de participación política. Conge rechaza la consideración de las actividades de la comunidad como formas de participación política basándose en la siguiente argumentación: • • • La política supone relaciones de poder y autoridad Los actores principales en esas relaciones de poder y autoridad son los gobiernos de los estados.
La política se refiere al gobierno de los estados; por tanto, la participación política implica aquellas conductas que se realicen dentro de ese ámbito.
Respecto al quinto punto, no parece resultar de gran utilidad, desde el punto de vista de la limitación del concepto de participación política, el establecer si una acción es iniciada de forma voluntaria o si está fomentada y respaldada por las instancias de poder. Desde esta perspectiva, lo importante es la intención que tengan los sujetos de incidir en la vida política, al margen de si esa intención es o no inducida.
Finalmente, se plantea el debate en torno a la inclusión en la definición de participación política de variables como interacción y consecuencias de la acción. Conge afirma que ninguno de esos dos aspectos debe ser tenido en cuenta a la hora de referirnos a ese tipo de actividades. Lo importante, según este autor, sería los actos que se realizan, no la intención que tuviesen los sujetos ni las consecuencias de los mismos. Las intenciones, afirma Conge, pueden explicar por qué la gente participa mientras los resultados explican las consecuencias de la participación política. Parece obvio que el tema de las consecuencias de la acción debe ser excluido de cualquier definición que se quiera dar de participación política. Los resultados de esas actividades no pueden estar determinando su adscripción a la categoría de participación política; entre otras razones, porque los efectos de un determinado acto de participación o movilización política dependen de muy diversos factores.
Teniendo en cuenta todo lo expuesto hasta este momento, la participación política cabría definirla como aquellas acciones intencionales, legales o no, desarrolladas por individuos y grupos con el objetivo de apoyar o cuestionar a cualquiera de los distintos elementos que configuran el ámbito de lo político: toma de decisiones, autoridades y estructuras.
3.
Modalidades de participación política Los primeros trabajos sobre participación política tendieron a considerar un número bastante limitado de formas de acción. En concreto, las modalidades de objeto de análisis fueron las vinculadas con el proceso electoral. Prueba de ello es la escala de participación política de Campbell et al. (1954). En esa escala se recogen cinco ítems, todos ellos claramente relacionados con las actividades desarrolladas durante las campañas electorales: votar, acudir a mítines, apoyar económicamente a algún partido o candidato, trabajar para algún partido y convencer a otros para votar por algún candidato o partido determinado.
Sin lugar a dudas, el estudio de esas modalidades de participación política resulta de interés, sobre todo teniendo en cuenta que la participación electoral es la forma más habitual de incidencia política en las sociedades democráticas.
Pero también debemos estar de acuerdo en que limitar el análisis de la participación política a esas formas de actividad supone restringir en exceso y distorsionar el ámbito de la acción política. A partir de la década de los 60, se asiste al incremento de forma de acción política que poco tienen que ver con las modalidades más ortodoxas de participación.
Este hecho obligó a los investigadores a prestar atención a esas nuevas formas de incidencia política.
La distinción más habitual se establece entre medios convencionales versus no convencionales de participación. En el trabajo transcultural de Barnes, Kaase et al. (1979), la participación política convencional se refiere a circunstancias relacionadas con el proceso electoral, mientras que la participación no convencional se refiere a hacer peticiones, manifestaciones legales, boicots, huelgas ilegales, daños a la propiedad, violencia personal, etc.
Conceptos básicos de Psicología Política La clasificación de las formas de participación política en convencionales y no convencionales, presenta diversos problemas. Por ejemplo, el listado de actividades recogido dentro de cada una de esas dos categorías resulta demasiado heterogéneo. Así, en la participación política convencional se señalaban desde el simple acto de votar hasta el acudir a los mítines; y en la participación política no convencional se situaban conductas tan dispares como manifestaciones legales y violencia personal, por citar solo algunos ejemplos.
Respecto a la participación política convencional, varios estudios han mostrado que el voto constituye una actividad claramente diferenciada de las anteriores. Otro dato que respalda la tesis de que el voto es una actividad sui generis es que, en el trabajo de Milbrath (1968), la conducta de voto parece asociada a afirmaciones de claro contenido patriótico tales como “amo a mi país”, “aunque no esté de acuerdo apoyo a mi país en las guerras”, etc. En cuanto a los otros tipos de actividad política convencional, en algunos estudios se presentan datos que apoyan la existencia de agrupamientos claramente diferenciados. Así, Verba y Nie (1972) señalan que la participación política no debe considerarse como un modelo unidimensional, sino como un modelo compuesto por cuatro factores: actividades en campañas políticas, actividad comunitaria, contactos con la administración, y conducta de voto.
Por lo expuesto hasta este momento sobe la cuestión de la multiplicidad de actividades que aparecen recogidas en la categoría de participación política convencional, cabría hacer dos consideraciones: • • El voto es la conducta política claramente diferenciada del resto de formas de incidencia política Ese acuerdo generalizado sobre este punto no se hace extensivo al resto de esta problemática. Así, mientras que para Verba y Nie (1972) y Milbrath (1981) la participación política convencional está constituida por factores independientes, para Marsh y Kaase (1979) existe autodimensionalidad en este tipo de actividad.
Sin embargo, no podemos ser tan ingenuos como para creer que esos patrones conductuales (recogidos en los estudios) tienen una naturaleza universal y se presentan del mismo modo en cualquier tiempo y lugar. Antes al contrario, debemos sospechar que este tipo de actividad está íntimamente vinculada a distintos momentos históricos, sociales y culturales. De hecho, y tal como se muestra en el trabajo de Marsh y Kaase (1979), la unidimensionalidad de la escala de participación política era más débil en EE.UU. que en los países europeos. Teniendo en cuenta que el trabajo de Verba y Nie se limitó a los EE.UU., los resultados de ambos informes ya no resultan tan contradictorios. Por otra parte, también debemos tener presente que el tipo de actividades recogidas en ambos estudios eran ligeramente diferentes, con todo lo que ello supone de distinto enfoque o concepción del tema.
Respecto a la participación política no convencional, lo más llamativo es la heterogeneidad de actividades que se encuadran bajo ese rótulo. Buena prueba de ello es que Muller (1982) clasificó a varias conductas políticas no convencionales junto a las convencionales, en la categoría de participación democrática y legal; mientras que otras conductas no convencionales eran adscritas a la categoría de participación ilegal y agresiva. Queda claro, pues, la naturaleza diferenciada de los distintos tipos de actividades no convencionales. Un grupo de ellas se mueve dentro de la legalidad, en tanto que otras se enfrentan abiertamente a la misma.
Schmidtchen y Uhlinger (1983) utilizaron el escalamiento multidimensional y el análisis de clusters como estrategia metodológica para descubrir las dimensiones de la participación política. Los resultados muestran la existencia de dos grupos de conductas claramente diferenciadas: las legales y las ilegales. Pero más importante que esto es el hecho de que en el grupo de las conductas legales aparecen algunas actividades no convencionales, y en el grupo de las conductas ilegales se diferencian claramente las actividades violentas y las que no lo son. Por esta razón parecía necesario contar con una nueva tipología de las formas de participación política.
Por tal motivo, Sabucedo y Arce (1991) realizaron un estudio tendente a identificar las principales modalidades de actividad política. En esa investigación se les pidió a los sujetos que señalasen la proximidad percibida entre diferentes modos de participación política. La lista que se presentó a los sujetos recogía los siguientes estímulos: votar, acudir a mítines, convencer a otros para votar como uno, enviar cartas a la prensa, manifestaciones autorizadas, no autorizadas, boicots, huelgas autorizadas, no autorizadas, violencia armada, daños a la propiedad privada, ocupación de edificios y cortes de tráfico. Como puede verse, la lista contenía tanto acciones legales como ilegales.
Los resultados alcanzados apuestan por la existencia de cuatro tipos de participación política: • • Persuasión electoral. Conductas muy vinculadas a las campañas electorales, en donde el sujeto es o bien el agente de influencia (convencer a otros para votar como uno) o el objeto de la misma (acudir a mítines).
Participación convencional. Actividades que tienen como denominador común el hecho de que se trata de acciones que se mantienen dentro de la legalidad vigente y que tratan de incidir en el curso de los acontecimientos político-sociales (ej.: votar, escritos a prensa, manifestaciones y huelgas legales, etc.).
Conceptos básicos de Psicología Política • • Participación violenta. Formas de participación políticas violentas: daños a la propiedad privada y violencia armada.
Participación directa pacífica. Actividades que si bien pueden desbordar el marco de la legalidad establecida no son necesariamente violentas: ocupación de edificios, boicots, cortes de tráfico y manifestaciones y huelgas no autorizadas.
Una vez identificados los principales modos de participación política, es conveniente analizar el grado de apoyo y respaldo con el que cuenta cada uno de ellos.
4.
Incidencia de los distintos modos de participación política Existen múltiples maneras de incidir en el proceso político; muchas de ellas han ido adquiriendo importancia en los últimos años, a medida que los sujetos se mostraban más proclives a intervenir en la esfera de lo político. Uno de los más interesantes ha sido la adopción de estrategias de acción política que desafiaban abiertamente la legalidad vigente o que no recurrían a los canales más ortodoxos y tradicionales de participación. Este cambio en los modos de actuación política ha motivado la realización de trabajos destinados a conocer el potencial de protesta de la población y el respaldo social con el que cuentan (ej.: British Social Attitudes Reports).
En nuestro país, Páez y Echebarría (1986), trabajando con adolescentes de la Comunidad Autónoma Vasca, encontraron que esos jóvenes se muestran más dispuestos a participar en las manifestaciones, seguido por las huelgas y la firma de escritos de protesta. Las actividades que cuentan con menos apoyo son el bloqueo de tráfico, boicots y ocupación de edificios.En el trabajo de Sabucedo, Arce y Rodríguez (1992) con jóvenes gallegos se planteó una pregunta similar a la anterior, aunque incluyendo formas más extremas de acción política, con el siguiente resultado: Firmar cartas de protesta Participar en boicots Asistir a manifestaciones legales Participar en huelgas ilegales Ocupar edificios o fábricas Daños a la propiedad Usar la violencia personal Lo haría 67.3% 21.8% 61.8% 21.2% 14.9% 2.2% 2.7% Podría hacerlo 26.6% 35.6% 28.1% 34.7% 35.6% 8.5% 9.5% Nunca lo haría 6.1% 41.9% 9.6% 43.7% 49% 88.8% 87.3% Lo que es importante retener de los resultados anteriores, no es tanto el dato concreto relativo a una determinada forma de acción política, sino la tendencia que los mismos parecen indicar. Tal y como se pone de manifiesto, existe un elevado potencial de protesta para la realización de actividades políticas no convencionales muy concretas (las que no suponen ningún tipo de violencia). Hay que recordar que lo relevante no es el punto porcentual arriba o abajo que obtenga una de esas formas de incidencia política, sino la disposición de los sujetos a implicarse en un tipo u otro de acciones.
Los datos anteriores avalan los resultados de aquellos trabajos de los 70 que predecían el incremento de las formas no convencionales de participación política. Considerando el conjunto de resultados que hemos expuesto, caben pocas dudas respecto a la ampliación del repertorio de actividades políticas de los sujetos. Estos no se limitan a esperar a ser convocados por el sistema para expresar su opinión (tal y como ocurre en las consultas electorales), sino que demandan una presencia más directa en la toma de decisiones políticas. La legalidad/convencionalidad de las acciones no parece ser un freno para que los sujetos recurran a ellas si las consideren oportunas. Dicho esto, también hay que señalar que la naturaleza violenta o no de esos comportamientos determina su nivel de aceptación por parte de los ciudadanos.
Participación electoral y conducta de voto 1.
Introducción La participación electoral es la forma más común a la que recurren los sujetos para tratar de tener incidencia en la vida política. Además, esa es la vía más usual que oferta el sistema para que los ciudadanos expresen su opinión sobre los asuntos públicos. Lo anterior hace que el interés científico por la participación electoral esté plenamente justificado, especialmente en aquellos casos en que el nivel de abstención sea tan elevado que pueda llevar a determinados actores de la vida política a cuestionar la legitimidad de un gobierno, de una acción legislativa, etc. En tales casos, la participación electoral, o mejor dicho, la abstención electoral, puede suponer un serio problema político. Sin embargo, Sabucedo (1988) señaló que para determinadas ópticas ideológicas, la abstención electoral no es un problema en cuanto no suponga un desafío a la estabilidad o eficacia del sistema.
2.
Determinantes de la participación electoral Conceptos básicos de Psicología Política Tradicionalmente, las variables explicativas de forma de participación se agrupan en tres grandes categorías: sociológicas, psicosociales, y ambientales o de contexto socio-político. De estas tres categorías, la psicosocial se revela, en principio, como la más sustantiva, por lo que la desarrollaremos a continuación.
Ø Variables psicosociales Desde los primeros estudios realizados para conocer las causas de la participación política, se señaló a la variable de eficacia como una de las posibles responsables de ese tipo de conducta. El sentimiento de eficacia política sería justamente lo contrario del concepto de powerlessness. Por otra parte, tanto el sentimiento de eficacia como el de powerlessness estarían comprendidos en la teoría sobre las expectativas de control sobre los refuerzos de Rotter (1966), de ahí que utilicemos en este apartado ambos conceptos indistintamente.
En uno de los trabajos pioneros sobre esta temática, Campbell et al. (1960) elaboraron una escala de eficacia política. Los ítems de esa escala hacen referencia a los siguientes aspectos: el interés de los políticos por las opiniones de los ciudadanos, la confianza en el voto como medio de incidencia política, y el grado de complejidad del mundo político.Los resultados obtenidos con este instrumento de medida mostraron que la eficacia política incidía positivamente en la participación convencional, incluida la electoral. En este trabajo se alude a la eficacia como si fuese una variable única. Sin embargo, trabajos posteriores como los de Wolsfeld (1986), señalan dos tipos de eficacia política: • La eficacia interna, que sería la creencia del individuo sobre la capacidad que tiene para incidir en el sistema. La eficacia interna resulta similar al concepto de competencia cívica formulado por Almond y Verba, para referirse a la autopercepción de los sujetos de su nivel de eficacia y destrezas para la participación en la vida política. Estudios recientes parecen indicar que la eficacia externa resulta más significativa que la interna para explicar la participación política.
• La eficacia externa, que sería la evaluación del individuo del nivel de sensibilidad del sistema. La importancia que ha cobrado esta variable se manifiesta en el hecho de que algunos autores recurren a ella para plantear una tipología de acción política en la que se identifican cuatro tipos de sujetos: o o o o Sujetos inactivos, que son los que atribuyen poca eficacia tanto a las acciones que se desarrollan dentro del sistema como fuera de él.
Sujetos conformistas, que valorarían positivamente la eficacia institucional y negativamente la de movilización.
Sujetos disidentes, que, al contrario que los conformistas, manifestarían poca eficacia institucional y alta eficacia de movilización.
Sujetos pragmáticos, quienes puntuarán alto en ambos tipos de eficacia, de lo que se deduce que recurrirán a una u otra indistintamente.
Los trabajos de Rotter sobre las expectativas de control sobre los refuerzos supusieron el desarrollo y la aplicación del constructo locus de control a áreas muy diferentes, entre las que cabe citar el contexto político.
Según Rotter, Seeman y Liverant (1962), los sujetos de locus de control interno, al interpretar los distintos acontecimientos como resultado de su propia responsabilidad, tenderán a incidir en el curso de los eventos políticos, mientras que los sujetos de locus de control externo se sentirán inclinados a la inhibición debido a que, para ellos, es el azar, el destino u otros poderosos los causantes de que los hechos ocurran de un modo determinado. Por tanto, se podría concluir que el locus de control interno favorece la participación política mientras que el locus de control externo provoca la inhibición política de los sujetos. Pero como casi siempre ocurre en las ciencias sociales, los planteamientos no son tan lineales ni tan simples.
En un intento de respuesta a estos resultados aparentemente contradictorios, Klandermans (1983), analiza un número importante de estudios sobre la relación entre locus de control y participación política. De acuerdo con este autor, el constructo del locus de control interno-externo establece la hipótesis de la eficacia, según la cual las personas con sentimientos de control interno se mostrarán más proclives a la participación, pero que también cabe esperar que, bajo determinadas circunstancias, aquellos con locus de control externo se muestren políticamente activos. Este último caso ocurriría bajo el supuesto de la hipótesis de la formación de poder, según la cual la participación en la esfera política de las personas con locus de control externo tendría como finalidad, precisamente, la reducción de esos sentimientos. Para Klandermans, la hipótesis de la formación de poder será la responsable de la participación cuando los sujetos perciban, sobre una base ideológica u objetiva, su falta de poder, mientras que la hipótesis de la eficacia se aplicaría a los individuos que consideran que tienen capacidad de incidencia.
La confianza política es otra de las variables que tradicionalmente se han utilizado para explicar la participación electoral. La naturaleza de este tipo de participación consiste en que los ciudadanos delegan su poder en una serie de personas para que defiendan sus intereses. Esta delegación de poder sólo es posible si Conceptos básicos de Psicología Política existe una actitud de confianza de los representados hacia los representantes. Pero también se ha encontrado que la desconfianza política se relaciona de modo positivo con la participación política convencional, entre la que habría que incluir a la participación electoral.
La obligación cívica y la identificación con el partido están también asociadas a la participación electoral. En el caso de la obligación cívica se produce una interiorización de las normas de funcionamiento imperantes en una sociedad, y se asume la necesidad de responder positivamente a las demandas que se planteen desde el sistema.
Por tal motivo, la participación electoral, cauce de consulta y participación de los ciudadanos que es fomentado desde el poder, será especialmente sensible a la influencia de los sentimientos de obligación cívica. Esta actitud de los sujetos tendrá especial relevancia en aquellas formas de actuación políticas más convencionales, ya que éstas son la espina dorsal del sistema y las más solicitadas. Respecto a la identificación con las diferentes instancias del ámbito político (ej.: sistema, partidos políticos), cabe destacar que este proceso tiene como resultado que los sujetos realicen aquellas conductas que le son demandadas desde esas instancias. Concretamente, la identificación con el partido supone una fuerza a largo plazo que determinaría no sólo la participación electoral sino el apoyo a una opción política concreta.
Como hemos visto, existen diversas variables de claro carácter psicosocial que han sido utilizadas para explicar diferentes formas de participación política, entre ellas la participación electoral. Del listado de variables anteriores, las que hacen referencia a los sentimientos de obligación cívica e identificación partidista se han mostrado como las más significativas. Además, la menor relevancia de variables como eficacia política y confianza política en la determinación de la participación electoral también se ha puesto de manifiesto.
Ø Variables sociodemográficas y contexto político Junto a las variables psicosociales ya comentadas, es preciso referirse a aquellos factores sociodemográficos que pueden estar relacionados con la participación electoral. Entre estas variables destacan el estatus socioeconómico, la edad, el sexo y el nivel educativo.
Por lo que respecta al estatus socioeconómico, la relación que se plantea con la participación política es absolutamente clara: a mayor estatus socioeconómico, mayor participación tanto convencional como no convencional. Pese a este dato que aparece reflejado en muchos trabajos, hay que decir que las correlaciones entre ambas variables no son muy elevadas. Según los estudios de Sabucedo et al. (1992), se observa que la contribución de esta variable a la explicación de la participación electoral es mucho menos significativa que la de otras variables psicosociales, tales como la obligación cívica, la identificación con el partido, etc.
En relación con la variable sexo, estamos asistiendo a un cambio muy significativo. Tradicionalmente, los estudios sobre este tema señalaban la existencia de diferencias importantes entre hombres y mujeres a la hora de la participación electoral. Ya en los años 90, Sabucedo y Cramer (1991) observan que la variable sexo no realiza ningún tipo de contribución a la explicación de la participación electoral. Es más, en una de sus investigaciones encontraron un mayor porcentaje de mujeres que de hombres que se implicaban en la participación electoral.
Dentro de este grupo de variables, el nivel educativo es una de las más relevantes. El comportamiento de los sujetos ante cualquier situación en general, y ante el mundo político en concreto, depende en buena medida del conocimiento que tenga del mismo y de su repertorio de destrezas para enfrentarse a él. En este sentido, la educación ofrece a los individuos la posibilidad de dotarse de esos recursos necesarios al permitirles adquirir un conocimiento más exhaustivo de las habilidades intelectuales y una información que resulta básicos para actuar en este medio. Junto a ello, la educación ha de despertar en el individuo luna serie de inquietudes y preocupaciones por el mundo social y político en el que se hallan insertos.
Comparando la incidencia de las distintas variables socio-demográficas, Aldrich y Simon (1986) señalan de forma rotunda que el nivel educativo es el factor más importante en la determinación de la conducta electoral.
Estos autores afirman que la educación influye de modo directo en la participación electoral y también de manera indirecta a través de variables relacionadas con el estatus.
Hasta este momento hemos aludido a una serie de factores que determinan a largo plazo la posible participación o abstención electoral de los sujetos. Efectivamente, los sentimientos de eficacia política, la confianza política, el nivel educativo, etc., son características que el sujeto trae a la situación y que le posicionan de una manera determinada ante el hecho político. Uno de los debates más transcendentales en Psicología Social tiene que ver con el énfasis puesto en los factores disposicionales versus situacionales. En cualquier aproximación a la participación electoral, es preciso considerar el contexto en el que los gobiernos demandan de los sujetos este tipo de conducta política.
Conceptos básicos de Psicología Política 3.
o Las consultas electorales son realizadas a instancia del poder político. Por ello, desde estos ámbitos deben diseñarse todas las medidas posibles para favorecer la participación de los ciudadanos. En este sentido, sería muy positivo que se conociesen las diferentes razones que conducen a los sujetos a participar electoralmente, con el objetivo de basar en ellas las distintas campañas en las que se pide el voto a los ciudadanos.
o Las campañas reclamando la participación electoral serán eficaces para un sector de la población, especialmente para aquellos que posean unos fuertes sentimientos de obligación cívica. Pero si tratamos de movilizar a sectores más amplios de población, será preciso recurrir a otros argumentos.
o El acudir a votar supone, por pequeño que sea, un coste para los sujetos. Este coste puede no ser asumido por los sujetos si perciben que su participación resulta irrelevante. Esto suele ocurrir cuando estamos ante un proceso electoral donde el resultado no presenta ningún tipo de incertidumbre; por ejemplo, cuando existe una opción claramente vencedora. En este sentido, los sondeos electorales que distintos medios de comunicación publican antes del día fijado para las elecciones, resultan fundamentales para incentivar o inhibir la participación: a mayor competencia e incertidumbre en los resultados, mayor número de ciudadanos que se mostrarán partidarios de acudir a las urnas.
o Los temas defendidos por los partidos y las aspiraciones e inquietudes de los sujetos también constituyen un factor motivador importante. El electorado no se sentirá mayoritariamente implicado en el proceso electoral si los partidos no logran contactar con las preocupaciones, intereses e inquietudes de los ciudadanos.
o Es importante que los partidos se presenten ante el electorado con ofertas diferenciadas, pero aún es más relevante la imagen que de esos partidos tienen los ciudadanos. Los partidos constituyen un factor esencial en los sistemas democráticos: ellos con los encargados de canalizar y representar las demandas de la población. Por ello resulta imprescindible que esos grupos tengan el apoyo y confianza de sus representados.
El riesgo reside en que se produzca un distanciamiento entre los partidos y el resto de la población (ej.: por la vinculación de los partidos con escándalos de corrupción). Si se produce esta situación, la participación electoral puede dejar de tener sentido para un sector importante de la población.
o Otra de las variables a considerar es el nivel de modernización. Por modernización se entiende las transformaciones que ocurren en la estructura sociopolítica y en los valores como resultado del desarrollo industrial. Algunos de esos cambios tienen que ver con la relativa pérdida de influencia de las instituciones primarias y el cada vez mayor peso de los medios de comunicación de masas en la configuración de las opiniones y visión del mundo de los sujetos. Todo esto conduce a una mayor implicación con la realidad sociopolítica circundante y con la actividad política general. Los bajos niveles de participación política podrían explicarse, al menos en parte, por este fenómeno de la modernización.
Modelos de conducta de voto El primer trabajo en este campo en utilizar una metodología rigurosa fue el de Lazarfeld, Berelson y Gaudet (1944), que puso en relación las características sociales de los votantes con su decisión de voto. En una publicación posterior titulada Voting, Berelson, Lazarsfeld y McPhee (1954) presentaron datos que señalan la incidencia de variables tales como religión, clase social y lugar de residencia en la conducta de voto. El supuesto básico que se mantiene desde esta aproximación es que el voto viene determinado por lo que uno es y por lo que uno cree. Pero pronto se puso de manifiesto que este planteamiento dejaba sin explicar un porcentaje muy importante del voto y, especialmente, no podía dar cuenta del cambio en el sentido del voto que se producía de una elección a otra.
La debilidad mostrada por esta aproximación sociológica, llevó a los investigadores de la Universidad de Michigan a preocuparse más por las dimensiones psicológicas a la hora de analizar la conducta de voto. El primer estudio, realizado por Campbell, Gurin y Miller (1954), identificó tres variables que influían en el tipo de voto: la identificación con el partido, la preferencia por planteamientos políticos de los distintos partidos y las actitudes hacia los candidatos. Los autores sugieren que la identificación con el partido es el elemento más importante en la decisión del voto.
En The American Voter, de Campbell et al. (1960), se produce un nuevo enfoque: la conducta de voto va a estar determinada por las actitudes del sujeto hacia temas como: los candidatos, los partidos como gestores del gobierno, la posición de los partidos y candidatos en temas internacionales y nacionales, y los partidos y candidatos en relación a los grupos de referencia del sujeto. Pero todas estas actitudes, a su vez, están determinadas por la identificación de los sujetos con un grupo político determinado. Esto es, y en contra de lo que pudiera pensarse en un principio, la identificación con un partido llevaría al sujeto a adherirse con determinadas actitudes y no al contrario. Sin embargo, los autores reconocen que, en ocasiones, esas actitudes pueden influir sobre la identificación con un partido.
Conceptos básicos de Psicología Política De este planteamiento se desprende una imagen negativa del votante, pues éste sería un individuo que alcanzaría su decisión de voto a través de la identificación con un partido, identificación resultante de influencias familiares, y no mediante un contraste serio y riguroso entre las distintas ofertas electorales y su sistema de creencia o intereses. Esa imagen del votante, que algunos describen como votante dependiente, ha sido la dominante en los trabajos realizados en la década de los 50 hasta principios de los 60. A partir de ese momento, los modelos comienzan a presentar dificultades a la hora de explicar la conducta de voto.
El trabajo clásico de Downs (1957) An Economic Theory of Democracy, se convirtirá en el nuevo marco de referencia para analizar la conducta de voto. Para Downs, este tipo de comportamiento debe ser juzgado bajo el supuesto de que los individuos actúan de modo racional. De acuerdo con ello, se presupone que los sujetos apoyarán aquellas opciones que les reportarán unos mayores beneficios. Desde el momento en que la decisión de voto está determinada no por la lealtad o identificación con un partido, sino por las posiciones que éstos adoptan ante distintos temas, el votante queda con las manos libres para modificar el voto —según sus intereses— en las distintas elecciones. Estos nuevos planteamientos dibujan un panorama más optimista sobre el votante y el proceso electoral. La característica común de los modelos actuales de conducta de voto es su racionalidad: el votante es considerado como alguien que intenta maximizar su decisión, esto es, optará por aquella alternativa que mejor represente sus intereses o que defienda una visión de la sociedad más próxima a la suya.
Fishbein y Ajzen (1981) aplican su teoría de la acción razonada al estudio del comportamiento electoral. Miden las actitudes hacia los partidos políticos o candidatos en base a evaluaciones de los sujetos respecto a determinadas medidas políticas y a las creencias sobre la aplicación de esas políticas en el supuesto de que los partidos alcanzasen el poder. Lo más interesante es conocer las creencias que los distintos votantes mantienen sobre la política que defienden ambos candidatos: se observó que los votantes estaban de acuerdo, en 5 de los 10 temas, en que la política de ambos grupos era diferente. En los cinco temas restantes existían discrepancias entre los votantes sobre qué partido era el más adecuado para solventarlos. Pero lo más significativo era el hecho de que, precisamente, estos últimos problemas ocupaban los primeros lugares de interés para los votantes.
Por su parte, Himmelweit et al. (1981) evalúan no sólo lo deseable y la probabilidad de aplicación de una medida política concreta, sino también el estado actual de esas cuestiones. Esto es, si un sujeto considera que lo realizado hasta este momento sobre un tema determinado es negativo, evaluará positivamente cualquier acción que, aun no siendo para él la más idónea, suponga una mejora respecto a la situación anterior. Así, los sujetos de diferentes opciones políticas coinciden en la valoración de cuáles son los temas más relevantes. Además, los votantes de los principales partidos consideran que su opción es la que tiene más posibilidades de aplicar esa política.
Lo anterior revela que, en buena medida, la decisión de voto está basada no sólo en un conocimiento real y más o menos profundo de las distintas posiciones de los partidos, sino también en las creencias respecto de las capacidades de esos grupos para afrontar una serie de medidas políticas que permitan solventar las cuestiones que la población considera prioritarias. Los modelos que han sido expuestos pueden ser descritos también en función de la perspectiva temporal que adoptan en su relación con la conducta de voto. Así, el análisis socio-demográfico alude a la influencia de variables que resultan alejadas del comportamiento concreto que queremos estudiar, el modelo psicológico hace referencia a factores mediacionales y, finalmente, el planteamiento de Downs recurre a los aspectos concretos que se dan en esa situación.
Movimientos sociales 1.
Introducción La preocupación por el estudio de los fenómenos colectivos no es algo reciente, baste recordar los trabajos de Le Bon sobre el comportamiento de las masas. Le Bon, en su obra La Psicología de las masas, manifiesta que el sujeto participante en una masa se convierte en un bárbaro guiado únicamente por sus instintos, lo que le conduce a descender varios peldaños en la “escalera de la civilización”. Lo que subyace en el planteamiento de Le Bon es el temor a la organización y a la acción política de los ciudadanos. Para Le Bon, las reivindicaciones de las masas se hacen cada vez más definidas y tienden a destruir radicalmente la sociedad actual, para conducirla a aquel comunismo primitivo que fue el estado normal de todos los grupos humanos antes de la aurora de la civilización.
El desarrollo científico y el progreso son los enemigos del viejo orden que Le Bon defiende. Al rechazar por irracional la acción colectiva, Le Bon está tratando de impedir el cambio social, que se logra a través de la acción coordinada de grupos y colectivos humanos, y no mediante soluciones de tipo individual. Esta postura de Le Bon se enfrentaba con la mantenida por los teóricos de la Ilustración, quienes afirmaban que los débiles debían unir sus intereses en lugar de dividirlos. Pero eso, precisamente, era lo que temía Le Bon.
Conceptos básicos de Psicología Política La concepción irracional y patológica de las actividades colectivas, heredada de los trabajos de Le Bon y otros, empieza a modificarse a medida que se toma conciencia de las razones que explican esa movilización y de que existen unas metas y objetivos claramente definidos. Junto al tema de la irracionalidad, otro de los miedos que diferentes autores manifestaron ante esa forma de conducta colectiva, es la amenaza que podía suponer para la estabilidad del sistema democrático. En uno de los primeros textos dedicados a los movimientos sociales, Social Movements: An Introduction to Political Sociology, Heberle (1951) señala el componente claramente ideológico (alude al comunismo y fascismo) que existe en esos movimientos y el riesgo y desafío que entrañan para un sistema democrático como el de EE.UU.
2.
Definición de los movimientos sociales Uno de los elementos que se enfatiza en las definiciones sobre los movimientos sociales es el de organización. Así, Wilson (1973) afirma que un movimiento social es un “intento organizado, colectivo y consciente para favorecer o resistir cambios a gran escala en el orden social a través de medios no institucionales”. Rocher (1983) señala que un movimiento social es “una organización netamente estructurada e identificable, que tiene por objetivo explícito agrupar a unos miembros con miras a la defensa o a la promoción de ciertos objetivos precisos, de connotación generalmente social”. Finalmente, Turner y Killian (1987) lo definen como “una colectividad actuando con alguna continuidad para promover o resistir un cambio en la sociedad de la cual forma parte”.
En todas estas aproximaciones a la naturaleza de los movimientos sociales se destaca la existencia de algún tipo de organización en los mismos. Esto nos permitirá diferenciar a los movimientos sociales de otros tipos de conducta colectiva.
Seoane et al. (1988) comentan una serie de rasgos característicos y definitorios de los movimientos sociales: o o o o o Existencia de un conjunto de creencias y acciones orientadas a la acción social Esas creencias y acciones deben tener un carácter colectivo Existencia de una estructuración interna Recurso a modalidades de acción política no convencionales.
Los movimientos sociales reflejan situaciones de conflictividad y cambio político.
A nuestro modo de ver, en estos elementos se entremezclan aspectos descriptivos de esos movimientos (ej.: existencia de una estructuración interna, recurso a acciones no convencionales) con otros que implicarían una explicación del surgimiento y razón de ser de los movimientos sociales (ej.: creencias orientadas a la acción social, existencia de conflictos y malestar, etc.). Klandermans (1989) apunta que los dos elementos esenciales en la definición de los movimientos sociales son que consisten en individuos interactuando y que tratan de promover, controlar o evitar el cambio cultural y social.
Para este autor, los movimientos sociales implican una variedad muy amplia de interacciones: entre los representantes del movimiento, entre los organizadores y potenciales participantes en el movimiento, etc. Esta característica de interacción resulta sumamente importante, pues a través de ella se va construyendo un significado compartido de la realidad. En segundo lugar, los movimientos sociales están comprometidos con el cambio. Ese cambio puede ser en la posición que ocupan ciertas categorías sociales como los trabajadores, mujeres, inmigrantes, etc.; o cambios de naturaleza cultural, que sería el caso de la promoción de valores como la paz, la tolerancia, etc.
3.
Marcos teóricos En la década de los 70 se asiste al surgimiento de dos paradigmas fundamentales en el campo de los movimientos sociales: la teoría de la movilización de recursos y los nuevos movimientos sociales. La primera de estas formulaciones aparece vinculada geográficamente a EE.UU., y la segunda a Europa. De acuerdo con Tarrow (1988), en Europa se consideran las causas estructurales de los movimientos sociales, las identidades colectivas que expresan y su relación con el capitalismo avanzado. En EE.UU., los autores que analizan esta problemática parecen más interesados en el estudio de las actitudes individuales, en los grupos que organizan la protesta y en las formas de acción que utilizan.
Ø Teoría de la movilización de recursos Esta teoría surgió como reacción a toda una tradición socio-psicológica que enfatizó en exceso los determinantes motivacionales de la participación. De acuerdo con esta tradición, la participación en los movimientos sociales vendría determinada por los rasgos de personalidad, la marginalidad y alienación, o las injusticias y la ideología.
Frente la importancia concedida a estos aspectos, los teóricos de la movilización de recursos resaltan el papel que desempeñan en la movilización la disponibilidad de recursos y las oportunidades que tienen los ciudadanos para ponerlos en práctica. El planteamiento central de la teoría de la movilización de recursos podría ilustrarse de la siguiente manera: dado que las injusticias son un elemento constante en cualquier tipo de sociedad, la explicación de estas actividades no puede descansar sobre ese aspecto, sino en las posibilidades y recursos de que disponen los grupos para la movilización (Sabucedo, 1990).
Al margen de la relevancia que adquiere la organización del movimiento en sí, desde esta teoría se afirma que la decisión de participar en acciones de protesta de tipo colectivo es fruto de un proceso racional en el que se Conceptos básicos de Psicología Política ponderan los costes y beneficios que pueden acarrear esas acciones, y las expectativas de éxito de las mismas.
Estos dos elementos (costes y beneficios por un lado, y expectativas de éxito por otro), conforman, junto con la propia organización del movimiento, los pilares sobre los que se asienta el armazón teórico de la movilización de recursos. Teniendo en cuenta esos elementos, resulta evidente que esta aproximación se centra en los aspectos estructurales que ayudan a que la movilización tenga lugar, pero sin plantearse las cuestiones que pueden estar en la base de la propia movilización. A continuación analizaremos las variables fundamentales de esta teoría.
Uno de los aspectos a considerar es el de costes y beneficios de la participación. Olson establece una distinción entre los denominados incentivos colectivos y selectivos. Mientras que los incentivos colectivos ligan la motivación individual a la grupal, los incentivos selectivos hacen referencia a la particularidad, a lo que cada uno, de manera individual, puede recibir por su participación en la movilización. Al mismo tiempo, los incentivos selectivos se dividen en sociales —los que proceden de la evaluación que hacen de nuestra participación los otros significativos— y no sociales —referidos a las ventajas particulares que se obtienen con la participación—.
La organización es otro factor esencial para la creación y pervivencia de los movimientos sociales. Los teóricos de esta corriente destacan una serie de funciones que cumple la organización de un determinado movimiento. Entre ellas, podemos destacar las siguientes: sensibilizar a la población sobre los objetivos que se persiguen, la disminución de los costes de la participación, mayor facilidad para el reclutamiento de participantes y, por último y quizá la más controvertida, incrementa la posibilidad de éxito. Como se puede observar, de nuevo se repiten dos elementos que resultan claves desde esta perspectiva: costes y beneficios y expectativas de éxito. Otro componente de la teoría es la expectativa de éxito. Con esto, se refieren a las consecuencias de la acción, y más concretamente, a la posibilidad de conseguir o no los objetivos que se persiguen con las movilizaciones. Si la participación en acciones de protesta puede acarrear altos costes a las personas que las realicen, es obvio considerar que ante de llevarlas a cabo piensen en la probabilidad de éxito que tendrán esos comportamientos.
A modo de recapitulación, podemos decir que, desde la teoría de la movilización de recursos, la participación en movilizaciones de tipo colectivo se considera fruto de un proceso racional en el que se ponderan costes y beneficios, se analizan estrategias a seguir y se estudian las posibilidades de que sus acciones produzcan el resultado apetecido. Además, los movimientos sociales se consideran como dinamizadores de la sociedad, es decir, que juegan un importante papel como agentes de cambio social. Esta teoría concibe el surgimiento de tales movimientos como fruto, no del descontento o injusticias sociales que consideran omnipresentes en todas las sociedades, sino de los cambios estructurales a largo plazo que se producen en las misas, los cuales suponen, a su vez, cambios en la organización, recursos y oportunidades para la participación.
Un primer punto de controversia en esta teoría está relacionado con el excesivo énfasis que ha puesto en los elementos que contribuyen a la realización de la movilización. La teoría de la movilización de recursos parece haberse centrado en cómo se organizan los movimientos sociales una vez que se ha tomado conciencia de que esa movilización debe llevarse a cabo. Sin embargo, parece despreocuparse del porqué de las mismas. En línea con lo anterior, otro eje de crítica se centra en la función que esta teoría atribuye a los factores de descontento e injusticia.
El simple hecho de que la privación y las injusticias sociales sean una constante en la sociedad, no descarta que puedan desempeñar un significativo papel a la hora de decidir participar en las acciones colectivas. Además, lo importante no es el hecho de que existan injusticias, sino que los sujetos las perciban como tales.
Para Sabucedo (1990), la teoría de la movilización de recursos tiene una serie de limitaciones en cuanto a su capacidad de explicación del proceso completo de acción y movilización. Desde esta perspectiva, previamente a que los sujetos se planteen cuestiones tales como los costes o beneficios de la participación, las expectativas de éxito, etc., es necesario que asuman la necesidad de la acción política.
Ø Teoría de los nuevos movimientos sociales Esta teoría trata de encontrar en la aparición de nuevos agravios o injusticias la piedra angular sobre la que se asienten sus explicaciones de la participación en las nuevas formas de movilización. Con ello se intentará analizar las variables que pueden estar en la base de la dinámica de la acción social. Desde esta aproximación, los cambios estructurales en la sociedad van a ser los responsables de la aparición de los nuevos movimientos de protesta. Estos nuevos movimientos (estudiantil, ambiental, pacifista o feminista), suponen una ruptura con los valores más tradicionales y, por tanto, una reacción a los cambios estructurales en las sociedades occidentales industrializadas.
Estos movimientos se caracterizan por la existencia de un nuevo código axiológico donde la preocupación por el desarrollo económico ya no ocupa un lugar prioritario. Los nuevos movimientos sociales no aceptan las premisas de una sociedad basada en el crecimiento económico, rompiendo, de esta manera, con los valores tradicionales de una sociedad de corte capitalista. Desde el momento en que las cuestiones materiales y económicas pasan a un Conceptos básicos de Psicología Política segundo plano, surge el interés por aspectos más relacionados con el propio desarrollo personal y la mejora general de la calidad de vida.
Un segundo aspecto a resaltar es que la clase social no supone una predisposición para determinado tipo de acciones. En este sentido, se habla de dos grandes grupos de personas. Por un lado, estarán los sufren, en cualquier medida, las consecuencias de la modernización y de los cambios estructurales, esto es, los sujetos que han sido marginados en el proceso de desarrollo social. Contrariamente a lo que pudiera pensarse, estos sujetos no son miembros de una clase social determinada, sino que pueden encontrarse en diferentes estratos sociales. Por otro lado, estarían aquellos que, en función de los nuevos valores que defienden, deciden participar en movimientos que supongan alternativas a las políticas tradicionales. Este grupo estaría formado por aquellos sujetos que son más sensibles a los problemas propios de ese proceso de modernización. Generalmente, los miembros de este grupo suelen ser jóvenes de la nueva clase media, de ahí que este grupo de personas sea la principal fuente de reclutamiento de miembros para estos nuevos movimientos sociales.
Al contrario de lo que ocurría con la teoría de la movilización de recursos, la teoría que ahora estamos analizando hace especial hincapié en la existencia de agravios e injusticias sociales para justificar la implicación de los sujetos en los comportamientos colectivos de protesta. Esto es un razonamiento incompleto en el sentido de que la explicación de la movilización política requiere, de forma obligada, aludir a las circunstancias y procesos que hacen que los sujetos perciban una situación como problemática y deseen implicarse activamente en su solución.
Las dos teorías podrían complementarse mutuamente si no compartieran una importante debilidad. Ninguna de las dos explica qué hace que las personas definan su situación de tal manera que la participación en un movimiento social les parezca lo más apropiado. Por tanto, ninguna de estas dos aproximaciones logra explicar convenientemente la auténtica génesis del proceso de movilización y acción política.
Ø La construcción social de la protesta En los últimos años estamos asistiendo a la formulación de diversas propuestas teóricas que tienen en común el resaltar que los problemas sociales y las acciones de protesta responden a procesos de definiciones colectivas, y no a ninguna realidad externa y objetiva. Al margen de esa coincidencia básica, esos planteamientos tienen notables diferencias entre sí. Klandermans (1992) comenta algunas de ellas.
La liberación cognitiva alude a las transformaciones que se pueden producir en el sistema cognitivo de los sujetos, motivadas por el cambio en las condiciones políticas. Esos cambios se referirían a la pérdida de legitimidad del sistema, a la desaparición del fatalismo de los ciudadanos y al incremento del sentido de eficacia. En esta situación, cuando se deja de confiar en el sistema y los ciudadanos adquieren conciencia de su capacidad de producir cambios, se incrementan las posibilidades de que los ciudadanos se impliquen en actos de protesta.
Gamson (1989) se preocupa por el impacto del discurso público en las identidades colectivas. Es consciente de la enorme importancia que tienen los medios de comunicación de masas en la definición e interpretación de las situaciones. Al mismo, tiempo, esos medios entran en clara competencia con otras instancias, como pueden ser los propios movimientos sociales, generadores de discursos sobre la realidad. En ese sentido, los medios pueden convertirse en aliados o adversarios de esos movimientos.
Otra de las aproximaciones a los movimientos sociales es la representada por el trabajo Snow et al. (1986). Estos autores se refieren al frame alignment (alineamiento de marcos o esquemas) como al vínculo entre los individuos y las orientaciones interpretativas de las organizaciones de los movimientos sociales, de tal manera que algún grupo de valores, intereses y creencias personales se hacen congruentes y complementarias con la ideología, metas y actividades de las organizaciones de los movimientos sociales. Los movimientos sociales proporcionan una descripción e interpretación de la realidad y tratan de que sea asumido por la mayor parte posible de los ciudadanos. En el proceso de movilización, en el que el discurso de esos grupos adquiere mayor visibilidad social, persiguen que los esquemas y visiones previas de los individuos se modifiquen en la línea de lo que ellos mantienen.
En el proceso de alineamiento de marcos, se identifican cuatro actividades: construcción de un marco puente, amplificación del marco, extensión del marco y transformación del marco.
Sin duda, y como señalan muchos autores, uno de los principales retos a los que se enfrenta cualquier movimiento social es el de hacer coincidir sus reivindicaciones con las inquietudes, expectativas, deseos, etc., del resto de la población. El problema que se plantean estos autores es similar al que formulara el filósofo marxista italiano Gramsci, quien estaba interesado en conocer cómo se podía lograr que la población asumiera los principios de la filosofía de la praxis. Para él estaba claro que eso no sería posible con el simple enfrentamiento entre los postulados de esa filosofía y el sentido común que mantenían los sujetos. La estrategia a seguir debería ser otra: relacionar las nuevas ideas con las creencias del sentido común de los sujetos. De esta manera se producirían menos Conceptos básicos de Psicología Política resistencias, ya que los sujetos estarían tratando con algo que les resulta familiar y con lo que tienen experiencia.
En términos de teoría de las representaciones sociales, se trataría de que el nuevo conocimiento se anclase en el sistema de creencias de los sujetos.
Otro de los aspectos importantes en los movimientos sociales, es la creación de una identidad colectiva. Desde el momento en que nos sentimos miembros de un grupo, no solo compartimos la representación del mundo de ese grupo, sino que se desarrolla un sentimiento de pertenencia, un nosotros, que resulta básico y fundamental para movilizarse contra acciones que puedan adoptar los otros. Melucci analiza los movimientos sociales como microcosmos en los que los individuos, a través de la interacción, van negociando un significado alternativo de la realidad y van formando una identidad colectiva.
Finalmente, haremos referencia al concepto de marcos y esquemas de acción colectiva, que últimamente está siendo utilizado en la explicación de los movimientos sociales. Los esquemas de acción colectiva aluden a un tipo específico de construcción de la realidad; a una construcción que anima a la protesta. Para Snow y Benford (1992), los esquemas de acción colectiva consisten en grupos de creencia y significados orientados a la acción que inspiran y legitiman las actividades y campañas del movimiento social. Gamson (1992) trata de elaborar el contenido de esos esquemas de acción colectiva que permiten que los individuos se movilicen e inicien acciones de protesta. En su opinión, ese grupo de creencias orientado a la acción contiene tres componentes: • Injusticia. Se refiere a la evaluación de una situación como injusta. Pero esta dimensión no refleja únicamente un juicio intelectual y cognitivo sobre lo que es equitativo, sino también lo que los psicólogos cognitivos llaman una cognición caliente, una cognición cargada de emoción. La emoción a la que se refiere Gamson es la ira, emoción que aparece en aquellas situaciones en las que los individuos responsabilizan a agentes externos de situaciones no deseadas.
• Identidad. El componente de identidad tiene dos elementos: o o • La definición de una identidad colectiva: un nosotros. Nosotros somos aquellos que nos percibimos compartiendo la misma situación injusta.
La definición de un oponente: un ellos, las personas a los que responsabilizamos de la situación adversa. El esquema de adversarios implica una atribución causal: el que causa la situación, es culpable por ello.
Eficacia.
Se refiere la creencia de que posible del alterar las condiciones políticas El esquema de aidentidad no puede seresseparado esquema de injusticia odado que a través de la acción hay razón para alguien el caso dedesafían que se experimente colectiva. solo En este sentido, losculpabilizar esquemas ade acciónencolectiva los sentimientos de inmutabilidad o injusticia.
fatalismo que pueden desarrollarse respecto a las situaciones sociales adversas. Los movimientos sociales tratan de hacer que los individuos se sientan protagonistas de sus propias vidas, que asuman que, si se lo proponen y actúan conjuntamente, son capaces de cambiar aquello que les disgusta.
Por un lado, la construcción social del significado precede a la acción colectiva y determina su acción, pero por otro lado, la acción colectiva, a su vez, determina el proceso de construcción de significado. De acuerdo con lo anterior, Klandermans señala que en el proceso de construcción social del significado hay 3 niveles: • Nivel 1. El discurso público y la formación y transformación de identidades colectivas. Este nivel se refiere a la necesidad que tiene cualquier tipo de discurso con vocación de incidencia social de resultar visible para la mayor parte de la población. De nuevo, hay que recordar el papel fundamental que desempeñan los medios de comunicación y las estrategias que deben utilizar los movimientos sociales para ser objeto de atención por parte de aquellos. En este momento se trataría de definir los temas que van a ser objeto de debate y las grandes líneas de aproximación a los mismos. Al mismo tiempo que esto se produce, los individuos buscan validar sus puntos de vista y creencias a través de la relación con los otros, lo que favorece la creación de identidades colectivas.
• Nivel 2. La comunicación persuasiva durante las campañas de movilización por parte de las organizaciones de movimientos y contra-movimientos, así como de sus oponentes. Este nivel alude, fundamentalmente, a la construcción social de la protesta. Los movimientos sociales tratan de definir e interpretar las situaciones que les preocupan de tal manera que provoque la simpatía y el apoyo de la mayoría de la población.
Para persuadir al resto de los ciudadanos de la bondad de sus posiciones, los movimientos sociales deben tratar de vincular esos temas con los problemas de los ciudadanos y con las creencias y valores que éstos mantengan.
• Nivel 3. La concienciación durante los episodios de protesta. El último de los niveles trata de poner de manifiesto la relevancia que tiene la participación en el movimiento para la concienciación. La protesta Conceptos básicos de Psicología Política política no supone, según este planteamiento, el resultado final del proceso de construcción de la realidad social. El tomar parte en este tipo de actividades contribuye de forma muy significativa a ese proceso de dotar de significado a la realidad.
A pesar de la variedad de perspectivas que caracterizan a la construcción social de la protesta, consideramos que este enfoque se revela sumamente prometedor para analizar la dinámica de los movimientos sociales.
Ø Estructura de oportunidad política El concepto de estructura de oportunidad política quiere poner de manifiesto que ciertas características del sistema pueden favorecer o inhibir la protesta política. Algunas de las variables que han sido puestas en relación con la estructura de oportunidad política son: la (in)estabilidad de las alianzas políticas, la capacidad del gobierno para la toma de decisiones, las divisiones dentro del grupo dominante, su tolerancia hacia la protesta, etc. Uno de los aspectos de interés de este concepto es que ayuda a comprender las diferencias observadas en los resultados obtenidos por movimientos similares en contextos distintos. En este sentido, no solo es importante atender a las condiciones y dinámicas de los propios movimientos sociales, sino que hay que considerar otros elementos de interés que están interviniendo en este problema: el grupo(s) contra el que se dirige las acciones de protesta y el contexto en el que esas actividades tienen lugar.
A pesar de las virtualidades que parece tener este concepto, existen algunos problemas.
I.
II.
III.
Dada la innumerable lista de aspectos que pueden relacionarse con la estructura de oportunidad política, debemos hablar más de un cluster de variables que de una variable única. Por ejemplo, una situación aparentemente clara como la inestabilidad electoral puede adoptar diferentes formas y ser evaluada de manera distinta en los diversos sistemas electorales.
La naturaleza de esta variable. El término estructura de oportunidad política parece referirse a una entidad objetiva, externa e independiente de la percepción y creencias de los sujetos. Pero lo importante no son tanto las características objetivas de una determinada estructura política, como la percepción que tengan los sujetos de las mismas.
El peligro que puede suponer centrarse en la estructura de oportunidad política y olvidar la problemática de los actores colectivos. Melucci nos recuerda la necesidad de no incluir a todos esos actores dentro de una misma categoría, ya que existen importantes diferencias entre lo que son los movimientos sociales, los grupos de interés y otros actores colectivos.
Esta reflexión de Melucci le sirve a Tarrow (1988) para introducir el concepto de sector de movimiento social, que se basa en la idea de que un movimiento social no actúa de modo aislado o independiente, sino que suele existir toda una red de grupos, más o menos afines entre ellos, que se caracterizan por plantear alternativas respecto a un grupo hegemónico. Tarrow define el sector de movimiento social como la asociación de individuos y grupos que desean implicarse en acciones directas subversivas contra otros para la consecución de acciones colectivas.
Una de las ventajas de esta conceptualización es que el sector de movimiento social no aparece limitado a los movimientos sociales. Por supuesto, estos últimos forman parte de esa estructura, pero junto a ellos, habría que incluir a personas que participan esporádicamente en ese tipo de acciones, a grupos establecidos que recurran a esos comportamientos no institucionales, etc. Además de todo lo anterior, el sector de movimiento social ilustra también el potencial de protesta de una sociedad en un momento determinado y constituye una red de comunicaciones que facilita la difusión y prueba de nuevas formas de acción, estilos organizacionales y, especialmente, temas ideológicos.
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