Historia Política y Social Contemporánea de España - Resumen Completo (2014)

Apunte Español
Universidad Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED)
Grado Sociología - 1º curso
Asignatura Historia Política y Social Contemporánea de España
Año del apunte 2014
Páginas 208
Fecha de subida 23/10/2014
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Historia Política y Social Contemporánea de España - Resumen Completo

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TEMA 1 LA CRISIS DEL ANTIGUO RÉGIMEN. LA REVOLUCIÓN AMERICANA. LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL Las “tres revoluciones” –la Independencia de América, la Revolución Industrial y la Revolución Francesa- que tienen lugar desde mediados del siglo XVIII hasta principios del siglo XIX, son el punto de inflexión para un cambio económico, social y político que terminó por afectar a todo el mundo. Para el estudio de la Historia en muchos países estas tres revoluciones marcarán el inicio de la Edad Contemporánea. Algunos autores precisan que al mismo tiempo que las doctrinas de los filósofos ilustrados Montesquieu y Rousseau, de las que deriva el liberalismo político (origen de la transformación política en Francia), se desarrollaron las de Adam Smith y David Ricardo, que iniciaron el liberalismo económico (teoría que incidió en la gran transformación industrial en Inglaterra) y que esas tres revoluciones no son más que diferentes aspectos de un mismo proceso.
La obra de los filósofos ilustrados fue la semilla para que el pensamiento evolucionara, pero el despotismo ilustrado no se planteó conceder a los ciudadanos una mayor participación en las acciones políticas, ni bastó para acabar con los privilegios o liberalizar la economía. Estos procesos revolucionarios causaron la caída del Antiguo Régimen político y económico, característico de los países europeos hasta finales del siglo XVIII, y dieron el paso al Nuevo Régimen de las sociedades liberales del siglo XIX.
LA CRISIS DEL ANTIGUO RÉGIMEN “Antiguo Régimen” es un vocablo utilizado en la Francia revolucionaria para referirse al sistema de gobierno vigente antes de 1789, al tiempo que criticaba al conjunto de instituciones y principios propios de la sociedad de su tiempo. Como “Nuevo Régimen” se conoce al estilo de gobierno que se instauró después.
La crisis del Antiguo Régimen no fue simultánea ni uniforme en todos los Estados Europeos. El modelo de Estado basado en la idea de la monarquía absoluta y el privilegio de la nobleza quedó prácticamente destruido en 1789 por la Revolución Francesa. También fueron clave otros acontecimientos que la precedieron, como la Revolución Industrial en Gran Bretaña y la Independencia de los Estados Unidos de América.
Características del Antiguo Régimen En el Antiguo Régimen se acataban ciertos principios morales supuestamente basados en una perfecta conjunción de la Ley Natural y la Ley Divina, a las cuales debía ajustarse la conducta humana. En política la figura del rey personificaba una institución natural que aseguraba el buen orden social; así como en la Biblia la figura de Adán se identifica con el padre y éste con el monarca como padre de sus súbditos, la monarquía 1 simbolizaba una institución natural garante del buen orden de la sociedad. Esto no implica el acatamiento a la tiranía o la arbitrariedad, porque el rey estaba obligado a ser justo y benefactor.
Aunque fue general la aceptación de esta monarquía absoluta, limitada en algunos casos por las leyes y privilegios de los reinos o por la necesidad de contar con la aceptación de los súbditos para crear impuestos, en la Europa del Antiguo Régimen existieron otras formas de ejercicio del poder, como la parlamentaria adoptada en Inglaterra desde la revolución de 1688, la electiva de Polonia, o la ejercida en el Sacro Imperio Romano Germánico, donde la autoridad había pasado del Emperador a los Príncipes que actuaban como monarcas en sus territorios. También hubo repúblicas como la de Venecia o de las Provincias Unidas de los Países Bajos, que estaban organizadas en federación donde cada provincia conservaba una cierta autonomía sometida a los Estados Generales, asambleas constituidas por un representante de cada provincia y un gobernador, con poder semejante al de un monarca.
El principio de soberanía en que se fundamentaba el poder del monarca había sido enunciado en el siglo XVI por Bodin en su obra “Los seis libros de la República”.
Su teoría del Estado justificaba el poder absoluto aunque no arbitrario del monarca, que estaría obligado a hacer justicia y a respetar los contratos, pero tendría el derecho a otorgar y derogar leyes. Por su parte, los reyes aceptaban la asistencia de Consejos – órganos colegiados- o colaboradores personales, pero sin ningún poder propio para oponerse a su voluntad.
Las únicas instituciones representativas del pueblo, con muchas limitaciones, como las Cortes en España, las Dietas en la Europa central y los Estados Generales en Francia, fueron debilitándose en sus atribuciones, incluso en muchos casos dejaron de ser convocadas durante años creciendo el poder absoluto de los monarcas. A partir de la revolución de 1688, en Inglaterra se da la posibilidad al pueblo de participar en los asuntos del Estado a través del Parlamento. Un modelo político considerado como muy avanzado, pese a ser pocos los que tenían derecho a voto.
En el Antiguo Régimen la sociedad estaba rígidamente jerarquizada en estamentos: clero, nobleza y estado llano, donde unos ciudadanos debían aportar su inteligencia, otros su fuerza y otros su trabajo. En la cúspide de esta pirámide estaba el rey, soberano absoluto e ilimitado, cuya voluntad se convertía en ley.
Esta división aparentemente funcional de la sociedad degeneró en situaciones fuertemente criticadas, aunque de hecho no se diera en el Antiguo Régimen una lucha de clases. La nobleza y el clero disfrutaban de privilegios concedidos por la Corona, o simplemente ejercidos desde tiempos remotos, como los obispados. Tradicionalmente los nobles se inclinaban por la vida militar, o desempeñaban en la corte los puestos más importantes, estando eximidos, junto con el clero, del pago de impuestos.
Dentro de los estamentos privilegiados también existían diferencias económicas: mientras el alto clero obtenía grandes beneficios económicos de sus cargos, el párroco de aldea subsistía con gran esfuerzo, muchas veces gracias a las limosnas. En la nobleza también había disparidades entre los poseedores de títulos y los hidalgos campesinos, casi siempre arruinados.
Tampoco en el estado llano había homogeneidad. Los campesinos, artesanos, profesionales liberales y pequeños propietarios tenían en común vivir de su propio trabajo, pero las diferencias económicas entre ellos eran muy notables.
2 En general prevalecía una economía tradicional asfixiada por reglamentos, normas y costumbres que regulaban el uso de la tierra, la calidad y el precio del trabajo o la situación de los trabajadores.
El sector agrario predominaba sobre los demás y la posesión de las tierras era tanto un signo de riqueza como de distinción social. La concentración de la propiedad estaba en manos de las clases privilegiadas. En la producción agrícola influían de forma decisiva las guerras y los desastres naturales. La cosecha era el acontecimiento más importante, y las ferias y mercados ajustaban sus calendarios a los ciclos naturales.
Gran parte de las tierras estaban en manos de la Iglesia y de la nobleza. No podían ser vendidas o repartidas en herencia por estar “vinculadas” a la abadía, casa o familia. Este régimen mantenía íntegro e incrementaba el patrimonio a los sucesores, inmovilizaba la propiedad y favorecía el estancamiento de la riqueza.
En las ciudades las actividades artesanales estaban reguladas de forma muy rígida por gremios o corporaciones, que integraban a los trabajadores de un mismo oficio.
Según privilegios de la Corona, el gremio se ocupaba de los controles de calidad, de la organización del trabajo, regulaba los precios, los jornales y el acceso a la profesión.
Un gran volumen de las transacciones en el interior tenía como base el comercio de granos y para asegurar un precio justo se imponían unas tasas en todas las mercancías. El comercio exterior, generalmente realizado por barco, también estaba controlado por la Corona, que daba privilegios y exclusividad a ciertas compañías. Para afrontar los gastos de los fletes, compra de productos y riesgos de navegación se formaron sociedades donde los miembros aportaban el capital, como la Compañía Holandesa de las Indias Orientales de las Provincias Unidas, que tenía carácter público, o la Compañía Inglesa de las Indias Occidentales, que era una empresa privada.
Causas de la crisis del Antiguo Régimen Los principios que conformarían un nuevo régimen se fueron formando en la mente de las personas más cultas a lo largo del siglo XVIII, sobre todo en su segunda mitad, por ser entonces cuando entran en conflicto los dogmas, las leyes y las costumbres que constituían el Antiguo Régimen, vigente desde el siglo XV, con las ideas racionalistas propugnadas por la Ilustración y con el liberalismo económico. La burguesía había conseguido una buena posición económica pero no podía participar en las decisiones políticas. La economía estaba dirigida por el Estado y las numerosas normas no permitían el desarrollo del trabajo ni de la iniciativa privada. Todos estos conflictos fueron determinantes para que el Antiguo Régimen entrara en crisis.
La Ilustración fue un movimiento intelectual reformador que pretendía mejorar la sociedad francesa del siglo XVIII y que se extendió por todo el mundo occidental.
Fueron los filósofos de la Ilustración los que propagaron las ideas de libertad política, reformas sociales y económicas y reorganización administrativa, elaborando un verdadero cuerpo de doctrina que sirvió de base a la Revolución Francesa de 1789. Entre los filósofos que se ocupaban de la política destacan Montesquieu que defendía la separación de los poderes legislativo, ejecutivo y judicial; Rousseau que propugnaba el principio de la soberanía popular y el inglés Adam Smith que propugnaba el liberalismo económico. La publicación de La Enciclopedia de Diderot y D’Alambert, que contó con la 3 colaboración de muchos intelectuales, fue un medio de propagación de las ideas ilustradas.
Los cambios en el terreno económico tuvieron su origen en los fisiócratas, seguidores del francés Francisco Quesnay que atribuía el origen de la riqueza a la naturaleza. En política influyó de forma decisiva el inglés John Locke, que contemplaba al soberano como un hombre igual a sus súbditos, obligado a dar cuenta de su administración al pueblo.
La Ilustración tuvo un papel fundamental en el tránsito del Antiguo al Nuevo Régimen, al aportar el fundamento ideológico para establecer unas nuevas estructuras políticas y sociales.
A partir de la segunda mitad del siglo XVIII la mayor parte de los soberanos europeos desarrollaron políticas reformistas ilustradas, propiciando cambios que mejoraran las condiciones de vida y la economía sin alterar el esquema político de la monarquía absoluta, una forma de gobierno denominada Despotismo Ilustrado. Las reformas tendieron a reorganizar la Hacienda, el Ejército, mejorar la educación y unificar las normativas suprimiendo las barreras impuestas por las antiguas jurisdicciones locales, personales, profesionales, etc.
La Ilustración en España En España se reformó la organización del Estado, fortaleciendo el poder real.
Se crean las Secretarías de Estado y del Despacho, que serían los antecedentes remotos de los actuales ministerios. Se realizaron censos de población, estudios catastrales, y se tuvieron en cuenta las informaciones del extranjero sobre los avances en técnica y ciencia, para iniciar estudios detallados sobre el estado de la agricultura y de la industria. Los documentos y los archivos públicos, hasta entonces propiedad de los ministros, pasaron a ser custodiados en establecimientos oficiales. Se reorganiza la Hacienda, el Ejército y se crean instituciones encargadas de la reforma económica. Las mejoras sociales tuvieron una base utilitaria: conseguir un Estado rico formado por elementos “laboriosos”, incorporando al mundo del trabajo a las minorías marginadas, como las mujeres, los expósitos o los vagos de oficio.
Todas estas mejoras, realizadas dentro del mismo modelo político de monarquía absoluta, no llenaron las aspiraciones de aquellos sectores sociales que se sentían oprimidos por un sistema rígido, anticuado e injusto, que afectaba sobre todo a la incipiente burguesía formada por comerciantes y profesionales liberales con poder económico pero sin posibilidad de acceso a la política.
Las reformas para crear una sociedad moderna necesitaban grandes cambios económicos y sociales, que desencadenaron en Europa las distintas revoluciones del siglo XIX que dieron paso al nuevo régimen liberal.
LA REVOLUCIÓN AMERICANA En 1776, las colonias británicas establecidas en América del Norte se extendían desde las fronteras de Canadá, que había sido dominio francés, hasta la península de la Florida, territorio que desde el siglo XVIII se disputaban franceses, ingleses 4 y españoles, llegando a los Apalaches en el interior del Continente. El origen de los colonos era muy diverso. A los puritanos ingleses se habían unido campesinos escoceses, irlandeses, alemanes, holandeses y protestantes franceses, que no sentían lealtad ante la Corona británica.
Las colonias estaban regidas por un gobernador, nombrado por la Corona británica. Contaban con consejos o asambleas de colonos, organismos semiautónomos, cuyos miembros eran elegidos por los propietarios de bienes raíces. Los colonos tenían unos principios legales propios, y ejercían una política en la que la Corona y el Parlamento británicos apenas intervenían (salvo en la regulación del comercio exterior). Esta práctica de gestión política casi autónoma tuvo una gran influencia a la hora de organizar la resistencia frente a la metrópoli.
El conflicto con Gran Bretaña y la guerra Francia e Inglaterra rivalizaban en América del Norte por conseguir el control de las colonias. Esta situación terminó en la Guerra de los Siete Años (1758-1763), que había enfrentado a Inglaterra y Prusia contra Austria, Francia y Rusia. Al finalizar la guerra quedó establecida la supremacía naval de Inglaterra. Durante unos años el Parlamento Británico trató de solucionar la situación económica creada por la guerra, introduciendo nuevos impuestos en las colonias sobre el vidrio, el plomo y el té. Pero estos fueron rechazados por los colonos argumentando que no debía haber imposiciones sin representación (los colonos no se sentían representados por el Parlamento de Londres).
Tras diversas acciones subversivas que culminaron en la “matanza de Boston” los colonos consiguieron que fueran derogados estos impuestos, menos el del té; pero al poco tiempo se concedió el comercio de dicho producto a la Compañía de Indias.
Poco después unos barcos de la Compañía fueron asaltados y su cargamento de té arrojado al mar. La metrópoli movilizó al ejército y aprobó cuatro leyes que fueron calificadas por los colonos como “intolerables”; cierre del puerto de Boston; abolición de la asamblea de Massachussets; traslado de los implicados en los sucesos de Boston a la metrópoli y la obligación de abastecer a las tropas inglesas.
La indignación ante el trato de la metrópoli provocó actitudes de inspiración reformista ilustrada o masónica que; basadas en las nuevas teorías políticas y en los enciclopedistas pretendían establecer los derechos de los colonos, negando la autoridad del Parlamento de Londres sobre éstos. En 1774 los colonos convocaron el Primer Congreso Continental de Filadelfia, donde se decidió proclamar una Declaración de Derechos de las Colonias, mantener el boicot a las mercancías inglesas hasta que no se reconociera su autonomía legislativa y difundir las ideas independentistas.
En 1775 se inició la guerra contra la metrópoli. Pronto se convirtió en un conflicto internacional en el que se implicaron otros países. Francia y España declararon la guerra a Gran Bretaña y practicaron un eficaz bloqueo, dificultando el envío de refuerzos a América.
Otros países neutrales impedían que los británicos bloquearan el comercio americano. En 1776, en plena guerra, el Congreso Continental de Filadelfia había aprobado el Acta de Independencia, redactada por Thomas Jefferson. Desde entonces las colonias fueron promulgando constituciones, que reconocían la soberanía popular y la división de poderes, proclamándose Estados. En el Congreso de 1777 se aprobaron los artículos de la 5 Confederación, que consideraban al Congreso como única institución por encima de los trece Estados. En la Paz de Versalles (1783) se reconoció la independencia de las colonias.
La Constitución de los Estados Unidos de América En mayo de 1887 se reunió la Convención de Estados de Filadelfia como Convención Federal. Cada Estado fue representado por sus hombres más notables, como George Washington o Benjamín Franklin. Washington, que contaba con gran prestigio militar y político fue elegido de forma unánime presidente. Unos meses más tarde fue aprobada la Constitución. Se creó una Federación, la soberanía popular pasó de las leyes de los Estados a las leyes federales; los poderes ejecutivo, legislativo y judicial se mantuvieron totalmente separados y se controlaban mutuamente. El ejecutivo sería ejercido por un presidente, elegido por cuatro años mediante sufragio indirecto. El Congreso, compuesto por el Senado y la Cámara de Representantes, ostentaría el poder legislativo. El poder judicial se confió a un Tribunal Supremo de nueve jueces, designados por el presidente de acuerdo con el Senado, que sería el encargado de dirimir los conflictos entre el presidente y el Congreso. El Congreso podría proponer enmiendas, que a su vez tendrían que ser ratificadas por los Estados.
Con la promulgación de la Constitución de los Estados Unidos de América (1787) se inició un proceso por el que se generalizaría el sistema constitucional como forma de organización del Estado. En la actualidad, salvo algunas excepciones, todos los países cuentan con una Constitución.
LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL Se denomina Revolución Industrial al proceso de desarrollo tecnológico que se inicia en Inglaterra a mediados del siglo XVIII y que más tarde se extenderá al resto de Europa y a los Estados Unidos, transformando la economía, la política y la sociedad. La Revolución Industrial terminó con la economía del Antiguo Régimen y dio paso al sistema capitalista. Las innovaciones tecnológicas dieron lugar a una nueva forma de producción para el consumo en masa. El crecimiento demográfico, la aplicación de las nuevas máquinas a la industria, a la agricultura y a los transportes fueron factores para el desarrollo de una nueva sociedad.
La Revolución Industrial no se produjo de una forma homogénea, ni fue un fenómeno uniforme. El proceso se inició en Gran Bretaña que contaba a mediados del siglo XVIII con una serie de circunstancias que no existían en otros países. El gran desarrollo de su comercio, favorecido por su imperio colonial en Asia, América y África había dado lugar a una acumulación de capitales que podían ser utilizados en nuevas inversiones y contaban con un nuevo sistema bancario liberal. Existía una gran demanda de productos de uso común, tanto para el consumo interior como para las colonias y fue allí donde se inventaron una serie de máquinas capaces de producir mucho más rápido y barato que los talleres artesanales.
En Gran Bretaña la industria textil fue la primera en aprovechar los avances tecnológicos, como la lanzadera volante, que reducía a la mitad el tiempo para elaborar 6 una pieza de tela o un instrumento capaz de reproducir el trabajo de un hilador con la rueca y mover varios husos al mismo tiempo. Poco después surge la primera máquina accionada con fuerza hidráulica, que fabricó tejidos finos de algodón. Hasta entonces la producción de algodón en Inglaterra era insuficiente para su consumo interno y se importaba desde la India. En 1769, el invento de James Watt de la máquina de vapor se aplicó a los telares y a los husos y fue definitivo para la industria textil. La máquina de vapor fue aplicada a toda clase de motores en la industria, en los transportes (barcos y ferrocarriles), etc.
Las máquinas inventadas en Gran Bretaña fueron un modelo a seguir en el continente europeo donde la industrialización fue un poco más tardía. A mediados del siglo XIX se habían industrializado Bélgica, Alemania, Francia. A partir de 1870 se llega a una segunda fase, denominada Segunda Revolución Industrial, en la que se utilizarán además del carbón y el hierro otras formas de energía como el petróleo o la electricidad.
La revolución demográfica De 1800 a 1900 en Europa se produce un fuerte aumento de la población.
De 178 millones de habitantes a principios del siglo XIX se llega a 423 millones en los primeros años del XX. En Gran Bretaña el número de habitantes era de unos 11 millones y a principios del siglo XX se alcanzaron los 41 millones. Los factores que influyen en este gran aumento de la población fueron múltiples. Se produjo un descenso de la mortalidad y probablemente (no se conocen cifras) un aumento de la natalidad. Los progresos de la medicina y de la cirugía fueron significativos para el descenso de la mortalidad, por ejemplo: Koch descubrió el bacilo de la tuberculosis; se conoció la acción de las bacterias en las enfermedades infecciosas y Jener inventó la vacuna de la viruela. El uso de la anestesia y las medidas higiénicas en los hospitales evitaron muertes y contagios innecesarios. Además se construyeron redes de alcantarillado y desinfección de aguas para las ciudades. El aumento de la población dio lugar a su rejuvenecimiento y, en consecuencia, se amplió la población activa.
La agricultura La aplicación de la técnica a las labores agrícolas y la invención de un nuevo utillaje hizo más sencillo el trabajo del hombre. Los arados triangulares permitían remover la tierra, y las máquinas aventadoras y bateadoras facilitaron todas las labores agrícolas.
El conocimiento de la química del suelo permitió la utilización de plantas que aportaban nitrógeno, lo que posibilitó suprimir el barbecho y plantar, alternando en un mismo campo, cultivos distintos como cereales y forrajes. La utilización de abonos hizo posible ampliar la producción para consumo humano y animal. Se consiguió un mayor rendimiento al diversificar y adoptar cultivos foráneos. Gracias al crecimiento de los forrajes se pudo aumentar la ganadería, la cría selectiva de ganado y la producción de carne, lana y piel.
Las inversiones de capital en maquinaria agrícola permitieron la mejora de cultivos y la acumulación de capitales que podían ser empleados en incrementar la productividad agraria y otros negocios. Aunque la población rural disminuyó por la emigración de los campesonos a las ciudades fabriles y a otros países como Estados 7 Unidos, Canadá, Argentina, Nueva Zelanda o Australia, la modernización de la agricultura compensó este descenso de mano de obra e incluso aumentó el volumen de producción.
La revolución en los transportes La mejora en los transportes se produjo con la aplicación de la máquina de vapor al ferrocarril y a los barcos. Previamente la sustitución del carbón por el coque (que se obtiene mediante la combustión incompleta del carbón para separar el sulfuro y el alquitrán) para la fundición del hierro a altas temperaturas, permitió la masiva producción de acero (hierro sin impurezas). En 1856 el convertidor de Bessemer para la producción de acero fue fundamental en este proceso. A partir de entonces el acero se utilizó para la elaboración de locomotoras, raíles, cascos de los barcos y toda clase de utensilios y máquinas. La primera línea de ferrocarril se abrió en 1825, entre Stokton y Darlington; poco después se inauguró la línea regular Liverpool-Manchester. Las consecuencias de la utilización del ferrocarril fueron de gran importancia para la economía al facilitar el traslado de mercancías y productos agrarios, permitiendo la especialización de cultivos que después serían exportados, dando salida a los excedentes. También para la importación de toda clase de artículos en un tiempo muy reducido. Así mismo se impulsó la industria metalúrgica por la gran demanda de acero para la fabricación de raíles, vagones, etc. La construcción de los caminos de hierro fue la gran empresa del siglo XIX y se invirtieron en ella grandes capitales.
En cuanto al transporte marítimo y fluvial, los nuevos barcos tuvieron una mayor facilidad para adaptar las máquinas de vapor que los ferrocarriles. Los primeros vapores, botados en la década inicial del siglo XIX, compitieron con los clippers, barcos de vela que alcanzaban elevadas velocidades en navegación de altura que sobrevivieron hasta las primeras décadas del siglo XX.
Las máquinas de vapor aplicadas a los barcos fueron perfeccionándose y se impusieron de forma definitiva hacia 1880.
La revolución de los transportes facilitó la emigración, alrededor de cuarenta millones de europeos abandonaron sus países entre 1800 y 1930. Los países que acogieron a un mayor número de inmigrantes fueron Estados Unidos, Canadá y Argentina.
Otras consecuencias positivas fueron las de acercar los centros productores a los consumidores, permitir la articulación de los mercados nacionales e internacionales, la especialización geográfica de la producción, la apertura de vastas regiones al comercio y la posibilidad de multiplicar los intercambios. En el terreno militar facilitó el transporte rápido de tropas y pertrechos y desde el punto de vista social promovió la movilidad de las personas.
El liberalismo político y el liberalismo económico La Revolución Industrial impulsó la revolución política que llevó al liberalismo.
En su aspecto político el liberalismo significa la existencia de una Constitución, texto en el que se definen los derechos de los ciudadanos de un país (libertad, seguridad, propiedad, derecho al voto), las garantías para su ejercicio y la organización del Estado, basado en la división de poderes, con un Parlamento que debe ser el encargado de establecer las leyes.
8 Junto a este liberalismo político existían un conjunto de teorías y de prácticas denominadas liberalismo económico, plasmadas en la no intervención del Estado en cuestiones sociales, financieras y empresariales, que favorecía los intereses de la burguesía. El avance tecnológico, la expansión de la demanda generada por una población en crecimiento, la revolución liberal y la acción de hombres emprendedores fueron sin duda los motores que hicieron triunfar la Revolución Industrial, revolución pacífica que cambiaría la sociedad llevándola a un estado de bienestar sin precedentes.
Las consecuencias sociales de la Revolución Industrial El cambio fundamental que produjo en la sociedad la Revolución Industrial y las revoluciones políticas que se dieron en el tránsito del Antiguo al Nuevo Régimen fue la sustitución de una sociedad estamental (en la que los individuos adquirían un estatus por su nacimiento) por una sociedad clasista (en la que la clase social estaba determinada por los bienes materiales). Sus consecuencias inmediatas fueron el aumento de poder de la burguesía, la aparición del proletariado y la consolidación del capitalismo como sistema económico.
El capitalismo, basado en la propiedad privada de los medios de producción generó el proletariado, nueva clase social formada por obreros que vivían exclusivamente de su salario y que al comienzo de la industrialización, se encontraban en una situación de miseria. Con salarios muy bajos, lo obreros trabajaban en fábricas o en minas y con sus sueldos no alcanzaban para cubrir las necesidades primarias, siendo necesario que también trabajaran las mujeres y los niños.
La lucha de los obreros contra estas situaciones de injusticia no se plasmó de forma significativa hasta la década de 1830-40 en huelgas pacíficas o ataques violentos (destrucción de las propiedades de los empresarios, en concreto de las nuevas máquinas).
El gobierno británico fue el primero en establecer leyes laborales para pacificar las relaciones entre patronos y obreros. Poco a poco en el resto de los países europeos se fue implantando también una legislación laboral.
9 TEMA 2 LA REVOLUCIÓN FRANCESA (1789-1799) y EL IMPERIO NAPOLEÓNICO LA REVOLUCIÓN FRANCESA Las ideas de la Ilustración y la independencia de los Estados Unidos de Norteamérica incidieron en la burguesía francesa, que se sentía defraudada por el lento avance de la sociedad. La influencia de ambos movimientos fue preparando la formación de una nueva clase social que sería la propulsora de la revolución.
La Revolución Francesa de 1789 abre el período histórico conocido como Edad Contemporánea. La crisis política, social y económica ocurrida en Francia durante diez años (1789-1799) trastocó el sistema de gobierno y la forma de vida de los franceses.
Este proceso histórico ha sido considerado como uno de los acontecimientos más determinantes de la historia de la humanidad.
Causas Las causas que ocasionaron el estallido revolucionario fueron muchas y muy variadas. Aún hoy día perdura un debate historiográfico para reconocer la importancia y el orden en que se produjeron los acontecimientos que llevaron al levantamiento del pueblo de París contra la Monarquía francesa. Todos los historiadores están de acuerdo en afirmar que en 1789 se inició una nueva etapa histórica con la supresión del sistema señorial, la proclamación de la libertad e igualdad de todos los hombres ante la ley y la afirmación de la soberanía nacional. Sin embargo, continúa la discusión para fijar las causas reales del origen de esta revolución liberal y burguesa que intentó cambiar los modos de vida y gobierno de la nación francesa.
Existieron factores ideológicos, políticos, sociales y económicos, aunque la mayoría de los historiadores manifiestan que estos últimos fueron los fundamentales. A finales del siglo XVIII Francia sufría una gran crisis económica, la hacienda pública se encontraba arruinada y la administración del Estado no lograba resolver los problemas financieros y de subsistencias. Además, la deuda pública iba en aumento y el gobierno hubo de recurrir a los empréstitos que agravaban aún más el déficit público. Se habían sucedido varios años de malas cosechas y escaseaban los alimentos para abastecer a una población que fue aumentando durante todo el siglo XVIII. Los campesinos, jornaleros, obreros, comerciantes, funcionarios y burgueses, pertenecientes todos al Estado Llano (Tercer Estado), manifestaban un gran descontento que iba a constituir el detonante final de la revolución.
10 La Monarquía Constitucional (1789-1791) Francia, como todos los países del Antiguo Régimen, se encontraba administrada por el sistema político de Monarquía absoluta. Sin embargo, desde que fue cuajando el movimiento de la Ilustración en las últimas décadas del siblo XVIII, el poder absoluto de los monarcas iría evolucionando hacia una nueva forma de gobernar: el Despotismo ilustrado. Este nuevo sistema de gobierno, admitido por algunos monarcas europeos, se orientaba a conseguir el bienestar general, como propugnaban los “enciclopedistas” franceses defensores de la “Razón”. Los ministros de esos gobiernos monárquicos intentaban reformar el Estado y eran los que decidían como debía administrarse la nación, aunque siempre necesitaran el consentimiento del monarca. Esa nueva política deseaba fomentar la cultura y la prosperidad de los súbditos.
El rey Luis XVI, ante los sucesivos fracasos hacendísticos de su ministro Necker, intentó resolver el descontento general, provocado por el aumento de impuestos, convocando los Estados Generales (representantes provinciales de los tres estamentos, Nobleza, Clero y Estado Llano) que no se habían reunido en 175 años. En mayo de 1789 la mayoría de los diputados acudieron a la convocatoria real en el palacio de Versalles, próximo a París, donde comenzaron las discusiones.
El Tercer Estado el 9 de julio de 1789 se constituyó en Asamblea Nacional en el pabellón del “juego de pelota” cuando le fueron negados por el Rey y los otros dos estamentos el aumento de sus diputados y la primacía del voto individual. Estos diputados se reunieron para dar al pueblo una Constitución que terminara con la Monarquía absoluta. El pueblo de París les manifestó su apoyo asaltado el 14 de julio la cárcel de La Bastilla, símbolo de la Monarquía opresora.
Desde ese instante el clima revolucionario parisino se fue contagiando a todas las poblaciones francesas. Luis XVI se vio obligado a reconocer la Asamblea Nacional, a la que se habían unido gran parte de la nobleza y el clero, y admitió la redacción de una Constitución. El absolutismo real había sido sustituido por el consejo de Soberanía Nacional.
La Asamblea continuó reunida el resto del verano, tomando el nombre de Asamblea Nacional Constituyente. El Rey se refugió en el palacio de Las Tullerías de París, mientras un gran pánico se extendía por el país provocando que muchos nobles y clérigos huyeran al extranjero para librarse de la furia del pueblo. Los campesinos, influidos por los acontecimientos parisinos, asaltaron muchos de los castillos y residencias de los nobles, quienes al resistirse fueron ahorcados. En agosto de 1789 la Asamblea proclamó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano que reconocía los principios fundamentales de Libertad, Igualdad y Fraternidad. Estos conceptos se convirtieron entonces en el lema de la Revolución Francesa. También se elaboró la Constitución Civil del Clero y por esa nueva ley fueron desamortizados y nacionalizados los bienes de la Iglesia, que desde ese momento pasaron a depender sólo del Estado.
Asimismo, quedaron abolidos los privilegios de la nobleza y del clero.
En el verano de 1791, la Asamblea Nacional aprobó la Primera Constitución Francesa que inició un nuevo régimen en Francia, la Monarquía Constitucional. La Constitución de 1791 impuso la división de poderes, el Ejecutivo lo detentaría un Rey hereditario con poderes recortados; el Judicial estaría representado por jueces independientes y el Legislativo lo constituiría una Asamblea de diputados elegidos por 11 sufragio restringido. La Constitución también garantizaba la libertad económica y el derecho al trabajo para todos los ciudadanos.
La Asamblea Nacional Legislativa quedó establecida una vez aprobada la Constitución y tuvo como finalidad su desarrollo y la redacción de nuevas leyes. Esta nueva Asamblea estuvo compuesta por 164 diputados de derecha, defensores de la burguesía propietaria y de la monarquía constitucional; 136 de izquierda (“jacobinos” y “girondinos”) y por una mayoría independiente de 345 diputados (la “llanura”), considerados de centro. Luis XVI, con el fin de reponer la Monarquía absoluta, solicitó ayuda de las monarquías extranjeras. Para evitar la derrota de los revolucionarios, se constituyó la Comuna de París formada por los ciudadanos de las clases urbanas más desfavorecidas, conocidas como los “sans culottes” (así denominados por su indumentaria). Este grupo urbano se rebeló contra el poder establecido, asaltó Las Tullerías y logró que la Asamblea Legislativa destituyera al monarca y convocara elecciones en agosto de 1792 para elegir una Convención Nacional.
Convención y República (1792-1795) Caído el rey y disuelta la Asamblea, la elección de la nueva Convención Nacional suponía un giro al proceso revolucionario que tomaba un carácter más democrático y popular. La Convención fue elegida por sufragio universal (primera vez que podían votar todos los ciudadanos franceses), lo que supuso un nuevo giro hacia la izquierda política. Los representantes del pueblo quedaron divididos en tres partidos: jacobinos (la montaña), girondinos y la llanura. Los primeros eran los revolucionarios más exaltados que acostumbraban a sentarse en la parte más alta de la sala de reuniones. El primer acto que realizó la Convención el 21 de septiembre de 1792 fue abolir la Monarquía y proclamar la Primera República francesa.
Los girondinos, en un golpe de fuerza, se hicieron con el Consejo Ejecutivo Provisional y ocuparon los cargos más importantes de la Convención. La Convención girondina creó el Comité de los Doce para reprimir a la Comuna, y con el fin de lograr la pacificación del país se vieron obligados a condenar al Rey, convicto de traidor a la revolución. Las monarquías europeas, tratando de restaurar en el Trono de Francia a Luis XVI, habían formado la Primera Coalición antifrancesa dirigida por Prusia y Austria, mientras en el interior de Francia algunas regiones como La Vendée, se sublevaban contra la Convención. En esos momentos comenzó la guerra en Europa; el gobierno francés ordenó una leva de 300.000 soldados que lucharían con entusiasmo para defender su República. En enero de 1793 Luis XVI fue guillotinado.
Poco tiempo después, el partido jacobino fundó el Comité de Salud Pública que fue dirigido por Robespierre y acabó ganando al pueblo para su causa. Los jacobinos, en junio de 1793, se impusieron a la Convención y la Revolución pasaría por uno de sus períodos más sangrientos, denominado el “Terror”. Pero también se tomaron una serie de medidas de carácter democrático y social encaminadas a favorecer los sectores más débiles de la sociedad. La Convención jacobina se dedicó a terminar con los últimos privilegios de la nobleza, clero y alta burguesía. Trataron de atraerse a la burguesía moderada, protegiendo la propiedad privada y a las clases populares, especialmente a los campesinos.
Su obra política quedó plasmada en la Constitución de 1793, más radical que la anterior. La nueva Constitución iba a desarrollar e imponer un régimen republicano más 12 democrático, donde ya se establecía la definitiva igualdad para todos, el sufragio universal, el derecho al trabajo, a la asistencia social y a la enseñanza gratuita.
Los jacobinos continuaron imponiendo el “Terror” y guillotinando a todo sospechoso de antirrevolucionario (se calcula que más de 35.000 personas fueron ajusticiadas, así como la misma reina Mª Antonieta y su familia). La revolución se radicalizó en el aspecto religioso, se suprimió la religión católica y se dio culto a la “Razón”.
Se instauró un nuevo calendario con nombres basados en la climatología y en la agricultura. La reorganización llevada a cabo en el ejército y sus mandos salvó a Francia de la invasión exterior. Robespierre se fue haciendo con todo el poder al guillotinar a sus compañeros de gobierno y dueño ya del poder ejecutivo, anuló la Constitución de 1793 con el fin de redactar otra aún más radical que le concediera el poder total.
Esa terrible situación de caos y terror impulsó a los franceses más moderados a tomar una drástica decisión para acabar con la desatada violencia, por lo que la mayoría de la Asamblea, la Llanura, consiguió dar un golpe de Estado en julio de 1794 (en el mes de Termidor según el nuevo calendario) dominando así la Asamblea e instituyendo la Convención Termidoriana. Robespierre y sus seguidores fueron guillotinados. El pueblo francés, ya estaba cansado del “Terror”, de pasar hambre y de tanta persecución. Por ello, los diputados moderados de la Llanura, con la ayuda general, lograron sofocar los motines causados por el hambre, suprimieron con dureza la Comuna de París y el Comité de Salud Pública y elaboraron una nueva Constitución en 1795 que defendía los intereses burgueses y reestablecía el sufragio censitario. Mientras tanto, continuaban los éxitos del ejército francés contra la Primera Coalición antifrancesa.
El Directorio (1795-1799) Una vez aprobada la nueva Constitución de 1795 se deshizo la Convención y se organizó la separación de los poderes: ahora el Legislativo recaía en dos Cámaras (Consejo de Ancianos y Consejo de los 500) y el Ejecutivo, reforzado por el nuevo sistema de gobierno, se confió a un Directorio compuesto por cinco miembros renovables a razón de uno cada año.
Al “Terror jacobino” sucedió el “Terror blanco”. El nuevo Directorio llevó a cabo grandes matanzas entre los jacobinos o los sospechosos de serlo y el 5 de octubre de 1795 los realistas prepararon una marcha sobre Las Tullerías que fue sofocada por un joven general corso: Napoleón Bonaparte. Desde ese momento la suerte de la República estaría en manos del Ejército.
El Directorio, no obstante tampoco pudo conseguir la paz exterior ni interior debido a los constantes enfrentamientos con las monarquías extranjeras y con los grupos realistas o los revolucionarios de la propia Francia. Uno de los levantamientos contra este gobierno fue la llamada “Conjura de los iguales”, liderada por el filósofo utópico Babeuf, quien deseaba instaurar un régimen de tipo comunista. Esta rebelión fue aplastada, siendo guillotinados Babeuf y sus seguidores en mayo de 1797.
Francia, mientras tanto, continuaba sus conquistas en el extranjero (Saboya, Niza, Milán, Lombardía, Venecia, Malta, Egipto...) gracias a la estrategia de sus generales y sobre todo al genio militar y organizativo del general Bonaparte, formándose “repúblicas hermanas” en todos los territorios conquistados. Entre tanto, en París, varios golpes de estado y la pérdida a partir de 1798 de algunos territorios conquistados, debilitaron el 13 poder e hicieron considerar a uno de los Directores, el ex-abate Sieyés, que la única solución para acabar con la anarquía se encontraba en el ejército guiado por Napoleón. En 1799 iba a comenzar una nueva etapa en la historia de Francia y de Europa por el golpe de Estado del 18 de Brumario protagonizado por el general Napoleón Bonaparte.
EL IMPERIO NAPOLEÓNICO (1799-1815) En 1799 el militar que más fama había adquirido en el ejercicio de la primera república francesa fue Napoleón Bonaparte. El joven general había nacido en 1769 en Ajaccio (Córcega) en el seno de una familia de la burguesía media. Desde muy joven estudió en la Escuela Militar de París, donde obtuvo el grado de subteniente de artillería.
Cuatro años después de la Revolución Francesa, ya era capitán y su valiente actuación contra la Primera Coalición en el sitio de Toulon, le valió el grado de general de brigada a los 24 años (el general más joven de la historia militar).
En 1796 el general Bonaparte recibió del Directorio el mando del ejército francés en Italia, donde obtuvo grandes victorias. Enviado posteriormente a Egipto para cortar las comunicaciones británicas con la India, tomó Alejandría y El Cairo, tras la famosa batalla de las Pirámides. En el verano de 1798 Bonaparte fue derrotado en el Mediterráneo por la escuadra inglesa del Almirante Nelson, aunque consiguió escapar de Egipto y desembarcar en el sur de Francia.
A pesar de haberse deshecho la Primera Coalición, la política expansionista del Directorio llevó a las Monarquías europeas a organizar una Segunda Coalición integrada por Austria, Inglaterra, Rusia, Turquía y Nápoles. La guerra se reanudó en todos los frentes. En un principio, Prusia se mantuvo neutral y España continuó su alianza con Francia. Las continuas derrotas del ejército francés y las vacilaciones del gobierno propiciaron que Napoleón, con un grupo de partidarios, diera el golpe de Estado del 18 de Brumario del año VII (9 de noviembre de 1799) que acabaría en con el gobierno del Directorio.
El Consulado (1799-1804) En 1799, tras el golpe de Estado del 18 de Brumario, se instauró en Francia un nuevo régimen más fuerte, el Consulado, que iba a terminar con inestabilidad política. El poder ejecutivo lo comenzaron a ejercer los tres Cónsules de la República Francesa, el general Bonaparte y los anteriores miembros del Directorio, Sieyés y Ducos.
Inmediatamente después se puso en marcha la redacción de una nueva Constitución, que había de regularizar la situación surgida tras el 18 Brumario.
La Constitución aprobada en enero de 1800 mediante un referéndum, reforzó el poder de Bonaparte porque le puso al frente del gobierno por un período (renovable) de 10 años. Napoleón como Primer Cónsul tenía amplios poderes que desbordaban la esfera ejecutiva (iniciativa en la proposición de leyes, dirección de la política exterior, nombramiento de los ministros y de los miembros del Consejo de Estado, así como de los jueces y de altos funcionarios). Los otros dos nuevos Cónsules sólo poseían voz consultiva. La Constitución de 1800 no sólo fortalecía el poder ejecutivo del Primer Cónsul, sino que recortaba la soberanía nacional. Durante los primeros años del gobierno 14 napoleónico se fueron realizando grandes avances administrativos, políticos y constitucionales. Incluso, Napoleón consiguió la paz religiosa con el Papa Pío VII al firmar el Concordato Vaticano de 1801. La gran inteligencia y visión política del joven general le llevaron a realizar una formidable labor administrativa en el Estado francés.
En 1802 Napoleón promulgó una nueva Constitución que aún le daba mayor poder, convirtiendo el régimen republicano en un régimen casi monárquico, al declarar vitalicios a los Cónsules y conceder al Primer Cónsul el derecho a designar sucesor. Creó una eficaz policía y reorganizó el territorio en 130 departamentos de similar medida, poniendo a la cabeza de ellos a un prefecto, que sería el delegado del gobierno, y a los subprefectos al frente de los distritos. Consiguió estabilidad económica, constituyendo el Banco de Francia y creando el franco como unidad monetaria. Napoleón consolidó la obra reformadora del nuevo régimen mediante el Código Civil, el Código de Comercio y el Código Penal que confirmaban la abolición de los privilegios y respetaban los derechos adquiridos con la Revolución. Estas tres obras han sido, desde entonces, el modelo de la jurisprudencia internacional. La centralización del Poder, llevada a cabo por Napoleón, aún continúa vigente en Francia.
Mientras esto ocurría la situación en Europa era preocupante debido a la política exterior napoleónica. Francia se enfrentó en 1800 a la Segunda Coalición. El mismo Napoleón tomó el mando del ejército de Italia consiguiendo la victoria de Marengo contra los austriacos. En 1802 se firmó la Paz de Amiens, que deshacía la Segunda Coalición y detenía por el momento a Inglaterra que era el gran enemigo de Francia.
El Concordato y la disolución de la Segunda Coalición fueron lo éxitos de la política exterior de Napoleón que le habían llevado a promulgar la Constitución de 1802 que tanto reforzaba su poder. En estos primeros años del siglo XIX la mayoría de los Estados europeos se encontraban sometidos al poder francés: Austria había firmado la paz con Napoleón, cediéndole el control del centro y del norte de Italia, excepto parte de Venecia, así como el afianzamiento francés en la totalidad del curso izquierdo del Rhin.
España continuaba coaligada a Francia, mientras que Portugal, partidario de Gran Bretaña, quedó sometido en 1801 cediendo parte de la Guayana a Francia, la plaza de Olivenza a España y el cierre de los puertos portugueses a los ingleses. Sólo quedaba Inglaterra como principal contrincante del Estado francés.
El Primer Imperio francés (1804-1815) Era tal la fama y el poder del Primer Cónsul que en 1804 Napoleón dictó otra Constitución para solucionar los problemas internos y externos que Francia tenía en esos momentos. El gobierno ya no lo detentaría un triunvirato de cónsules sino que lo ejercería un Emperador, Napoleón I. Este nuevo régimen anulaba la República y establecía una Monarquía hereditaria. Sin embargo, iba a garantizar las conquistas de la Revolución Francesa: igualdad de derechos, libertad política y civil y ratificación de las ventas de bienes nacionales y de la integridad territorial. El 2 de diciembre de 1804, Napoleón se coronó a sí mismo Emperador de los franceses en presencia del Papa Pío VII para dar mayor solemnidad al acto. En ese momento finalizó el período de la Primera República francesa y comenzó el Primer Imperio francés.
Con el propósito de obtener la aceptación de sus partidarios, Napoleón sustituyó la antigua nobleza hereditaria por una nueva, que conseguía sus títulos de nobleza por méritos de guerra o servicios al Estado. Así nombró príncipes, duques, 15 marqueses y condes a sus generales y mariscales. Convirtió a sus hermanos y a su cuñado en reyes: José, rey de Nápoles primero y después rey de España; Luis, de Holanda; Jerónimo, de Westfalia y a su cuñado Murat, le otorgó el ducado de Berg y más tarde le nombró rey de Nápoles. También instituyó la “Legión de Honor”, la más alta condecoración francesa hasta la fecha.
El Emperador dominaba toda la política, pues aunque existían la Cámara Baja y la Alta como control del gobierno, en definitiva sus diputados y senadores se plegaban a los deseos de Napoleón. El poder Ejecutivo se encontraba totalmente en sus manos y el Judicial también, ya que los jueces eran nombrados por él y la policía napoleónica funcionaba con un control total de la nueva sociedad. En lo social se estaba produciendo una involución de lo conseguido por la Revolución. La antigua nobleza había perdido sus privilegios, bien es verdad, pero la nobleza imperial volvió a establecer una jerarquía social acaparando propiedades agrarias y bienes inmuebles que la separaban del pueblo llano.
Napoleón había formado un ejército fuerte y novedoso: “servicio militar obligatorio, táctica militar sencilla”. Este sistema militar, unido al carisma y gran ingenio de su Emperador, consiguió que el ejército napoleónico fuera temido por todas las potencias enemigas. Por otra parte, aunque el estímulo bélico favorecía el poder adquisitivo de los salarios y nivelaba el paro, las campañas napoleónicas significaban, no obstante, una cruenta sangría de hombres sobre todo entre las clases populares. La cuestión económica, sin embargo, se vio mejorada con la conquista de nuevos territorios (Austria, Suiza, Italia, Portugal y España).
Francia organizó el Bloqueo Continental ante la imposibilidad de conquistar Inglaterra por mar. Decidió estrangular su comercio y aprovisionamiento bloqueando la isla y el mar que la circundaba para que no recibiera mercancías ni ayuda exterior. Sin embargo, la marina británica era muy fuerte y se había desplegado por todos los continentes impidiendo también que Francia recibiera por vía marítima mercancías de las colonias y de sus Estados aliados. En octubre de 1805, frente al cabo de Trafalgar, la escuadra inglesa dirigida por el almirante Nelson aniquiló a la flota franco-española.
Inglaterra, dueña aún de los mares, se propuso organizar una Tercera Coalición con Austria, Rusia, Nápoles y Suecia para vencer definitivamente al Imperio francés.
No obstante, la política exterior francesa giraba en torno a la voluntad de Napoleón Bonaparte, que significaba la expansión de Francia sin límites para imponer la hegemonía francesa en todo el continente europeo. La victoria francesa contra el ejército austro-ruso en la batalla de Austerlitz en diciembre de 1805 y en 1807 contra Prusia y los ejércitos coaligados, logró que en junio de 1807 se firmara la Paz de Tilsit con el zar Alejandro I, deshaciéndose así la Tercera Coalición. Rusia y Francia repartieron su influencia en Europa, la parte oriental para el zar y la occidental para Napoleón, que ya dominaba Italia, gran parte de Alemania y Polonia.
Mientras tanto, continuaba el empeño del emperador para conquistar Inglaterra, por lo que instó a Portugal y a España a hacer efectivo el bloqueo. La Monarquía portuguesa rechazó el ultimátum francés, sin embargo el rey de España, Carlos IV, a través de su “favorito” Manuel Godoy, firmó un acuerdo con Napoleón, el Tratado de Fontainebleau de octubre de 1807, en virtud del cual las tropas francesas obtenían el derecho de paso por territorio español para ocupar el reino lusitano. La conquista de Portugal fue el motivo de la invasión de España por Francia y el comienzo de los movimientos nacionales y guerrilleros españoles, que se enfrentarían a los ejércitos franceses en una guerra de independencia durante seis años, consiguiendo el pueblo español, con la ayuda inglesa, la victoria final.
16 Napoleón había llegado a la cumbre de su poder. El Imperio francés ya se extendía a los Países Bajos y al norte de Italia y la autoridad del Emperador llegaba a los países satélites de Francia (España, Holanda, Nápoles, etc.) regidos por sus familiares o mariscales. El resto de Europa era neutral y sólo quedaba Inglaterra como enemiga acérrima de Francia. Sin embargo, en 1811 se tuvo que enfrentar con una crisis económica a causa del Bloqueo Continental impuesto por Inglaterra, puesto que el comercio francés sufrió casi tanto como el inglés. La crisis económica junto con las malas cosechas comenzaron a afectar al pueblo francés que ya estaba cansado de sacrificar a sus jóvenes para satisfacer el prestigio imperial.
En 1812 Rusia rompió la alianza con Francia porque temía el gran poder militar y económico que el Imperio francés estaba desplegando en Europa y que amenazaba con asfixiar al Imperio de los zares. Napoleón, entonces, decidió la conquista de Rusia sin contar con la adversa climatología invernal de la estepa rusa. Tanto el ejército como los campesinos rusos siguieron la táctica de guerrillas que ya se había empleado en España, que sin enfrentarse al ejército francés en campo abierto iban minando su retaguardia.
Cuando Napoleón llegó a Moscú en septiembre de 1812, tras la conquista francesa de Borodino cerca de la capital rusa, se encontró con una ciudad arrasada e incapaz de alimentar y cobijar a las tropas francesas. El Emperador ordenó la retirada pero ya el hielo y la nieve se habían apoderado del largo camino de vuelta. De los 600.000 hombres que partieron para conquistar Rusia, apenas regresaron 100.000.
El fracaso de la estrategia napoleónica, tanto en España como en Rusia, fue el principio del fin del Imperio francés, porque no sólo diezmó considerablemente los efectivos militares sino que dio ánimos a los países coaligados. En octubre de 1813 Austria, Prusia, Rusia e Inglaterra se volvieron a unir contra Francia juntando sus ejércitos y derrotando al ejército francés en la batalla de Leipzig. Así Francia pudo ser invadida por las tropas aliadas y París ocupado el 31 de marzo de 1814. Napoleón no tuvo más remedio que rendirse, siendo deportado a la isla mediterránea de Elba.
Las potencias europeas restauraron la Monarquía en Francia y nombraron a Luis XVIII, hermano de Luis XVI, nuevo rey de los franceses. No obstante, la fragilidad de su Gobierno y los errores de sus seguidores provocaron el descontento del pueblo francés que ya suspiraba por Napoleón. Este se escapó de su encierro en Elba, desembarcó en Francia el 1 de marzo de 1815 y se proclamó por segunda vez Emperador de los franceses.
En “Nuevo Imperio” sólo duró cien días, ya que las potencias europeas conducidas por el general inglés Wellington, héroe de la guerra de independencia en España, derrotaron definitivamente a Napoleón en la llanura belga de Waterloo. El Emperador se vio obligado a abdicar, volviendo Luis XVIII al Trono de Francia. Los ingleses deportaron a Napoleón Bonaparte a la isla atlántica de Santa Elena, donde murió el 5 de mayo de 1821, con 52 años.
17 EUROPA 1789-1814 18 TEMA 3 LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA.
EL REINADO DE FERNANDO VII Desde 1788 reinaba en España Carlos IV, hijo de Carlos III. Las reformas ilustradas llevadas a cabo durante el reinado de su padre no habían solucionado los problemas del país y quedaron en suspenso al estallar la Revolución Francesa en 1789.
Tradicionalmente España era aliada de Francia, pero esta situación cambió a partir de 1793 en que fue ejecutado Luis XVI. Manuel Godoy, valido de Carlos IV, dirigía la política nacional y era partidario de esta ruptura. España se alió con las potencias europeas que luchaban contra la Francia revolucionaria, pero tras ser derrotadas las fuerzas de esta primera coalición y firmarse la Paz de Basilea (1795), nuestro país pasó de nuevo a ser aliado de Francia. Poco después luchaba con el ejército de Napoleón contra Portugal y en 1805 contra los ingleses en la batalla naval de Trafalgar, que fue desastrosa para España por quedar totalmente destruida su armada. Como consecuencia se redujo el comercio con las colonias americanas, produciéndose un grave quebranto para la Real Hacienda.
Dentro del país la situación era compleja. El favorito, Manuel Godoy, había sido encumbrado por el apoyo de la Reina, pasando en cuatro años de cadete del cuerpo de la Guardia Real a Consejero de Estado, y siendo nombrado Príncipe de la Paz. El pueblo odiaba a este advenedizo que había logrado una inmensa fortuna y una influencia tan grande sobre los reyes. El Príncipe de Asturias, Fernando, era su acérrimo enemigo.
Los sectores más reaccionarios del país se agrupaban en torno a Fernando, que conspiraba contra su padre.
Como la situación económica era grave, Godoy decretó una desamortización de los bienes eclesiásticos para equilibrar la deuda pública, pero se ganó la animadversión del clero. El clima general era de descontento y se achacaban al favorito todos los males que estaba sufriendo España.
LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA Entre 1808 y 1814 se van a producir acontecimientos decisivos para la historia de España: el levantamiento de la población en contra de la invasión francesa y, al mismo tiempo, una revolución que alteró el orden político y social vigente desde hacía muchos años.
Napoleón se había apoderado de casi toda Europa cuando decidió conquistar Portugal para desde allí establecer el bloqueo continental de Inglaterra. En 1807 firmó con Godoy el Tratado de Fontainebleau, por el cual las tropas españolas y francesas conquistarían Portugal. Los franceses invadieron España sin encontrar resistencia de los españoles, que aún no suponían las verdaderas intenciones del Emperador de los franceses.
19 En marzo de 1808 se desencadenó una revuelta popular, el Motín de Aranjuez, que provocó la caída del Gobierno. Carlos IV se vio obligado a ceder la Corona a su heredero Fernando, pero dos días más tarde pidió ayuda a Napoleón. Éste, aprovechando las disensiones de la familia real, convocó a padre e hijo en Bayona (Francia) y les forzó a abdicar proclamando Rey de España a su hermano José Bonaparte.
Luego mandó redactar la Constitución de Bayona para el nuevo gobierno de España. La nueva Constitución era semejante a la francesa, modernizaba la administración española, el sistema judicial y fiscal y protegía los derechos individuales. Contenía elementos de una reforma política y social tendentes a disminuir el poder de la nobleza y potenciar a la burguesía. Podía haber representado un primer paso en la modernización y liberalización de España pero no llegó a aplicarse.
El 2 de mayo de 1808. Las Juntas El 2 mayo, cuando parte de la familia real abandonaba el Palacio Real para dirigirse a Bayona, los madrileños que contemplaban los preparativos intentaron impedirlo y se levantaron contra las tropas francesas. Éstas cargaron contra la multitud y la lucha se generalizó por toda la capital, participando en ella todas las clases sociales. La fecha del 2 de mayo se convirtió en el símbolo de la insurrección popular contra Napoleón y el ejemplo de Madrid se generalizó en toda España.
Al hacerse públicas las abdicaciones de Bayona, el pueblo, ante el vacío de poder, recurrió a las Juntas Provinciales ya establecidas, como la Junta General del Principado de Asturias, la Diputación del Reino de Galicia, las Cortes de Aragón y otras que se fueron creando. Estas asumieron el poder e incitaron al pueblo a defender a la Patria. Más adelante todas ellas delegaron en una Junta Central Gubernativa del Reino, establecida primero en Aranjuez, después en Sevilla y finalmente en Cádiz e integrada por nobles y burgueses. De esta Junta Central saldría una comisión que convocó Cortes para elaborar una constitución. Sus objetivos fueron organizar la lucha contra los franceses para expulsarlos del territorio nacional. La Junta pidió ayuda a los británicos, que aportaron armas y dinero. Más tarde también colaboraron enviando tropas que desembarcaron en Portugal para ayudar al precario ejército español.
En 1810 la Junta Central cedió su autoridad a una Regencia, quedando limitadas sus atribuciones a dirigir la guerra.
Etapas de la Guerra 1ª) Primeros enfrentamientos. En el mes de junio de 1808 se instaló en Madrid José I. Las tropas francesas situadas en el noroeste de la península se desplegaron por todo el territorio español. Napoleón creía que los 150.000 hombres que había introducido en España con el pretexto de conquistar Portugal serían suficientes para reprimir cualquier resistencia. Pero durante el verano el ejército español logró detener el avance francés en Valencia, Zaragoza y Gerona. El 20 de julio los españoles, al mando del general Castaños, hicieron capitular a los franceses en Bailén (Jaén) y un mes más tarde el ejército británico consiguió una victoria en Çintra (cerca de Lisboa) sobre los franceses, que estaban al mando del general Junot. Apenas un mes después de llegar a España, José I tuvo que replegarse más allá del Ebro.
20 2ª) La intervención de Napoleón y la acción de las guerrillas. Antes de terminar el año 1808 Napoleón entró en España al frente de un gran ejército. Por otra parte, Gran Bretaña envió a La Coruña tropas al mando del general Wellesley para ayudar a los españoles. A finales de 1808 Napoleón había conquistado Madrid y repuesto en el trono a su hermano José I. Desde la capital Napoleón dirigió una gran ofensiva, expulsó a los ingleses de Galicia mientras que otro ejército avanzaba hacia el sur ocupando Andalucía, y un tercero conquistaba el valle del Ebro y Levante. La Junta Central tuvo que huir e instalarse en Sevilla. Las tropas españolas, muy mermadas, se defendieron heroicamente.
En el año 1810 sólo quedaban en la península sin ocupar por los franceses las ciudades de Cádiz y Lisboa.
La acción de las guerrillas fue de singular importancia para los españoles en la Guerra de la Independencia y significaba la participación popular en la contienda como expresión de la lucha contra el invasor. Las guerrillas eran partidas de entre cincuenta y cien hombres, formadas por aventureros, bandoleros, patriotas y desertores del ejército.
Sus acciones representaban un gran perjuicio contra los franceses ya que contaban con un buen conocimiento del terreno, la complicidad de la población civil, podían desplegar una gran movilidad y rompieron el concepto de guerra convencional regida por unas normas. Los guerrilleros preparaban emboscadas, impedían el abastecimiento de las tropas, cortaban los caminos y sorprendían a los soldados en los lugares más inesperados. Muchos de sus líderes fueron héroes anónimos, a otros se les conoce por sus apodos y sabemos el nombre de algunos como Juan Martín Díez “El Empecinado”, Jerónimo Merino “El Cura Merino” o Espoz y Mina.
Además de la acción de las guerrillas, el ejército francés, que se desenvolvía con mucha eficacia en el campo de batalla, encontró una gran resistencia a la hora de conquistar ciudades. Fueron famosos por su resistencia, los sitios de Gerona, Zaragoza y Cádiz. Las dos primeras ciudades finalmente sucumbieron, mientras que Cádiz, que contaba con fortificaciones excepcionales que habían sido construidas para defenderse de los ingleses, resistió el asedio apoyada esta vez por barcos ingleses.
3ª) Última fase: el final de la guerra. El ejército de Napoleón no podía vencer a los españoles con los mismos procedimientos que había utilizado en otras guerras, ya que la guerrilla impedía que pudieran obtener una victoria decisiva. Los franceses no eran capaces de aniquilar la resistencia, ni los españoles podían expulsar a los franceses. La ayuda del cuerpo expedicionario dirigido por el Duque de Wellington fue fundamental para dar un nuevo giro a la guerra. La reconquista se inició desde Portugal, de suroeste a nordeste entre 1812 y los primeros meses de 1814. Fueron muy importantes las victorias de Los Arapiles, Vitoria y San Marcial. Las divisiones de Suchet, que ocupaban la parte oriental de España se retiraron y en la primavera de 1814 las tropas anglo-españolas entraban en el sur de Francia. Napoleón tuvo que reconocer la independencia de España por el tratado de Valençay y dejar en libertad a Fernando VII. La derrota en España fue el principio del fin del Emperador de los franceses, que poco después tendría que reconocer su derrota ante la presión de las fuerzas aliadas.
21 LAS CORTES DE CÁDIZ Y SU OBRA: LA CONSTITUCIÓN DE 1812 Al mismo tiempo que se desarrollaban las actividades bélicas, la Regencia convocaba Cortes en junio de 1810 en Cádiz, el único lugar del país que escapaba del control de los franceses. En septiembre de 1810 tuvo lugar la primera sesión, que contó con la presencia de 95 diputados. El mismo día se proclamó la soberanía nacional representada por las Cortes. Los diputados reunidos en Cádiz respondían a varias tendencias: Absolutistas, partidarios de la soberanía real y de la vuelta al orden político, social y económico del Antiguo Régimen; Liberales, contrarios al mantenimiento de la sociedad estamental, eran partidarios de la libertad, la igualdad y el derecho a la propiedad. Defendían la soberanía nacional y la Monarquía dentro de un marco constitucional. Por último, Ilustrados que representaban una posición intermedia entre los dos grupo anteriores, pensaban que era suficiente con renovar las antiguas leyes y costumbres. Su representante más destacado fue Melchor Gaspar de Jovellanos.
La Constitución de 1812 fue de gran trascendencia por ser el primer texto constitucional español y por el cambio político que suponía la aceptación de que el poder real no debía ser absoluto, sino limitado, respondiendo a la voluntad general de la nación.
Se proclamó la Soberanía Nacional, la independencia de poderes –legislativo, ejecutivo y judicial- y la igualdad de todos los ciudadanos ante la Ley. La potestad legislativa residía en las Cortes con el rey, la ejecutiva en el rey y la judicial en los tribunales. Las Cortes (con una sola Cámara) fueron la institución central del Nuevo Régimen, ya que representaban a la voluntad nacional. Se reguló la función de los ministros, estableciendo la necesidad de refrendo para todas las decisiones del rey. El Consejo de Estado pasó a ser el órgano consultivo del rey (se eliminaban así “las camarillas palaciegas”) y la administración de justicia era competencia exclusiva de los tribunales.
Las Cortes de Cádiz lograron realizar un proyecto realmente liberal. Desde el punto de vista social, se declaró la igualdad de todos los hombres ante la ley. Se abolieron las instituciones del Antiguo Régimen, suprimiéndose todos los privilegios señoriales. La supresión de la Inquisición y del diezmo (impuesto que tradicionalmente cobraba la iglesia sobre la tierra) provocaron la ruptura diplomática con la Santa Sede. Desde el punto de vista económico, se logró regularizar y centralizar la Hacienda y liberalizar la economía, suprimiendo los antiguos privilegios corporativos. Se abolieron la Mesta, las aduanas y los gremios. Se liberalizaron el comercio y los precios, sentando las bases de una economía de libre mercado. La obra de las Cortes de Cádiz fue verdaderamente revolucionaria. Pero a la hora de llevarla a la práctica se pondrían de manifiesto las distorsiones existentes entre la fórmula legal y la realidad nacional.
La Constitución de 1812 fue un modelo a seguir por otros muchos movimientos liberales extranjeros, como el portugués, el griego, el piamontés o el napolitano y varios latinoamericanos. Para los españoles fue un símbolo liberal, que parecía representar la solución a todos los problemas.
EL REINADO DE FERNANDO VII (1814-1833) Fernando VII volvió de su exilio en el castillo de Valençay en marzo de 1814.
Después de todas las penalidades que había sufrido el país con la invasión francesa, el 22 Monarca fue acogido por los españoles con un gran entusiasmo. Su regreso era considerado como una vuelta a la normalidad después de una época de conflictos.
El Sexenio Absolutista (1814-1820) Nada más llegar a España, Fernando VII firmó un Real Decreto por el que se consideraban “nulos y sin ningún valor” todas las reformas de las Cortes de Cádiz, incluida la Constitución; disolvió las Cortes y terminó con todas las reformas liberales. Con la aprobación de posteriores decretos que anulaban las disposiciones liberales, España volvió al Antiguo Régimen. Se iniciaba el Sexenio Absolutista, primera etapa del reinado del Monarca en que la represión política a los liberales, la crisis económica y los pronunciamientos militares fueron las características más destacadas.
Uno de los problemas más graves que encontró Fernando VII a su regreso a España fue la situación económica del país, que era desoladora. La Guerra de la Independencia significó la ruina de la agricultura y la destrucción de la incipiente industria nacional. En las ciudades, José I había realizado algunas obras urbanísticas, pero los pueblos habían quedado totalmente destrozados. Las exigencias de avituallar al ejército francés, sobre todo con la mala cosecha de 1810, supusieron la muerte por inanición de numerosas personas. En 1812 la capital sufrió una terrible hambruna, al no poder recibir cereales y otros alimentos por estar los caminos intervenidos por los invasores. Los franceses se apoderaron de objetos de arte y joyas tanto de iglesias y conventos como de palacios de los nobles y del mismo Patrimonio Real. Por otra parte, las luchas independentistas de las colonias americanas representaron la pérdida de mercado para muchos productos españoles que eran fuente de ingresos fundamental para la Real Hacienda.
Desde su llegada Fernando VII gobernó como monarca absoluto. Muchos de los liberales que habían contribuido a la redacción y promulgación de la Constitución de 1812 y también los que habían apoyado al invasor huyeron del país, instalándose en Francia e Inglaterra, desde donde fueron fraguando distintas conspiraciones. El Rey persiguió a los que se quedaron en España, acusándolos de “afrancesados” (colaboracionistas con el régimen de José I). Algunos de ellos fueron encarcelados con penas que oscilaban entre uno y diez años.
Los liberales se sentían defraudados porque toda su obra se había venido abajo y desde el mismo año 1814 intentaron hacer caer el régimen establecido organizando pronunciamientos (golpes contra el poder para cambiar el régimen político con medios militares). En estos pronunciamientos participaban también aquellos sectores que se sentían perjudicados por el régimen absolutista, como la burguesía de negocios, que estaba convencida de que con el liberalismo se facilitaría la recuperación económica y los militares, descontentos por la falta de pagas.
Los liberales eran los ideólogos de los pronunciamientos y trazaban los planes; la burguesía de negocios aportaba fondos y los militares llevaban a cabo la acción. Las sociedades secretas y las logias masónicas proporcionaban un ambiente muy favorable a las conspiraciones, previas a estos pronunciamientos. A pesar de que durante el sexenio absolutista hubo casi todos los años algún pronunciamiento, fueron fracasando sucesivamente por imprevisión o por falta de apoyo popular.
23 El Trienio Liberal (1820-1823) En 1820 el ejército reunido en Cabezas de San Juan (Sevilla) al mando del comandante Riego, a punto de embarcar para sofocar los movimientos independentistas de las colonias, se levantó y consiguió el respaldo nacional. El Monarca tuvo que jurar la Constitución de 1812 y acatar el gobierno de los liberales, que pusieron en marcha una política con la que pretendían modernizar el país recuperando la obra de las Cortes de Cádiz. Pero los hombres que habían redactado la Constitución de 1812 no eran ya los mismos en 1820 y pronto se vieron divididos en dos tendencias: los liberales moderados, que pretendían reformar la Constitución de Cádiz en sentido conservador y los exaltados, que querían aplicarla como estaba. La revolución de 1820 fue llevada a cabo por los exaltados, pero los moderados se mantuvieron en el poder durante los dos primeros años sufriendo la coacción y crítica constante de los exaltados.
En esta primera etapa los liberales continuaron poniendo en práctica las reformas iniciadas por las Cortes de Cádiz. En materia religiosa, suprimieron la Compañía de Jesús y otras órdenes religiosas y se puso en marcha una política desamortizadora que afectaba a los bienes de las compañías extintas y los de la Inquisición.
La segunda etapa se inicia con levantamientos en distintos puntos de España. Sus autores eran liberales exaltados insatisfechos porque las reformas eran insuficientes y no se habían cumplido sus proyectos. En esta “contrarrevolución” participaron los masones, los comuneros (facción exaltada de los masones), las sociedades patrióticas (clubes abiertos a las discusiones políticas, similares a los que se crearon en la Francia de la Revolución) y la Milicia Nacional (fuerzas cívico militares, fundadas en la Constitución de Cádiz de 1812). La situación se resolvió tras largas negociaciones en las que los exaltados consiguieron nombramientos de importancia.
En la última etapa, los exaltados alcanzaron el poder tras un intento de sublevación de la Guardia Real. Para mantener el orden procedieron con gran moderación, por primera vez convocaron reuniones de todos los ministros con el Rey – Consejo de Ministros- intentando un entendimiento con el Monarca que no habían tenido sus antecesores. Pero fue en vano, los liberales estaban más divididos que nunca y las insurrecciones realistas surgían por todas partes.
Durante todo el Trienio, Fernando VII conspiró contra los gabinetes liberales y apoyó a las fuerzas absolutistas, que tuvieron un gran arraigo en el norte de España e incluso intentaron formar un nuevo Estado en Cataluña, la Regencia de Urgel en 1822.
El Monarca solicitó al Congreso de Verona la intervención de las tropas de la Santa Alianza, defensoras del absolutismo de acuerdo con los principios de la Restauración que imperaba en Europa desde las guerras napoleónicas. En 1823 entraban en nuestro país los Cien mil hijos de San Luis, ejército francés al mando del Duque de Angulema. Con muy poca resistencia repusieron en el trono a Fernando VII. Terminaba así la segunda experiencia de los liberales en España.
La Década Absolutista (1823-1833) 24 La vuelta de Fernando VII como monarca absoluto trajo graves represalias y persecución para los liberales, mucho más crueles que en 1814.
A partir de 1825 se inició un nuevo panorama económico y se llevaron a cabo reformas, algunas de ellas propuestas por los liberales moderados como la puesta en práctica de los Presupuestos Generales del Estado; la reforma del Banco de San Carlos, que pasó a denominarse Banco de San Fernando, antecedentes del Banco de España; se promulgó la Ley de Bolsa, que comenzó a funcionar en Madrid y se estableció el Ministerio de Fomento. Pero la sociedad española estaba claramente dividida y las disensiones internas eran cada vez más fuertes. Fueron años de desórdenes, levantamientos y malestar.
Al final del reinado se iniciaron los primeros intentos de industrialización. Se fundaron los altos hornos de Marbella y una factoría textil cerca de Barcelona. Poco a poco España salió de la grave crisis producida por la Guerra de la Independencia y por la pérdida de las colonias. No se conservaron más que las Antillas, que fueron explotadas de manera intensiva, de tal forma que Cuba, en los últimos años del reinado de Fernando VII, enviaba a España la misma cantidad de azúcar que todas las colonias americanas antes de su independencia.
A la muerte del monarca, la población española se había recuperado de las grandes pérdidas de la guerra y contaba con 13,7 millones de habitantes.
El problema sucesorio En 1829 Fernando VII contrajo matrimonio con María Cristina de Nápoles.
Hasta esos momentos el Monarca, que había estado casado anteriormente, no había tenido descendencia y su hermano, el Infante D. Carlos, era su sucesor. Poco tiempo después de la boda se anunció el embarazo de María Cristina y en marzo de 1830 se hizo pública la Pragmática Sanción, que anulaba la Ley Sálica. Dicha Ley había sido promulgada por Felipe V y excluía a las mujeres del trono. Una vez promulgada la Pragmática el hijo de Fernando y María Cristina, tanto si era varón como si nacía una niña, le sucedería en el trono. En octubre de ese mismo año nació la futura Isabel II. El Infante Carlos protestó, no aceptó la Pragmática y fue expulsado de España.
Poco después del nacimiento de su segunda hija, la Princesa Luisa Fernanda, el monarca enfermó gravemente. El problema sucesorio no estaba resuelto. D. Carlos no había renunciado a sus derechos y sus partidarios estaban dispuestos a defenderlos, aun a riesgo de que estallara la guerra civil. La Reina, viendo que el conflicto podía terminar en un baño de sangre aceptó los consejos de quienes le decían que derogara la Pragmática, pero no la publicara y así podía esperar una mejor ocasión. De nuevo D. Carlos tenía la ocasión de ser es sucesor de su hermano. En estos momentos de incertidumbre los liberales ofrecieron una alianza a María Cristina, asegurándole que si contaban con su apoyo, le garantizarían que su hija Isabel sería la futura Reina de España.
La Independencia de las Colonias Americanas Los graves problemas de España en los primeros años del XIX, sobre todo tras la derrota de Trafalgar en 1805, en que la armada española quedó destrozada, alejaron a 25 las colonias de la metrópoli, alentando el intercambio comercial entre las distintas regiones americanas. Las ideas de la Ilustración habían penetrado en las colonias, además la Revolución Francesa y la Independencia de los Estados Unidos fueron un ejemplo para el resto del continente americano que veía también factibles sus propósitos de emancipación.
La población criolla (descendiente de los antiguos colonos españoles) estaba descontenta del trato discriminatorio que sufría al ser postergada sistemáticamente de los altos cargos, que eran desempeñados siempre por españoles peninsulares. En el plano comercial los terratenientes locales se oponían al monopolio ejercido por España, que había creado sociedades comerciales para la explotación de la agricultura en algunas regiones. La reforma del ejército, que integró en un solo cuerpo a los profesionales de la península con las milicias locales, permitió un entrenamiento de las tropas que luego se enfrentarían con las españolas.
Las etapas de la independencia De 1808 a 1815. El vacío de poder que se creó en España con las abdicaciones de Bayona y la invasión francesa en 1808 no permitió a los españoles ocuparse de los asuntos de las colonias. En principio también en éstas se formaron Juntas leales a Fernando VII, pero enseguida los criollos empezaron a actuar con independencia de los virreyes, en un primer paso hacia la autonomía. Se iniciaron los enfrentamientos entre independentistas y sectores que continuaban siendo fieles al Monarca. La Junta de Buenos Aires luchó contra los realistas de Montevideo y del Alto Perú. La Junta de Caracas, en Nueva Granada se enfrentó contra las de los territorios del interior. En esta primera etapa vencieron las tropas realistas pero Bolívar se sublevó en Venezuela e Hidalgo en México. Pronto los independentistas se levantaron en Chile, Río de la Plata y Nueva Granada, triunfando solamente el levantamiento de Argentina, que proclamó su independencia en el Congreso de Tucumán de 1816.
De 1816 a 1824. Con la vuelta al poder de Fernando VII en 1814, el ejército español combatió contra los independentistas. Entre éstos últimos destacan dos figuras de gran importancia: el general San Martín, que partiendo de Buenos Aires liberó Argentina, Perú y Chile, y Simón Bolívar, que logró con la ayuda de Inglaterra y de Norteamérica liberar Venezuela, Bogotá y Quito. El triunfo decisivo se consiguió en la batalla de Ayacucho en 1824.
La independencia de México se inició con una revuelta social, en la que finalmente se unieron criollos y peninsulares. En 1821 se estableció una monarquía constitucional, que mantenía el catolicismo y la propiedad privada (Plan de Iguala) y que fue aceptada por España.
El régimen político de los nuevos estados fue objeto de controversias. San Martín era partidario de la monarquía pero en general triunfó la opinión de Bolivar que prefería la república. También hubo proyectos de unidad continental o virreinal que fracasaron. No fue posible llegar al establecimiento de regímenes basados en ideas democráticas y constitucionales, como había sucedido con las colonias norteamericanas.
Las luchas internas y las disputas fronterizas hicieron fracasar estos proyectos antes de que fueran llevados a la práctica.
Entre 1810 y 1824 quedó terminado el proceso independentista de las colonias españolas en América. Al iniciarse el reinado de Isabel II, España sólo conservaba Filipinas, Guam, Puerto Rico y Cuba.
26 TEMA 4 EL CONGRESO DE VIENA Y LAS REVOLUCIONES LIBERALES (1815-1848) Mientras Napoleón desembarcaba cerca de Cannes huyendo de su exilio de la isla de Elba y entraba triunfante en París, en marzo de 1815, veinte representantes de países europeos estaban reunidos en Viena para acordar la creación de un orden estable que, a la postre, resultó ser bastante efímero.
Auspiciados por el canciller austriaco Metternich, los principios del nuevo orden se asentaban en la vuelta a los valores absolutistas y en borrar de un plumazo los cambios producidos en Europa desde 1789.
Pero, aunque los monarcas impusieran a veces por la fuerza su gobierno absoluto y, en ocasiones, aceptaran principios constitucionales, fue imposible luchar contra el liberalismo nacido de las Revoluciones francesa y norteamericana. De nuevo entre 1820 y 1848 se sucederán una serie de oleadas revolucionarias que culminarán con la implantación del liberalismo y el establecimiento de gobiernos representativos en la mayoría de los países occidentales.
EL CONGRESO DE VIENA Con la derrota definitiva de Napoleón en la llanura belga de Waterloo, durante mayo de 1815, y la firma del Tratado de paz de Viena en el mes de junio parecía que la Revolución francesa había sucumbido, sobre todo desde el restablecimiento en Francia de la monarquía borbónica, en la persona de Luis XVIII, hermano del guillotinado Luis XVI.
Pero el proceso de industrialización, a medida que se aceleraba en Inglaterra y se extendía por el continente, actuaba en contra del orden político conservador. El aumento de las clases empresariales y asalariadas dificultaba a monarcas y terratenientes mantener el control sobre los poderes públicos.
Los postulados de Viena Convocado el Congreso de Viena de 1815 por el emperador austriaco Francisco I, a dicha ciudad acudieron representantes de todos los países europeos con la intención de establecer las bases para una paz duradera y reorganizar el mapa europeo, alterado por los desórdenes de los últimos veinticinco años. Las decisiones más importantes las tomarían el canciller austriaco Metternich, los ministros de exteriores franceses –Talleyrand- e inglés –Castlereagh-, el zar de Rusia –Alejandro I– quienes apostaron por el restablecimiento de las monarquías absolutas en Europa.
27 Tres principios fueron defendidos en Viena, el de legitimismo monárquico, según el cual, la autoridad real no podía ser enajenada por ninguna constitución ni soberanía popular al estar sustentada en la unción divina. Gracias a este principio, quedaban de nuevo restablecidas las monarquías del Antiguo Régimen en los territorios que habían poseído antes de la Revolución. El segundo principio fue el de solidaridad entre las monarquías –o intervencionismo- cuyo fin era luchar contra un enemigo común, el liberalismo. Así, ante cualquier intento de rebelión deberían enviarse tropas para sofocarlo. Por último, se abogó por el principio de equilibrio político entre las potencias, por el que todas rechazarían los intentos de invasión de unas sobre otras.
A lo largo del Congreso, el anfitrión, Metternich, se preocupó por afianzar en los Estados alemanes la autoridad de los Habsburgo. La clase gobernante conservadora inglesa, los tories, también esperaba mantener su poder en una Gran Bretaña que tan valerosamente había sobrevivido al contagio de las ideas napoleónicas. El zar Alejandro I, quién alardeaba de ser el salvador de Europa, aspiraba a manejar las reuniones del Congreso a su antojo. Sus intereses preocupaban a Inglaterra y a Austria por sus pretensiones expansionistas en la Europa occidental.
El nuevo mapa de Europa El derecho dinástico y el equilibrio predominaron sobre un nuevo espíritu nacido tras la Revolución: el nacionalismo. Al desestimar las aspiraciones independentistas de los diferentes pueblos, el entramado de Viena se desmoronó. Las grandes potencias no supieron escuchar las voces que socavaban las monarquías tradicionales pues sólo aspiraban a evitar cualquier invasión externa que las acechase. Su obsesión fue construir estados fuertes con grandes territorios y el mayor volumen demográfico para impedir los intentos expansionistas de quienes pretendieron dominar de nuevo Europa.
Pero las campañas napoleónicas ya la entrega de territorios a la nueva nobleza imperial (y lugartenientes de Napoleón) habían variado sustancialmente el mapa de Europa. Las dinastías reinantes habían sido sustituidas por otras recientes (como en Suecia o Nápoles) y habían surgido estados por agregación de entidades menores (Suiza, el reino de Italia y la Confederación del Rhin) o por escisión de otras (el Gran Ducado de Varsovia). A la vista de estos cambios, se decidió remodelar el mapa del Continente y definir el más sencillo de todos los tiempos.
Entre los grandes imperios se repartieron los distintos territorios de la siguiente manera: - Austria, que renuncia a extensas ventajas territoriales, sólo recupera el Veneto, Lombardía y una pequeña parte de Polonia, pero se reserva la tutela sobre los estados alemanes e italianos y una salida al mar por la costa ilírica.
- Inglaterra, preocupada por su comercio, conserva sus conquistas ultramarinas –Malta, las islas Jónicas y Gibraltar- y adquiere nuevas colonias en África y en Asia que le aseguran la ruta a la India. Se refrenda sus posesiones en las Antillas lo que le facilita el comercio con América.
28 - Prusia recupera la margen izquierda del Rhin, extendiéndose hasta la frontera con Francia.
- Rusia recibe Finlandia y la mayor parte de Polonia.
- A Suecia se le entrega Noruega para evitar que Dinamarca controle ella sola los accesos al Báltico.
- Francia, la gran perdedora, queda reducida a sus fronteras de 1792.
- Se crean nuevos estados-tapón alrededor de Francia. Al norte, los Países Bajos, formados por Holanda, Bélgica y Luxemburgo; al este, Suiza y al sur, PiamonteCerdeña.
- La península italiana es repartida entre Austria al norte, los Estados Pontificios en el centro y el reino de Nápoles-Dos Sicilias al sur, gobernado por los Borbones.
EUROPA EN 1815 29 Diseñado de acuerdo con los intereses de las potencias dominantes, el nuevo mapa cumplía con las intenciones previstas: restablecer la legitimidad territorial y monárquica anterior a la revolución, aislar a Francia y asegurar un equilibrio de fuerzas.
Estas fronteras artificiales no tuvieron en cuenta algunas cuestiones que permanecieron pendientes hasta el punto de erosionar la obra de Viena. Así, Francia nunca adoptó la pérdida de sus territorios, Bélgica se revolvió contra los holandeses, e italianos y alemanes iniciaron sus procesos de unificación nacional. A este respecto, al acta final del Congreso de Viena se incorporó un documento que recogía la reducción de los estados alemanes de 350 a 39 con una sola institución común, la Dieta de Francfort. De este modo nacía la Confederación Germánica, semilla de la futura unificación alemana. También propuso otras actas que condenaban el comercio de esclavos y refrendaban la libre navegación por los granes ríos.
La Europa de los Congresos Antes de que el Congreso se disolviese, los participantes propusieron establecer alianzas para garantizar la paz en el continente. Así se creó la Cuádruple Alianza entre Gran Bretaña, Prusia, Austria y Rusia con la intención de celebrar Congresos para resolver los asuntos internacionales. Esta nueva política internacional se diseñó en torno a tres líneas estratégicas. La practicada por Gran Bretaña, quien una vez establecido el equilibrio continental, se olvidó del resto de Europa y se entregó al engrandecimiento de su imperio colonial, lo que acabó por denominarse “magnífico aislamiento”. La de las monarquías centro-orientales que, preocupadas por los futuros peligros para el sistema absolutista, propusieron ligas de carácter político-religioso y, por último, la estrategia de Francia, la más operativa a la hora de mantener el statu quo europeo. Estaba inspirada por Talleyrand, quien deseaba recuperar para su país el puesto de gran potencia y controlar los nuevos Congresos que suprimieran los posibles intentos revolucionarios.
De este modo, auspiciado por el ministro de asuntos exteriores francés, se inauguraba el Congreso de Aquisgrán en otoño de 1818. Poco más de un año después, en enero de 1820, se iniciaron las intervenciones y el liberalismo fue duramente reprimido primero en España, más tarde en Portugal, Italia y Alemania. Pero, por mucho que los gobiernos absolutistas se opusieran, la revolución liberal era imparable.
LAS REVOLUCIONES LIBERALES El sistema liberal Distintos pensadores habían abogado por la organización de la vida de los pueblos sustentada en la libertad y la igualdad de los individuos. Rousseau, Montesquieu, Diderot, Voltaire, Locke o Hobbes describieron los principios liberales, que descansaban sobre la Razón frente a la Religión.
Además de cómo ideología, durante el siglo XIX se desarrolló el liberalismo como práctica política. Según este principio, el estado liberal no es el director o impulsor 30 de las relaciones entre los individuos sino el mero garante de los derechos naturales individuales. Sus postulados básicos se resumen en: - Sustitución del derecho divino por el de soberanía nacional.
- Cambio del concepto de súbdito por el de ciudadano, es decir, sujeto con derechos inalienables reconocidos en las cartas de derechos y en las constituciones.
- Proclamación de principios universales de libertad individual –frente a los estamentos y corporaciones-, igualdad ante la ley y derecho a la propiedad.
- Separación de poderes –legislativo, ejecutivo y judicial- dependientes de la voluntad general manifestada a través del sufragio.
- El reflejo del orden político en constituciones y consulta pública mediante elecciones y plebiscitos.
- La creación de partidos políticos como necesidad para defender ideas o propuestas similares o diferentes.
- En lo económico, se consolida el capitalismo y la sociedad de mercado.
- En lo social, surgirá la sociedad de clases.
El concepto de liberal nacería en España, al denominarse de este modo una facción de diputados de las Cortes de Cádiz. De aquí pasaría a Francia para designar a los contrarios a la restauración borbónica y, después, a los diputados whigs ingleses, fundadores del partido liberal.
Los principios arriba expresados fueron tomando forma a lo largo de los años, puesto que en sus orígenes no hubo ni separación clara de poderes ni sufragio universal masculino. Respecto a los poderes, el legislativo lo ejercía el parlamento junto con el monarca, quien disponía de una serie de prerrogativas regias (veto, presentación de leyes, potestad para disolver el parlamento, etc.). En cuanto al sufragio universal masculino, no se admitió en la mayoría de los países europeos, bien por considerar a algunos grupos incapacitados para ejercerlo y también, qué duda cabe, para defender posturas privilegiadas. Por lo general se estableció el sufragio restringido en el que sólo tenían derecho a voto los varones mayores de edad, con un elevado nivel económico o profesional, razón por la que se denominó sufragio censitario.
Las manifestaciones revolucionarias La semilla nacionalista y liberal expandida por toda Europa por las tropas napoleónicas, su nueva estructura administrativa y la independencia frente a los poderes tradicionales hicieron inservible la Europa de los Congresos. La burguesía no estaba dispuesta a renunciar al poder arrebatado a la aristocracia y propició los movimientos revolucionarios. Por su parte, el ejército se movilizó en apoyo del interés político burgués.
A ellos se unieron artesanos, campesinos, estudiantes o profesionales que centraron sus protestas en la situación social.
Las revoluciones burguesas se desarrollaron durante tres ciclos consecutivos, 1820-1823, 1830-1833 y 1848. Los factores desencadenantes tuvieron que ver con la 31 situación de cada país, pero pueden señalarse tres causas comunes: la oposición al absolutismo, los sentimientos nacionalistas y la protesta contra la desigualdad económica y social.
Las revoluciones de 1820 El Mediterráneo fue el principal escenario de la oleada revolucionaria de 1820.
Salvo en Grecia, las revueltas fueron sofocadas por las fuerzas absolutistas. Todo comenzó en España, que insistía en ser liberal cuando la reacción absolutista trataba de acallar en el continente el menor brote revolucionario. Parecía que un singular destino dirigía la historia española a contratiempo de la europea. En enero de 1820 el comandante Riego, al mando de las tropas dispuestas para reprimir la sublevación de las colonias americanas, se manifestaba en contra de la monarquía de Fernando VII, solicitando el restablecimiento de la Constitución de Cádiz. Su triunfo dio paso al Trienio liberal. Esta fue la primera gran prueba para la Cuádruple Alianza que, bajo mando francés, envió a los Cien mil Hijos de San Luis para restituir al monarca. Curiosamente, el país que exportó la Revolución a toda Europa, ahora se ocupaba de liquidar el liberalismo español.
Casi a la par, en Nápoles, durante julio de 1820, se obligaba a Fernando IV a firmar una constitución, pero la intervención austriaca dio al traste con la revuelta. Al año siguiente, en marzo de 1821, estalló la revolución piamontesa. Aquí fue la oficialidad liberal, encabezada por Carlos Alberto de Saboya, quien hizo promulgar una constitución inspirada en la española.
Francia y Gran Bretaña, estados que se gobernaban por sistemas constitucionales, no veían el peligro de que los países mediterráneos se rigieran por una constitución, pero cedieron ante Austria y apoyaron la intervención en Italia. Por su parte, los liberales portugueses también se levantaron para proclamar una constitución a semejanza de la gaditana. Reclamaron la presencia del rey Juan IV, quien desde la invasión napoleónica se hallaba en Brasil, y que a su llegada, frustraría las aspiraciones de los liberales.
La cuestión de Oriente Surge a medida que se debilitaba el Imperio Turco, enorme conglomerado de pueblos que cada vez resultaba más difícil mantener unidos bajo un poder común. La debilidad de este poder común y el creciente sentimiento nacional estimulan el deseo de independencia de los pueblos sujetos a su dominio, a la vez que alientan las ambiciones de las potencias europeas que esperaban obtener beneficios de la desmembración del Imperio.
Resultado de este proceso fue la independencia de Grecia, uno de los pueblos integrados en el Imperio Turco y deseoso de emanciparse. Teñida de romanticismo por encontrar en ella la muerte el poeta Lord Byron y ser retratado el heroísmo heleno por Delacroix en la Matanza de Quíos, la lucha por la independencia griega desató una oleada de solidaridad europea. Los griegos se alzaron en armas en 32 1822 y con la ayuda de Francia, Rusia y Gran Bretaña lograron vencer. Sólo Austria se opuso a esta independencia que Turquía hubo de reconocer en 1830, mientras concedía cierta autonomía a otros colectivos sometidos como los serbios y los rumanos.
Si la pasividad de las potencias ya había puesto en entredicho los principios de Viena, ahora, al conculcarse los intereses del sultán otomano, resultó manifiesta la inoperancia de la política de seguridad de las monarquías absolutas. El miedo de Austria era justificado, la independencia griega sembraría la semilla para el posterior levantamiento nacionalista de los pueblos balcánicos.
En Rusia, los intentos revolucionarios llegaron algo más tarde, en 1825, inspirados por las sociedades secretas de oficiales que habían residido en Francia tras la derrota de Napoleón. Además, al morir sin hijos el zar Alejandro I, se planteó un problema sucesorio entre sus hermanos Nicolás y Constantino. Algunos regimientos se levantaron apoyando al liberal Constantino, pero ante el temor de una guerra civil, éste rechazó la corona. Nicolás I, tras subir al trono, castigó duramente a los revolucionarios e inició un régimen tremendamente autócrata.
Las revoluciones de 1830 Si en 1820 fueron principalmente los militares quienes desencadenaron los movimientos revolucionarios, diez años después, serán las clases medias quienes encabecen las revueltas. De nuevo en Francia se inicia otro proceso revolucionario que arrastrará a Bélgica, parte de Alemania, Italia, Suiza y Polonia.
En 1825 Carlos X había sucedido a Luis XVIII con el único apoyo de la Iglesia y de los ultraconservadores. Buscando aliados, a principios de 1830 disuelve la Cámara y convoca elecciones, de las que surge una Asamblea otra vez de corte liberal que exige la dimisión de los ministros. En julio el Rey promulga unas ordenanzas por las que suspende la libertad de prensa, disuelve la Cámara, reduce el número de diputados y convoca nuevas elecciones para septiembre.
La crisis económica de 1830 hizo el resto: aumentó los descontentos y proporcionó a los revolucionarios el apoyo del pueblo. Los comerciantes e industriales cerraron sus negocios y los obreros se echaron a la calle. Periodistas, políticos liberales y banqueros redactaron cartas de protesta publicadas en todos los periódicos. En los “tres días gloriosos” (27 a 29 de julio de 1830) las calles de París se convirtieron en un campo de batalla, hubo más de 1.000 muertos y cerca de 6.800 heridos. Carlos X abdicó y se buscó un monarca de signo más liberal que fuera burgués de educación y aficiones y amigo de los revolucionarios. Así, Luis Felipe de Orleans fue proclamado rey de Francia tras aceptar el principio fundamental del liberalismo: la soberanía nacional. Amplió el número de votantes a 200.000 y abandonó la flor de Lis –emblema de los Borbones- para utilizar la bandera tricolor, sinónimo del republicanismo revolucionario. La nueva monarquía se convirtió en el referente del progreso político.
La independencia de Bélgica La revolución de 1830 en Francia sirvió de detonante para el resto de los países europeos: primero fue el reino de los Países Bajos que parecía que en cualquier 33 momento iba a estallar por las tensiones entre los católicos belgas y los protestantes holandeses. La política discriminatoria de Guillermo I, rey de los Países Bajos, hacia los belgas tanto en aspectos fiscales como parlamentarios, provocó el levantamiento de Bruselas y la expulsión de las tropas holandesas. En septiembre de 1830 se creó un Congreso Nacional belga, que será reconocido en el Congreso de Londres de ese año gracias al apoyo de Francia. El nuevo país promulgó su propia constitución y se designó monarca a Leopoldo de Sajonia-Coburgo, tío de la reina Victoria de Inglaterra, cuya candidatura fue apoyada por Francia y Gran Bretaña en contra de Austria, Prusia y Rusia, interesados en el comercio con Holanda.
A imagen de Francia, en muchos cantones suizos se introdujeron reformas democráticas, incluyendo la libertad de prensa y el sufragio universal masculino. Durante 1830, en doce cantones los conservadores entregaron el poder a los liberales, que modificaron sus constituciones y arrastraron al gobierno federal hacia la reforma. El movimiento democrático fue estimulado por las clases profesionales: abogados, médicos, pastores protestantes y escritores, aunque fuera en contra de la corriente reaccionaria que prevalecía en Europa y en los cantones católicos.
En cuanto a la confederación Germánica, entre 1830 y 1832, se proclamaron constituciones liberales en estados como Brunswick, Hesse-Cassel, Hannover o Sajonia y se pretendió extender el movimiento a otros estados. Pero el triángulo Viena-Berlín-San Petersburgo funcionó con eficacia en esta zona y Metternich frenó el proceso al vigilar los parlamentos, limitar la libertad de prensa e incluso derogar algunas constituciones.
El Congreso de Viena había entregado la casi totalidad de Polonia a Rusia, que le había otorgado una Carta de corte liberal y era gobernada por un virrey. Tenía un parlamento elegido por sufragio censitario que le permitía una amplia autonomía. Pero los sentimientos nacionalistas desencadenan en 1830 una revolución, confiados en el apoyo de Francia y de Bélgica. Éste nunca llegó puesto que dichos países se encontraban demasiados involucrados en sus propios procesos. La derrota del independentismo la causaron, en buena parte, los propios polacos, divididos entre blancos y rojos –moderados y exaltados-, que incitaron la intervención imperial hasta ser declarada una provincia más.
Desde entonces Polonia –simbolizada en el gran pianista Chopin, quien con sus recitales de música patriótica enardecía a las masas- se trocó en el prototipo de nación mártir y del nacionalismo oprimido.
Los movimientos revolucionarios en Italia se gestaron contra la presencia austriaca y el poder temporal de los Papas. Así, en Parma y Módena, los soberanos designados por los austriacos fueron expulsados y en 1831 se constituyeron las Provincias Unidas Italianas. Pero Austria acudiría a sofocar la insurrección. Las potencias liberales, por su parte, le dejaron las manos libres a cambio de que reconociera la independencia de Bélgica.
Por último, el desplazamiento más pacífico hacia el liberalismo fue el inglés.
Gran Bretaña disfrutaba desde la revolución de 1688 de un régimen parlamentario, con una monarquía limitada, una cámara electa y unos partidos políticos –liberales y conservadores-. Cierto es que no tenía una constitución escrita –y sigue sin tenerla- y en el Parlamento la nobleza detentaba algo más de representación que la burguesía. Por eso en 1830 aumentaron las presiones de los burgueses al considerarse insuficientemente representados. Como respuesta se elaboró una ley electoral que se adaptaba a la nueva realidad geográfica tras el enorme crecimiento urbano. A partir de 1832 muchos más ingleses pudieron votar, aunque la proporción no superaba el 4% de la población total.
34 Como en cualquier lugar, una minoría era quien dictaba la política pero ahora se trataba de una minoría burguesa y más liberal.
En resumen, las oleadas revolucionarias que se extendieron por Europa a lo largo de los años 1820 y 1830 fueron un rudo golpe para los regímenes absolutistas que sólo pudieron mantenerse en los imperios de Austria, Rusia y Prusia. Los años treinta significaron la edad de oro para la alta burguesía cuyo acceso al poder político facilitó la acumulación de capitales y la industrialización.
Las revoluciones de 1848 Conocida como La Primavera de los Pueblos, una nueva ola revolucionaria recorre Europa durante el primer semestre de 1848. Caracterizadas por su brevedad y su rápida expansión., las revueltas marcaron un nuevo avance del liberalismo y de las corrientes nacionalistas, que fueron acompañadas por exigencias de carácter democrático –sufragio universal- y reformas sociales para proteger los intereses de las clases trabajadoras. Una vez más, las revoluciones comienzan en París para pasar de allí a Italia, Austria y Alemania.
La caída de Luis Felipe y la II República francesa La política del rey liberal Luis Felipe, muy dispuesto a satisfacer los intereses de la burguesía, acabó por defraudar tanto a los grupos católicos a causa de las medidas tomadas contra la libertad de enseñanza como a los partidos de izquierdas deseosos de mayores libertades. A la vez, una nueva crisis económica provocó el cierre de diferentes fábricas, el aumento del desempleo y el hambre con las consiguientes protestas de los obreros a quienes se unieron la baja burguesía y los estudiantes. Cuando el Gobierno intentó utilizar a la policía y a las fuerzas armadas, éstas se negaron obligando a Luis Felipe a abdicar el 24 de febrero de 1848. Un Gobierno Provisional proclamará la Segunda República que, en principio, intentó dar una imagen moderada y deseosa de paz al resto de las naciones.
Durante las semanas siguientes la actividad política se desbordó con la proliferación de periódicos y clubs políticos dedicados a la propaganda y la difusión de los nuevos ideales republicanos. Inmediatamente surgieron los primeros desacuerdos con la alta burguesía y los pequeños propietarios ante un creciente temor a las exigencias socialistas. Como consecuencia se abrió una crisis financiera manifestada en la caída de la Bolsa y la masiva retirada de depósitos bancarios.
En este ambiente se celebraron las primeras elecciones por sufragio universal masculino, en las que hubo una clara manipulación por parte de las clases dominantes tradicionales, que provocó un marcado giro hacia posiciones conservadoras y un aumento de la tensión política hasta el punto de que un sobrino de Napoleón, Luis Napoleón Bonaparte, en diciembre de 1848 con un golpe de estado se proclama presidente y en 1852, emperador. El recuerdo de la grandiosidad de Napoleón y de la mítica Francia consiguió derribar a la naciente República.
35 Los movimientos revolucionarios en el resto de Europa Las noticias de la caída de Luis Felipe llegarían a Austria, donde hacía más de un año que había tensiones sociales al exigirse reformas políticas. Los liberales de Baden serán los primeros en reaccionar y marcar la pauta al resto de los estados alemanes. Se reclamaba libertad de prensa, formación de una milicia cívica, juicio por jurado y la convocatoria de un Parlamento alemán, a lo que se añadía un elemento nacionalista en las reivindicaciones. El movimiento se propagó sin necesidad de recurrir a la violencia porque los príncipes, atemorizados, hicieron concesiones. En marzo de 1848 una manifestación de estudiantes y obreros exigirá la adopción de medidas liberales y la dimisión de Metternich, quien disfrazado huyó a Londres. El emperador prometió la formación de un gobierno liberal, la organización de la Guardia Nacional y la libertad de prensa. Al día siguiente estallará la revolución en Hungría. La caída de Metternich, con toda su carga simbólica, fue una llamada de atención para el resto de las cancillerías europeas.
Estos movimientos exaltarán los ánimos de Italia donde los independentistas nacionalistas intentarán expulsar a los austriacos. Al grito de “¡Viva Italia libre!” estalló una revolución dirigida por el rey de Cerdeña, Carlos Alberto, que será dominada por los austriacos. Al fracasar el levantamiento, Carlos Alberto abdicó en su hijo Víctor Manuel II, quien haría posible la unificación.
Entre tanto, en Alemania, una crisis económica bastante profunda provocaría revueltas por las hambrunas, sucesos que aprovecharán los revolucionarios para exigir cambios políticos y sociales, entre otros, liberar a los campesinos de las cargas feudales. Pero por las diferencias entre los distintos grupos políticos, la revolución naufraga y no se alcanza la unificación ni un modelo político constitucional.
Balance de las revoluciones Aunque no se consiguieran las reivindicaciones principales, de la gran agitación que recorrió Europa durante casi tres décadas subsistieron algunas conquistas que con el tiempo se extendieron por el continente. En Francia se mantuvo el sufragio universal, mientras que en el resto de los estados europeos se debilitaban las monarquías absolutistas del Antiguo Régimen a la vez que se fortalecía la tendencia al establecimiento de los sistemas democráticos y parlamentarios. Salvo en Rusia, donde persistió la servidumbre hasta 1861, se abolieron los regímenes señoriales. Por último, la semilla nacionalista e independentista pronto daría sus frutos en las futuras unificaciones de Italia y Alemania.
36 TEMA 5 EL REINADO DE ISABEL II (1833-1868) En 1833 muere Fernando VII, último rey absolutista. Deja como heredera a su primogénita de tres años de edad, la Princesa Isabel y como Regente a su esposa, María Cristina. Las circunstancias políticas obligaron a la Regente a aceptar el apoyo del partido liberal. María Cristina y los liberales se necesitaban mutuamente para enfrentarse con los carlistas, partidarios del hermano de Fernando VII, el infante Carlos María Isidro, aspirante al trono. Por otra parte, los liberales ya habían pasado por experiencias frustradas en 1812 y en 1823, y sufrido la consiguiente represión y el exilio. Tomar partido por Isabel era una baza única para instaurar el liberalismo desde el poder. La primera Guerra Carlista entre los partidarios de Isabel, denominados isabelinos, y los carlistas no tardó en empezar.
La Regencia de María Cristina de Nápoles (1833-1840) Al iniciar su mandato, la Reina Regente tenía dos grandes tareas que acometer: hacer frente a la primera guerra carlista e institucionalizar el nuevo régimen liberal. Durante los últimos años del reinado de Fernando VII, su sucesión originó numerosos problemas. En octubre de 1833, pocos días después del fallecimiento del Monarca, su hermano Carlos María Isidro hizo público desde Portugal el Manifiesto de Abrantes, en el que reivindicaba sus derechos al trono español frente a los de su sobrina Isabel y rechazaba la Pragmática Sanción, promulgada por Fernando VII para anular la Ley Sálica (que impedía el acceso de las mujeres al trono). El mismo día estalló la primera guerra carlista, que no finalizó hasta 1840. En ella se enfrentaron el bando carlista, integrado por campesinos, artesanos, parte del clero y antiguos realistas defensores del absolutismo, del Antiguo Régimen, de la religión católica y de los fueros (leyes tradicionales de los territorios de Vizcaya, Navarra y Cataluña) y el bando isabelino formado por burgueses, nobles, clases populares urbanas y todos aquellos que acataron el testamento de Fernando VII.
La guerra se puede dividir en tres fases: 1ª) Durante los dos primeros años los carlistas actuaron en pequeños grupos de guerrillas, llamadas partidas. Los focos principales fueron el País Vasco y Navarra con oros secundarios en Aragón, Cataluña, Valencia y las dos Castillas. Las partidas actuaban de forma desordenada, sin coordinación ni infraestructuras, hasta que el general Tomás Zumalacárregui logró formar un ejército para asediar algunas plazas importantes.
2ª) A partir de la muerte de Zumalacárregui en el sitio de Bilbao, el conflicto se extendió a Cataluña, Valencia y Aragón. Los carlistas llegaron a intentar la ocupación de Madrid (1837), que fracasó y un segundo asedio a Bilbao, en cuya defensa destacó el general Espartero.
37 3ª) Las victorias liberales dividieron a los carlistas en un sector más moderado que, liderado por el general Maroto, firmó con Espartero la Paz de Vergara, conocida como el Abrazo de Vergara, en agosto de 1839, por el que se ponía fin a la guerra pero se mantenían los fueros. Otro sector intransigente y reacio a ningún pacto con los liberales, dirigido por el general Cabrera, continuó luchando en la zona del Maestrazgo hasta julio de 1840.
La institucionalización del régimen liberal Desde que María Cristina asumió la regencia en 1833 fue evidente la falta de convicción con que tendía los principios propugnados por los liberales. El Gobierno, nombrado por la Regente, tenía como primer ministro a Cea Bermúdez que ya había sido ministro con Fernando VII, del que se decía que “era el último representante del absolutismo ilustrado”. Pocos días después de morir Fernando VII, la Reina Gobernadora publicaba una proclama, redactada o inspirada por Cea Bermúdez, en la que se afirmaba que en adelante todo seguiría igual. Eso sí, el Gobierno estaba dispuesto a una política de amplias reformas administrativas –que favorecían los intereses de los liberales-, pero sin llevar a cabo los cambios políticos que éstos propugnaban.
Al estallar la guerra, María Cristina tuvo que aceptar las ideas de los liberales si quería que éstos apoyaran a Isabel. El partido liberal quería sancionar el Nuevo Régimen con una constitución y forzó el cese de Cea Bermúdez, que dimitió en 1834. Para llevar a cabo la transición fue nombrado Martínez de la Rosa, liberal exaltado de 1812 y liberal moderado desde el trienio de 1820-33, que gozaba de un reconocido prestigio internacional.
En 1834 Martínez de la Rosa empezó a redactar una ley de bases para el funcionamiento de las Cortes, el Estatuto Real, más próximo a una carta otorgada que a una constitución. El documento establecía la existencia de unas Cortes formadas por dos Cámaras. La de Próceres, constituida por todos los Grandes de España, que lo eran con carácter nato y vitalicio y por los arzobispos metropolitanos y altos funcionarios de la administración pública. La Cámara de Procuradores que eran elegidos por los miembros de la corporación municipal y un número igual de mayores contribuyentes de cada municipio.
Las Cortes sólo trataban los asuntos que les eran presentados por la Corona, que podía convocar y disolver las Cámaras. El Estatuto no recogía principios liberales como la soberanía nacional o los derechos individuales, y favorecía a las clases más privilegiadas de la sociedad: burguesía y nobleza, terratenientes, altos funcionarios y algunos militares. Su promulgación desató las tensiones entre los liberales moderados, conformes con el Estatuto y los exaltados (entonces empezaron a denominarse progresistas), deseosos de promulgar una constitución basada en la de Cádiz de 1812.
En el verano de 1834 llegó a Madrid la epidemia de cólera que se había iniciado en el sur de España. Con el pretexto de que los frailes, partidarios de D. Carlos, habían envenenado las fuentes, varios conventos fueron asaltados y ochenta religiosos murieron a manos de los asaltantes. El Gobierno se limitó a lamentar el suceso, sin tomar ninguna medida. Hubo sublevaciones e incluso un atentado contra Martínez de la Rosa, que fue sometido a un voto de censura a petición del Estamento de Procuradores y dimitió en junio de 1835. La Reina Gobernadora nombró primer ministro al Conde de Toreno, que 38 durante unos meses intentó apaciguar las revueltas promovidas por los progresistas, pero al no conseguirlo presentó la dimisión.
A finales de 1835 María Cristina nombró jefe de un nuevo gobierno al progresista Mendizábal, que desempeñó además el cargo de ministro de Hacienda.
Mendizábal decretó en 1836 la desamortización de los bienes de la Iglesia, conjunto de medidas tomadas por el Estado para liberalizar las tierras propiedad de la Iglesia, que durante el Antiguo Régimen no podían ser vendidas, y lograr su explotación por nuevos propietarios. Éstos quedaban exentos de trabas jurídicas y las tierras podían ya ser en adelante compradas y vendidas. Una parte muy importante del patrimonio eclesiástico fue incautado por el Estado y posteriormente vendido en pública subasta. Además, se suprimieron todas las órdenes religiosas que no se dedicaran a beneficencia o a misiones en ultramar. La intención de la desamortización fue quebrar el poder económico y social de la Iglesia y proporcionar recursos a la Hacienda Pública para terminar con la guerra, también crear una clase de propietarios que apoyaran al liberalismo. La desamortización perjudicó a los campesinos más pobres, la política seguida por Mendizábal fue muy criticada y en mayo de 1836 la Regente nombró un nuevo primer ministro, Javier Istúriz, que representaba la tendencia más moderada del liberalismo.
En el verano del mismo año, la subida del precio del tabaco fue el motivo aparente del levantamiento de los Sargentos de La Granja, que exigieron a María Cristina la proclamación de la Constitución de 1812. Los progresistas partidarios de Mendizábal aprovecharon esta protesta para iniciar un motín popular en Madrid. La Regente tuvo que ceder, nombró jefe de gobierno al progresista José María Calatrava y encargó la redacción de una constitución que fue promulgada en 1837.
La Constitución de 1837 implantó un sistema parlamentario intermedio entre la Constitución de 1812 y el Estatuto Real de 1834, que pudiera ser aceptado tanto por los liberales moderados como por los progresistas. Adoptó el sistema de dos Cámaras: Congreso y Senado. Reconocía la soberanía nacional pero contemplaba el poder moderador de la Corona, que podía vetar las leyes aprobadas por las Cortes y disolver las Cámaras provocando así una nueva convocatoria electoral.
Entre 1837 y 1840 se sucedieron gobiernos moderados y progresistas, con la participación de militares, como el progresista Espartero y el moderado Narváez, mientras continuaba la guerra carlista.
En 1840 los moderados intentaron imponer una ley de Ayuntamientos que permitiera al Gobierno el nombramiento de alcaldes. Los progresistas se negaban a este cambio porque temían perder el dominio y control que venían ejerciendo sobre la mayor parte de los ayuntamientos, que actuaban como centros políticos independientes del poder central. Hasta entonces los alcaldes eran nombrados por los vecinos (a los que la ley concedía ese derecho) y se discutía si la pretensión de los moderados podía infringir un derecho constitucional. La disputa entre moderados y progresistas por este asunto provocó la caída de María Cristina, que abdicó y se exilió en Francia.
La Regencia de Espartero (1840-1844) Las Cortes nombraron Regente a Baldomero Espartero, militar progresista, que personificó la victoria liberal frente a los carlistas. Con su talante autoritario el mandato de Espartero estuvo jalonado por dificultades de toda clase. El Regente destituyó al personal 39 de Palacio que se ocupaba de custodiar a la Reina Isabel y a su hermana la Infanta Luisa Fernanda y nombró a personas de su confianza que se esforzaron en aislar a las dos niñas, impidiendo la influencia de los moderados. En cuanto a la formación de Isabel y su hermana, todos los cronistas coinciden en que fue nefasta, tanto en lo relacionado con la cultura como en lo que atañe a una educación política que esta primera reina constitucional debería haber recibido.
Los moderados, liderados desde el exilio por María Cristina, se oponían a la política dictatorial de Espartero. Desde su exilio en Francia apoyaron levantamientos, como el de 1841, protagonizado por militares que intentaron raptar a la Reina Isabel y su hermana. El rapto fue frustrado por los alabarderos de Palacio.
Los progresistas tampoco estaban de acuerdo con actuaciones de Espartero, tales como sus medidas dictatoriales o la falsificación electoral. Los mismos que le habían apoyado pensando servirse de él cuando llegara al poder le volvieron la espalda al no conseguir sus favores.
En 1842, la burguesía textil catalana se levantó contra la política librecambista impuesta por el Regente, que les obligaba a competir con los británicos. Los obreros se unieron al levantamiento para reivindicar mejoras en las condiciones laborales. Las duras medidas represivas y el bombardeo de Barcelona crearon un ambiente de descontento tanto en los moderados como en los progresistas. Tras el triunfo del alzamiento del general moderado Narváez, que entró victorioso en Madrid en julio de 1843, Espartero hubo de abandonar el país y se exilió en Londres.
La década moderada (1844-1854) El vacío de poder creado por la marcha de Espartero fue resuelto por las Cortes nombrando mayor de edad a la Reina Isabel II con sólo trece años. Su madre María Cristina volvió del exilio y se estableció en Madrid.
Una vez apaciguada la situación, los moderados monopolizaron el ejercicio del poder en el que se mantuvieron durante diez años y montaron una nueva estructura institucional sostenida por una fuerte burocracia. El partido moderado estaba formado por la nobleza, la burguesía de negocios y la clase media alta, en muchos casos enriquecida gracias a la desamortización. El político más destacado de este periodo y el que más gobiernos presidió fue el general Narváez, militar de gran prestigio.
La obra principal en cuanto a la institucionalización del régimen fue la Constitución de 1845. Sus características eran las siguientes: la soberanía debía ser compartida entre el monarca y las Cortes; se ampliaban los poderes del gobierno; se mantenían dos Cámaras, Congreso y Senado. El Senado era nombrado por el rey y los diputados elegidos por aquellos que tuvieran un cierto nivel de renta (sufragio censitario).
Por otra parte, durante la década moderada se centralizó la Administración restando poder a los municipios. Se llevó a cabo la división provincial administrativa organizada por Javier de Burgos con 48 provincias, cada una dependiente de una Diputación provincial y con un Gobernador civil, representante del poder central. En 1844 se fundó la Guardia Civil, basada en el proyecto del Duque de Ahumada para evitar el pillaje, la inseguridad y proteger los caminos en el medio rural. Se estableció un nuevo sistema fiscal que distinguía entre impuestos directos e indirectos, potenciando los 40 primeros, se adoptó el sistema decimal en pesos, medidas y moneda, y se promulgó un nuevo Código Penal.
Durante la etapa como jefe del Gobierno de Bravo Murillo mejoraron significativamente las infraestructuras, con importantes obras públicas, y planes de ferrocarriles, carreteras y puertos. Los estudios universitarios se unificaron (restando autonomía a las Universidades) y los de bachillerato fueron reformados.
También durante su mandato se firmó el Concordato con la Santa Sede (1851) que supuso la reconciliación con la Iglesia católica tras varios años de desavenencias. Como paso previo, en 1844 se había suspendido la venta de bienes eclesiásticos decretada por la desamortización de Mendizábal. Con la forma del Concordato el gobierno español reconocía la confesionalidad del Estado, permitía a la Iglesia continuar con su tradicional labor en la enseñanza y se comprometía a mantener al clero.
En cuanto a la economía, durante estos diez años de estabilidad el déficit que supuso la pérdida de las colonias americanas se compensó parcialmente con el gran desarrollo de la minería. La producción agraria aumentó lo suficiente para atender al incremento de la población. En el mundo de los negocios, tanto el fomento de la minería como el desarrollo de los ferrocarriles atrajeron a inversores nacionales y extranjeros. La burguesía y muchos nobles, enriquecidos por la desamortización, se dedicaron a los negocios y la especulación, como fue el caso del Marqués de Salamanca.
El ferrocarril fue la gran empresa del siglo XIX, en la que se invirtieron enormes capitales. La primera línea de ferrocarril inaugurada en España fue Barcelona-Mataró en 1848. La industria textil catalana y la siderurgia andaluza fueron los dos primeros intentos de industrialización. La industria textil empezó a utilizar las máquinas de vapor a partir de 1844, momento en que se iniciará el despegue de este sector industrial. La siderurgia andaluza se inició con un alto horno establecido en Marbella en 1832. Más adelante se construyeron otros en Sevilla y Huelva, pero la falta de combustible en lugares cercanos hizo fracasar este primer intento.
En 1846 se iniciaron los planes para el matrimonio de la Reina. En enlace era una cuestión política y hubo grandes tensiones hasta llegar a un consenso entre las distintas potencias europeas, sobre todo Gran Bretaña y Francia y los partidos políticos del país. Los carlistas moderados proponían como candidato al Duque de Montemolín, hijo de D. Carlos. Esta unión terminaría con las pretensiones de D. Carlos, que para facilitar las negociaciones abdicó en su hijo. Los liberales no estaban de acuerdo. Tras muchas discusiones Gran Bretaña y Francia desistieron de sus proyectos. El elegido fue el Infante Francisco de Asís, primo hermano de Isabel, personaje de poca personalidad, que no disgustaba demasiado a nadie salvo a Isabel. La Reina sólo contaba 16 años y no quería esa boda, pero su opinión no se tuvo en cuenta.
El enlace de la Reina fue desgraciado y sus consecuencias importantes para el país en varios aspectos. Gran Bretaña se sintió burlada y en adelante intentó derribar a los moderados, ya que si el matrimonio no tenía descendencia el trono español recaería en un miembro de la casa francesa de Orleáns. Los carlistas, al no conseguir sus propósitos, iniciaron una nueva ofensiva que se centró en Cataluña y que tuvo un carácter más social que político.
En el año 1848 tuvo lugar un movimiento revolucionario que afectó de una forma significativa a casi toda Europa. La crisis económica surgida en 1846, el crecimiento 41 demográfico y el avance industrial y urbano hicieron que esta oleada revolucionaria liberal contara con un apoyo popular mucho mayor que las surgidas en 1820 y 1830.
En España el movimiento revolucionario de 1848 no tuvo una gran importancia. La situación de los obreros industriales y de los campesinos se había agravado y las masas populares reivindicaron sus derechos, incluso levantando barricadas, pero Narváez reprimió duramente estas manifestaciones, disolvió las Cortes y durante dos años gobernó por decreto.
A consecuencia de estos acontecimientos en 1849 el partido progresista sufrió una escisión de un sector radical, denominado partido demócrata, que reivindicaba entre otras cosas el sufragio universal, el reconocimiento de derechos individuales y también sociales, como la huelga.
El bienio progresista (1854-1856) El favoritismo de la Reina por los moderados, la corrupción y los escándalos financieros de muchos políticos, provocaron un gran malestar en la clase política y la formación de grupos de presión, incluso dentro del partido moderado. Esta situación desembocó en 1854 en un pronunciamiento, la Vicalvarada, llamado así por iniciarse con el levantamiento del cuartel de Vicálvaro. El ejército al mando del general O’Donnell, apoyado por un amplio sector de los progresistas, luchó contra las tropas fieles al Gobierno. Fue en estos momentos cuando Cánovas del Castillo dio a conocer el Manifiesto de Manzanares, con reivindicaciones apoyadas tanto por los progresistas como por los moderados. La Reina Isabel II no tuvo más opción que poner al frente del gobierno a un progresista y designó al general Espartero, líder del partido en esos momentos.
La corta etapa del gobierno progresista estuvo plagada de inestabilidad. La negativa situación económica que atravesaba el país abonaba el clima de desorden y protestas en las calles, dando lugar a la primera huelga general en España que tuvo lugar en Barcelona en 1855 y que movilizó a 50.000 obreros. Los encendidos debates para la redacción de una nueva constitución cuestionaban ya la necesidad o no de la monarquía, el derecho de sanción real de las leyes, la soberanía y la conveniencia de una nueva desamortización. La Constitución de 1856 fue aprobada por las Cortes, pero no llegó a ser promulgada.
En 1855 el ministro de Hacienda Pascual Madoz decretó una nueva desamortización civil y eclesiástica. Esta medida provocó la ruptura total con la Santa Sede, al no respetar los acuerdos tomados en el Concordato de 1851. Por otra parte, como la desamortización incluyó la venta de los bienes nacionales, municipales y de los llamados “propios” –terrenos comunales que eran utilizados en los ayuntamientos por los vecinos de menos recursos-, fue sumamente impopular y fomentó motines campesinos que tuvieron lugar entre 1851 y 1861. Su aspecto positivo fue la mejora de la Hacienda pública y el aumento del número de propietarios.
Los progresistas llevaron a cabo una política de liberalismo económico. La necesidad de dinero favoreció la apertura a los capitales extranjeros y las inversiones en España. La Ley de Sociedades Anónimas suprimió el control del Estado y concedió muchas facilidades para que se fundaran numerosas sociedades industriales, comerciales y financieras. Se promulgó también una Ley de Sociedades Anónimas de Crédito que permitió la creación de una banca moderna en España.
42 La Unión Liberal (1858-1863) La crisis agraria de 1855-56 y las revueltas progresistas en Madrid y Barcelona, duramente reprimidas, contribuyeron a la caída de Espartero. El desprestigio del partido progresista y el desgaste de los moderados habían dejado el camino abierto al triunfo de una opción política de centro, la Unión Liberal, liderada por el general O’Donnell, y formada también por minorías moderadas y progresistas. El nuevo partido pretendía proporcionar al país la seguridad y estabilidad necesarias para permitir el desarrollo económico.
En 1858 se encargó el gobierno a O’Donnell que se mantuvo en el poder hasta el año 1863. La política de la Unión Liberal se centró en mejorar la economía impulsando sectores en desarrollo como la minería, el ferrocarril, las obras públicas y el sistema financiero. Sus políticos fueron acusados de corrupción y enriquecimiento ilícito.
En su empeño de lograr un amplio prestigio internacional y exaltar el patriotismo y el honor nacional, el gobierno unionista inició varias campañas, como la guerra de Marruecos, entre 1859 y 1860, ante el ataque marroquí a las plazas españolas de Ceuta y Melilla. España mandó tropas en su defensa y consiguió ampliar el territorio circundante, el reconocimiento de sus derechos sobre Sidi Ifni y la indemnización de guerra que le garantizaría la ocupación española de Tetuán. España participó también en la guerra anglo-francesa en México, desencadenada por la negativa de este último país a saldar sus deudas con las potencias europeas. La intervención de España fue dirigida por el general Prim y terminó en 1862. Otras campañas fueron la expedición a Cochinchina, la breve anexión de Santo Domingo y las últimas guerras contra Perú y Chile, que tuvieron poca trascendencia.
La política exterior de los unionistas no logró los resultados esperados, costando muchas vidas y un gran esfuerzo económico. Este fracaso junto con el desgaste de los políticos, el incumplimiento de promesas y las “componendas” con moderados y progresistas por parte de O’Donnell, le obligaron a presentar su dimisión en 1863.
Los últimos años del reinado Durante los cinco años siguientes, la Reina alejó a los progresistas del poder, otorgando su confianza reiteradamente a gobiernos moderados. A la escasa representación política se unió la práctica de la manipulación en las elecciones. Los progresistas no actuaron como oposición política sino que volvieron a la práctica del pronunciamiento. En 1866 se pronunciaron los sargentos del cuartel de San Gil, y fueron reprimidos con gran dureza. El régimen moderado se había convertido en algo muy próximo a una dictadura. Y en ese clima de crisis generalizada, políticos que representaban a los progresistas y demócratas se reunieron en la ciudad de Ostende (Bélgica) y firmaron un pacto, que también firmarían los unionistas a la muerte de O’Donnell, por el que se comprometían a derrocar a la Reina Isabel II.
43 Breve balance del reinado de Isabel II Como conclusión, se puede afirmar que el reinado de Isabel II fue positivo, entre otras cosas, porque durante estos años caen definitivamente las estructuras del Antiguo Régimen y se construye el Estado Liberal. El triunfo de los partidarios de Isabel II en la 1ª Guerra Carlista fue muy positivo para el definitivo asentamiento del régimen, aunque tuvo como contrapartida la pérdida de vidas humanas, la sangría económica que supone cualquier contienda y la radicalización de los carlistas en contra de Isabel II.
Se inició el capitalismo y la modernización social, con el auge de la burguesía, de las profesiones liberales y se llegó a la consolidación de la clase media. Además se dieron los primeros pasos para la industrialización.
En cuanto a la educación, se implantó un sistema de instrucción pública reglamentado por el Estado en tres niveles. La cultura llegó a un mayor número de españoles, ya que los libros y la prensa experimentaron una gran desarrollo al mismo tiempo que el liberalismo. La prensa se convirtió en un gran negocio y nacieron las primeras organizaciones empresariales de prensa.
Pero no todo fue positivo y como aspectos negativos hay que señalar que la Reina no supo establecer un equilibrio entre los dos partidos mayoritarios, moderados y progresistas, prefiriendo siempre a los primeros a la hora de formar gobierno. En torno a la soberana se creó un círculo de intereses para acceder a los negocios que dio lugar a muchas situaciones de corrupción entre los políticos en el poder y la alta burguesía, un ejemplo es el de María Cristina, su esposo y muchos miembros de la familia real que se enriquecieron con negocios ilícitos, como la venta de esclavos.
Se inició en estos años la práctica electoral fraudulenta del caciquismo. Las desamortizaciones, aunque liberalizaron la propiedad de las tierras, arruinaron a muchos campesinos que no contaban con el capital necesario para adquirirlas y fueron a parar a manos de grandes propietarios, que no las explotaron. Las transformaciones sociales del capitalismo dieron lugar a situaciones de pobreza y a que los artesanos y jornaleros organizaran huelgas para reivindicar mejoras en su trabajo y en sus salarios.
En los años siguientes se dio paso a un nuevo régimen democrático y una nueva generación de políticos irrumpió en la vida nacional, entre otros Prim, Sagasta, Ruiz Zorrilla, Serrano y Castelar, jugarían un papel protagonista en los acontecimientos del Sexenio Revolucionario.
44 TEMA 6 NAPOLEÓN III. LOS NACIONALISMOS La última oleada revolucionaria del siglo XIX, la de 1848, aunque fracasó en la mayoría de los territorios europeos en que se desarrolló, sin embargo, consiguió cambiar los proyectos políticos y sociales en muchos Estados y logró que los principios de carácter democrático y liberal, así como los movimientos nacionalistas hicieran desaparecer definitivamente el Antiguo Régimen en Europa. Francia, se transformó primero en una república para constituir hasta 1870 el II Imperio bajo Napoleón III. Italia y Alemania consiguieron, por la fuerza de los movimientos nacionalistas, la unificación de sus Estados en 1870.
NAPOLEÓN III Las reformas políticas llevadas a cabo en Francia por los gobiernos de la monarquía de Luis-Felipe de Orleáns habían propiciado que el régimen quedara en manos de una oligarquía que fue ganando paulatinamente el apoyo de la nación. Francia se encontraba en plena revolución industrial, la burguesía se había ido enriqueciendo con las medidas agrarias de la revolución de 1789 y con los negocios y prebendas del primer imperio napoleónico y de la monarquía orleanista, mientras las clases trabajadoras se hundían en la miseria. Una serie de circunstancias adversas llevaron al pueblo de París a levantarse contra el gobierno de Luis-Felipe de Orleáns en febrero de 1848. Fue la primera vez que las clases proletarias desempeñaron el protagonismo en una revolución burguesa.
Segunda república francesa (1848-1851) La sublevación del pueblo, inducido por los líderes socialistas, logró acabar con la “Monarquía de julio” bajo la dinastía orleanista y consiguió que el nuevo gobierno provisional proclamara la segunda república francesa.
El gobierno provisional, compuesto por personajes de diferentes tendencias políticas, restableció el sufragio universal, garantizó las libertades individuales, suprimió la pena de muerte y abolió la esclavitud en los territorios de Francia, mientras intentaba ofrecer a Europa la imagen de una república moderada deseosa de paz interior y exterior.
Sin embargo, el gobierno republicano se resistió a reconocer el derecho al trabajo a todos los ciudadanos, aunque permitió la creación de los Talleres Nacionales para ocupar a todos los desempleados, reduciendo también la jornada laboral. Se vivieron meses de frenética actividad política y de violentas tensiones sociales al no cumplirse las expectativas del pueblo, hasta que en junio de 1848 la anhelada “revolución proletaria” dio paso a una “república represiva”.
La constitución de 1848, promulgada el 4 de noviembre, era a la vez liberal y democrática y copiaba el régimen presidencial de Norteamérica por influencia del diputado 45 Tocqueville, que había vivido en el país norteamericano. En diciembre se celebraron elecciones para elegir un Presidente por cuatro años que pudiera restablecer el orden político. Contra toda previsión salió elegido por muy amplia mayoría el lider del partido “bonapartista”, el príncipe Luis-Napoleón Bonaparte, sobrino del “Gran Napoleón”, quien apartó al régimen republicano de la influencia proletaria o conservadora. Durante tres años impuso un férreo sistema represivo y dictatorial que logró infundir en las masas un “terror blanco”, evitando así cualquier levantamiento del pueblo.
En diciembre de 1851 Luis-Napoleón dio un golpe de estado para conseguir su nuevo nombramiento como Presidente de la república, que la constitución impedía. En enero de 1852 promulgó una nueva constitución, que le nombraba Jefe del Estado francés y Presidente del gobierno para diez años, con posibilidad de ser reelegido por otro periodo decenal. La constitución de 1852 otorgaba gran poder al Ejecutivo y reducía el poder del Legislativo. Se creó un Tribunal Supremo de Justicia y tres Asambleas: el Senado como guardián de la Constitución, el Cuerpo Legislativo elegido por sufragio universal pero sin poder interpelar al gobierno ni al emperador y el Consejo de Estado compuesto por 50 miembros que eran los encargados de redactar las leyes. Así quedó instaurada una dictadura presidencialista.
En el plebiscito organizado por Luis-Napoleón Bonaparte, la gran mayoría de la población votó a favor de la dictadura instaurada por el Presidente, acató sin protesta la constitución de enero de 1852 e incluso se alegró cuando el príncipe Bonaparte instauró el segundo imperio francés en diciembre de 1852. La burguesía y el proletariado francés añoraban al Gran Napoleón esperando que su sobrino condujera a Francia a la grandeza y esplendor del primer imperio.
NAPOLEÓN III Y EL SEGUNDO IMPERIO FRANCÉS (1852-1870) El nuevo imperio napoleónico constituiría el fracaso tanto de la revolución de 1848 como de la segunda república francesa. Cuando en diciembre de 1852 LuisNapoleón proclamó el Segundo Imperio por referéndum nacional, ninguna potencia europea pensó que se iba a abrir en Francia un largo período de bonanza económica y social. Fue la época de la gran transformación de París por el “Plan Haussmann”, cuyas obras fueron financiadas por las subvenciones del Estado. También fue la de la expansión de los ferrocarriles, de los canales y puertos, de los negocios burgueses y de las Exposiciones Universales. En 1859, con la ayuda financiera de Gran Bretaña, dio comienzo en tierras de Egipto la construcción del Canal de Suez, la gran obra hidráulica que tanto prestigio concedió a Francia. Se inauguraría en 1869 con gran satisfacción del comercio transoceánico, ya que Europa, África y Asia acortaban sus comunicaciones marítimas.
Durante el segundo imperio existió una gran preocupación por mantener el orden, solucionar el problema obrero y continuar con la vigencia del sufragio universal masculino. La dictadura imperial de Napoleón III duraría casi dieciocho años divididos en dos periodos de gobierno: el Imperio autoritario hasta 1860 y el Imperio liberal, que finalizó en 1870. El Emperador siempre contó con el apoyo del ejército, la burguesía y la iglesia católica, aunque la alianza entre el trono y el altar quedó rota en 1860 al luchar Francia contra los Estados Pontificios.
El imperio autoritario, inaugurado tras la aprobación de la constitución de 1852, se caracterizó por el control de la vida política: se reprimió a la oposición, 46 compuesta por orleanistas, legitimistas y republicanos, se censuró la prensa, se controlaron las elecciones y se creó un cuerpo de policía muy efectivo.
Sin embargo, también se produjo un gran crecimiento económico, gracias a la coyuntura europea y a la ausencia de desórdenes sociales. El auge del urbanismo en las principales ciudades francesas potenciaba la creación de muchos puestos de trabajo y la exportación de capitales (a Rusia, España y Argelia) convertía a Francia en un país de acreedores y rentistas.
La política intervencionista del emperador, en el interior y en exterior, con la participación de Francia en numerosos conflictos internacionales, provocó que la sociedad francesa (los industriales por las medidas librecambistas y los católicos por el apoyo imperial al Reino de Italia que luchaba contra la Santa Sede) comenzase a demostrar su descontento y provocara un cambio en el régimen.
El imperio liberal se inició a partir de 1861, propiciado por la débil salud del emperador y sus vacilaciones políticas. El aumento de las críticas al régimen, por la contradicción existente entre la política liberal emprendida por Napoleón III en el exterior y la dictadura represiva en el interior, logró que la oposición fuera cobrando protagonismo hasta conseguir que el Emperador en 1864 incluyera un programa de “libertades necesarias” (derecho de asociación, de prensa, libertado de la Cámara, etc.) y concediera mayor responsabilidad a sus ministros. Este nuevo periodo del gobierno imperial se caracteriza por la liberalización del régimen en educación, que se hace obligatoria y gratuita en primaria y secundaria, lo que perjudica a las escuelas religiosas (se recrudece la lucha entre el gobierno y la Iglesia); en medidas sociales, ya que en 1864 los obreros consiguen el derecho a la huelga; fue abolido del Código penal el delito de asociación, conquista que provoca la participación del proletariado francés en la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT) y la prensa se liberaliza. Todas estas mejoras liberalizadoras enfrentan al régimen con la burguesía y la Iglesia. En 1869 se reforma la Constitución de 1852 que obtiene nuevos derechos para el Cuerpo Legislativo.
La política económica de Napoleón III fue el mayor éxito de su régimen.
Apoyó al librecambismo, los transportes avanzaron sin cesar (ferrocarriles, canales fluviales), se crearon grandes compañías de navegación y se desarrollaron las obras públicas por todo el Estado (embellecimiento de París y de otras muchas ciudades). La industria, el comercio y la agricultura también progresaron en esta época imperial.
La política colonial del segundo imperio fue muy activa. El Emperador logró en África la ocupación final de Argelia (emprendida en 1830 por el rey Luis-Felipe de Orleáns), propiciando la emigración de colonos franceses que convirtieron ese territorio magrebí en el principal granero de Francia. También colonizó el Senegal, donde fundó su capital, Dakar, y conquistó Somalia. En Asia ocupó los territorios indochinos de Cochinchina y Camboya.
La política exterior intervencionista emprendida por Napoleón III en todos los continentes estaba influida por su deseo de convertir a Francia en la mayor potencia mundial, como lo había sido en tiempos de Napoleón I. Esa política intervencionista se orientó también a sostener los movimientos nacionalistas den los Balcanes, Italia y Alemania, y en América intervino en México para imponer como Emperador al príncipe Maximiliano de Austria.
Napoleón III fue el primer jefe de estado que creyó en el principio de las nacionalidades, que iba contra lo acordado en 1815. Francia estuvo presente en varias guerras internacionales como la de Crimea contra Rusia que terminó con la Paz de París 47 en 1856; en 1859 luchó contra Austria y se involucró en la unificación de Italia, logrando la anexión a Francia de Niza y Saboya. Sin embargo, los errores y fracasos diplomáticos en que fue incurriendo el Emperador en la década de los sesenta, culminaron con la declaración de guerra a Prusia en 1870. Napoleón III temía que el creciente poderío de Prusia consiguiera la unificación y el expansionismo alemán. Aprovechando que un Hohenzollern se había presentado como candidato al trono de España, lo que agravaría aún más la situación de Francia con la posible alianza de sus dos Estados vecinos (Alemania y España), el 19 de julio de 1870 declaró la guerra a Prusia. Sin embargo, el ejército alemán aniquiló al francés en la Batalla de Sedán el 1 de septiembre de 1870, donde el emperador francés fue hecho prisionero. Tres días después se dio fin al II Imperio al ser proclamada en París la Tercera República Francesa.
Los nacionalismos (1815-1870) El nacionalismo es una ideología que entiende la Nación como la unidad fundamental para la vida social del hombre, por encima de cualquier otro principio social y político. Surge como consecuencia de la Revolución Francesa y de la expansión napoleónica en Europa y se convierte en una de las fuerzas políticas más poderosas del siglo XIX. El nacionalismo mantiene que la Nación es la única base legítima para el Estado y sus principios son: 1) 2) 3) La soberanía nacional (concepto acuñado por la Revolución Francesa) como derecho de la Nación para ejercer el poder.
La autonomía como expresión de la libertad.
El principio de nacionalidad, que mantiene que cada Nación debe formar su propio Estado y que las fronteras del Estado deben coincidir con las de la Nación. Así se potencian todo tipo de tradiciones y los factores geográficos, etnográficos, históricos, lingüísticos y religiosos.
A mediados del siglo XIX las fronteras europeas no tenían nada que ver con los límites de los diferentes pueblos: ya Grecia y Bélgica en 1831 se habían independizado, en tanto que algunos pueblos seguían divididos en numerosos Estados, como era el caso de los alemanes y los italianos.
LA UNIFICACIÓN ITALIANA (1815-1870) A comienzos del siglo XIX Italia era sólo una unidad geográfica y cultural formada por un mosaico de estados y ocupada por potencias extranjeras. Durante la pertenencia de Italia al Imperio francés se introdujeron numerosas reformas liberales como la abolición de los privilegios feudales y eclesiásticos. Con la derrota de Napoleón, de reestructuró de nuevo el espacio italiano en el Congreso de Viena de 1815, atendiendo a los intereses de las familias dinásticas y de las granes potencias europeas, sin atender a los intereses del pueblo.
48 La península de Italia, tras el Congreso de Viena de 1815, se encontraba dividida en siete Estados: el Reino de Cerdeña-Piamonte, cuya capital era Turín, que estaba regido por la dinastía de Saboya, Piamonte, Génova, Niza y Cerdeña. El Milanesado y Venecia que pertenecían a Austria. El Reino de las Dos Sicilias, con Nápoles como capital, bajo la soberanía de los Borbones. Los Ducados de Parma, Módena y Toscana; la Romaña y las Marcas, y el Reino de la ciudad de Roma que pertenecía a los Estados Pontificios. En todos esos Estados se produjeron desde 1815 hasta 1870 movimientos revolucionarios influenciados por las revoluciones americanas de las que tomaron la idea de independencia y de unidad nacional y por la Revolución Francesa que les impulsaba a romper con el Antiguo Régimen.
Mientras tanto, los ideales nacionalistas continuaban propagándose por los estados italianos incentivados por el progreso económico. La expansión del ferrocarril favorecía las comunicaciones y la unidad de los diversos estados. Otros elementos para su posible unificación eran la lengua italiana, la religión católica, la cultura italiana y el romanticismo.
LA UNIFICACION ITALIANA, 1859-1870 49 El “Risorgimiento” Esta época italiana se conoció como el Risorgimiento, movimiento ideológico que tomó el nombre de un periódico liberal fundado por el conde de Cavour, ministro del Reino de Cerdeña-Piamonte y principal protagonista de la unificación, quien deseaba hacer “resurgir” la grandeza de la antigua Italia. Desde ese periódico se defendía la independencia de Italia, una confederación de Estados italianos y la adopción de reformas económicas encaminadas a la mejora de la agricultura y la infraestructura de transportes.
A la unidad italiana se oponían Austria y los Estados Pontificios. El fracaso de la revolución de 1848 demostró a los italianos que era imposible expulsar a los austriacos por sus propios medios. Los dirigentes del Piamonte sabían que necesitaban una gran potencia, por lo que su política se orientó a buscar esa alianza.
El liderazgo de la lucha por la unificación de Italia lo protagonizaron los reyes Carlos Alberto y su hijo Víctor Manuel de Saboya, con la ayuda de su ministro el conde de Cavour, quien organizó el gobierno liberal del Piamonte, consiguió que los movimientos revolucionarios aceptasen la propuesta de unidad, se atrajo a un gran número de líderes patriotas como Mazzini y Garibaldi, y dirigió la lucha contra Austria. Asimismo, la burguesía patriota, organizada en sociedades secretas (los Carbonarios) fue la que impulsó el movimiento revolucionario en todos los Estados para conseguir la Independencia, la Unidad y el triunfo del Liberalismo. En 1820 y en 1830 las sociedades secretas habían sufrido una dura represión ordenada por los gobiernos absolutistas y por Austria, según las directrices de la Santa Alianza.
Entre 1830 y 1848 la burguesía revolucionaria se encontraba dividida en tres corrientes protagonizadas por destacados personajes: la “Joven Italia”, dirigida por Mazzini, que pretendía una república italiana con capital en Roma; Gioberti proponía una Confederación de Estados presidida por el Papa; D’Azzeglio, Balbo y Cavour apostaban por la unidad de Italia bajo del Reino de Piamonte-Cerdeña. Esta última corriente fue la que finalmente se impuso, aunque necesitó el apoyo francés para luchar contra Austria y recuperar los territorios italianos que se había anexionado. Napoleón III apoyó a los nacionalistas como antiguo “Carbonario” que había sido y así se consiguió vencer al Imperio Austro-Húngaro. Francia, como pago de su intervención en Italia, se anexionó los territorios de Niza y de Saboya.
Proceso de unificación en tres etapas La primera etapa comienza tras el fracaso de la revolución de 1848 que, sin embargo, infunde en los italianos el convencimiento de que el bien esencial es la unidad de Italia y de que había que luchar contra su mayor enemigo: Austria. Estas ideas fueron impulsadas por Cavour, quien recurrió a medios políticos internos (al crear la “Sociedad Nacional Italiana” en 1857) y externos (al conseguir ayuda de Francia y de Prusia) para llevarlas a su apogeo. El ministro consiguió que la “unidad italiana” constituyera un problema internacional; el Reino del Piamonte participó en la guerra de Crimea (1854) contra Rusia, como aliado de Francia e Inglaterra; luchó contra Austria desde 1859 y obtuvo de ésta la Lombardía en junio de 1859, tras derrotar al Emperador Francisco José con la ayuda de Napoleón III en la terrible batalla de Solferino, en el norte de Italia, dando por terminada la primera etapa de la unificación de Italia.
50 La segunda etapa la continúan los italianos de todos los Estados entre 1859 y 1861. Se incorporan al Piamonte los ducados de Parma, Toscana y Módena. El Reino de Nápoles o de las Dos Sicilias fue incorporado por Garibaldi, héroe de la unificación y fundador en Génova de un cuerpo expedicionario llamado “camisas rojas” por su atuendo, que se presentó en Sicilia y conquistó Palermo, Messina y Nápoles en 1860. Desde el norte, las tropas de Víctor Manuel de Saboya atravesaron los Estados Pontificios y derrotaron al rey de Nápoles. En febrero de 1861 en una Asamblea de diputados de todas las regiones italianas, se proclamó la existencia de Italia como nación independiente y se declaró rey de la misma a Víctor Manuel II de Saboya.
En la tercera etapa fueron anexionados a Italia Venecia y los Estados Pontificios. Venecia fue unida en 1866 gracias a la alianza de Italia con Prusia en la guerra austro-prusiana. Al vencer Prusia, Italia consiguió la anexión de Venecia. Sin embargo, aún quedaba por resolver la “cuestión romana”. Desde 1849 Napoleón III, en su apoyo al Papa, había mantenido una parte del ejército francés en Roma. Italia deseaba la incorporación de Roma como capital del Estado italiano, pero ni el Emperador francés y su esposa, la emperatriz Eugenia de Montijo, ni el Pontífice católico deseaban entregar Roma. Víctor Manuel, finalmente, convenció al Emperador para que retirara las tropas francesas y éste así lo hizo bajo promesa de que se respetara en Estado Pontificio. Sin embargo, Garibaldi rompió la promesa y entró y saqueó Roma en 1867, obligando a Francia a intervenir de nuevo hasta su derrota ante Prusia en 1870, momento que aprovecharon las tropas italianas para invadir Roma y declararla capital del reino de Italia, a pesar de las protestas del Papa Pío IX, quedando los Estados Pontificios bajo la jurisdicción de Italia.
La unificación italiana quedó consolidada en 1870. Víctor Manuel II de Saboya fue admitido por todos los italianos como rey constitucional, aunque el Pontífice no aceptó la situación y se consideró “prisionero de la unificación”. El Vaticano, barrio romano donde se halla situada la basílica de San Pedro, se constituye en único ámbito de la soberanía papal. La “cuestión romana”, como fue llamada, quedó finalmente solucionada cuando Mussolini firmó en 1929 con el Papa Pío XI el Tratado de Letrán.
Uno de los aspectos positivos de los enfrentamientos ocurridos en Europa con motivo de las luchas por la unificación italiana fue la fundación de la Cruz Roja. En 1859, al terminar la batalla de Solferino entre los ejércitos francés, austriaco e italiano, quedaron en el campo de batalla casi 40.000 hombres muertos o heridos abandonados a su suerte.
Este escenario dejó muy impresionado al humanista suizo Henri Dunant, que estaba viajando por Europa. Al ver Dunant cómo los soldados heridos morían sin asistencia, se dedicó a socorrerles con ayuda de algunos aldeanos de la zona, y reflexionando sobre esa tragedia llegó a la conclusión de que era necesaria una sociedad que se encargara de atender a los heridos de uno u otro bando sin distinción y por medio de voluntarios. En 1863 se fundó el Comité Internacional de la Cruz Roja y al año siguiente doce Estados europeos firmaron la Primera Convención de Ginebra, ciudad suiza que desde entonces sería la sede de la Cruz Roja.
LA UNIFICACIÓN ALEMANA (1815-1870) El Congreso de Viena de 1815 estableció la Confederación Germánica compuesta por 39 Estados diferentes, con sus fronteras, monedas y gobiernos propios, aunque los habitantes de estos Estados tenían en común la lengua, la cultura y la historia.
51 Las ideas liberales, al defender que la soberanía pertenece al pueblo, favorecían el deseo de unión de los pueblos por encima de las fronteras del pasado y de los Principados existentes. Así surgió el movimiento unificador alemán; todos los alemanes debían formar una sola nación. Por otro lado, la modernización de la economía exigía mercados cada vez mayores.
De los Estados alemanes, Austria y Prusia eran los más importantes, aunque el sistema de Viena de 1815 había otorgado a la católica Austria el predominio en la Confederación y este hecho impedía la unificación, por oponerse a ella el canciller austriaco Metternich. Pero ya a mediados del siglo XIX la política del canciller comenzó a deteriorarse por su cerrado absolutismo, por su enfrentamiento con las nacionalidades centroeuropeas y por la tardía entrada de Austria en la revolución industrial. Esta decadencia la aprovechó Prusia para establecer su predominio en los territorios alemanes.
La burguesía prusiana, protestante e intelectual, promovía la unidad y la industrialización, creó una zona de libre comercio, el Zollverein, suprimiendo las barreras aduaneras, protegiendo los productos alemanes frente a los extranjeros e integrando todos los Estados alemanes, excepto Austria, en una unidad económica. La unidad política fue propiciada desde las universidades por la publicación de “Los Discursos a la nación alemana” del filósofo Fichte. Los factores que determinaron la unificación fueron el Reino de Prusia y la dinastía de los Hohenzollern, las clases sociales (los Junkers prusianos y la burguesía industrial) y el canciller Bismarck, como principal dirigente.
LA CONFEDERACION GERMÁNICA 52 Varias fueron las propuestas políticas al cambio de régimen: Confederación de Estados, Estado Federal en una Gran Alemania que incluyera a Austria, o una Pequeña Alemania sin Austria y bajo el predominio de Prusia. El Parlamento que iba a decidir el régimen idóneo se disolvió debido a las revoluciones de 1848, que fueron reprimidas tanto por Austria como por Prusia. La ascensión al trono prusiano de Guillermo I y el poder decisorio del canciller Bismarck, que organizó un ejército poderoso, hicieron posible la dirección y consecución de la unificación.
Proceso de la unificación alemana Prusia inició tres guerras entre 1864 y 1870 para conseguir la unificación, siempre intentando aislar a Austria: - Guerra de los Ducados (1864). El rey de Dinamarca deseaba incorporar a su reino los ducados de Schleswing, Holstein y Lavenbourg que administraba desde 1815. Prusia y Austria le declararon la guerra para evitarlo, y al salir victoriosos decidieron ambos Estados ser los administradores de los ducados. Esta imposición fue la causa de los conflictos que propiciaron la guerra entre las pos potencias alemanas.
- Guerra austro-prusiana (1866). Pusia salió victoriosa de la batalla de Sadowa gracias a su predominio militar sobre Austria, a la alianza con Francia e Italia y a contar con el consentimiento de Rusia e Inglaterra. Por el Tratado de Praga, Prusia anuló al imperio austriaco como protagonista de la unificación alemana; estableció la Confederación de Alemania del Norte con 22 Estados bajo el rey Guillermo I como Presidente y Bismarck como Canciller de todos ellos, con dos organismos legislativos (Parlamentos) el Bundesrat y el Reighstag controlados por Prusia.
- Guerra franco-prusiana (1870). Con la victoria de Prusia sobre Francia en 1870 terminó el predominio francés en Europa y comenzó el alemán. La causa de la guerra fue el temor francés a la unificación y expansionismo alemán y también el posible nombramiento de un príncipe alemán de la dinastía Hohenzollern para el trono de España (la revolución de 1868 había provocado el derrocamiento de Isabel II).
Napoleón III rechazó la propuesta alemana porque temía que Francia fuera aprisionada entre Alemania y España. Con la declaración francesa de guerra a Prusia en julio de 1870 comenzó el enfrentamiento franco-alemán. Este conflicto militar duró escasamente dos meses, puesto que Francia tuvo que rendirse el 1 de septiembre al ser derrotada en la batalla de Sedán y ser capturado Napoleón III. Se firmó la paz en Franckfort en 1871. En ese momento, Francia perdió Alsacia y Lorena, y Prusia dio por finalizada la unificación con la incorporación de los Estados del Sur de Alemania. El 18 de enero de 1871, en el Palacio de Versalles, se nombró a Guillermo I emperador (Kaiser) de Alemania, y fue proclamado el Segundo Imperio alemán o II Reich.
La unificación alemana constituyó el mayor cambio político ocurrido en Europa en el siglo XIX. Su resultado fue el predominio de Alemania en Europa y la fundación del II Reich por el Emperador alemán Guillermo I y su “Canciller de hierro”, el príncipe Otto von Bismarck.
53 En definitiva, las revoluciones liberales fueron las propulsoras de las unificaciones italianas y alemana, aunque hubo significativas diferencias en los procesos de unidad de ambos Estados: 1ª) Italia, tras el Congreso de Viena, estaba dividida en 7 Estados mientras en Alemania eran 39 los Estados que se debían reunificar.
2ª) La intervención extranjera en el conflicto alemán no tuvo tanta importancia como en el de Italia.
3ª) La unificación italiana giró en torno a un solo Estado, el Piamonte.
4ª) La unificación alemana en torno a dos Estados, Austria y Prusia, que decidirían por la guerra cual de los dos conseguiría la unidad definitiva. Fue Prusia el que al fin realizó la unificación de Alemania, aunque sin conseguir que el imperio austrohúngaro se uniera al II Reich.
54 TEMA 7 LA SEGUNDA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL.
EL MOVIMIENTO OBRERO A mediados del siglo XIX termina la 1ª Revolución Industrial. Los cambios vividos por la industria en la segunda mitad del siglo son tan importantes, que permiten hablar ya de la 2ª Revolución. Ésta abarca de1870 a la 1ª Guerra Mundial, y es el resultado de la unión de ciencia, técnica y capitalismo financiero. Pues los descubrimientos científicos que entonces se dan, aplicados a la técnica y unidos a nuevas fuentes de energía –petróleo y electricidad-, originan nuevas industrias. Sus características principales son: gran desarrollo tecnológico, fuerte industrialización y concentración de capitales. Pronto se extiende por Europa –sobre todo en Inglaterra, Alemania y Francia-, y gracias a los nuevos descubrimientos llega a áreas económicas diferentes de las que vivieron la 1ª Revolución Industrial –EE.UU., Rusia y Japón-. El crecimiento económico favorece asimismo el fortalecimiento de las instituciones liberal-democráticas, notable incremento demográfico que activa la emigración fuera de Europa, cambios sociales (predominio de la burguesía, aumento de las clases medias y un fuerte incremento del proletariado), y en el orden internacional expansión del colonialismo. Pero si bien el liberalismo económico facilita la industrialización, la acumulación de capitales, el surgimiento de empresas gigantescas y la creación de mercados mundiales, también separa la ética de la economía, despreocupándose totalmente de los problemas sociales que la industrialización genera.
LA SEGUNDA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL Entre 1870 y 1914 la economía europea vive etapas diferentes en el comportamiento de los precios: alcista hasta la Depresión de 1873; de recesión desde 1873 hasta 1896 y una nueva expansión hasta los años veinte. Tras la Depresión los precios descienden por dos motivos: a) escasez monetaria, pues disminuye la producción mundial de oro, cuando la mayor parte de los países adoptan el patrón oro; b) elevada actividad económica, que produce más de lo que los mercados pueden absorber, originando crisis de superproducción. En el campo ocurre lo mismo, por la competencia de países nuevos como Estados Unidos, Argentina y Australia. El descenso general de los precios contrae la actividad económica. Para reactivarla, garantizando mercados y precios, lo gobiernos imponen proteccionismo económico –que impulse el desarrollo nacional- y estimulan el colonialismo, al tiempo que se tiende a la concentración empresarial. Desde 1896 hasta los años veinte la economía mundial se recupera y los precios suben, por una mayor producción de oro (se descubren nuevos yacimientos en Australia, Alaska y África del Sur), el incremento de la demanda (por aumento demográfico y la lucha por el poder adquisitivo), eficacia de la política proteccionista de los Estados y el estímulo que aporta la rivalidad económica. Además los mercados de los países nuevos y la cada vez más importante industria armamentística contribuyen a la reactivación industrial. Todo ello se traduce en prosperidad económica y expansión, con aumento de producción, precios y 55 salarios. El auge económico estimula las inversiones y facilita las financiaciones de la Banca, cada vez más ligada a la suerte de las industrias.
Desarrollo industrial. Concentración financiera y empresarial. Gran capitalismo La 2ª Revolución Industrial aumenta la importancia del sector en los países más desarrollados, tanto económicamente (papel de la renta industrial dentro de la renta nacional) como socialmente (número de trabajadores industriales en el conjunto de la población activa); y transforma la sociedad: crecen las ciudades, se elevan el nivel y la calidad de vida, cambian las mentalidades, y la industria y las finanzas influyen en las decisiones políticas e incluso en las relaciones entre Estados.
Los grandes avances técnicos perfeccionan la maquinaria y multiplican la producción, lo que permite abaratar los precios y controlar los mercados. Las industrias que nacen entonces suelen exceder al poder financiero de un solo individuo; por ello aparecen nuevas formas asociativas –las Sociedades Anónimas-, que limitan los riesgos del inversor al reunir los capitales de varios socios y hacen sus productos más competitivos, provocando con frecuencia la ruina de las pequeñas industrias. Para afrontar la situación, las empresas deben modernizar su maquinaria a costa de grandes desembolsos, posibles en muchos casos gracias a los créditos bancarios, que a veces cobran en acciones de la sociedad. Así la Banca se hace empresaria. Por tanto, concentración financiera e integración capitalista son efecto y a la vez causa del gran crecimiento industrial del momento.
Por entonces aparece en las grandes empresas el trabajo en cadena o taylorismo, en el que el trabajador tiene siempre la misma función y cambia de herramienta o esquema de trabajo lo menos posible; ello revierte en mayor efectividad. Por tanto con el taylorismo se racionaliza el trabajo y comienza la producción en masa. Con ella aumenta la producción y en consecuencia la plusvalía del empresario, que puede bajar más los precios de los productos asegurando su venta. Este ritmo obliga a las empresas a modernizarse, crecer y fusionarse; en caso contrario desaparecen, arruinadas por la competencia. La concentración empresarial es otra característica de la 2ª Revolución Industrial.
Las grandes industrias –o asociaciones de empresas- así formadas tienden a controlar todo el aspecto productivo, desde la extracción de la materia prima hasta la elaboración del producto terminado, y acuerdan producción y precios, buscando la máxima eficacia y el monopolio del sector. Estas asociaciones reciben distintos nombres, según se organicen: el cártel es la agrupación de empresas que, conservando su independencia financiera, persigue eliminar la competencia entre ellas y regular la producción, venta y fijación de precios en un determinado campo industrial. El holding es la compañía que controla a varias empresas mediante la adquisición de todas o la mayoría de sus acciones.
Y el trust es el número restringido de empresas bajo una dirección central, que domina un sector de la economía controlando sus ventas y la comercialización de los productos; cuando todas las empresas que lo integran se dedican a la misma actividad, de modo que monopolizan el sector y copan el mercado evitando la competencia, se da concentración horizontal; y cuando las filiales fusionadas controlan todas las fases de la actividad –desde extracción de materia prima al producto elaborado- existe concentración vertical. El poder de los trusts llegó a ser tan grande, que los gobiernos de algunos países industriales –como Estados Unidos- intentaron prohibirlos.
56 Industrias tradicionales.- Las industrias que protagonizaron la 1ª Revolución siguen siendo esenciales y conocen un importante progreso, gracias a la aplicación sobre ellas de innovaciones tecnológicas. Es el caso del hierro (cuya fundición con el convertidor de Bessemer –1856- produce grandes cantidades de acero), el carbón y otros metales conocidos desde antiguo –estaño, plomo, cobre-, al descubrírseles nuevas aplicaciones.
La industria siderúrgica continúa siendo la más importante y marca el potencial industrial de un país, pues crece muchísimo al abastecer a la construcción naval y civil y a la industria armamentística. La naval para fabricar el casco de hierro que precisan los barcos que transitan por el canal de Suez; la armamentística proporcionando aceros especiales para armas y acorazados de la marina de guerra, en una época de conquista de nuevos territorios; y la civil abasteciendo de hierro y acero para ferrocarriles, puentes metálicos, edificios, nueva maquinaria agrícola y para las nuevas industrias.
También progresa la industria papelera, que procesa grandes cantidades de celulosa gracias a la técnica y la química, que se complementan con la máquina. En cuanto a la industria textil, pilar de la 1ª Revolución Industrial, continúa siendo importante en Europa y de rápido desarrollo en Estados Unidos y Japón. Otras industrias tradicionales también crecen y se transforman, como la alimenticia, especialmente afectada por la aplicación de procedimientos industriales tanto para la conservación (sistema frigorífico, esterilización, enlatado), como para la fabricación de productos elaborados (bebidas gaseosas, margarinas ...) que aumentan y se diversifican.
Industrias nuevas.- Los grandes avances tecnológicos de la 2ª Revolución Industrial permiten procesos antes impensables y propician la aparición de nuevas industrias. Los descubrimientos de Bessemer y otros posibilitan un vertiginoso aumento de la producción de acero en Estados Unidos, Inglaterra, Alemania y Francia. Su elasticidad, dureza, resistencia y –aleado al níquel- su carácter anticorrosivo, disparan su uso en fabricación de bienes de equipo que contribuyen a mejorar la calidad del material ferroviario, naval y de construcción.
También es esencial la sustitución del vapor por las nuevas fuentes de energía que entonces aparecen –el petróleo y la electricidad-, que originan innumerables nuevas industrias a medida que se les descubren nuevas aplicaciones. El petróleo ya era conocido y se extraía en Ohio (EE.UU.) desde 1859, usándose algunos derivados para engrase de máquinas e iluminación en el consumo doméstico. Pero con la Revolución se convierte en una de las principales fuentes de energía para automóviles y alumbrado, e importante materia prima para la industria química. En torno al petróleo y su tratamiento aparecen nuevas industrias, pues se inventan los motores de explosión interna de gasolina, el motor diesel, etc., y nuevos procesos de refinado que lo transforman en gasolina, gas, queroseno, etc. Rockefeller instala la primera refinería y monopoliza el sector hasta el siglo XX.
En cuanto a la electricidad, aunque se conocía desde el siglo XVIII no se utiliza para fines industriales hasta 1872, en que el belga Gramme inventa la dinamo, que transforma la energía motriz en eléctrica. Su primera aplicación rentable fue el alumbrado, que cambió la forma de entender la vida y el trabajo, al liberar al hombre de la dependencia de los ciclos día/noche. Suplanta a la máquina de vapor y durante los años ochenta comienza a aplicarse a los transportes urbanos (el metro), la industria metalúrgica y después a la química. Supuso una verdadera revolución en los medios de comunicación a larga distancia (teléfono, telégrafo eléctrico, radio), el proceso de electrolisis y el uso doméstico, que poco a poco abrió nuevos campos (lavadora, termo ...).
57 La industria química fue, junto con la electricidad y el petróleo, uno de los pilares de la 2ª Revolución Industrial. Apareció estrechamente vinculada al desarrollo del capitalismo moderno, pues su elevado coste obligaba a realizar fuertes concentraciones empresariales. Sus productos van desde colorantes textiles, explosivos (minería), abonos (agricultura) o sosa cáustica (industria del papel), a alquitrán, industria farmacéutica, perfumería o industria del caucho, en estrecha relación con el desarrollo del automóvil.
Porque a finales del siglo XIX aparece el automóvil movido por gasolina. La nueva industria se desarrolla rápidamente en las primeras décadas del XX, siendo pioneras firmas americanas con procedimientos de fabricación y marketing modernos.
Henry Ford introduce la fabricación en cadena, que permite la producción a precios asequibles. Pese a que el automóvil tarda unos años en convertirse en un artículo de consumo, la rápida ampliación de su mercado y el estímulo que supone para las industrias auxiliares, proporciona al sector un puesto relevante en el conjunto de la producción industrial de los países más desarrollados.
Papel de la agricultura.- Pese al gran desarrollo industrial del momento, la agricultura sigue teniendo un papel esencial en el conjunto de las actividades económicas, siendo capaz de abastecer a la población en constante aumento de los países desarrollados, con menos mano de obra dedicada al sector, pues la nueva tecnología y la maquinaria agrícola sustituyen al hombre. En términos absolutos la producción aumenta constantemente, gracias a la mecanización, el empleo de abonos –sobre todo químicos-, el progreso de las técnicas y el desarrollo de los transportes, que posibilitan un notable aumento de los rendimientos. Todos estos factores también influyen en su rápido crecimiento en los países nuevos de clima templado –EE.UU., Canadá y Australia-, cuyos competitivos productos inundan los mercados europeos.
EL MOVIMIENTO OBRERO La industrialización provoca migraciones masivas del campo a la ciudad, crecen las ciudades y aparecen las fábricas. Pero también aparecen los efectos sociales negativos del capitalismo: la clase social dueña de los medios de producción –la burguesía- se enriquece explotando laboralmente a la que sólo tiene su fuerza de trabajo, el proletariado. Las condiciones sociolaborales que éste debe soportar –jornadas largas y extenuantes, salarios míseros, ínfimas condiciones higiénicas y de protección frente a los innumerables riesgos laborales, trabajo y explotación de mujeres y niños, alojamientos insalubres- ante la pasividad de los gobiernos burgueses, incapaces de promulgar una legislación social justa que lo remedie, generan en los trabajadores inmediatas posiciones de rechazo. Sin embargo, para que su lucha contra la situación sea eficaz, será preciso que adquieran conciencia solidaria de que sus problemas son los mismos en todo el mundo, y la experiencia de una acción efectiva debe estar organizada a nivel internacional: conciencia de clase y asociación. El impulsor de ambos elementos fue el proletariado industrial. Con él nació el movimiento obrero.
Y lo mismo que la Revolución Industrial nació en Inglaterra, también allí surgieron las primeras respuestas a los problemas sociales que generó. Quienes idearon esas respuestas fueron pensadores no proletarios, pero conscientes de la necesidad de crear un orden social más justo: los socialistas utópicos daban soluciones idealistas, los radicales reclamaban soluciones políticas y los sindicalistas primero se organizaron en sindicatos de oficios y después en una gran central sindical única. Por tanto en el 58 movimiento obrero convivieron ideologías y planteamientos diferentes para cambiar la sociedad: el socialismo, el anarquismo y el sindicalismo. Todos contribuyeron a crear Internacionales obreras, organizaciones supranacionales de lucha para conseguir una sociedad justa.
Socialismo, anarquismo y sindicalismo El socialismo.- En 1848 Carlos Marx y Federico Engels escribían el Manifiesto Comunista, que reclamaba una sociedad supranacional sin clases. Según Marx la economía es el fundamento de la historia, pues la sociedad se organiza en relaciones de producción: las clases sociales son grupos que ocupan un lugar determinado en el proceso productivo, tienen idéntica relación con los medios de producción: unos son propietarios, otros no. La lucha entre clases existe desde que apareció la propiedad privada y terminará cuando el proletariado conquiste el Estado, que se autodestruirá tras desmontar el capitalismo y colectivizar los medios de producción. Entonces desaparecerán las clases sociales, al tener todos los individuos la misma relación con los medios de producción colectivizados.
¿Cuándo y cómo conquistará el proletariado el Estado burgués?, cuando éste se autodestruya (lo que Marx considera seguro, pues la burguesía como clase se devora a sí misma, al concentrar la riqueza cada vez en menos manos mientras el proletariado se generaliza) y el proceso llegue al límite. Y lo hará sin revolución ni participación en las instituciones y el juego político del Estado burgués.
Pronto aparecieron dos ramas en el socialismo marxista, una moderada y otra radical. La moderada, el socialismo reformista o revisionista, al comprobar lo erróneo de las predicciones marxistas respecto al final del Estado burgués, proponía participar en el Estado democrático para conquistar mejoras sociales. En ella se incluyeron la socialdemocracia alemana y los socialismos francés y español. La rama radical se organizó en Rusia (1898) como Partido Obrero Socialdemócrata, que en 1903 se escindió en mencheviques y bolcheviques. Los primeros, fieles al marxismo, esperaban que al zarismo le sucedería el Estado burgués, que establecería las condiciones capitalistas para el posterior asalto proletario. Los bolcheviques con Lenin sostenían la posibilidad de establecer directamente el socialismo, pues el poder se podía conquistar por la acción decidida de un grupo minoritario de élite proletaria, creando después estructuras socioeconómicas que el socialismo reclama.
En Inglaterra al principio la lucha obrera se canalizó a través del sindicalismo, y en el plano político confió en la acción parlamentaria del Partido Liberal. A mediados de los ochenta surgieron diversos grupos socialistas, que con los sindicalistas acabaron convergiendo en el Partido Laborista (1906), socialista moderado y reformista que sustituyó al liberal como fuerza hegemónica, turnante en el poder con los conservadores.
El anarquismo.- Exalta la libertad total del individuo. En consecuencia, en política rechaza todo poder, toda autoridad, y apoya la revolución proletaria para destruir el Estado, al que Bakunin –uno de sus principales líderes- considera un instrumento represivo. La sociedad, sin clases sociales ni propiedad privada, sin Estado ni autoridad y sin poderes institucionales, se organizará en una federación libre de comunas autónomas, pequeñas células en régimen de autogestión que elegirán por sufragio universal de hombres y mujeres a sus autoridades, y que podrán federarse o separarse libremente a otras comunas similares –hasta constituir regiones y naciones-, manteniendo siempre 59 libertad para abandonar la federación en que se integren. Rechaza asimismo el ejército, innecesario al desaparecer el Estado, y cree en la revolución campesina, hecha por las masas espontáneamente. Para lograr sus objetivos niega toda participación política y propugna contra el capitalismo la “acción directa” y las huelgas.
En los años setenta del XIX tuvo gran influencia en Rusia y los países latinos (Francia, Suiza, Italia, Portugal y España). En éstos se organizó en centrales sindicales, originando el anarco-sindicalismo. La deformación de su ideario condujo en cierta medida a la llamada “propaganda por la acción”, consistente en la práctica de un terrorismo frecuente en el tránsito entre los dos siglos.
El sindicalismo.- Apareció en Gran Bretaña en los años veinte del XIX, al principio con objetivos exclusivamente profesionales y reformistas y basado enla solidaridad de sus miembros. Creció mucho a partir de la década de los setenta, debido en parte al fracaso de la Comuna de París (1871), pero sobre todo al desarrollo de la industrialización, que forzó la apertura de los sindicatos a todos los trabajadores, no sólo a los especializados. En su seno se dieron dos tendencias: la reformista y la revolucionaria.
Dentro de la línea reformista, las Trade Unions –legalizadas en 1871- fueron un movimiento reivindicativo y pragmático sin ideología socialista, que mantuvo su carácter apolítico hasta la creación del Partido Laborista. En cuanto a los sindicatos alemanes, aunque vinculados al Partido Socialdemócrata se mantuvieron en la línea reformista, satisfechos con ayudar a mejorar las condiciones de los trabajadores. Este modelo se generalizó a la mayor parte de Europa, encarnándose en España en la UGT. En Estados Unidos surgió (1866) la Federación Americana del Trabajo, poderoso sindicato con un gran número de afiliados.
En cuanto al sindicalismo revolucionario, alcanzó una gran fuerza en Francia con la CGT; y en su rama anarquista en Italia, España (CNT) y países iberoamericanos. En esta dimensión pretendía realizar la revolución social a través de la “acción directa” frente al capitalismo: sabotaje, violencia, huelgas generales. Triunfante la revolución, el sindicato sería la célula de producción y reparto, base de la nueva organización social anarquista.
Las Internacionales obreras Hacia los años sesenta el socialismo comienza a ser reconocido por los gobiernos europeos. En 1864 nacía en Londres la primera organización obrera internacional, la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT), I Internacional, impulsada por socialistas, anarquistas, sindicalistas y republicanos de varios países. Tenía un Consejo General –supremo, ejecutivo, residente en Londres y renovado cada año en su congreso anual- y federaciones territoriales, regionales y locales. Quería unir a todos los trabajadores del mundo para luchar con fuerza, eficacia y solidaridad por su emancipación económica, por una sociedad más justa y sin clases sociales. En 1867 completaba su organización, ayudada por Engels y Marx que le transmitió su pensamiento, reflejado en tres puntos de sus Estatutos: 1) la Internacional debe respetar y apoyar en sus actividades a las asociaciones nacionales, incluso a las de diferente ideología; 2) la emancipación de los trabajadores debe ser obra de ellos mismos; 3 no habrá emancipación sin poder político.
60 Esos años multiplicó sus afiliados y perfiló sus reivindicaciones más importantes: fortalecimiento del movimiento sindical, importancia de la huelga como instrumento de lucha, necesidad de abolir la propiedad privada de los medios de producción y desaparición de los ejércitos. Por tanto, reformismo social y antimilitarismo.
La década siguiente fue poco propicia al movimiento obrero, pues la experiencia de la Comuna de París y el apoyo expresado por la AIT a la huelga general desataron fuerte represión de los gobiernos contra sus organizaciones. Pero sobre todo influyeron en su postración las disensiones internas sobre cómo acabar con el Estado burgués, que provocaron la polémica Marx-Bakunin en corrientes enfrentadas: autoritaria o marxista (quería conquistar el Estado capitalista para transformarlo mediante la participación política), y la antiautoritaria que rechazaba toda participación. Estas divergencias produciría la separación de marxistas y anarquistas. El movimiento perdía combatividad y la Internacional se apartaba gradualmente de la realidad proletaria, por la mejor coyuntura económica y las discrepancias ideológicas internas. Finalmente en el congreso de La Haya (1872) los partidarios de Bakunin fueron expulsados, y ese mismo año crearon una Internacional disidente antiautoritaria, que permaneció hasta 1877. La AIT trasladó su sede a Nueva York y celebró su último congreso en Filadelfia (1876). Ese año se disolvió.
La II Internacional.- Muerta la I Internacional, amplios sectores de trabajadores mantenían el sentimiento de que los problemas del proletariado mundial eran idénticos, y reclamaban una organización que uniera a los partidos y sindicatos urbanos de Europa. La favorable situación económica propició el nacimiento de partidos socialistas que, luchando con las mismas armas que los partidos tradicionales –las urnas- intentarían conseguir el poder político. En 1889 se reunieron en París numerosos líderes socialistas – entre ellos Pablo Iglesias- para conmemorar el centenario de la Revolución Francesa, ocasión que los partidos socialistas y laboristas aprovecharon para fundar la Segunda Internacional.
Frente a posiciones centralistas y universalistas que defendió la AIT, ésta, manteniendo su carácter internacionalista, trabajó para extender su ideología y las organizaciones socialistas salidas del tronco común marxista, respetando las diferencias de las variantes nacionales e incluso las existentes dentro de cada partido. Se organizó con partidos nacionales autónomos, que seguían las directrices emanadas de sus congresos y que actuaban a través del Parlamento en unos Estados progresivamente democratizados. Por tanto fue una federación flexible, de espíritu coordinador, no centralizador.
A partir de 1900 se consolidó, como los partidos socialistas europeos, que se beneficiaron de la transformación estructural del capitalismo. Pues la industrialización y el capitalismo occidentales fortalecieron al proletariado, lo que propició el despegue y la activación de los partidos que los agrupaban en la Internacional. El movimiento obrero vivió un nuevo y formidable relanzamiento, con intensas acciones reivindicativas.
Pero la Internacional hubo de tomar posición en dos cuestiones fundamentales: 1ª de índole táctica: participación en Gobiernos de coalición con partidos de izquierda burguesa (su aceptación impidió cualquier entendimiento con los anarquistas); y postura ante la huelga general, que fue rechazada. 2ª Actitud ante los grandes problemas del momento: a) en la cuestión colonial los radicales rechazaron el colonialismo, mientras los moderados matizaban el rechazo; b) guerra general, cuestión que afectaba a la esencia misma del internacionalismo obrero antimilitarista. Al principio se 61 opuso a la guerra y optó unánimemente por la paz, pero cuando estalló la I Guerra Mundial el nacionalismo se impuso, y aunque los socialistas revolucionarios se opusieron, los partidos socialistas francés, alemán y austriaco apoyaron a sus gobiernos. Esta postura supuso el final de la Internacional.
La III Internacional.- Fue fundada por delegados de los partidos socialistas y comunistas europeos en Moscú (1919), por iniciativa del Partido Comunista de la URSS (bolchevique). También llamada Internacional Comunista, Internacional Roja o Komitern, aspiraba a destruir el capitalismo, abolir las clases sociales y realizar el socialismo mundial, previo a la sociedad comunista. Por tanto nacía para apoyar al régimen soviético, como primer paso hacia la república internacional de los sóviets y la victoria mundial del comunismo.
Frente al federalismo de la II Internacional, la Tercera exigió a los grupos socialistas nacionales una disciplina rígida, que todos los partidos comunistas se constituyeran según el modelo ruso y defendieran a la URSS; y subordinación a las directrices de la Internacional y al partido bolchevique, primer intérprete del internacionalismo proletario.
Sus órganos directivos eran: 1) el Congreso Mundial, máxima autoridad que se reunía una vez al año y único que podía modificar el Programa y los estatutos; 1) el Comité Ejecutivo, con sede en Moscú, elegido por el Congreso Mundial y máxima autoridad en los periodos entre congresos. Más tarde se creó el Presidium, máxima autoridad entre los plenos del Comité Ejecutivo.
En sus congresos anuales decidía la sede Internacional y analizaba la necesidad de propagar el sistema soviético, cumpliendo los principios del internacionalismo revolucionario que la guiaba. El segundo congreso aprobó sus estatutos y –ante las numerosas solicitudes de ingreso de organizaciones socialdemócratas- los 21 puntos de Lenin, condiciones ideológicas y organizativas que debía aceptar todo partido que quisiera adherirse a ella. Entre otras figuraban el rechazo y expulsión de los reformistas; denuncia del “social-patriotismo”; y apoyo incondicional a las República soviéticas y a los movimientos de liberación de las colonias.
Paulatinamente Stalin abandonó la internacionalización de la revolución obrera, apoyando el socialismo en un solo país. Y aprobó la política de los Frentes Populares (alianza comunista-socialdemócrata) para luchar contra los fascismos en auge, que fracasó ante la expansión de la Alemania nacionalsocialista, las depuraciones en la Unión Soviética y la derrota de los republicanos en la guerra civil española. Tras la Conferencia de Teherán (1943) disolvió la Internacional Comunista, dada la inmadurez de los partidos comunistas nacionales y como contrapartida de sus alianzas con los países capitalistas aliados.
La IV Internacional.- Fue fundada en París (1938) por Trotsky y sus partidarios, para mantener vivos los principios del marxismo revolucionario, del bolchevismo y de la Revolución de Octubre. Integrada por los Partidos Comunistas fieles a la ideología trotskista, apoyaba la “revolución permanente” y el socialismo universal, en contra de los nuevos planteamientos del “socialismo en un solo país” mantenidos por Stalin, que a sus ojos había traicionado al marxismo. En 1940 Trotsky fue asesinado por un anarquista español. En 1953 la Internacional sufrió una grave crisis, al negarse diversos grupos a aceptar las tesis de los mayoritarios trotskistas. Tras la crisis se escindió, formándose el Comité Internacional de la Cuarta Internacional. Actualmente sus herederos están organizados en diversas corrientes y estructuras, que se vieron fortalecidas cuando se produjo la caída de la Unión Soviética.
62 TEMA 8 LA ÉPOCA DEL IMPERIALISMO.
LAS POTENCIAS COLONIALES La expansión mundial de Europa comenzó a finales del siglo XV, cuando portugueses y españoles, y después holandeses, ingleses y franceses realizaron una notable acción colonial. En la segunda mitad del siglo XIX la Revolución Industrial propició un espectacular crecimiento económico en muchos países que, buscando materias primas para sus industrias y mercados para sus productos, en 1970 se lanzaron a colonizar nuevos territorios, sobre todo hasta 1914, momento cumbre de la expansión europea. La rivalidad entre las potencias aceleró el proceso, de forma que en menos de treinta años los territorios de ultramar aún no sometidos fueron repartidos entre los poderosos de Europa, a los que desde finales de siglo se sumaron Estados Unidos y Japón. También cambió la naturaleza de la expansión: los Estados, impulsados por un exacerbado nacionalismo y buscando ventajas económicas, asumieron la acción colonizadora y ocuparon el interior de los continentes, explotando intensivamente sus recursos naturales. El viejo colonialismo se convertía en imperio colonialista, caracterizando la época y testimonio de la capacidad expansiva en el terreno económico y demográfico de Occidente.
LAS POTENCIAS COLONIALES Las potencias occidentales conquistaron territorios y construyeron en ellos redes de comunicación para explotarlos y asegurarse mercados sin trabas aduaneras, formando grandes imperios coloniales. Unos cuarenta millones de europeos se fueron a tierras que prometían ganancias rápidas, aunque los verdaderos beneficiarios fueron los grandes capitalistas, organizados en Cámaras de Comercio e Industrias.
Las potencias económicas de la era industrial Coincidiendo con la 2ª Revolución Industrial destacaron tres potencias europeas: Francia, que tras los fastos del II Imperio vivió una era política agitada al lo largo de la III República. Inglaterra, gobernada por la reina Victoria, era el “taller del mundo”, la potencia industrial por excelencia. Y Alemania unificada, convertida en un imperio de grandes riquezas e infinitas posibilidades, a la que Bismarck dio cohesión y convirtió en el árbitro internacional. Durante esos años las tres potencias dominaron el mundo, asombrando por sus progresos técnicos y su riqueza. Unos años después les surgieron tres competidores: en el extremo oriental europeo emergía el inmenso imperio ruso, en 63 América una nueva potencia: Estados Unidos, y en Asia Japón se sumaba a la industrialización.
Europa tenía además dos grupos de naciones: a) una serie de pequeños (por su extensión o por su población) países occidentales –países nórdicos, Bélgica, Holanda, Dinamarca y Suiza-, que alcanzaron un nivel considerable de desarrollo; y b) países del Este y Sur de Europa –entre ellos España- con dificultades para modernizarse.
Reino Unido.- La reina Victoria ocupó el trono desde 1837 a 1901. Fue una época de expansión y prosperidad económica para la primera potencia económica mundial, que estableció redes coloniales por todo el mundo, pues disponía de la primera flota mercante, un gran imperio colonial del que extraer materias primas y productos alimenticios, y exportaba casi sin competencia productos elaborados. La expansión económica, la categoría de primera potencia y la importancia de la monarquía como elemento de cohesión, contribuyeron a forjar un modelo de sociedad puritana con los problemas típicos de la industrialización. Londres fue el primer mercado de capitales cuyas inversiones exteriores superaban a las del resto del mundo. A finales del XIX fue reemplazada por Alemania y Estados Unidos.
Francia.- Fue la cuarta potencia económica durante todo el periodo. Su desarrollo industrial arranca del II Imperio, apoyado por el Banco de negocios Crèdit Mobilier, que financió la construcción de ferrocarriles, navegación, seguros, etc. A partir de 1867 el Estado apoyó el desarrollo urbanístico de París y obras públicas, e impulsó el sector siderúrgico firmando un tratado librecambista con Gran Bretaña. La derrota en la guerra contra Prusia (1870), en la que perdió Alsacia-Lorena, provocó la caída del II Imperio y frenó el crecimiento industrial. La III República fue una etapa confusa de problemas, escándalos y paradojas políticas. Hasta 1914 vivió un periodo de constantes cambios de gobiernos de distintas tendencias, y el crecimiento industrial siguió lento pero constante, destacando el sector siderúrgico y los focos industriales de París, Marsella y Lyón.
Alemania.- Unificada a principios de los setenta, con el emperador Guillermo I y el canciller Bismarck, responsable y piloto del gobierno de la nación hasta 1890, vivió una rápida industrialización impulsada por el Estado, que actuó como empresario y dictó una legislación adecuada. En el comercio formó la Unión Aduanera (Zollverein), convirtiéndola en una gran potencia industrial y su sector agrícola el más moderno de Europa. A partir de 1890 aceleró su crecimiento, siendo la primera potencia en industrias química y eléctrica, segunda en acero y tercera en carbón. Su organización científica, su estructura bancaria –concesión de créditos sin garantía-, desarrollo de ferrocarriles, puertos y canales, expansión de finanzas y comercio exterior fueron colosales. Esta expansión despertó sueños imperialistas, y aunque llegó tarde al reparto formó su imperio colonial. Pero los hombres de negocios consideraron que no ocupaba el lugar que el correspondía. Esto desató en el siglo XX tensiones y conflictos que afectaron al mundo entero.
Rusia, gobernada por la autocracia zarista, seguía en el Antiguo Régimen, ajena a los cambios económicos y sociales de la Revolución Industrial. El régimen político inmovilista era una traba para la industrialización, que fue tardía –a partir de 1880- y limitada. Comenzó a industrializarse cuando otros países estaban ya en la segunda fase.
Hasta la Primera Guerra Mundial la industria creció mucho, por la intervención estatal, el apoyo del capital extranjero –francés, alemán y belga- y las grandes inversiones gubernamentales. Se apoyó en el ferrocarril y la industria pesada, destacando textiles, petróleo –segundo productor en 1914- y metalurgia, siendo el cuarto productor de hierro.
64 Pero se industrializó a expensas del campesinado, que pagaba altos impuestos reduciendo el consumo y vendiendo un excedente mayor de sus cosechas. Así el país disponía de más bienes agrícolas para exportar y equilibraba la balanza de pagos, compensando la compra de productos industriales necesarios para el despegue. Pero mientras cambiaban la sociedad –desaparecían los siervos y nacía el proletariado industrial- y la economía –fábricas y desarrollo-, el sistema político permanecía inmóvil.
Ello provocó las revoluciones del siglo XX.
Japón comenzó a industrializarse tras la revolución Meiji (1868-1912), que destruyó el régimen feudal cerrado imperante hasta entonces. En 1889 promulgó la constitución, y el Estado –con el emperador- impulsó la modernización del país, invirtiendo en industrias todo el capital obtenido de los impuestos. Ese despegue industrial se apoyó en un crecimiento demográfico estable, y tres factores posibilitaron su rápida industrialización: bajos salarios –lo que permitió acumular capital-, apoyo estatal sin reservas a todas las iniciativas y fuerte tendencia a la innovación de los empresarios. Los esfuerzos oficiales se orientaron a las industrias estratégicas, textiles, industrias pesadas (construcción, minas, yeso) y transportes, con prioridad de los marítimos, dada su orografía (islas montañosas).
Supo fusionar en una las dos Revoluciones Industriales, apareciendo pronto el capitalismo financiero de grandes empresas y firmas gigantescas: los oligopolios Mitsubishi, Mitsu y otros, distintos a los norteamericanos, pues aunque eran semicompetitivos nunca controlaron totalmente la producción de un sector; además tuvieron ayuda estatal, de la que carecieron aquéllos.
Ayudó mucho a la industrialización un desarrollado proceso de imitación a Occidente: enviaban a sabios seleccionados para aprender los mejor de cada potencia industrial; y el gobierno pagó muy bien a profesores, técnicos y científicos occidentales que les enseñaron. Pronto fueron científicos japoneses los que realizaron descubrimientos e innovaciones, convirtiéndose en protagonistas de su propio desarrollo.
Estados Unidos inició su industrialización después de 1870, en un territorio inmenso de recursos casi ilimitados. El vertiginoso crecimiento demográfico –debido a la alta natalidad de una población joven y a las oleadas continuas de inmigrantes de Europapermitió su expansión y colonización del Oeste, esencial en la formación del país y posible gracias al ferrocarril –que lo atravesó con tres líneas transcontinentales-. Ambos elementos facilitaron su desarrollo industrial, que se benefició de las técnicas inglesas, de su rica geografía de bosques y del descubrimiento de riquezas (el oro de California).
A mediados del siglo XIX las industrias textil, metalúrgica y de construcción crecieron espectacularmente, siendo como en Europa el motor de la industrialización. Tras la recesión provocada por la guerra de secesión (1861-1865) se recuperó pronto, y en los últimos veinte años del siglo se convirtió en el primer productor agrícola del mundo y una gran potencia industrial, que se aproximó a Inglaterra y la rebasó en los primeros años del XX. Fue la era de los gigantes de la industria, Rockefeller, Morgan, Ford, etc. Su expansión industrial se apoyó en enormes yacimientos de carbón y petróleo, que la convirtieron en una potencia mundial energética. Sus recursos mineros de hierro, cobre y plata compensaron el descenso del oro de California, y la concentración industrial fue a un tiempo geográfico (NE), técnica (fábricas cada vez mayores) y financiera (trusts).
Estados Unidos fue pionero en la concentración empresarial, para evitar la competencia y sobre todo para reducir costes. Dada la escasez de mano de obra, el modelo americano racionalizó el trabajo con la fabricación en serie, origen de la cadena de montaje o taylorismo. La contrapartida de la producción masiva fue el consumo en 65 masa, del que fue precursor; pues al bajar el precio del producto y subir el salario de los trabajadores aumenta su poder adquisitivo, lo que se traduce en más compras.
66 CAUSAS DE LA EXPANSIÓN COLONIAL La expansión colonial se dio por varias causas, todas interrelacionadas. El crecimiento demográfico fue esencial, así como factores económicos, políticos, transformaciones técnicas en la navegación, razones estratégicas y motivaciones ideológicas y religiosas.
a) El crecimiento demográfico de Europa fue una de las razones principales.
En la segunda mitad del XIX la población europea se duplicó, creando paro, tensiones y problemas sociales, que se aliviaron con un intenso flujo migratorio transoceánico. Sobre todo España e Italia suministraron los mayores contingentes migratorios a partir de los años ochenta, estimulados por los países receptores, cuyas rutas estaban determinadas en gran parte por su identidad lingüística con las naciones de emigración. Unos cuarenta millones de europeos llegaron esos años a las colonias.
b) Los factores económicos fueron decisivos. El impulso imperialista coincidió con la gran crisis económica de 1873, en gran medida de superproducción y caída de precios, que determinó en casi todos los Estados una actitud proteccionista y de ampliación de mercados. Las potencias buscaron territorios que suministraran abundante y barata materia prima y absorbieran sus excedentes sin barreras aduaneras. Cuando los encontraron, invirtieron sus capitales: construyeron infraestructuras, modernizaron las instalaciones portuarias, realizaron préstamos a los gobiernos carentes de fondos para iniciar el desarrollo, etc.
c) Los factores políticos y estratégicos también fueron importantes en una Europa impregnada de nacionalismo. El imperialismo exaltaba el patriotismo, reforzaba el prestigio del país a escala internacional y fue paliativo de frustraciones –España en Marruecos tras la pérdida de las últimas colonias en 1898 o Francia en Argelia tras su derrota con Prusia (1871)-. A veces la expansión colonial se fundamentó en razones estratégicas –asegurar el poder de un Estado- o de seguridad de las rutas marítimas, caso de los enclaves económicos ingleses en las rutas comerciales hacia la India.
d) Los avances técnicos en la navegación fueron igualmente decisivos en la expansión. En los años ochenta el barco a vapor se impuso definitivamente a los grandes y rápidos veleros, acortando notablemente las distancias y compensando con un flete regular, abundante y más barato el coste superior de construcción y mantenimiento.
e) Razones ideológicas y religiosas fueron a menudo bastante eficaces para estimular las empresas imperialistas. La idea –bastante extendida en la época- de la superioridad de la civilización occidental, fue un poderoso acicate en el deseo de llevar el progreso material y social a los pueblos más atrasados, que también fueron evangelizados por los misioneros católicos y protestantes. Igualmente influyeron el espíritu aventurero, el ansia de saber, de investigar, de descubrir, todo lo cual estuvo facilitado por la mejora de las comunicaciones.
Fases de la colonización El imperialismo supuso ante todo la dominación económica de las potencias occidentales sobre las naciones más pobres. Por ello, cuando llegaban al lugar en el que 67 querían asentarse, sus actuaciones iban encaminadas a ese fin, procediendo a la conquista militar, la organización administrativa y la explotación económica.
• Conquista militar: era fácil para países dotados de grandes adelantos militares dominar a pueblos sin armamento moderno ni organización. Los progresos en la navegación facilitaron la ocupación de territorios, pues el varco de vapor permitía trasladar tropas con rapidez a cualquier punto y remontar los ríos hasta el interior de los continentes. Junto a las tropas europeas y tropas especiales (Legión Extranjera) solían utilizar cuerpos armados indígenas.
• Organización administrativa: planteaba algunos problemas, pues la imposibilidad de tomar todas las decisiones desde la metrópoli obligaba a delegar poderes en los gobernadores, verdaderos procónsules. En algunos casos eran compañías privadas las encargadas de organizar la colonia y explotar sus recursos. Pero lo más frecuente era implantar la administración estatal, con distintas modalidades según el tipo de colonia.
• Explotación económica: era prioritaria para las metrópolis. Se imponía una asimilación aduanera, de forma que los productos circulaban entre colonia y metrópoli libres de aranceles –aunque sin relación entre iguales, en un ámbito de preferencias mutuas-, mientras tarifas proteccionistas mantenían alejados los productos de otras naciones. En la relación comercial la colonia siempre estaba en situación de inferioridad, pues proporcionaba materias primas y compraba productos elaborados de la metrópoli; ello la impedía industrializarse y progresar, impidiendo su futura autonomía económica.
Modalidades de colonización Según el modelo de administración política que las metrópolis impusieron en los territorios colonizados, éstos podían ser: colonias propiamente dichas, protectorados, territorios metropolitanos-ultramarinos y mandatos.
• Colonias: son resultado del derecho de conquista y ocupación, no tienen gobierno indígena propio y están administradas por funcionarios e instituciones de la metrópoli.
• Protectorados: subsiste y actúa en política interior un gobierno autóctono, respetado por la metrópoli que impone una administración paralela –resultado de un pacto “desigual” y dominante en la práctica- para la política exterior y proteger al país.
• Territorios metropolitanos-ultramarinos: están totalmente integrados en la metrópoli jurídica y administrativamente, formando parte de ella a todos los efectos como departamentos o provincias ultramarinos.
• Mandatos: creados por la Sociedad de Naciones tras la I Guerra Mundial, para administrar territorios hasta entonces dependientes de los países vencidos en el conflicto, suponen la tutela de un país colonizador –representante de la Sociedad de Naciones- sobre otro colonizado, de cuya administración debe dar regularmente cuenta al organismo internacional.
En función del papel económico desempeñado por las colonias, según las actividades y la explotación que se realizaron en esa época, se clasifican en: 68 • Colonias de asentamiento o de poblamiento: formadas por población abundante y mayoritariamente europea que abandonó la patria por motivos políticos o de superpoblación, buscando asegurarse la vida y que tendía a establecerse de forma permanente, creando núcleos sociales de tipo occidental que se imponían sobre la escasa o minoritaria población indígena. Un ejemplo fue la colonización británica, que dio origen a los denominados dominios. Éstos eran territorios que, bajo la soberanía de la corona, disfrutaban de total autogobierno, organizado según el patrón de la metrópoli.
• Colonias de explogación o comerciales: sus recursos naturales eran explotados por empresas occidentales, compañías privadas que contaban con la ayuda de su Gobierno para defender sus intereses y realizaban inversiones de beneficios inmediatos bajo estructuras administrativas y económicas metropolitanas. La mayoría de la población indígena, mano de obra abundante y barata, era sometida por una minoritaria población europea de funcionarios civiles y militares, que sólo permanecía allí temporalmente.
PRINCIPALES IMPERIOS COLONIALES En el último tercio del XIX Europa se extendió por todo el continente africano y gran parte del asiático, mientras grandes migraciones –sobre todo desde los años ochenta- contribuyeron activamente a la expansión de esa presencia en zonas de colonización y en el continente americano. En vísperas de la I Guerra Mundial Europa alcanzaba el máximo poder. También entonces comenzaba el imperialismo de la nueva potencia económica norteamericana; y al otro extremo del mundo Japón resurgía, se modernizaba y desarrollaba una política exterior de claro signo imperialista. Surgía así un mundo mucho más relacionado en sus diversas áreas de civilización.
El imperio colonial británico.- En 1870 se extendía por todo el mundo: las más importantes colonias de poblamiento (Canadá, India, Australia y Nueva Zelanda), a las que se sumaban algunas islas antillanas y la Guayana en América; Sierra Leona y algún otro territorio en la costa occidental africana; y una cadena de enclaves comerciales estratégicos que garantizaban su hegemonía sobre las principales rutas marítimas (Gibraltar, Malta, Ciudad el Cabo, Singapur, etc.). A partir de los ochenta ocupó en el Este de África un extenso territorio dese Egipto a Sudáfrica, y a la India se sumó el protectorado sobre Birmania en Asia. En 1914 era el mayor imperio.
El imperio colonial francés.- Era el segundo en importancia, menor en extensión y más disperso que el británico y con menor población. Estuvo apoyado por el Gobierno, la alta oficialidad del Ejército y las grandes finanzas; y se desarrolló sobre todo en África, donde dominó la parte occidental del Mediterráneo africano (Túnez, Argelia y casi todo Marruecos), vastos territorios en África noroccidental, y en la fachada oriental Madagascar y Somalia. En Asia controlaba la mayor parte del sudeste (Annam, Tonkin, Camboya y Laos) y algunas colonias en América (islas antillanas y la Guayana).
En Europa hubo otras potencias coloniales de segundo orden, bien por la decadencia de su antiguo esplendor –Portugal, España, Holanda– o por su reciente nacimiento –Alemania, Bélgica, Italia-. Portugal había dominado un gran imperio colonial que se fue liberando; gracias al apoyo inglés logró Angola, Mozambique y algunas islas en África, y en Asia mantuvo algunos enclaves, restos de su pasada grandeza. España, tras perder su gloria en 1898, quiso superar el fracaso y adquirió pequeños territorios en el 69 Norte de África. También Bélgica, Holanda, Italia y Alemania participaron en el ansia expansionista. En cuanto a Rusia, dirigió sus principales objetivos hacia el este de Siberia, norte de China y sudeste asiático.
Estados Unidos.- Le impulsaron motivos económicos de gran peso –sus enormes posibilidades de mercado y de abastecimiento de materias primas-; pero también los ideológicos –la superioridad de su propia civilización- y estratégicos –necesitaba una red de bases en el Pacífico y las Antillas para imponer su hegemonía marítima, clave de su poder-. La primera manifestación de su política imperialista fue la guerra contra España (1898), que le sirvió para anexionarse Filipinas y Puerto Rico y controlar Cuba – independiente en teoría- con derecho de intervención militar e instalación de bases navales. Después intervino en diversos países sudamericanos y creó imperios económicos, comprando territorios –Alaska- o firmando tratados como el de Panamá, que le cedió la soberanía sobre la franja territorial en que se construiría el canal que uniría el Atlántico y el Pacífico.
Japón dirigió su expansionismo imperialista durante los años noventa al continente, para expulsar a los occidentales, buscando su engrandecimiento nacional y su propia hegemonía en la zona. Ello provocó guerras con China y Rusia. Con China al confluir sobre Corea las aspiraciones de ambos países, aunque al final Japón se impuso y Corea pasó a ser protectorado suyo (1897). También consiguió las islas de Formosa y Pescadores, la península de Liao-Tung, con el puerto de Port-Arthur y salida al mar de Manchuria. La ocupación de Port-Arthur molestó a Rusia, que proyectaba el ferrocarril Transiberiano hasta aquel puerto. Por último estalló la guerra (1904), quedando la flota rusa totalmente destruida por Japón, que consiguió sus objetivos expansionistas: obtuvo parte de la isla Sajalín, la base naval de Port Arthur, el control del tramo del ferrocarril manchuriano y el reconocimiento de su protectorado en Corea.
LOS IMPERIOS COLONIALES EN 1914 70 El reparto colonial entre las potencias Afectó a África y Extremo Oriente. En África –desconocido hasta 1880, donde Europa sólo ocupaba algunos enclaves costeros- confluyeron todas las potencias colonizadoras europeas, que en 1914 se habrían repartido totalmente el continente. En el Norte franceses e ingleses rivalizaron. Por tanto el Mediterráneo fue la primera zona de expansión: mientras los franceses querían conectar el Mediterráneo con el occidente africano, creando una plataforma magrebí que comprendiera Argelia, Túnez y Marruecos, los ingleses pretendían controlar todo el oriente meridional, desde Egipto al extremo sudafricano, construyendo el eje El Cairo-Ciudad El Cabo. Francia ocupó Argelia (1830), cuyo dominio aseguró con la Legión Extranjera (fundada en 1831 y constituida por emigrantes políticos, desertores y aventureros), e Inglaterra –queriendo asegurar la ruta marítima de la India- en 1875 adquirió las acciones egipcias del canal de Suez, cuando este país tuvo que confiar la gestión de las finanzas del canal a ambas potencias. En el congreso de Berlín (1878) consiguió Chipre y permitió a Francia intervenir en Túnez, sobre el que se estableció protectorado en 1881. Ello provocó la inmediata acción británica en Egipto, que ocupó en 1882. La apertura del canal (1869) facilitó las acciones en Asia y África negra.
La rivalidad entre las dos potencias se mantuvo hasta 1904, en que firmaron acuerdos que liquidaron definitivamente sus disputas coloniales: Francia reconoció la presencia británica en Egipto, y a cambio pudo intervenir en Marruecos, con la participación de España como socio de segundo orden. En 1912 los protectorados francés y español sobre Marruecos quedaron establecidos, y al mismo tiempo las potencias occidentales permitieron la ocupación italiana de Libia. Todo el norte de África quedó en manos de Europa.
En cuanto al África negra, aunque desde la segunda mitad del siglo XIX se realizaban exploraciones –casi siempre remontando la cuenca de los grandes ríos-, la colonización del continente sólo cobró verdadero impulso desde la década de los ochenta.
En las costas occidentales tres ríos señalan la penetración de tres países: Bélgica por el Congo, Francia por el Senegal, Inglaterra por el Níger. En las cuencas del Senegal y Níger no hubo problemas. Pero el Congo tenía en su margen derecha a los franceses, en la desembocadura a los portugueses, y el rey de Bélgica quería establecer (1875) un Estado centroafricano sobre la arteria fluvial del río. Las rivalidades en la zona internacionalizaron el reparto del África negra. El problema fue aprovechado por Bismarck, que quería desarrollar su propia política imperialista. Para desviar la atención de Europa –sobre todo la francesa- hacia actividades coloniales reunió la Conferencia del Congo en Berlín (1884-85), interviniendo como mediador para decidir sobre la ocupación de territorios africanos aún no sometidos. En la Conferencia se reconoció el Estado neutral del Congo bajo soberanía belga; se prohibió la trata de negros; declaró la libertad de navegación por los grandes ríos y estableció como único criterio de soberanía colonial la ocupación efectiva de los territorios, descartando derechos históricos (que países como Portugal podían exhibir por su tradicional presencia en las costas de Angola o Mozambique).
Los acuerdos de la Conferencia de Berlín intensificaron las acciones de exploración y sometimiento militar de los territorios africanos, que las diversas potencias se repartieron mediante tratados y cuyas fronteras iban delimitando según realizaban la ocupación efectiva. El reparto generó conflictos, pues el eje Norte-Sur proyectado por Inglaterra chocó contra la transversal Este-Oeste de los portugueses (para unir Angola y 71 Mozambique) y los franceses (buscando unir Senegal y la Somalia francesa). Finalmente se impuso la prepotencia inglesa.
Aprovechando la situación política favorable, Alemania declaró los protectorados de África del Sudoeste, Camerún y Togo (1884) y África Oriental (1885), y varias islas del Pacífico. Entre 1890-1914 Guillermo II luchó por la hegemonía mundial con su lema: “política mundial como misión, potencia mundial como meta, poder naval como instrumento”.
Respecto a Extremo Oriente, la apertura del canal de Suez, la penetración económica en China y la defensa de territorios adquiridos con anterioridad –caso de India para Inglaterra-, impulsaron la expansión europea en esa zona mientras se repartían África. Inglaterra y Francia fueron allí las dos potencias dominantes. Francia se extendió hacia el norte –Annam, Tonkin y Laos- desde Camboya (protectorado desde 1863) y la Cochinchina (colonia desde 1867). E Inglaterra ocupó Birmania (1885) y controló Afganistán (1907) para proteger la India. También dominó Malasia. El imperio chino, con sus inmensas posibilidades de mercado, fue codiciado por todas las potencias, tanto europeas como norteamericana y nipona. Allí más que expansión territorial se buscaba la económica, que desde 1900 se aceleró.
Consecuencias del Imperialismo El imperialismo supuso el dominio económico occidental sobre el resto del mundo. Consecuentemente para las metrópolis fue muy positivo, pues aunque la explotación acarreó gastos en infraestructuras que hubo que afrontar, aportó una gran rentabilidad, ya que de las colonias extrajeron las materias primas para sus industrias y fueron mercados idóneos para sus excedentes. Y aliviaron la explosión demográfica de las metrópolis.
Para las colonias en cambio fue globalmente negativo, pues aunque la población aumentó (buena política sanitaria y medidas higiénicas redujeron la mortalidad) y se desarrolló la vida urbana, destruyó la estructuras sociales tradicionales indígenas, ejerció segregación racial, mantuvo sistemas de tiranías, dominio político y administrativo.
Culturalmente se impuso la cultura occidental, lo que provocó cambios en las costumbres, creencias y tradiciones de los pueblos sometidos. Y económicamente se realizaron importantes obras de infraestructuras –redes de comunicación, fluviales y terrestres, e instalaciones de explotación agrícola y mercantil-, y un gran esfuerzo en la creación de una economía colonial. Pero ésta se utilizó para explotar las riquezas naturales y humanas de las colonias, buscando el beneficio de la metrópoli y obstaculizando la industrialización local. Ello ocasionaría dependencia económica, pobreza y subdesarrollo de los nuevos países independizados. Aunque también les proporcionó medios para acceder a formas superiores de actividad económica, y una europeización que a la larga les capacitó para independizarse de sus dominadores.
72 TEMA 9 EL SEXENIO DEMOCRATICO Y EL REINADO DE ALFONSO XII (1868-1902) Durante es sexenio democrático, España y sus colonias vivieron una profunda inestabilidad política en la que se ensayaron cuatro formas de gobierno: dos regencias, un gobierno provisional, una monarquía constitucional y una república. Aunque el proceso significó un avance en el sistema democrático, no se cuestionaron los fundamentos de la estructura socioeconómica.
Finalmente, un golpe de estado militar concluirá con el primer intento republicano español. A partir de ese momento se restaura la monarquía borbónica y se corona como rey a Alfonso XII. Durante su reinado, se pone en marcha el modelo de alternancia de partidos gobernantes creado por Cánovas del Castillo, que funcionará durante la Regencia de Mª Cristina y la minoría de edad de Alfonso XIII. En este periodo, la crisis del 98 provocada por la pérdida del imperio colonial, generará un retraimiento de la política exterior española y la búsqueda de su identidad nacional.
EL SEXENIO DEMOCRÁTICO A las prácticas dictatoriales de Narváez, que agotaron la monarquía de Isabel II, se unieron las severas críticas de intelectuales como Giner de los Ríos, Moret o Castelar, lanzadas desde sus cátedras, ateneos y periódicos. Además, las crisis económicas del sector textil y de la construcción ferroviaria provocarán el hundimiento de las bolsas, la quiebra de numerosas empresas y un grave problema hacendístico a causa de las deudas millonarias y el caos financiero. El descontento general estimuló tanto a los grupos políticos liberales como a intelectuales, militares y clases populares hasta unirse para destronar a Isabel II.
El acuerdo alcanzado por el Pacto de Ostende (1866) entre los progresistas y la mayoría de los moderados para derribar a Isabel II y convocar una asamblea constituyente elegida por sufragio universal masculino se hará efectivo al comprometerse los militares. El 17 de septiembre de 1868, al grito de “¡Viva España con honra!” las tropas del almirante Topete se sublevaron en Cádiz seguidas por alzamientos en Cataluña, Andalucía y Valencia. El enfrentamiento de los insurrectos, al mando del general Serrano, con las tropas gubernamentales tuvo lugar en el puente de Alcolea, cerca de Córdoba. Una vez derrotadas las fuerzas isabelinas, las Juntas revolucionarias organizaron el levantamiento en las ciudades al grito de “¡Mueran los Borbones!”. La Reina, que veraneaba en San Sebastián, se exilió sin llegar a abdicar.
73 La Revolución de 1868 Tras la huida de Isabel II a París, se constituyó un gobierno provisional dirigido por el general Serrano y formado por progresistas y unionistas. Su primera labor fue convocar elecciones a Cortes Constituyentes en las que vencieron los progresistas.
El cambio político proyectado quería ser algo más que el derrocamiento de una reina y de una dinastía; se trababa de transformar la esencia del contexto político y la modernización de la vida económica. Por eso, el programa revolucionario incluía, entre otras cosas, la supresión de quintas (sorteo para incorporarse al servicio militar) y el impuesto de los consumos (antipopular gravamen sobre las mercancías que se cobraba al entrar en los municipios), libertad de prensa y juicio por jurados.
La constitución de 1869 Una comisión de quince diputados elaboró el anteproyecto constitucional, que fue aprobado en junio de 1869. Imbuida de ideología liberal-democrática, la nueva Constitución consagraba la soberanía nacional. Se adoptaba la monarquía parlamentaria como forma de gobierno, aunque limitaba el poder del rey. El Legislativo asumía por completo la aprobación y sanción de las leyes, facultad que antes residía en el monarca. El Ejecutivo quedaba en manos del Consejo de Ministros, responsable ante las Cortes, que siempre debería estar formado por diputados. En cuanto al poder Judicial, se aseguró la independencia de los tribunales. Asimismo, se instituyó un sistema de representación bicameral, compuesto por Senado y Congreso. Por primera vez se establecía la inviolabilidad del correo y la libertad de residencia, de enseñanza y de culto.
La Regencia de Serrano (1869-1871) A falta de monarca, Serrano asumió la Regencia y traspasó la jefatura del gobierno al general Prim. Ambos tuvieron que afrontar los dos mayores problemas del régimen: moderar el intervencionismo del Ejército en la vida política y encontrar un monarca para el trono español que respetara el juego democrático.
No resultó sencillo acertar con el pretendiente óptimo, que debería ser católico y liberal e identificarse con la constitución aprobada. Un rey para España acabó siendo un quebradero de cabeza para las cancillerías europeas, hasta el punto de servir como pretexto pare desencadenar la guerra franco-prusiana del año 1870.
Dentro del territorio nacional, la búsqueda de un nuevo rey también debilitó la estabilidad del naciente régimen al que atacaron los carlistas, quienes tenían su propio aspirante al trono, Carlos de Borbón (Carlos VII según sus seguidores), los alfonsinos (partidarios del hijo de Isabel II) y también los republicanos.
74 La monarquía de Amadeo de Saboya (1871-1873) Casi un año duró la búsqueda de un rey. Finalmente las Cortes se decidieron por Amadeo de Saboya, hijo de Víctor Manuel II, soberano de la recién unificada Italia. Al desembarcar en Cartagena, el 30 de diciembre de 1870, Amadeo fue informado de que el general Prim, su gran valedor, había sido asesinado en un oscuro complot.
Amadeo I demostró ser un rey respetuoso con la Constitución y lleno de buena voluntad, pero sufrió la pérdida progresiva de apoyo de las bases sociales y políticas. El débil consenso y una oposición cada vez más numerosa impidió madurar al régimen.
Contra el nuevo rey se situaron oligarcas y terratenientes que temían el fin de sus privilegios; el alto clero, que juzgaba intolerable que su padre hubiera confinado al Papa en los Estados vaticanos; el bajo clero, que apoyaba a los carlistas; los carlistas, levantados de nuevo en armas y controlando la parte norte del país, además de enfrentarse con la oposición total de los republicanos. Por si fuera poco, Amadeo, tuvo que afrontar el problema de Cuba que, con una guerra en ciernes, presentaba visos de un cambio inminente en el sistema colonial, hubo de contener el avance del movimiento obrero organizado y la división en bandos irreconciliables del único partido en el gobierno que le sostenía.
La fragmentación de las Cortes y la rivalidad entre los partidos hicieron imposible la formación de un gobierno estable. En apenas dos años hubo tres elecciones a Cortes y seis gabinetes. Por último, el grave conflicto que enfrentó a los oficiales de Artillería y al presidente del gobierno, Manuel Ruíz Zorrilla, al decretar su disolución, sirvió al Rey como justificación para abdicar de forma irrevocable el 11 de febrero de 1873. Sin otra alternativa, las Cortes se constituyeron en Asamblea Nacional, modificaron la Constitución y proclamaron esa misma noche la Primera República.
La Primera República (1873-1874) La llegada de la República no supuso un viraje sustancial en el rompecabezas histórico español. Fue una salida de urgencia más que un proyecto alternativo global para un proceso democratizador puesto que se sustentaba sobre bases muy frágiles. El primer presidente electo, Estanislao Figueras volvía a encontrarse con la misma falta de apoyo que Amadeo: sólo contó con el de los republicanos y radicales.
Y más que diseñar una república, lo difícil fue compatibilizar los diferentes conceptos de república que, a veces, sólo tenían en común el vocablo. Para los intelectuales, la república debería traer libertades individuales y avance económico; para los campesinos, el reparto de la tierra y para los trabajadores urbanos, mejores salarios y un cambio drástico en la sociedad... Tan distintas aspiraciones dieron lugar a una terrible inestabilidad política y al ensayo de varios tipos de “repúblicas” a veces hasta yuxtapuestas.
A los dos meses de su proclamación, en abril, las disputas entre republicanos y radicales, por la pretensión de los primeros en conceder mayor autonomía a loa ayuntamientos, acabó con la salida de los segundos de la Asamblea y con la convocatoria de unas nuevas elecciones. Estas otorgaron el poder a Pi y Margall como presidente de la República, quien debía elaborar una constitución, que nunca vio la luz, para transformar España en una república federal integrada por estados soberanos.
75 Un mes después de asumir la presidencia Pi y Margall, estalló una enorme agitación social: en julio de 1873 se declaró en Alcoy (Alicante) una huelga general que se extendió por todo el país. Simultáneamente se reanudó la guerra carlista y se inició un proceso incontrolado de cantonalismo.
El comienzo de la tercera guerra carlista fue posible porque los regimientos estaban prácticamente desguarnecidos, ocupados en sofocar las revueltas. Los carlistas encomendaron al general Cabrera la reconstrucción del aparato militar. Al tomar Estella (Navarra), en agosto de 1873, el pretendiente Carlos VII, seguido por unos 45.000 hombres, pudo disponer de una capital y organizar un esbozo de Estado. El conflicto carlista se tornaría en una auténtica guerra civil al avanzar por el País Vasco, Navarra, Cataluña y formarse partidas menores en Andalucía, Castilla y Galicia.
Entre tanto, en distintas zonas del Levante y Andalucía se produjo un levantamiento popular generalizado y la formación de Juntas revolucionarias que proclamarían cantones soberanos. El 12 de julio se promulgó el cantón de Cartagena, a continuación los de Sevilla, Cádiz, Torrevieja y Almansa. El estallido se extendió aún más el 18 de julio a raíz de la caída de Pi y Margall. Su sucesor, Nicolás Salmerón, dio por terminados los métodos persuasivos y recurrió al Ejército. A lo largo del verano quedó sometido el movimiento, excepto en Cartagena que no capitularía hasta enero del año siguiente.
Salmerón fue acusado por sus correligionarios de transigir frente a los militares y, ante su repulsa de firmar sentencias de muerte para los cantonalistas, dimitió en septiembre de 1873 tras dos meses de mandato. Le sucedió Emilio Castelar, quien dará un giro conservador a la República al intentar reforzar la autoridad del Estado. Por las atribuciones que le conferirán las Cortes, llamó a filas a 80.000 hombres y restableció las ordenanza militares. Un vuelco necesario puesto que en Cuba, apoyados por Estados Unidos, los separatistas hostigaban a las tropas españolas y habían iniciado la llamada Guerra Larga, que durará hasta 1878.
En esa España incendiada por los carlistas y una Cuba cada vez más insurrecta, el día 2 de enero de 1874, mientras se votaba en las Cortes una moción de confianza al gobierno, el general Pavía entró con sus tropas en el Congreso, lo disolvía y constituía, sin legitimidad alguna, un gobierno de emergencia con el general Serrano al frente. Tras cinco años de vaivenes políticos, conflictos armados y malestar social, se dará paso a una “república de orden”. Durante este tiempo, Antonio Cánovas del Castillo movió los hilos para que Alfonso de Borbón, el hijo de Isabel II, regresara a España como la única posibilidad de restaurar el orden a través de una monarquía constitucional.
LA RESTAURACIÓN El programa político de la Restauración quedó recogido en el Manifiesto de Sandhurst, que fue objeto de una larga elaboración por parte del historiador y político conservador Antonio Cánovas del Castillo, jefe del partido alfonsino. Durante seis meses Cánovas trabajó en su contenido para ofrecer aquello que gran parte de la sociedad española ansiaba en esos momentos. En diciembre de 1874, Alfonso de Borbón, desde la academia militar británica de Sandhurst donde estudiaba, divulgó el manifiesto que le presentaba como un príncipe católico, español, constitucional, liberal, deseoso de servir a la nación y dispuesto a integrar a todos los partidos al margen de sus antecedentes. En el Manifiesto también se describía la situación existente como propia del un vacío de 76 legalidad liberal. A finales de este mes, el pronunciamiento del general Martínez Campos en Sagunto (Valencia), proclamaba rey a Alfonso de Borbón.
La indiferencia acompañó la llegada del nuevo régimen, que recibió el aplauso sólo de la alta sociedad. Era el triunfo de la burguesía provinciana y conservadora, retratada en las novelas de Pardo Bazán, Varela o “Clarín”. Aquella España de 1874 estaba habitada por algo más de 16 millones de personas, de las que menos de una cuarta parte sabía leer y escribir. Existía un instituto de enseñanza media por provincia y diez universidades. Aunque la mayoría de la población vivía en zonas rurales, solo el 0,1% de los propietarios poseía más de una tercera parte de la tierra. Las desamortizaciones habían reforzado el control de la tierra por parte de la burguesía latifundista. De la población activa, una gran mayoría se dedicaba a la agricultura, mientras que sólo un 15% trabajaba en la industria, esencialmente en las minas, en la incipiente producción siderometalúrgica del norte o de Andalucía y en la manufactura textil catalana. Un 20% se dedicaba al sector servicios. Al facilitarse el desplazamiento al extranjero, cerca de un millón de personas emigrará hacia América, Argelia, Francia y Portugal en los veinte años siguientes.
El sistema político de la Restauración El principal problema que vino a resolver el sistema político de la Restauración fue la gobernabilidad del país. Con la aquiescencia de Alfonso XII, Cánovas del Castillo fue su artífice. Creo una estructura estable y liberal, aunque no democrática en su pleno sentido, similar a la establecida en aquel momento en otros países europeos. Se sustentaba sobre dos pilares, la Constitución de 1876 y el pacto para alternarse en el poder, el llamado turno pacífico, los dos partidos más importantes, el conservador y el liberal.
La Constitución de 1876 El nuevo texto legal fue redactado por una Asamblea de Notables presidida por Alonso Martínez. En buena medida es una síntesis de los contenidos de las constituciones de 1845 y 1869. Establecía como forma de gobierno una monarquía parlamentaria e instituía al rey como autoridad suprema del Ejército, así se evitaban las tentaciones partidistas de los militares y se afirmaba el poder civil. Mantenía la soberanía compartida entre la corona y el parlamento, reservándose el rey el derecho de convocar cortes o disolverlas, la sanción de las leyes y el derecho de veto. Para formar gobierno, el rey depositaba su confianza en un jefe de partido y una vez designado éste como presidente del gobierno, solicitaba al rey la convocatoria de elecciones, de este modo se fabricaban las cortes necesarias para gobernar, de acuerdo con la ley electoral que se aprobaría en 1878. Los diputados eran elegidos por sufragio censitario y los senadores se nombraban entre los notables o por designación real. Aunque el texto era respetuoso con las libertades individuales –toleraba otras religiones- lo era menos con las colectivas, en parte por miedo al crecimiento del movimiento obrero, lo que acabó siendo un obstáculo para la democratización. Poseía una gran elasticidad para que los partidos pudiesen desarrollar, a través de la legislación ordinaria, sus programas de gobierno. Hasta 1890 no habría sufragio universal masculino, aunque en una sociedad tan poco politizada, el 77 gobierno no tenía demasiado que temer. De todas formas, siempre quedaba la posterior manipulación de los resultados.
Los partidos políticos Cánovas del Castillo deseaba integrar en dos grandes partidos a todos lo grupos políticos de la etapa anterior. En su Partido Conservador tendrían cabida hasta elementos carlistas, mientras que el Liberal, presidido por Práxedes Mateo Sagasta, abarcaba desde los antiguos progresistas hasta los republicanos. Ambas formaciones respondían al modelo liberal occidental del siglo XIX; estaban dominados por unos pocos individuos de la clase proletaria; los notables, que tenían una base electoral propia y estable. Ni eran partidos de masas ni dependían de la opinión pública; por el contrario, se apoyaban en la clientela personal de los jefes de filas formada por una red de adeptos y de casinos políticos extendidos por todo el país. El rey iba a servir de árbitro entre los partidos, decidiendo cuándo uno debía sustituir al otro, valorando su grado de cohesión y el grado de exigencia del poder por parte de la oposición.
La pasividad, indiferencia y desmovilización ideológica del cuerpo electoral hizo posible la falsificación de los resultados electorales –el pucherazo-, y la instauración de la figura del cacique (que también existía en Francia e Italia), el mayor vicio del sistema y que, a la postre, acabaría con él. Su funcionamiento era sencillo: ambos partidos negociaban el “encasillado”, es decir, se repartían los distritos electorales y así se evitaba la contienda electoral. En las grandes ciudades se podía escapar del caciquismo, pero al predominar una estructura rural resultaba casi imposible que los partidos marginales – carlistas, republicanos y más tarde socialistas- obtuvieran algo más que un puñado de actas, siendo incapaces de arrebatar el monopolio del poder a la monarquía alfonsina.
Los cincuenta y cinco años del régimen de la Restauración coincidirán con el afianzamiento del capitalismo y la burguesía, aunque también con el desarrollo de una clase obrera. La Corona recompensaba la fidelidad de industriales y terratenientes con títulos nobiliarios, mostrando la simbiosis entre nobleza y burguesía. Un feudalismo de nuevo cuño, ahora ejercido por la clase política y sus amigos, apenas permitiría la representatividad de una sociedad prácticamente rural. Los excluidos del sistema, cuando pudieron romper las barreras, socavaron el entramado tan cuidadosamente construido durante la Restauración.
El reinado de Alfonso XII (1875-1885) El problema más urgente era conseguir la pacificación poniendo fin a las dos guerras que desangraban el país desde 1868, la carlista y la de Cuba. En las zonas donde tenían mayor fuerzo los carlistas –País Vasco, Navarra y Cataluña- se emprendió una dura ofensiva que, en la primavera de 1876 concluiría con la toma de Estella y la entrada de Alfonso XII en Pamplona. No hubo ningún tipo de pacto y se anularon los fueros vascos.
Cerca de 20.000 combatientes se exiliaron a Francia. Los carlistas, aunque dejaron de tener presencia como fuerza armada, se mantuvieron activos como movimiento político en la oposición.
78 Al liberarse las tropas, el ejército se pudo ocupar de la guerra de Cuba. El general Martínez Campos, que llegaría a la isla en 1876 con importantes refuerzos, fue el encargado de resolver el conflicto. Dos años después, utilizando la fuerza y la negociación, firmaba en febrero de 1878 la paz de Zanjón, que prometía reformas administrativas a cambio de que la isla se mantuviera como provincia española. La pacificación se robusteció con la ley promulgada en 1880 que abolía la esclavitud. Algunos insurrectos no aceptaron este final y continuaron la llamada Guerra Chiquita; otros, como José Martí, se exiliaron a Estados Unidos donde eran alentados a la insurrección por los norteamericanos.
Apaciguados tanto carlistas como cubanos, Alfonso XII adquirió una gran popularidad. Puso en marcha el régimen constitucional aunque se dictaron una serie de leyes que restringieron las libertades políticas. Así, la ley electoral de 1878 limitaba el número de ciudadanos con derecho a voto; la ley de imprenta colocaba los delitos de prensa –críticas a la Corona, la Iglesia o el Ejército- bajo un tribunal especial y la ley de reunión (1880) impedía las actividades de las organizaciones obreras de carácter internacionalista. Por otra parte, hay que destacar la aprobación de las leyes de Enjuiciamiento Civil (1881) y Criminal (1882) o el Código de Comercio (1885).
La regencia de María Cristina (1885-1902) Durante el invierno de 1885 una epidemia de cólera asoló la Península. En los barrios marginales, carentes de alcantarillado e insalubres, la muerte segó numerosas vidas. También acabó con la del propio Rey Alfonso XII, contagiado tras visitar un hospital.
Su fallecimiento produjo una profunda conmoción. La corona quedaba en manos de su esposa, Mª Cristina de Habsburgo, retraída y poco popular, que tan sólo llevaba seis años en España, y estaba embarazada de su tercer hijo.
Las Cortes encomendaron a Mª Cristina – que pronto se reveló como una eficiente gobernadora- la Regencia hasta la mayoría de edad de Alfonso XIII en 1902.
Fue en estos momentos cuando el turno pacífico de partidos resultó eficaz políticamente.
El acuerdo de rotación sellado con el Pacto del Pardo, que ya funcionaba desde 1881, permitió superar un periodo clave en la historia de España y garantizar la estabilidad política durante un cuarto de siglo más.
Fueron los liberales, encabezados por Sagasta, quienes asumieron el poder tras la muerte de Alfonso XII. Durante sus cuatro años de mandato iniciaron profundas reformas legislativas de corte liberal al instituir el sufragio universal masculino y aprobar la libertad de expresión y el derecho de asociación. En 1890 se cedía el turno a los conservadores, que sólo gobernaron por dos años, tras los que regresaron de nuevos los liberales, quienes tuvieron que hacer frente a una nueva insurrección cubana y a graves problemas en Marruecos. Tras el asesinato de Cánovas del Castillo en 1897, retomaron el poder en el momento trágico del desastre colonial y cuando el movimiento obrero emergía con mayor fuerza, bien en su vertiente más extrema, el anarquismo terrorista o de corte más moderado como el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) en 1879, constituyéndose la Unión General de Trabajadores (UGT) en el sindicato vinculado con el PSOE en 1888. El catolicismo social, que contaba con el apoyo de la patronal, intentó frenar el acercamiento de la clase obrera a las tesis anarquista o socialista. A todo ello hay que añadir la aparición de estallidos regionalistas tenidos de federalismo.
79 La sociedad de la Restauración La estructura económica y social de la España de finales del XIX se ajustaba bastante al patrón de la Europa occidental meridional aunque con sus peculiaridades. El crecimiento de la renta por habitante era similar al de Italia, algo inferior al de Francia y Alemania, el doble que el de Portugal y la mitad que el de Gran Bretaña o Estados Unidos. Los cambios más significativos que se iniciaron en estos momentos están relacionados con un crecimiento industrial lento pero constante, con el arranque de una demografía moderna –el descenso de la natalidad y de la mortalidad- y un aumento de la alfabetización que rondará el 44% a finales de siglo, gracias a duplicarse el número de escuelas. El incremento de tierras puestas en explotación evitó la crisis de subsistencia, hizo descender las importaciones, aumentar las exportaciones y equilibrar la balanza de pagos.
La construcción de 5.500 Km de vía férrea entre 1857 y 1874 y la mejora de las carreteras propiciaron la integración progresiva de las zonas rurales en el ámbito nacional. También facilitaron la emigración interna, de tal modo que aumentó en casi un 5% la población en núcleos de más de 10.000 habitantes y alrededor de un 4% el número de los trabajadores que pasaron de la agricultura a los servicios y la industria.
Las regiones periféricas van a multiplicar su población a costa del centro. La siderurgia, las construcciones navales y la banca asentadas en el País Vasco, la industria textil catalana y la extractiva en Asturias crearán un espectro social más dinámico compuesto por una burguesía y un proletariado motores de las transformaciones económicas y sociales del país, aunque no llegarán a tener la suficiente fuerza como para provocar un cambio radical en la nación. En el resto del territorio predominaba una economía agraria, basada en la vid, el cereal y el olivo, controlada por un pequeño pero fuerte grupo de poder: la oligarquía.
La guerra de Cuba y la crisis de 1898 Tras la paz de Zanjón, los movimientos independentistas cubanos reclamaron una mayor autonomía en la gestión de la isla. Estados Unidos, en plena campaña electoral de 1898, con un claro afán imperialista, exigía nuevos mercados exteriores en el reparto internacional. Ese año rechazaba el tratado aduanero por el que compraba cerca del 97% de la producción azucarera cubana. El precio del azúcar cayó hasta abandonarse las cosechas. El clima resultaba idóneo para que desde su exilio en Estados Unidos, José Martí ordenase al Partido Revolucionario Cubano que “al grito de Baire” iniciara el levantamiento. Era el 29 de enero de 1895.
La llegada al gobierno de Sagasta, en 1897, provocó también un cambio en la actitud hacia la guerra. Se otorgó a la isla una autonomía que los dirigentes revolucionarios ignoraron por completo. Por su parte, Estados Unidos decidió intervenir y con el pretexto de proteger a sus súbditos, envió el acorazado Maine a La Habana, que explotó misteriosamente. Acusados los españoles del atentado, el gobierno estadounidense rompió relaciones diplomáticas con España. El 20 de abril de 1898 los Estados Unidos declaraban oficialmente la que habría de llamarse Guerra Hispano-norteamericana. Al 80 mismo tiempo se sublevaban las Filipinas, dirigidas por José Rizal y apoyadas también por los norteamericanos. En el mes de julio se rendía el ejército español y el 10 de diciembre se firmaba el tratado de París que establecía unas condiciones vergonzosas pero indiscutibles para España; Estados Unidos tomaba posesión de las Antillas, Filipinas y la isla de Guam.
Aunque no pudieran atisbarlo los contemporáneos, el fuerte incremento de la producción estimulado por la segunda revolución industrial unido al agotamiento de los mercados internos obligó a las economías emergentes a buscar nuevos mercados, lo que generó un cambio en la geopolítica mundial. Por eso, la pérdida española de sus colonias no es un proceso único. Basta con citar el reparto de las colonias portuguesas entre Francia y Gran Bretaña poco antes del 98; el desastre de Italia en Abisinia; el de Francia en Egipto –que también conmocionó a aquella metrópoli, o del de Rusia con la guerra de Crimea. El choque entre imperialismos viejos y declinantes y nuevos y emergentes estará muy presente en el escenario internacional de 1898.
El regeneracionismo Muy pocos previeron que la derrota tuviera efectos tan profundos en la moral popular española, en la de las clases medias o en la de la alta burguesía. La población, enardecida previamente por una marea patriotera, quedó postrada en un clima de pesimismo y catastrofismo.
Pero también el Desastre del 98 actuó como un revulsivo sobre la conciencia nacional que la sacó del ensimismamiento lanzándola hacia Europa y a conquistar nuevos mercados en América Latina. Rápidamente aparecerá otro sentimiento distinto, el de renovación y reforma, que recibió el nombre de regeneracionismo. En Joaquín Costa tuvo a su principal promotor e ideólogo, quien pretendía acabar con el hambre y la ignorancia de los españoles. Describió con los términos “oligarquía y caciquismo” el estado político de España y, además, propuso para solucionarlo un “cirujano de hierro”, es decir, una especie de gobernante temporal, destinado a salvar a España de sus males. Este movimiento, muy crítico con el régimen, rechazaba la “España oficial” a la que culpaba de todos los males por causa del sistema “viciado” del turno de partidos desvirtuado por las prácticas caciquiles.
A la crítica se unieron planes económicos y legislativos para paliar la inflación provocada por el coste elevado de la guerra. Se establecieron programas de estabilización durante el decenio siguiente, basados en la depreciación de la moneda, el incremento de la deuda pública y la creación de nuevos impuestos, todo ello compatible con el mantenimiento de una balanza comercial favorable. La pérdida de las colonias provocaría un giro proteccionista en la política económica y aunque se sufría una grave crisis al desaparecer el mercado exterior cautivo de las colonias, la repatriación de capitales compensó el desajuste al establecerse una potente banca. Los presupuestos equilibrados, y aún con superávit, de la década que siguió al desastre destruyeron a la vieja oligarquía terrateniente que no supo renovarse. En realidad, el pesimismo político del 98 iba por un lado y el optimismo económico, por otro.
81 TEMA 10 LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL. LOS TRATADOS DE PAZ Y EL NUEVO MAPA DE EUROPA La situación internacional a finales del siglo XIX estuvo caracterizada por agitaciones nacionalistas en los imperios austro-húngaro y turco, una gran rivalidad austrorusa en los Balcanes, anglo-rusa en el Mediterráneo oriental y franco-alemana a causa de la ocupación germana de Alsacia y Lorena. El colonialismo emprendido por las potencias europeas también fue un factor de la rivalidad y tensión, que años después conduciría a una Gran Guerra.
La Europa de los bloques (1890-1914). Triple Alianza y Triple Entente La política exterior alemana diseñada por el canciller alemán Otto von Bismarck, que consistía en aislar a Francia y evitar así la guerra en Europa, había fracasado. Francia salió de su aislamiento y frente al sistema de alianzas diseñado por Alemania en 1882, la Triple Alianza formada por Alemania, Austria-Hungría e Italia, surgió en 1907 un bloque antagónico, la Triple Entente integrado por Francia, Inglaterra y Rusia.
Esta confrontación acentuó los tradicionales antagonismos a los que se añadieron las reivindicaciones nacionalistas y las rivalidades económicas y coloniales.
El Imperio alemán extendió su dominio con la Weltpolitik (política colonial) gracias a su poderosa marina mercante y de guerra. El II Reich se militarizó rápidamente para convertirse en una gran potencia y desarrolló su industria y comercio hasta alcanzar en 1913 el segundo puesto en el comercio internacional. Este crecimiento económico y militar le creó enemigos entre las otras potencias mundiales, sobre todo Gran Bretaña, que salió de su aislamiento y procuró buscar alianzas para hacer frente al poder económico y naval de Alemania. En 1904 Inglaterra llegó a un acuerdo amistoso con Francia formando con ella la Entente cordial. En 1907 solucionó con Rusia los problemas de Asia (Tibet, Afganistán y Persia) y junto con Francia formaron la Triple Entente. En 1914 los dos bloques antagónicos ya estaban formados: los imperios centrales (Alemania, AustriaHungría y Turquía) contra los Estados de la Entente (Inglaterra, Francia y Rusia).
Finalmente Italia, participante de la Triple Alianza hasta su ruptura con Alemania en 1902, decidió en 1915 entrar en guerra contra Austria y aliarse con la Entente.
Causas de la Primera Guerra Mundial Desde principios del siglo XX las potencias mundiales se enfrentaron en distintas crisis: las coloniales entre Alemania y Francia por el dominio de Marruecos, y las balcánicas de carácter nacionalista, entre Austria-Hungría y Rusia por el predominio en la zona.
82 La primera crisis (colonialista) entre Francia y Alemania comenzó en 1905 cuando el emperador Guillermo II pronunció en Tánger un discurso defendiendo la independencia de Marruecos y de su comercio contra la influencia francesa. En 1906 se reunió en Algeciras una Conferencia Internacional para resolver el problema marroquí y se decidió otorgar a Francia y a España el control de los puertos marroquíes. Esta solución significó un fracaso para Alemania.
La segunda crisis fue balcánica. El trono de Serbia lo ocupaba desde 1903 el rey pro-ruso Pedro I, que deseaba unir a todos los ciudadanos eslavos contra AustriaHungría, potencia predominante en la zona balcánica. Rusia, que había perdido en 1905 la guerra contra Japón, estaba interesada también en los Balcanes. En 1908 el Imperio Austriaco se anexionó Bosnia-Herzegovina para reprimir el nacionalismo eslavo y aunque Rusia y Serbia se opusieron, al fin tuvieron que aceptar el predominio austriaco.
La tercera crisis (colonialista) también ocurrió en Marruecos a causa de la ocupación de Fez y Meknés por las tropas francesas en 1911. Alemania consideró violado el Tratado de Algeciras y para manifestar su protesta envió a Agadir (puerto del sur marroquí) el acorazado “Panther” con un contingente militar. Tras largas negociaciones, Alemania firmó un Tratado con Francia por el que obtenía una parte del Congo francés a cambio de permitir la penetración francesa en Marruecos. Este Acuerdo significó, otra vez, un éxito para Francia y el robustecimiento de la Triple Entente.
La cuarta crisis ocurrió de nuevo en los Balcanes. En octubre de 1912 los Estados balcánicos de Serbia, Bulgaria, Grecia y Montenegro declararon la guerra a Turquía con el fin de expulsarla de sus posesiones europeas. Rusia se unió a los Estados balcánicos y pronto éstos triunfaron.
Todas estas crisis acrecentaron las rivalidades entre países. Austria se unió a Alemania para impedir nuevos brotes del nacionalismo eslavo, Gran Bretaña competía navalmente con Alemania, los rusos y eslavos se sentían amenazados por el pangermanismo austriaco, mientras Francia continuaba otorgando su apoyo a Rusia contra Alemania. El imperialismo había creado lo que se llamó la “paz armada”.
Comienzo de la Gran Guerra El heredero del trono de Austria-Hungría, el archiduque Francisco Fernando, el 28 de junio de 1914 fue asesinado por un nacionalista bosnio en Sarajevo, capital de Bosnia-Herzegovina (perteneciente al Imperio austro-húngaro). Este regicidio constituyó la crisis definitiva, ya que fue el detonante del conflicto mundial.
En julio de 1914 Austria declaró la guerra a Serbia a la que acusó de complicidad indirecta en el magnicidio y Rusia, en apoyo de Serbia, movilizó sus tropas contra Austria, que inmediatamente entró en guerra contra Rusia y su aliada Francia. Gran Bretaña entró en la contienda cuando Alemania el 4 de agosto invadió Bélgica para conquistar Francia por el norte.
A la Triple Entente se unieron Serbia, Bélgica, Portugal, Rumanía, Grecia, Italia y Japón y al Bloque Alemán-Austriaco lo hicieron Turquía y Bulgaria. En 1917 entró en la guerra Estados Unidos para unirse a los aliados contra Alemania, lo que ocasionó la participación de las principales naciones en la Gran Guerra.
83 Evolución del conflicto mundial La Primera Guerra Mundial se desarrolló en dos frentes: el occidental entre Francia y Alemania y el oriental entre Rusia y Alemania, y en cuatro etapas diferentes: 1ª) Guerra de movimientos (1914) Alemania, siguiendo el Plan del general Schlieffen, invalidó Bélgica violando su neutralidad y atacó a Francia por el norte, lo que motivó que los ejércitos ingleses y franceses se retiraran de la región de La Lorena y tomaran posiciones sobre el río Sena y el Marne con el fin de defender París. El Plan XVII de Francia, que había colocado a su ejército a lo largo de su frontera oriental, había fracasado por el sorpresivo y rápido ataque de las tropas alemanas. Esta etapa se caracterizó por los grandes desplazamientos de tropas de uno y otro bando (guerra de movimientos).
El primer éxito de los alemanes hizo que el general Moltke sustrajera del frente occidental cuatro divisiones que envió al frente oriental, puesto que Rusia había invadido Prusia oriental. Con el ejército alemán disminuido en Francia, las tropas aliadas contraatacaron e hicieron retroceder a las alemanas hasta Lorena. No sólo había fracasado el Plan XVII, sino también el Plan Schlieffen. A mediados de noviembre ambos ejércitos quedaron inmovilizados en sus posiciones frente a frente, desde la frontera suiza hasta el mar del Norte. Así se mantuvieron en este frente occidental hasta la primavera de 1918.
En el frente oriental Rusia, de acuerdo con Francia, invadió Polonia y Prusia para distraer al ejército alemán. Pero la falta de preparación del ejército ruso ocasionó su gran derrota en Tannenberg (Prusia) y en los lagos Msurianos (Polonia) entre agosto y septiembre de 1914. Sin embargo, las tropas rusas tuvieron éxito contra Austria en las batallas de Lubin-Lvov y de Ivangorod-Varsovia. Los rusos conquistaron Galitzia y junto con los servios vencieron a los austriacos que se tuvieron que retirar a los Cárpatos, quedando el frente oriental estabilizado en una línea que abarcaba desde el Báltico a los Cárpatos, en la cuenca del Vístula.
1914 terminó con un resultado nulo para ambos bloques. La Entente mantuvo durante toda la guerra el frente oriental, menos decisivo que el occidental, para conseguir frenar la ofensiva alemana en Francia. Japón, con el fin de apoderarse de las concesiones alemanas en Extremo Oriente para ampliar su zona de influencia en China del Norte, había declarado la guerra a Alemania en agosto y se alió con la Entente, aunque el bloque compuesto por los Imperios Centrales también se fortaleció al unirse Turquía a los alemanes.
2ª) Guerra de posiciones (1915-1916) A lo largo de 1915 y 1916, diferentes países fueron apoyando a uno u otro bloque. Así, Italia se inclinó hacia los aliados para defender sus intereses contra Austria.
Sin embargo, Bulgaria se unió a Alemania para obtener ventajas territoriales en los Balcanes, mientras Rumania firmaba un tratado con los aliados.
84 Para desbloquear las posiciones de ambos bandos, que permanecían sin avances significativos en uno y otro frente, los dos contendientes fueron utilizando diferentes estrategias de un modo simultáneo o sucesivo, como la guerra de ruptura (cortando el paso de las tropas enemigas en una posición determinada), de desgaste (con la utilización de armas sofisticadas y mantenimiento de las tropas en las trincheras) y de diversión (ofensivas y contraofensivas rápidas y demoledoras).
1915 fue un año indeciso porque los dos bloques antagónicos aplicaron a la vez un nuevo modo de hacer la guerra: excavaron kilómetros de trincheras (grandes zanjas protegidas por cacos terreros, alambradas y campos de minas) para mantenerse en sus posiciones defensivas. Fue un cambio radical en la manera de realizar la guerra: se pasó de la estrategia de movimientos a la de posiciones. Para romper el sistema de trincheras se utilizaban ametralladoras, lanzallamas y gases asfixiantes, que aunque no lograron eliminar al bando contrario sí que permitieron mantenerse con pocas tropas en sus posiciones respectivas. Los alemanes pudieron así reforzar el frente oriental y derrotar a los rusos en el verano de 1915. Polonia y Galitzia fueron ocupadas por Alemania que avanzó 150 km. Hacia el este y de norte a sur.
En el frente occidental los franceses e ingleses trataron de romper la línea alemana que sólo estaba a 90 km. de París. Pero las ofensivas del mariscal Joffre en Champagne y Artois fracasaron por el envío masivo de tropas alemanas. Italia declaró en mayo la guerra a Austria-Hungría, creándose así el frente sureste, donde fueron detenidos los alemanes. En octubre Bulgaria se unió a los Imperios Centrales. Éstos, a finales de 1915 dominaban en todos los frentes y ocupaban Bélgica, el NE de Francia, Polonia, Lituania y Serbia.
En 1916, para terminar definitivamente con ambas posiciones, los dos bloques aplicaron la táctica de desgaste y de distracción en tres sitios clave: Verdún y el Somme en Francia y Lutsk en Polonia.
Alemania concentró el grueso de su ejército en el frente occidental y el 21 de febrero atacó Verdún. Seis meses duró este ataque que no pudo ganar la plaza por el empeño tenaz del ejército francés dirigido por los generales Pétain y Nivelle. Las posiciones no cambiaron aunque esta resistencia supuso para Francia una victoria moral.
En el verano de 1916 el general francés Joffre lanzó una ofensiva en el Somme, donde se utilizaron carros de combate británicos. Así disminuyó la presión alemana sobre Verdún y los aliados pudieron avanzar hacia el este causando grandes pérdidas a las tropas alemanas.
En el frente oriental los rusos lanzaron una nueva ofensiva en la frontera rusa con Polonia para mermar las tropas alemanas. Rusia reconquistó Galitzia y Bucovina e hizo casi 400.000 prisioneros germanos, quedando estabilizado el frente oriental desde entonces.
1916 terminó sin grandes resultados por ambos bandos, lo que llevó a los políticos a buscar el fin de la guerra por medios negociadores.
3ª) 1917, fecha clave de la guerra En este año se produjeron tres hechos esenciales que desembocarían en el final de la guerra: 85 1.- Estados Unidos entró en el conflicto como aliado de la Entente.
2.- Se produjo la retirada de Rusia.
3.- Se manifestó un cansancio generalizado en ambos ejércitos y en las poblaciones de las potencias enfrentadas.
Entrada en la guerra de los Estados Unidos de América. Como la guerra de desgaste no solucionaba el conflicto, Alemania decidió una gran ofensiva submarina para destruir a la flota británica y lograr la rendición inglesa.
Aunque el presidente norteamericano Wilson mantenía la neutralidad de su país, sin embargo y de acuerdo con el Congreso, decidió entrar en la guerra cuando Alemania declaró que el tráfico de mercancías de los países neutrales hacia los aliados se consideraba un acto de guerra contra los Imperios Centrales. Los submarinos alemanes no respetaron la neutralidad americana hundiendo barcos mercantes de los Estados Unidos que transportaban mercancías a los aliados o personas de uno a otro continente. Además, fue interceptado el telegrama del general Zimmerman (ministro alemán de Exteriores) por el que el gobierno del Kaiser Guillermo II ofrecía a Méjico su ayuda para que recuperara los territorios mejicanos ocupados por Estados Unidos. La entrada en guerra de Norteamérica fue el detonante para que la mayor parte de América Latina y China también apoyaran con tropas y mercancías a los aliados. De esta forma la Entente pudo recuperarse y dar un vuelco al conflicto.
Retirada de Rusia. Ante las graves pérdidas sufridas por la población y el ejército ruso, un grupo de políticos revolucionarios provocaron en febrero de 1917 una revolución socialista, que terminó finalmente con el régimen del Zar. El nuevo régimen liberal intentó proseguir la guerra contra los Imperios Centrales, pero en octubre se produjo la revolución soviética en Rusia, liderada por Lenin, que dio el poder a los bolcheviques.
Éstos firmaron en marzo de 1918 la paz de Brest-Litovsk con Alemania. Al retirarse Rusia de la guerra perdió Polonia, Ucrania, Finlandia y las provincias bálticas y se comprometió a pagar grandes indemnizaciones de guerra a Alemania.
El cansancio de los ejércitos y poblaciones de ambos bandos también supuso en 1917 la búsqueda de la paz a todo trance. Los obreros presionaban con huelgas y los ejércitos se amotinaban debido a las penurias de la guerra y a la falta de abastecimientos. Se sucedieron diversas crisis en los países beligerantes que les llevó a realizar cambios políticos y negociaciones intensas para acabar con el conflicto mundial.
El Presidente Wilson sumándose a las corrientes pacifistas que estaban predominando en los foros internacionales, dirigió un discurso ante el Congreso de su país, en enero de 1918, los famosos “Catorce Puntos”, que eran una serie de propuestas para garantizar una paz mundial duradera tras el final de la guerra. Podemos destacar por su creciente actualidad, la recomendación de dar publicidad a las negociaciones diplomáticas, la internacionalización de la economía, la autonomía e independencia para muchos pueblos europeos, la reducción de los armamentos y sobre todo, la formación de una Asociación general de naciones que garantizase su mutua independencia y total seguridad.
4ª) Las grandes ofensivas de 1918 y el fin de la guerra 86 Al suprimirse el frente oriental por la retirada de Rusia, Alemania lanzó sus últimas ofensivas sobre Francia en la primavera de 1918. París peligró, pero los aliados consiguieron, con la ayuda americana, frenar el avance alemán. Desde agosto de 1918, los aliados fueron obligando a los ejércitos imperiales a retroceder y abandonar Francia.
Los frentes de Italia y Turquía habían sido eliminados en septiembre con la victoria aliada y en octubre se creó el nuevo estado checoslovaco. Austria y Turquía pidieron la paz, y Alemania, aún sin ser vencida, tuvo que capitular, solicitando del presidente Wilson su mediación para firmar con los aliados el armisticio sobre la base de los “Catorce Puntos” propuestos por el presidente americano. Éste impuso la evacuación inmediata de todos los territorios ocupados, el fin de la guerra submarina y el establecimiento en Alemania de un gobierno democrático. El 9 de noviembre de 1918 el emperador Guillermo II se vio forzado a abdicar y se exilió en Holanda, haciéndose cargo del gobierno alemán el socialista Ebert, que firmó el armisticio el 11 de noviembre de 1918.
Consecuencias de la Gran Guerra Por primera vez se puede hablar de una civilización que se vio afectada por una guerra devastadora, origen de las crisis que se sucederán en el siglo XX. La Gran Guerra había puesto fin a cinco siglos de expansión y hegemonía de Europa en el mundo y no resolvió las contradicciones imperialistas que provocaron la misma guerra. Costó la vida aproximadamente a ocho millones de personas y la invalidez a cerca de seis millones, así como la ruina física y económica de muchos países. Sin embargo, de ella surgió un mundo distinto como consecuencia de la caída de los centenarios imperios multinacionales, de la revolución soviética, de la recomposición de los imperios coloniales y del diseño de un nuevo orden internacional.
Este fue el primer conflicto mundial (los cinco continentes estuvieron involucrados de alguna forma) que supuso una “guerra total” de larga duración (4 años).
Se probaron y emplearon nuevas tácticas y técnicas militares. La sofisticación armamentística estuvo caracterizada por la construcción de trincheras, la utilización de gases venenosos, lanzallamas, carros de combate, submarinos, aviones preparados para el ataque y los bombardeos, fusiles como los Mauser de gran poder destructivo, etc.
LOS TRATADOS DE PAZ Y EL NUEVO MAPA DE EUROPA En enero de 1919 los representantes de todas las naciones aliadas, lideradas por Francia, Gran Bretaña, Estados Unidos e Italia se reunieron en París y redactaron los Tratados de Paz que debían firmar los países vencidos. Desde ese momento las relaciones internacionales surgidas tras la Gran Guerra se desarrollarían con diferentes presupuestos políticos, según fueran consolidándose los nuevos Estados europeos y recuperándose económicamente las potencias enfrentadas. Hasta 1923 predominó el “Espíritu de Versalles”, reivindicativo y revanchista, surgido de los Tratados que se firmaron en París y sus alrededores.
87 LAS NUEVAS FRONTERAS EN EUROPA, 1919-1923 Las Conferencias de paz de París - El Tratado de Versalles fue el más importante y se firmó con Alemania, el gran país derrotado, al que se le impusieron unas condiciones durísimas. Perdió territorios tan fundamentales como Alsacia y Lorena, el Sarre, Renania, así como todas sus colonias en Asia y África; quedó desarmada y desmilitarizada y se le conminó al pago de fuertes reparaciones de guerra por ser la responsable de la misma. Las humillantes condiciones impuestas a Alemania en París fueron una de las causas del renacer nacionalista que veinte años más tarde provocaría la II Guerra Mundial.
- El Tratado de Saint-Germain-en-Laye se firmó con Austria, a la que se le prohibió unirse a Alemania y formar un ejército profesional mayor de 30.000 hombres. Surgen nuevas naciones como Yugoslavia o Checoslovaquia y se reconoce la independencia de Hungría. Italia aprovechó este tratado para apropiarse del Tirol, el Trentino, Istria y Trieste, pertenecientes anteriormente al Imperio austriaco.
- El Tratado de Neuilly se suscribió con Bulgaria, que tuvo que ceder a Grecia la Tracia mediterránea, aunque se le permitió un acceso al mar.
- El Tratado de Trianon se firmó en junio de 1920 con Hungría, que tuvo que ceder Eslovaquia a Checoslovaquia, Croacia y Eslovenia a Yugoslavia, parte del Banato a 88 Rumanía y la otra parte a Yugoslavia, y Transilvania a Rumanía. También se limitó el ejército húngaro a sólo 35.000 hombres.
- El Tratado de Sèvres, ratificado en agosto de 1920, obligaba a Turquía a que sus estrechos fueran internacionalizados y a entregar a los aliados Armenia, que inmediatamente consiguió la independencia. El Kurdistán también logró su autonomía e Irak, Palestina, Transjordania, Chipre y Arabia pasaron a depender de Gran Bretaña; Siria y el Líbano de Francia; el sur de Anatolia, el Dodecaneso, Rodas y Adalía de Italia, y Esmirna, Tracia, Gallipoli y las islas egeas no italianas se concedieron a Grecia.
A Turquía sólo le quedaba en Europa la ciudad de Constantinopla (Estambul).
Con la creación de nuevos Estados soberanos quedó reestructurado el mapa de Europa y el de sus colonias. Desaparecieron los Imperios ruso, austrohúngaro, alemán y turco. Del desmembramiento de Rusia, que no estuvo en la firma de los Tratados por el hundimiento del zarismo, se formaron los nuevos Estados de Polonia, Lituania, Estonia, Letonia y Finlandia. La entrega de los territorios que formaron parte del Imperio turco a los aliados, supuso que se comprometieran a administrarlos en régimen de “mandatos” o “protectorados”.
Sin embargo, los Tratados que se firmaron en París no dejaron convencidos a los vencedores y menos a los vencidos. Así, en 1923 se firmó en Lausanne (Suiza) un Tratado Entre los aliados y Turquía para revisar el firmado en Sèvres en 1920. Los territorios perdidos en Asia Menor, como Armenia, Anatolia, Adalía, Líbano y Esmirna fueron recuperados por Turquía con el beneplácito de los vencedores, que deseaban el equilibrio en Oriente Próximo. La joven república turca liderada por Mustafá Kemal Ataturk también consiguió que se le devolviera el territorio europeo de la Tracia oriental, en perjuicio de Grecia.
Asimismo, las excesivas reparaciones de guerra que se habían impuesto a Alemania en Versalles habían originado la suspensión de pagos y la solicitud del gobierno alemán de una moratoria en los pagos. Inglaterra estuvo de acuerdo pero Francia se negó e incluso ocupó la cuenca del Ruhr, fundamental para la recuperación industrial de Alemania. Se abrió entonces una crisis franco-alemana por la resistencia de la población a trabajar para los franceses y la intransigencia del gobierno galo. Con el cambio del canciller Cuno por Stresmann, Alemania se avino a suspender el boicot en el Ruhr y el gobierno francés consintió en reunirse en Locarno (Suiza) con los representantes alemanes y lograr así la distensión y un mejor entendimiento, suprimiendo muchas de las imposiciones económicas hacia Alemania. En la Conferencia de Locarno de octubre de 1925, donde se reunieron los representantes de Francia, Gran Bretaña, Bélgica, Italia, Polonia, Checoslovaquia y Alemania, surgió el nuevo “Espíritu de Locarno” que significaría en adelante la distensión y la reconciliación franco-alemana. Incluso se permitió a Alemania la entrada como miembro de pleno derecho en la Sociedad de Naciones (septiembre de 1926).
La Sociedad de Naciones: evolución de su actuación En la Conferencia de París también se pusieron las bases para que una Sociedad Internacional velara por el cumplimiento de las condiciones de paz. Así nació la Sociedad de Naciones, organismo que intentaría resolver los contenciosos internacionales por la vía del diálogo y la reparación, aunque en toda su trayectoria no tuvo demasiado éxito.
89 La Sociedad de Naciones se inauguró en abril de 1919 en la sesión plenaria de la Conferencia de Paz celebrada en el Palacio de Versalles. Quedó integrada, en un principio, por los países vencedores, salvo Estados Unidos que no llegó a formar parte de ella. El presidente demócrata Wilson había sido su promotor, pero al no ser reelegido en noviembre de 1920, el Senado americano, de mayoría republicana, vetó la participación de EE.UU. en ella. Gran Bretaña, Francia, Italia y Japón, además de trece países neutrales y todos los que aceptaron las obligaciones del pacto y fueron siendo admitidos con el voto favorable de las dos terceras partes de los miembros, iniciaron la andadura de esta Asociación que debería actuar como árbitro de la paz. La sede se fijó en Ginebra, Suiza.
Los órganos de la Sociedad fueron: La Asamblea, constituida por todos los representantes de los Estados asociados, reunida ordinariamente en septiembre de cada año y con carácter extraordinario en casos extremos (cada delegado tenía derecho de voto). El Consejo Permanente, compuesto por cinco integrantes fijos: Francia, Italia, Gran Bretaña, Japón y China, más cuatro miembros temporales elegidos por la Asamblea (seis desde 1922 y nueve en 1926). Ambos órganos tenían las mismas atribuciones (negociación de conflictos y mediación), no obstante el Consejo ejercía además una actividad política más intensa y se reunía varias veces al año. Además, se creó una Secretaría General permanente encargada de preparar los trabajos, con un Secretario General al frente de la organización, que debía permanecer en Ginebra.
Asimismo, se crearon una serie de organismos con competencias muy diversas, como el Tribunal de Justicia de la Haya para el arbitraje de conflictos; la Oficina Internacional del Trabajo para organizar la legislación laboral, el Centro Internacional de cooperación intelectual, etc. Algunos de estos organismos permanecen aún como parte integrante de las Naciones Unidas.
La eficacia en el cumplimiento de los mandatos de la Sociedad de Naciones fue puesta en tela de juicio debido a las acusaciones del manejo oportunista de las grandes potencias. Su dependencia hacia Francia, Gran Bretaña e Italia, hizo que algunos países la fueran abandonando, o se sumaran a ella cuando las circunstancias les eran favorables. Su gran fracaso fue la imposibilidad de conseguir que se olvidaran las afrentas sufridas en el gran conflicto, sobre todo la humillación causada al Estado alemán al imputarle toda la responsabilidad de la contienda y la demanda de las indemnizaciones de guerra. Tampoco pudo evitar que los nacionalismos, fascismos y racismos se extendieran y crearan el clima propicio para el estallido de otra Gran Guerra Mundial en 1939.
A pesar de los fracasos de la Sociedad de Naciones, hay que reconocer algunos aspectos positivos en su actuación. Por ejemplo, mejoró la comunicación internacional; resolvió disputas fronterizas entre Finlandia y Suecia, Albania y Yugoslavia, Polonia y Alemania, y entre Hungría y Checoslovaquia. En 1925 logró que el “Espíritu de Versalles”, inaugurado en 1919 y asociado al sistema de alianzas revanchistas y a la aniquilación del Imperio alemán, fuera sustituido por el “Espíritu de Locarno”, el de la distensión y el perdón. La SDN estuvo representada en la Conferencia de Locarno de 1925, en la que también se acordó la mejora de las relaciones internacionales entre vencedores y vencidos, con la derogación de la carga económica que se le había impuesto a Alemania.
La Sociedad de Naciones fue el ensayo general internacional que serviría para fundar después de la 2ª Guerra Mundial la Organización de las Naciones Unidas (ONU).
90 TEMA 11 LA REVOLUCIÓN RUSA.
LA DICTADURA DE STALIN En 1917 estalló en Rusia una revolución sin precedentes, inspirada en las teorías marxistas y dirigida por un pequeño grupo de bolcheviques. Fue un acontecimiento que trastornó la geopolítica europea. En nombre del ideal socialista se instauró un sistema de gobierno totalmente nuevo. La revolución rusa tuvo un significado mundial, pero con unas características específicamente rusas.
Hay que distinguir tres etapas en el proceso revolucionario: la revolución burguesa de febrero de 1917, la revolución socialista del mes de octubre, y la revolución nacional que afectó a la periferia del Imperio.
Rusia a principios del siglo XX Desde finales del siglo XIX, el régimen zarista se debatía entre el arcaísmo y la modernidad. Las duras condiciones sociales de la población se vieron agravadas por el despegue de una industrialización tardía. La modernización originó que muchos obreros adoptasen el marxismo y otras ideologías revolucionarias. Pero todos estos cambios sociales y económicos no significaron un cambio de la política inmovilista del Zar Nicolás II.
En el ámbito político aparecieron una serie de partidos clandestinos. Los Kadetes (Partido Demócrata Constitucional), estaba compuesto por liberales. Los Socialistas populares agrupaban a intelectuales y campesinos acomodados de carácter nacionalista. El Partido Socialdemócrata ruso, que estaba compuesto por socialistas de todos los matices, y preconizaba la toma del poder por los trabajadores, se dividió en 1903 en dos fracciones: la mayoría (bolshinstvo) y la minoría (menshinsvo), de donde vienen los nombres de Bolcheviques y Mencheviques.
Los Bolcheviques constituyeron el Partido Comunista para subrayar su ruptura con los socialistas moderados y se declararon partidarios de la insurrección popular y de la constitución de la “Dictadura del proletariado”.
La revolución burguesa de 1905 Los factores que motivaron la revolución de 1905 fueron muy diversos: la grave crisis económica, la guerra contra Japón que se convirtió en un desastre, los deseos de la burguesía para que fuese abolida la autocracia zarista y el levantamiento de las nacionalidades oprimidas por el Estado. Sin embargo, no puede hablarse propiamente de una revolución, sino de un conjunto de manifestaciones que desembocaron en enero de 91 1905 en el domingo sangriento, cuando los obreros fueron reprimidos violentamente en San Petersburgo.
El zar Nicolás II se vio obligado a realizar algunas concesiones: libertad de expresión, de asociación y derecho de voto a todos los ciudadanos, y sobre todo la creación de una Duma, (Parlamento), con poderes para aprobar las leyes. Tales medidas representaron la entrada de Rusia en la era del constitucionalismo y contentaron a la burguesía y a los campesinos, salvo a los revolucionarios de las diferentes corrientes socialistas que se quedaron aislados. Paralelamente se alcanzó un acuerdo con Japón para poner fin a la guerra. El soviet de Petersburgo, (soviet significa Consejo y eran asambleas elegidas por las organizaciones de obreros, campesinos y soldados), surgido durante los acontecimientos de 1905, fue desmantelado un el mes de diciembre y sus líderes tuvieron que huir o ser encarcelados.
Rusia y la 1ª Guerra mundial La 1ª Guerra mundial fue el catalizador del fenómeno revolucionario, que puso de manifiesto las grandes debilidades del régimen zarista. En agosto de 1914 Rusia entraba junto a los aliados en el conflicto europeo. La burguesía rusa recibió con entusiasmo esta decisión, pues la consideraba como un medio para obligar al Zar a una abdicación constitucional. Sin embargo, las derrotas militares entre 1916 y 1917, los muertos y heridos en combate, a los que hay que añadir un millón de víctimas civiles, la desorganización de la guerra, las dificultades económicas, la reorientación de la industria a la construcción de armamentos y el alza de los precios en un economía que dependía del mercado europeo, degradaron las condiciones de vida del proletariado y de las clases medias. Las demandas económicas generaron graves tensiones en la vida política del país. El Zar Nicolás II no hizo caso de las advertencias de los miembros liberales y progresistas de la Duma para que fuese instaurado un poder constitucional, y hacia finales de 1916 la situación se tornó insoportable. Los sectores moderados, que fueron contrarios a la revolución de 1905, se unieron a los obreros en febrero de 1917.
A medida que las derrotas se sucedieron, los movimientos nacionales se radicalizaron. En los territorios conquistados por las Potencias Centrales en Lituania, Polonia y Galitzia, despertaron los nacionalismos, y sus ejércitos terminaron enfrentándose al Imperio ruso. En el año 1917 el poder zarista había perdido en control de la periferia del país.
Revolución socialista de febrero de 1917 Las revueltas del mes de febrero en Petrogrado, sorprendieron a un régimen desacreditado y pronto se convirtieron en una revolución. En el transcurso de una semana el gobierno zarista se derrumbó y las tropas enviadas para reprimir a los obreros se unieron a los manifestantes. El Zar se vio obligado a disolver la Duma y a abdicar, en el mes de marzo, a favor de su hermano Miguel, quien al día siguiente renunció al trono.
El poder político quedó en manos de dos nuevas instituciones. Por un lado, el soviet de los obreros y soldados de Petrogrado, y por otro, un gobierno provisional dirigido por el príncipe Lvov, con diputados de la Duma y un representante del soviet, el dirigente 92 socialista Kerenski. Sus principales objetivos fueron crear una Rusia moderna y constitucional, que fuese capaz de ganar la guerra. Inicialmente, el gobierno provisional gozó de una gran popularidad. Disolvió la política zarista y restauró la libertad de opinión, de asociación y de prensa. Pero la mayoría de la sociedad deseaba otra cosa: los campesinos el reparto de las tierras; los soldados la paz y los obreros el control de las empresas y su nacionalización. Todos ellos apelaron a una forma de democracia directa y establecieron miles de soviets y de comités, dirigidos por mencheviques y socialistas revolucionarios, convencidos de que solo ellos eran capaces de resolver los problemas de Rusia.
El soviet de los obreros y de los soldados de Petrogrado que se hizo con el poder, defendía la república frente a la monarquía constitucional y la búsqueda de la paz frente a la continuación de las hostilidades.
Mientras que las tensiones sociales iban en aumento, los bolcheviques consideraban que el asalto al poder era todavía prematuro y aceptaron por el momento el papel dirigente de la burguesía aliándose con ella para poner fin a la guerra. Estaban divididos en dos tendencias: los militantes dirigidos por Lenin que se encontraban en el extranjero cuando empezó la revolución, y los que habían permanecido en el país.
Los bolcheviques fueron los únicos en radicalizar la actitud cada vez más violenta de las masas y en pedir todo el poder para los soviets y la paz sin anexiones.
Esta actitud motivó la detención de sus líderes que fueron acusados de ser agentes al servicio de Alemania. Durante este período se extendieron por toda Rusia soviets locales de obreros y campesinos que se apoderaron de las tierras; algunas ciudades se autoproclamaron repúblicas soviéticas; los ejércitos abandonaron los frentes, y el poder nacido de la revolución de febrero perdió toda su fuerza ante la demanda general de poner fin a los horrores de la guerra.
Cuando en abril de 1971 Lenin regresó al país, no aceptó ningún compromiso ni con los socialistas ni con los mencheviques. Ante el vacío institucional, fue suficiente la determinación del grupo bolchevique bien organizado, para ejercer una autoridad desproporcionada a su verdadera fuerza. Es en ese momento, cuando Lenin se puso a la cabeza de la revolución y consiguió en pocas semanas imponer sus tesis entre las diferentes ideologías del partido: poner fin a la guerra, confiscar y repartir las tierras y crear una república de soviets. León Trotski, revolucionario exiliado en los Estados Unidos que pertenecía al ala izquierda de los mencheviques, volvió a Petrogrado en el mes de mayo y se unió a los bolcheviques.
El primer Congreso de los soviets reunido el día 3 de junio en Petrogrado, estuvo dominado por los mencheviques y los socialistas revolucionarios. El gobierno de coalición dirigido por Kerenski se encontraba en plena crisis económica, falta de alimentos, ocupación de las tierras y reivindicaciones nacionalistas. Pero los bolcheviques, que todavía eran minoritarios, no lograron impedir que el Congreso aprobase la gestión del gobierno.
La revolución soviética de octubre y el triunfo de los bolcheviques Durante los meses siguientes, el gobierno de Kerenski dio prioridad a continuar la guerra, y lanzó una vasta ofensiva que terminó en una aplastante derrota y la desarticulación total del ejército. Las manifestaciones de los obreros y soldados contra el 93 gobierno fueron brutalmente reprimidas. Trotski fue detenido, y Lenin, acusado de alta traición, tuvo que huir a Finlandia.
Ante la pérdida progresiva de poder del gobierno provisional, Lenin vuelve a Rusia para acelerar el proceso revolucionario. La insurrección organizada por el comité revolucionario de Petrogrado, bajo la dirección de Trotski, estalló en la noche del 24 al 25 de octubre. Destacamentos bolcheviques se apoderaron de los puntos estratégicos de Petrogrado. El gobierno provisional no opuso resistencia y el primer ministro Kerenski huyó al extranjero. El II Congreso de los soviets, en el que los bolcheviques ya eran mayoría, aprobó la insurrección y decidió asumir el poder.
El proyecto político que tenían los bolcheviques eran ante todo conservar el poder e imponer la autoridad del Estado. Los primeros decretos que aprobaron fueron: inicial conversaciones en pro de una paz sin anexiones ni indemnizaciones, abolir la propiedad privada y crear un Consejo de Comisarios del Pueblo que gobernaría el país hasta la formación de una Asamblea Constituyente.
Los bolcheviques no tenían un programa definido ni tampoco una base social adecuada para poner en práctica los postulados teóricos marxistas. El proletariado ruso era poco numeroso e inculto. Los nuevos dirigentes se vieron obligados a renunciar momentáneamente a la colectivización de las tierras y aceptaron que las confiscadas a los latifundios fueran distribuidas entre los campesinos. Al mismo tiempo, suprimieron todas las organizaciones, soviets, comités de fábricas y comités de barrio que habían surgido de manera espontánea en el curso de la revolución.
El tratado de Brest-Litovsk Una vez resuelto el tema del control de la situación interna, el gran problema para los bolcheviques era el de la guerra. Las conversaciones de paz se iniciaron en el mes de febrero de 1918 y estuvieron supeditadas a las expectativas del estallido de una revolución en el resto de Europa. Las negociaciones con los Imperios centrales dirigidas por Trotski, comisario de Relaciones Exteriores, concluyeron el 3 de marzo con la firma del Tratado de paz de Brest-Litovsk. Rusia renunció a la mayor parte de sus territorios en Europa, los Países bálticos, Finlandia, Polonia, una parte de Bielorusia, y reconoció la independencia de Ucrania. En opinión de Lenin era necesario perder espacio para ganar tiempo. Este tratado significó la derogación de los principios internacionales de la revolución permanente y sentó las bases de la doctrina que luego se denominó “socialismo en un solo país”.
La guerra civil Los sectores civiles y militares fieles al zarismo se alzaron contra el nuevo poder establecido. La guerra civil iba a enfrentar a los Rojos y a los Blancos. Los primeros disponían de una gran ventaja al tener controlado el centro del país, una amplia red ferroviaria que les permitía el transporte de las tropas del Ejército Rojo creado por Trotski. Los Blancos sólo contaban con el apoyo de los Aliados. Los alemanes ocuparon Ucrania y tropas británicas, francesas y norteamericanas ocuparon el puerto de Murmansk.
94 Sin embargo, el colapso de Alemania y la firma del Armisticio el 11 de noviembre de 1918 dieron un nuevo giro a la situación. Los gobiernos occidentales, ante el peligro de un régimen revolucionario, aumentaron su ayuda a los Blancos. Pero éstos no fueron capaces de coordinar sus esfuerzos y tampoco supieron ganarse a la población de los territorios que ocupaban. Los dos bandos enfrentados desarrollaron una lucha tan feroz, que los términos terror rojo y terror blanco pasaron a formar parte del vocabulario político. Las últimas tropas Blancas fueron derrotadas y abandonaron el territorio, junto con las francesas y británicas, hacia finales del año 1920, y la guerra civil acabó en 1921.
La guerra civil tuvo graves consecuencias para la economía y para la población. Toda la producción se vio paralizada por las necesidades militares, y el hambre y el frío alcanzaron a la mayoría de las ciudades; los campesinos se apropiaron de las tierras de los Kulaks (campesinos acomodados) y se crearon comités para supervisar y distribuir la producción. Ante esta situación, el gobierno tomó medidas drásticas en el verano de 1918 que serían conocidas como comunismo de guerra. Las industrias fueron nacionalizadas, pero al carecer de un control centralizado, de dirigentes experimentados y de mano de obra movilizada en el frente, los resultados fueron catastróficos. El balance de la guerra civil fue un verdadero seísmo demográfico para Rusia. Entre 1918 y 1922 hubo más de 10 millones de muertos, de los cuales la mayoría fueron civiles o víctimas de las represalias realizadas por los Rojos y los Blancos.
El ciclo que se inició en agosto de 1914 llevó a la destrucción total de todo lo que albergaba un carácter moderno de la sociedad y de la economía rusa y sacó a la superficie todos los arcaísmos. Las grandes propiedades e incluso las pequeñas explotaciones campesinas desaparecieron, los sectores industriales más desarrollados fueron aniquilados y de los 3 millones de obreros que había en 1917 sólo quedaron 1 millón. A partir del año 1921 los campesinos que habían participado de los ideales revolucionarios ahora sólo querían defender sus intereses, convirtiéndose en oposición al régimen. Ante la gravedad de la situación los bolcheviques decidieron abandonar el comunismo de guerra a favor de la NEP.
La Nueva Política Económica La Nueva Política Económica fue instaurada en marzo de 1921, cuando tuvo lugar el levantamiento de Kronstad, y al tiempo que se desarrollaba una oleada de violencia sin precedentes por parte de los campesinos. La NEP fue una vuelta progresiva y limitada a la economía de mercado: los campesinos pudieron vender libremente sus productos después de pagar un impuesto en especies, se restableció el comercio privado y las empresas que empleaban más de diez asalariados fueron nacionalizadas. Pero el Estado mantuvo el control de la industria pesada, de los bancos y del comercio exterior. Durante los años de permanencia de la NEP, coexistieron dos sociedades, dos culturas políticas: la de los bolcheviques dominante y urbana y la de los campesinos tradicional y virtualmente fuera del sistema.
La NEP fue implantada como una etapa para llegar al socialismo, después de una transición en la que se mantuvieron formas de propiedad privada. Fue una respuesta al régimen, que se había trasformado en un poder autoritaria y había perdido una línea ideológica coherente. La NEP significó un período de paz social. La mayoría de los campesinos hizo realidad la utopía: la tierra para el que la trabaja; los obreros disfrutaron de protección social, y los sindicatos desempeñaron un papel en la defensa de los 95 intereses del proletariado. Sin embargo la sociedad no avanzaba en el sentido que esperaban los bolcheviques, es decir, ni hacia el socialismo, ni hacia la modernidad. Era por lo tanto un sistema que no podía durar.
La dictadura de Stalin. Colectivizaciones y terror A la muerte de Lenin en el año 1924, Stalin mucho más radical, impuso una industrialización acelerada, colectivizaciones forzosas, el reforzamiento del Estado y el terror. De este modo Stalin edificó su propio poder contra sus rivales, controlando todo el aparato del Partido desde su puesto de Secretario general.
Las colectivizaciones plantearon numerosos problemas de método y de medios. Se crearon granjas colectivas de grandes dimensiones –los Kolhozes- y granjas propiedad del Estado –los Solhozes-. Era necesario construir nuevas máquinas para desarrollar la agricultura, pero faltaban combustible y personas cualificadas para ponerlas en funcionamiento. Las medidas adoptadas para modernizar el país, originaron el descontento del campesinado. Las cosechas fueron requisadas con violencia por las brigadas enviadas por el gobierno. Más de dos millones de pequeños propietarios, los Kulaks, fueron deportados a campos de trabajo forzoso (Goulag). En 1932, el 61% del campesinado trabajaba en los Kolhozes y los Solhozes, y las explotaciones particulares eran prácticamente inexistentes. Conviene recordar que las colectivizaciones, los campos de trabajo y la industrialización acelerada fueron tres aspectos indisociables de una misma política, que originó una inmensa burocracia encargada de controlar el crecimiento económico.
La industrialización tuvo importantes consecuencias económicas en el cambio de la sociedad. En el año 1928 la clase obrera se estimaba en torno a 11 millones y en 1932 se elevaba a 33 millones. Se crearon grandes complejos industriales en los que se empleaba como mano de obra a los campesinos deportados y se construyeron nuevas vías de comunicación. La producción soviética aumentó un 250% entre 1929 y 1933. Las colectivizaciones y la industrialización cambiaron de manera radical las estructuras sociales mediante la exclusión y desplazamiento de los campesinos, y el crecimiento espectacular de la clase obrera.
La dictadura personal establecida por Stalin se caracterizó por la represión y las purgas que se iniciaron en 1933. El Comité Central del Partido eliminó a todos los elementos contrarios al régimen. Aproximadamente un 10% de los obreros y un 10% de los campesinos miembros del Partido fueron depurados, así como numerosos dirigentes.
Stalin supo arbitrar las tensiones entre unos y otros e impuso sus decisiones mediante un constante intervencionismo.
A partir del año 1934 se puede apreciar un descenso momentáneo de la represión. Las causas hay que buscarlas en el cambio político europeo y la subida de Hitler al poder. Para Stalin era necesario reforzar la defensa del país y reconciliarse con sus adversarios. La mayoría de los dirigentes comunistas encarcelados fueron liberados.
Pero esa relativa liberalización fue muy breve. A finales de 1934 empezó uno de los períodos más represivos y dramáticos de la historia soviética, durante el que desaparecería toda la vieja guardia bolchevique. El balance de las purgas realizadas fue enorme. El 70% de los miembros de Partido fueron ejecutados y Stalin no dudó en eliminar incluso a sus más cercanos colaboradores. Pero las purgas también alcanzaron a toda la sociedad. Más de 15 millones de ciudadanos fueron enviados al Goulag desperdigado por 96 todo el territorio soviético. A la muerte de Stalin en 1953, había 8 millones de detenidos en el Goulag y muchos otros formaron parte de la mano de obra gratuita necesaria para la industrialización acelerada emprendida por Stalin. Entre 1937 y 1938 un millón de soviéticos fueron fusilados y dos millones murieron en prisión.
La Constitución de 1936 La Constitución de 1936 es un reflejo de la evolución ideológica de la Unión Soviética. Representa un Estado terminado, circunscrito en el espacio y en el tiempo. Está basada en el reconocimiento de dos principios: el de las nacionalidades en el interior y el del internacionalismo en el exterior. El primero implica la creación de Estados nacionales teóricamente soberanos; el segundo justifica la intervención en la política de los Estados a través de los Partidos comunistas, sujetos a la obediencia de Moscú y a las directrices de la Internacional. A cada una de las naciones soviéticas corresponde una organización nacional del Partido, exceptuando la República rusa que carece de un Partido propio puesto que se identifica con la organización del Partido de toda la Unión Soviética.
La Constitución reconoce las naciones, nacionalidades y los grupos étnicos.
Para que una nación se convierta en República federada tiene que cumplir una serie de requisitos: tener una frontera exterior a la Unión Soviética; estar constituida por un grupo nacional mayoritario en su territorio y contar con una población de más de un millón de habitantes. Las Repúblicas federadas son en teoría Estados soberanos, pero en la práctica sólo Ucrania y Bielorusia tienen derecho a mantener relaciones diplomáticas con otros países. Las restantes Repúblicas están representadas por la URSS. No existen ejércitos nacionales, pues tanto Stalin como sus sucesores eran conscientes de que una República dotada de un ejército nacional terminaría por independizarse.
Las Repúblicas autónomas están consideradas como estados administrativos y dependen de una República federada. Carecen de soberanía, pero los grupos nacionales tienen algunos derechos culturales. Las Regiones autónomas son simples unidades administrativas nacionales que permiten a un grupo étnico manifestarse a nivel cultural.
La Constitución de 1936 es un claro ejemplo de la dualidad existente en la URSS. Por un lado el pueblo soviético, por otro los diferentes grupos nacionales. Esta realidad quedaba reflejada en la división del Soviet Supremo en dos Cámaras: el Soviet de la Unión y el Soviet de las nacionalidades.
Por encima de las instituciones estaba el Partido comunista considerado como la vanguardia de toda la nación, y estructurado en forma piramidal. El órgano de dirección es el Secretariado general, dividido en diferentes áreas: industria, comercio, transportes... A cada una de estas divisiones corresponde una serie de funciones vinculadas a cargos permanentes: la Nomenclatura. El Comité Central decidía los nombramientos del Partido a nivel regional. La Oficina de organización regional incluía a todos los secretarios del Partido. Esta pirámide del poder del Partido dio lugar a una enorme burocracia, en donde cualquier instancia de poder era controlada por otra superior.
El Departamento de Seguridad del Estado, NKVD, más tarde KGB, un tipo de policía política encargada del control de los ciudadanos y del propio Partido, era el órgano superior de control de la administración del Estado.
97 El primer estalinismo de los años 30 estuvo marcado por los excesos, el desorden y el caos, y culminó en el Gran Terror de 1934. A este período sucedió hasta la muerte de Stalin en el año 1953, un segundo estalinismo nacionalista y conservador, caracterizado por las contradicciones entre un gobierno despótico y las necesidades de funcionamiento de la burocracia del Estado. La aplastante victoria soviética durante la II Guerra mundial, a pesar de los más de 26 millones de víctimas, consolidó y legitimó el régimen de Stalin, para quien la victoria justificó los sacrificios impuestos para industrializar el país y el período de terror. En 1945, la dictadura de Stalin gozaba de un amplio consenso en la sociedad.
Sin embargo, esa relativa liberalización se vio frenada en 1947 cuando se inició la guerra fría. Los dirigentes estalinistas emprendieron una política de enfrentamiento con las potencias occidentales y de afianzamiento de la ideología comunista en aquellos países de Europa bajo su esfera de influencia.
Entre 1945 y 1947, la represión interior de Rusia se transformó en una represión legal, mediante la creación de tribunales ordinarios para juzgar los comportamientos desviacionistas. Durante los últimos años de la dictadura en los que Stalin estuvo cada vez más aislado de la realidad, surgieron las rivalidades entre los dirigentes del Partido, entre los servicios de seguridad y la policía y entre los candidatos a sucederle. A su muerte, el 5 de marzo de 1953, el sistema cambió radicalmente, lo que algunos historiadores han considerado como el paso de un régimen totalitario a un régimen autoritario. Sus sucesores tuvieron que llenar el vacío político que dejó el hombre que encarnó el poder absoluto y luchar contra las consecuencias de la personalización del poder.
98 TEMA 12 EL REINADO DE ALFOSO XIII Durante el último cuarto del siglo XIX, el sistema de la Restauración consiguió que España viviera una época de estabilidad alejando el fantasma de la insurrección militar y superando las convulsiones del sexenio revolucionario. Sin embargo, ya en el siglo XX, a lo largo del reinado de Alfonso XIII, se produjo un creciente desajuste entre el bipartidismo del régimen y el pluripartidismo de la sociedad española. Cada vez fueron más y mayores las fuerzas políticas que el sistema canovista no era capaz de integrar, que permanecían al margen y que reclamaban una reforma o sustitución del sistema. A medida que nuevas fuerzas surgen y se expanden, el sistema de la Restauración se mostrará como una construcción artificial cada vez más alejada de la España real.
Causas de la crisis del sistema de la Restauración El Reinado de Alfonso XIII, inaugurado el 17 de mayo de 1902 al cumplir éste 16 años, coincide con la etapa de crisis del sistema político de la Restauración implantado en 1876. A comienzos de siglo, tras el desastre colonial del 98, se apoderó de gran parte de la clase política e intelectual un sentimiento “regeneracionista”, una aguda conciencia del generalizado descrédito del sistema de la Restauración y de la necesidad de introducir reformas para modernizar y legitimar las instituciones. Obras como Oligarquía y caciquismo como forma actual de gobierno en España, de Joaquín Costa, publicada en 1902, contribuyeron poderosamente a difundir la idea de un régimen desprestigiado.
Son muchas las causas de esta crisis. Por una parte, tras la desaparición de los dos grandes líderes de los partidos del turno, Cánovas (1897) y Sagasta (1903), se produjo una creciente fragmentación de ambos partidos en distintas fracciones rivales ante la ausencia de un liderazgo fuerte. El pacto entre las élites políticas se hizo más difícil que en la primera etapa del régimen. Los cambios de gobierno se sucedieron y la inestabilidad política fue en aumento.
En esta situación, el rey, que siempre había tenido grandes prerrogativas en el sistema de la Restauración, adquirió aún mayor protagonismo político frente al Parlamento hasta llegar a convertirse en el verdadero árbitro del sistema. Desde el principio Alfonso XIII mostró su decidida intención de intervenir activamente en la vida política.
Por lo demás, cada vez fue más intensa la lucha electoral y la movilización del electorado. Aunque el sistema electoral otorgaba un peso muy superior a la España rural, donde el control caciquil era mayor, en las ciudades se produjo un paulatino aumento del voto libre que normalmente se otorgó a nuevas fuerzas políticas contrarias al “turismo”.
Este comportamiento político nuevo corrió paralelo a un significativo desarrollo socioeconómico en España durante las dos primeras décadas del siglo XX, visible en distintos indicadores: crecimiento de la actividad industrial, expansión urbana, aumento de la clase media y de los trabajadores cualificados, extensión de la red de carreteras y del tráfico de mercancías y viajeros por ferrocarril...
99 Cataluña, paradigma de la crisis política Cataluña fue el ejemplo más claro de la crisis del sistema canovista. Fuerzas políticas nuevas llegaron a la escena política; por una parte, la Lliga Regionalista, que representaba al catalanismo –el primero y el más importante de los nacionalismos periféricos que hizo acto de presencia en la vida política española- cuyo soporte social era la burguesía empresarial y, por otra, el republicanismo de Alejandro Lerroux, que tuvo a principios de siglo un enorme éxito entre las clases obreras y populares, si bien su carácter decididamente anticatalanista acabó marginándole. El catalanismo, en cambio, se convirtió en una fuerza arrolladora, sobre todo tras el incidente de Cu-Cut!, un semanario satírico catalanista que publicó, en noviembre de 1905, una caricatura considerada como grave ofensa por los militares, que asaltaron la redacción de este periódico y de La Veu de Catalunya, causando importantes destrozos. El gobierno sucumbió a las exigencias del ejército, que pedía castigo para quienes atentasen contra su honor o la unidad de la patria y aprobó la Ley de Jurisdicciones según la cual las ofensas contra las Fuerzas Armadas cometidas por medio de la imprenta serían juzgadas por la jurisdicción militar.
El incidente del Cu-Cut! Tuvo una gran trascendencia, no sólo por ser una clara señal de la renovada intromisión del ejército en la política española y del sometimiento del poder civil al militar, sino porque fue el detonante de la extensión del catalanismo a toda Cataluña, donde se consideró lo ocurrido como una agresión a la libertad de expresión y una agravio a los sentimientos regionalistas. Se creó Solidaridad Catalana, un movimiento que integraba múltiples partidos y que obtuvo un aplastante triunfo en las elecciones de 1907.
Pero no sólo en Cataluña se hundió el sistema de turno a principios de siglo.
En Valencia triunfó el republicanismo de Vicente Blasco Ibáñez y en otras grandes ciudades, como Madrid, cada vez tuvieron más peso nuevas fuerzas opuestas al sistema de turno.
El gobierno de Maura y la Semana Trágica Durante un tiempo, Antonio Maura, político brillante y gran orador, logró aglutinar en torno a sí al partido Conservador con un programa regeneracionista, modernizador y anticaciquil: la llamada “revolución desde arriba”. Maura estaba convencido de que se introducían reformas que dotasen de autenticidad al sistema, las masas neutras, la “sana mayoría silenciosa” de la sociedad, se integraría en él neutralizando así las tendencias extremas y en concreto la amenaza revolucionaria “desde abajo”.
Durante el “gobierno largo” de Maura, entre 1907 y 1909, un periodo de casi tres años excepcionalmente largo en el reinado de Alfonso XIII, se intentó aplicar un amplio programa de reformas, como la nueva Ley electoral de 1907, aunque ésta no tuvo el efecto saneador deseado. Por su parte, el proyecto de reforma de la Administración Local en un sentido descentralizador no llegó a aprobarse. Su programa anticaciquil suscitó recelo, cuando no rechazo, en muchos ámbitos. En cualquier caso, y a pesar de las dificultades para lograr los objetivos que se había propuesto, parecía que Maura estaba consiguiendo la estabilización de la monarquía; su caída, a raíz de los sucesos de la 100 Semana Trágica de Barcelona –uno de los momentos de mayor crispación social y política del reinado de Alfonso XIII- fue totalmente inesperada.
Lo que ocurrió en Barcelona en julio de 1909 fue una auténtica sublevación urbana de tinte anticolonial y anticlerical, con numerosas quemas de iglesias y conventos.
El chispazo de ese estallido popular de violencia fue el reclutamiento de reservistas en Cataluña para ir a Marruecos –donde España había conseguido una zona de influencia en virtud de diversos tratados internacionales- al objeto de defender unas minas próximas a Melilla de los ataques de las cabilas marroquíes. El gobierno sofocó con dureza la insurrección y dictó cinco condenas de muerte. Una de ellas, la del pedagogo anarquista Francisco Ferrer Guardia, cuyo proceso careció de las más mínimas garantías legales, desató una inmensa campaña internacional de protesta. Los liberales, que consideraban que los conservadores llevaban ya demasiado tiempo en el poder, aprovecharon la coyuntura para aliarse con los republicanos y, al grito de “¡Maura no!”, consiguieron que el rey retirase su confianza a Maura, el cual, por su parte, se consideró traicionado al haberse roto el tradicional turno pacífico entre los partidos dinásticos, base del sistema.
Los liberales: el gobierno de Canalejas En las filas liberales hubo desde comienzos de siglo una gran división interna, con Fracciones lideradas por Moret y Montero Ríos. La etapa más prolongada y fecunda de gobierno liberal la protagonizó, entre 1910 y 1912, José Canalejas, con un amplio programa de reformas fiscales, sociales, laborales (reducción de la jornada de trabajo a nueve horas) y otras de carácter democratizador. Una de ellas, la nueva Ley de Reclutamiento, estableció la obligación del servicio militar, si bien este democrático principio quedó limitado por la figura del llamado “soldado de cuota” que, tras el pago de una cantidad, se licenciaba al cabo de un período de instrucción y se libraba de soportar las duras condiciones de vida en los cuarteles, que siguieron reservadas a las clases bajas. Aún así, el de “cuota” no dejaba de ser “soldado”, es decir, podía ser llamado a filas en caso de guerra como, de hecho, ocurría con ocasión del conflicto hispano-rifeño, lo que marcaba una diferencia fundamental con respecto al mucho más injusto sistema anterior de “redención en metálico”, que excluía totalmente a las clases privilegiadas del servicio militar y de la movilización en caso de guerra.
Canalejas también cumplió una de las viejas promesas del liberalismo progresista al suprimir el odiado Impuesto de consumos que gravaba muchos artículos de primera necesidad. La ley más polémica de cuantas se aprobaron en su gobierno fue la llamada “Ley del candado” que frenaba la expansión de las órdenes religiosas, que habían proliferado enormemente, lo que desató masivas protestas de católicos y estuvo a punto de suponer la ruptura de España con la Santa Sede. Canalejas, aunque tildado de anticlerical, era en realidad un fervoroso creyente (tenía capilla en su casa particular) si bien partidario de una política secularizadora y de fortalecimiento del poder estatal frente a la Iglesia. Su asesinato por un anarquista el 12 de noviembre de 1912 puso fin al último intento de renovación del sistema “desde dentro”.
Nuevas fuerzas complican el panorama político 101 A partir de 1913, el panorama político se complicó. Los dos partidos dinásticos acabaron de descomponerse escindiéndose en grupos parlamentarios autónomos que competían entre sí. Entre los liberales, destacaron los grupos liderados por Romanones, García Prieto o Santiago Alba. Entre los conservadores, frente a los “datistas” o “idóneos” (partidarios de Eduardo Dato) se situaron los “mauristas” que se presentaron como la nueva derecha y entre los que también se conformaron grupos distintos, como las Juventudes Mauristas que evolucionaron hacia posiciones de extrema derecha. Más a la derecha aún, puesto que no aceptaban el liberalismo ni la monarquía constitucional, estaban los carlistas o tradicionalistas, con cierto peso en Navarra, País Vasco y Cataluña.
Otras nuevas fuerzas que a partir de la segunda década del siglo dejaron sentir cada vez más su influencia en la política nacional fueron las regionalistas o nacionalistas.
Además del catalanismo, representado sobre todo por la Liga de Prat de la Riba y Fracesc Cambó, convertida en la principal fuerza política de Cataluña, que logró que el gobierno aprobase en 1914 la constitución de la Mancomunitat de Catalunya, fue ganando terreno el nacionalismo vasco representado por el Partido Nacionalista Vasco fundado por Sabino Arana, don dos vertientes, una radical independentista, y otra moderada y posibilista que aceptaba la participación en la política parlamentaria para conseguir un estatus autonómico.
Mención aparte merecen los partidos obreros representados por el socialismo y el anarquismo, y, en cierta medida, también por el republicanismo, si bien los primeros tachaban a éstos de “burgueses”. La implantación y militancia socialistas fue importante en Vizcaya y Asturias, pero a escala nacional fue siempre débil. La decisión del PSOE, a raíz de la Semana Trágica, de asociarse con los partidos republicanos para constituir, en 1910, una gran fuerza progresista, la Conjunción Republicano-Socialista, dio sus frutos y llevó por primera vez a un líder socialista, Pablo Iglesias, al Parlamento.
Pero en España el movimiento obrero, en contraste con la pauta general europea, se caracterizó por la debilidad del socialismo frente a la sólida implantación del anarquismo, sobre todo en Cataluña y en el campo andaluz. Los actos individuales de terrorismo anarquista –como los atentados contra el rey en París en 1905 y en Madrid, el día de su boda, en 1906- sirvieron a la élite dirigente para criminalizar a todo el movimiento. En 1907 se constituyó en Cataluña Solidaridad Obrera, que pronto quedó en manos de los anarcosindicalistas los cuales, en 1910, fundaron la Confederación Nacional del Trabajo, CNT, que sería desde entonces el principal sindicato rival de la UGT socialista.
El impacto de la Primera Guerra Mundial A pesar de que el gobierno español adoptó ante el conflicto mundial una posición neutral, la opinión pública se dividió en dos bando irreconciliables, aliadófilos y germanófilos. Las derechas, el ejército, la Iglesia y la nobleza, estuvieron en general a favor de las potencias centrales, mientras que las izquierdas fueron básicamente favorables a Francia e Inglaterra, que representaban el ideal democrático.
España aprovechó su neutralidad para abastecer a las potencias beligerantes lo que produjo una rápida y espectacular expansión comercial e industrial, sobre todo en las regiones del norte –Cataluña, Asturias y País Vasco- y generó inmensos beneficios para la élite financiera y empresarial. La guerra cambió enormemente el panorama económico y social del país. Frente a la ostentación de los “nuevos ricos”, la mayoría de la 102 población, y sobre todo la masa obrera, vio descender drásticamente su nivel de vida debido a la escalada vertiginosa de los precios y a una importante crisis de subsistencias (de productos básicos como el pan). Aunque no se redujo la producción de materias alimenticias, el conflicto mundial produjo en España un súbito encarecimiento de las subsistencias motivado en parte porque los productos españoles se vendían en los mercados extranjeros, donde era posible conseguir unos beneficios más elevados. Todo ello agravó la llamada “cuestión social”, esto es, la agitación y protesta obreras, con un incremento notable de las huelgas y un gran crecimiento de las organizaciones proletarias.
En 1916, los dos sindicatos obreros, UGT y CNT, se unieron por primera vez y, en marzo de 1917, en un manifiesto conjunto, emplazaron al gobierno para que remediase el problema de las subsistencias con la amenaza de convocar una huelga general.
La crisis de 1917 Por su parte, los militares, sobre todo los mandos medios e inferiores, que vieron también muy deteriorada su capacidad adquisitiva como consecuencia de la inflación, crearon una Juntas de Defensa, de clara orientación sindical y dirigidas por coroneles que protestaban contra los ascensos por méritos de guerra y por la situación económica del ejército, desafiando al gobierno al negarse a acatar la orden de disolverse.
Al desafío obrero y militar vino a sumarse el de la Liga Regionalista de Cambó que, ante la situación de crisis generalizada, creyó llegado el momento de emprender un cambio político en sentido federal y, ante la negativa del gobierno a abrir las Cortes, convocó en Barcelona una Asamblea de Parlamentarios para exigir una reforma de la Constitución que limitase las prerrogativas del rey, democratizase el Senado y descentralizase el Estado. Cambó invitó a participar en la Asamblea a los líderes de los partidos dinásticos, ninguno de los cuales aceptó al considerar abiertamente inconstitucional la iniciativa.
El desafío simultáneo en tres frentes –movimiento obrero, Juntas de Defensa y Asamblea de Parlamentarios- que, además, parecían poder llegar a entenderse, supuso una grave amenaza para la estabilidad y supervivencia de la monarquía. El presidente del Consejo, Eduardo Dato, actuó con gran sagacidad sembrando la división entre las diversas fuerzas antigubernamentales. Cedió ante las Juntas militares y satisfizo sus más apremiantes demandas. Cuando estalló la huelga general en el mes de agosto, los obreros vitorearon a los soldados, pero no encontraron ninguna reciprocidad. Por el contrario, las tropas cumplieron las órdenes del gobierno de reprimir con dureza la huelga.
Lo cierto es que la huelga resultó un fracaso ya que, no sólo la siguieron únicamente los socialistas, sino que ni siquiera se sumaron todos ellos. Por su parte, Cambó, temeroso de un desbordamiento izquierdista, dio marcha atrás en su iniciativa de cambio demostrando que su prioridad era la defensa de los sectores capitalistas burgueses y de orden a los que representaba. Llamado por el rey, el líder de la Lliga aceptó formar parte de la élite gobernante incorporándose a un gobierno multipartidista den el que se ofrecieron a los catalanistas dos carteras.
Nuevos factores de crisis. El problema de Marruecos y del desastre de Annual 103 Para entonces estaba claro que el viejo sistema oligárquico canovista no respondía ya a la realidad ni a las necesidades del país. Entre 1917 y 1923 se sucedieron innumerables gobiernos, muchos de ellos “de concentración” o coalición, que sucumbían al cabo de poco tiempo, a veces ni siquiera un mes, incapaces de renovar el sistema político o dar estabilidad al régimen. Todas las fuerzas políticas, y no sólo las dinásticas, sufrieron escisiones y fuertes rivalidades internas que las debilitaron. Los problemas se acumulaban. Uno de ellos era la efervescencia de los regionalismos y, en concreto, de la “cuestión catalana”, es decir, la necesidad de abordar el tema de la autonomía para Cataluña. Otro, no menos importante, era la creciente conflictividad obrera, con huelgas como la de “la Canadiense” –la compañía que suministraba electricidad a Barcelona- de 1919, la más importante de la historia sindical española por su duración, nada menos que cuarenta y cuatro días.
El éxito de la revolución rusa aumentó en la clase obrera española la expectativa de una pronta revolución, lo que, junto con la gran recesión económica de la posguerra mundial, contribuyó a radicalizar las posturas del proletariado. La represión huelguística no aminoró los conflictos sociales sino que, por el contrario, dio alas a los sectores extremistas en un clima de creciente crispación social. Si la patronal optó por una línea dura de despidos y cierre de fábricas (“lock-out”), en la CNT, que multiplicó en esos años su número de afiliados, se impuso la respuesta violenta. Hubo entre 1919 y 1921 tres años de agitación social y laboral ininterrumpida en Andalucía conocidos como el “trienio bolchevique”. Barcelona tuvo en esos mismos años el índice de huelgas más alto de toda Europa occidental. En muchos casos, la lucha sindical acabó desembocando en simple terrorismo, dando lugar a una situación explosiva. En las calles se libró una sangrienta lucha de pistoleros de izquierdas (los Sindicatos Únicos de la CNT) y de derechas (los llamados Sindicatos Libres) que llegó a su apogeo en 1921. Los atentados se hicieron habituales y costaron la vida a personajes tan significativos como el jefe del gobierno, Eduardo Dato, en 1921; Salvador Seguí, principal dirigente del anarcosindicalismo moderado, o el arzobispo de Zaragoza, cardenal Soldevilla, en 1923.
La represión estatal alcanzó su cenit con el nombramiento del general Severiano Martínez Anido que, como gobernador civil de Barcelona, impuso una política de terrorismo policial que incluía la aplicación de la “ley de fugas”, es decir, el asesinato de los sindicalistas detenidos con la excusa de que trataban de escapar. Por si todo esto fuera poco, a los problemas nacionalista y obrero, se sumó un nuevo y angustioso conflicto: el de Marruecos.
La colonización de Marruecos se convirtió para España en una agobiante carga con unos costes en vidas humanas y dinero muy superiores a los beneficios económicos. La zona española –confirmada por el tratado hispano-francés de 1912 que estableció el protectorado de ambas potencias sobre Marruecos- era territorio pobre y montañoso habitado por tribus indómitas, que contrastaba vivamente con las fértiles llanuras y los mucho más pacíficos habitantes de la zona francesa. Tras la guerra mundial, Francia reanudó con ímpetu su política colonial marroquí y España, temerosa de quedar relegada, procedió también a la ocupación de su zona. En el sector oriental, el orgulloso e impaciente general Fernández Silvestre se lanzó a una precipitada conquista del Rif estableciendo a lo largo de un amplísimo frente múltiples posiciones o “blocaos” indefendibles en caso de ataque.
Y el ataque se produjo en cabilas rifeñas unidas bajo el liderazgo murió (su cuerpo nunca se recuperó) produjo un elevadísimo número de julio de 1921 en una rebelión generalizada de las de Abd el-Krim. Annual, donde el general Silvestre fue sólo un destacado episodio del desastre, que bajas (unas 10.000) y evidenció la ineficacia, 104 desorganización y corrupción del ejército español. Desde entonces, la cuestión de Marruecos se convirtió en una pesadilla que envenenó la vida nacional y acabó siendo una de las principales causas de la destrucción del régimen parlamentario liberal. Los debates sobre las responsabilidades del desastre y sobre las conclusiones del expediente Picasso (así se llamaba el general nombrado para investigar las causas de lo sucedido) situaron al ejército, hipersensible a las críticas de que era objeto, en una oposición de abierta hostilidad al sistema. La impopularidad de la guerra enfrentó también a las clases populares contra el sistema político.
El último gobierno constitucional, constituido en diciembre de 1922, un gobierno de concentración liberal, trató de introducir reformas democratizadoras e intentó en Marruecos una “política civilista” que se plasmó en el nombramiento del primer alto comisario civil de la historia del protectorado. Además, culminó la operación de rescate, en pésimo estado, de los prisioneros de Annual en poder de Abd el-Krim que aún seguían con vida, previo pago de más de cuatro millones de pesetas. El ejército consideró esta política una afrenta a su honor. También la Iglesia y los sectores clericales se opusieron a la política religiosa del gobierno tendente a la libertad de cultos. La presión de instituciones tan influyentes en la vida pública como el ejército o la Iglesia era demasiado fuerte y el gobierno demasiado débil para acometer la imprescindible tarea de transformar el sistema.
Son muchos los historiadores que creen que este gobierno, como los anteriores, hubiera sido incapaz de introducir las necesarias reformas para modernizar el país. Otros, sin embargo, procedentes sobre todo del mundo anglosajón, sostienen que las cosas habían empezado a cambiar con aquel último gobierno de la monarquía constitucional de tal modo que el golpe de Primo de Rivera, en septiembre de 1923, no vino a “rematar a un cuerpo enfermo”, como aseguró el dictador, sino a “estrangular a un recién nacido”, según la conocida frase del historiador británico Raymond Carr.
105 TEMA 13 LA DICTADURA DE PRIMO DE RIVERA La Dictadura, concebida al principio como un paréntesis regeneracionista para sanear el sistema político de la Restauración y solucionar los graves problemas nacionales, acabó siendo un periodo de seis años en el que cambiaron muchas cosas de tal modo que, cuando el dictador cayó, resultó imposible ya volver a la normalidad constitucional anterior al golpe de Estado. La clase política de la Dictadura terminó rechazando el sistema liberal-parlamentario pero no fue capaz de articular uno nuevo para reemplazarlo. No obstante, las ideas y teorías socio-políticas que se discutieron en esos años iban a influir decisivamente en la configuración de las derechas españolas de las siguientes décadas, en la Segunda República y el franquismo.
El golpe de Estado El golpe de Estado de Miguel Primo de Rivera, gobernador militar de Cataluña, del 13 de septiembre de 1923, no era desde luego inevitable pero no cabe duda de que las circunstancias de aguda crisis nacional favorecerían la opción de la dictadura militar que acabó imponiéndose.
El clima favorable a una intervención militar en la vida política era claramente perceptible en 1923. El ejército no ocultaba su convencimiento de que sólo él tenía la solución a los males del país; la extrema derecha antiparlamentaria, por su parte, reclamaba abiertamente una solución autoritaria como única salida a la crisis social y política. La toma del poder de Mussolini en Italia, en octubre de 1922, servía de ejemplo y estímulo para quienes abogaban por esa solución dictatorial. El propio rey Alfonso XIII, que había perdido por completo su confianza en el sistema constitucional de la Restauración, era favorable al golpe, independientemente del hecho de que estuviera o no informado de los preparativos del mismo, algo que los historiadores aún hoy discuten.
En realidad, el golpe hubiera podido ocurrir antes de septiembre de 1923 si no llega a ser por la desunión de la familia militar. Entre otros, el ya viejo enfrentamiento entre “junteros” o militares peninsulares, partidarios del ascenso por rigurosa antigüedad (la “escala cerrada”) y los “africanistas” que ambicionaban conseguir rápidos ascensos por méritos de guerra y acusaban a los peninsulares de burócratas.
Hacía tiempo que un grupo de militares, los llamados generales del “Cuadrilátero” (Cavalcanti, Berenguer, Saro y Dabán), conspiraban de una manera muy poco discreta en Madrid, pero el golpe sólo tomó cuerpo cuando, en Barcelona, el general Miguel Primo de Rivera tomó la decisión de acaudillarlo. Las apelaciones a una solución autoritaria eran frecuentes entre sectores muy diversos.
El golpe militar se llevó a cabo con suma facilidad y sin derramamiento de sangre. Ni el gobierno ni la población opusieron resistencia. Hubo una significativa ausencia de protestas, tanto por parte de los socialistas como de los republicanos; tan sólo la CNT anarquista y el exiguo Partido Comunista (PCE) hicieron llamamientos para resistir, 106 pero no encontraron ningún eco popular. En un primer momento el pronunciamiento de Primo de Rivera fue bien acogido de forma general entre la opinión pública. El régimen estaba tan desgastado que cualquier cambio con promesas de saneamiento político era visto con esperanza. El Manifiesto de Primo de Rivera al país era lo suficientemente vago e impreciso como para atraer a amplios sectores sociales. Muy en sintonía con el anhelo de regeneración nacional compartido por la mayoría de la sociedad española, Primo de Rivera se presentaba como el “cirujano de hierro” que el país necesitaba.
El directorio militar En un principio, la Dictadura se planteó como un paréntesis, una situación temporal que no buscaba recambio al sistema liberal parlamentario que tan sólo pretendía superar la crisis en la que estaba sumido. Se suponía que, una vez que el “cirujano de hierro” hubiese extirpado los cánceres del país –caciquismo, terrorismo, desorden público, guerra de Marruecos, nacionalismos...- los militares, recuperado el enfermo, se retirarían para volver a la normalidad constitucional. De hecho, la Constitución de 1876 no fue abolida.
En la primera etapa de su gobierno formó un Directorio militar integrado por ocho generales y un almirante que no habían participado en la conspiración ni tenían experiencia política previa. Procedentes de las diversas regiones militares del país, su nombramiento obedecía al deseo de Primo de Rivera de aglutinar en torno a sí al ejército y restablecer la unidad de la familia militar.
En cualquier caso, el protagonista absoluto de la política española como presidente del Directorio era Miguel Primo de Rivera. General jerezano, alegre, simpático, expansivo, intuitivo, su formación política no iba más allá de la aprendida en las tertulias de café. Imbuido de un regeneracionismo ingenuo, optimista y superficial, dedicó los primeros seis meses en el poder a desmontar la maquinaria política del régimen de la Restauración creyendo que “la España real” afloraría una vez liberada de los vicios de la “vieja política”. Se disolvieron todos los ayuntamientos y diputaciones provinciales y se detuvo y persiguió a los antiguos funcionarios de la administración local y provincial acusados de corrupción, lo que dio lugar a más de un suicidio. Se creó la nueva figura de los delegados gubernativos, enviados por el poder central a los pueblos para inspeccionar la gestión municipal. Pero esta labor de “descuaje” del caciquismo no duró mucho tiempo y fue poco efectiva. Los viejos caciques, con sus respectivas redes clientelares, siguieron por lo general controlando la vida local y municipal, poniéndose ahora al servicio del nuevo régimen. El Estatuto Municipal de 1924 no se aplicó de modo que no puede decirse que la Dictadura tuviera éxito en la tarea de acabar con el caciquismo.
En cambio, el grave problema de orden público halló solución con sorprendente rapidez. El número de atentados disminuyó drásticamente, en parte debido a las contundentes medidas represivas de los generales Martínez Anido y Arlegui, nombrados ministro de Gobernación y director general de Seguridad respectivamente, pero también, en gran medida, a que la CNT, sumida en una profunda crisis tras años de duras querellas internas, fue disuelta y no consiguió rehacerse en la clandestinidad.
El Somatén, una milicia ciudadana que había existido tradicionalmente en Cataluña para ayudar a las fuerzas del orden en situaciones de especial conflictividad, se extendió a toda España, pero nunca pasó de ser una organización anémica.
107 Por lo que respecta al problema de los nacionalismos periféricos, Primo de Rivera adoptó una política represiva en consonancia con el principio de unidad de la patria tan característico de la ideología militar. El Estatuto Provincial promulgado en 1925, aunque al igual que el Estatuto Municipal, no llegó en realidad a aplicarse, era producto de una visión totalmente defensiva respecto a los movimientos nacionalistas. Pocos días después, del golpe quedó prohibido el uso del catalán en actos públicos, restringido únicamente al ámbito de “la intimidad del hogar”, y se prohibió asimismo otra bandera distinta de la nacional. Ni centros de encuentro, ni reuniones, ni manifestaciones culturales, ni siquiera instituciones folclóricas como los orfeones, fueron permitidos. El catalanismo conservador, que había recibido muy favorablemente al nuevo gobernante, sufrió una profunda decepción y adoptó una actitud de creciente oposición, aunque pacífica, al régimen. Por su parte, el catalanismo radical optó por la vía de la insurrección separatista.
La resolución del conflicto marroquí Primo de Rivera había llegado al poder con la promesa de una pronta resolución de la guerra de Marruecos. Desde hacía años había expresado públicamente sus convicciones abandonistas, las cuales no eran en absoluto compartidas por el grueso del ejército. Cuando en el otoño de 1924 llevó a cabo una operación de abandono de posiciones y repliegue hacia la costa, pareció que era la primera fase de un plan de retirada total. El líder rifeño Abd el-Krim, que había proclamado la República del Rif, consideró ese repliegue como muestra de la debilidad española y consiguió por entonces llegar al cénit de su poder.
Ante la creciente acometividad de las cabilas rifeñas, Primo de Rivera concibió entonces la idea de infligir un duro golpe al prestigio de Abd el-Krim realizando la tantas veces proyectada operación de desembarco en la bahía de Alhucemas, en el corazón del Rif. No obstante, al mismo tiempo, intentó otras posibles vías de solución de la “cuestión marroquí”, entre las cuales estaba la negociación de unas condiciones de paz con el caudillo rifeño. Le ofreció una amplia autonomía y la promesa de importantes subvenciones españolas, pero Abd el-Krim no estaba dispuesto a aceptar otra condición que no fuese la absoluta independencia del Rif.
Afortunadamente para los españoles, se produjo entonces un hecho novedoso que intervino de forma decisiva en la resolución del conflicto: Abd el-Krim, sintiéndose eufórico, decidió atacar también a los franceses, en la primavera de 1925, y Francia, por vez primera desde la constitución del protectorado, ofreció a España aunar esfuerzos para conseguir la pacificación de Marruecos. Los frutos de la colaboración no se hicieron esperar. El desembarco en Alhucemas, con apoyo francés, se llevó a cabo con éxito en septiembre de 1925. La campaña militar conjunta hispano-francesa de 1926 consiguió el objetivo de derrotar a Abd el-Krim, que fue enviado al destierro. La guerra había acabado, lo que constituyó el triunfo más resonante de la Dictadura y del propio Primo de Rivera, que había asumido en todo momento la dirección de las operaciones.
El intento de institucionalización del régimen dictatorial A finales de 1925, tras el éxito del desembarco en Alhucemas, encauzado ya el conflicto marroquí, resueltos otros graves problemas –fundamentalmente el de orden 108 público- Primo de Rivera creyó llegado el momento de institucionalizar su régimen. Esta segunda etapa de la Dictadura se inauguró con la sustitución del Directorio militar por un Directorio civil, en diciembre de 1925, integrado por hombres de su total confianza como el general Severiano Martínez Anido (ministro de Gobernación), José Calvo Sotelo (Hacienda), José Yanguas Messía (Estado), Eduardo Aunós (Trabajo) o el Conde de Guadalhorce (Fomento).
Dispuesto a convertir un régimen provisional en un régimen permanente, el dictador quiso relanzar el partido de la Unión Patriótica, creado en 1924, para hacer de él un partido de masas que pudiera ser la cantera de los futuros nuevos políticos del régimen.
Pero este partido oficial, total mente gubernamental, no fue nunca una organización potente sino, por el contrario, endeble y artificial. El otro pilar para consolidar el régimen fue la Asamblea Nacional Consultiva que, dado el poco entusiasmo que su creación suscitó, no consiguió reunirse hasta finales de 1927. La Asamblea, elegida por primera vez en la historia del constitucionalismo español según un sistema corporativo – en boga en otros regímenes autoritarios de Europa donde se había generalizado la crisis del sistema parlamentario liberal- tuvo como principal objetivo elaborar un proyecto constitucional una vez que estuvo claro que no se volvería a la Constitución de 1876.
El intento de dotar de permanencia al régimen tuvo también su proyección en la política exterior. Confiando en su capacidad para elevar el prestigio internacional de España, Primo de Rivera decidió exigir la incorporación de la ciudad internacional de Tánger al protectorado español y la obtención de un puesto permanente en el consejo de la Sociedad de Naciones. Pero aquella política desafiante duró poco. Ante la negativa de las potencias hegemónicas de la Europa de la época, Francia y Gran Bretaña, a atender sus demandas, tuvo que cumplir su amenaza de retirarse de la Sociedad de Naciones en 1926, pero dos años después acabó regresando al organismo de Ginebra y tuvo que conformarse con una modesta mejora de la posición española en Tánger, que continuó siendo una ciudad internacional.
La política económica y social de la Dictadura Los años de la Dictadura fueron una época en que todas las economías occidentales vivieron una coyuntura alcista, de prosperidad y crecimiento. La Dictadura fomentó las obras públicas, con gigantescos planes de construcción de carreteras, vías férreas, pantanos, canales, puertos, etc. Al final del régimen circulaban por las carreteras españolas –10.000 km de las cuales eran nuevos- cuatro veces más vehículos que en 1923.
Se impuso una política de nacionalismo económico a ultranza, de absoluto intervencionismo y dirigismo estatal, con la idea de impulsar y proteger la producción nacional, que se tradujo en la concesión de subsidios a las grandes empresas, incentivos a la exportación, fuerte proteccionismo arancelario y nacionalización de industrias (como la del petróleo, con la creación de CAMPSA).
Para dotar de mayor legitimidad al régimen y lograr una armonía entre los diferentes sectores productivos que garantizara el éxito de los planes de desarrollo, el dictador buscó un entendimiento con los socialistas los cuales, por su parte, optaron por ser pragmáticos y aceptaron colaborar con la Dictadura. Accedieron a participar en organismos oficiales como el Consejo de Trabajo o el Consejo de Estado y colaboraron estrechamente en la organización corporativa, inspirada en el modelo fascista italiano, 109 cuyo pilar básico fueron los “comités paritarios” o comités mixtos de obreros y patronos que funcionaron como un eficaz método para encauzar las relaciones de trabajo por la vía pacífica y de la negociación.
La Dictadura emprendió otras muchas medidas de política social, aumentando los gastos en educación, servicios sanitarios, viviendas baratas para los obreros, protección de la emigración, etc. Fue, en definitiva, un periodo de relativa paz social.
Conspiraciones contra la Dictadura y pérdida de apoyos Al principio, la actividad conspirativa contra la Dictadura se limitó a los anarquistas y catalanistas radicales, los grupos más duramente reprimidos, pero estas tentativas de insurrección, siempre fallidas, no parecieron preocupar en exceso al dictador.
Más serias y coordinadas resultaron las iniciativas insurreccionales protagonizadas por algunos viejos políticos dinásticos con el apoyo de prestigiosos jefes militares. Hubo una intentona conocida como la “Sanjuanada” por haber tenido lugar en la noche de San Juan, el 24 de junio de 1926, encabezada por Melquíades Álvarez y el conde de Romanones, presidentes de las Cámaras –Congreso y Senado- clausuradas, que lograron atraerse a los generales Aguelera y Weyler y a la que se sumaron también republicanos y cenetistas. Aunque no pasó de ser un conato, sin embargo fue la primera manifestación concreta de una protesta que ya reunía a importantes sectores del país, militares y políticos.
Muchos líderes de los viejos partidos adoptaron una postura de oposición frontal a la Dictadura, máxime cuando quedó claro, con el proceso constituyente abierto en 1927, que se iba a una ruptura definitiva con la tradición liberal. Algunos de ellos, sintiéndose traicionados por el rey, que había decidido apoyar de forma decidida al dictador, evolucionaron hacia posiciones antimonárquicas y republicanas. El líder conservador Sánchez Guerra organizó desde su exilio voluntario en París a las fuerzas defensoras del régimen parlamentario y abiertamente antiprimorriveristas, pero el levantamiento de Sánchez Guerra en Valencia se saldó con el mismo fracaso que las tentativas anteriores.
En 1926 el dictador parecía estar en la cumbre de su apogeo, pero fue a partir de entonces cuando comenzó a perder paulatinamente apoyos, en gran parte por sus propias vacilaciones y errores. Uno de esos errores fue la forma en que acometió la imprescindible reforma del ejército, haciendo una reorganización superficial y parcial que no iba al núcleo del problema –el gigantesco excedente de oficiales- y que, en cambio- le granjeó la enemistad de algunos cuerpos como el de Artillería.
Los socialistas asimismo se distanciaron negándose a incorporarse a la Asamblea Nacional lo que supuso un duro golpe para Primo de Rivera, que se vio privado de una importante credencial de legitimidad.
Otro sector de la sociedad española que iba a enfrentarse con el régimen dictatorial fue el intelectual que, sin duda, tenía una gran influencia sobre la opinión pública. Con el paso del tiempo las tensiones se fueron agudizando y la oposición de intelectuales y estudiantes también fue en aumento. Primo de Rivera, cuya ignorancia del mundo universitario le llevó a actuar de forma poco hábil, expulsó de la Universidad al estudiante de Agrónomos Antonio Sbert, destacado representante de la oposición 110 estudiantil, lo que provocó un amplio movimiento de protesta y solidaridad con el expulsado. Los graves incidentes estudiantiles de 1928 provocaron el cierre de las universidades de Madrid y Barcelona. Un grupo de catedráticos de gran talla abandonaron la docencia a causa de la agresión dictatorial contra la clase intelectual.
A partir de mediados de 1928, y de forma acelerada a lo largo de 1929, la mayoría de los sectores sociales que al comienzo del régimen le dieron su apoyo se volvieron contra él al no haber visto satisfechas sus expectativas. La crisis de la Dictadura pareció entonces evidente. No obstante, la razón fundamental de su fracaso fue la incapacidad para articular un proyecto de recambio del régimen de la Restauración. Se había destruido el viejo sistema político pero no se había conseguido construir uno nuevo.
El proyecto político alternativo al parlamentarismo liberal fue siempre difuso, lleno de vaguedades e indefiniciones lo que, en última instancia, colocó a la Dictadura en un callejón sin salida. La Asamblea elaboró, por fin, en 1929, un anteproyecto constitucional para la creación de un nuevo régimen de corte autoritario, corporativo y antidemocrático pero no llegó a aprobarse porque no convencía a casi nadie, empezando por el propio dictador.
Al fracaso político se sumó la crisis económica. El crecimiento de la economía había sido uno de los principales factores de legitimidad de la Dictadura pero 1929 fue un año de malas cosechas, deterioro de la balanza comercial y depreciación de la peseta, síntomas que anunciaban el final de la ola de prosperidad que había vivido el mundo occidental en los años veinte y el comienzo de la depresión.
Las exposiciones internacionales de Barcelona y Sevilla de 1929, que debían servir de escaparate del régimen, no lograron ocultar, a pesar de su brillantez, los graves problemas políticos y económicos, con una multiplicación de los movimientos de oposición: huelgas, manifestaciones de estudiantes y profesores, recrudecimiento del conflicto artillero...
La caída del dictador En una situación de aislamiento cada vez mayor, el dictador reaccionó intensificando las medidas represivas. Pero, aunque arbitrario, Primo de Rivera nunca fue cruel con sus adversarios. Muy al contrario, la ausencia de violencia y el carácter benévolo del régimen fue uno de los rasgos que más claramente lo separaban del fascismo. La Dictadura primorriverista, como otras dictaduras que en los años veinte se instalaron en muchos países del Este europeo, fue un régimen autoritario pero no fascista. Primo de Rivera imprimió al régimen su mentalidad paternalista, y su temperamento impulsivo y ciclotímico, con alternancia de momentos de indignación –en los que podía ser expeditivo e imprudente- y momentos de contemporización y moderación.
A finales de 1929 no sólo había sido abandonado por casi todos sino que se sentía cansado y enfermo. Su quebrantada salud, unida a la marea opositora y al “impasse” institucional, le decidieron a hacer algo muy inusual en un dictador: a finales de enero de 1930 presentó su dimisión, poniendo fin a su régimen de forma pacífica, sin que se produjera al más mínimo derramamiento de sangre. Pocos meses después, quien fuera el protagonista absoluto de aquel sexenio falleció en París, en el exilio.
111 El hundimiento de la monarquía: 1930-1931 Al asociarse y apoyar de forma decidida a la Dictadura, la suerte del monarca quedó unida a la suerte del régimen dictatorial. Tras la dimisión de Primo de Rivera, Alfonso XIII, preocupado por el auge del sentimiento republicano, quiso retornar a la Constitución de 1876 y encargó la presidencia del nuevo gobierno al jefe de su casa militar, el general Dámaso Berenguer. Éste, en efecto, trató de volver a la situación anterior al golpe como si entre tanto no hubiera pasado nada. Fue, según el famoso artículo del filósofo Orgega y Gasset, “el error Berenguer”. Porque lo cierto es que en esos seis años habían padado muchas cosas. La España de 1930 no era ya la de 1923. Era un país más culto, donde el analfabetismo había retrocedido; un país cada vez más industrializado y urbanizado; un país donde cada vez más ciudadanos deseaban comportarse como tales, eligiendo libremente su opción política, y no como simples súbditos.
La opinión política se polarizó. Entre los cada vez más partidarios de la república figuraron algunos antiguos monárquicos como Miguel Maura y Niceto Alcalá Zamora que fundaron en febrero de 1930 la Derecha Liberal Republicana y participaron en el famoso “pacto de San Sebastián”, de agosto de ese año, que supuso el entendimiento de los diversos grupos republicanos y las fuerzas políticas que estaban al margen del sistema con el objetivo de conseguir la proclamación de la república. En cambio, los partidarios y herederos de Primo de Rivera radicalizaron su postura antiliberal en un proceso de fascistización representado por la Unión Monárquica Nacional, creada también en 1930, de la que formaron parte ex-ministros de la Dictadura como José Calvo Sotelo y el propio hijo del dictador, José Antonio Primo de Rivera.
La coalición republicana, junto con los partidos obreros y un sector del ejército, optó por la vía insurreccional, pero el capitán Fermín Galán se adelantó sublevándose en Jaca unos días antes de la fecha prevista. Galán y su colaborador, tras el fracaso de su intentona, fueron juzgados en juicio sumarísimo y fusilados. Berenguer, incapaz de enderezar la situación política, dimitió y fue sustituido por un nuevo gobierno del almirante Aznar, que convocó elecciones, empezando por las municipales, con la idea de volver a la normalidad constitucional. Las fuerzas republicanas otorgaron a la convocatoria electoral un carácter plebiscitario, es decir, consideraron que en ellas habría de decidirse el régimen político que España deseaba tener.
El domingo 12 de abril de 1931, las elecciones municipales –las primeras después de la Dictadura de Primo de Rivera- dieron el triunfo a los republicanos en la mayoría de las capitales de provincia, que fue celebrado con entusiastas manifestaciones pacíficas. Ni el gobierno de la desacreditada Monarquía ni los mandos militares intentaron oponerse a la voluntad expresada en las urnas. El 14 de abril se izó la bandera republicana, roja, gualda y morada, en el mástil del Palacio de Comunicaciones en la plaza de Cibeles de Madrid. La gente se lanzó a las calles de la capital en un ambiente de júbilo y euforia. La Monarquía se desplomó de forma pacífica con la casi absoluta indiferencia de la aristocracia y del ejército. Ese mismo día 14, el rey Alfonso XIII partió hacia el exilio.
112 La euforia con que la población recibió la llegada de la república era la expresión de unas enormes expectativas que difícilmente iban a poder cumplirse. La sociedad española estaba dividida por tremendas tensiones ideológicas que dificultaban la aceptación de valores comunes.
113 TEMA 14 LA GRAN DEPRESIÓN DE LOS AÑOS TREINTA No había terminado aún la década de los “felices años veinte” cuando en octubre de 1929 tuvo lugar en Estados Unidos el crack bursátil que desencadenó la primera gran crisis internacional del capitalismo. A partir de 1930, una profunda depresión económica afectó no sólo a Estados Unidos sino también a la mayoría de los países europeos, cuyas economías eran fuertemente dependientes de la norteamericana. Junto a los efectos económicos de esta depresión se iban también a producir importantes consecuencias de tipo político y social. El crecimiento del desempleo y el importante descenso del nivel de vida, que afectaron esencialmente a los trabajadores y a las clases medias, provocaron un fuerte incremento de las luchas sociales y al mismo tiempo una radicalización de las fuerzas políticas, produciéndose en algunos países, como Alemania, el ascenso al poder de partidos de signo totalitario.
ESTADOS UNIDOS La economía norteamericana, a diferencia de la europea, había salido enormemente reforzada tras la Primera Guerra Mundial. No sólo no había sufrido los efectos destructivos de la contienda sino que, además, se nutría del pago de las deudas de guerra que los países aliados habían contraído con EE.UU. y que ascendían a 10.000 millones de dólares. En realidad, las transacciones de dinero que se iban a producir transitaban en una especie de círculo en el que EE.UU. concedía principalmente créditos a Alemania, ésta pagaba las reparaciones de guerra a los aliados europeos, que a su vez cancelaban las deudas de guerra, y el dinero volvía otra vez a Estados Unidos. Este flujo de capitales provocó un extraordinario crecimiento de las inversiones en Norteamérica, cuyos resultados fueron los siguientes: la renta nacional entre 1923 y 1929 aumentó en un 23%; la producción industrial creció en un 30% y la agraria en un 9%; la población activa se incrementó en un 11%, y la renta per cápita aumentó en un 13%.
Esta expansión económica, acompañada de un fuerte aumento de la productividad, se basó fundamentalmente en la construcción de viviendas, al aumento de la producción de energía eléctrica y el desarrollo de la industria automovilística, que creció en un 33% anual entre 1923 y 1929, estimulando las industrias subsidiarias como las de la gasolina, el caucho, el acero y los transportes.
Pero, esta situación de bonanza comenzó a quebrarse a finales de la década.
En 1928, los Estados Unidos sufrieron una crisis de sobreproducción que se tradujo en una importante caída de los precios, descenso en el ritmo de construcción de viviendas y obras públicas, y un fuerte incremento de las actividades especulativas, que en el verano de ese año las autoridades monetarias trataron de frenar sin éxito. El dinero afluyó a la Bolsa de valores aumentando extraordinariamente el precio de los títulos, que no se correspondían en absoluto con el valor real de las empresas.
114 La caída de la Bolsa de Nueva York El 24 de octubre de 1929, conocido como el “jueves negro”, tuvo lugar el desplome de la Bolsa de Nueva York, con una espectacular caída de las cotizaciones y la pérdida vertiginosa del valor de las acciones, que produjo la ruina de miles de accionistas y pequeños inversores que habían confiado a la bolsa todos sus ahorros.
El crack bursátil motivó una reacción en cadena del sistema financiero, y numerosos bancos empezaron a tener problemas de solvencia y liquidez al acentuarse la desconfianza en su capacidad de rembolsar los depósitos a sus clientes. Cerca de 5.000 entidades bancarias se vieron abocadas al cierre entre 1929 y 1932.
Enseguida la crisis de la Bolsa desencadenó una importante recesión de la economía norteamericana. Los precios agrarios sufrieron un importante descenso y la producción manufacturera cayó en picado. Se redujo, además, el comercio y la actividad de los medios de transporte. Descendieron los ingresos públicos y, al aumentar los gastos, esto condujo inevitablemente al déficit presupuestario.
Las medidas económicas tomadas por el gobierno republicano de Herbert Hoover agudizaron notablemente la depresión e impidieron la recuperación de la economía. Se estableció el control de los precios, especialmente en el sector agrícola, y se promulgó un arancel que acentuó el proteccionismo y tuvo un efecto muy negativo sobre el comercio internacional. Las importaciones estadounidenses descendieron de 4.400 millones de dólares en 1929 a 1.500 en 1932 y el PIB se redujo en un 68% entre 1929 y 1934. Además, el sistema monetario internacional se vio gravemente afectado, pues la contratación del dinero en circulación, causada sobre todo por las quiebras bancarias, condujo a que la mayoría de las naciones abandonaran la fijación de sus monedas en relación al oro, el llamado “patrón-oro”, un sistema que ya era poco eficaz tras el final de la Primera Guerra Mundial.
Las consecuencias sociales fueron muy graves, pues se produjo un importante deterioro del nivel de vida y un enorme crecimiento del paro, cuyas cifras de desempleo alcanzaron en 1933 el 25% de la población activa.
El New Deal En marzo de 1933, el demócrata Franklin Delano Roosevelt asumió la presidencia de los Estados Unidos y promulgó un conjunto de leyes con el objetivo de poner en marcha un ambicioso programa económico, conocido como el New Deal (Nuevo Trato), dirigido a actuar con decisión sobre las causas que habían producido la depresión y a reactivar la economía por la vía del consumo y la inversión.
La primera medida que se adoptó fue la devaluación del dólar en un 40% con el objeto de favorecer las exportaciones. En 1932, se promulgó una ley sobre la Banca que separó los bancos comerciales de los de inversión y creó una serie de organismos oficiales encargados de regular la bolsa y asegurar los depósitos bancarios.
En cuanto a la agricultura, sector en el que trabajaba alrededor del 22% de la población activa, el gobierno se vio obligado a adoptar medidas especiales para tratar de controlar el exceso de producción y mejorar las miserables condiciones de vida en que se encontraban los trabajadores del campo. En 1933, se aprobó la Ley de Ajuste de la 115 Agricultura que autorizaba al gobierno a entregar a los granjeros una compensación para que restringiesen la superficie cultivada y eliminaran el ganado que no podían vender.
En 1933 entró en vigor la Ley de Recuperación de la Industria Nacional (NIRA) con el objetivo fundamental de reactivar la industria, garantizar la competencia a través de la formación de cárteles dirigidos por el gobierno, y aumentar los salarios y reducir la jornada de trabajo para impulsar el consumo interno. Esta ley autorizaba, además, al Presidente a destinar 3.300 millones de dólares para el fomento de las obras públicas. Entre las inversiones del Estado tuvo una especial importancia el proyecto de desarrollo de las infraestructuras del valle del Tennesse para la mejora de la navegación, el control de las inundaciones, la repoblación forestal y el desarrollo agrícola e industrial.
En 1935 se puso en marcha un programa de lucha contra el paro, denominado Administración del Empleo Público basado en la contratación de trabajadores en paro para la realización de labores comunitarias como limpieza de bosques, reparación de carreteras, organización de espectáculos públicos, trabajos en archivos y bibliotecas, etc.
Desde el punto de vista social, el New Deal aportó un conjunto de leyes que mejoraron, a través de la Ley de Seguridad Social, el sistema de protección de los trabajadores, mediante la implantación de los seguros de paro, vejez, accidentes y enfermedad laboral. En 1935 el Congreso votó una ley sobre las Relaciones de Trabajo, llamada también Ley Wagner, que institucionalizaba el derecho de los obreros a organizarse y a los sindicatos a negociar con los empresarios. Esta ley declaraba ilegal las intromisiones de los patronos en el funcionamiento de las organizaciones sindicales, así como la creación de sindicatos amarillos y todo tipo de represalias contra los trabajadores por su acción sindical. Su aplicación amplió notablemente la libertad sindical, mejoró las relaciones laborales y contribuyó a un desarrollo considerable del sindicalismo, produciéndose un crecimiento espectacular de afiliación a los sindicatos (AFL y CIO), que pasaron de menos de dos millones de militantes en 1933 a 3.500.000 en 1935 y 8.200.000 en 1939.
Por último, la Ley de Impuestos sobre la Riqueza elevó los gravámenes sobre las rentas y propiedades de los sectores sociales más opulentos.
El New Deal tuvo problemas en su aplicación, pues la Corte Suprema declaró en 1935 anticonstitucional a la Ley de Recuperación de la Industria Nacional y en 1936 invalidó la Ley de Ajuste de la Agricultura, y no consiguió superar totalmente los efectos de la depresión. Aunque sus resultados económicos fueron limitados, la política de intervención del Estado y de desarrollo del consumo y de la inversión pública sirvió para frenar la crisis y abrir un período de recuperación económica, que duró desde marzo de 1933 a mayo de 1937. Pero, a partir de ese año comenzó un período de declive, y una nueva recesión asoló la economía norteamericana. En 1938 la producción industrial cayó en un 32% y el desempleo afectaba a 5 millones de trabajadores (20% de la población activa). Todavía en 1939, la tasa de paro era del 17%, no alcanzándose el pleno empleo hasta el comienzo de la Segunda Guerra Mundial.
ALEMANIA Al término de la Gran Guerra, Alemania tuvo que afrontar el pago de las reparaciones impuestas por el Tratado de Versalles y esto supuso un grave lastre para acometer la reconstrucción económica. Entre 1920 y 1923 Alemania sufrió un grave 116 proceso inflacionista que le impidió hacer frente al pago de las reparaciones y Francia reaccionó ocupando en 1923 la cuenca del Ruhr para obligar a Alemania a cumplir sus compromisos. Sin embargo, la política francesa respecto a Alemania fue suavizándose a lo largo de la década de los años 20. El presidente francés Herriot evacuó las tropas del Ruhr y Aristide Briand, ministro de Asuntos Exteriores, firmó en 1925 el Pacto de Locarno, que garantizaba las fronteras franco-alemanas y facilitaba el pago de las reparaciones. Esta nueva situación internacional, que iba a disminuir la presión sobre Alemania, va a permitir una rápida recuperación económica, abriendo un período de prosperidad y estabilización financiera entre los años 1924 a 1929.
Cuando en 1930 los efectos de la depresión económica llegan a Europa, en el caso específico de Alemania, además de verse perjudicada por el descenso general de los precios, la sobreproducción industrial y la crisis financiera, se verá muy afectada por la repatriación de capitales invertidos por los norteamericanos, que habían jugado un papel fundamental en el crecimiento económico de los años anteriores. De los 25.000 millones de marcos-oro invertidos en Alemania desde 1924, la mayor parte provenía de los EE.UU., y además, cerca del 50% de esas inversiones eran a corto plazo. Cuando en 1930 los inversionistas norteamericanos congelan de forma inmediata los créditos y exigen, además, el pago de los ya vencidos, se va a desencadenar una importante crisis bancaria, pues los bancos alemanes no tenían suficientes reservas monetarias y no podían pagar más que 5.000 millones de marcos-oro, dejando al descubierto otros 5.000 millones.
A partir de mayo de 1931, la quiebra de uno de los principales bancos de Viena precipitó las dificultades de las entidades bancarias alemanas. Al banco Darmstaedte anunció la suspensión de pagos y esto desató el pánico y la falta de confianza de los ciudadanos, que se precipitaron a sacar sus ahorros de las entidades financieras, provocando en muchos casos la bancarrota.
Al mismo tiempo, se va a producir una crisis económica de gran envergadura.
La industria alemana, ya recuperada de los efectos de la Gran Guerra, había alcanzado un gran desarrollo y necesitaba de las exportaciones para mantener sus fuertes ritmos de producción. Así pues, cuando comienza la crisis en EE.UU. y este país cierra sus fronteras a los productos alemanes, los mercados se hunden y las exportaciones alemanas caen en picado.
Para paliar el creciente déficit de la balanza comercial, el gobierno alemán decidió reducir las importaciones, lo que dificultaba el aprovisionamiento de materias primas para la industria. Así la caída de las exportaciones y la restricción voluntaria de las importaciones condujeron inevitablemente a un descenso espectacular de la producción que afectó a casi todos los sectores industriales, y muy especialmente a la siderurgia y a las fábricas de automóviles, produciéndose como consecuencia la quiebra y el cierre de numerosas empresas.
La primera consecuencia, y también la más importante desde el punto de vista social, que se derivó de la crisis económica y de la disminución de la producción será el espectacular crecimiento del desempleo. El número de parados, que en 1928 era de 600.000, pasó a 3.700.000 a finales de 1930 y a 6.000.000 en diciembre de 1931. A estas cifras, que se refieren al total de desocupados, habría que añadir cerca de 8 millones de parados parciales que vieron reducidos sus salarios a más de la mitad. En resumen, cerca del 60% de la población activa alemana se vio afectada por el paro, y especialmente los obreros industriales y los jóvenes.
117 El gobierno socialdemócrata, que se había constituido en 1928 y que desde octubre de 1929 carecía de mayoría parlamentaria, apenas si pudo tomar medidas contra la crisis. En marzo de 1930 se formó un nuevo gobierno, de clara orientación derechista, presidido por Heinrich Brüning, que puso en marcha una política de austeridad que hizo recaer el peso de la crisis en los trabajadores y las clases medias. El nuevo canciller Brüning impuso, por decreto, una bajada del sueldo de los funcionarios, una reducción de las prestaciones por desempleo y un aumento general de los impuestos indirectos. Su sucesor en el Gobierno desde mayo de 1932, el también diputado del Zentrum, Franz von Papen, agravó esta política disminuyendo las prestaciones sociales y anulando todos los convenios colectivos y acuerdos sociales que habían sido firmados por los sindicatos y la patronal.
Al mismo tiempo, ambos gobiernos acordaron una política de subvenciones y reducción de impuestos a las grandes empresas. Además, intervinieron directamente en el sistema financiero, no sólo marcando las directrices en política monetaria sino también controlando una parte muy importante del capital bancario. De esta manera, el Estado se hizo con la dirección de numerosos bancos y empresas industriales, pues en Alemania el capital bancario y el industrial estaban fuertemente ligados.
Así pues, una de las consecuencias de la crisis fue el paso de una economía liberal a un sistema de economía dirigida, en el que el Estado controlaba los resortes más importantes del sistema económico. Pero, esta intervención del Estado en la economía, que en realidad no era más que una “socialización de pérdidas”, no hizo más que acentuar la crisis, dificultando la reactivación económica.
Los efectos de la gran depresión fueron determinantes para explicar la radicalización de la política alemana y el hundimiento de los partidos del centro, incapaces de hacer frente a la crisis. En las elecciones de 1930, el partido nazi y los comunistas obtuvieron unos excelentes resultados. Esta tendencia se acentuó en julio de 1932, cuando los nazis alcanzaron 13,7 millones de votos, y el presidente de la República, el viejo mariscal Hindenburg, a finales de enero de 1933, nombró canciller a Adolf Hitler.
En el momento de la llegada al poder de Hitler, el liberalismo alemán estaba moribundo y el Estado tenía en sus manos las riendas de la economía. Aprovechando esta situación, Hitler lanzó un programa económico basado esencialmente en: 1) la construcción de grandes obras públicas, como carreteras, autopistas, puentes, canales, renovación de los ferrocarriles, etc. 2) el rearme militar a través del desarrollo de una potente industria bélica y 3) el control de los precios y los salarios. En la producción agrícola se fijaron precios bastante por encima de los del mercado, mientras que en la industria fue más difícil la contención de los precios por su fuerte tendencia al alza. En cuanto a los salarios, su descenso fue muy acusado, tanto que en 1936 los salarios brutos habían descendido casi en un 30% respecto a los de 1929.
FRANCIA En Francia la recuperación de los efectos de la Gran Guerra fue muy rápida.
Entre 1922 y1929 el crecimiento económico francés mantuvo el índice anual de 5,8%, frente al 5,7% de Alemania y el 2,7 del Reino Unido. A comienzos de 1930, Francia tenía una economía próspera y saneada: el nivel de exportaciones había crecido, manteniéndose el equilibrio en la balanza comercial, el presupuesto del Estado tenía un saldo positivo de 5.000 millones de francos y las cifras de paro se mantenían en unos 118 niveles próximos al pleno empleo. Además, Francia se había convertido en una de las potencias industriales más importantes, alcanzando un fuerte desarrollo en las industrias automovilística (Citröen, Renault), eléctrica, siderometalúrgica y construcción. El crecimiento de las industrias extractivas fue también muy importante, sobre todo a raíz de la anexión de las ricas minas de carbón, mineral de hierro y bauxita de las regiones de Alsacia y Lorena.
Mientras que en 1929 la crisis golpeó duramente a los Estados Unidos, los franceses tenían la sensación de que su país se vería libre del hundimiento del sistema capitalista y seguirían disfrutando de la prosperidad conocida en los años veinte. Hasta finales de 1930 no comenzaron los primeros síntomas de crisis, alcanzándose su cénit en 1935 y tras una breve recuperación en 1936 continuó la situación de crisis hasta 19371938. Por lo tanto, la depresión afectó a Francia más tarde que al resto de los países y sus efectos, cuando llegaron, provocaron un prolongado período de estancamiento.
Además de los problemas monetarios y presupuestarios, producidos por la caída general de los precios y el descenso de las exportaciones, el sector agrario fue quien más sufrió los embates de la depresión. Hay que tener en cuenta que la agricultura francesa estaba muy poco modernizada, los rendimientos eran muy bajos y la estructura de la propiedad de la tierra favorecía las pequeñas explotaciones. La crisis agrícola se manifestó enseguida por la caída de las exportaciones de los tres productos claves que constituían la base de la producción agraria: el trigo, el vino y la remolacha.
La crisis industrial fue también muy severa, aunque con un carácter bastante selectivo. Las industrias más afectadas fueron la siderurgia, el textil y la extractiva, que eran los sectores clave de la economía y los que empleaban a un mayor número de trabajadores. Por el contrario, se produjo un notable crecimiento en la producción hidroeléctrica y en las industrias del automóvil, la química, el aluminio, la farmacéutica y sobre todo en la del petróleo, que sufrió un progreso espectacular, aumentando su capacidad de refino de 1 millón de toneladas en 1931 a 8 millones en 1938.
A medida que la situación económica empeoraba, no sólo se iba a producir un empobrecimiento material de los franceses sino también una sensación de profundo debilitamiento político, acompañado de una importante radicalización, caracterizada por las escisiones en las filas de los radicales y socialistas, y la aparición de diversas organizaciones de carácter fascista, como las ligas de la “Acción Francesa” y las “Cruces de Fuego”. La vida política se hizo más difícil y complicada, y los conflictos sociales fueron mayores y más violentos que los de la década anterior.
Los distintos gobiernos radicales de 1932 a 1936 apenas tomaron medidas eficaces contra la crisis, se limitaron a mantener la política deflacionista anterior, que si bien tenía el apoyo de los medios financieros, contaba con la oposición de socialistas y comunistas. A las dificultades económicas se sumó el profundo descrédito del gobierno, acosado por distintos escándalos financieros y políticos, que fue aprovechado sobre todo por los grupos de la extrema derecha para acusar al gobierno de incompetencia y corrupción.
En las elecciones de 1936, los franceses dieron la mayoría a un Frente Popular, formado por radicales, socialistas y comunistas, y dirigido por Leon Blum, que ocupó la presidencia de la República. Lo primero que hizo este gobierno fue abandonar la política deflacionista anterior, devaluar el franco y aumentar los salarios, tratando con ello de reanimar la economía. A continuación puso en marcha un programa económico y social inspirado en la experiencia americana del New Deal, basado en la elevación del poder de 119 compra de las masas a través de la intervención del Estado en la política económica y en la realización de importantes reformas sociales.
Las principales actuaciones de este programa fueron: la nacionalización de las industrias de guerra, el pleno control por el gobierno del Banco de Francia, el impulso en la construcción de grandes obras públicas, la creación de un fondo de desempleo, el estímulo a la jubilación de los trabajadores con mayor edad y la reducción del horario laboral sin disminución del salario. En materia agrícola, se fundó una Oficina Nacional de Cereales destinada a regularizar el mercado de productos agrarios y luchar contra la especulación. Este conjunto de medidas, aunque mejoraron las condiciones de vida de los trabajadores, no sirvieron para poner fin a la crisis y superar la depresión económica en que estaba sumido el país. Los comunistas culparon a Leon Blum de no haber efectuado reformas estructurales más profundas y los radicales se opusieron a la política intervencionista del Estado reclamando medidas de carácter liberal. En abril de 1938, se formó un gobierno de coalición de radicales y la derecha que supuso el fin del Frente Popular.
REINO UNIDO Al finalizar la Primera Guerra Mundial la recuperación de la economía británica se vio lastrada por la fuerte competencia en los mercados internacionales de industrias tan vitales para su economía como la del carbón, los textiles, la siderurgia y la naviera. Los esfuerzos británicos por hacer frente a las dificultades económicas de la posguerra se basaron en tratar de conseguir que el comercio mundial volviera al esplendor de los años anteriores y para ello había que promover la estabilidad política, restaurar la confianza en el sistema monetario internacional y recuperar el valor de la libra esterlina, como única forma de reactivar las exportaciones.
A finales de 1929 comenzaron a percibirse los primeros síntomas de la depresión iniciada en Estados Unidos. Se redujeron las exportaciones, bajaron los precios, aumentó el déficit de la balanza comercial, disminuyeron las reservas de oro del Banco de Inglaterra y aumentó el paro, alcanzando en 1931 los 3 millones de trabajadores.
Aunque el desempleo fue uno de los efectos más importantes de la crisis, en el Reino Unido no alcanzó los niveles de otros países europeos. Las tasas de paro realmente importantes se limitaron a algunas industrias y zonas del país como Escocia, Gales y el norte de Inglaterra, mientras que en otras regiones y sectores industriales incluso se creó empleo. En 1937 la industria eléctrica empleaba un número de trabajadores casi tres veces superior al de 1927, y la industria automovilística y aeronáutica un 50% más, mientras que en las minas de carbón el paro afectó a más del 30% de los mineros respecto al año 1927.
Además, los trabajadores disfrutaban de un seguro obligatorio de desempleo que les permitía cobrar parte del salario durante algunos meses. A pesar de esto, hubo marchas de parados, ocupación de fábricas y se organizaron manifestaciones y “marchas contra el hambre”, pero el movimiento de parados no fue nunca una amenaza para el sistema, sobre todo porque los sindicatos, y especialmente el más numeroso las Trade Unions, renunciaron a las prácticas revolucionarias. La excepción fueron los mineros del carbón, los trabajadores mejor organizados y más afectados por el desempleo, que desencadenaron una oleada de huelgas durante los peores años de la depresión de 1929 a 1932.
120 El laborista Ramsay MacDonald, al frente de un gobierno de “unidad nacional” con mayoría conservadora, utilizó el sistema de relaciones preferenciales con los países de la Commonwealth para reactivar el comercio internacional. En 1932, en la Conferenciad de Ottawa, se aprobó el principio de “preferencia imperial” por el que los productos industriales británicos gozarían de beneficios para su exportación a las colonias.
Estos acuerdos dieron la imagen de una Gran Bretaña dispuesta a replegarse sobre su imperio para hacer frente a la crisis.
Otras medidas significativas de política económica fueron la renuncia en 1931 al patrón-oro, lo que provocó la inmediata devaluación de la libra esterlina, con el consiguiente impulso a las exportaciones. Además se adoptaron medidas favorecedoras de la concentración de empresas y del desarrollo de nuevas industrias (eléctricas, automovilísticas, de fibras artificiales, etc.), así como la incentivación de la producción agrícola, para frenar las importaciones de productos agrarios.
El resultado fue en el Reino Unido se recuperó más rápidamente que otros países industriales similares. En 1933, los incrementos en la producción fueron ya muy importantes, el paro se situó en torno a los 2 millones de trabajadores y el programa gubernamental de apoyo a la construcción de casas baratas sirvió de motor a la reactivación económica. Puede afirmarse que, para Gran Bretaña, ni los años veinte fueron claramente de prosperidad, ni los treinta fueron netamente de depresión.
121 TEMA 15 LOS MOVIMIENTOS FASCISTAS La mayoría de los Estados europeos excepto Turquía y la Unión Soviética tenían regímenes democráticos en torno a los años veinte, pero sin embargo a finales de la década de los treinta sólo sobrevivían once democracias, que en su mayoría pertenecían a la zona noroccidental de Europa que era la zona económica más desarrollada del continente. En efecto, las diferencias sociales y el atraso económico no son un marco propicio para un régimen democrático.
De entre las diferentes dictaduras que surgen en estos años merecen una especial atención las que se dieron en los países más desarrollados, como son Italia y Alemania. Ambas eran de signo totalitario con un partido único que se imponía a todos los ciudadanos, se adueñaba de los mecanismos del Estado y eliminaba toda crítica y capacidad de disentir frente al sistema político impuesto. Los individuos están subordinados al Estado. El fascismo constituye la versión conservadora del Estado totalitario.
Los regímenes fascistas ignoran los derechos individuales de los ciudadanos y se produce una exaltación del líder carismático que representa a la nación entera. Ésta no puede expresar su voluntad mediante el voto de la mayoría, ya que las elecciones se consideran un espectáculo inútil. Se parte de la desigualdad de los hombres y, por tanto, se rechaza la democracia porque concede los mismos derechos a todos. Se intenta convencer a los ciudadanos de que el origen de sus problemas viene del exterior, como son el marxismo, el capitalismo y el judaísmo internacionales.
Se fomenta un nacionalismo exaltado que es contrario a un ideal internacionalista y a la creencia, presente en Occidente desde el cristianismo, de que todos los hombres son iguales. Con facilidad se pasa del nacionalismo al imperialismo, una gran nación encuentra su horizonte en la formación de un imperio. Un pueblo superior tiene derecho a disponer de espacio para realizarse y a conquistarlo. En los regímenes fascistas se orienta la propaganda a favor de la xenofobia.
Los ideales del período de la Ilustración que son los pilares sobre los que se asienta la civilización occidental: la libertad de la persona, los derechos del individuo y la razón, son rechazados por los regímenes totalitarios de signo fascista. En esta línea irracionalista se desarrolla la idea de la superioridad de la raza o del jefe.
EL FASCISMO ITALIANO Sus comienzos Al finalizar la Primera Guerra Mundial Italia se encontraba en una grave situación económica y social, con una renta per cápita que era la tercera parte de la de los Estados Unidos y casi la mitad de la población activa trabajaba en la agricultura. El 122 Estado se hallaba fuertemente endeudado a causa de los grandes gastos de la guerra y los precios habían subido, con lo que la clase media, cuyos salarios no habían aumentado al mismo ritmo que los precios, sufría un grave perjuicio económico.
La gran industria, que se había desarrollado durante la Primera Guerra Mundial debido a la demanda militar, se veía en dificultades por la necesidad de reconvertir su producción hacia fines pacíficos, mientras que la desmovilización trajo consigo un aumento del desempleo. Durante la aguda crisis del año 1920 los obreros del Piamonte y de Lombardía ocuparon las grandes fábricas, afirmando que ellos se sentían capaces de dirigirlas. También se produjeron ocupaciones ilegales de algunos latifundios por parte de campesinos revolucionarios, sobre todo en el valle del Po.
En las elecciones celebradas en el año 1919 los socialistas consiguen la mayoría (156 escaños de un total de 500), seguidos del partido Popular (obtienen 100) que había sido fundado ese mismo año y que agrupaba en sus filas desde demócratas cristianos a conservadores, cuyo único nexo era un ideal católico y su hostilidad hacia los liberales de signo anticlerical que habían monopolizado el poder desde la unidad italiana.
En 1919 Benito Mussolini que años antes había sido expulsado del partido Socialista, fundó en Milán el partido Fascista, con un programa radical que incluía la confiscación de los bienes eclesiásticos y la participación de los obreros en la administración de las empresas. En las elecciones de ese mismo año los fascistas no obtuvieron ni un solo escaño, lo que obligó a Mussolini a variar su orientación política y erigirse como defensor del orden frente a la agitación social.
El gobierno presidido por el liberal Giolitti, confiaba en que la recuperación económica solucionaría las tensiones sociales y decide no hacer intervenir a la policía en las revueltas de los obreros. Los conflictos sociales no respondían a un movimiento revolucionario, sino que eran estallidos de protesta sin una planificación previa. En efecto, a partir del año 1921 se produjo un descenso de la agitación social.
¿Qué eran los fascios? En Italia ya habían existido antes de la etapa Mussolini y sus orígenes se remontan a finales del siglo XIX en Sicilia. Los del año 1919 eran bandas (squadre, en italiano) de ciudadanos armados que actuaban por su cuenta cuando el gobierno no podía dominar a los obreros en huelga. Se produjeron enfrentamientos y peleas callejeras entre las milicias obreras y estos grupos armados. Algunos empresarios agrícolas e industriales, ante la pasividad del Gobierno en los altercados, llegaron a subvencionar estas bandas para hacer frente a la agitación social y la policía las contempló con una mezcla de benevolencia y satisfacción. El squadrismo fue el sistema utilizado para ir debilitando poco a poco la autoridad del Estado y hacer frente al peligro comunista. Pronto destacarían entre estos squadristti miembros del partido Fascista.
En un primer momento algunos políticos liberales pensaron que el fascismo podría ser el contrapeso en la lucha contra el socialismo y que los fascistas acabarían por integrarse en las filas liberales. Entre los socialistas se produjo la escisión de los comunistas que, siguiendo las directrices marcadas por la internacional, se mostraron partidarios de la revolución violenta y de la expulsión de los reformistas.
En las elecciones de mayo del año 1921, en las que el Gobierno permitió todo tipo de violencias, los socialistas perdieron varios escaños en el Parlamento (obtienen 120 y 15 los comunistas), los liberales de Giolitti obtuvieron en torno a los 100 escaños, de los que la tercera parte corresponderían a los fascistas (entre ellos Benito Mussolini) y el partido Popular obtuvo 107 escaños.
123 A mediados de 1921, Giolitti dimitió como jefe del gobierno y le sucedieron una serie de ellos que resultaron inoperantes para poder resolver los problemas acuciantes del momento. Pero a mediados del año 1922 la situación mejoró y se produjo un descenso considerable en el número de huelgas, así como una mejora de la balanza comercial.
También se produjo una clara recuperación en el turismo. La situación mejoraba y los fascistas podían resultar perjudicados por ello.
1922: La marcha sobre Roma Los años 1921 y 1922 estuvieron fuertemente marcados por la violencia fascista. El gobierno liberal miraba con una cierta complicidad estas batallas callejeras y los fascistas demostraron progresivamente que tenían una organización de envergadura.
Al anunciarse la huelga de agosto de 1922 los fascistas comunican al gobierno que, si no la impide en un plazo de cuarenta y ocho horas, ellos sustituirán al Estado. Y así fue, los squadristti mantuvieron en funcionamiento los servicios de autobuses, trenes y correos.
Por supuesto estas acciones contaron con el apoyo de la clase media, pues el fascismo era un movimiento de pequeños burgueses y de miembros de la clase media y también de obreros y excombatientes influidos por una cultura antiliberal.
En octubre de 1922 Mussolini ordenó a sus milicias que marcharan sobre Roma, con la advertencia de que no dispararan contra el ejército en el caso de que éste les hiciera frente. El gobierno declaró el estado de sitio e hizo frente a la insurrección. Pero el Rey encargó formar un nuevo gobierno a Mussolini que recibió la confianza del Parlamento. En él junto a cuatro ministros fascistas había diez que no lo eran, entre ellos algunos liberales y populares, y le concedió incluso plenos poderes por diez meses. Pero lentamente liberales y populares se darían cuenta de que el objetivo del fascismo era la implantación de una dictadura total.
En las elecciones del mes de abril de 1924, celebradas entre asesinatos y violencia de los squadristti, los fascistas coaligados con algunos sectores liberales obtuvieron cuatro millones y medio de votos frente a los dos millones y medio obtenidos por los partidos no fascistas.
1924: El fascismo en el poder Al abrirse las sesiones del Parlamento en el mes de junio después de las elecciones, el diputado socialista Matteotti denunció la gestión de gobierno de Benito Mussolini e hizo una crítica demoledora que tuvo un gran eco en toda Italia. A los pocos días fue secuestrado y asesinado. Por primera vez, los diputados socialistas, los populares y parte de los liberales hacen un frente común contra el fascismo y abandonan sus escaños que ya no volverían a ocupar nunca más.
Durante varios meses a lo largo de los años 1924 y 1925 pareció que el Rey iba a enfrentarse al Dictador, pero el monarca temía la vuelta a la anterior situación de anarquía. En enero de 1925 Mussolini asumió públicamente la responsabilidad del asesinato de Matteotti. Después prohibió los partidos políticos no fascistas, excluyó del Parlamento a los diputados de la oposición y suspendió la prensa liberal; asimismo declaró 124 obligatorio para todos los funcionarios del Estado el programa fascista y sometió la educación a un riguroso control.
En 1926 Mussolini concentra todo el poder, es Presidente del Consejo de Ministros, ministro de Asuntos Exteriores, de Interior, de las Corporaciones, del Ejército, de la Marina, del Aire, comandante en jefe de las milicias y Caudillo (Duce, en italiano) del Partido Fascista. El Monarca perdió parte de sus prerrogativas y el Parlamento no servía para nada. Los alcaldes elegidos democráticamente fueron sustituidos por otros designados por el gobierno y los sindicatos libres habían sido prohibidos. Se afirma la primacía del Estado encarnado en un jefe todopoderoso.
Los órganos del Partido Fascista se convirtieron en órganos del Estado. El Gran Consejo Fascista nombraba al jefe del gobierno y los squadre fascistas llegaron a tener el mismo rango que el ejército. Los trabajadores y empresarios se encuadraron en las corporaciones fascistas y el Estado tuvo un estricto control sobre el mundo laboral.
La obra del fascismo La represión fascista nunca alcanzó la intensidad que tuvo en la Alemania de Hitler o en la Rusia de Stalin. La resistencia antifascista fue eliminada y la masa del pueblo italiano, aunque estuviera en desacuerdo con el nuevo régimen, lo aceptaba de manera pasiva.
En general, las relaciones con la Iglesia fueron buenas. En el año 1929, en el Tratado de Letrán, se regularon las relaciones del Estado con el Vaticano, reconociendo la independencia de la Santa Sede, su soberanía sobre la ciudad del Vaticano y se le otorgaba una compensación económica. El Duce adoptó algunas medidas que eran gratas a la Iglesia: la enseñanza de la religión en las escuelas, el control eclesiástico de los matrimonios entre católicos o la prohibición de la masonería. Sin embargo las actitudes de los católicos ante el fascismo no fueron coincidentes y existieron también algunos conflictos.
A partir de 1926 la política económica del régimen fascista entra en una fase dirigista. La crisis económica de 1929 produjo en Italia un aumento importante del número de parados, que en el año 1933 alcanzó el millón. Objetivo de la política económica fue la autarquía, es decir, la autosuficiencia, lográndose una reducción de las importaciones en el período comprendido entre los años 1922 a 1938.
En la agricultura se pusieron nuevas tierras en cultivo, a fin de doblar la producción de trigo y que casi desaparecieran las importaciones de este cereal. Pero no se hizo esfuerzo alguno para reducir la población activa dedicada a la agricultura que, a finales de los años treinta, todavía rondaba en torno al 40% de la población activa total.
En el sector industrial se crearon una serie de trusts para mantener el control estatal de la producción. En el año 1933 se creó el Instituto de Reconstrucción Estatal para ayudar a las empresas en dificultades y acabó absorbiendo a muchas de ellas. La tendencia autárquica se tradujo en una fuerte expansión de las centrales hidroeléctricas.
La política demográfica del régimen fascista fue de incremento de la población a fin de darle dinamismo. Para ello se limitó la emigración y se llevó a cabo una política natalista, concediendo una serie de beneficios a las familias. Más población equivalía a un 125 mayor número de soldados. Puso especial interés en que las nuevas generaciones se educaran en la doctrina fascista.
En cuanto a política social se suprimieron las huelgas y los sindicatos libres fueron sustituidos por corporaciones fascistas obligatorias.
EL NAZISMO ALEMÁN Sus orígenes El partido nacionalsocialista (“nazi”) llega al poder tras el agitado período de la República de Weimar. Sin duda, la depresión económica del año 1929 dio a Adolf Hitler su gran oportunidad. En las elecciones de 1928 el partido nazi obtuvo tan sólo el 2,6% de los votos y el las primeras celebradas tras el comienzo de la depresión, las del año 1930, consiguió el 18% pasando de 12 a 107 diputados. La propaganda nazi –que culpaba de todos los males a la democracia que había debilitado y dividido al país, a las potencias extranjeras y a los políticos alemanes que habían impuesto y aceptado el Tratado de Versalles- influyó de manera decisiva en un importante sector de la clase media y de la trabajadora, gravemente afectada por la crisis.
La economía alemana de los años veinte tenía una tasa de paro en torno al 10% y la agricultura se vio afectada por la bajada de los precios. Para hacer frente al pago de las reparaciones de guerra y a la expansión económica el Estado alemán tenía una fuerte deuda exterior. Cuando la importación de capital americano se cortó debido a la crisis económica del año 1929 se produjo el hundimiento de la economía alemana.
El gobierno del canciller Bruning siguió una política deflacionista, con la esperanza de que la bajada de los precios alemanes aumentaría las exportaciones y permitiría la recuperación industrial, pero fracasó porque los precios mundiales bajaron más rápidamente que los de las exportaciones alemanas. A consecuencia de ello se produjo un espectacular aumento del desempleo, que se elevó de dos a seis millones y la política de restricción afectó a los servicios sociales con fuertes reducciones, lo que la hacía todavía más inaceptable para los socialistas.
En las elecciones presidenciales de 1932 Adolf Hitler presenta su candidatura a la Presidencia de la República frente a Hindenburg, que es apoyado por todas las fuerzas democráticas, y en la segunda vuelta consiguió 19,3 millones de votos frente a los 13,4 que obtuvo Hitler, al que apoyaron las fuerzas nacionalistas y de derechas. La clase media y la pequeña burguesía se inclinó por el partido nazi.
Hindenburg manda formar un nuevo gobierno presidido por Franz von Papen, que intentaría en vano llegar a un acuerdo con los nazis y que no tenía apoyo parlamentario. A lo largo de 1932 se celebraron dos elecciones para dar una base al gobierno, pero en ambas los comunistas aumentan sus votos, los centristas y socialistas se mantienen y los nazis se convierten en el principal partido del país con más del 30% de los votos. Tras el fracaso de los anteriores gabinetes, en enero del año 1933 Hindenburg encargó a Hitler que formara un nuevo gobierno.
126 El acceso al poder En tan sólo seis meses Hitler barrió toda la oposición y, con la colaboración de Goering, se hizo con todos los resortes del poder. En el mes de abril crea la policía secreta del Estado, la Gestapo, y promueve la creación de campos de concentración, a los que otorga la tarea de reeducación de los descarriados del marxismo; a ellos son enviados millares de prisioneros de los partidos socialista y comunista.
Hitler dio muestras de una gran energía en su ascenso al poder, junto con una inquebrantable fe en sí mismo y una absoluta carencia de sentido moral. Sus discursos demagógicos no apelaban a la razón, sino a los sentimientos y hacía vibrar a sus seguidores. A través de la propaganda se ejercía un férreo control sobre las masas, a las que sólo consideraba dignas de ser guiadas por una élite dirigida por el supremo Führer.
El sentido totalitario del nazismo fue mucho mayor que el del fascismo italiano en el que se inspiraba y que utilizó como modelo. En el nazismo había un culto a la acción por la acción, un deseo insaciable de expansión y un desprecio del intelecto.
Elementos claves del régimen nazi eran: - Su antisemitismo: los judíos eran culpables de todo.
- El mito ario que proclamaba la existencia de una raza aria superior a todas las demás y que se identificaba con todos aquellos alemanes que no tuvieran un abuelo judío.
- El nacionalismo radical que rompía con la tradición liberal.
Hitler desde el poder instaura con rapidez una dictadura total. En el mes de febrero de 1933 los nazis incendian el edificio del Parlamento y, acusando de ello a los comunistas, lo tomaron como pretexto para suspender las garantías constitucionales. Se convocaron nuevas elecciones que son controladas por las milicias nazis: en ellas Hitler consigue 288 diputados que junto a los 52 nacionalistas le dan una mayoría parlamentaria.
La cámara le otorgaría la potestad de gobernar por decreto durante cuatro años. Los nacionalistas son absorbidos y el resto de los partidos disueltos, igual que los sindicatos.
Se establece el partido único y Hitler proclama el III Reich.
La noche del 30 de junio de 1934, llamada de los “cuchillos largos”, fueron asesinados todos los posibles enemigos de Hitler entre sus camaradas y aliados. Poco después, en el mes de agosto, fallece Hindenburg y Hitler, sin dejar la Cancillería, se proclama presidente. Dirigente del aparato represivo fue el siniestro Himmler que dirigía las SS, milicias encargadas de proteger al Führer (caudillo en alemán) y era el jefe de la Gestapo, la policía secreta estatal. Fue el máximo responsable de los campos de concentración a los que fueron enviados miles de opositores al régimen. Bien pronto se hizo imposible toda resistencia y sólo algunos individuos heroicos testimoniaron el apego alemán por la libertad.
Las relaciones de los nazis con la Iglesia fueron difíciles, ya que ésta condenaba su doctrina racista y antisemita.
La política económica Cuando Adolf Hitler llegó al poder dio confianza a los empresarios alemanes y se produjo un importante aumento de la inversión. En el año 1933 el paro se reduce de 6 a 127 4 millones y en 1936 se consiguió el pleno empleo al aumentar de manera vertiginosa la actividad de las industrias de guerra y ampliar el número de los soldados.
Se produjo una recuperación económica, la renta per cápita se elevó en un 40% y los salarios en un 20%. Las condiciones de trabajo y la vivienda mejoraron de forma notable. Este programa económico no habría sido posible sin el apoyo de la gran industria.
Los empresarios conservaban la propiedad, la dirección y los beneficios de las empresas, pero el Estado controlaba los precios, los salarios, el mercado de trabajo y el comercio exterior. Se aunaron esfuerzos a fin de conseguir la máxima autarquía.
La deuda exterior condicionaba la producción y la política monetaria, por lo que no se podía devaluar el marco ya que aumentaría la deuda exterior de manera automática.
Se recurre a un proteccionismo total y se paga a los acreedores con marcos bloqueados, que sirven tan sólo para comprar en Alemania.
EL EXPANSIONISMO ALEMÁN E ITALIANO. LOS VIRAJES HACIA LA GUERRA Desde el ascenso al poder de Hitler en el año 1933 Alemania e Italia se convirtieron en protagonistas esenciales de la política internacional. Ambos países habían resultado malparados como consecuencia de la Primera Guerra Mundial, pero su protagonismo se debió al creciente papel desempeñado por las reivindicaciones imperialistas del nazismo y del fascismo. Frente a ellas la actitud de los países democráticos estuvo dominada por un deseo de apaciguamiento que ignoraba el peligro representado por esos dos países. El apaciguamiento nacía de un conjunto de sentimientos muy heterogéneo: el pacifismo, un cierto respeto por Adolf Hitler y Benito Mussolini en la derecha anticomunista de los países democráticos y una voluntad aislacionista, especialmente fuerte en los Estados Unidos. El representante más caracterizado de esta postura fue el Primer Ministro británico Chamberlain.
Este apaciguamiento tuvo como consecuencia que nada impidiera el expansionismo hitleriano. En el año 1933 Alemania se retiró de la Sociedad de Naciones.
En 1934, al pactar con Polonia, rompió la alianza de este país con Francia. Este mismo año los nazis austriacos tomaron el poder y sólo la actitud de Mussolini evitó que se produjera la unificación con Alemania. En 1935 Alemania comenzó a rearmarse. Por su parte ese mismo año Mussolini, siguiendo el ejemplo de Hitler, atacó Etiopía y en unos meses acabó conquistándola. La voluntad de evitar la guerra por parte de los países democráticos tuvo como consecuencia que las acciones contra el agresor fueran inefectivas. En el año 1936 Hitler ocupó militarmente el territorio alemán al oeste del Rhin.
La guerra civil española jugó un papel decisivo en la evolución de las relaciones internacionales, camino hacia la guerra. Alemania e Italia, hasta entonces distantes, se convirtieron en aliadas mediante un pacto denominado Eje Roma-Berlín. Ese mismo año 1936 se firmó el pacto Anti-Komintern que unía a esas dos naciones y a Japón.
La URSS originariamente intentó formalizar, a través de los partidos comunistas, amplias alianzas antifascistas (táctica del Frente Popular) pero al final de la guerra española no dudó en cambiar de bando. En plena guerra Alemania, con la aprobación de Benito Mussolini, tomó Austria (1938); un año antes Japón había atacado China y concluida la guerra civil española Mussolini atacó Albania.
La única ocasión en que estuvo a punto de producirse el estallido de la guerra fue por cuestión de Checoslovaquia. Este país contaba con la alianza de Francia y de la 128 URSS y tenía unas instituciones democráticas y una industria muy desarrollada. Su problema consistía en la existencia de unas minorías étnicas, principalmente alemanas, en Bohemia. Los checos pretendieron dar autonomía a los alemanes, pero ésta no le bastaba a Hitler. En el mes de septiembre del año 1938 Hitler y Mussolini se reunieron en Munich con los primeros ministros francés y británico; el deseo de paz de estos últimos les hizo ceder y obligaron a que Checoslovaquia hiciera lo propio. Poco antes de concluir la guerra civil española Hitler dividió lo que quedaba de Checoslovaquia, haciéndola desaparecer como Estado.
Sólo entonces se dieron cuenta Francia y Gran Bretaña de que era inútil apaciguar a Hitler con concesiones y comenzaron su rearme. Gran Bretaña se comprometió a garantizar las fronteras de determinados países continentales como Polonia y hubo un intento de anudar una alianza entre los países democráticos y la URSS.
Pero esta última desconfiaba de los primeros y además consideraba que no eran otra cosa que dictaduras burguesas. Al mismo tiempo que negociaba con los francobritánicos lo hacía con Hitler. El día 23 de agosto del año 1939 quedó firmado un tratado germanosoviético que dejaba las manos libres a Hitler para invadir Polonia.
EL EXPANSIONISMO JAPONÉS Si el ataque alemán a Polonia supuso el estallido de la Segunda Guerra Mundial, los antecedentes de ésta en el Extremo Oriente deben remontarse a 1937, año en que Japón desencadenó su agresión sobre China. Como sabemos, lo pudo hacer gracias a disponer de un tratado con Alemania.
A partir de su victoria sobre Rusia (1906) Japón se convirtió en una gran potencia. En el año 1914 era dueño de Corea y Formosa y durante la Primera Guerra Mundial consiguió desplazar de la zona a los alemanes, sustituir al comercio británico y, sobre todo, comenzar a ejercer un papel hegemónico en China. Este país era el suministrador de materias primas para la desarrollada industria japonesa, organizada en grandes empresas monopolísticas (“zaibatsu”) que ejercían un importante papel en la vida política. La Constitución de 1889 no era liberal, puesto que el gobierno era responsable ante el Emperador que seguía siendo una autoridad religiosa. El sufragio era restringido y la sociedad mantenía su organización jerárquica tradicional.
Hasta el año 1931 Japón no fue un peligro grave para la estabilidad mundial.
Pero en los años veinte creció el poder de la extrema derecha ultranacionalista y el ejército, que no dependía del poder civil, empezó a actuar de manera autónoma. En septiembre de 1931 invadió China.
Por su parte el Imperio Chino fue derribado en 1911 y se estableció una república muy inestable que supuso la descomposición del país. Los dirigentes republicanos, como Sun Yat-Sen, jefe del Kuomintang, eran intelectuales bien intencionados, pero fueron incapaces de controlar a los militares que establecieron auténticos dominios regionales autónomos. Sun Yat-Sen trató de aliarse con los comunistas (1924) pero tras su muerte el principal dirigente de su partido, Chiang KaiShek, acabó enfrentándose a ellos, con lo que se aceleró la descomposición política del país. La existencia de dos sociedades muy distintas, la de las grandes ciudades costeras y el interior agrícola, contribuyó a la desarticulación de China.
129 En estas circunstancias se produjo la agresión japonesa. Japón triunfó fácilmente y constituyó un estado títere en Manchuria. En el año 1933 se produjo su retirada de la Sociedad de Naciones. Japón fue uno de los países que menor impacto sufrieron como consecuencia de la depresión económica de 1929. La continua expansión japonesa acabó por producir en julio de 1937 una guerra entre los dos países, que confluyó en la Segunda Guerra Mundial.
130 TEMA 16 LA SEGUNDA REPÚBLICA ESPAÑOLA (1931-1936) Conociendo el resultado final de la experiencia republicana, resulta paradójica la unanimidad entusiasta con que el pueblo español acogió al nuevo régimen republicano, que sin embargo no duró mucho tiempo. La victoria de las izquierdas y la caída de la Monarquía de Alfonso XIII demostraba que el pueblo español podía regirse por sí mismo.
Durante los primeros meses se mencionó a la República como la “niña bonita”, pero pronto a la euforia inicial siguió un enrarecimiento del ambiente, que se hizo cada vez más hosco y violento.
La crisis económica del año 1929 afectó a nuestro país con menor intensidad que a otros. La economía española no era primordialmente industrial sino agrícola y estaba aislada respecto al exterior. En España, sin embargo, la crisis económica contribuyó a agudizar las tensiones sociales y a la larga hacer inviable el régimen republicano y comprometer su éxito final.
Pero en España hubo también un factor político que contribuye a explicar lo sucedido. La fecha del 14 de abril de 1931 supuso un cambio sustancial en la vida política del país. Pero un país no puede pretender adquirir una vida política estable en democracia en un corto espacio de tiempo. La praxis democrática no sólo es consecuencia de un suficiente nivel cultural y de un nivel bajo de tensión social, aspectos que no se daban en la España de los años treinta, sino también, y sobre todo, de décadas en que esa praxis democrática haya sido el comportamiento habitual. Si existió un tono violento en la vida cotidiana de la Segunda República se debió en gran parte a la brusquedad con que se produjo esa transformación política.
El Gobierno provisional Después de las elecciones municipales del 12 de abril de 1931 y con la victoria de los republicanos, el día 14 se proclamó la Segunda República al frente de la cual se puso un Gobierno provisional que emprendió las medidas reformistas de la etapa republicana. El Monarca abandonó el país, tomando un barco en Cartagena que le condujo al exilio. La caída de la Monarquía se había producido porque sus representantes se habían identificado en un determinado momento con todo lo que el país consideraba ya caduco. La sociedad española prescindió de las instituciones monárquicas como si las considerara un estorbo en su camino hacia la modernización.
El gobierno provisional que se hizo cargo del poder el 14 de abril estaba formado por personas de muy diverso talante y significación. Había relevantes personalidades republicanas y algunas de procedencia monárquica como Niceto Alcalá Zamora, que ocupó la Presidencia, y Miguel Maura que se hizo cargo del Ministerio de Gobernación. La figura más destacada del Gobierno provisional fue Manuel Azaña, que ocupaba la cartera de Guerra. La novedad principal era la presencia de tres ministros socialistas (Indalecio Prieto, Francisco Largo Caballero y Fernando de los Ríos). Pero la unanimidad que había acompañado a la proclamación de la República comenzó a 131 desaparecer, y pronto surgieron motivos de discrepancia de los que el más serio fue la actitud a adoptar ante la quema de conventos del mes de mayo.
A finales del mes de junio de 1931 se celebraron las elecciones a Cortes Constituyentes. Los resultados vinieron a confirmar el cambio fundamental que se había producido en la vida política española y supusieron un aplastante triunfo de la izquierda mientras que las derechas, desorganizadas con el colapso del régimen monárquico, tuvieron una representación muy inferior a su fuerza real dentro de la sociedad. En realidad, la composición de las Cortes resultó mucho más escorada a la izquierda de los que era el país. Para las elecciones había sido aprobada una nueva Ley electoral que sustituía a la anterior de la época monárquica. La primera tarea de estas Cortes fue la redacción de una nueva Constitución.
La Constitución de 1931 La Constitución elaborada por estas Cortes fue, en buena medida, un fiel reflejo de su composición. En primer lugar se trató de una Constitución intensamente democrática e idealista. El Presidente de la Comisión encargada de redactarla, el socialista Luis Jiménez de Asúa, la calificaba “de izquierdas pero no socialista”. En esto era muy semejante a la mayoría de las constituciones de otros países elaboradas en la primera posguerra mundial. En ella se definía al régimen como “una república de trabajadores de todas las clases”, se afirmaba la renuncia de España a la guerra como instrumento de relación internacional, se prohibía la retirada de España de la Sociedad de Naciones sin mediar una ley especial que se votara en las Cortes, se regulaban los derechos sociales y se extendía el derecho de voto a la mujer.
Sin embargo, la Constitución tenía algunos defectos como, por ejemplo, el sistema previsto de las relaciones entre los diferentes poderes de la República, según el cual la Presidencia era demasiado débil ante las Cortes. Pero el error más decisivo, quizá inevitable dada la composición de las Cortes, fue no haber intentado redactar un texto constitucional que fuera el producto de un amplio consenso, sobre todo en materias conflictivas como podía ser la cuestión religiosa.
La Constitución definía un Parlamento unicameral. Sólo existía un Tribunal de Garantías Constitucionales, encargado de dictaminar sobre la constitucionalidad de las leyes. El Presidente de la República era elegido por un período de seis años y no podía ser reelegido inmediatamente. El electorado no elegía directamente al presidente sino que eran las Cortes las encargadas de su nombramiento.
El bienio reformista (1931-1933) En diciembre de 1931 Niceto Alcalá Zamora fue elegido Presidente de la República y durante los dos próximos años sería Manuel Azaña el presidente del Gobierno de alianza entre republicanos de izquierda y socialistas, que intentaría desplegar un amplio programa para la transformación política y social de España, esbozando una reforma de las estructuras. Esta reforma se realizó con un talante jacobino: a veces careció de voluntad liberal y de deseo de acoger a todos los españoles bajo la instituciones republicanas.
132 El prestigio político de Azaña nació de la reforma del ejército. Consistió, sobre todo, en una reducción de la oficialidad y una disminución de la implicación política de los mandos militares. También se promulgó la Ley de retiro de la oficialidad, por la que los oficiales podían retirarse con el sueldo íntegro, pero, si permanecían en servicio, habían de mostrar su adhesión al nuevo régimen. Así se redujo de 21.000 a 8.000 el número de oficiales y también el de generales, lográndose con ello una proporcionalidad mayor entre el número de efectivos y la oficialidad. Otra serie de medidas estaban dirigidas a someter al ejército al poder y al modo de vida civil. Se suprimió el Consejo Supremo de Justicia Militar, desapareció la Academia de Zaragoza y también se suprimieron los ascensos por méritos de guerra. Lo más grave de estas reformas fue que una parte del sector más valioso del ejército se sintió herido por ellas.
Sin duda fue la cuestión religiosa la que creó más enemigos a la República y la que aportó mayores argumentos en su contra. Pero su planteamiento era obligado, ya que por un lado existía una identificación entre catolicismo, derecha y Monarquía y, por otro, el republicanismo había tenido siempre unos matices anticlericales que derivaban de considerar a esos tres adversarios como uno solo. Era imprescindible la separación entre Iglesia y el Estado y la libertad de cultos, peor la reforma fue hiriente para los católicos al suprimir la enseñanza de las órdenes religiosas. Otros temas polémicos fueron el establecimiento del divorcio, la secularización de los cementerios, la supresión del presupuesto del clero en dos años, etc. La lucha política se convirtió en una lucha religiosa, con los consiguientes inconvenientes desde el punto de vista de la radicalización de las posturas, que dañó gravemente al régimen republicano.
La sociedad española venía arrastrando el problema de las autonomías regionales desde comienzos del siglo XX. La represión de los nacionalismos llevada a cabo por la Dictadura de Primo de Rivera había contribuido a exacerbarlos de manera considerable, sobre todo en Cataluña y el País Vasco. La República debía resolverlos como consecuencia de su proyecto democrático global para España. Se consiguió solucionar el problema autonómico catalán mediante la aprobación del Estatuto de Nuria en el año 1932, que reveía la asignación de una serie de competencias al gobierno de la Generalitat, mientras que otras como Defensa, Aduanas y Asuntos Exteriores, quedaban reservadas al gobierno de Madrid. En cambio, al problema del Estatuto Vasco no se le dio ninguna solución durante el bienio reformista, a pesar de que se redactaron dos proyectos de estatuto, pero ninguno de ellos llegó a ser aprobado en las Cortes.
De todas las reformas sociales que la República tenía que afrontar, la reforma agraria fue la que tuvo mayor importancia, debido al papel que la agricultura seguía teniendo en la economía española. Era necesario enfrentarse a un problema que se venía arrastrando desde hacía varios siglos y que se había agudizado por la crisis económica y por la fuerte politización del campo español, que parecía despertar de su letargo por la presión de los más jóvenes. Las discusiones en las Cortes se eternizaron y finalmente la Ley de Reforma Agraria fue aprobada en septiembre de 1932, pero resultaba enormemente compleja (se establecían hasta trece categorías de tierras expropiables) y creó unas esperanzas que luego se vinieron defraudadas. Su aplicación se encomendó al Instituto de Reforma Agraria, dotado de una organización que pretendía ser técnica pero que resultaba excesivamente burocrática y tampoco disponía de los medios adecuados.
Puede afirmarse que la reforma agraria del primer bienio fue más bien un intento duque una realidad. El fracaso de la reforma agraria tuvo consecuencias muy graves para la coalición gobernante. Los campesinos habían esperado la redención por parte del gobierno de la República y llegaron al convencimiento de que la única conclusión positiva que les quedaba era la revolución.
133 Desde el Ministerio de Trabajo se realizaron una serie de reformas laborales dirigidas a mejorar las condiciones del trabajador. A tal fin se crearon las Delegaciones de Trabajo, se promovieron los seguros sociales, se redujo la jornada laboral de los trabajadores del campo, etc. Durante el régimen republicano no hubo un plan eficaz contra el paro. Pero, sin embargo, se propuso un gran plan de obras públicas, que incluía la realización de las grandes terminales de los ferrocarriles en Madrid que contribuyeron de matera decisiva a aliviar el paro de la capital.
Aunque no sean de carácter estrictamente social, es necesario mencionar las reformas educativas emprendidas en el primer bienio republicano. Su gestión se centró fundamentalmente en la enseñanza primaria. A lo largo del bienio se crearon 10.000 escuelas, aumentó de manera sustancial el sueldo de los maestros y el presupuesto de Educación se incrementó en un 50%. Sin embargo el gobierno se encontraba con un problema muy difícil de superar como era la falta de fondos, que se agravó al pretender sustituir el mismo gobierno la enseñanza impartida por las Órdenes religiosas, que era importante en el nivel primario y mayoritaria en el secundario. Una muestra del deseo del régimen republicano de que la cultura se extendiera a todos los niveles fue la organización de las misiones pedagógicas, que se enviaban desde la capital a las zonas de la España rural y en las que colaboraron algunos de los mejores jóvenes intelectuales.
Los adversarios del programa reformista de Manuel Azaña estuvieron tanto en la extrema derecha como en la extrema izquierda, que eran vistas como enemigos de la institución parlamentaria y de la labor gubernamental. En efecto, la extrema derecha monárquica, pensando que el régimen republicano había adquirido un tono demasiado radical, preparó conspiraciones militares como la de agosto de 1932 que, una vez derrotada, permitió a Manuel Azaña aprobar la Ley de reforma agraria y el Estatuto de Cataluña. En el extremo opuesto del espectro político, los anarquistas se sublevaron tres veces desde 1931 a 1933 y algunos incidentes provocados por ellos deterioraron la imagen política del Gobierno. El hambre multisecular del pueblo y el mesianismo despertado en él por el régimen republicano fueron los principales motivos de sucesos como el de Casas Viejas, en donde las fuerzas de orden público fusilaron sin más a varios anarquistas, una vez sofocada la sublevación.
En el balance del primer bienio republicano hay que señalar que algunas de las reformas, como la militar y la relativa a la cuestión catalana, fueron positivas, pero quizá por intentar demasiadas reformas a la vez, los republicanos de izquierda fracasaron en otras. El tratamiento dado a la cuestión religiosa fue injusto y contraproducente ya que, por un lado, alejó del régimen a una parte considerable de la sociedad española y, por otro, debilitó el esfuerzo reformista en muchas otras materias. La reforma agraria fue un fracaso porque el gobierno no le concedió la prioridad que le correspondía y porque los encargados de llevarla a cabo demostraron falta de preparación para desarrollarla. Pero en el balance global de la obra gubernamental siempre habrá que tener en cuenta el gran esfuerzo reformista, muy superior al de cualquier otra época anterior en la vida española.
El segundo bienio Manuel Azaña un fue derrotado por extremismos de izquierda o derecha sino mediante unas elecciones que tuvieron lugar en el mes de noviembre de 1933. En ellas la derecha católica obtuvo 200 diputados, el centro 160 (la mayor parte radicales de Alejandro Lerroux) y la izquierda unos 100, la mayoría socialistas. El número de 134 republicanos de izquierda fue muy reducido, testimoniando con ello la inviabilidad del proyecto reformista de Azaña.
Las dos principales fuerzas en el nuevo Parlamento eran la CEDA y los radicales. La CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas) tenía como principal dirigente a José María Gil Robles, joven y hábil parlamentario. Era un partido católico unido por la oposición al programa anticlerical del gobierno de Azaña. En realidad era muy heterogéneo, figurando en sus filas desde reaccionarios a católicos, demócratas y republicanos. La misma diversidad de grupos dentro de la CEDA explica las dificultades con que se encontraba el sector dirigente del partido. Los radicales de Alejandro Lerroux representaban una posición posibilista y moderada, tras unos orígenes demagógicos y anticlericales, pero no había elaborado un programa de recambio y así consideraba mayoritariamente al poder como el fin en sí mismo; varios de sus dirigentes fueron acusados, con razón, de inmoralidad.
La posibilidad de colaboración de estas dos fuerzas era muy limitada desde un principio, ya que diferían en puntos de importancia. Desde finales de 1933 a octubre de 1934 los gobiernos fueron exclusivamente radicales. En octubre de 1934 la CEDA obtuvo tres carteras en el Gabinete y este hecho provocó una protesta muy dura por parte de la oposición. La inestabilidad gubernamental resultó evidente en este período y ello contribuiría en gran medida a su esterilidad.
La revolución de octubre de 1934 Los grupos republicanos de izquierda protestaron acertadamente ante la entrada de la CEDA en el gobierno, puesto que este partido no había hecho declaración de fe republicana. En realidad, los ministros de la CEDA eran demócratas y contribuyeron mucho más a consolidar el régimen que a destruirlo.
Si la postura de la izquierda tenía escasa justificación, más injustificable aún fue la sublevación armada que Azaña quiso evitar. La huelga, que estalló inmediatamente, no fue lo suficientemente grave como para impedir el cambio de gobierno. El sindicato anarquista, la CNT, no participó en la huelga revolucionaria y los socialistas no presentaron una resistencia dura en zonas en las que disponían de un poder político considerable, como Madrid o el País Vasco.
Donde los acontecimientos revistieron una gravedad enorme fue en Cataluña y Asturias. El Presidente de la Generalitat, Lluís Companys, fue sobrepasado por el catalanismo más extremista y proclamó la República catalana. Sus intentos de apoyarse en la extrema izquierda o en los militares fueron rápidamente reducidos. Por el contrario, los sucesos de Asturias sí fueron una auténtica revolución social; fue el estallido más importante acontecido en Europa occidental desde la revolución rusa. Los principales protagonistas fueron la UGT y la CNT, pero los comunistas luego se atribuyeron un papel decisivo. Fue necesario recurrir a una verdadera ocupación militar para derrotar a los rebeldes y las pérdidas en vidas humanas fueron considerables, alrededor de 1.500 muertos. También la brutalidad mostrada en ambos bandos fue un preludio de la guerra civil. Los revolucionarios asesinaron a varias decenas de civiles y se acusó al gobierno de haber realizado 30.000 detenciones.
Las consecuencias de la revolución de octubre de 1934 fueron graves. La sublevación estuvo mal organizada pero su estallido creó una herida muy difícil de 135 cicatrizar. La izquierda demostró falta de paciencia y de confianza en sí misma y olvido de los procedimientos democráticos. La liquidación de las consecuencias de octubre fue el tema que provocó más graves conflictos en las Cortes. La sublevación de 1936 es injustificable, pero tanto como la de 1934. La reacción en contra de la revolución fomentó la desunión de las fuerzas de centro derecha y aumentó la influencia de la extrema derecha, cuando quiso pedir responsabilidades al gobierno por no haber sabido prever el intento revolucionario.
Las dificultades crecientes entre el Presidente de la República, Alcalá Zamora, y la coalición gobernante explican en buena medida la esterilidad de esta etapa. Existía una profunda discrepancia entre los partidos del Gobierno acerca de las reformas económicas pero, probablemente, los mayores errores de este gobierno se cometieron en temas sociales. Se elaboró una ley de contrarreforma agraria que suponía deshacer lo que se había avanzado desde 1931. Sin duda se trataba de una ley claramente reaccionaria que de forma inevitable fomentaba las tensiones sociales. El naufragio definitivo se produjo en cuanto se empezaron a destapar los escándalos administrativos protagonizados por políticos del Partido Radical. La mayoría de los implicados hubo de dimitir y a todo el asunto se le dio un carácter político que fue utilizado por las izquierdas en contra del gobierno.
El balance del segundo bienio es negativo. Calificado por algunos como el “bienio negro”, se caracterizó más por su esterilidad e inestabilidad que por su carácter reaccionario. La inestabilidad política de este bienio estuvo causada tanto por el imposible entendimiento entre radicales y cedistas, como por la acción de la extrema derecha, que hizo lo posible para hacer inviable el acuerdo entre ambos partidos, y la izquierda, que ni siquiera aceptó los resultados electorales de noviembre de 1933.
Las elecciones del Frente Popular Para comprender el resultado de las elecciones hay que tener en cuenta las condiciones en que se celebraron. Era la última oportunidad para la Segunda República.
En realidad, los partidos extremistas (Falange y los comunistas) no tenían apenas peso electoral. Pero los grupos más moderados multiplicaban sus tendencias hacia los extremos: José María Gil Robles tuvo tentaciones de dar un golpe de Estado en 1935 y en el Partido Socialista parecía dominar la tendencia representada por Francisco Largo Caballero, que glorificaba la revolución de octubre de 1934 y se denominaba revolucionaria. Era la que prometía la liberación del proletariado en un más breve espacio de tiempo.
En las elecciones realizadas en febrero del año 1936, se demostró que todavía existía una posibilidad de supervivencia de las instituciones republicanas. El Frente Popular, establecido a instancias de Manuel Azaña y los socialistas moderados como Indalecio Prieto, incluía la totalidad de las fuerzas de izquierda. Era un intento de reedición de la experiencia republicana del primer bienio: su programa mostraba un amplio plan de gobierno, más avanzado que el llevado a cabo desde 1931. La campaña electoral se centró en el deseo de restablecer la República del 14 de abril, frente a la corrupción y el reaccionarismo de los dos últimos años de gobierno radical-cedista. Una ventaja con la que contaba el Frente Popular era que centralizó la elaboración de las candidaturas que se hicieron de manera disciplinada, lo cual permitió presentar una única candidatura de izquierdas en toda España.
136 Las derechas estaban divididas y con el sabor amargo de una gestión de gobierno estéril. Con profundas discrepancias internas entre los diversos partidos, las derechas no lograron hacer una única candidatura en toda España ni tampoco un programa electoral unido.
Los resultados de las elecciones de febrero de 1936 fueron una sorpresa y mostraron una práctica igualdad entre el Frente Popular (34,4% de los votos), las derechas (32,2%) y el centro (5,4%). En lo que respecta al voto no hubo tantos cambios. La derecha, especialmente la CEDA, mantuvo intacto su voto. La izquierda lo aumentó gracias a la actitud de los anarquistas, que no hicieron campaña a favor de la abstención, y al cambio de postura de muchos moderados, que en el año 1933 todavía confiaban en el Partido Radical pero ahora prefirieron a Manuel Azaña. El intento de crear un partido de centro desde el poder concluyó en un rotundo fracaso y su líder, Portela Valladares, dimitió a la vista de los resultados electorales.
Se ha afirmado que las elecciones de 1936 fueron el directo antecedente de la guerra civil, lo que sólo es cierto en el sentido de que en las urnas se enfrentaban las dos Españas que unos meses lo harían en las trincheras. Pero a la altura de febrero de 1936, sin duda, todavía era posible la convivencia entre ellas. El electorado había mostrado su predilección por los candidatos más moderados de cada candidatura, lo que sirve para explicar el triunfo del Frente Popular, ya que se presentaba como más moderado que la derecha. De ahí el fracaso electoral de los partidos situados en los extremos del espectro político: Falange Española sólo logró unos 50.000 votos de un electorado de trece millones; y en cuanto al Partido Comunista, que llegó a obtener 14 diputados, no los hubiera conseguido de no haber ido incluidos en las listas del Frente Popular. La victoria electoral correspondió a una postura de centro reformista representada por Manuel Azaña.
El gobierno del Frente Popular inmediatamente comenzó a experimentar graves dificultades. Las derechas extremas empezaron a conspirar y las izquierdas en el poder cometieron graves errores. No sólo fueron incapaces de desarticular la conspiración, sino que actuaron al borde de la legalidad constitucional o permitieron que otros la violaran. La destitución de Niceto Alcalá Zamora como Presidente de la República en el mes de abril de 1936 o el reparto de escaños en las Cortes al margen de criterios de imparcialidad dieron argumentos a los conspiradores. Pero, tal vez, lo peor fue la elección de Manuel Azaña como nuevo Presidente de la República, porque con ello se eliminaba a uno de los escasos gobernantes que hubiera podido evitar el fatal desenlace que conduciría a una guerra civil. Como jefe del gobierno fue nombrado Santiago Casares Quiroga, que se mostró impotente frente al desarrollo de los acontecimientos.
La pendiente hacia la guerra civil La tarea gubernamental se vio desbordada por los acontecimientos. Desde luego, el creciente desorden público (hubo 300 muertos de febrero a junio de 1936) fue una de las principales causas del colapso del régimen, pues hacía crecer el temor de la derecha. Se produjeron ataques a la Guardia Civil, quema de iglesias, huelgas, luchas internas entre socialistas y anarquistas y la ocupación ilegal de tierras que contribuyeron a que la derecha moderada se inclinara hacia la sublevación.
En el mes de febrero aún no estaba claramente planteada la posibilidad de una guerra civil que, en cambio, a la altura de julio sí aparecía como inminente. Sin duda, el detonante fue el asesinato del líder de la derecha, José Calvo Sotelo, el día 13 de julio en 137 Madrid a manos de guardias de Asalto, como represalia del cometido por la derecha en la persona de un guardia de Asalto socialista, el teniente Castillo. Es completamente falso que el gobierno mandara asesinar a Calvo Sotelo, pero lo verdaderamente grave fue la evidencia de que el gobierno no controlaba a sus propios agentes, lo que era una muestra de la triste situación de desorden en que se encontraba sumido el país.
El mayor elogio que puede hacerse de la Segunda República consiste, desde luego, en lo que intentó ser. Nunca España había tenido hasta entonces un sistema político democrático que fuera más parecido al de la actual Europa occidental. Las circunstancias para intentarlo no eran, sin embargo, las mejores, por el auge de los fascismos y la crisis económica mundial. Pero, sin embargo, la realidad es que a la altura del mes de julio de 1936 la gran mayoría de los españoles ya estaban radicalmente insatisfechos con su sistema político. También es necesario tener en cuenta que se quería implantar de manera súbita un sistema democrático en un país, la España del año 1931, cuyo nivel cultural y tensiones sociales correspondían a los de Francia o Gran Bretaña de medio siglo antes. España en esos años tenía el suficiente desarrollo como para tener un sistema político democrático, pero no para conservarlo de una manera estable.
No hay que cargar las tintas a la hora de juzgar a los dirigentes republicanos.
Hubo culpas por parte de todos, porque una guerra civil es siempre un pecado colectivo.
Lo más grave fue que los partidos se polarizaron hacia los extremos. Una parte decisiva fue la escasa lealtad con que se comportaron los diversos sectores políticos entre sí. La CEDA y los socialistas sólo fueron semileales al régimen republicano, estando dispuestos a colaborar con los extremistas, pero además los propios republicanos, como Alejandro Lerroux y Manuel Azaña, fueron incapaces de una colaboración leal entre sí. De esta forma los errores de los propios dirigentes políticos se sumaron a las dificultades que debían resolver.
138 TEMA 17 LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA (1936-1939) La guerra de España es la única ocasión histórica en que nuestro país ha jugado un papel protagonista en la Historia del siglo XX, aunque fuera como sujeto paciente de un acontecimiento de enorme repercusión internacional. Tan sólo en otro momento, mucho más grato en sus consecuencias, como fue la transición hacia la democracia, España ha resultado protagonista de primera fila en la vida de la Humanidad.
Por tanto, no puede extrañar, que desde un óptica nacional o extranjera, se haya considerado como eje interpretativo de nuestro pasado lo sucedido en el período de 1936 a 1939.
Tras la victoria del Frente Popular en las elecciones de febrero del año 1936, las condiciones de vida en España se habían hecho tan difíciles que había grupos de derecha y también de izquierda que estaban dispuestos a acabar con las instituciones republicanas mediante un acto de violencia. Fueron los primeros quienes lo intentaron, pero la revolución posterior testimonia que también una parte de la izquierda estaba dispuesta a abandonar la legalidad republicana.
La conspiración contra el régimen republicano fue plural y desorganizada. A las fuerzas extremas monárquicas que habían logrado el apoyo de Benito Mussolini, se sumaron algunos sectores militares, incluso republicanos, que asumieron las dirección principal del alzamiento por encima de estas fuerzas políticas. El más importante de los organizadores de la conspiración fue el general Mola en Pamplona. La participación de Francisco Franco en el alzamiento no estuvo muy clara hasta el final. Ni por un momento se pensaba en la posibilidad de una guerra civil; se preveía una actuación muy violenta y decidida para conseguir rápidamente el triunfo en Madrid, capital del Estado y centro de las decisiones políticas, y el establecimiento de un régimen dictatorial que, en principio, no debía ser permanente ni conducir de forma necesaria al establecimiento de un régimen monárquico.
El gobierno republicano era consciente de que la conspiración estaba en marcha, pero confiaba en derrotarla con facilidad. Quizá su error fue no prever la magnitud de la sublevación y manifestar incapacidad para controlar a sus propias masas, no atreviéndose a romper con la extrema izquierda. La realidad es que el gobierno sí tomó disposiciones para evitar el estallido de una sublevación contra el gobierno del Frente Popular. Para ello los mandos militares sospechosos habían sido trasladados a puestos desde los que su actuación sería mucho menos peligrosa. Asimismo, las fuerzas de orden público en las grandes ciudades fueron puestas al mando de autoridades adictas a la República. Los dirigentes políticos republicanos erraron en la valoración de sus propias fuerzas: cuando se produjo la sublevación, algunos grupos políticos iniciaron una revolución social que redujo a la nada el poder del gobierno del Frente Popular.
La sublevación se inició en Marruecos el día 17 de julio de 1936, adelantándose a la fecha prevista. Dos días más tarde asumió el mando el general Francisco Franco, que se había sublevado sin dificultades en Canarias de donde se había trasladado a Marruecos en un avión alquilado por conspiradores monárquicos. A partir del 18 de julio el alzamiento se extendió a la península, dependiendo su resultado de la 139 preparación de la conjura, el ambiente político existente en la región, la decisión de los conspiradores y del gobierno, etc. En Navarra y Castilla la Vieja, regiones católicas y conservadoras por excelencia, el general Mola desempeñó un papel decisivo, y los sublevados obtuvieron fácilmente la victoria. En Aragón la sublevación venció en las capitales de provincia merced a la postura del general Guillermo Cabanellas, antiguo diputado radical y ahora alineado con los sublevados. Algo parecido sucedió en Oviedo, pero el resto de Asturias siguió dominado de forma abrumadora por la izquierda. En Galicia triunfó la sublevación pese a la resistencia de las organizaciones obreras, dado el carácter conservador de la región.
En Andalucía la situación fue radicalmente distinta, pues el ambiente era marcadamente izquierdista en esta región. La victoria del general Gonzalo Queipo de Llano en Sevilla fue una sorpresa, pero su situación fue muy precaria al comienzo e igual sucedió en otras capitales andaluzas como Cádiz, Granada o Córdoba, ya que los barrios obreros ofrecieron una resistencia que no desapareció hasta que llegó el apoyo del ejército de África. La situación fue muy similar en Extremadura, aunque la ciudad de Cáceres se sublevó, pero Badajoz no.
En Castilla la Nueva y Cataluña la suerte de la sublevación dependió de lo que pudiera suceder en las dos grandes capitales, Madrid y Barcelona: en ambas el ambiente político era izquierdista. En Madrid la conspiración estuvo muy mal organizada y los sublevados quedaron encerrados en sus cuarteles, sin decidirse a salir a la calle, con lo que acabaron bloqueados por las fuerzas fieles al gobierno y las milicias populares. En Barcelona salieron de ellos, pero las fuerzas de orden público les cerraron el paso. En uno y otro caso las masas proletarias jugaron un papel decisivo en la derrota de la sublevación.
En otras regiones hubo titubeos hasta el final. El País Vasco se escindió ante la rebelión: Álava estuvo a favor de ella y Guipúzcoa y Vizcaya en contra, gracias a la postura de los nacionalistas vascos ante la promesa gubernamental de la inminente concesión del estatuto autonómico. En cuanto a las islas Baleares, Mallorca e Ibiza se sublevaron, pero no Menorca. En Valencia los sublevados dudaron mucho para, al final, ser derrotados.
El balance de aquellos tres días de julio fue que España quedó dividida en dos, entre una serie de regiones y provincias que se habían pronunciado contra el gobierno y otras que le eran fieles. El general Mola habían intentado un golpe de fuerza muy violento pero de corta duración. Su fracaso implicó el estallido de la guerra civil, pues fue imposible lograr la aceptación por unos y otros de un gobierno de centro.
Para comprender la primera fase de la guerra es preciso tener en cuenta el balance de las fuerzas. Originariamente a la República no le faltaron recursos militares, aunque los generales desempeñaron un papel más importante en el bando adversario y la oficialidad joven militara con ellos en su mayoría. En realidad, las fuerzas estaban equilibradas. Si los sublevados contaban con el ejército de África, que era la porción más valiosa, el Gobierno republicano tenía clara ventaja en aviación y en la flota. Además, el Frente Popular disponía de las capitales más importantes, la industria y las reservas de oro del Banco de España.
Por lo tanto un factor decisivo en el desarrollo de la guerra fue el proceso revolucionario que estalló en la zona controlada por el Frente Popular. Consistió en la pulverización del poder político hasta el extremo de que resultaba muy difícil, por no decir imposible, descubrir a quién le correspondía tomar las decisiones e, incluso, hubo tres organismos públicos de decisión en más de una provincia como, por ejemplo, Guipúzcoa.
La revolución tuvo también consecuencias de carácter militar, al no existir un mando 140 unificado. Un tercer aspecto del proceso revolucionario fue el económico-social. Los anarquistas, pero también los comunistas y socialistas pusieron en marcha una colectivización que fue mayoritaria en el campo andaluz y en la industria catalana. Como es natural, esta revolución impidió la necesaria unidad durante el período bélico.
LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA (1936-1937) Fases de la guerra 1.- Guerra de columnas. Entre los meses de julio y noviembre de 1936 los límites de cada una de las dos zonas en que quedó dividida España no eran precisos. En este período la superioridad de los sublevados en el terreno militar fue manifiesta: ello explica la rapidez con la que el general Franco, pasado el estrecho de Gibraltar, avanzó desde Sevilla a Madrid, en cuyos arrabales se detuvo, porque era mucho más fácil para sus tropas obtener la superioridad en campo abierto que en las calles de una ciudad. En cambio los éxitos del Frente Popular fueron menores y su avance desde Cataluña hacia las capitales aragonesas quedó detenido pronto. También las tropas nacionalistas, con la toma de la ciudad de Irún, aislaron la zona norte de sus adversarios de la frontera francesa.
2.- La lucha en torno a Madrid (de noviembre de 1936 a marzo de 1937). Puesto que el general Franco no había conseguido tomar la capital mediante un ataque directo, 141 intentó hacerlo ahora por el procedimiento de flanqueo, ordenando atacar en dirección a la carretera de La Coruña, hacia el Jarama y por Guadalajara. Estas tres ofensivas dieron lugar a otras tantas batallas que testimonian el endurecimiento alcanzado por la guerra, pero a pesar de su superioridad cualitativa y la ayuda de los italianos no fue suficiente para lograr derrotar a los adversarios y, por primera vez, las tropas del Frente Popular detuvieron al enemigo atacante, dejando la situación en tablas. Visto que la guerra no podía ganarse en el centro de la península, Franco optó por concentrar sus fuerzas en el frente Norte para derrotar al adversario allí donde era más débil.
3.- La caída del frente Norte. Guernica (de marzo a octubre de 1937). Sin duda, este fue el año crucial de la guerra. La concentración en Vizcaya de lo mejor de las tropas del general Franco tuvo como consecuencia la pérdida de esta provincia y la de todo el frente Norte. La conquista de Vizcaya no fue fácil. La aviación alemana efectuó bombardeos sobre poblaciones como Durango y Guernica, tácticas que más tarde se emplearían en la Segunda Guerra Mundial. En cambio, la toma de Santander resultó un “paseo militar” por la ayuda de las tropas italianas y la escasa organización de la resistencia. Sin embargo la conquista de Asturias, por la tradición izquierdista de la región y lo áspero del terreno, fue muy dura. Durante el verano de 1937 el Frente Popular lanzó ataques en otras zonas a fin de distraer a las tropas de Franco, pero fracasaron en ellos debido a su falta de coordinación y porque el ejército republicano parecía más capacitado para la defensa a ultranza que para sacar provecho de una gran ofensiva. Si las batallas de Brunete y Belchite se hubieran producido a la vez, se habría detenido la caída del frente Norte.
4.- Teruel y la marcha hacia el Mediterráneo (de diciembre de 1937 a junio de 1938).
El Frente Popular, con el fin de evitar el ataque a Madrid, toma la iniciativa y conquista Teruel. Pero inmediatamente las tropas de Franco se lanzaron a una contraofensiva de desgaste y consiguieron recuperarla, produciéndose un amplio derrumbamiento del frente que les permitió llegar hasta el Mediterráneo. En menos de dos semanas llegaron a Vinaroz, para proseguir el avance hacia Valencia en lugar de hacia Cataluña, pero ante la dura resistencia defensiva, se quedaron atascadas en el Maestrazgo. En el mar la flota republicana consiguió una sonada victoria al hundir el crucero Baleares.
5.- Batalla del Ebro y colapso de Cataluña (desde julio de 1938 a febrero de 1939).
Estabilizado el frente, el ejército popular tomó de nuevo la iniciativa atravesando el río Ebro, que formaba la divisoria entre los dos bandos frente a Gandesa. Fue una batalla muy dura y decisiva. Tras tres meses y medio de lucha y siete ofensivas sucesivas, el ejército hubo de retroceder a sus posiciones de origen. La batalla del Ebro acabó por decidir la guerra. En el mes de febrero de 1938 las tropas del general Franco en su avance ocuparon Cataluña sin encontrar resistencia. Para muchos republicanos la caída de Cataluña significaba el final definitivo de la guerra. El propio presidente, Manuel Azaña, ya exiliado en Francia, presentó su dimisión en ese momento. Algo más de medio millón de personas cruzaron la frontera francesa hacia el exilio. Buena parte de ellas jamás regresarían.
6.- El final de la guerra. El primer testimonio de la desintegración del Frente Popular se puede apreciar en la rendición de la isla de Menorca en febrero del año 1939. A finales de ese mes y comienzos de marzo se precipitó la crisis del Frente Popular, con el reconocimiento del general Franco por parte de Francia y Gran Bretaña. En la segunda quincena de marzo de 1939 el coronel Casado y el político socialista Julián 142 Besteiro iniciaron las conversaciones para intentar negociar el final de la guerra con Franco. Querían que se dieran facilidades para la evacuación y que no hubiera represalias indiscriminadas. La guerra civil concluyó en Madrid y Cartagena con otra guerra civil interna, que enfrentó a los comunistas con el resto de los que combatían por la causa de la República. Los comunistas que habían pretendido asumir para sí la resistencia a ultranza se encontraron ahora con que se les reprochaba la inminente derrota. Pero el general Franco exigió la rendición y el 1 de abril de 1939 pudo anunciar la completa victoria de sus tropas.
LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA (1938-1939) La principal consecuencia de la guerra civil fue que produjo un gigantesco retroceso, no sólo en posibilidades de convivencia entre los españoles sino también en muchos otros aspectos de la vida nacional, incluido el económico.
La guerra como acontecimiento internacional 143 A la altura del mes de noviembre de 1936 la guerra civil española se convirtió en un motivo de inestabilidad internacional. El gobierno de la República tuvo el apoyo de Francia, la URSS y las Brigadas Internacionales; estas últimas, organizadas directamente por Rusia, aunque no todos sus componentes eran comunistas sino de muy diversas procedencias, estaban unidas por un marcado sentimiento antifascista. El bando capitaneado por el general Franco tuvo el apoyo de la Italia de Benito Mussolini y la Alemania de Adolf Hitler. La ayuda extranjera a cada uno de los dos bandos fue muy importante y decisiva para el desarrollo de la guerra. En Londres se creó un Comité de no intervención que en teoría, propició la marginación de los países europeos del conflicto español, pero sus recomendaciones sólo fueron seguidas por Gran Bretaña.
El inconveniente de la ayuda recibida por los republicanos fue depender mucho de las circunstancias, de acuerdo con las características del gobierno existente en Francia (si éste era más izquierdista colaboraba más con la República) y, sobre todo, la exigencia del pago de la ayuda de manera inmediata y poco generosa. Rusia envió material de guerra pero pocos hombres, y el gobierno republicano hubo de trasladar a la URSS una parte del oro depositado en el Banco de España, de modo que las compras de material si hicieron contra ese depósito.
En cambio la ayuda recibida por el bando de Franco fue tardíamente pagada y consistió en el envío de unidades militares voluntarias (Italia) o fue reducida en número y técnicamente importante (Alemania). Es posible que la ayuda a cada uno de los bandos en guerra fuera muy semejante pero en los momentos en que fue resolutiva beneficiaron ante todo a los sublevados.
Evolución de los dos bandos Al producirse el estallido de la guerra civil hubo un fenómeno semejante en los dos bandos: la firme voluntad de exterminar al adversario produjo un simultáneo terror característico de todas las guerras civiles. Este era producto del odio previo y de la humillación de haber tenido miedo (Azaña). Los sublevados exterminaron a políticos, masones, maestros y profesores de Universidad tildados de izquierdismo y a una docena de generales que se habían negado a secundar el alzamiento. En la zona del Frente Popular fueron asesinados frailes, sacerdotes, militares sospechosos de fascismo, políticos de significación derechista y también patronos. Lo que no resulta por el momento precisable es saber las cifras de ejecutados en cada uno de los dos bandos, pero es probable que sean bastante semejantes, sobre todo teniendo en cuenta las ejecuciones llevadas a cabo por el general Franco al final de la guerra civil. Puede afirmarse que la represión se produjo sobre todo en los primeros momentos del estallido del conflicto y que inicialmente tuvo un carácter espontáneo. La dureza de la represión fue mayor en aquellas zonas donde el temor al adversario también lo era. El poeta Federico García Lorca fue asesinado en la Granada de comienzos de la guerra civil, y en las mismas semanas en el Madrid de izquierdas aterrorizado por la proximidad del enemigo tuvo lugar el asesinato de un buen número de oficiales en las cercanías de Paracuellos del Jarama.
Una de las consecuencias de la represión fue la adopción por parte de la Iglesia católica de una postura netamente favorable a los sublevados. Gran parte de la jerarquía eclesiástica consideró la guerra civil como una lucha religiosa, aunque el Vaticano nunca se refirió a ella como una cruzada. La Carta colectiva de los obispos españoles del verano de 1937 estaba destinada, fundamentalmente, a lograr la 144 comprensión de los católicos de todo el mundo. En líneas generales se puede afirmar que el catolicismo apoyó al general Franco, a pesar de que en la propia España existía una división entre los mismos católicos, al haber optado los nacionalistas vascos y parte de los catalanes, que eran católicos, por la causa republicana.
Un factor de la mayor importancia para comprender el resultado de la guerra civil reside en la evolución política de los dos bandos. En el bando franquista el sentimiento católico y antirrevolucionario constituyó un factor decisivo de aglutinamiento de los distintos partidos y opiniones, mientras que el ejército desempeñó un papel hegemónico indudable también en el terreno político. Estos factores permitieron a los sublevados llegar a la unidad sin excesivos inconvenientes. La sublevación se justificó como un acto preventivo frente a una revolución que se consideraba inminente, aunque la realidad fue precisamente la contraria: la sublevación militar provocó la revolución social en el bando republicano.
Sin embargo la jefatura del general Franco no pudo considerarse como indisputada desde el primer momento. La facilitó la muerte del general Sanjurjo en accidente aéreo en Portugal, el mismo día 18 de julio, y la conciencia de que mediante un gobierno colectivo como el que se pensó en un primer momento las posibilidades de obtener la victoria era limitadas. De esta manera, en el mes de septiembre de 1936 Francisco Franco fue proclamado Jefe del Gobierno del Estado, una magistratura imprecisa que él llegará a convertir en una verdadera Jefatura del Estado para sorpresa de algunos de sus compañeros de generalato. Además, la guerra civil le convertiría en caudillo, es decir, un líder indisputado.
En la primavera de 1937 se produjeron tanto en este bando, como en el adversario, graves disidencias internas, que concluyeron en el mes de abril de ese mismo año con el decreto de Unificación en un partido único de los dos más importantes en la España sublevada, carlistas y falangistas. Este proceso era predecible desde antes. Los falangistas que tenían una fuerza muy reducida en el año 1936 vieron aumentar sus efectivos en forma de una verdadera avalancha de adhesiones, pero sus dirigentes eran de escasa talla, ya que su fundador, José Antonio Primo de Rivera, había sido ejecutado en la cárcel de Alicante y su partido estaba formado por jóvenes estudiante sin experiencia profesional. Por otro lado, los carlistas ya con anterioridad habían tenido una mayor importancia durante la etapa republicana, como la CEDA, ahora habían desaparecido prácticamente.
Junto a Francisco Franco la figura más destacada en la primera etapa de su régimen fue su cuñado Ramón Serrano Súñer, procedente de la derecha de la CEDA, quien logró introducir algún orden en una administración puramente militar y circunstancial como era la de la España vencedora en la guerra civil.
Aparte de propiciar una posición reaccionaria en materias educativas y religiosas, el régimen franquista distó mucho de configurarse de una manera clara en esta primera etapa de su existencia. El único texto constitucional aprobado fue un Fuero del Trabajo, que no pasaba de ser tan sólo una declaración de principios de carácter social.
Cuando a comienzos del año 1938 se produjo la formación de un Gobierno, su composición heterogénea vino a demostrar la pluralidad de componentes que existían en el bando sublevado.
Así como el propósito fundamentalmente negativo del bando sublevado facilitó la unificación, en el bando del Frente Popular hubo actitudes antitéticas que se manifestaron hasta el final. Los temas que motivaron las divergencias fueron precisamente los relativos a la revolución y a la constitución del ejército. Había quienes querían el puro 145 mantenimiento de las instituciones republicanas y quienes se manifestaban partidarios de una revolución, incluso proponiéndola con matices muy diversos.
En el mes de septiembre de 1936, cuando la situación militar era muy difícil, el Presidente de la República, Manuel Azaña, nombró jefe de gobierno al socialista Francisco Largo Caballero, que fue recibido por los anarquistas con “tolerancia y comprensión” y a quienes muy poco después incorporó a su gabinete. En realidad su política resultó bastante menos revolucionaria de lo que cabía prever, pero tuvo una menor capacidad para unir a los diversos sectores que componían el Frente Popular.
Lo que dificultó su gestión de manera especial fueron los continuos roces de los anarquistas con los demás grupos, que propiciaban, aunque en diverso grado, la unificación de esfuerzos en pro del triunfo militar. Así se demostró en mayo del año 1937 en que estalló un enfrentamiento en Barcelona entre anarquistas y comunistas que fue mucho más grave que cualquier otro conflicto parecido en el bando adversario (este suceso produjo más de 400 muertos). Estos sucesos de mayo provocaron la caída de Largo Caballero al no concitarse contra él los comunistas y algunos socialistas de derechas e incluso de los grupos republicanos, coincidentes con ellos.
El sucesor de Francisco Largo Caballero al frente del gobierno fue Juan Negrín, socialista moderado que trató de proceder lo más rápidamente posible por la senda de la unificación e insistió de manera prioritaria en el esfuerzo militar. Sin duda su principal adversario fue el anarquismo, pero muy pronto le acusaron de una dependencia excesiva de los comunistas. En realidad éstos y el Gobierno se utilizaban mutuamente, pero la derrota en el campo militar fue acumulando motivos de repudio en contra de los dirigentes de Frente Popular y su actuación estaba cada vez más aislada del propio Manuel Azaña y de sus ministros. Es significativo que la guerra civil concluyera con una lucha interna en el seno del bando republicano.
Al final de la guerra civil los comunistas controlaban la mayor parte de las jefaturas de los ejércitos de tierra, mar y aire, así como las direcciones generales de Seguridad y Carabineros. Pero si los comunistas habían alcanzado una influencia tan grande, aunque nunca decisiva, en parte fue también porque los demás no estuvieron a la altura de las circunstancias creadas por la guerra ni supieron darse cuenta de sus exigencias.
El balance de la guerra civil Como afirmó el historiador británico Raymond Carr, la guerra civil española fue “una guerra de pobres”, en la que ninguno de los dos bandos podía emprender dos acciones ofensivas simultáneas porque carecía de fuerzas suficientes. Esta afirmación también vale en el terreno material. Desde el punto de vista militar la guerra fue un conflicto típico de un país retrasado que no hizo prever las novedades técnicas que se utilizarían en la Segunda Guerra Mundial, a pesar de que los alemanes ensayaron algunas de ellas.
El ejército popular de la República desaprovechó las ventajas iniciales –con tan sólo dos escuadrillas hubiera evitado el paso de las tropas de Marruecos por el estrecho de Gibraltar- y, aunque tras largo aprendizaje se capacitó para combatir a la defensiva, sus ofensivas tuvieron una escasa eficacia o condujeron a verdaderos desastres, como ocurrió al final de la guerra.
146 El ejército del general Franco tuvo una mayor capacidad de maniobra pero las virtudes de quien lo dirigía fueron más la prudencia, la constancia y la capacidad logística, que la audacia o la brillantez de concepción. Por tanto, los aspectos técnicomilitares no son los que explican el resultado final de la guerra ni tampoco resultó tan decisiva la ayuda exterior recibida por uno y otro bando. Aunque la ayuda exterior resultó en definitiva más beneficiosa para el bando sublevado, el factor político interno jugó un papel quizá más decisivo.
Aunque la guerra contó con un fuerte apoyo popular en ambos bandos, el vencedor supo poner mucho mejor los medios para ganarla que el perdedor. La principal razón de ello estriba en buena parte en que, aunque los propósitos de unos y de otros eran negativos (anticomunismo en el bando franquista y antifascismo en el bando republicano), lo eran mucho más los del vencedor, que se sublevó por un reflejo de defensa ante la revolución, mientras que los frentepopulistas se lanzaron a toda suerte de experimentos revolucionarios. En suma, la realidad es que si el Frente Popular fue derrotado, la causa estuvo, en gran medida, en él mismo: como escribió el general Rojo, “fuimos cobardes por inacción política antes de la guerra y durante ella”. Los perdedores, en efecto, no pusieron los medios para lograr la victoria.
La guerra civil española, como cualquier otra de su clase, mezcló de manera confusa la barbarie y el heroísmo, la intemperancia y la lucidez. Quienes mejor parados quedan de ella fueron quienes hicieron todo lo posible por evitar el mayor derramamiento de sangre. De ellos, el que expresó esa voluntad de una forma literariamente más bella fue Manuel Azaña, cuando en un discurso pronunciado en el año 1938 aseguró que los cuerpos de los caídos llevarían un mensaje de “paz, piedad y perdón” a las generaciones posteriores.
147 TEMA 18 LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL (1939-1945) Tras la Primera Guerra Mundial, en el marco de la política internacional se abrió un nuevo período al ascender Estados Unidos, la Unión Soviética y Japón al rango de potencias mundiales. Ninguno de los tres estaba satisfecho con el reparto que hicieran los europeos del mundo, puesto que Estados Unidos y Japón consideraban vitales para su desarrollo China y Extremo Oriente. La Unión Soviética, por su parte, tampoco aceptaba sus pérdidas territoriales. Menos conformes aún se mostraron Alemania e Italia cuyos deseos expansionistas quebrantarán el orden establecido.
Desde la invasión de Polonia hasta la rendición de Japón, fueron sesenta y uno los países involucrados en la mayor guerra que haya conocido la humanidad. Un conflicto que duró casi seis años, asolando la vieja Europa, el norte de África y el extremo Oriente. De los 35 millones de heridos y 55 millones de muertos –el 2% de la población mundial- más del 60% de las víctimas serían civiles.
Los estragos económicos y materiales fueron enormes. Tras la contienda, el panorama industrial, agrícola y financiero fue un caos absoluto: como consecuencia del exagerado volumen de dinero puesto en circulación por los países en liza, se vivirá una de las peores inflaciones de la historia. La capacidad industrial descendió un 50% respecto al período de entreguerras, excepto, claro está, en Estados Unidos y los países productores y exportadores durante el conflicto. Por otro lado, a raíz del debilitamiento de las metrópolis, las colonias iniciaron un proceso de emancipación cuya independencia terminará con la mayoría de los imperios coloniales.
EL ESTALLIDO DE LA GUERRA Y LOS TRIUNFOS DEL EJE Antecedentes Aunque a veces se mencionen las condiciones humillantes impuestas a Alemania tras el Tratado de Versalles y el Crack del 29 como los desencadenantes de la guerra, puesto que la Gran Depresión obligó a los países a luchar por los mercados internacionales, a suspender las importaciones e invertir en industrias armamentísticas para paliar el paro, realmente será la agresiva política exterior alemana basada en el pangermanismo y las ansias expansionistas de Japón e Italia las que acabarán con el “espíritu de Locarno” (1925), provocando una nueva conflagración mundial. Japón necesitaba un imperio terrestre en territorio chino, e Italia, al no recibir las regiones prometidas en Versalles, decidió unilateralmente conquistar Abisinia (1935). Por otra parte, se desataron las desmesuradas exigencias territoriales de Hitler quien aspiraba a reunir bajo un mismo estado a toda la población germana de Europa Central.
La guerra no comenzó de pronto. Una serie de crisis la anunciaron: la invasión japonesa de Manchuria (1931), la participación de alemanes e italianos en la guerra civil española (1936-1939), la anexión de Austria o la ocupación de 148 Checoslovaquia por Alemania en 1938. Ante tales violaciones del derecho internacional, los restantes países creyeron que una política de concesiones propiciaría la vuelta de Alemania a la Sociedad de Naciones y su desarme. Tampoco se actuó contra Japón que, además de retirarse del organismo internacional, inició una larga guerra contra China en 1937. Las democracias europeas guardaron silencio al ver cómo Alemania se remilitarizaba e iniciaba un rearme intensivo, y mantuvieron su postura de no intervención en la guerra civil española.
Por último, tras la firma de los pactos germano-soviéticos (1939) la URSS se negó a oponerse a Hitler. Según este acuerdo, se reconocía la influencia soviética sobre los países bálticos. A cambio, los soviéticos no intervendrían en ninguna acción de Alemania contra Polonia –que ambos países se repartirían-, ni contra las democracias occidentales.
El inicio de la Segunda Guerra Mundial tuvo lugar el 1 de septiembre de 1939 cuando las fuerzas alemanas invadieron Polonia que, tras una breve resistencia, capitulaba. Francia y Gran Bretaña declararon la guerra a Alemania y en ese momento se puso en marcha la poderosa maquinaria bélica germana, que inició la llamada guerrarelámpago, nueva táctica militar consistente en el uso de divisiones acorazadas que penetraban con rapidez en el sistema de defensa enemigo. La estrategia se completaba con el apoyo aéreo, los célebres cazas, que impedían al enemigo el envío de refuerzos al frente y atemorizaban a sus tropas.
En abril de 1940 Hitler ocupó Dinamarca y Noruega, países neutrales, y avanzó sobre los Países Bajos. Los aliados reaccionaron enviando sus mejores unidades a Bélgica pero resultaron insuficientes y el 10 de mayo los panzer alemanes cruzan el macizo de las Ardenas, entrando en Francia ante el estupor de los galos. El rey belga, Leopoldo III, pidió un armisticio. A duras penas el ejército aliado pudo replegarse de Bélgica y salvar a sus soldados que fueron evacuados hacia Gran Bretaña por las playas de Dunkerque donde sufrieron el terrible acoso alemán.
En junio de 1940 el viejo mariscal Petain también firmaba un armisticio.
Francia quedaba dividida en dos, la zona norte y oeste, administrada por los alemanes desde París, y la sur, donde un gobierno francés presidido por Petain se establecía en Vichy actuando como un satélite más del Eje.
La batalla de Inglaterra Todavía, en junio de 1940, el primer ministro británico Chamberlain dudaba en enfrentarse a Alemania, vacilación que hizo caer su gabinete. Se formó un gobierno de Unidad Nacional presidido por Winston Churchill quien con firme decisión llamó a los ciudadanos a combatir con “sangre, sudor y lágrimas”. La barrera del Canal permitió a Gran Bretaña preparar sus defensas y solicitar ayuda a Estados Unidos, que en 1939 había revocado la legislación de neutralidad de 1930 sobre la venta de armas. Estados Unidos envió una primera remesa a cambio de establecer sus bases en las Bermudas, Terranova e islas británicas del Caribe. En 1941 aprobaría la Ley de Préstamo y Arriendo a favor de los enemigos del Eje, a la vez que comenzaba a reclutar jóvenes y pertrechar a sus ejércitos.
La batalla de Inglaterra –un combate exclusivamente aéreo- se desarrolló entre julio y octubre de 1940. Durante tres meses fueron bombardeados de manera implacable 149 la costa sureste de Inglaterra y Londres. Más de 62.000 personas perdieron la vida y 50.000 sufrieron heridas graves, aún así, no se quebrantó la moral británica. Sin saber que los ingleses estaban exhaustos, en diciembre de 1940 Hitler abandonaba el proyecto de invadir Gran Bretaña y pensó por un momento en la toma de Gibraltar, pero trasladó todo su interés hacia los Balcanes debido a las derrotas italianas frente a Grecia.
Ese verano de 1940 se había abierto dos nuevos frentes, el del norte de África y el de los Balcanes. Gracias a sus bases y su flota en el Mediterráneo los ingleses disfrutaban de ventajas notables en la zona. En 1941 penetraron en Libia e invadieron Etiopía acabando con el imperio mussoliniano de África Oriental.
Pero el desembarco italiano en Grecia y los avances de los alemanes por Yugoslavia provocaron en los Balcanes la retirada masiva de los aliados. La adhesión de Bulgaria, Rumania y Hungría al Eje en el verano de 1941 reforzó la ofensiva sobre Grecia y facilitó la conquista de Yugoslavia. Ambas cayeron a pesar de la ayuda recibida por parte de los británicos. Las victoriosas campañas nazis, animaron a Hitler que abrió sus ojos hacia las infinitas estepas rusas.
El frente ruso Stalin había respetado los términos del pacto germano-soviético llegando a utilizar su influencia sobre los comunistas europeos para que no hostigaran a Alemania.
Pero Hitler decidió eliminar la amenaza potencial que significaba la URSS en la retaguardia antes de que se convirtiera en el único posible aliado de Gran Bretaña.
Hitler aprobaba el Plan Barbarroja para invadir la URSS en febrero de 1941.
Por sorprendente que pueda parecer y aunque los norteamericanos y británicos informaron a los rusos de la concentración de tropas alemanas en Polonia, Stalin hizo lo posible por no romper los pactos pues el Ejército Rojo no estaba preparado para responder al ataque alemán.
Sin previo aviso, Hitler declaró a sus generales: “ningún acuerdo es posible con los comunistas” y a partir de ese momento había que aniquilar a la URSS. El 22 de junio de 1941 sus tanques atravesaban las fronteras soviéticas y, a finales de ese año, Moscú y Leningrado estaban sitiados. Por el sur llegaron hasta Crimea, dejando ingentes bolsas de prisioneros en los avances. Al no haber firmado la URSS la Convención de Ginebra, los alemanes decidieron que los presos rusos fueran sometidos a trabajos forzados.
La enorme extensión de la URSS, la crudeza del invierno y la táctica de tierra devastada empleada por los soviéticos salvaron la situación. Además, el Estado Mayor alemán había calculado mal las reservas de combustible y de sus 500.000 vehículos motorizados sólo 75.000 fueron utilizables durante la campaña. Los rusos consiguieron resistir. Conscientes de luchar por su supervivencia como pueblo, se batieron con una tenacidad implacable. Tras superar el asedio a Leningrado (actual San Petersburgo, que duraría más de dos años, la guerra tomó nuevos derroteros.
Pero la batalla capital se libró en Moscú durante el otoño de 1941. El intenso y precoz frío, así como el valor de las tropas soviéticas, provocaron el primer fracaso alemán. En diciembre de 1941 la ofensiva germana era detenida y en ese instante comienza la contraofensiva rusa.
150 Para la siguiente campaña, Hitler planeó un gran avance sobre Crimea, que inició en mayo de 1942. Concibió el ataque en dos flancos, uno hacia el Cáucaso para llegar a los pozos de petróleo, y otro en Stalingrado donde los rusos contraatacaron e impidieron a los alemanes cruzar la línea del Volga. Para entonces, las industrias rusas habían sido trasladadas a los Urales y Siberia, de modo que la economía soviética aún no había sido alcanzada en ningún punto capital. Los rusos, además, recibieron material americano e inglés.
En Stalingrado se jugó una de las batallas decisivas. La insistencia de Hitler en mantener sus posiciones concluyó, en enero de 1943, con una gran derrota alemana.
Veintidós divisiones alemanas fueron forzadas a capitular. Las pérdidas nazis superaron los 300.000 hombres, a los que se unieron 130.000 italianos y 320.000 húngaros y rumanos. A 40° bajo cero, los combates adquirieron una violencia salvaje y el heroísmo fue desesperado. Los rusos sufrieron 750.000 bajas, más que los norteamericanos en toda la guerra. En total se calcula que sucumbieron 21 millones de soviéticos.
Además del frente ruso, en el oeste europeo se mantuvo desde 1940 un costoso duelo naval: la Batalla del Atlántico, que enfrentó a los escuadrones alemanes y británicos por conseguir la supremacía en los mares y el control del comercio marítimo, vital para el aprovisionamiento de Europa. A finales de 1943 los aliados comenzaron a tomar la iniciativa en la guerra naval gracias al sonar y al empleo de las cargas de profundidad. Aunque Alemania perdiera prácticamente todos sus submarinos operativos, los cuales hundieron cerca de 3.000 buques y naves aliadas, obligó a retrasar el desembarco norteamericano en Europa.
La guerra del Pacífico En septiembre de 1940, el tercer miembro del eje Berlín-Roma-Tokio, Japón, firmaba el Pacto Tripartito. Tras el descalabro francés, Japón ocupó Indochina y extendió su imperio desde la India a Australia. Ni Gran Bretaña, ni Francia ni Holanda estaban en condiciones de frenar sus avances sobre las colonias. Por su parte, la URSS había quedado neutralizada al suscribir con Japón un pacto de no agresión en abril de 1941.
Ninguno de los dos deseaba abrir otro frente.
Solamente Estados Unidos podía presentar resistencia. El presidente Roosevelt, cuando vio cómo Japón se había apoderado de Manchuria (1931), ya pensó que el enfrentamiento sería inevitable. Congeló los créditos a Japón y nombró a MacArthur comandante en jefe de las tropas norteamericanas en el Extremo Oriente (1941). La negociaciones nipo-americanas se tensaron hasta que finalmente, en diciembre de 1941, Japón bombardeó la flota estadounidense en Pearl Harbour, en las islas Hawai. Acto seguido, Estados Unidos declaraba la guerra a Japón, e inmediatamente Alemania e Italia declararon la guerra a Estados Unidos.
Los japoneses tomaron Filipinas, invadieron Nueva Guinea y se adelantaron en el Índico ocupando Birmania. En muchos lugares encontraron colaboradores dispuestos a terminar con el dominio imperialista europeo sobre Asia.
En agosto de 1942, los aliados vivieron los momentos más bajos a causa de tres violentos embates: las operaciones anfibias de Japón en el Pacífico, la ofensiva terrestre alemana contra la URSS y la campaña submarina contra Gran Bretaña. Así, los 151 alemanes llegaban al Cáucaso, los japoneses tomaban el sudeste asiático y en África, los ejércitos del Eje se acercaban a Alejandría.
La Europa de Hitler: colaboracionismo, genocidio y resistencia La propaganda del ministro alemán Goebbels se esforzaba por captar para el Reich voluntarios antibolcheviques, antisemitas y partidarios de su Europa futura. Movidos por la convicción o el interés, en todos los países aparecieron grupos de colaboracionistas que reclutaban combatientes para el frente ruso o para ayudar a las policías alemanas (SS y SA) instaladas en los territorios ocupados. Ningún país de Europa escapó a la colaboración. Sin embargo, el dominio nazi fue acrecentando el odio al demostrar su naturaleza. Europa se convirtió en una cárcel.
Las SS serían la policía encargada de la población del Reich y quienes se ocupaban de los campos de concentración. La idea de la superioridad aria llevó a confinar para su reeducación en campos de trabajos forzados a todos los hostiles al nazismo. Pero a partir de 1942 se recrudece la política hacia los prisioneros y son asesinados más de seis millones de judíos. Ante el silencio de unos países y la inacción de otros, murieron además, alrededor de dos millones de católicos, protestantes, gitanos, serbios, eslavos, homosexuales, discapacitados o disidentes.
Para sufragar los gastos de guerra, todos los países ocupados serían expoliados por Hitler. Éstos mantenían a las tropas y efectuaban compras masivas a cambio de promesas vanas. Además, para evitar la inflación germana, financiaban la administración, la industria y la maquinaria bélica.
Pero la obstinación de los británicos y la firme resolución soviética provocaron en toda Europa un movimiento de resistencia activo. En realidad, tenía poco en común entre todos los países, excepto el odio al nazismo y a los gobiernos y autoridades colaboracionistas. En todas las zonas ocupadas se fueron formando pequeños grupos que saboteaban, informaban a los aliados y ejecutaban acciones de hostigamiento. A partir de 1943 Gran Bretaña preparó la contraofensiva apoyándose en la resistencia. En Londres, alrededor del general De Gaulle se agruparían los primeros voluntarios que iniciaron la liberación de Francia. Por su parte, la URSS hizo un llamamiento a los comunistas europeos para ejecutar atentados y sabotajes contra las tropas alemanas de ocupación. La resistencia polaca, cuyo gobierno en el exilio también se hallaba en Londres, organizó en agosto de 1944 un levantamiento contra los alemanes que duraría dos meses. En él murieron cerca de 200.000 personas. Hitler mandó arrasar las ruinas de Varsovia.
152 EUROPA EN 1942 Victorias aliadas y el fin de la guerra Con la implicación de Estados Unidos en el conflicto, los aliados pasaron a la ofensiva. En 1942 veintiséis naciones se oponían al Eje y su capacidad industrial se tornó superior a la del adversario. La producción de aviones, tanques, buques y pertrechos les proporcionaba una decisiva hegemonía militar. La victoria aliada era sólo cuestión de tiempo. Dos acontecimientos aceleraron el proceso: el desembarco de los angloamericanos en Marruecos y Argelia y la contraofensiva aliada del Pacífico.
A finales del verano de 1942, los alemanes se habían acercado peligrosamente al Nilo pero las necesidades del frente ruso provocaron un descenso de aprovisionamiento alemán y la debilidad del Afrika Korps, dirigido por el mariscal Rommel, “el zorro del desierto”. El general inglés Montgomery aprovechó esta situación, a la vez que recibía contingentes que duplicaron sus fuerzas, y tras la batalla de El Alamein (Egipto), las tropas del Eje tuvieron que replegarse hasta Túnez.
153 Esta victoria permitió a los británicos avanzar hasta que en noviembre de 1942 un gran ejército anglosajón desembarque en el norte de África bajo la dirección de Eisenhower. Al mayo siguiente, el ataque envolvente desde Libia y Argelia terminó con el ejército alemán en África.
Desde las costas africanas, los aliados saltaron a Europa y en julio de 1943 conquistaron Sicilia, de donde pasaron a la península italiana. Entonces se demostró de manera definitiva que Mussolini había incitado a su país a una intervención en un conflicto para el que no estaba preparado. La consecuencia directa fue que, a finales de julio, el Gran Consejo Fascista lo destituyó. El rey Víctor Manuel III nombró como sucesor al mariscal Badoglio, firmó un armisticio y declaró la guerra a Alemania. Mientras, en el norte de Italia, Mussolini organizaba un reducto de resistencia fascista, la República Social Italiana, que desencadenaría una trágica guerra civil.
La nueva situación provocó la ocupación nazi de Italia. Los aliados tuvieron que abrirse paso metro a metro hasta conquistarla. Al ser demasiado lento el avance, decidieron atacar directamente el poder alemán y justo dos días después de la entrada en Roma, el 6 de junio de 1944, a las órdenes de Eisenhower, se producía la mayor operación bélica de toda la historia: más de 100.000 hombres desembarcaban en Normandía comenzando la liberación del continente europeo.
Gracias a la superioridad humana y material, los aliados consiguieron acabar con la resistencia alemana, protegida por sus enormes barreras fortificadas. El avance aliado fue rápido: en el mes de agosto París era liberado y en septiembre se cruzaba la frontera alemana. Si las nuevas armas como el tanque Sherman y el bazooka jugaron un papel primordial, no fueron menos significativos los actos de sabotaje ejecutados por la resistencia tanto en Francia como en Bélgica o Italia, llegando a paralizar a los nazis. La contraofensiva alemana y el lanzamiento de cohetes contra Gran Bretaña no lograron detener a los aliados.
En el frente del Este, Stalin había hecho retroceder a los alemanes hasta sus fronteras y alcanzaba las puertas de Varsovia poco después del desembarco de Normandía. La URSS negó su apoyo a la resistencia polaca, que se enfrentó a los rusos hasta capitular y rendirse. Las intenciones de Stalin parecían claras. Por el sur la ofensiva rusa ocupó los Balcanes, avanzando hasta Viena, conquistada en abril de 1945.
El asalto a Berlín. Hiroshima y Nagasaki A finales de 1944, cerca de Berlín, los dos frentes envolvían a las tropas de Hitler. La batalla de las Ardenas, ya en diciembre, sólo consiguió retrasar el avance aliado.
En abril de 1945 Mussolini fue ejecutado por un grupo de resistentes italianos. Así se ponía fin en Italia a veintiún años de régimen fascista. El 7 de mayo Hitler se suicidaba en su búnker. Al día siguiente, el almirante Doenitz firmaba la rendición de Alemania.
Al mismo tiempo, en el Pacífico los japoneses se batían en retirada. Desde 1942 los norteamericanos fueron reconquistando posiciones para acercarse al archipiélago japonés. Las batallas aéreas de Midway y del mar del Coral, en 1942, marcarían este cambio decisivo, aunque hasta octubre de 1944 los aliados no recuperarán Filipinas. La batalla de la Bahía de Leyte supuso el colapso de las fuerzas navales y aéreas niponas.
Los aliados avanzaron hasta Iwo Jima en febrero de 1945 y tomarán Okinawa, a 300 millas del Japón, en una de las ofensivas más sangrientas del Pacífico.
154 Los norteamericanos pensaron que un desembarco en Japón produciría miles de víctimas por lo que decidieron el empleo de un arma nueva y terrible: la bomba atómica. En agosto de 1945 una bomba atómica causó miles de muertos en la ciudad japonesa de Hiroshima y tres días después lanzaron otra sobre Nagasaki con resultado similar. La rendición del Japón fue inmediata. Sólo se puso una condición: que la soberanía del emperador fuera respetada. El 2 de septiembre de 1945 la guerra había terminado.
Planes para después de una guerra: las cumbres aliadas Antes de concluir el conflicto, ya habían tenido lugar distintas Conferencias entre los países aliados con el fin de trazar el nuevo orden internacional. En agosto de 1941, para garantizarse el apoyo norteamericano, Churchill tuvo que firmar la Carta Atlántica, que incluía la promesa de devolver los derechos soberanos a los pueblos que podrían formar gobierno propio. Diez años después, la presencia europea en Asia prácticamente había desaparecido.
En noviembre de 1943 Roosevelt, Stalin y Churchill se reunieron en Teherán para delimitar fronteras. Pero la cordialidad que reinaba comenzó a resquebrajarse en 1944, a medida que los ejércitos rusos avanzaban actuando sin respetar los acuerdos.
En febrero de 1945, sintiendo próxima su victoria, los tres grandes se encontraron de nuevo en Yalta (Crimea). Los problemas a debatir fueron tres: la guerra del Pacífico, la cuestión polaca y la ocupación de Alemania. Sobre Polonia, se dirimieron sus fronteras, y los angloamericanos arrancaron a Stalin la promesa de permitir elecciones libres. Respecto a Alemania, se decidió dividirla en cuatro zonas de influencia.
La amistad y confianza de Yalta duraron muy poco. Gran Bretaña, tras el desembarco de Normandía, pasó a ocupar un segundo plano frente a Estados Unidos y la URSS. Por su parte, Stalin había incumplido todas sus promesas y no tenía la menor intención de abandonar sus zonas de influencia.
A la siguiente reunión, celebrada en el verano de 1945 a las afueras de Berlín, en Potsdam, acudieron, además de Stalin, el nuevo presidente estadounidense Harry Truman (Roosevelt había fallecido en abril) y por Gran Bretaña el recién elegido primer ministro Clement Attlee. Aquí se pactó la división y desmilitarización de Alemania y Austria. La concordia sólo se salvó al ceder los occidentales sobre el trazado de las fronteras polacas. A rusos y americanos les separaba un mundo aunque estuvieran de acuerdo en aceptar una organización internacional de posguerra, las Naciones Unidas.
Ante los dos grandes, las restantes potencias se eclipsaron. Será el inicio de la política de bloques –capitalista y comunista- y de la guerra fría.
Las consecuencias del conflicto bélico La guerra cambió completamente la estructura política y económica de la mayor parte del planeta. La primera consecuencia fue la configuración de un nuevo mapa político. Stalin se anexionó los Estados bálticos, Rumania, parte de Polonia y de Finlandia.
Alemania perdió todos los territorios absorbidos desde 1937 –Polonia, Austria y Checoslovaquia- que volvieron a constituirse en estados nacionales. El resto de su 155 territorio quedó dividido en cuatro zonas, que acabarían por formar dos naciones diferentes.
Respecto a Europa oriental, que había sido liberada por la URSS a lo largo del conflicto, pasó a ser su área de influencia asumiendo una estructura socialista. En Oriente, Japón perdió la totalidad de sus conquistas; Corea fue dividida en dos estados; y las diferentes colonias europeas, aunque en principio fueron restituidas a sus metrópolis, inmediatamente iniciaron un proceso de independencia: Vietnam, Indonesia, la India; proceso que también se desarrolló en África y en Oriente Medio, al independizarse Etiopía, Somalia, Libia, Siria o Líbano.
Este nuevo mapa generó un fenómeno que define la inmediata posguerra, el de desplazado. En Europa cerca de 50 millones de personas habían sido expulsadas de unos países que ya no existían y 13 millones de niños vagaban huérfanos. En el Lejano Oriente, más de dos millones de soldados japoneses deambulaban por China, además de casi otros dos millones de civiles que habían colaborado con los invasores.
En la conferencia de Yalta se convino en repatriar a los soldados y civiles aliados, lo que se convirtió en una odisea: un 82% de los desplazados de la URSS no querían regresar. Once millones de alemanes fueron brutalmente expulsados del este de Europa o vivieron con el miedo a que les declararan nazis.
Otra gravísima consecuencia fue el descenso de población a causa de las terribles pérdidas humanas, que se calcula cuatro veces superior a las de la Primera Guerra Mundial, aunque son cifras difíciles de determinar, entre otras cosas por los traslados de la población y la destrucción de archivos y censos. A la desaparición de 55 millones de personas y más de 35 millones de heridos hay que sumar los subalimentados y enfermos con los que apenas se podía contar para reconstruir los distintos países. A la larga, todo ello influyó en los índices de natalidad de las décadas posteriores al conflicto.
Las consecuencias económicas también fueron desastrosas: las haciendas nacionales estaban al borde de la bancarrota. Los gastos de guerra habían agravado el déficit presupuestario y desencadenado la inflación. Las devaluaciones de las monedas y la puesta en circulación del dinero atesorado durante el conflicto agudizaron aún más este problema.
Los bombardeos habían destruido la mayoría de las vías de comunicación, las fábricas e industrias, los campos de cultivo, las ganaderías, así como muchas ciudades. La falta de materias primas y recursos financieros impedían la reconstrucción general, por eso, Estados Unidos ideó el Plan Marshall para la reactivación de Europa.
Por su parte, la URSS que había perdido una tercera parte de su riqueza nacional, además de 70.000 pueblos y 1.700 ciudades, se vió beneficiada gracias a los nuevos territorios adquiridos de Alemania que poseían un tejido industrial bien desarrollado. También, el traslado durante el conflicto de las fábricas al este de los Urales, permitió después de la guerra, el crecimiento de la zona soviética de Asia.
Dentro de las consecuencias morales se encuadra la necesidad de castigar a los criminales de guerra, asunto que se convirtió en prioritario. En Nüremberg, entre octubre de 1945 y de 1946 se juzgó y condenó a veintidós dirigentes nazis. Otras 20.000 personas fueron sentenciadas y condenadas en Francia, Gran Bretaña, Estados Unidos y la URSS. Respecto al resto de Europa, por ejemplo en Yugoslavia y las repúblicas bálticas, se detuvo la investigación aunque en estas últimas prácticamente todos los judíos hubieran sido masacrados. En Francia, como en otros lugares, los crímenes de guerra se complicaron con los debates acerca del colaboracionismo. Se abrieron grandes heridas al 156 juzgar a los colaboracionistas, aunque sólo se ejecutó a unos pocos nada más terminar la conflagración. A los criminales de guerra italianos se les trató con benevolencia, prácticamente se aplicó una amnistía general para no colapsar al Estado. En Tokio, el Tribunal Militar Internacional del Lejano Oriente, similar al de Nüremberg, procesó a veintiocho líderes japoneses.
Al menos hubo una consecuencia esperanzadora, el acuerdo de la mayoría de los Estados para establecer un sistema de seguridad colectiva más eficaz que la Sociedad de Naciones. El nuevo orden debería surgir en el seno de una conferencia internacional, acordada de manera general y sin asociarse a un reglamento bélico. Así nacía, en la conferencia de San Francisco de 1945, la Organización de las Naciones Unidas. Los miembros originales fueron 51, con predominio de los países del continente americano (22) y los europeos (15), además de ocho asiáticos, cuatro africanos y dos de Oceanía. Los vencidos serán por el momento excluidos, como ocurriera en 1919, al constituirse las Sociedad de Naciones.
157 TEMA 19 LAS RELACIONES INTERNACIONALES DESPUÉS DE LA II GUERRA MUNDIAL Y LA GUERRA FRÍA La experiencia negativa de los Tratados de paz firmados al término de la Primera Guerra Mundial provocó que los vencedores de la II Guerra Mundial iniciaran la construcción de un marco jurídico para tratar de impedir un nuevo desastre. La paz mundial debería estar basada sobre principios legales consensuados por todas las potencias, tales como la organización de la seguridad colectiva, la reducción de armamentos, procedimientos de arbitraje y el desarrollo de sistemas culturales, económicos y sociales entre los Estados.
Creación de la Organización de las Naciones Unidas La elaboración de la Carta de las Naciones Unidas tuvo lugar a finales de la II Guerra Mundial. Su historia se remonta a 1941 con la Declaración de Londres de los Aliados, quienes de forma conjunta se pronunciaron a favor de una paz duradera y de una cooperación de todos los pueblos libres. Posteriormente, se firmó la Carta del Atlántico, en la que se hacía referencia a la necesidad de renunciar al uso de la fuerza. En enero de 1942 se firmó la Declaración de las Naciones Unidas, donde los Aliados establecieron el compromiso de luchar de forma conjunta contra las potencias del Eje. En este documento se utilizó por primera vez el nombre de Naciones Unidas. Un año más tarde, en las Conferencias de Moscú y de Teherán, también se insistió en la creación de una organización basada en la igualdad soberana de los Estados. Posteriormente, en la Conferencia de Yalta, en 1945, se especificó la forma de votar en dicho órgano. Las esperanzas para lograr una paz mundial quedaron reflejadas en la Carta de las Naciones Unidas, aprobada por cincuenta países, el 26 de junio de 1945 en San Francisco.
En el momento en que se constituyó la ONU, su órgano esencial fue el Consejo de Seguridad, encargado del mantenimiento de la paz. Estuvo compuesto por 11 miembros (en 1965 el número se aumentó a 15), de los cuales, los 5 permanentes, Estados Unidos, la URSS, el Reino Unido, China y Francia, tenían derecho de veto. Los seis miembros no permanentes eran elegidos cada dos años por la Asamblea General. El Consejo de Seguridad podía imponer sanciones económicas y sanciones militares realizadas por contingentes nacionales bajo bandera de la ONU.
La Asamblea General fue el foro político internacional más numeroso. Reunía los 51 países que declararon la guerra a Alemania antes del 1 de marzo de 1945. La Asamblea General propone recomendaciones, pero no tiene facultad para imponerlas. Su autoridad es sobre todo moral y su poder consultivo. Sus decisiones necesitan ser aprobadas por una mayoría de dos tercios.
El poder ejecutivo está en manos del Secretario general, pero dispone de un limitado grado de libertad y de influencia. Solamente puede actuar en las misiones que le 158 son confiadas por el Consejo de Seguridad, y su nombramiento requiere el acuerdo de los cinco miembros permanentes.
Entre los organismos dependientes de la ONU están: el Consejo Económico y Social, encargado de promover el bienestar de los pueblos; el Consejo de Tutela tiene como misión la progresión de las antiguas colonias desde la autonomía hasta alcanzar la verdadera independencia y la Corte internacional de justicia que reúne a todos los Estados miembros, y aunque sus juicios no son obligatorios, sus indicaciones y estudios sirven para elaborar el derecho internacional.
Las instituciones financieras y económicas establecidas en Breton Woods confirmaron el predominio de los Estados Unidos. El dólar sustituyó al patrón oro por el que se definieron las demás divisas. El FMI (Fondo monetario internacional) que estaba dominado por los Estados Unidos, sólo concedía créditos a los países cuya economía siguiera las directrices de Washington. Lo mismo sucedía con el BIRD (Banco internacional para la reconstrucción y el desarrollo). Todo ello confirmó la voluntad unilateral de los Estados Unidos de supremacía mundial.
La Declaración Universal de los Derechos Humanos fue adoptada en 1948 por la Asamblea General y tiene unos valores universales. Los diferentes organismos de la ONU han contribuido a mejorar la situación de los países en vías de desarrollo en el campo de la agricultura y de la alimentación (FAO), ayuda a la infancia (UNICEF), fomento de la educación (UNESCO), organización del trabajo (OIT) y mejoras sanitarias (OMS).
Las actividades de la ONU en favor de los Derechos Humanos presentan en la actualidad un balance positivo y un mayor respeto por los derechos de las mujeres, de los refugiados y de cualquier forma de discriminación racial.
Este entramado político, económico y jurídico se vio alterado desencadenarse el conflicto de intereses entre la URSS y los Estados Unidos.
al El mundo en 1945. Inicio de la guerra fría El final de la II Guerra Mundial supuso para Europa la pérdida del control de las relaciones internacionales, quedando la toma de decisiones en poder de los Estados Unidos y de la Unión Soviética. El conflicto geopolítico entre estas dos superpotencias, conocido como la guerra fría, se convirtió en el rasgo dominante de las relaciones internacionales durante casi cuarenta y cinco años, y fue una lucha sobre el destino de Europa. A partir de 1947, la rivalidad entre las dos grandes superpotencias se extendió por todo el mundo. Los ideales de democracia y de paz, pero también de intereses económicos, fueron los exponentes de dos ideologías contrapuestas, el mundo libre y el campo socialista. Los Estados Unidos buscaron mantener su influencia en aquellos países europeos que no habían caído bajo el dominio comunista, mientras que la Unión Soviética impuso la transformación socioeconómica de los países de Europa del este. Una de las características de la guerra fría es que su inicio no puede situarse en una fecha determinada. Las hostilidades empezaron sin declaración de guerra y se terminaron sin tratados de paz.
En el verano de 1945, el problema más importante para los Aliados era la reconstrucción de las economías europeas, para lo cual se requería un alto grado de cooperación entre las potencias vencedoras. Pero incluso antes del final de la guerra, ya existían grandes desacuerdos entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. Europa del 159 este era una de las zonas de conflicto. Stalin quería establecer un cordón de países satélites con gobiernos afines a Moscú para el futuro desarrollo de sus organizaciones políticas, económicas y militares. En la reunión de Yalta, en febrero de 1945, los tres grandes trataron de preparar la posguerra. Stalin prometió a Churchill y a Roosevelt, que se realizarían elecciones libres con la participación de todas las fuerzas democráticas en los países liberados por el Ejército rojo. Todo parecía indicar que Stalin toleraría otros partidos, y que no contaba, por entonces, con una estrategia general para la zona.
El telón de acero A la muerte de Roosevelt en 1945, la nueva administración Truman inició una contraofensiva con el fin de evitar la extensión del poder soviético en el continente europeo. En el famoso discurso realizado en Fulton (Missouri), en marzo de 1946, Winston Churchill advertía a las autoridades americanas de la falsedad del que había sido su aliado en la guerra con estas palabras: “De Stettin en el Báltico a Trieste en el Adriático ha caído un telón de acero”, y así mismo les aconsejaba que la seguridad sólo se lograría si los Estados Unidos se implicaban en una alianza con las potencias europeas para quienes la expansión soviética significaba la renuncia a los derechos individuales, a la libertad de expresión, a la propiedad y al pluralismo religioso. Por su parte, Stalin consideraba que la Dictadura del proletariado era necesaria para que la vinculación de los países comunistas con la URSS hiciese frente a la unión de los gobiernos capitalistas occidentales, que eran contrarios a la idea de una sociedad sin clases.
El Plan Marshall La estrategia fundamental de Occidente para la reconstrucción de la destrozada economía europea fue el Plan Marshall. En 1947, el Secretario de Estado americano, George Marshall, invitó a todos los países afectados por la guerra, incluida la Unión Soviética y sus satélites, a poner en marcha un plan de saneamiento económico coordinado y financiado por los Estados Unidos.
Stalin rechazó el ofrecimiento y prohibió su participación en el mismo a los países de Europa del Este bajo su zona de influencia. El Kominform, organismo de coordinación política del comunismo europeo, denunció el Plan Marshall como un siniestro complot para establecer la supremacía mundial del imperialismo americano. En junio de 1949, Moscú anunció la creación del Consejo para Asistencia Económica, el COMECON, que coordinaría la reconstrucción de los Estados bajo el dominio soviético.
Fueron dieciséis los países que recibieron los fondos de ayuda del Plan Marshall, canalizados a través de la Organización para la Cooperación Económica Europea, OCDE. Al término de la realización del Plan, en el año 1952, se habían logrado grandes avances en los sectores industriales y agrícolas, superando los niveles de preguerra. A largo plazo, el éxito del Plan Marshall fue el gran impacto político de la presencia estadounidense en Europa occidental. Pero también sirvió para exacerbar la división ideológica con la Europa oriental. Bajo la dirección del Kremlin, el Ejército rojo instaló regímenes pro-comunistas en los países de Europa del Este. Estos fueron obligados a adoptar el sistema político soviético y el dominio del Estado sobre sus economías. Aunque España no participó directamente en la II Guerra Mundial, Franco 160 apoyó a Hitler y Mussolini, y fue excluida del Plan Marshall, ya que el gobierno de Franco no cumplía ningún requisito democrático.
La Doctrina Truman. La Guerra civil griega La división ideológica entre los Aliados y la defensa de sus respectivas zonas de influencia tuvieron un claro exponente en la insurrección griega de 1946. Cuando se retiraron de Grecia las fuerzas de ocupación alemanas, la guerrilla comunista se levantó contra la monarquía pro-occidental, y Grecia solicitó el apoyo de Gran Bretaña y la ayuda financiera americana. La respuesta de Truman no se hizo esperar. En marzo de 1947, en su discurso ante el Congreso anunció la política de apoyo de los Estados Unidos a los pueblos libres que luchaban contra una minoría que quería imponer su ideología. Esta política sería conocida en el futuro como la Doctrina Truman. Los Estados Unidos, convencidos de que los insurgentes comunistas representaban una amenaza para sus intereses estratégicos, votaron un aumento de la ayuda militar a Grecia. En 1949 los comunistas fueron totalmente derrotados. El hecho más importante de esta crisis fue que la Unión Soviética comprendió que los Estados Unidos no se retirarían de Europa, como lo hicieron después de la I Guerra Mundial. La nueva política de contención se había puesto en marcha. A partir de ese momento, los Estados Unidos van a implicarse en la creación de un nuevo orden internacional.
La Doctrina Jdanov La Unión Soviética no tardó en reaccionar. En septiembre de 1947, Andrei Jdanov, guía cultural de la ideología comunista, escribió un informe, conocido como la Doctrina Jdanov, sobre la situación internacional dividida en dos campos: el campo imperialista de los Estados Unidos, Francia y el Reino Unido, y las fuerzas antiimperialistas y antifascistas representadas por la Unión Soviética. Frente al bloque occidental, la URSS consolidó los lazos con los regímenes comunistas de Europa oriental y puso en marcha sus propias instituciones. La división del mundo en dos bloques era evidente a escala internacional.
El bloqueo de Berlín El bloqueo de Berlín fue el primer ensayo de la nueva política mundial. En el mes de julio de 1948, Stalin mandó cerrar todos los accesos a la zona de Berlín controlada por Occidente, quedando aislados más de dos millones y medio de habitantes. Estados Unidos organizó durante los siguientes once meses un puente aéreo para proporcionar alimentos, medicinas y gasolina a la población. Posteriormente las tres potencias, Francia, Gran Bretaña y los Estados Unidos, decidieron unificar sus tres zonas de Alemania Occidental en un nuevo Estado: la República Federal Alemana. Los soviéticos por su parte, crearon la República Democrática Alemana.
Como consecuencia de la crisis de Berlín, los gobiernos de Europa occidental comprendieron que su seguridad, ante una posible agresión soviética, estaba condicionada a la ayuda militar de los Estados Unidos. La administración Truman decidió 161 una mayor implicación en la defensa de Europa. En abril de 1949 se firmó un tratado de defensa, el Tratado del Atlántico Norte, OTAN, entre los Estados Unidos, Canadá, Islandia, Francia, Gran Bretaña, Italia, Portugal, Noruega, Dinamarca, Luxemburgo, Bélgica y los Países Bajos, que obligaba a cada uno de los países firmantes a acudir en defensa de cualquiera de sus miembros si fuesen atacados. Una vez consolidado firmemente el bloque comunista, los Estados Unidos adoptaron una política de contención en todo el mundo, prestando ayuda militar a los regímenes anticomunistas.
El lanzamiento de la primera bomba atómica por los Estados Unidos en Japón, motivó muy pronto la puesta en marcha de un programa de investigación nuclear en la Unión Soviética. En julio de 1949, los soviéticos hicieron explotar su primera bomba atómica, terminando de este modo con el monopolio nuclear de los Estados Unidos. A partir de entonces se inició la carrera de armamentos entre las dos grandes potencias mundiales. Cuatro años más tarde, ambos países habían desarrollado bombas de hidrógeno mucho más destructivas que las lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945. Con posterioridad, otros países, como Francia, Gran Bretaña, China y la India desarrollaron tecnología nuclear.
La Guerra civil china Después de la derrota japonesa en la II Guerra Mundial, se reanudó en China la lucha armada entre los nacionalistas de Chiang Kai-shek y los rebeldes comunistas de Mao Zedong. Aunque los Estados Unidos apoyaron a los nacionalistas por su ideología anticomunista, no consideraron este conflicto como un objetivo de la guerra fría, e incluso trataron de actuar como mediadores. Por su parte, Stalin, quien también apoyó inicialmente a los nacionalistas para impedir la creación de una China unificada y poderosa que pudiera en el futuro disputar el liderazgo del mundo comunista, se mostró prudente para no aportar su ayuda hasta la victoria de Mao. El 1 de octubre del año 1949, los comunistas proclamaron la República Popular de China. Para los Estados Unidos el nuevo régimen comunista de Mao, representó una importante derrota para el mundo libre.
La Guerra de Corea Al término de la II Guerra Mundial, Corea fue ocupada, al norte por la URSS y al sur por los Estados Unidos. En el norte se implantó un gobierno comunista y en el sur un gobierno apoyado por los Estados Unidos. En 1949 las tropas norteamericanas y soviéticas abandonaron el país, que había quedado dividido por el paralelo 38º. Pero en junio de 1950 el ejército norcoreano cruzó la línea de demarcación. Tanto Stalin como Mao Zedong aportaron ayuda al régimen de Kim il Sung, subestimando la reacción americana.
Los Estados Unidos sometieron ante el Consejo de Seguridad de la ONU dos resoluciones: una, exigiendo la retirada de las tropas norcoreanas hasta el paralelo 38º, la otra, una intervención armada bajo bandera de la ONU dirigida por el general MacArthur.
Finalmente, en julio de 1953 se firmó el armisticio que consagró la división de Corea.
Estos dos conflictos fueron un claro ejemplo de no implicación directa en el enfrentamiento entre los Estados Unidos y la URSS. Los Estados Unidos actuaron bajo bandera de la ONU, los soviéticos no enviaron tropas y China acudió a la ficción de voluntarios. Ambos bloques estuvieron de acuerdo para que los conflictos no degenerasen 162 en una guerra mundial y para que sus divergencias se limitasen a enfrentamientos de carácter ideológico. La guerra fría condicionará a partir de entonces el conjunto de las relaciones internacionales.
Distensión y coexistencia pacífica La muerte de Stalin en el año 1953 significó la aparición de la nueva doctrina de coexistencia pacífica. La teoría de la posguerra, que anunciaba un enfrentamiento armado entre los dos bloques, fue abandonada. El nuevo Secretario general del Partido comunista de la Unión Soviética, Nikita Kruchev, convencido de la superioridad a largo plazo del comunismo firmemente asentado en los países de Europa del Este, decidió reaundar el diálogo con Occidente aunque sin renunciar a sus objetivos revolucionarios.
Durante el XX Congreso del PCUS, en el año 1956, Kruchev denunció el autoritarismo de Stalin y el culto a la personalidad. Su objetivo era dinamizar un sistema estancado y obtener mayores rendimientos, sin que ello significase un acercamiento al capitalismo.
La desestalinización tuvo importantes consecuencias en los países de Europa del Este bajo el dominio comunista. En Polonia, ante el clima de manifestaciones y huelgas suscitadas por un aumento de las normas de producción, el secretario del Partido comunista, Gomulka se vio obligado a aceptar sus reivindicaciones, pero logró evitar la intervención militar soviética. Kruchev aceptó limitar sus actividades militares en Polonia, siempre que se respetasen las bases socio-económicas del régimen, el papel dirigente del Partido comunista y la continuidad de Polonia en el Pacto de Varsovia, que había sido creado por la URSS en el año 1955, como alianza militar entre las repúblicas democráticas socialistas de Europa.
No sucedió lo mismo en Hungría donde las manifestaciones más radicales de 1956 llevaron al poder a Imre Nagy. Este antiguo ministro comunista fue más allá de la desestalinización anunciada por Kruchev. Permitió la formación de un sistema multipartidista y anunció la retirada de Hungría del Pacto de Varsovia. La respuesta de la URSS fue inmediata. En noviembre de 1956, los tanques del Ejército rojo entraron en Budapest y llevaron a cabo una brutal represión. La Asamblea General de la ONU condenó la agresión, pero las democracias occidentales no intervinieron debido a la invasión de franceses y británicos del Canal de Suez en Egipto.
La nacionalización del Canal de Suez por el Presidente egipcio Nasser, simbolizó en todo el mundo árabe los deseos de emancipación. Con el acuerdo de Israel, una expedición franco-británica tomó el control del canal. La ONU condenó la agresión y la URSS amenazó con un ataque nuclear sobre Francia y el Reino Unido. Por su parte, los Estados Unidos consideraron el asunto como una violación del Pacto Atlántico. Para Kruchev, la resolución del problema del Canal de Suez, le dio la oportunidad de usar la fuerza en Hungría y demostrar a las potencias occidentales que la URSS no permitiría ningún cambio político en los países bajo su dominio en Europa del Este.
El Muro de Berlín Después de un período de relativa distensión, los enfrentamientos entre los dos bloques volvieron a resurgir en Europa. La URSS quería terminar con la anomalía de 163 un Berlín dividido, y con una brecha por la que salieron más de dos millones de ciudadanos de la República Democrática Alemana entre los años 1949 y 1961. De acuerdo con Moscú, en agosto de 1961, las autoridades de Alemania oriental decidieron levantar un Muro entre los dos sectores, para impedir el paso desde Berlín oriental al occidental. El Muro de Berlín se convirtió en el símbolo de la profunda división entre el comunismo y el capitalismo. La no intervención de los Estados Unidos en el levantamiento húngaro, había demostrado que el control soviético en Europa del Este no sería contestado por la fuerza militar de Occidente.
La crisis de los misiles de Cuba La tensión entre los dos bloques culminó con la crisis de Cuba. Sus orígenes se remontan al año 1959, cuando Fidel Castro y sus partidarios consiguieron derribar el régimen de Fulgencio Batista. En pocos meses, Castro puso en marcha una reforma agraria en la isla contraria a los intereses americanos. Los Estados Unidos intentaron usar presiones económicas para desestabilizar el nuevo régimen, lo que produjo un acercamiento de Castro a la URSS y su adhesión al bloque socialista. En 1961, el desastre del desembarco en Bahía Cochinos de los enemigos del régimen castrista refugiados en Estados Unidos y apoyados por el nuevo presidente, John Kennedy, llevó a Castro a solicitar a la URSS armamento para su defensa y a Kruchev a considerar Cuba como un punto débil en el dispositivo de defensa americano.
En octubre de 1962, el presidente Kennedy denunció la instalación de rampas de misiles soviéticos en territorio cubano, sometió a la isla a un bloqueo para la llegada de cualquier tipo de armamento y evocó la posibilidad de un enfrentamiento nuclear con la URSS. Después de varias semanas de tensión, en la crisis más importante entre los dos bloques desde la caída del nazismo, los dos países llegaron a un acuerdo. La URSS retiró los misiles bajo supervisión de la ONU y los Estados Unidos se comprometieron a no realizar ningún proyecto de invasión de Cuba.
Tratados de no proliferación nuclear Esta distensión no significó el fin de la guerra fría que incluso se extendió a nuevas zonas. A partir del año 1962, ante el riesgo de un enfrentamiento capaz de conducir a una guerra nuclear, los Estados Unidos y la URSS iniciaron una política de desarme. En realidad se trataba de buscar un equilibrio estratégico y paritario para reducir los riesgos de accidentes. Esta nueva filosofía de las relaciones internacionales será beneficiosa para los dos bloques y para el mundo en general, y conducirá a la firma del tratado de no proliferación nuclear y al mantenimiento de conversaciones sobre la limitación de armamento. En 1972, cuando el Presidente Richard Nixon visitó Moscú, se firmó el primer Tratado SALT I considerado como el punto culminante de la distensión.
Con posterioridad, en el año 1979, el presidente de los Estados Unidos, Jimmy Carter, y el Secretario general de la Unión Soviética, Leónidas Breznev, firmaron el Tratado SALT II.
El clima de coexistencia pacífica implicó el reconocimiento del dominio soviético en sus zonas de influencia en Europa del Este. La aceptación por parte de la OTAN de no intervenir en el levantamiento checoslovaco en 1968, demostró a los soviéticos que el estatus de la Europa del Este estaba asegurado.
164 La Guerra de Vietnam Paradójicamente este período coincide con la guerra de Vietnam entre las fuerzas comunistas de Ho Chi Min en el norte de la península, y los nacionalistas de Din Diem en el sur. La presencia americana en apoyo del sur del país puede entenderse dentro del marco de la política de contención de los Estados Unidos para combatir la influencia comunista en el sudeste asiático. El fracaso de Cuba tuvo un papel importante en la intervención americana, ya que el Presidente Kennedy no estaba dispuesto a un desastre similar en el sudeste asiático y ordenó el envío de un alto número de consejeros.
Por su parte, su sucesor, el Presidente Johnson, obtuvo la autorización del Congreso para el envío de soldados a la zona, que llegarían a sumar más de medio millón. A pesar de todos los medios empleados, la ofensiva lanzada por Ho Chi Min puso de manifiesto el fracaso de la política americana. La opinión pública tomó conciencia de la importancia de la intervención y de los horrores de la guerra y empezó a cuestionar los valores de democracia y justicia. La política de contención frente al comunismo fue puesta en tela de juicio hasta tal punto que, para muchos, la guerrilla del Vietcong representaba el derecho de los pueblos para disponer de sí mismos.
En el año 1968, el presidente Nixon empezó la retirada de sus tropas y el inicio de negociaciones para lograr una paz honrosa. En 1973, los Acuerdos de París establecieron el alto el fuego y la retirada total de tropas extranjeras. Dos años más tarde, en 1975, Vietnam del Norte invadió el sur y unificó el país. La guerra del Vietnam fue el mayor desastre de la política de contención de los Estados Unidos y, paradójicamente, hizo posible un relativo clima de distensión en las relaciones internacionales, distensión que culminaría en la Conferencia de Helsinki sobre seguridad y cooperación en Europa en 1975. El Acta final de esta Conferencia no implicó la firma de un tratado, sino que apuntó una serie de resoluciones que pusieron de manifiesto la realidad de la distensión.
En el Acta se anunciaban unos principios muy similares a los de la Carta de las Naciones Unidas: igualdad entre los pueblos, inviolabilidad de las fronteras europeas y respeto de los derechos humanos y de las libertades fundamentales. Además se sentaron las bases para una cooperación en todos los ámbitos.
Si la Conferencia de Helsinki no tuvo repercusiones inmediatas fue, sin embargo, el punto de partida para que los disidentes de los países de Europa del Este empezasen a denunciar abiertamente a sus gobiernos y emprendiesen la lucha por las libertades. Los representantes de los gobiernos firmaron en Helsinki el principio de la inviolabilidad de las fronteras, principio que, sin embargo, sería cuestionado con la caída del Muro de Berlín en 1989.
El fin de la confrontación bipolar El fin de la guerra fría terminó sin vencedores ni vencidos. En realidad las causas que lo hicieron posible tuvieron mucho que ver con la decisión de la Unión Soviética de reorientar su maltrecha economía y de afrontar sus propios enfrentamientos internos. En 1987 el Secretario General del PCUS, Mihail Gorvachov, había declarado en su discurso para conmemorar el 70º aniversario de la Revolución Rusa, que la situación en el futuro de dos sistemas opuestos era imposible. La Unión Soviética no podía continuar indefinidamente la carrera armamentística y espacial. Su política expansionista en el Tercer Mundo, en particular la guerra en Afganistán, fue un fracaso, a lo que hay que 165 añadir los deseos de libertad de los países del este europeo. La aceptación en 1989 de elecciones libres en Polonia; la negativa de Gorvachov a prestar ayuda al Primer ministro de Alemania Oriental y su consejo para que aceptase la reunificación, significaban el derecho de los pueblos a decidir su futuro, tal como se había proclamado en Yalta en el año 1945. Los dirigentes soviéticos comprendieron que era necesario poner fin al régimen existente que la URSS ya no era capaz de sostener. La caída del Muro de Berlín fue una fecha simbólica pero sólo representó una etapa del proceso que puso término a la guerra fría. En 1989 los países de Europa central y oriental se liberaron del yugo soviético. Al año siguiente la descomposición del sistema alcanzó a la propia Unión Soviética. Los países Bálticos obligaron a la URSS a reconocer la ilegalidad de su anexión por Stalin en el año 1940 y declararon su independencia. En agosto de 1991 fue disuelto el Partido comunista de la URSS. El hundimiento de la ideología comunista fue también el fin de la Unión Soviética y el de la guerra fría y el comienzo de un nuevo período histórico.
166 TEMA 20 DESCOLONIZACIÓN. TERCER MUNDO.
SUBDESARROLLO La descolonización es el proceso histórico por el que las colonias de las potencias occidentales alcanzan la independencia política. Tiene su antecedente en las independencias americanas, a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX. Los movimientos nacionalistas por la independencia se inician en las colonias afroasiáticas entre las dos guerras mundiales, y se generalizan tras la segunda, durante los años centrales del siglo XX.
Los nuevos Estados surgidos de la descolonización, junto con otros independientes desde antiguo –como China o los países sudamericanos-, forman durante la guerra fría –años cincuenta y sesenta- el llamado Tercer Mundo. La expresión indica la voluntad de algunos de ellos de formar una tercera fuerza, no alineada ni con el bloque norteamericano ni con el soviético. Aunque no todos los países africanos y asiáticos forman parte de los no alineados (Cuba estuvo del lado de la URSS, los países latinoamericanos de Estados Unidos), se suele utilizar la expresión para todos ellos, cuando su verdadero denominador común es el subdesarrollo.
La expresión “países subdesarrollados” o “países en vías de desarrollo” surge hacia 1950, cuando se conoce el dato de que la renta por habitante en todos ellos es la novena parte de la de los desarrollados de Europa y Norteamérica. Sin embargo, se utilizan indistintamente “Tercer Mundo” o “Mundo subdesarrollado” para referirse al conjunto de Latinoamérica, África y Asia –excepto Japón y Asia soviética-, aunque Argentina y Uruguay tienen un desarrollo similar al de algunos países del sudoeste de Europa, y desde luego superior al de algunos del Este.
LA DESCOLONIZACIÓN El proceso se inició tras la Primera Guerra Mundial, con un tímido movimiento de matiz nacionalista de los pueblos sometidos contra el dominio europeo; pero sin desarrollarse aún una ideología revolucionaria que desembocase en una acción anticolonialista organizada y sistemática. La Segunda Guerra Mundial potenció más ese movimiento, y el fortalecimiento de los nacionalismos demostró que los países europeos sólo podrían conservar sus colonias al precio de sangrientas y costosas guerras. De modo que entre 1945-1965 casi todas las colonias se emanciparon. Pues los principios democráticos por los que lucharon los vencedores en la guerra, concretados en la Carta Atlántica, incluían el derecho de cada nación a la soberanía, derecho que resultaba difícil negar a los pueblos afroasiáticos. En unos veinte años se independizaron la mayor parte de las antiguas colonias británicas, francesas, holandesas y belgas; las portuguesas lo hicieron algo más tarde, y finalmente otras pequeñas áreas coloniales. Actualmente sólo algunas islas y algún pequeño territorio se mantienen como reliquias de lo que fueron los inmensos imperios europeos.
167 Causas de la descolonización • Crecimiento demográfico: los adelantos sanitarios, médicos, higiénicos, hospitalarios, alimenticios, etc. que introdujeron las metrópolis en sus colonias, contribuyeron a disminuir la mortalidad. Esto unido a su alta tasa de natalidad que se mantuvo, causó una explosión demográfica. Este aumento de población sin un crecimiento económico paralelo, provocó paro y miseria en campos y ciudades y hacinamiento urbano.
El descontento social subsiguiente propició los movimientos nacionalistas anticolonialistas.
• Sentimiento nacionalista: muchos miembros de las nuevas élites autóctonas educados en Occidente volvieron a sus países imbuidos de ideas de democracia y libertad, pero se vieron subyugados y excluidos de los puestos administrativos y políticos. Su sentimiento de frustración les impulsó a formar los cuadros de los primeros grupos nacionalistas, y serían figuras destacadas en los primeros gobiernos nacionales. Son los casos de Gandhi en la India o Burguiba en Argelia.
• Influencia de las Guerras Mundiales: ambos conflictos tuvieron una influencia múltiple. La crisis comenzó ya con la Primera; y el desprestigio en que cayeron los aliados ante sus respectivas colonias por sus derrotas de los primeros años en la Segunda, fue aprovechado por los países del Eje, que animaron a los pueblos que iban conquistando –sobre todo Japón- a unirse y rebelarse contra el dominio de los blancos europeos. Por otra parte, el Reino Unido y Francia libre movilizaron recursos humanos y materiales de sus colonias para el conflicto (crearon industrias y vías de comunicación, y enrolaron en sus ejércitos a muchos de sus habitantes –más de dos millones de hindúes el primero y muchos magrebíes el segundo- para que lucharan junto a los aliados). La sangre derramada legitimó sus reivindicaciones. Finalmente, el debilitamiento de las potencias coloniales después de la guerra; la difusión de declaraciones y documentos universales sobre los derechos nacionales y libertades democráticas –que la sociedad y élites autóctonas se apresuraron a reclamar-; la creación de la ONU como foro para todas las naciones, y el apoyo de países anticolonialistas, culminaron el proceso.
• Posturas anticolonialistas occidentales: las dos grandes potencias surgidas de la Segunda Guerra Mundial –Estados Unidos y la URSS- adoptaron posturas anticolonialistas y apoyaron la emancipación. El primero, además, procuró abrir mercados para sus capitales y productos sin trabas coloniales, y los soviéticos hicieron lo mismo desde su propia ideología anticapitalista y antiimperialista. El acuerdo entre ambos, al que pronto se unieron los países que se iban liberando, propició que la ONU tuviese un papel impulsor del proceso emancipador.
Modelos de descolonización La descolonización se realizó de diversas formas –con guerra de independencia o sin ella- según la actitud que adoptaron las metrópolis ante el fenómeno.
1) Descolonización sin guerra de independencia: se produjo cuando las metrópolis comprendieron la inutilidad de oponerse a un proceso histórico irreversible. Se la llama también descolonización a la inglesa, porque esta forma de emancipación dominó sobre todo en colonias de ese país. Fue la menos conflictiva, la más rápida y menos traumática, y en general se dio en colonias de los países anglosajones. Así se independizó Filipinas de Estados Unidos (1946); al año siguiente Gran Bretaña abandonó 168 la India y un año después Ceilán y Birmania. Sin el sentimiento de frustración francés y con cierta experiencia descolonizadora en el período de entreguerras (los Dominios de Irak y Egipto), Gran Bretaña había creado en 1931 la Commonwealth –compuesta por estados soberanos en los cinco continentes, sin más vínculo entre ellos que la obligada consulta periódica- como fórmula para mantener cierta unidad con sus antiguas colonias. Pero la ausencia de guerra no siempre implica inexistencia de disturbios importantes; pues hubo gravísimos conflictos, por ejemplo en la India entre comunidades indígenas rivales – hindúes y musulmanes-, y disturbios importantes en Marruecos o Túnez.
2) Descolonización con guerra de independencia: se dio cuando la metrópoli se negó a aceptar el cambio. La mayoría de los casos se produjeron en colonias de Holanda, Francia, Bélgica y Portugal. Se la llama también descolonización a la francesa, pues Francia –tras su humillación en 1940 en la Segunda Guerra Mundial- no estaba preparada para aceptar lo que consideraba una nueva derrota y rechazó el proceso. En 1946 sustituyó el término “imperio” por el de Unión Francesa y trató de retener por la fuerza los territorios. Ello dio lugar a un proceso descolonizador traumático, del que los ejemplos más claros fueron Argelia e Indochina. También fue difícil el proceso para Holanda, cuya colonia en Indonesia logró la independencia en 1949, bajo la dirección de Sukarno y tras un doloroso conflicto bélico. Bélgica y Portugal también tuvieron una descolonización conflictiva: en Congo la rápida retirada belga produjo un caos en el momento de la independencia (1960) que obligó a la intervención de la ONU; y la negativa del presidente portugués a cualquier concesión a sus colonias provocó importantes movimientos guerrilleros ayudados por países comunistas, que consiguieron sus objetivos en 1975.
Por otra parte, en muchos casos el proceso descolonizador fue un absoluto fracaso, que dejó tras de sí guerras entre poblaciones enfrentadas que han continuado hasta el siglo XXI. Es el caso de hindúes y musulmanes en la India –hoy prolongado en el conflicto entre India y Pakistán-, los de Sudán, Ruanda, Burundi y otros países del África negra, así como el aún sin solucionar de la antigua colonia española del Sahara.
Finalmente el Mundo Árabe, sobre todo el polvorín de Oriente Medio, donde el drama de Palestina –origen del largo y sangriento conflicto de Oriente Medio- permanece sin solución.
Actualmente el colonialismo clásico no existe, pero se mantiene lo que llamamos “neocolonialismo” en muchas excolonias –sobre todo de África-, que si bien han logrado la independencia política, continúan sometidas a una explotación y dependencia económicas de Occidente que las condena al subdesarrollo.
EL TERCER MUNDO La expresión Tercer Mundo fue acuñada en los años cincuenta para referirse a los países de África, Asia y America Latina, poco avanzados tecnológicamente, con una economía dependiente de la exportación de productos agrícolas y materias primas, altas tasas de analfabetismo, elevado crecimiento demográfico y gran inestabilidad política.
Muchos de ellos acababan de independizarse de las potencias coloniales europeas. En un contexto internacional de guerra fría, con el mundo dividido en dos bloques enfrentados tras la Segunda Guerra Mundial, estaban condenados a un escaso o nulo protagonismo y al forzoso alineamiento con uno de los dos bloques. La extensión de la guerra fría a Asia tras el conflicto de Corea, las repercusiones que la situación podía 169 tener para ellos, y el afán de evitar a toda costa que Asia se dividiera también en bloques enemigos –como se podía temer ante la firma del Tratado de Asia Oriental (SEATO) y la alianza chino-soviética-, los llevó a iniciar una política internacional de neutralismo, para mantenerse equidistantes entre los dos bloques. Poco a poco fueron evolucionando, de la neutralidad pasiva del principio a una activa no alineación, de modo que el Tercer Mundo se convirtió en una nueva y sólida fuerza internacional. El proceso comenzó con el inicio de las primeras independencias y tuvo dos momentos centrales y representativos: la Conferencia de Bandung y el Movimiento de Países No Alineados. Así, el Tercer Mundo de los países no alineados se distinguió del Primer Mundo de naciones capitalistas y del Segundo en torno a la URSS.
Marco internacional: de la Conferencia de Bandung al Movimiento de Países No Alineados Alarmados por la situación internacional –la guerra fría extendiéndose a Asia y la política que desarrollaba Estados Unidos en el continente- y guiados por la hostilidad contra Occidente, por la inquietud y temor ante la situación política y por el deseo de su propia afirmación internacional, los líderes de cinco países asiáticos recientemente descolonizados (Pakistán, India, Indonesia, Ceilán –hoy Sri Lanka- y Birmania) convocaron una Conferencia internacional en la ciudad Indonesia de Bandung. La Conferencia se celebró en 1955, bajo el impulso del hindú Nehru, Nasser, Tito y el indonesio Sukarno.
Participaron 29 países, mayoritariamente asiáticos y algunos africanos. El acto supuso el “despertar de los pueblos colonizados” y representó el acceso de los nuevos Estados a la esfera internacional que les correspondía, organizados en un bloque neutral. Los objetivos que se plantearon en la reunión fueron: fomentar la comprensión y las relaciones entre las naciones de Asia y África, examinar los problemas que las afectaban, tanto entre ellas como en el plano mundial –sobre todo colonialismo y racismo-, considerar la posición de los pueblos de Asia y África en el mundo de aquel momento, examinar el modo en que podrían contribuir a la paz y la cooperación internacionales. Para trabajar por todas esas metas se organizaron tres comisiones de trabajo: política, económica y cultural, que analizaron los problemas y las posibles soluciones a cada uno de ellos.
Los resultados de la Conferencia, fruto del compromiso entre las diversas tendencias fueron: la afirmación de la independencia e igualdad de todos los pueblos afroasiáticos; la condena del colonialismo, las discriminación y el racismo, así como del armamento atómico; la exaltación del espíritu de rebelión moral contra la dominación europea; el surgimiento de los pueblos allí agrupados como fuerza internacional; la formulación de un neutralismo activo; la revalorización de los nacionalismos afroasiáticos y la iniciación de un movimiento internacional de solidaridad entre tales pueblos.
Resumiendo, algunos de los Diez principios que salieron de la Conferencia –y que se convertirán posteriormente en las ideas claves del Movimiento de los Países No Alineadosfueron: 1) respeto a la soberanía y la integridad territoriales; 2) igualdad entre las razas y las naciones; 3) no agresión; 4) no injerencia en los asuntos internos de cada país; 5) coexistencia pacífica.
Bandung supuso la afirmación del propósito del Tercer Mundo de ocupar un puesto en el sistema internacional. Con ella el afroasiatismo entró en la historia, definido por el que llegaría a Secretario General de la ONU, el egipcio Butros-Ghali como “un vasto movimiento político en la prolongación de la lucha anticolonialista, que tiende a consolidar por el neutralismo la independencia reciente de los Estados de Asia y África”.
170 Sin embargo, pese al deseo generalizado de unión y neutralidad, desde el principio fue evidente la existencia de tres grandes corrientes enfrentadas: 1) los no alineados, con Nehru y el egipcio Nasser a la cabeza, condenaban la política de bloques militares enfrentados; 2) los pro-occidentales –Turquía, Irak, Pakistán, Ceilán...defendían la posibilidad de que cada país se integrara en alianzas militares regionales.
Este grupo intentó que la Conferencia aprobara una resolución condenando todos los imperialismos, incluido el soviético; pero no lo consiguió, pues el prestigio de la URSS y el reciente pasado colonial eran muy fuertes en aquel momento; 3) los dos países comunistas –China y Vietnam del Norte- cuyo líder chino fue muy hábil en frenar las iniciativas de los pro-occidentales y obtener un gran prestigio para la China de Mao.
En definitiva, la Conferencia de Bandung fue un acontecimiento clave en el proceso de descolonización y el intento de emancipación del Tercer Mundo. La consecuencia directa del espíritu y la política de neutralidad que nació en ella fue el Movimiento de los Países No Alineados.
El Movimiento de los Países No Alineados es una agrupación de Estados que se formó en la Cumbre de Belgrado (1961), para conservar su posición neutral en la vida política internacional y formular sus propias posiciones independientes, reflejando sus intereses y condiciones como países militarmente débiles y económicamente subdesarrollados. Por tanto surgió como un movimiento internacional de resistencia a la división del mundo en bloques, que trabaja para definir y fijar la actitud internacional de los países que lo integran. Paulatinamente ha evolucionado de una neutralidad pasiva a una activa de no alineación.
A la primera Cumbre asistieron 25 países, que aceptaron los Principios de Bandung, adoptándolos como los principales fines y objetivos de la política de no alineación. En base a su propia identidad, sus principales objetivos quedaron fijados en: apoyo a la autodeterminación, oposición al apartheid, no adhesión a pactos multilaterales militares, lucha contra el imperialismo en todas sus formas, desarme, no-injerencia en asuntos internos de los Estados, fortalecimiento de la ONU, democratización de las relaciones internacionales, desarrollo socioeconómico y reestructuración del sistema económico internacional.
En la actualidad agrupa a 117 países, todos ellos miembros plenos del Movimiento y todos del Tercer Mundo –principalmente de África, Asia y América Latinacomo una fuerza de acción más o menos unificada. El Movimiento se mantiene activo y celebra periódicas Conferencias Cumbres mundiales. Desde su creación en Belgrado ha celebrado trece Cumbres, en India, Egipto e Indonesia, cuyos dirigentes más destacados del comienzo –Tito, Nehru, Nasser y Sukarno- fueron llamados entonces “grandes del Tercer Mundo”. Posteriormente ha habido Cumbres en Argelia, Cuba, India y otros países, y todas ellas han trabajado sobre los principios de la coexistencia pacífica, programas sobre un nuevo orden económico internacional, posible modernización, renovación y adaptación a las nuevas circunstancias internacionales, etc. La última ha tenido lugar en La Habana (Cuba), en septiembre de 2006.
SUBDESARROLLO El subdesarrollo es uno de los problemas estructurales más graves de muchos países africanos, asiáticos y sudamericanos, en teoría políticamente independientes y soberanos respecto de las potencias imperialistas, pero que en realidad 171 soportan una dependencia económica y social asfixiantes. Precisamente la dependencia es en muchos casos el origen del subdesarrollo que padecen. Pues todos ellos se caracterizan por: un elevado crecimiento demográfico, baja renta por habitante, subalimentación y enfermedades, analfabetismo y escasa difusión de la cultura, predominio del sector agrario y mínima industrialización, escasas infraestructuras, falta de cuadros dirigentes adecuados y escaso desarrollo de las clases medias. Y la mayor parte de esas características son consecuencias del colonialismo y de la dependencia económica que sufrieron durante su etapa colonial.
Por tanto la situación de subdesarrollo se produce sobre todo por estos dos motivos: 1º por ausencia previa de infraestructuras económicas y sociales adecuadas para que se produzca el cambio, lo que condena al retraso económico e imposibilita el desarrollo; 2º por el colonialismo, pues las metrópolis imponían en sus colonias los sistemas de explotación convenientes para sus propias economías sin pensar en las locales, de modo que esa dominación y subordinación impedían el desarrollo económico autóctono y perpetuaban el subdesarrollo. De hecho las áreas subdesarrolladas se corresponden con las antiguas colonias –la mayor parte de Asia y África- además de Iberoamérica. Es decir, todo el Tercer Mundo. Pues los sistemas económicos y de infraestructuras que dejaron las potencias coloniales al retirarse, unidos a la falta de preparación de su población, provoca la dependencia.
En consecuencia la descolonización de un país no es real mientras no consigue total independencia, no sólo política sino también económica. Actualmente impera el “neocolonialismo”, una nueva dependencia económica de países atrasados –en muchos casos antiguas colonias, pero hoy Estados independientes- respecto de potencias económicas occidentales, que las siguen utilizando como suministradoras de materias primas e impiden la competencia entre la industria tradicional y la desarrollada de Occidente. Este “neocolonialismo” es de nuevo un fenómeno dominante en países del Tercer Mundo.
Pero los problemas de los países subdesarrollados no son sólo de índole económica, sino política y de relaciones internacionales. Pues tras la independencia, la gravedad de los problemas de esos países nuevos desbordó los programas de las clases dirigentes autóctonas, colocándolas en la disyuntiva de seguir hasta el final las exigencias de reforma de las masas populares (vía revolucionaria, cuyo ejemplo sería Cuba) o de reprimirlas (dictaduras nacionalistas). Además, con frecuencia las grandes potencias han convertido a los países del Tercer Mundo en escenario de sus rivalidades y enfrentamientos.
Problemas del subdesarrollo Las características del subdesarrollo son al mismo tiempo elementos que contribuyen a perpetuar la situación, pues suponen una pesada lacra al intento de superación de ese subdesarrollo. Los problemas que los países subdesarrollados han de afrontar son de carácter demográfico, económico, político y social.
1) Explosión demográfica: se ha producido al combinarse el mantenimiento de altas tasas de natalidad con el descenso de la mortalidad. La introducción de la medicina moderna en esos países ha mejorado la calidad y esperanza de vida, provocando un fuerte y brusco descenso de la mortalidad, sin que se haya producido un 172 cambio cultural paralelo y simultáneo que propiciara el descenso de la natalidad al mismo ritmo.
2) Problemas sociales: al no verse correspondido el crecimiento de la población con el paralelo incremento de la riqueza, la renta por habitante no ha aumentado o lo ha hecho poco, de modo que es imposible el reparto de capitales necesarios para el desarrollo económico. Ello provoca paro, pobreza, hambre, enfermedades y lacras sociales de todo tipo. Todo ello va unido a unas estructuras sociales casi feudales, con una clase dominante rica y una numerosa masa campesina pobre, cuya única defensa social es la familia patriarcal. Finalmente se dan diferencias étnicas, religiosas y lingüísticas, y grandes contradicciones entre la capa social culta y elitista y la masa analfabeta.
3) Problemas políticos: la situación social descrita provoca inestabilidad política, como consecuencia de las grandes tensiones derivadas de los contrastes sociales y económicos imperantes en las regiones subdesarrolladas. En general, los regímenes políticos de los países del Tercer Mundo descolonizados se forman, o bien sobre la herencia de las instituciones y administraciones coloniales, o bien sobre la estructura socioeconómica del propio país. Teniendo en cuenta estos factores y las instituciones y formas de gobierno –que siempre son expresión de un radical nacionalismo-, los sistemas políticos que se imponen en los países del Tercer Mundo cuando se emancipan suelen ser alguno de éstos: 1º sistemas tradicionales, expresión de oligarquías; 2º dictaduras militares impuestas a través de golpes de estado, también expresión del poder oligárquico; 3º sistemas democráticos, al estilo occidental, expresión de las burguesías nacionales; 4º sistemas autoritarios revolucionarios salidos de revoluciones populares y sociales. En todos ellos o la mayoría es común la ausencia de libertad de iniciativa económica.
4) Problemas económicos: en la mayoría de los países subdesarrollados impera una economía pre-industrial. Pues al haber sido utilizados por las potencias occidentales para su propio beneficio económico, sin pensar en los intereses locales, al emanciparse se han encontrado sin preparación ni infraestructuras para desarrollar una economía propia moderna. Por tanto ha escasa industria y dominio de la agricultura – dos de cada tres habitantes del mundo subdesarrollado viven de ella-, también marcada por el colonialismo. Existen dos variantes bien diferenciadas: cultivos de exportación, normalmente plantaciones, boyante y próspero pese a los problemas de superproducción, que ocupa los mejores tierras y goza de tecnología avanzada; y cultivos de subsistencia para consumo interno, casi siempre con tecnología muy tradicional, poco competitivos y de producciones miserables. Se han puesto muchas esperanzas en la llamada “revolución verde”, un proyecto que arrancó en los años cincuenta con el que se pretende superar los problemas del campo (introduciendo semillas de cereales de elevados rendimientos adaptados a climas tropicales, y procedimientos técnicos modernos). Pero estas semillas exigen la utilización más intensiva de abonos y pesticidas, y en ciertos casos de extensión del regadío, lo que implica lentitud en su difusión entre los campesinos tercermundistas, con frecuencia analfabetos y demasiado pobres para poder permitirse la necesaria inversión de capital. Además esta revolución todavía no ha sido posible en buena parte de África.
Las riquezas minerales han posibilitado un sector económico floreciente, que ha proporcionado un gran crecimiento en países antes subdesarrollados. Pero como en los orígenes de la época industrial, la existencia de yacimientos muy a menudo no crea zonas prósperas en el entorno, sino verdaderas colonias económicas dependientes del país explotador. Muchas veces los beneficios de las minas, refinerías o plantaciones se los llevan las empresas extranjeras –que exportan los minerales en bruto, reduciendo los 173 beneficios de la expansión para la economía del país que los produce- o la clase dominante, que acumula riquezas y se opone a las necesarias reformas sociales y agrarias, que sólo la revolución social consigue realizar. Por otra parte, el estímulo que estas actividades representa para la economía del país subdesarrollado en su conjunto es limitado, porque con frecuencia el equipo se importa, la mano de obra local empleada es limitada y casi siempre las exportaciones corren a cargo de empresas extranjeras que repatrían la mayor parte de los beneficios.
Caso aparte representa el petróleo, cuya importancia en la economía mundial ha permitido a los países productores –agrupados en la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP)- elevar sustancialmente los precios. Todo esto se ha traducido en fabulosos ingresos para los principales países productores. Por eso los Estados árabes del Golfo Pérsico encabezan la lista de países con mayor renta por habitante. Pero los regímenes políticos de estos países no han sabido utilizar los fabulosos ingresos para realizar inversiones que aseguren una prosperidad estable a sus pueblos.
Esa es la causa –junto con la ausencia de libertades políticas y sociales, imprescindibles para un verdadero desarrollo- de que el grado efectivo de bienestar social sea menor de lo que hace pensar su renta por habitante.
La industria ha progresado de forma notable desde la Segunda Guerra Mundial, aunque el mayor desarrollo lo han vivido desde su independencia. Pero la industria moderna exige una capacidad de innovación de la que carecen los países subdesarrollados, que la ven crecer gracias a la abundante mano de obra barata.
En cuanto al comercio exterior, suele ser deficitario en productos manufacturados en casi todos estos países, cuya base de exportaciones dominante son los productos agrícolas y minerales en bruto. Las exportaciones de productos manufacturados constituyen un sector verdaderamente importante sólo para algunos pequeños países del Sureste asiático, como Corea del Sur, Taiwan, Singapur y otros.
Precisamente esto explica su prosperidad económica. Y aunque estos países sufren graves problemas de otros tipos, son un buen testimonio de que la superación del subdesarrollo es posible. Por tanto, aunque el término Tercer Mundo se sigue utilizando para designar a los países subdesarrollados, el concepto se ha ido vaciando de contenido, en el aspecto político al desaparecer el bloque soviético, y en el económico al emerger países industrializados nuevos, como los ya mencionados: Taiwan, Corea del Sur y los países petrolíferos de Oriente Medio.
Globalmente parece evidente que la solución de los problemas del Tercer Mundo sólo será posible con la ayuda de los países desarrollados; y que si esta ayuda no se materializa, las diferencias serán cada día mayores. Pero para salir del subdesarrollo también es preciso un cambio en sus hábitos de comportamiento. De lo contrario se multiplicarán los países que, tras recibir ayuda económica de los países desarrollados occidentales, sean incapaces de devolver los préstamos, de afrontar las deudas contraídas.
174 TEMA 21 LA ESPAÑA DE FRANCO El franquismo fue un largo periodo de la historia contemporánea de España de casi cuarenta años, que no acabaría hasta la muerte del dictador a finales de 1975. Fue un dictadura personal del general Franco, que acumuló y ejerció un poder ilimitado (sólo se consideró responsable ante Dios y ante la Historia). Tuvo la potestad de nombrar y cesar con total libertad a los ministros ya que durante mucho tiempo, hasta 1973, además de jefe del Estado, y generalísimo de los Ejércitos, fue también presidente del Gobierno. Y tuvo, además, enormes prerrogativas legislativas ya que pudo legislar por decreto sin necesidad de tramitar las leyes a través de las Cortes, que se limitaban a aprobar los proyectos de ley por unanimidad.
En el ejercicio de ese omnímodo poder, Franco se apoyó en tres pilares básicos: el Ejército, la Iglesia y el partido único, la Falange Española Tradicionalista y de las JONS. A pesar de la apariencia de monolitismo del régimen, eran diversos los grupos o “familias” de la derecha que lo componían (falangistas, carlistas, monárquicos, católicos...) y que competían entre sí, disputándose espacios de poder. Franco fue siempre muy hábil a la hora de contraponer y equilibrar el peso de esas “familias”, para evitar el excesivo crecimiento de una sola opción que pudiera hacer sombra a su poder personal.
Aunque en lo esencial el régimen no cambió, sí evolucionó a los largo del tiempo, de modo que es posible distinguir diversas fases o etapas.
La etapa “azul” En la primera etapa, denominada “azul” por el predominio de Falange, la dictadura militar que se había ido configurando durante la guerra civil, trató de imitar el modelo ofrecido por la Italia fascista de Mussolini y la Alemana nazi de Hitler. El Nuevo Estado tuvo algunos rasgos semejantes a los de los regímenes fascistas europeos. La primera ley fundamental del régimen, el Fuero del Trabajo (1938) estaba inspirada en la “Carta del Lavoro” de la Italia fascista, al igual que la ley de Prensa (1938), una ley totalitaria que conformó una prensa uniformada al servicio del Estado. El férreo control de los medios de comunicación se ejerció a través de mecanismos como la censura previa, las consignas, los artículos de obligada inserción o el nombramiento de los directores de todas las publicaciones.
Las nuevas autoridades se propusieron erradicar todo vestigio de liberalismo y democracia. La represión que padecieron los vencidos fue implacable, encaminada a cortar de raíz cualquier disidencia. Se dictaron sentencias de muerte, penas de cárcel, condenas a campos de concentración o trabajos forzados, pero también se procedió a la depuración (separación de sus empleos) de funcionarios y trabajadores considerados contrarios al Movimiento Nacional. La severidad de las penas, la falta de garantías de los acusados y la brutalidad policial –con sistemáticas torturas a los detenidos por “delitos políticos”- consiguieron mantener atemorizada a gran parte de la población. La represión costó la vida, por lo menos, a 50.000 españoles después del 1 de abril de 1939.
175 Las circunstancias internacionales propiciaron la eurofia totalitaria de la primera etapa del régimen. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, Franco, a pesar de sus estrechos vínculos con el Eje, dada la vital ayuda nazi-fascista recibida en la guerra civil, tuvo que adoptar una posición de neutralidad por necesidad, como resultado de la extrema debilidad material y militar en que había quedado sumido el país. No obstante, a raíz de los rápidos triunfos de Hitler en Europa, Franco osciló hacia una posición más favorable a la intervención. Aprovechando que las tropas alemanas ocupaban París, tropas franquistas ocuparon la ciudad internacional de Tánger (junio de 1940). Franco se entrevistó con Hitler en Hendaya (octubre de 1940), y pocos meses después también con Mussolini, para decidir las condiciones de la entrada de España en la guerra al lado del Eje creyendo poder realizar sus sueños imperiales. Fue la época en que el falangista Ramón Serrano Súñer, cuñado de Franco, asumió el máximo protagonismo de la política española desde el ministerio de Asuntos Exteriores.
Tras la victoria aliada, la propaganda franquista puso en circulación la teoría según la cual Franco había sabido resistir con firmeza y astucia las tremendas presiones de Hitler para que España entrara en la guerra al lado de Alemania. Lejos de ello, en la famosa entrevista de Hendaya, Franco manifestó su disposición a entrar en la contienda bélica si Alemania le ofrecía como contrapartida el cumplimiento de sus objetivos imperiales lo que significaba, aparte de la recuperación de Gibraltar, la cesión a España de una parte del imperio francés en África del norte. Franco pidió también ayuda militar y alimenticia a Hitler, quien juzgó desmedidas las pretensiones españolas de participación en el botín de guerra y acabó decidiendo que para Alemania, más importante que la ayuda de una España arruinada y hambrienta, era contar con el apoyo de la Francia colaboracionista de Pétain, el cual prometió la colaboración del territorio colonial francés en África. De todas formas y aunque España no llegó a entrar en la guerra mundial, Franco, entusiasmado ante la invasión alemana de la Unión Soviética (junio de 1941), envió a un contingente de voluntarios y oficiales, la llamada División Azul, para combatir junto con los soldados alemanes en el frente ruso.
Fue ésta la época de máximo protagonismo de Falange, que trató de encuadrar a toda la población española a través de diferentes organizaciones. La Organización Sindical Española (OSE) pretendió integrar a trabajadores y empresarios en un sindicato vertical de tipo corporativo basado en la idea de la armonía entre unos y otros, antítesis de la “destructiva” lucha de clases. Por su parte, el Frente de Juventudes trató de encuadrar a la juventud española, educándola en valores como el culto a la personalidad del Caudillo, la exaltación patriótica, la disciplina y el desprecio a la democracia parlamentaria, y programó también su tiempo libre a través de marchas y campamentos. Los estudiantes universitarios, por su parte, se encuadraron en el Sindicato Español Universitario (SEU). Cumpliendo con el principio de la segregación sexista, la Sección Femenina de Falange, dirigida por la hermana de José Antonio, Pilar Primo de Rivera, fue la encargada de formar a las mujeres de la Nueva España, que ante todo debían ser madres y amas de casa, recluidas en el espacio doméstico y únicamente dedicadas a labores asistenciales en el ámbito público.
Cambio de imagen: el giro católico Cuando la guerra mundial comenzó a decantarse del lado aliado, Franco emprendió un distanciamiento del Eje tratando de desvincularse de los regímenes fascistas aunque, al mismo tiempo, siguió prestando ayuda subrepticia a los alemanes, por 176 ejemplo, con entregas de wolframio, un mineral básico para la producción bélica, o dando facilidades al espionaje nazi. Para congraciarse con las potencias aliadas, Franco volvió a definir la posición española como de “estricta neutralidad”, procedió a la repatriación de la División Azul y, en política interior, llevó a cabo una “operación cosmética” para tratar de dar una imagen más aceptable al régimen a los países democráticos. En marzo de 1943 se constituyeron las Cortes Españolas formadas por procuradores, algunos natos y otros elegidos por un sistema corporativo, además de los cincuenta que podía designar libremente el Jefe del Estado. Eran, dada su composición, un órgano dócil y fiel, totalmente subordinado al dictador.
En aquella delicada coyuntura, los sectores políticos del franquismo favorables a una restauración monárquica, entre ellos un sector del Ejército, presionaron a Franco indicándole la necesidad de que se retirara y diera paso a una monarquía. Por su parte, la oposición antifranquista, muy débil en el interior y dispersa en el exterior, abrigó la esperanza de que la victoria aliada supusiese la caída del franquismo. Hubo un intento, fracasado, de invasión del valle de Arán por parte de antifranquistas refugiados en Francia (octubre de 1944), así como un aumento de la actividad guerrillera y otras actividades tendentes a derrocar a la dictadura por la vía insurreccional que, a pesar de ser silenciadas por la censura, tuvieron considerable importancia, sobre todo en Levante, Asturias, Galicia y León.
Franco, cuyo objetivo era mantenerse en el poder a cualquier precio, supo maniobrar con astucia haciendo algunos gestos de cara a los aliados y manteniendo el equilibrio entre las distintas fuerzas políticas franquistas en un hábil juego de contrapesos que le situaba a él como árbitro supremo. No arrinconó totalmente a Falange porque le servía de contrapeso de las otras familias, sobre todo de los militares y los sectores monárquicos, pero Falange ya no fue a partir de entonces la fuerza hegemónica. Promulgó el Fuero de los Españoles (julio de 1945), que contenía una larga declaración de derechos, aunque en realidad no significó ningún cambio real respecto a los derechos civiles de los españoles; suprimió la obligatoriedad del saludo fascista, abandonó Tánger, promulgó la Ley de Bases del Régimen Local que, aunque aparentaba formas pseudodemocráticas, en realidad refrendaba una absoluta sumisión del personal político local al gobierno central. El Estado franquista fue siempre un estado centralista con un poder enorme por parte de los gobernadores civiles, máxima autoridad provincial. Franco promulgó también la Ley de Referéndum Nacional y dijo que España era una “democracia orgánica”. Un nuevo gobierno, en julio de 1945, con Alberto Martín Artajo en el Ministerio de Exteriores, marcó el giro del franquismo hacia el catolicismo político.
Del ostracismo al reconocimiento internacional Este cambio de imagen no fue suficiente para los gobiernos aliados vencedores de la Segunda Guerra Mundial, que no olvidaban la estrecha vinculación de la dictadura franquista con las potencias fascistas. La Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU) votó en diciembre de 1946 una moción de condena del régimen español y una recomendación de ruptura de relaciones diplomáticas con él. Los embajadores extranjeros se retiraron de Madrid, salvo del de Portugal, el nuncio de la Santa Sede y los representantes de Irlanda y Suiza. Argentina, donde acababa de establecerse el régimen del general Perón, tampoco acató el acuerdo de la ONU.
177 Empezó para la España de Franco un período de aislamiento y exclusión de todos los organismos internacionales, pero la presión internacional no pasó de ahí porque las potencias democráticas finalmente decidieron que era preferible soportar la dictadura franquista como mal menor ya que temían mucho más una desestabilización política en España que pudiera dar lugar a una nueva guerra civil y al triunfo del comunismo.
Ante la campaña de ostracismo internacional, Franco optó por una resistencia numantina. Valiéndose de una gran campaña propagandística, presentó la condena internacional de su régimen como una conjura contra España y consiguió concentrar a una multitud en la plaza de Oriente de Madrid que le aclamó al tiempo que protestaba contra la “injerencia extranjera”.
Para suerte de Franco, pronto iba a producirse un cambio en el escenario internacional que le resultó extraordinariamente favorable. La confrontación entre las potencias occidentales y la Unión Soviética, conocida como “guerra fría”, cambió la perspectiva de Estados Unidos con respecto a España. El anticomunismo de Franco encajaba bien en la política de “contención del comunismo” definida por el presidente norteamericano Truman en 1947. Los dirigentes franquistas, por su parte, acentuaron su discurso anticomunista asegurando que, en la batalla frente al comunismo, Franco había sido “el centinela de Occidente”.
Aunque España quedó en 1948 fuera del Plan Marshall de ayuda norteamericana para la reconstrucción de la Europa democrática, el régimen de Franco fue finalmente aceptado en el bloque occidental dándose por concluida la etapa de ostracismo internacional. En 1950, la ONU lo reconoció, lo que significó la vuelta inmediata de los embajadores a Madrid. A partir de entonces, España se incorporó a los distintos organismos internacionales y finalmente, en 1955, fue admitida como miembro de la ONU.
El primer gran éxito diplomático de Franco fue la firma, en 1953, de un Concordato con la Santa Sede. Ese mismo año, se firmaron los acuerdos bilaterales hispano-norteamericanos por los que España permitía a los Estados Unidos la utilización de bases militares en su territorio (en Torrejón, Zaragoza, Morón y Rota, concretamente) a cambio de una sustanciosa ayuda económica. Cuando en diciembre de 1959, el presidente norteamericano Eisenhower visitó oficialmente a Franco, España era ya miembro de pleno derecho de la comunidad internacional.
La economía y la sociedad en los años de la Autarquía A lo largo de la década de los cuarenta y gran parte de los cincuenta, España vivió un largo período de estancamiento económico y escasez, y ello no sólo como resultado de la destrucción de la guerra civil, de las dificultades de suministros durante la Segunda Guerra Mundial, o del aislamiento a que fue sometida en la posguerra mundial.
Tampoco la “pertinaz sequía”, de la que tanto habló Franco, resultaba una buena excusa.
Si en el año 1950 la producción estaba aún por debajo del nivel de 1936, ello se debió fundamentalmente a la política económica autárquica e intervensionista impuesta por el régimen, principal causante de una prolongada crisis que diferencia el caso de España del resto de Europa donde la reconstrucción posbélica fue mucho más rápida. La autarquía era un proyecto ideológico basado en la autosuficiencia económica y la subordinación de la economía al Estado, el cual estableció un rígido control de abastecimientos, precios y 178 salarios. Los años cuarenta fueron años de economía muy cerrada, donde todo estaba sujeto a control. La irrealidad de los precios oficiales provocó la aparición de un paralelo y floreciente mercado negro a gran escala, el tristemente famoso estraperlo, posible gracias a la corrupción política y administrativa, que agrandó extraordinariamente las desigualdades de la sociedad española. En el mercado negro pudieron adquirirse muchos productos de primera necesidad, pero a precios muy elevados y sin garantía de calidad. La diferencia de precios entre el mercado legal y racionado, y el mercado real y negro, alcanzaron cifras astronómicas. Por ejemplo, un kilo de azúcar que costaba 1,90 pesetas a precio de tasa, había que pagarlo en el mercado negro a 20 pesetas.
La nefasta política económica, unida a las secuelas derivadas de la guerra, provocó hambre y miseria y un repunte de enfermedades como la tuberculosis. Esta situación de tremenda penuria se prolongó durante mucho tiempo. Se estableció la cartilla de racionamiento de alimentos, tabaco y gasolina en todo el país, que no desapareció del todo hasta el año 1953. Algunos momentos críticos sólo se aliviaron con el trigo y otros bienes de primera necesidad llegados de la Argentina de Perón, que supuso un auténtico balón de oxígeno para el régimen de Franco. Eva Perón visitó España en junio de 1947 en medio del fervor popular. Pero el malestar y la frustración de la población tras más de un decenio de privaciones estalló a principios de 1951 en Barcelona con una huelga desencadenada a raíz de la subida del precio de los tranvías.
La consolidación del régimen A lo largo de los años cincuenta, el régimen franquista logró consolidarse plenamente. Ese proceso de consolidación se inició con la Ley de Sucesión de 1947 que definió a España como reino. Franco optaba por una solución monárquica, pero la ley afirmaba al mismo tiempo la naturaleza permanente de su poder personal; sería él quien propondría a la persona para sucederle como rey o regente. Don Juan de Borbón, hijo de Alfonso XIII y heredero del trono, consciente de que esta ley sólo trataba de convertir en vitalicia la dictadura personal de Franco, la rechazó en el Manifiesto de Estoril. Pero poco podría hacer el pretendiente legítimo de la monarquía borbónica. La Ley de Sucesión fue aprobada en referéndum, tras una abrumadora propaganda oficial a favor del sí. Ante el hecho consumado, Don Juan tuvo que acabar aceptando las reglas del juego de Franco y consintió, en una célebre entrevista con el dictador a bordo del yate Azor (agosto de 1948), que su hijo mayor Juan Carlos, que entonces tenía diez años, fuese educado en España bajo la tutela de Franco. No cabe duda de que el dictador, además de paciente, cauto y prudente, era hábil en el manejo de la política.
Ya en los años cincuenta, en paralelo con la apertura internacional del régimen, en algunos ámbitos del gobierno se trató de llevar a cabo una cierta renovación a fin de adaptarse al mundo surgido tras la Segunda Guerra Mundial. El ministro de Educación, Joaquín Ruiz-Giménez, de orientación democratacristiana, emprendió una tímida apertura cultural con un programa de reformas universitarias y una revitalización de la vida intelectual, literaria y artística que acabó en fracaso cuando, en febrero de 1956, a causa de un incipiente movimiento de disidencia estudiantil, el gobierno respondió decretando el cierre de la Universidad de Madrid, el establecimiento por primera vez del estado de excepción, la detención de estudiantes, el cese del Rector, Pedro Laín Entralgo, y la dimisión del ministro.
179 1956 fue un año difícil para Franco. Además de la crisis socioeconómica y la agitación universitaria, expresión de un creciente divorcio de las jóvenes generaciones con el régimen, tuvo que encajar un duro golpe para un general africanista como él: la independencia del protectorado de Marruecos.
Para proceder a la definitiva institucionalización del régimen y superar el colapso económico que amenazaba con la quiebra financiera del Estado, el dictador nombró, en febrero de 1957, a un nuevo gobierno en cuyo diseño tuvo un papel decisivo el almirante Luis Carrero Blanco, uno de cuyos pesos pesados era Laureano López Rodó.
Este equipo preparó la Ley de Principios del Movimiento (1958) que reafirmaba las bases antidemocráticas del régimen.
Los ministros económicos, los llamados “tecnócratas” vinculados al Opus Dei, convencieron a un reticente Franco a romper definitivamente con el modelo autárquico, que tan pésimos resultados había dado, y emprender la vía de la liberalización económica como única forma de salir de la crisis y poder recibir la ayuda del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial. El Plan de Estabilización puesto en marcha en julio de 1959 supuso un profundo cambio de rumbo en la política económica y sentó las bases del espectacular crecimiento económico que tuvo lugar en la década de los sesenta.
El desarrollismo de los sesenta Los años sesenta se caracterizaron por un imparable crecimiento de la economía española, favorecida por una buena coyuntura internacional. La población española creció de forma espectacular, al ritmo más elevado de toda su historia. La fuerte demanda de mano de obra en los países europeos provocó una intensa oleada de emigrantes lo que, unido a la llegada de turistas que visitaban España cada vez en mayor número, generó una gran corriente de divisas. Las fuertes inversiones extranjeras produjeron una rápida industrialización. Se habló del “milagro económico español” ya que, en muy poco tiempo, España dejó de ser un país predominantemente agrario y se convirtió en un país industrializado. La política impuesta con el Plan de Estabilización tuvo su continuación a lo largo de los años sesenta con los llamados Planes de Desarrollo.
Asociada a la industrialización, se produjo una intensa urbanización de algunas zonas (Madrid, Cataluña, País Vasco, región valenciana) y un masivo éxodo de las zonas rurales a las ciudades. La agricultura se modernizó, se mecanizó y capitalizó; se hizo, en definitiva, mucho más productiva.
Todos estos fenómenos provocaron cambios sociales importantes (aumento de la clase obrera, surgimiento de una nueva clase media), que, a su vez, acabaron provocando también un cambio cultural, nuevas actitudes y valores. La tasa de alfabetización registró un avance sustancial, mejoró el nivel educativo y la mujer se incorporó paulatinamente al mercado laboral. Se fue conformando una nueva sociedad urbana, industrial, consumista y crecientemente secularizada, cada vez más parecida a las de los otros países de Europa occidental, con una mejora muy significativa y generalizada de la calidad de vida, unos crecientes niveles de bienestar material, una cultura del consumo de masas y del disfrute del ocio. Emblema de esa nueva sociedad consumista fue el SEAT 600 que se generalizó en las carreteras españolas.
La confianza que produjeron los buenos resultados económicos animó a una parte de la élite política a efectuar algunos cambios tendentes a adaptar el régimen a los nuevos tiempos. Entre las medidas reformistas destacó la nueva Ley de prensa de 180 1966, conocida como ley Fraga (por ser Manuel Fraga Iribarne, ministro de Información y Turismo, su promotor) que, a pesar de sus muchas restricciones y limitaciones, supuso una apertura informativa con respecto a la de 1938.
Pero si en los años sesenta la economía creció mucho, también aumentó la conflictividad obrera y estudiantil y los grupos de oposición al franquismo mostraron una mayor actividad. Fue palpable una creciente contestación social que, cada vez de forma más evidente, rechazaba la dictadura y reivindicaba un régimen democrático. El régimen franquista, por su parte, consideró cualquier oposición como “subversiva”, como se puso de manifiesto en 1962 cuando se detuvo y desterró a algunos antifranquistas moderados que habían participado en lo que el régimen llamó “contubernio de Munich”, que no era más que la reunión del IV Congreso del Movimiento Europeo. La represión, aunque menos intensa que en el primer franquismo, siguió siendo esencial, como demostró la ejecución de Julián Grimau en el año 1963 por hechos de la guerra civil, así como la actuación del Tribunal de Orden Público (TOP).
El régimen se sentía afianzado y seguro, y pudo conmemorar en 1964 con un gran despliegue de medios los “25 años de Paz”. El punto culminante en el proceso de institucionalización del régimen lo supuso la Ley Orgánica del Estado (LOE) sometida a referéndum en 1966 y aprobada por abrumadora mayoría.
El “tardofranquismo” A finales de la década de los sesenta, Franco era ya un anciano de más de 70 años y la cuestión de la sucesión comenzó a ser preocupante. A medida que “el Caudillo” mostraba los primeros síntomas de la enfermedad de Parkinson, y fue retirándose de la política activa, el almirante Carrero Blanco, que se había convertido en su más leal colaborador, adquirió un creciente protagonismo; con razón se le llamó “la eminencia gris del régimen”. Instigado por Carrero, Franco acabó nombrando a Don Juan Carlos de Borbón su sucesor en julio de 1969, creyendo que de esa forma quedaba todo “atado y bien atado” para el futuro. Franco había dejado muy claro que no se trataba de una restauración sino de la instauración monárquica de un príncipe que había jurado fidelidad a la legalidad franquista.
Carrero Blanco creía que la nueva prosperidad económica que vivía España crearía un clima de satisfacción y paz generalizadas y no habría necesidad de introducir cambios en el sistema político. Sin embargo, lo que ocurrió fue que el profundo cambio social y cultural experimentado gracias al desarrollo económico puso de manifiesto el creciente anacronismo de un régimen político autoritario y sin libertades. Se hizo evidente la disfunción creciente entre unas estructuras políticas estáticas y una realidad socioeconómica muy dinámica que iba a crear graves tensiones internas en el país. Las discrepancias en el seno del régimen se acrecentaron, sobre todo entre Carrero, que apadrinaba a los tecnócratas del Opus Dei, y el sector falangista o del Movimiento, y también entre aperturistas e inmovilistas. El caso Matesa, el más importante escándalo político-económico del franquismo (1969), contribuyó a aumentar las tensiones. En el fraude cometido por esta empresa de maquinaria textil aparecían vinculados los ministros de Hacienda y Comercio, miembros del Opus, apadrinados por Carrero Blanco. Sin embargo, éste consiguió superar el acoso a que fue sometido por parte de los ministros de filiación falangista, como Fraga o Solís. A partir de entonces, Carrero, aunque 181 nominalmente vicepresidente, se convirtió en el gran protagonista político del régimen ya que Franco evidenciaba claros síntomas de declive físico.
Si en la política triunfó el inmovilismo, la sociedad española, en cambio, daba claras muestras de un gran dinamismo. La contestación al régimen fue cada vez más amplia y se produjo en varios frentes, sobre todo en el obrero, el estudiantil y el mundo católico. Se dio, por una parte, una creciente movilización reivindicativa de la nueva clase obrera, fundamentalmente dirigida por el sindicato Comisiones Obreras (CCOO), que se concentró en demandas salariales y laborales a favor de la libertad sindical.
Pero el movimiento opositor más desconcertante para Franco fue el procedente del mundo católico que, en consonancia con el nuevo rumbo democratizador y reformista impreso por el papado de Juan XXIII y el Concilio Vaticano II, abandonó definitivamente el nacional-catolicismo de los años cuarenta y cincuenta y mantuvo una actitud crecientemente crítica hacia el franquismo, sobre todo tras la elección del arzobispo de Madrid, Vicente Enrique y Tarancón, como presidente de la Conferencia Episcopal.
Algunas organizaciones de apostolado católico, Juventud Obrera Católica (JOC) y Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC) defendieron postulados progresistas que les enfrentaron con el régimen.
También tuvo importancia la reactivación de los movimientos nacionalistas en Cataluña y en el País Vasco y la creciente actividad terrorista de la organización independentista vasca ETA, que llevó a cabo sus primeros asesinatos en el verano de 1968. El juicio de un tribunal militar contra miembros de ETA, en diciembre de 1970, produjo una reacción internacional de protesta. Aunque Franco conmutó las penas de muerte, el llamado “juicio de Burgos” puso en evidencia, tanto en el interior como en el exterior, los aspectos más negros del régimen. La famosa “paz franquista” pareció cada vez más en entredicho.
A todos estos movimientos opositores, el régimen respondió con medidas represivas que sólo agudizaron la disidencia. El Partido Comunista (PCE) fue la organización clandestina que vertebró la oposición antifranquista, aunque también tuvieron importancia el Frente de Liberación Popular (Felipe) y algunos pequeños grupos de la oposición moderada (monárquicos liberales y demócrata-cristianos) y de la izquierda radical.
A las protestas contra el régimen procedentes del mundo católico y del mundo obrero, se sumaron también las de la Universidad. Las nuevas generaciones, que no habían vivido la guerra civil y se sentían ajenas a los principios ideológicos y políticos del franquismo, protagonizaron el movimiento universitario. Pero cada vez eran más las plataformas antifranquistas, como la Asamblea de Cataluña, cuyo lema era “Libertad, amnistía y estatuto de autonomía”. Por su parte la extrema derecha, los llamados “ultras”, inquietos por el futuro del franquismo, protagonizaron crecientes actos de violencia. En esta situación de proliferación de conflictos, el asesinato de Carrero Blanco en un espectacular atentado perpetrado por ETA el 20 de diciembre de 1973 supuso un duro golpe para el régimen.
Franco nombró entonces como presidente del Gobierno a Carlos Arias Navarro que inició su gobierno con un programa de signo aperturista, el llamado “espíritu del 12 de febrero” que se notó sobre todo en una apertura informativa llevada a cabo por Pío Cabanillas desde el Ministerio de Información y una tolerancia de la oposición moderada. Pero la enfermedad de Franco, las presiones de la ultraderecha, ahora llamada “el bunker”, la crisis económica, las huelgas obreras y otros graves problemas como el terrorismo, o el conflicto del Sahara planteado por Marruecos, fueron factores de 182 desestabilización. Por otra parte, Arias Navarro, cuya lealtad a Franco era total, no estaba capacitado para lo que la mayoría de la sociedad ya demandaba y que era una democratización real. El Estatuto de Asociaciones que Arias presentó en diciembre de 1974 resultó para la oposición democrática totalmente decepcionante, e inaceptable para los más acendrados franquista.
El régimen de Franco parecía cada vez más anacrónico, más aún tras la súbita Revolución de los Claveles en Portugal, el 25 de abril de 1974, que acabó con la longeva y hermana dictadura portuguesa, y la casi inmediata caída del régimen de los coroneles en Grecia.
En 1975, el último año del régimen, la escalada terrorista, el endurecimiento de las medidas represivas, las ejecuciones de varios activistas de ETA y FRAP en septiembre y la repulsa que éstas suscitaron en toda Europa, evidenciaron su total desintegración.
Coincidiendo con la agonía del general Franco, el rey Hassan II de Marruecos amenazó con lanzar una “marcha verde” de miles de marroquíes para invadir el Sahara, ante lo cual España decidió evitar el enfrentamiento y entregar el territorio a Marruecos y Mauritania.
Cuando Francisco Franco murió en la cama, el 20 de noviembre, moría con él una dictadura personal de cuarenta años. El franquismo estaba hasta tal punto unido a la vida de su fundador que, tras su desaparición, le régimen quedó herido de muerte.
183 TEMA 22 LA TRANSICIÓN ESPAÑOLA A LA DEMOCRACIA La transición democrática española, junto a la guerra civil, son los dos acontecimientos de mayor trascendencia de la historia de España durante el siglo XX, aunque por motivos muy diferentes. Pues mientras la guerra civil fue una tragedia de enormes dimensiones que terminó con la experiencia democrática de la II República y trajo consigo un régimen dictatorial que duró casi 40 años, la transición, por el contrario, supuso el fin del franquismo, la constitución de un régimen plenamente democrático, la normalización de la vida política y la integración de España en las instituciones europeas.
Una de las características más importantes de la transición fue que el proceso de cambio se produjo sin grandes convulsiones sociales y con el acuerdo fundamental entre los sectores más reformistas provenientes del franquismo y las principales fuerzas políticas de la oposición democrática. Fue además un cambio esencialmente político que no supuso alteraciones relevantes en la estructura económica del país y en el que participaron una gran cantidad de ciudadanos a través de una importante movilización en favor de la democracia.
Sin embargo, la transición fue una operación difícil, pues no era sencillo enterrar las instituciones franquistas y mucho menos poner en marcha otras nuevas de signo democrático. Fue además un proceso complejo, a veces contradictorio, caracterizado por la incertidumbre y muy marcado por los acontecimientos políticos, algunos de carácter violento, que crearon un ambiente de preocupación y temor, unas veces por los atentados de los grupos radicales, y otras por las actuaciones de las fuerzas de orden público o por los frecuentes rumores de conspiraciones del Ejército contra la democracia.
Primer gobierno de la monarquía Tras la muerte de Franco, Juan Carlos de Borbón fue coronado rey y se convirtió en el nuevo Jefe del Estado el 22 de noviembre de 1975. Carlos Arias Navarro, que continuó como presidente del gobierno, no supo, y probablemente tampoco quiso, avanzar ni siquiera en el proceso de apertura diseñado por él en febrero de 1974. Durante los seis meses que estuvo al frente del gobierno el panorama político fue desolador. Su actividad estuvo centrada en sacar adelante un confuso proyecto reformista cuya única finalidad era buscar la continuidad del franquismo. Lo importante era seguir manteniendo el poder y para ello había que controlar el proceso de reforma, cambiar lo menos posible, evitar que los comunistas y nacionalistas fueran legalizados y dar cabida en todo caso a las fuerzas socialdemócratas, pero teniendo siempre la garantía –según expresión de Manuel Fraga, autor en lo esencial de dicho proyecto- de que “no habrá nunca riesgo de que las izquierdas manden en España con esta reforma”.
El gobierno Arias tuvo que afrontar además de una importante conflictividad social, sobre todo durante los primeros meses de 1976. Las organizaciones sindicales y muy especialmente CCOO, que había obtenido unos excelentes resultados en las 184 elecciones sindicales de 1975, lanzaron una oleada de huelgas, reivindicando importantes subidas salariales que compensaran la pérdida del poder adquisitivo provocado por la fuerte inflación de 1975, y reclamando también las libertades políticas y sindicales.
Las huelgas comenzaron en los sectores y zonas del país con más tradición de lucha y con mayor implantación de las organizaciones sindicales clandestinas, sobre todo CCOO, para luego extenderse a otros lugares del país. Donde más incidencia tuvo el movimiento huelguístico y antes comenzó fue en Madrid. Desde la primera semana de diciembre de 1975 hasta principios de febrero de 1976 se produjo en la capital de España el más importante proceso de huelgas vivido durante el franquismo en el que participaron más de 300.000 trabajadores, pertenecientes a casi todos los sectores de la producción y los servicios.
No habían terminado todavía los conflictos en Madrid, cuando los trabajadores del Bajo Llobregat protagonizaron una huelga general que duraría del 19 al 29 de enero.
Le seguirían otras localidades del cinturón industrial de Barcelona, como Sabadell, Vic, Tarrasa y Badalona. Los trabajadores de la construcción tomaron el relevo de las huelgas de Madrid y Barcelona y durante más de dos meses provocaron una situación de conflictividad generalizada que tendría repercusiones en numerosas ciudades y provincias.
Durante los meses de febrero y marzo las huelgas y los conflictos laborales recorrieron todo el país.
La dureza represiva con que respondió el gobierno a estos conflictos iba a provocar a comienzos de marzo en Vitoria un trágico suceso, cuando la policía disolvió una asamblea de trabajadores con el resultado de cuatro muertos y numerosos heridos. En el mes de mayor tuvieron lugar los sucesos de Montejurra, donde un grupo de “ultras” asesinaron a militantes del partido carlista dirigido por Carlos Hugo. Estos acontecimientos tuvieron una especial repercusión política, pues supusieron un enorme desprestigio para el gobierno y marcaron el punto de inflexión de la perdida de credibilidad en los tibios intentos reformistas de Arias Navarro. Además, desde la oposición comenzó un proceso de acercamiento entre la Plataforma de Convergencia Democrática y la Junta Democrática, que terminarían fusionándose en Coordinación Democrática en los últimos días de marzo de 1976.
Primer gobierno Suárez. La reforma política En julio de 1976 la situación de incertidumbre y de fracaso político era tan evidente, que el Rey forzó la dimisión de Arias Navarro y entregó la jefatura del gobierno a Adolfo Suárez, un político hasta entonces poco conocido, pero que contaba con la confianza de Juan Carlos I para dar un giro político a la situación e impulsar decididamente el proceso de cambio democrático. Como así fue, pues en poco tiempo consiguió poner en marcha una doble política, tendente, por una parte, a buscar el entendimiento con las fuerzas de oposición democrática, y por otra, a sacar adelante una Ley para la Reforma Política que consiguiera lo que parecía casi imposible, que desde las propias instituciones del régimen y no rompiendo con la legalidad vigente, se pusieran las bases de un nuevo Estado democrático. El texto de esta ley era muy breve y partía del principio de que la soberanía residía en el pueblo, estableciendo que las futuras Cortes serían bicamerales y el Congreso y el Senado serían elegidos por sufragio universal.
Lo difícil era que unas Cortes, mayoritariamente franquistas y donde se atrincheraba lo que entonces se llamaba el “bunker”, pudieran apoyar una ley que suponía 185 su autodisolución (algunos lo llamaron “haraquiri!). Y, sin embargo, así lo hicieron cuando aprobaron por 435 votos a favor, 59 en contra y 13 abstenciones la ley de reforma presentada por Suárez.
El siguiente paso era la ratificación de esta ley a través de un referéndum nacional, que se celebró el 15 de diciembre de 1976, con una participación del 75% del electorado y cuyos resultados fueron abrumadoramente favorables a esta ley, pues el 94% de los electores votó por el sí. Esta consulta popular estaba ganada desde el principio, pues Adolfo Suárez, como era lógico, sabían que los partidarios del NO, los nostálgicos de Franco, apenas representaban una fracción muy minoritaria del electorado. Sabía también que la oposición democrática no veía con malos ojos el triunfo del SI, aunque lógicamente plantearía la abstención, no sólo porque no podía admitir un proceso de consulta sin las más mínimas garantías de libertad, sino también porque no era su referéndum. Hay que tener en cuenta que todo este proceso estaba diseñado en clave interna, sólo buscaba mantener la legalidad, evitando la ruptura con el franquismo, y tener las manos libres para llevar a cabo realmente la transición.
Durante el mes de enero de 1977, quizás el momento más difícil de la transición, se produjeron una serie de acciones violentas que convulsionaron la vida política del país. El grupo terrorista GRAPO había secuestrado al presidente del Consejo de Estado, Antonio María de Oriol, y al teniente general Emilio Villaescusa, y un grupo de extrema derecha asesinó a cinco abogados laboralistas de CCOO y conocidos militantes del PCE. Decenas de miles de personas acompañaron el sepelio de los abogados por las calles de Madrid en absoluto silencio en una muestra de fuerza y serenidad que impresionó vivamente a los dirigentes políticos y en buena medida a la sociedad en su conjunto.
En los meses siguientes la legalización del PCE fue el problema esencial que tuvo que afrontar el gobierno. Suárez se dio cuenta de que la construcción de un nuevo sistema democrático tenía que ser verdaderamente representativa y no podía ser excluyente con ninguna fuerza política, ni siquiera con los comunistas. Era muy arriesgado dejar fuera de la ley al PCE, no sólo porque era el partido mejor organizado y con mayor capacidad de movilización, sino porque su participación era imprescindible si se quería que las primeras elecciones democráticas fueran verdaderamente libres y reconocidas por las democracias europeas. Por lo tanto, a pesar de las fuertes presiones de los sectores más reaccionarios y de una parte del ejército, Suárez legalizó al PCE en la Semana Santa de 1977 y con esta trascendental decisión se produjo un extraordinario avance en el proceso de cambio.
Una vez aprobada la Ley de Reforma Política, celebrado el referéndum y legalizado el PCE, el calendario político se aceleró extraordinariamente y en muy poco tiempo se desmantelaron la práctica totalidad de las instituciones franquistas. El Tribunal de Orden Público ya había sido suprimido en diciembre de 1976, y durante el mes de marzo de 1977 el gobierno reguló del derecho de huelga y aprobó la Ley Sindical que legalizaba las organizaciones sindicales y que de hecho suponía la desaparición de la Organización Sindical Española. El 1 de abril quedaba disuelto el Movimiento Nacional.
También en aquella primavera se produjo una ampliación del decreto de amnistía, que permitió obtener la libertad a muchos presos etarras, y la ratificación por el Estado español de un conjunto de pactos internacionales de respeto a los derechos civiles, políticos y sindicales.
Las elecciones de junio de 1977 186 El siguiente paso fue la convocatoria de elecciones generales para el mes de junio de 1977. La campaña electoral fue una auténtica explosión de participación democrática, con una elevada asistencia de ciudadanos a los múltiples actos políticos y mítines de los recién legalizados partidos, especialmente los organizados por comunistas y socialistas.
Como estaba previsto, el 15 de junio se celebraron las primeras elecciones libres en cuarenta años que, con una participación del 78,7% del censo electoral, abrieron una nueva etapa en la transición hacia un régimen democrático. La UCD (Unión de Centro Democrático), una coalición de pequeños partidos liderada por Adolfo Suárez, obtuvo el 34% de los votos en las elecciones al Congreso y 165 escaños; el PSOE, dirigido por Felipe González, quedó en segundo lugar con el 28% de los votos y 118 diputados. El PCE-PSUC, dirigido por el veterano Santiago Carrillo, obtuvo el 9% de los sufragios.
Alianza Popular, con numerosos exministros franquistas encabezados por Manuel Fraga, no logró rebasar el 8% de los votos y 16 diputados, y la candidatura Unidad SocialistaPartido Socialista Popular, liderada por Tierno Galván, logró el 4% de los votos y seis escaños. Entre los grupos nacionalistas, el PNV logró 8 escaños y CDC (Convergencia Democrática de Cataluña) 11 escaños.
Con el triunfo de UCD, Adolfo Suárez fue investido como presidente de un gobierno en el que formaron parte como ministros los dirigentes más destacados de los distintos grupos o familias que formaban la coalición centrista. El nuevo gobierno Suárez, esta vez salido de las urnas, gozaba ya de la legitimidad necesaria para afrontar la construcción de un nuevo sistema democrático. Las líneas maestras del gobierno centrista estuvieron dirigidas esencialmente a conseguir un doble pacto: un pacto político que hiciera posible la elaboración de la Constitución, y un pacto económico, establecido entre las fuerzas políticas parlamentarias pero que abarcaba también a las centrales sindicales y a las organizaciones patronales. En este contexto de legitimidad política, el proceso de transición se ligó a la idea de consenso, entendido como una apuesta por la convergencia y una forma de evitar el enfrentamiento y consolidar la reconciliación.
Sin duda alguna, los frutos más importantes del consenso fueron los Acuerdos de la Moncloa, firmados a finales de octubre de 1977, y la Constitución de 1978.
Los Pactos de la Moncloa En los primeros años de la transición, los diferentes gobiernos, y también la mayoría de los partidos, decidieron dar prioridad a los acuerdos políticos, que permitieran el tránsito pacífico y ordenado de un régimen autoritario a uno democrático, y aplazar cualquier otra decisión en tanto no se celebraran las primeras elecciones generales. Fue entonces, a partir de junio de 1977, cuando el gobierno comenzó a preocuparse por los efectos de la crisis económica y propuso un acuerdo de carácter político, social y económico que culminó en octubre de ese mismo año con la firma de los llamados Pactos de la Moncloa, que fueron concebidos, según el propio texto del acuerdo, como “uno de los documentos más importantes de la historia moderna de España, no sólo por su contenido, sino por su elaboración y el consenso alcanzado entre todos los grupos políticos”. Estos acuerdos preveían actuar sobre los cuatro problemas básicos de la economía: elevada inflación, deterioro del sector exterior, creciente paro y caída de la inversión. Sin embargo, en la práctica, incidieron prioritariamente sobre los dos primeros, 187 con resultados bastante positivos. La tasa de inflación pasó de un 30% en julio de 1977 al 16,5% en diciembre de 1978, y la balanza de pagos arrojó un superávit de 1.500 millones de dólares en 1978, frente a un déficit anual de 5.000 millones de dólares en julio de 1977.
Una de las piezas básicas de los Pactos de la Moncloa fue la reforma fiscal promovida por el ministro de Hacienda, Francisco Fernández Ordóñez, a partir de 1977. Esta reforma tenía el objetivo de repartir los costes del ajuste económico de una forma socialmente avanzada y además modernizar el sistema tributario español.
Las líneas maestras de esta reforma tributaria, que contaba además con el apoyo del conjunto de fuerzas parlamentarias, se sustentaba en: 1) la simplificación y flexibilización del sistema impositivo, adecuándolo a las necesidades cada vez más crecientes del gasto público, y 2) la introducción del carácter progresivo del sistema de recaudación con la puesta en vigor del Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas (IRPF) como el principal tributo directo, que eliminaba el tipo único del IRTP e introducía una escala móvil que gravaba más las rentas más altas.
Estas medidas supusieron un cambio de raíz en el sistema fiscal. Por primera vez los impuestos directos iban a ser mayores que los impuestos indirectos, y la Hacienda Pública tendría mayores recursos, lo que iba a producir una gran extensión del gasto público (del 24,9% del PIB en 1975 pasará al 40% en 1984) y del gasto social (que pasó del 16,2% del PIB en 1975 al 23,6% en 1984). Esta reforma fiscal fue una pieza clave en la construcción del Estado del Bienestar, que permitió a los sucesivos gobiernos de UCD, y sobre todo a los gobiernos socialistas a partir del año 1982, la extensión y universalización de las prestaciones sociales como la educación, la sanidad, las pensiones, las prestaciones por desempleo, etc.
La Constitución de 1978 La elaboración de la Constitución de 1978 no fue nada fácil, pues las diferencias ideológicas de las distintas fuerzas políticas parlamentarias eran demasiado profundas. Sin embargo, hay que reconocer que hicieron todo lo posible para ponerse de acuerdo en un texto constitucional que recogía cuestiones esenciales que habían sido en el pasado objeto de posiciones irreconciliables, como la confesionalidad o no del Estado, la libertad de enseñanza, la pena de muerte, la forma de Estado –Monarquía o República- o la regulación territorial mediante la construcción del Estado de las Autonomías y el reconocimiento del término “nacionalidades”, que para la derecha centralista suponía un paso importante en la desmembración de la patria.
La nueva Constitución, aprobada en referéndum en 20 de noviembre de 1978, consta de 169 artículos ordenados en 11 títulos. El título primero está dedicado a los derechos y deberes fundamentales. España se define como un estado social y democrático de derecho que propugna valores como la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político. La soberanía nacional reside en el pueblo y la forma política del Estado es la monarquía parlamentaria. Se establece la libertad de creación de partidos políticos, sindicatos y asociaciones patronales. Se proclama además la libertad de enseñanza, la libertad religiosa, el derecho a la educación, el carácter obligatorio y gratuito de la enseñanza básica, así como la libertad de sindicación, y los derechos de huelga, propiedad privada y libertad de empresa en el marco de la economía de mercado.
188 Los títulos tercero y cuarto se refieren a los poderes legislativo y ejecutivo.
Se establece el bicameralismo, con un Congreso, elegido por sistema proporcional, y un Senado por sistema mayoritario. El gobierno sólo puede ser derribado por un voto de censura constructivo, proponiendo un candidato como presidente alternativo. En el título séptimo se tratan cuestiones económicas, estableciéndose que el Estado “podrá planificar la actividad económica general para atender a las necesidades colectivas, equilibrar y armonizar el desarrollo regional y estimular el crecimiento de la renta y de la riqueza y su más justa distribución”. El título octavo, sin duda el más polémico del texto constitucional, está dedicado a la organización territorial del Estado, estableciendo que España se organiza territorialmente en municipios, provincias y Comunidades Autónomas.
Conviene señalar, que además de la transformación democrática de las instituciones, la transición tenía que dar solución a las aspiraciones autonómicas del País Vasco y Cataluña que lógicamente cuestionaban la estructura centralista del Estado. No hay que olvidar que estas dos regiones habían tenido sendos Estatutos de Autonomía, aprobados durante la Segunda República, y que la reivindicación nacionalista había sido componente fundamental en su lucha contra la dictadura. Tanto en el País Vasco como en Cataluña, el franquismo había sido socialmente minoritario y además habían permanecido en el exilio unos gobiernos autonómicos que conservaban la legitimidad de aquellas instituciones autonómicas creadas durante la época republicana. Por lo tanto, era natural que tras las elecciones generales de junio de 1977, cuyos resultados en el País Vasco y en Cataluña habían sido mayoritariamente favorables a los partidos que defendían posiciones autonómicas, la reivindicación de nuevos Estatutos de Autonomía recobrara un especial impulso.
En Cataluña, después de estas primeras elecciones, sesenta y dos de los sesenta y tres parlamentarios electos se constituyeron en Asamblea de Parlamentarios y reclamaron la restauración del Estatuto de Autonomía del año 1932. Pero, en una hábil jugada política, el presidente del Gobierno, Adolfo Suárez en vez de dar carta de naturaleza a esta Asamblea de Parlamentarios, invitó al presidente de la Generalitat en el exilio, Josep Tarradellas, y le ofreció su regreso a Cataluña como presidente de esta institución, que nacida durante la Segunda República fue restaurada provisionalmente a través de un decreto-ley promovido por el Gobierno de la UCD. De esta manera, Suárez consiguió desmontar la Asamblea de Parlamentarios, mayoritariamente formada por comunistas y socialistas, y ofrecer la formación de un gobierno autonómico a un personaje de actitudes políticas moderadas, aunque ello suponía un claro elemento de ruptura en el proceso de transición al restablecer una institución nacida de la legalidad republicana.
En el País Vasco, Adolfo Suárez intentó una operación parecida a la catalana, pero el presidente vasco en el exilio, Jesús María de Leizaola, cedió todo el protagonismo a la Asamblea de Parlamentarios vascos, mayoritariamente formada por miembros del partido nacionalista vasco y del partido socialista de Euskadi, que tras largas negociaciones decidieron crear en diciembre de 1977 el Consejo General Vasco, presidido por el socialista Ramón Rubial.
La formación de estos órganos provisionales de autogobierno en Cataluña y el País Vasco provocaron que otras regiones españolas pensaran también en la posibilidad de constituirse en comunidades autónomas, configurando así una estructura federal del Estado, aspiración compartida por la izquierda socialista y comunista, e incluso por pequeñas formaciones regionalistas integradas en la UCD. El proceso autonómico general fue muy complicado, y las discusiones sobre el modelo de autonomía, sobre si la vía autonómica debía ser a través del artículo 151 ó 143 de la Constitución, o sobre los 189 diferentes pactos y leyes reguladoras –como la LOAPA- sirvieron para enfrentar a los partidos nacionalistas con las fuerzas políticas de carácter nacional, fundamentalmente del PSOE, la UCD y posteriormente AP.
Las elecciones de 1979 y la crisis de UCD Una vez aprobada la Constitución, el presidente Suárez convocó elecciones generales, que se celebraron el 1 de marzo de 1979, y cuyos resultados dieron nuevamente la victoria a la UCD, con un ligero incremento de las fuerzas de izquierda, PSOE y PCE. Adolfo Suárez volvió a ocupar la presidencia del Gobierno, prescindiendo de algunos de los líderes de los antiguos grupos que habían formado la UCD, y situando en las dos vicepresidencias al general Gutiérrez Mellado y a Fernando Abril Martorell.
La constitución de los primeros Ayuntamientos democráticos tuvo lugar tras las elecciones municipales de abril de 1979. Los resultados electorales dieron a UCD un elevado número de concejales, sobre todo en las poblaciones pequeñas y medianas, mientras que en las ciudades de más de 50.000 habitantes los mejores resultados fueron para socialistas y comunistas. El acuerdo alcanzado entre el PCE y el PSOE permitió que en las más importantes capitales de provincia hubiera gobiernos de izquierda.
Tras las elecciones de 1979 afloraron una serie de crisis internas en los grupos políticos mayoritarios que demostraron la debilidad del sistema de partidos. En mayo de 1979, durante el 28 Congreso del PSOE, Felipe González intentó situar al partido en posiciones más moderadas y presentó una propuesta que trataba de superar las actitudes excesivamente radicales del PSOE, eliminando su carácter marxista y revolucionario.
Fracasó en su intento y renunció a seguir ocupando la secretaría general del partido. Esta situación de crisis terminó en octubre de 1981 cuando el PSOE aceptó las propuestas reformistas y Felipe González volvió a tomar en sus manos las riendas del partido.
Las tensiones en el PCE se produjeron a raíz del enfrentamiento con la dirección del partido, encabezada por Santiago Carrillo, de diversas tendencias (“leninistas”, “pro-soviéticos”, renovadores”...) que provocaron un rosario de escisiones y rupturas.
Los conflictos en la UCD comenzaron a producirse a partir de 1980, tras los fracasos políticos que sufrió el partido en el referéndum de autonomía de Andalucía y en las elecciones vascas y catalanas. El liderazgo de Suárez fue abiertamente discutido por los llamados “barones”, que representaban a las distintas tendencias del partido. Ante esta contestación interna y en una difícil situación política –aumento del paro, violencia terrorista y malestar militar- Adolfo Suárez presentó su dimisión como presidente del Gobierno y de la UCD, en enero de 1981.
El 23 de febrero de 1981, mientras se estaba celebrando la votación de investidura de Leopoldo Calvo Sotelo como presidente del Gobierno en sustitución de Adolfo Suárez, un grupo de guardias civiles al mando del teniente coronel Antonio Tejero tomó al asalto el Congreso de los Diputados, secuestrando al gobierno y a los diputados.
Este acto sedicioso formaba parte de un intento de golpe de Estado en el que participaron algunos destacados militares, como el Capitán General de Valencia, Milans del Bosch. La contundente intervención del Rey a favor de la democracia logró el apoyo de la mayoría del ejército y que fracasara el complot militar.
190 Esta tentativa de golpe militar fue respondida por un clamor general en defensa de la Constitución y del sistema democrático, y al mismo tiempo propició que la mayoría de los partidos políticos apoyaran al nuevo gobierno y que Leopoldo Calvo Sotelo lograra su investidura con un amplio apoyo parlamentario.
El nuevo Gobierno presidido por Calvo Sotelo promovió una política de acuerdos con la oposición sobre todo en los aspectos políticos de mayor trascendencia, como la economía, el proceso autonómico y el acuerdo con los sindicatos. Sin embargo, el consenso se rompió cuando el gobierno tomó la decisión de solicitar la incorporación de España a la OTAN, una cuestión que modificaba sustancialmente la política exterior de gobiernos anteriores y que era fuertemente contestada por las fuerzas de izquierda.
Aunque el gobierno contó con un cierto sosiego parlamentario, lo que no pudo evitar fue la progresiva desintegración de la UCD. Desde la dimisión de Adolfo Suárez los distintos grupos que conformaban la UCD se enfrentarán entre sí y terminarán destruyendo la coalición. Los primeros en abandonar el partido centrista fueron los socialdemócratas, que encabezados por Fernández Ordóñez se integraron en el grupo parlamentario socialista. Poco más tarde, les siguieron los democristianos que constituyeron el PDP (Partido Demócrata Popular) y firmaron un acuerdo electoral con Alianza Popular. Finalmente, Suárez abandonó UCD y creó un pequeño partido, el Centro Democrático y Social (CDS), que durante los gobiernos socialistas llevó a cabo una política de signo radical y a veces contradictoria, terminando casi por desaparecer a raíz de las elecciones de 1993.
Tras las elecciones generales de octubre de 1982, que dieron una amplia victoria al PSOE, se abrió una nueva etapa política caracterizada por la estabilidad y la profundización en el proceso de consolidación de la democracia.
Conclusiones Se puede concluir afirmando que la transición fue sobre todo un proceso colectivo en el que participó muy activamente una gran parte de los ciudadanos. Aunque los partidos y las organizaciones sociales tuvieron un papel muy destacado y hubo además actores políticos que tomaron decisiones de gran trascendencia y sobre todo actuaron con gran sentido común, como el rey Juan Carlos, Adolfo Suárez o Santiago Carrillo, el verdadero protagonista del cambio fue el conjunto de la sociedad española. Una sociedad moderna, con profundas aspiraciones democráticas y que había sabido superar el enorme trauma que había supuesto la guerra civil. En este sentido, el recuerdo de la guerra civil estuvo muy presente durante los años de la transición, pero no como un elemento de enfrentamiento entre los españoles sino todo lo contrario, como una experiencia negativa que era necesario tener en cuenta para no repetir los mismos errores. Por lo tanto, el clima de reconciliación y de consenso primó sobre las actitudes de confrontación, que tan habituales habían sido durante la historia contemporánea de España.
191 TEMA 23 LA CAÍDA DEL COMUNISMO La caída del Muro de Berlín en el año 1989 simbolizó el fracaso de un sistema político y económico impuesto por la Unión Soviética tras la Revolución rusa de 1917. Para los ideólogos del marxismo el nuevo sistema socialista representaba la revolución más decisiva que nunca hubiera conocido la humanidad: propiedad del Estado de los medios de producción, supresión de la explotación del hombre por el hombre y la felicidad de los pueblos. Sin embargo, el mito socialista no alcanzó su triple promesa.
Es por tanto necesario volver al punto de partida para entender la caída del comunismo en la Unión Soviética y en los países de Europa del Este. Conocer diferentes acontecimientos será determinante para entender este período de la historia del siglo XX.
Al término de la Segunda Guerra Mundial el modelo soviético fue impuesto en aquellos países que cayeron bajo su zona de influencia. Stalin no permitió la creación de democracias en los países liberados por el Ejército rojo e impuso un férreo control del Estado en manos del Partido comunista. Pero a pesar de este modelo unificador, la diversidad de los países de Europa del Este dará lugar a la aparición de diferentes vías al socialismo divergentes a la impuesta por Moscú.
Cinco países y cinco dirigentes políticos son un ejemplo para explicar los intentos de renovación socialista: la Yugoslavia de Tito y el sistema de autogestión; el cambio nacionalista de Imre Nagy en Hungría; la experiencia polaca de Gomulka; el socialismo con rostro humano de Dubcek y la Perestroika de Gorvachov.
Yugoslavia La primera fisura en el bloque comunista surgió en Yugoslavia. La revolución socialista iniciada por Tito durante la Segunda Guerra Mundial, le llevó a cuestionar la hegemonía soviética. Al término de la misma aceptó su ayuda económica y la llegada de consejeros de Moscú, pero emprendió una política muy personalista para proteger los intereses yugoslavos. Las divergencias entre Tito y Stalin fueron en aumento y la tensión explotó en junio de 1948. Stalin había subestimado el dominio de Tito sobre el Partido comunista yugoslavo y su capacidad para movilizar el sentimiento patriótico. El Kominform (Oficina de información del movimiento comunista internacional bajo dirección soviética, creado en 1947) acusó a Tito de abandonar la doctrina marxista leninista, por lo que fue expulsado de esta organización.
La nueva vía hacia el socialismo emprendida por Tito se basó en el sistema de autogestión y en el liderazgo de los países no alineados. El sistema de autogestión implicaba que los medios de producción no pertenecían ni a los particulares ni al Estado, sino a toda la sociedad. Las empresas serían gestionadas por los consejos obreros, cuyos miembros eran elegidos por los trabajadores de las mismas. Sin embargo, esta primera fase de la autogestión tuvo resultados muy limitados. La verdadera vía al socialismo comenzó en 1961 con el nuevo impulso dado a la economía, liberando los precios, 192 ampliando las competencias de los consejos obreros y adoptando un sistema de créditos mediante el cual los bancos reemplazarían progresivamente la participación del Estado.
No puede negarse que la autogestión ayudó a la reconstrucción del país, pero los resultados fueron frágiles y no tuvieron ninguna repercusión en el sistema político.
El movimiento de países no alineados tuvo una gran repercusión en la política interna del país. En 1956, Tito organizó una conferencia en Belgrado con los líderes de los países del Tercer Mundo que alcanzaron la independencia después de la descolonización. En dicha conferencia se sentaron las bases del movimiento: condena a las antiguas y nuevas potencias mundiales dominantes, coexistencia pacífica y neutralidad, pero no tuvo fuerza suficiente para competir con los bloques comunista y capitalista.
Tito fue adaptando su política en función de las circunstancias internacionales, mostrando unas veces su cara liberal a Occidente de donde venían los créditos y otras mostrando una actitud conciliadora con la Unión Soviética, mediante la restricción de exactamente las mismas libertades de las que presumía en Occidente. Con su fallecimiento el 4 de mayo de 1980, el Titismo perdió todo su significado y volvieron a resurgir las rivalidades nacionales originándose una cruenta guerra desde 1991 a 1995.
En el XX Congreso del Partido comunista de la URSS en 1956, Nikita Kruchev condenó los crímenes de Stalin y el culto a la personalidad. Sus palabras fueron el comienzo de la lucha de los países de Europa del Este para alcanzar la libertad.
Polonia En Polonia, los primeros signos de tensión con Moscú surgieron poco después. El líder comunista, Wladislaw Gomulka, que había participado después de la guerra en la reconstrucción del Partido comunista polaco, puso en marcha una política prudente y nacionalista. Contrario a las colectivizaciones forzosas y a la condena por parte del Kominform de Tito, despertó los recelos de la URSS y fue encarcelado en 1951 siendo liberado en el año 1953 después de la muerte de Stalin. Las revelaciones de Kruchev fueron el origen de las importantes manifestaciones de los trabajadores de los astilleros del Báltico en junio de 1956, para lograr una mejora radical de las condiciones de vida. Los dirigentes soviéticos reaccionaron preparando maniobras militares en territorio polaco, pero ante la firmeza de los obreros, Moscú renunció a destituir al secretario general del Partido comunista. Durante algunos meses duró la euforia, la libertad de prensa, la devolución de la tierra a los campesinos y la firma de acuerdos entre la Iglesia y el poder civil. Los polacos creyeron poder construir su vía nacional al socialismo.
Sin embargo, si bien es cierto que Gomulka quiso terminar con los horrores del estalinismo, no por ello renunció a sus ideales comunistas. En 1958 sus defensores fueron destituidos, los consejos obreros anulados y las relaciones con la Iglesia se hicieron más tensas. Gomulka se vio obligado a llamar al poder a aquellos que le habían criticado y progresivamente se fue acercando a las tesis de Kruchev, quien a su vez, respetaría la autonomía del Partido comunista polaco.
La dimisión de Kruchev en 1964 y sustitución en la dirección del Partido por Leónidas Breznev, abrieron un nuevo capítulo de relaciones de la URSS con los países del Este. En Polonia las reivindicaciones de los trabajadores en los puertos del Báltico, en particular en Gdansk, continuaron en años sucesivos. En 1980 el gobierno tuvo que 193 aceptar la creación de sindicatos autogestionados para conservar sus prerrogativas. Los sindicalistas polacos lograron en pocas semanas cambiar el marco político de Polonia. La firma de los acuerdos de Gdansk en el año 1980 entre los obreros huelguistas y el gobierno dio lugar al reconocimiento de un sindicato independiente, Solidaridad. Sin embargo, en diciembre de 1981, las autoridades comunistas declararon el estado de guerra, se constituyó un Consejo militar de salvación nacional bajo la presidencia del general Jaruzelski para restablecer el orden y se realizaron detenciones masivas de los líderes sindicales más destacados de Solidaridad. Cuando en 1983 le fue concedido el premio Nobel de la Paz al líder de Solidaridad, Lech Walesa, Polonia se convirtió en el símbolo de la lucha por la libertad. Además, la visita del Papa Karol Wojtyla a Polonia ese mismo año contribuyó a la reconciliación nacional.
Hungría La muerte de Stalin en 1953, permitió a Kruchev eliminar en las democracias populares a los líderes estalinistas y reemplazarlos por dirigentes afines a su nueva política de reformas. En Hungría, tomó la dirección del gobierno un comunista moderado, Imre Nagy quien, del mismo modo que en Polonia, renunció a las colectivizaciones forzosas y amnistió a más de cien mil prisioneros políticos. Profundamente nacionalistas, los húngaros aplaudieron las reformas de Nagy. Pero si bien Kruchev estaba dispuesto a conceder una cierta autonomía a los países de Europa del Este, no podía permitir que se cuestionase el sistema comunista. Nagy fue acusado de desviacionismo y excluido del partido. Sin embargo, tanto los campesinos, como los obreros, los intelectuales y los estudiantes reclamaron la vuelta de Nagy.
El discurso de Kruchev en el XX Congreso del Partido comunista soviético, influyó en la sociedad húngara al borde del colapso. Ante las manifestaciones que se desarrollaron en Budapest contra los dirigentes estalinistas en octubre de 1956, el Comité Central anunció la reintegración de Nagy en el Partido. Nueve días después tuvo lugar una manifestación de estudiantes en apoyo de los huelguistas polacos que fue reprimida brutalmente por la policía. La manifestación se transformó en revuelta contra el régimen.
Para salvar la situación, Moscú nombró a Imre Pagy Presidente del Consejo. Nagy puso en vigor la Ley Marcial e hizo un llamamiento para que la población abandonase las armas, pero se declaró favorable a un socialismo de carácter nacional. Empujado por un lado por Moscú que le ordenaba restablecer el orden mientras los tanques soviéticos circulaban por la capital, y por otro, amenazado por una huelga general que se extendía por todo el país, Nagy que no tenía intención de abandonar el Partido, terminó por unirse a la insurrección sin comprender hasta dónde llegaban los límites de la desestalinización y la paciencia de Moscú. En octubre Nagy anunció la nueva composición de su gobierno que sólo contaba con cuatro ministros comunistas. En todo el país se desarrolló entonces lo que diversos historiadores han llamado la primera revolución anti-totalitaria que reclamó la libertad de prensa, la formación de consejos revolucionarios, la libertad de los prisioneros políticos, la independencia, elecciones libres y la retirada de las tropas soviéticas. En cierto modo, Nagy se convirtió en el rehén de los insurrectos y proclamó la vuelta a un sistema multipartidista y la retirada de Hungría del Pacto de Varsovia. Los dirigentes soviéticos, temiendo que el ejemplo de Hungría pudiera extenderse por otros países satélites del campo socialista, decidieron emplear la fuerza. El 4 de noviembre las fuerzas soviéticas lanzaron el ataque y en cuarenta y ocho horas la revolución fue aplastada dando lugar a una brutal represión.
194 La revolución húngara fue un fracaso histórico que tuvo lugar en un momento inoportuno. Las potencias occidentales, y en particular los Estados Unidos, preocupadas por la aventura francesa y británica en el Canal de Suez, consideraron que Egipto era más importante de Hungría. Los Partidos comunistas, cuya credibilidad estaba basada en las revoluciones socialistas de los países del Este, entraron en un período tormentoso. Una parte importante de la izquierda europea denunció a los leales a Moscú que trataron de justificar la represión como la respuesta necesaria a la contrarrevolución. El comunismo soviético nunca se recuperó del levantamiento húngaro, que tuvo un significativo papel en la desaparición de los regímenes comunistas que se produciría treinta años después.
¿Por qué la revolución húngara fue la más violenta de las que se conocían contra el dominio soviético? La razón más evidente era que desde los inicios de los años cincuenta, Hungría vivía bajo la dictadura más represiva del bloque del Este. Otro factor importante era que la población húngara se sentía diferente tanto en el plano cultural, como en el histórico y lingüístico de los demás países de Europa del Este. Imre Nagy, líder de la revolución, fue ejecutado en junio del año 1958 después de un largo proceso. János Kádar, el nuevo dirigente húngaro nombrado por Moscú después de la represión, trató de demostrar a la sociedad húngara su independencia respecto a la Unión Soviética.
Efectivamente, Hungría se convirtió en el país más flexible y más próspero de las democracias populares con un régimen llamado el “comunismo de gulasch”, una vertiente nacional del socialismo, pero con predominio del Partido comunista en la dirección del país.
Checoslovaquia En Checoslovaquia, la desestalinización se inició a principios de los años sesenta cuando se publicó un informe que revelaba los excesos cometidos durante la época estalinista. En 1967 fueron los intelectuales los primeros en ponerse a la cabeza del proceso de renovación que conduciría a la Primavera de Praga. El economista Ota Sik señaló las medidas que deberían ser tomadas para corregir los errores de la economía planificada. Sin embargo, lo más importante y novedoso fue que para descentralizar la economía, el grupo de reformadores comprendió que también era necesario descentralizar la política e iniciar una reforma de las instituciones.
Los reformistas no rechazaban el marxismo pero querían evolucionar hacia un socialismo más humanista. El pueblo checoslovaco, que durante años se había mantenido silencioso por miedo a la represión, descubrió con sorpresa las discrepancias en el seno del Partido. Las manifestaciones empezaron con las peticiones de los estudiantes para una mejora de las condiciones en las residencias universitarias. Las protestas no tardaron en tomar un cariz marcadamente político. Alexandr Dubček, nombrado Primer secretario del Partido comunista a comienzos de 1968, creía en la posibilidad de reformar el comunismo y de encontrar una vía propia para hacer frente a la crisis económica y al descontento de la sociedad. Sin embargo, debido a la inestabilidad del país y a la ideología de los reformistas, la revolución dirigida desde arriba se les fue de las manos y la sociedad checoslovaca puso en marcha su propia revolución. La indecisión de Dubček alarmó a las autoridades soviéticas ante el cariz que tomaban los acontecimientos. La postura del Primer secretario fue muy ambigua. Presionado por la sociedad civil, y obligado a mantener sus compromisos con la URSS, no supo tomar una decisión. Los manifestantes no cesaban en sus reivindicaciones exigiendo una democratización radical del régimen.
Viendo el peligro que representaba el experimento checoslovaco, la URSS puso en 195 marcha la Operación Danubio. Las fuerzas del Pacto de Varsovia invadieron Checoslovaquia el 21 de agosto y Dubček junto a varios miembros del gobierno fueron trasladados a la Unión Soviética. Sin embargo ante la ausencia de sus líderes, la sociedad empezó a manifestarse con mayor libertad y de forma pacífica. Fue esa actitud la que salvó la vida a Dubček y obligó a los dirigentes soviéticos a negociar las bases de un acuerdo. En realidad las fuerzas del Pacto de Varsovia no ocuparon Checoslovaquia para defender el socialismo amenazado, sino para defender a los estalinistas que volvieron a tomar el poder.
El socialismo con rostro humano se convirtió en un símbolo mundial para salvar el sistema mediante su renovación y para alcanzar la libertad democrática de la sociedad. Aspiraciones que iban más allá de las reformas propuestas por el Partido comunista.
La agonía de la Primavera de Praga empezó en el mes de septiembre con el inicio de la normalización. El país entró en una época de tinieblas, de frustraciones, de apatía, de resignación. El ciudadano ya no estaba obligado a creer en el comunismo, sino a convivir con el Partido que siguió manteniendo el monopolio económico y el reparto de riquezas y de promociones en función de la fidelidad de los ciudadanos. Se trataba de un sistema de violencia civilizada. Violencia, porque la sociedad siempre estaba amenazada; civilizada, porque era aceptable.
La normalización, iniciada por Gustav Husak, que en Checoslovaquia se tradujo por el restablecimiento del control soviético y el dominio del Partido comunista, fue mucho más represiva que la adoptada en Polonia o en Hungría, Husak llamó a los estalinistas más radicales y realizó una política de control absoluto sobre los ciudadanos y las instituciones.
En la Conferencia mundial de los Partidos comunistas celebrada en Moscú en junio de 1969, se reafirmó de nuevo el pensamiento político marxista-leninista, pero por primera vez, en el momento de las decisiones, algunos de los participantes se negaron a unirse a la mayoría. Esa minoría creó un precedente al rechazar el modelo único del socialismo y del centralismo democrático. Lo más significativo de la Conferencia fue la diversidad del movimiento comunista. Los dirigentes soviéticos tuvieron que aceptar una evolución que ya no podían impedir, pero hicieron una distinción entre el movimiento comunista internacional y los partidos hermanos de Europa del Este, a los que continuaron aplicando las reglas tradicionales. La intervención de la URSS en Polonia, en Hungría y en Checoslovaquia tuvo como objetivo impedir esa evolución.
Unión Soviética A partir del año 1950 la Unión Soviética había puesto en marcha una transformación económica. Los planes centralizados de las economías comunistas tenían como objetivos principales el desarrollo de la industria pesada, la industria de armamentos y la energía. Aunque es innegable el éxito alcanzado en estos sectores, hasta el punto de poder competir con los Estados Unidos, quedaba claro que se hizo a costa de mejoras en el consumo interior. El sistema soviético carecía de iniciativa local, las decisiones económicas eran tomadas por los dirigentes de los planes de Moscú, los trabajadores estaban poco incentivados y los productos de consumo eran escasos y de mala calidad.
Los sucesivos dirigentes soviéticos no supieron encontrar soluciones y cada vez más, los recursos se dedicaban a reavivar la guerra fría. Las condiciones de vida fueron 196 empeorando, dando lugar a la aparición de una economía sumergida y a la pérdida de confianza de los ciudadanos en las promesas del comunismo.
Cuando en marzo de 1985 fue elegido líder del PCUS, Mihail Gorvachov se encontró con un Estado cuya economía estaba agotada y con una sociedad corrompida. El país ya no disponía de recursos ni de medios para realizar sus ambiciones internacionales.
Consciente del desastre económico Gorvachov puso en marcha una amplia política de renovación y de reformas que el mundo entero conocerá como la perestroika y la glasnot.
Sus políticas de reforma le llevaron no sólo a buscar una vía razonable entre los planes centralistas y la economía de mercado, sino también a renovar la sociedad, la administración, el sistema político y las relaciones internacionales para evitar el hundimiento del país. Los conflictos derivados de un sistema, que muchos consideraban irreformable, aceleraron el desenlace que sus reformas supuestamente querían evitar: el hundimiento de la economía, los nacionalismos, el fraccionamiento del país y el multipartidismo y el final de la Unión Soviética. Las transformaciones económicas necesarias eran imposibles de realizar.
La perestroika significa reestructuración. Sus objetivos eran la activación de los progresos sociales y económicos del país y la creación de una renovación en todas las esferas de la vida. La glasnot significa transparencia, publicidad, gracias a la cual los ciudadanos tienen acceso a la información sobre las decisiones del gobierno, supresión parcial de la censura y la denuncia de los abusos. Sin embargo, la glasnot, que Gorvachov consideraba como un medio no como un fin, pronto se convirtió en un concepto popular que le obligó a ir mucho más lejos de lo que deseaba inicialmente, y que contribuyó a la desintegración del sistema.
El prestigio que Gorvachov había adquirido en Occidente, le hizo tomar importantes decisiones que afectaron a la integridad misma del sistema y a la propia Unión Soviética. En el año 1988, Gorvachov anunció ante la Asamblea General de la ONU la retirada de un importante contingente de tropas de la Europa oriental y la reducción del presupuesto militar soviético. En opinión de Gorvachov era necesario que los Países del Este se acercaran a Occidente para que alcanzasen un mayor desarrollo económico, lo cual terminaría beneficiando a la maltrecha economía soviética. Este proceso se puso en marcha cuando renunció a utilizar la fuerza para defender los regímenes comunistas del Este de Europa que, en su opinión, no renunciarían a los logros conseguidos por un Estado protector construido bajo el comunismo.
La extensión de la crisis económica por todo el país, el resurgimiento de los conflictos étnicos, el abandono de la ideología reinante en beneficio de los valores humanos universales y la aparición de la libertad de expresión, permitieron el desarrollo de diversas corrientes políticas. Con el anuncio del fin del monopolio del Partido comunista, la URSS perdió no sólo la base sobre la que se apoyaba, sino también su misma razón de ser.
Tanto los políticos como los intelectuales fallaron en sus pronósticos sobre el colapso del comunismo. Su caída fue rápida y pacífica, y además de a la Unión Soviética, también afectó a los países sometidos a Moscú, a quienes Gorvachov había ordenado poner en marcha las reformas.
La caída del Muro de Berlín y el fin del comunismo en Europa del Este 197 En 1989 Polonia fue el primer país del bloque soviético que convocó elecciones libres, en las que el Partido comunista fue derrotado. Tadeusz Mazowiecki formó el primer gobierno no comunista desde la década de los años cuarenta. Gorvachov descartó una posible invasión militar y afirmó que ningún país poseía el monopolio de la verdad. Las elecciones polacas fueron un ejemplo de lo que iba a suceder en el resto de los países de Europa del Este sometidos a Moscú.
El camino sobrevenido en Polonia arrastró a los demás países del bloque comunista con un efecto dominó. En Hungría, János Kádar fue sustituido en 1989 por Imre Pozsgay, que comenzó a desmontar el sistema para alcanzar el pluralismo político. Pero lo más trascendental fue la apertura en el mes de mayo de las fronteras del país con Austria, lo que permitió a los alemanes del este atravesar el país para dirigirse a la República Federal Alemana. De este modo, los húngaros propiciaron la caída del Muro y el fin del dominio soviético.
El régimen comunista de Alemania oriental duró pocas semanas. La población que permanecía en el país empezó a reclamar la apertura política. Ante las manifestaciones de los berlineses, los propios mandos militares soviéticos desaconsejaron a las autoridades el uso de la fuerza. El día 9 de noviembre de 1989, cayó el Muro de Berlín y terminó el dominio soviético sobre Europa del Este.
A comienzos de 1977 se había creado en Checoslovaquia la Carta 77 que reunió a un heterogéneo grupo de personas que reclamaban la aplicación de los derechos humanos en el país. La Carta 77 se convirtió en un símbolo de esperanza y en un foco de anticonformismo. En 1989 Checoslovaquia inició su camino hacia la democracia. Por primera vez en cuarenta años, los intelectuales y la masa anónima de ciudadanos pusieron en marcha la Revolución de terciopelo. Vaclav Havel asumió la dirección del Foro Cívico cuyos miembros formaron el primer gobierno no comunista.
En Bulgaria, el sistema comunista particularmente rígido, practicó durante casi medio siglo una planificación extrema. Pero la caída del Muro de Berlín permitió a los elementos más aperturistas derrocar al viejo líder comunista Todor Zhivkov.
Solamente en Rumania el cambio se hizo de forma violenta. Dese su llegada al poder en 1965, Ceaucescu realizó una política cada vez más independiente de Moscú.
En vez de reformar el país, el director y su esposa Elena, realizaron los proyectos más extravagantes. La oposición pública al comunismo se hizo patente en el mes de diciembre de 1989. La revuelta popular se extendió por todo el país. El ejército se puso al lado de los insurgentes, lo que provocó la huida de Ceaucescu y su esposa, que fueron fusilados días después.
Fragmentación y desintegración de la URSS En agosto de 1991 se produjo un golpe de Estado en la Unión Soviética contra Gorvachov. Los golpistas eran los representantes de todas las corporaciones que veían amenazados sus privilegios con la democratización y el fin del poder dominante del Partido comunista. El golpe fracasó principalmente a causa de su desastrosa preparación. Pero sobre todo, los golpistas subestimaron el papel llevado a cabo por el Presidente de la Federación Rusa, Boris Yeltsin, y su llamamiento a la huelga general. El Ejército se negó a 198 cumplir las órdenes y a ser responsable de un baño de sangre. Varias unidades se unieron incluso desde el inicio del golpe a Yeltsin, líder incontestable de la resistencia.
Después del golpe de Estado, Gorvachov denunció el comportamiento de los dirigentes del Partido comunista y dimitió de su puesto de Secretario General. Boris Yeltsin, favorable a la ruptura radical con el pasado, prohibió las actividades del Partido comunista en todo el territorio de Rusia. El 29 de agosto, el Soviet Supremo se disolvió después de suspender todas las actividades del Partido comunista en la Unión Soviética.
Con la disolución del PCUS, la Unión Soviética sólo sobrevivió unos meses. Los nuevos gobernantes abandonaron su pretensión al monopolio de la verdad y del poder. El Estado soviético y su régimen comunista no sobrevivieron a la negación de una ideología, basada esencialmente en la oposición al capitalismo.
En el mes de diciembre en la Conferencia de Alma Alta, los Presidentes de once Repúblicas decidieron la creación de una Comunidad de Estados Independientes, (CEI). El resultado más relevante de esa conferencia fue la proclamación del fin de la URSS y de la ciudadanía soviética, pero sobre todo fue una victoria de Rusia sobre las restantes Repúblicas. Los acuerdos de Alma Alta marcaron también la victoria de Boris Yeltsin sobre Gorvachov, quien convertido en Presidente de un país inexistente, dimitió de su cargo el 25 de diciembre.
199 TEMA 24 LA UNIDAD EUROPEA El sueño de una Europa unida se reavivó durante los años veinte como respuesta a la traumática experiencia de la Gran Guerra. Pero, habría que esperar al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando el continente europeo se encontraba devastado y dividido en dos bloques, para que se abriera un amplio debate acerca del concepto de Europa y su posible unidad, como forma de superar la crisis y recuperar parte de la hegemonía que Europa había tenido en la escena internacional y que había perdido en beneficio de EEUU y la Unión Soviética, potencias que dominaban un mundo claramente bipolar.
Con la aparición de las primeras instituciones comunitarias, la CECA y la CEE, se conseguiría no sólo la formación de un Mercado Común, sino también situar a Europa Occidental en un lugar destacado del concierto internacional y superar el enfrentamiento tradicional entre los estados europeos, desapareciendo finalmente el llamado “peligro alemán”, con lo que resultaba impensable una nueva guerra entre los europeos.
La reconstrucción europea Inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, la prosperidad de los EEUU contrastaba con el hundimiento económico de una gran parte del mundo, y muy especialmente de Europa, que se encontraba al borde de la quiebra, amenazada de ruina e incapaz de llevar a cabo su propia reconstrucción.
Tan grave era la situación, que el presidente norteamericano Harry Truman propuso en marzo de 1947 al Congreso de los EEUU que de forma inmediata se acudiera en ayuda de los países europeos y se concediera un crédito de 400 millones de dólares para hacer frente a la inmediata reconstrucción y frenar al mismo tiempo el expansionismo soviético. La llamada doctrina Truman se sustentaba en la idea de que el comunismo sólo podía prosperar en una situación de ruina o graves dificultades económicas; por lo tanto, la única manera de contener su avance era ofrecer ayuda económica a Europa y así preservar la democracia liberal contra la pujanza del comunismo.
Con el objetivo de llevar a cabo estos principios y organizar la ayuda a Europa, el secretario de Estado norteamericano Marshall propuso en junio de 1947 un plan de ayuda económica al conjunto de los países del continente europeo, pero la URSS, consciente de que este plan era una arma ideológica dirigida contra su propia existencia, lo rechazó y con ella el resto de los países del bloque comunista.
Por lo tanto el plan Marshal se inscribió en el contexto de la guerra fría como un medio de defensa de las democracias liberales frente al comunismo. Al mismo tiempo, los norteamericanos impulsaron la creación de un organismo europeo para gestionar la ayuda norteamericana y coordinar las políticas económicas de los distintos países europeos. Así nació, en 1948, la OECE (Organización Europea de Cooperación Económica), que más tarde se convertiría, tras la inclusión de EEUU y Canadá, en la 200 OCDE (Organización de Cooperación y Desarrollo Económico), que se encargará de repartir los 13.812 millones de dólares de la ayuda norteamericana.
El plan Marshall jugó un papel muy importante en el desarrollo económico europeo y por lo tanto fue un factor que estimuló en gran medida los procesos de unidad.
Además, la reconstrucción económica de los países europeos, y en especial de Alemania, eran la clave de la estabilidad en Europa.
La necesidad de hacer frente a la amenaza soviética se vio incrementada tras el golpe de Praga y el bloqueo soviético de Berlín occidental en 1948. Ese mismo año, Francia, Gran Bretaña, Bélgica, Holanda y Luxemburgo firmaron el Tratado de Bruselas, un pacto militar defensivo que preveía la asistencia mutua en caso de agresión armada.
Pero, los firmantes de este tratado eran conscientes de que sólo la potencia militar norteamericana podía realmente frenar al poderoso ejército soviético, y aunque el Congreso de los EEUU se mostraba reacio a cualquier tipo de implicación militar con Europa, finalmente se firmó el Tratado del Atlántico Norte en abril de 1949, suscrito por EEUU, Canadá, los cinco países del tratado de Bruselas, más Noruega, Dinamarca, Islandia, Italia y Portugal. Desde ese momento la OTAN asumió las efectivas responsabilidades de la defensa europea.
La CECA Entre los años 1947 y 1949, el europeísmo y las iniciativas por la unidad irán consolidándose y además irán cobrando cada vez más fuerza los partidarios de una “tercera vía” europea, en especial los grupos socialistas y cristianos, defensores de una mayor autonomía política respecto a EEUU. En 1948 tuvo lugar en La Haya el I Congreso para Europa, en el que participaron importantes personalidades de la política europea y que reunió a los diferentes grupos y organizaciones europeístas. Como resultado de las conclusiones de este congreso, nació el Consejo de Europa, como un foro de debates y órgano de consulta de los gobiernos europeos, en el que se integraron los cinco países que habían firmado el Tratado de Bruselas más Dinamarca, Suecia, Noruega, Irlanda e Italia.
La primera institución europea de carácter económico fue el BENELUX, unión aduanera entre los Países Bajos, Bélgica y Luxemburgo, cuya constitución fue acordada en 1947. El éxito de este acuerdo, que significó la supresión de las tarifas aduaneras entre los tres países y la armonización de sus respectivas políticas económicas, fue un estímulo para quienes abogaban por la integración económica de Europa.
En el año 1950 el ministro de Asuntos Exteriores francés, Robert Schuman presentó un plan de integración económica franco-alemana, realizado por su compatriota, el prestigioso economista y convencido europeísta Jean Monnet, que pretendía la creación de un mercado único para el carbón y el acero abierto a la participación de otros países europeos.
La asamblea del Consejo de Europa aprobó el Plan Schuman y en abril de 1951, tras la firma del Tratado de París, nació la CECA (Comunidad Europea del Carbón y del Acero) formada por seis países: Francia, Alemania, Italia, Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo. Los objetivos de esta nueva institución no sólo eran de carácter económico, como incrementar el comercio, aumentar la productividad y mantener los precios de productos tan importantes para el desarrollo industrial como el carbón y el acero, sino 201 también de carácter político y estratégico, pues en cierta forma la CECA garantizaba que la recuperación económica de la recién creada República Federal Alemana no iba a suponer una nueva amenaza militar contra los países europeos. Para la realización de estos objetivos se crearon en el seno de la CECA una serie de organismos que en el futuro servirían de modelo a las instituciones comunitarias. La más importante era la Alta Autoridad, verdadero órgano de gobierno de la CECA, con sede en Luxemburgo y cuyo primer presidente fue Jean Monnet. Se crearon también una Asamblea, un Comité de Ministros en representación de los Estados adherentes, una Corte de Justicia y un Comité Consultivo.
La Comunidad Económica Europea El éxito de la CECA mostró enseguida la necesidad de una paralela integración de carácter político, que fue defendida por el jefe del gobierno italiano, el democristiano Alcide de Gasperi, y que se plasmó en un proyecto de tratado para la creación de una Comunidad Política Europea. Pero la Asamblea Nacional francesa rechazó la ratificación del tratado y el proyecto de comunidad política fue abandonado.
Sin embargo, algunos meses después de este fracaso se relanzó la iniciativa de la unidad europea, pero sólo en el terreno económico. Tras diversas consultas y reuniones, los representantes de los países integrantes de la CECA, Francia, Italia, Alemania, Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo, la llamada “Europa de los seis”, firmaron en 1957 el Tratado de Roma por el que se constituía la Comunidad Económica Europea (CEE) y la Comunidad Europea de la Energía Atómica (EURATOM). Aunque hubo negociaciones con Gran Bretaña para conseguir su adhesión a la Comunidad, la oposición del gobierno británico al proyecto de unión aduanera y la idea de integración europea, frustraron la posible adhesión.
Los dos grandes partidos del Reino Unido, laboristas y conservadores, eran contrarios a cualquier forma de participación en las nuevas instituciones europeas. Las razones de esta hostilidad eran, en primer lugar, de naturaleza económica, pues los británicos mantenían unas especiales relaciones políticas y comerciales con las naciones de la Commonwealth que no querían deteriorar. Como alternativa a la CEE, el gobierno británico impulsó un proyecto de creación de un área de libre comercio y así nació en 1959 la EFTA, en la que participaron, además de Gran Bretaña, Suiza, Suecia, Noruega, Dinamarca, Austria y Portugal. Y en segundo lugar, de carácter estratégico, pues el concepto de seguridad que tenían los británicos pasaba por una mayor vinculación con EEUU que con los países europeos, de los que desconfiaban acerca de su capacidad militar para defenderse del peligro soviético. Así, Gran Bretaña, más que pensar en una integración económica con Europa, lo que defendía era una relación preferencial con EEUU y el fortalecimiento de la OTAN como único sistema de defensa europeo con la participación de los norteamericanos.
Durante los años sesenta, la CEE experimentó un espectacular desarrollo. El crecimiento medio anual del PIB fue del 5,1%, superior al de EEUU (4,1%) y Gran Bretaña (2,7%) aunque inferior al de Japón (10,5%). Muy pronto el Mercado Común se convirtió en una gran potencia económica, capaz de competir con EEUU y, sobre todo, con la poco desarrollada economía británica. Además, el Mercado Común empezó a atraer una gran cantidad de capitales estadounidenses y esto perjudicaba gravemente a Gran Bretaña, hasta entonces socio privilegiado de la economía norteamericana.
202 Frente a esta situación, las posiciones del Reino Unido cambiaron rápidamente, y en 1961, el gobierno británico solicitó la adhesión a la CEE; pero Francia se opuso vetando su ingreso al Mercado Común. Los franceses no aceptaron las exigencias británicas respecto a la salvaguardia de sus propios intereses comerciales, pero fue sobre todo en los temas de defensa, relacionados con la OTAN, donde las diferencias entre De Gaulle, Presidente de la República francesa, y el gobierno británico fueron más importantes. Mientras el Reino Unido pretendía subordinar la política de defensa común europea a la OTAN y apoyaba además los planes de reorganización y reforzamiento militar, promovidos por el presidente norteamericano John F. Kennedy, De Gaulle decidía en 1966 la retirada francesa de la organización militar atlántica, aunque siguió formando parte de la OTAN y sosteniendo sus objetivos políticos.
En 1967 se rechazó nuevamente la propuesta de adhesión británica y hubo que esperar a la caída de De Gaulle, para que el nuevo presidente francés Georges Pompidou aceptara la incorporación a la CEE de Gran Bretaña, Irlanda y Dinamarca en enero de 1973, constituyéndose así la “Europa de los nueve”.
Estancamiento Comunitario (1968-1979) Después del llamado milagro económico europeo de los años sesenta, al que había contribuido notablemente el proceso de integración económica de la “Europa de los seis”, durante la década de los años setenta se vivió una situación de estancamiento comunitario, tanto en el plano económico como en el político. Son los años de la llamada euroesclerosis en los que la Comunidad se estanca en los logros conseguidos hasta 1968, sin proseguir con las etapas de integración que habían sido previstas.
Hay que tener en cuenta que el contexto internacional de crisis económica que se produjo a partir de la guerra del Yom Kipur entre Israel y Egipto en 1973 y que provocó un extraordinario aumento de los precios del petróleo, obligó a los países europeos a aplicar medidas restrictivas y proteccionistas, tratando de defender sus propios intereses nacionales en detrimento del desarrollo de las potencias comunitarias.
Además, en esta situación de crisis se agravaron las divergencias entre las distintas concepciones que sobre el futuro comunitario tenían los diferentes países europeos, representados, por una parte por el Reino Unido y Dinamarca, que habían ingresado en la Comunidad en 1973, países nítidamente librecambistas y partidarios de una “Europa de los Estados”, que se oponían a cualquier forma de supranacionalidad. Por otra parte se situaba el eje franco-alemán que defendía más el desarrollo comunitario y fórmulas de soberanía compartida. Sin embargo, entre Francia y Alemania no había acuerdo en torno a la política de defensa, pues mientras Alemania se sentía cada vez más vinculada a la Alianza Atlántica, sobre todo tras el agravamiento de las tensiones entre EEUU y la URSS a finales de los años setenta y primeros de los ochenta, Francia se mantenía al margen de la OTAN y trataba de desvincularse de la política exterior norteamericana, considerándola como una amenaza a la independencia de los intereses europeos.
203 Reactivación del proyecto de Unión Europea (1979-1984) La reactivación de la construcción europea vino de la mano del primer Parlamento europeo elegido por sufragio universal directo en 1979. Éste era un paso decisivo en la configuración europea, pues dotaba a la Comunidad de la representatividad que le confería una Asamblea elegida directamente por los ciudadanos, que ninguna organización internacional clásica había tenido.
En marzo de 1979 entró en funcionamiento el Sistema Monetario Europeo (SME), que suponía también un avance sustancial en el campo de la integración económica y de la coordinación de las políticas monetarias y presupuestarias de los estados miembros. Al mismo tiempo se creó el ECU (antecedente del EURO), unidad de cuenta que se utilizaba para fijar los tipos de cambio intracomunitarios y que contribuyó a una mayor estabilidad de las economías nacionales.
Este impulso comunitario tuvo también que ver con el cambio de ciclo que se produjo en Europa a partir de 1979. Este mismo año fue elegida Primera Ministra del Reino Unido Margaret Thatcher, cargo que desempeñó hasta finales de 1990. Este nombramiento además de suponer el abandono de las políticas de bienestar y el desarrollo del ultraliberalismo conservador en su país, trajo consigo un freno en relación con la construcción europea, un mayor acercamiento a EEUU y en contrapartida un mayor aislamiento en las instituciones comunitarias.
Por el contrario, el socialista François Mitterrand, elegido Presidente de Francia en 1981, y el democristiano Helmut Kohl, que dirigía el gobierno alemán desde 1982, tendrán un papel muy diferente, pues ambos líderes impulsarán decididamente el proceso de reactivación comunitaria hacia la Unión Europea. Será precisamente un francés, Jacques Delors, europeísta y federalista convencido, que había sido ministro de Economía del gobierno socialista en Francia de 1981 a 1984, quién desempeñará un papel central en la formación de la Unión Europea, desde su puesto de Presidente de la Comisión de las Comunidades Europeas, cargo que desempeñó desde 1985 a 1995.
El Acta Única Europea El Parlamento europeo, considerado ya como representante legítimo de los ciudadanos, elaboró y aprobó en febrero de 1984 el proyecto de Tratado de la Unión Europea. En febrero de 1986, se firmó en Luxemburgo y La Haya el Acta Única Europea, que por una parte impulsó la puesta en marcha del mercado interior y por otra introdujo elementos de naturaleza política que anticiparon el modelo de la futura Unión Europea y supusieron un avance en el proceso de integración. Además, se trató de reequilibrar la Comunidad hacia los países del sur de Europa en los que iban desapareciendo los regímenes autoritarios y se abrían distintos caminos de democratización. Grecia se incorporó a la Comunidad en 1981 y Portugal y España lo hicieron en 1986, quedando conformados desde esa fecha la “Europa de los doce”.
Desde el punto de vista político, el Acta Única reforzaba la influencia del Parlamento Europeo, otorgándole mayores competencias de carácter legislativo y dándole mayores posibilidades de decisión en los acuerdos de asociación y ampliación de la Unión.
204 Por primera vez se institucionaliza el Consejo Europeo, compuesto por los Jefes de Estado o de Gobierno de los Estados miembros, asistidos por los ministros de Asuntos Exteriores y un miembro de la Comisión. Se introdujeron además algunas reformas en el Tribunal de Justicia tendentes a mejorar y agilizar el sistema de recursos presentados por las personas físicas y jurídicas. Por último se puso en vigor el sistema de Cooperación Política Europea (CPE) que afectó a las relaciones exteriores.
También se produjeron avances importantes de carácter económico, tendentes en su mayoría a desarrollar medidas concretas para facilitar el establecimiento del mercado interior. En primer lugar, se cambió el sistema de votación en el Consejo, introduciéndose la mayoría cualificada en vez del criterio de unanimidad, y esto supuso por lo tanto una mayor flexibilización del proceso de toma de decisiones. En segundo lugar, se crearon políticas específicas de medio ambiente, de carácter social, protección a los consumidores, investigación y tecnología, etc., que favorecieron el desarrollo del mercado interno. En tercer lugar, se pusieron en marcha políticas estructurales y de cohesión económica y social destinadas a favorecer la integración de las regiones menos desarrolladas. Fruto de estas políticas fue el fuerte impulso que se dieron a instituciones como el FEDER (Fondo Europeo de Desarrollo Regional), que tanta importancia tuvieron en el crecimiento de las infraestructuras en España durante la década de los noventa.
Una de las metas más complejas de la integración europea fue la de lograr una auténtica libre circulación de personas y la eliminación de las fronteras interiores, así como conseguir una mayor cooperación policial que reforzara los sistemas de seguridad comunitarios. El primer paso en este sentido se produjo en el año 1985 con la firma del Acuerdo de Schengen, por parte de Francia, Alemania y Benelux. En Junio de 1990, los Estados pertenecientes al grupo Schegen firmaron un Convenio de Aplicación en el que se establecían las medidas necesarias de cooperación policial, judicial y aduanera para suprimir gradualmente los controles en las fronteras comunes y para coordinar la lucha contra las redes de inmigración ilegal y el tráfico de estupefacientes. A partir de 1990, distintos países se unieron a los cinco Estados fundadores y firmaron progresivamente los distintos convenios de Schengen.
La Unión Europea Con el Tratado de la Unión Europea, conocido también como Tratado de Maastricht, firmado en esa población holandesa el 7 de febrero de 1992 y ratificado en París el 1 de noviembre de 1993, se consolida el largo proceso de construcción de una Europa política, basada en principios federales, que había comenzado años atrás.
Se trataba de un acuerdo histórico que limitaba sustancialmente el poder de los gobiernos nacionales y que iba a encontrar importantes obstáculos en algunos países.
En Dinamarca, el 50,7% de los electores votaron en contra en el referéndum celebrado en junio de 1992. El gobierno francés lo sometió a referéndum y tuvo graves problemas para conseguir el voto favorable. La ratificación en el Reino Unido fue larga y muy complicada, pues John Major, entonces primer ministro conservador, tuvo que enfrentarse con el otro sector del partido, liderado por Margaret Thatcher abiertamente “euroescéptico” y contrario a la aceptación del tratado.
La Unión Europea heredó, aunque con algunas modificaciones, las mismas instituciones que había creado la CEE. Las más importantes son las siguientes: 205 Parlamento, con sede en Estrasburgo, es una asamblea de diputados, elegidos desde 1979 por sufragio universal de los ciudadanos de los Estados miembros. El número de parlamentarios de cada país es proporcional al número de habitantes, aunque en el parlamento se unen por grupos políticos.
El Consejo Europeo, antes llamado Consejo de Ministros, es el principal órgano legislativo y de toma de decisiones y representa a los gobiernos de los Estados miembros de la Unión. Lo conforman los jefes de gobierno de cada uno de los países comunitarios.
La Comisión Europea, con sede en Bruselas, es una institución políticamente independiente que representa y defiende los intereses de la Unión en su conjunto. Es el verdadero órgano de poder ejecutivo que propone la legislación, las políticas y los programas de acción, y es responsable de aplicar las decisiones del Parlamento y del Consejo. Está formada por un presidente y los comisarios de cada área.
El Tribunal de Justicia, que garantiza el cumplimiento de las leyes de la Unión y a él están supeditados los tribunales judiciales de los estados miembros. El Tribunal de Cuentas efectúa el control de la legalidad en la gestión del presupuesto de la Unión.
Además, la Unión cuenta con seis importantes organismos: el Banco Central Europeo, el Comité Económico y Social, el Comité de las Regiones, el Banco Europeo de Inversiones, el Defensor del Pueblo y la Europol.
Para avanzar en el proceso de la moneda única se acordó que los distintos Estados de la Unión pusiera en marcha un programa de convergencia económica con el objeto de unificar la política monetaria. Los criterios aprobados en Maastricht para poder formar parte de los países participantes de la moneda única (la Europa de la primera velocidad) hacían referencias a: la inflación, el déficit público, los tipos de interés, la Deuda Pública y los tipos de cambio.
Pero, no iba a resultar nada fácil cumplir con los requisitos propuestos, pues la situación económica cambió radicalmente a finales de 1992. En septiembre de ese mismo año aparecieron los primeros síntomas de desequilibrio en el SME (Sistema Monetario Europeo), que muy pronto se vieron agravados por el estallido de una aguda crisis internacional que afectó sustancialmente a los países europeos, haciendo saltar por los aires las previsiones de Maastricht. De los primeros momentos de euforia se pasó rápidamente al “euroescepticismo” y a que una parte de la opinión pública europea rechazara los proyectos de Unión Económica y Monetaria.
La firma del Tratado de Maastricht coincidió además con profundos cambios políticos surgidos en Europa: el fin de la guerra fría, la remodelación del mapa europeo, la reunificación alemana, las guerras en Yugoslavia y la disolución de la URSS, que van a obligar a la Comunidad Europea a asumir nuevas responsabilidades en la escena internacional. En octubre de 1990 tuvo lugar la reunificación alemana, y las regiones de la antigua RDA pasaron a formar parte de las Comunidades Europeas. En enero de 1995 se produjo una nueva ampliación de la Unión Europea con el ingreso de Austria, Finlandia y Suecia. Noruega que había solicitado también la adhesión a la UE no la hace efectiva porque la mayoría del electorado, convocado en referéndum, se pronuncia en contra.
Además, algunos países de Europa del Este en vías de conversión a una economía de mercado, como Hungría, Polonia y los países de la antigua Checoslovaquia habían solicitado acuerdos de adhesión a finales de 1991. También Turquía (asociada desde 206 1963) presentó su candidatura en 1987, junto a Marruecos que fue rechazada por no cumplir el requisito de ser país europeo.
Consolidación de la Unión Europea El Tratado de Ámsterdam en 1997 introdujo un cierto giro social, promoviendo políticas activas de lucha contra el desempleo, la marginación y la exclusión social, y además reforzó los aspectos políticos de la Unión, proponiendo nuevos instrumentos para el desarrollo de políticas comunes en el ámbito de las relaciones exteriores, la seguridad y la defensa. En junio de 1999 se nombró al socialista español Javier Solana “Alto Representante” para la PESC (Política Exterior y Seguridad Común), una especie de ministro de Asuntos Exteriores de la Unión.
El 1 de enero de 1999 comenzó formalmente la última fase de la UEM (Unión Económica y Monetaria) dando lugar a dos acontecimientos históricos: el euro se convirtió en la moneda única europea de pleno derecho, con la excepción de Gran Bretaña, Dinamarca y Suecia que mantuvieron sus propias monedas, y comenzó a operar el Banco Central Europeo, verdadero rector de la política monetaria. La puesta en circulación del euro supuso un enorme paso en la construcción europea, ofreciendo además grandes ventajas en el terreno económico, con la garantía de estabilidad monetaria, la homogeneización de la inflación y de los tipos de interés, y el extraordinario desarrollo del comercio extracomunitario. Con la utilización del euro como medio de pago internacional, la moneda europea se convertía en una de las más fuertes del mundo, en plena competencia con el dólar.
Con la aprobación del Tratado de Niza en 2001 se produjo la consolidación del modelo de la Unión así como su reforma, que permitiría la ampliación a los países del centro y el este europeo. El 1 de mayo de 2004 pasaron a formar parte de la UE: Chequia, Eslovaquia, Eslovenia, Estonia, la parte griega de Chipre, Hungría, Letonia, Lituania, Malta y Polonia. También en 2001 se redactó la Carta de Derechos Humanos de la Unión, que será el germen de una futura Constitución Europea.
El largo proceso que había desembocado en la Unión Europea resultaba una experiencia extraordinariamente interesante. Por primera vez en la historia, un grupo de Estados, voluntariamente, de forma pacífica y sin coacción alguna, se habían puesto de acuerdo para formar una organización política y económica nueva, superadora de los Estados nacionales, generando un espacio de libertad, prosperidad y bienestar social que nunca se habían conocido en nuestro continente.
Sin embargo, esta Europa dotada de unas instituciones que garantizan un espacio económico común y con un gran peso en la economía mundial, tiene aún graves deficiencias en el terreno político, pues algunos Estados no están dispuestos a ceder soberanía a favor de una futura federación.
207 UNION EUROPEA 208 ...



Comentario de sgarciaortega en 2016-11-09 10:59:17
Una pregunta, este resumen es el del libro de primero de la Uned Manual de historia política y social de España (1808 2011) ? de Martorell ? gracias