2. Ideologías políticas contemporáneas (2015)

Apunte Español
Universidad Universidad Autónoma de Madrid (UAM)
Grado Psicología - 3º curso
Asignatura Psicologia Politica
Año del apunte 2015
Páginas 25
Fecha de subida 22/07/2017
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Democracia y liberalismo El individuo (su experiencia e intereses) es el concepto básico asociado con el origen y desarrollo del liberalismo y de las sociedades liberales. El conocimiento y la verdad se derivan del juicio del individuo, que a su vez se forma por medio de las asociaciones que sus sentidos hacen del mundo exterior, de la experiencia. La propia experiencia individual se convierte en el valor supremo y, para una comunidad, la reunión de muchas experiencias individuales en la deliberación es la mejor forma posible de adoptar decisiones.
En su fase más temprana, el individualismo se articula en términos de derechos naturales: libertad e igualdad. Está inmerso en el pensamiento moral y religioso, pero ya aparecen las primeras muestras de una psicología que considera que los intereses materiales y su satisfacción son importantes en la motivación del individuo. Su segunda etapa está basada en una teoría psicológica de acuerdo con la cual la realización de intereses es la fuerza principal que motiva a los individuos.
En su tercera fase, se convierte en el liberalismo económico, al que nos referimos como capitalismo.
El interés, a su vez, se relaciona con la satisfacción del placer. El liberalismo está anclado en esta simple proposición: los hombres y las mujeres se esfuerzan por maximizar el placer y minimizar el dolor. Es tarea de los individuos perseguirlo y, al hacerlo, se realizan a sí mismos.
Las proposiciones del primer liberalismo iban dirigidas directamente contra el absolutismo del siglo XVIII, que sofocaba la actividad humana a la vez que mantenía los privilegios feudales de la nobleza en un tiempo en el que el crecimiento de la industria y el comercio habían empezado a abrir nuevas perspectivas para el esfuerzo individual, la exploración, la riqueza y el cambio. La famosa expresión laissez-faire, laissez passer fue el grito de batalla de los burgueses, de los comerciantes, de los prestamistas y de los pequeños industriales. “Dejad hacer, dejad pasar” fue el lema de las nuevas clases medias. Este liberalismo era un desafío al orden existente, ya que era la ideología que expresaba los intereses de las clases medias.
1.
Los tres núcleos del liberalismo 1.1. El núcleo moral Mucho antes del cristianismo ya se había desarrollado la noción de que el ser humano tenía cualidades y potencialidades innatas que exigían el mayor respeto. Como a cada individuo se le ha concedido una chispa de voluntad o razón divina, cada uno debería ser respetado y a cada uno se le debería dar libertad para buscar su satisfacción. El núcleo moral contiene una afirmación de valores y derechos básicos atribuibles a la “naturaleza” de un ser humano (libertad, dignidad y vida), y subordina todo lo demás a su puesta en práctica.
1.1.1. Libertad personal Consiste en todos aquellos derechos que garantizan la protección individual frente al Gobierno. Es la exigencia de que los hombres y mujeres vivan bajo una ley conocida con procedimientos establecidos. Se corresponde con las libertades individuales: de pensamiento, de expresión y de culto. Locke escribió: “la libertad es disponer de una norma fija para vivir conforme a ella, común para todos los que pertenecen a esa sociedad y creada por el poder legislativo erigido en ella”. Se corresponde con las libertades individuales: libertad de pensamiento, de expresión y de culto.
1.1.2. Libertad civil Mientras las libertades personales definen, en general, una serie de protecciones, las libertades civiles señalan los canales y las áreas de actividad humana y de participación, libres y positivas. Para el credo liberal es básico el concepto de libertad de pensamiento (libertad de expresión, de escritura, de prensa, etc.). La única forma de definirlo es plantearlo como el derecho de los individuos a imaginar sus propios pensamientos y a aprender a su modo de la experiencia, sin que nada obstaculice el proceso. La consecución y puesta en práctica de todas las libertades civiles en las sociedades de Europa occidental y EE.UU. llevó tiempo. Hasta finales del siglo XIX hubo países en los que la gente fue excluida de la participación política debido a sus ideas, religión o raza.
1.1.3. Libertad social La libertad social se corresponde con lo que en la actualidad denominamos oportunidades de mejora o movilidad social. Es el derecho de todos los individuos, sin tener en cuenta su raza, credo o el estatus de sus padres, a que se le concedan todas las oportunidades para alcanzar una posición en la sociedad acorde con sus capacidades. Sólo cuando a todos se les proporcionan las mismas oportunidades puede haber libertad.
Las ideologías políticas contemporáneas 1.2. El núcleo económico El núcleo económico tiene que ver con los derechos económicos y de propiedad. Todavía se alude a él como individualismo económico, sistema de libre empresa o capitalismo, y tiene que ver con los derechos y libertades de los individuos a producir y a consumir, a establecer relaciones contractuales, a comprar y a vender a través de una economía de mercado, etc. Sus piedras angulares han sido la propiedad privada y una economía de mercado que está libre de controles y regulaciones estatales.
El liberalismo fue la ideología de las clases medias, que ascendieron para reemplazar a la vieja aristocracia terrateniente. Las libertades económicas y, en general, el núcleo económico del liberalismo, adquirieron tanta importancia como el núcleo moral. El derecho de propiedad, el derecho a la herencia, el derecho a acumular riqueza y capital, la libertad de producción compra y venta (todas las libertades contractuales) se convirtieron en una parte esencial del nuevo orden social. El énfasis se situó en el carácter voluntario de las relaciones entre diversos factores económicos, como el empleador, el trabajador, el arrendador, el productor y el consumidor. A la libertad contractual se le otorgó más valor que a la libertad de discurso.
Un modelo de sociedad en el que la gente nacía dentro de ciertas categorías sociales o grupos, y pertenecía a ellas, se hizo añicos y los individuos se volvieron libres para determinar su propia situación mediante actos voluntarios y relaciones contractuales con otros. El gran historiador británico Sir Henry Maine, afirmaba que la esencia del liberalismo se encuentra precisamente en su transición desde el estatus (relaciones de grupo fijas) al contrato (autodeterminación individual).
El punto de encuentro de diversas voluntades individuales, en el que se establecen las relaciones contractuales, es el mercado. El mercado refleja la oferta y la demanda de bienes, y esto a su vez determina el precio. El mercado es el mejor barómetro para registrar la actividad económica, porque la demanda obviamente eleva los precios y, por tanto, estimula la producción hasta que se satisface la demanda y los precios empiezan a descender.
1.2.1. Adam Smith y la riqueza de las naciones La biblia de la teoría liberal fue, y todavía sigue siendo, “La riqueza de las naciones”, de Adam Smith. Su objetivo era abrir el camino para el esfuerzo económico individual libre y defender la economía de libre mercado como el mejor instrumento para el crecimiento de la riqueza individual, nacional y mundial. Cada individuo, presuponía, es el mejor juez de sus acciones e intereses. Adam Smith creía que el interés personal (el ánimo de lucro) era el mejor vehículo para el crecimiento económico y el bienestar de la sociedad. La cura para el interés personal era ponerlo al alcance de todos a través del mercado y la competencia.
Adam Smith era partidario de un Estado limitado; para él, el Gobierno debería limitarse a tres funciones principales: defensa, orden público y justicia, y “ciertos trabajos o instituciones públicas, que ningún individuo o pequeño grupo pueden tener interés en erigir y mantener”. Se puede decir, sin temor a equivocarse, que tenía en mente la educación, las carreteras, el servicio postal, el control de ciertos monopolios naturales (el agua) y un programa de asistencia pública a los pobres. Se opuso categóricamente a la interferencia del Estado en el mercado; sólo el mercado determinaría los precios, y estaba en contra de fijar precios, de subsidios directos o indirectos y de mecanismos proteccionistas para algunas industrias y bienes.
1.2.2. Jeremy Bentham y el utilitarismo El verdadero padre del liberalismo fue Jeremy Bentham. Los elementos básicos de su filosofía utilitarista son: • • • Todo objeto tiene una utilidad, es decir, todo objeto puede satisfacer un deseo.
La utilidad, como atributo de un objeto, es subjetiva. Es decir, no existen criterios cualitativos que alguien distinto al usuario pueda establecer. Para algunos, un poema tiene mayor utilidad que un pan.
El propósito de nuestras vidas es incrementar el placer (es decir, usar bienes que tienen utilidad para cada uno de nosotros) y evitar el dolor. Éste es el cálculo hedonista que no solo se aplica en la vida económica, sino también en todos los otros aspectos de la existencia individual.
El concepto de utilidad y ética utilitarista no está restringido a lo económico; las instituciones sociales, la educación, la filosofía, etc., deben pasar la prueba de la utilidad y proporcionar placer a alguien o generar dolor si están ausentes. La utilidad como un criterio de la vida social, política y económica reemplaza a los derechos morales y naturales. Sin embargo, aunque el interés personal y los cálculos para la maximización del placer son la fuerza que nos motiva a todos, llega un punto en el que otros factores entran en la ecuación de la vida.
Las ideologías políticas contemporáneas 1.2.3. John Stuart Mill y el interés personal frustrado El interés personal ilustrado se convierte en un importante criterio para guiar al individuo (ej.: alguien que renuncia a un placer inmediato para obtener uno mayor posteriormente). John Stuart Mill asumió este problema redefiniendo la utilidad. Introduce estándares cualitativos y establece una jerarquía de placeres sobre la base de criterios que no son subjetivos: algunos placeres son mejor que otros debido a su calidad intrínseca y no por el placer particular que proporciona al individuo. Hay, por tanto, una necesaria gradación de la utilidad de diferentes bienes. ¿Deberíamos introducir un dictador o un filósofo-rey que impusiera su jerarquía de placeres a la sociedad? ¿O deberíamos esperar que los individuos realizaran la elección correcta? Por ejemplo, conducir un coche es placentero, pero si agota nuestros recursos energéticos un plan integral de transporte público sería preferible a la propiedad privada de los coches. ¿Pero cómo puede guiarse a las personas para que adopten la decisión correcta? Los utilitaristas depositaron su esperanza en la educación, sabiduría y continencia de las clases medias, siendo la función de la educación ilustrar el interés personal en función de intereses y exigencias colectivas, grupales, sociales y nacionales. La educación transformaría una sociedad esencialmente hedonista en un cuerpo de ciudadanos con mentalidad cívica, quienes escogerían el transporte público y situarían el bien común por encima de su placer particular.
1.3. El núcleo político El núcleo político incluye principalmente derechos políticos: derecho al voto, a participar, a decidir qué tipo de gobierno elegir y el tipo de políticas a seguir. Está asociado a la democracia representativa. Cuatro principios básicos constituyen el núcleo político del liberalismo: 1.3.1. Consentimiento individual A partir del siglo XVIII se pasó de la noción de “estatus” a la de “contrato”. Las teorías contractualistas se convirtieron en el fundamento de la autoridad política cuando los hombres y mujeres consintieron unirse a un sistema político. El contrato del Mayflower en 1629 y la “constitución” de los peregrinos son el mejor ejemplo.
Fue John Locke quien desarrolló con detalle la teoría del consentimiento. Los hombres y mujeres, señaló, viven en el estado de naturaleza con ciertos derechos naturales: a la vida, a la libertad y a la propiedad. En un determinado momento descubren que es difícil salvaguardar esos derechos sin una autoridad común, comprometida con ellos y con su protección, y se ponen de acuerdo para erigir una sociedad política consistente en un poder legislativo (salvaguardará los derechos naturales), un juez (resolverá conflictos relacionados con esos derechos) y un poder ejecutivo (asegurará el cumplimiento de dichos derechos).
El origen de la autoridad política y de los poderes del Estado sobre los que permanecen es el consentimiento del pueblo. El objetivo del Estado es la mejor preservación de los derechos naturales a la vida.
1.3.2. Representación ¿Quién puede tomar las decisiones en este sistema? Según Locke, es el poder legislativo elegido por el pueblo.
El legislativo, sin embargo, debe aceptar ciertas restricciones, todas ellas implícitas o explícitas en el contrato original que funda el sistema político (Constitución): no puede privar a los individuos de sus derechos naturales a la vida, libertad y propiedad.
Para Locke, en el gobierno representativo, la autoridad política proviene del pueblo, pero los derechos morales, civiles, económicos o de propiedad no pueden ser transgredidos. Cuando Locke desarrolló esta teoría, al sufragio solo tenía derecho un reducido grupo de personas: propietarios que representaban a las clases medias y a la aristocracia terrateniente. Fue mucho más tarde, una vez que se extendió el sufragio a la mayoría de los ciudadanos, cuando el problema de cómo limitar a la mayoría adquirió una especial importancia.
Las teorías de la representación y del gobierno representativo también surgieron directamente de premisas utilitaristas que conducían, en última instancia, al principio de “un hombre, un voto”. John Stuart Mill afirmó que la mejor protección individual era permitir a todos elegir a sus representantes. Sin embargo, Mill no aceptó del todo la idea de la supremacía de los representantes (el poder legislativo), el derecho de la mayoría a gobernar.
Tanto él como los liberales temían que si se otorgaba a todos el derecho al voto, entonces los pobres aprovecharían su fuerza numérica para ocuparse de sus intereses a expensas de todos los demás. Existían, por consiguiente, una serie de limitaciones directas e indirectas, como la sugerencia de que el gobierno representativo solo podría funcionar cuando el nivel educativo de los votantes hubiera mejorado.
Los ciudadanos deberían aprender a pensar en la prosperidad y el bien general, en lugar de en sus propios intereses inmediatos.
Las ideologías políticas contemporáneas Mill también sentía aversión por el desarrollo de grandes partidos políticos nacionales que pudieran movilizar el voto y atraer a la mayoría por medio de la organización y disciplina de sus miembros. También fue partidario de la concesión de más votos a las personas con estudios. Finalmente, se pronunció a favor de una segunda cámara, la Cámara de los Lores, que representaba el “mérito personal” y actuaba como un “centro de resistencia moral” frente a las decisiones de la asamblea democráticamente elegida.
Por ello a pesar de su énfasis en la representación y en las elecciones, los liberales restringieron y obstaculizaron el poder legislativo y el derecho de la mayoría a decidir, pues no tenían suficiente confianza en el pueblo. Sin embargo, los utilitaristas, a pesar de sus temores respecto a los pobres y los ignorantes, condujeron gradualmente al sufragio universal.
1.3.3. Constitucionalismo La idea de las restricciones sobre la autoridad política, como la propuesta por Locke, influyó en los artífices de la Constitución de Estados Unidos. Temían tanto el poder absoluto y arbitrario que rechazaron concentrar el poder en manos de cuerpo alguno, fuera éste el legislativo o la mayoría del pueblo. Aunque insistían en la idea de los derechos naturales, libertades individuales y la idea de que la autoridad emana del pueblo, querían encontrar el modo de impedir que cualquier órgano o gobierno individual se convirtiera en soberano y aplastara a todos los demás.
La solución fue una Constitución escrita que limita el poder, establece restricciones explícitas al gobierno nacional y a cada uno de los estados, e institucionaliza la separación de poderes de forma tal que un poder controla al otro. Esto es esencialmente lo que significa el constitucionalismo: proporciona sólidas garantías a los individuos al limitar explícitamente el gobierno, crea un organismo de control, bajo la forma de un cuerpo judicial, para salvaguardar la Constitución y todas las restricciones en ella establecidas, y provee de procedimientos a través de los que se mantiene la responsabilidad de los gobernantes respecto a los gobernados por medio de elecciones periódicas. El gobierno es así limitado y responsable, pero la idea de limitaciones es mucho más importante que la de soberanía popular. La Constitución de Estados Unidos estableció una república, no una democracia.
1.3.4. Soberanía popular Fue Jean-Jacques Rousseau quien construyó el modelo de democracia popular antes de la Revolución Francesa de 1789. Él también encontró la fuente de la autoridad política en el pueblo; éste es soberano y su soberanía es “inalienable, infalible e indestructible”. A diferencia de los que creían en el gobierno representativo, Rousseau creía en el gobierno directo del pueblo: no habría restricciones a la voluntad popular. La llamó voluntad general y proclamó que, bajo ciertas condiciones, ésta siempre estaba en lo cierto y que la representación sólo la distorsionaba. Esta proclamación tenía implicaciones revolucionarias; enfrentó esta doctrina extrema de la soberanía popular al absolutismo, vigente en Francia y en muchos otros países en el siglo XVIII, y suscitó el antagonismo de los liberales, que creían en el gobierno representativo con restricciones.
A lo largo del siglo XIX, las principales tensiones dentro del núcleo político del liberalismo radicaron en el conflicto entre quienes —en la línea de Locke y algunos utilitaristas— defendían restricciones sobre el poder legislativo y la mayoría, y quienes, siguiendo la teoría de la soberanía popular de Rousseau, presionaban a favor de un gobierno de la mayoría sin limitaciones.
2.
El Estado y el individuo El liberalismo era una filosofía anti-estatal y sigue siéndolo en el sentido de que valora más al individuo y su iniciativa que al Estado y su intervención. Nunca se ha expuesto mejor esta posición que en el ensayo de Stuart Mill “Sobre la libertad” (1859), donde describe los dos modelos, el totalitario y el liberal. En el modelo totalitario, el individuo y la sociedad civil (ej.: familia, organizaciones económicas, escuela, etc.) son controlados por el Estado, por lo que es éste quien forma a las instituciones sociales sobre la base de un esquema de valores predeterminado. Ese Estado obtiene conformidad y obediencia. En el modelo liberal las cosas son diferentes: los individuos y sus instituciones sociales están separadas del Estado, constituyendo dos esferas de vida y acción diferentes, pero cuando las dos confluyen, las intersecciones deberían cubrir solo un área limitada y reconocida. Aquí, la espontaneidad, la creatividad, la experimentación y la búsqueda de la verdad se encuentran dentro de la esfera de los individuos y de sus instituciones. A lo sumo, es función del Estado mantener el orden, vigilar que nadie utilice la fuerza en sus relaciones con los demás, proteger las libertades civiles y personales y asegurar la libertad económica de las personas. Es decir, el papel del Estado es proteger al individuo.
Las ideologías políticas contemporáneas En el ensayo “Sobre la libertad”, John Stuart Mill lo resume de la siguiente manera: • • • Que toda restricción impuesta por el Estado es mala.
Que incluso si el individuo no puede hacer bien ciertas cosas, el Estado no debería hacerlas por temor a que pueda minar la independencia e iniciativa de aquél.
Que cualquier incremento de los poderes del Estado es automáticamente mala y perjudicial para las libertades de los individuos, ya que disminuye la libertad individual.
Así, Mill ve al Estado de un lado y a la sociedad y al individuo del otro, relacionados de forma mecánica y antitética. El incremento de poderes del Estado lleva consigo necesariamente la disminución de los poderes del individuo; en consecuencia, las personas deben ser extremadamente cuidadosas para no permitir un aumento del poder de aquél.
2.1. Los actos que conciernen al individuo y los que conciernen a los demás Los diferentes períodos de la historia del liberalismo nos dicen dónde se han dibujado las fronteras entre el Estado y la sociedad y los individuos. La guerra, por ejemplo, precisa de la intervención del Estado, pero se consideraba una excepción ya que se entendía que al finalizar dicha emergencia la situación volvería a ser la del modelo liberal.
John Stuart Mill proporcionó un criterio para trazar estas líneas. Para Mill todos los actos individuales que afectan al individuo (self regarding acts), son actos que no pueden ser controlados o regulados por el Estado. Sin embargo, los actos que afectan a los demás (other-regarding acts), pueden y deberían estar bajo el control del Estado. Por tanto, el área dentro de nuestros círculos de intersección debería incluir los actos que conciernen a los demás.
Pero “afectar” no es un concepto claro. ¿Fumar, el uso de drogas, las publicaciones pornográficas, la energía nuclear, etc., son actos que conciernen al individuo o a los demás? ¿Cuándo debería incorporar el Estado en su ámbito los actos que afectan a los demás (si es que hemos conseguido definir exactamente cuáles son)? ¿Puede hacerlo solo después de que se demuestra que un acto afecta a los demás o puede ejercer su control porque un acto podría afectar a los demás? Lo primero proporcionaría un criterio muy estricto y limitador (ej.: el Estado sólo podría regular la elaboración de drogas cuando se mostrara que han causado cáncer), mientras que la segunda interpretación nos ofrece un criterio muy generoso para la intervención del Estado (ej.: el Estado intervendría siempre que hubiera alguna duda sobre las consecuencias que ciertas drogas pueden tener sobre los individuos). Por tanto, siempre que ciertos actos o bienes pudieran afectar a otros, deberían ser regulados/controlados por el Estado.
Mill no tuvo que responder explícitamente a estas cuestiones debido al modo en que definió los actos que sólo afectan a uno mismo y los que afectan a los demás. Afirmó que “todos los actos del individuo sólo le afectan a él mismo excepto aquellos que causan daño a los demás”. El criterio en cuyos términos se definen los actos que afectan a los demás es el del daño. Sólo si hay daño puede intervenir el Estado. Pero en el momento en que damos una definición más laxa de lo que concierne a los demás e introducimos el concepto de efecto o influencia en vez de daño, nos movemos en sentido opuesto para apoyar la intervención y regulación del Estado. Por ejemplo, el policía podría tratar de salvar a las personas del exceso de cerveza o de drogas, aun cuando no hayan hecho daño a nadie. En este punto debería suscitarse la cuestión de los actos que aparentemente no incumben más que a uno mismo, pero que, sin embargo, afectan a la sociedad como totalidad.
Modelo totalitario El Estado interfiere poco en la sociedad civil y en los individuos (liberalismo económico y Estado negativo) El Estado comienza a intervenir en muchas de las actividades e instituciones de la sociedad civil y de los individuos (Estado positivo) Modelo liberal-democrático Intervención masiva del Estado en la planificación económica, servicios sociales, relaciones de propiedad, etc. (Estado de bienestar y socialismo democrático) Las ideologías políticas contemporáneas 2.1.1. Pluralismo La ética y la ideología liberal son profundamente individualistas; sin embargo, el liberalismo se utiliza también para referirse a los derechos y libertades, no solo de los individuos, sino también de los grupos y asociaciones.
Sustituyamos al individuo por el grupo o asociación a la que pertenece y tendremos pluralismo. Los grupos exigen y esperan el mismo tratamiento en lo relativo a la tolerancia, la representación y la participación que tienen los individuos.
Con el derrumbamiento de las rígidas solidaridades de clase, religión o etnia, en muchos de los sistemas modernos miles de grupos han brotado por doquier. Estos grupos se organizan, plantean sus reivindicaciones, y se espera que se realicen políticas públicas en respuesta a sus exigencias (ej.: exigencias de autonomía étnica, racial, local, funcional, ocupacional o económica), aunque su puesta en práctica exige un alto grado de descentralización democrática. Muy a menudo, las demandas de ciertos grupos van incluso más allá de la descentralización, reivindicando la separación y la independencia del Estado. A veces el pluralismo se utiliza para justificar la democracia económica, es decir, el derecho de algunos grupos y organizaciones a decidir por sí mismos sobre sus actividades económicas sin intervención alguna del Estado.
Mientras haya un acuerdo básico en la sociedad política sobre las reglas que determinan la lucha política, el liberalismo y el pluralismo pueden coexistir. Pero en el momento en que un grupo (o una combinación de grupos) subordinen a otros, dominarán la sociedad y coaccionarán a los individuos. Es lo que claramente puede suceder con las corporaciones industriales, los sindicatos, grupos étnicos o sectas religiosas. Los primeros teóricos liberales temían el dominio del grupo, alegando que un grupo no es una entidad moral como lo es el individuo: eclipsa a los individuos y los subordina a los imperativos de la solidaridad de grupo. Por consiguiente, el grupo plantea el peligro de subvertir las libertades individuales.
3.
Logros: la expansión del liberalismo En el siglo XIX, los movimientos y partidos liberales cambiaron la estructura económica, social y política de Europa y la comunidad internacional. Aquí enumeramos algunos de sus logros principales: • • • • • • Se prohibió la esclavitud.
Las incapacidades religiosas para ocupar cargos políticos (u otros) desaparecieron prácticamente en todos los países, permitiéndose la participación plena de católicos, protestantes, judíos, cuáqueros y otras minorías.
Se garantizó la tolerancia, y en muchos países se llegó a la separación de la Iglesia y el Estado.
Se garantizaron las libertades de prensa, expresión y asociación.
El Estado empezó a proporcionar educación y a exigir a los niños que asistieran a la escuela hasta los 10/12/14 El voto se extendió gradualmente: a todos los hombres, y después de la I Guerra Mundial, a las mujeres.
La tradición conservadora Podría decirse que el conservadurismo es más un estado mental que una ideología política. Para ser conservador es necesario tener algo que conservar: propiedad, estatus, poder o un modo de vida. Por tanto, es muy probable que sean conservadores quienes tienen poder, riqueza o estatus y que simplemente quieren mantener las cosas del modo en que están. Sin embargo, aunque fuésemos a definir el conservadurismo como la defensa del statu quo y la legitimación de un orden de cosas dado (una ideología situacional), encontraríamos que la ideología conservadora tiene su propia lógica. Los movimientos conservadores siempre y en todas partes se inspiran en algunos de los mismos principios.
• • • • • • • Las libertades individuales son más importantes que la “igualdad”.
Tienen una acusada alergia al poder político, y están en contra de su concentración en manos de cualquiera, pero especialmente del pueblo.
Hacen hincapié en una teoría de la sociedad que implica una jerarquía de grupos y de clases y la cooperación entre ellas; la comunidad y sus intereses están siempre por encima del individuo.
Respetan la tradición y la “herencia”: lo que nuestros ancestros nos han legado.
La religión, con su veneración de la autoridad, tiene mucha importancia para los conservadores.
Desconfían de la “razón” y de su utilización para solucionar problemas sociales.
Casi todas las ideologías conservadoras son elitistas. Algunas personas están mejor preparadas que otras; unas son superiores, mientras que otras (generalmente la mayoría) son inferiores.
Estos principios fueron invocados a lo largo del siglo XIX porque ciertos grupos lucharon por mantener su posición frente a los principios igualitarios y reformistas de la democracia, el liberalismo y, más tarde, el socialismo y el marxismo.
Las ideologías políticas contemporáneas Un apunte final: los términos “conservador” y “reaccionario” no deberían confundirse. Un conservador no quiere ningún cambio, pero consentiría en ello, por lo menos cuando fuese gradual. Un reaccionario, por otro lado, es casi siempre el que quiere cambiar radicalmente las cosas con objeto de re-establecer el pasado. Un conservador se opone al cambio rápido; un reaccionario es el que no acepta el cambio ya producido. Tampoco se debería confundir el conservadurismo con el autoritarismo, ya que este último apoya la concentración del poder político en manos de un líder o de un grupo, está en contra de las libertades individuales y políticas, rechaza la participación popular en casi todas sus formas y acepta la represión y el uso de la fuerza.
1.
Conservadurismo clásico: el modelo británico Edmund Burke proporcionó, a finales del siglo XVIII, la mejor formulación de la ideología conservadora. Su mejor puesta en práctica, durante el siglo XIX y hasta nuestros días, ha sido la del Partido Çonservador británico. Sus equivalentes podrían ser el de Bismark en Alemania, y el del período orleanista (1830-1848) y el gaullismo en Francia. Pero en casi ningún lugar del continente una alianza entre la aristocracia y las clases altas, la Iglesia, la monarquía y el ejército, condujo a la forma “clásica” de conservadurismo ligada a la democracia constitucional que prevaleció en Inglaterra. En EE.UU.
ha habido muchas varianzas de la ideología conservadora, pero la ausencia de nobleza y el éxito de la ética igualitarista y del liberalismo explican la virtual ausencia de cualquier movimiento o ideología conservadora auténtica.
1.1. La sociedad política Según el pensamiento conservador británico primitivo, la sociedad es orgánica y jerárquica. Las clases y los grupos encajan entre sí de la misma manera a como lo hacen los diferentes órganos del cuerpo humano. Sus relaciones deben ser armoniosas y estar equilibradas, y cada grupo y clase realiza sus funciones en beneficio de la totalidad. A diferencia de la metáfora de la sociedad como una máquina, la sociedad sabe que tiene un objetivo; a diferencia de un reloj, crece y cambia.
La sociedad está compuesta así de partes interdependientes y todas ellas son igualmente conscientes de su interdependencia. Cada una hace su propio trabajo, que sólo tiene sentido cuando se comprende y valora la totalidad.
La sociedad no es una “mezcla” de diferentes papeles, grupos, cualidades y actividades. Como dijo Aristóteles, “es más un compuesto en el que las partes se mezclan unas con otras para convertirse en algo diferente de lo que son individualmente; se transforman en una sociedad”.
Funciones y papeles diferentes inevitablemente sugieren una organización jerárquica y desigualdad social; algunos de los roles sociales son más importantes que otros y hay gente que hace cosas más importantes que otra. Esto significa que debe existir una subordinación de unos individuos a otros. La igualdad y la libertad, como proposiciones abstractas, no son aceptables para la ideología conservadora; por el contrario, enfatizan los derechos y libertades que emanan de la historia y de la tradición. Tampoco consideran seriamente la idea de igualdad material para todos; los beneficios materiales deberían ser equivalentes al talento mostrado y al trabajo realizado.
La “totalidad” —esta sociedad que consiste en la armoniosa interdependencia de muchas partes— se formaliza en la constitución. La constitución es un conjunto de costumbres, interpretaciones, normas y, especialmente tradiciones, que definen el poder político y establecen límites a su ejercicio. De este modo, es la constitución la que une a la totalidad de la ciudadanía con sus gobernantes, y a los gobernantes con los ciudadanos en la nación. Los conservadores, sin embargo, no son necesariamente nacionalistas. Para ellos, el Estado-nación es una realidad social e histórica, pero no es un valor moral supremo si no ha sido capaz de encarnar la justicia y el orden. “Para hacer que amemos nuestro país, nuestro país debe ser susceptible de ser amado”, fue el expresivo comentario de Burke.
1.2. La autoridad política A diferencia de los que sitúan los fundamentos de la autoridad política en el contrato y el consentimiento, los conservadores los encuentran en la tradición, la costumbre, la herencia y la norma. La Constitución de Inglaterra así como sus diferentes partes, la Cámara de los Lores, la Cámara de los Comunes, los derechos individuales, etc., son una herencia vinculante. Uno la acepta y se alimenta de ella, pero no puede despilfarrarla.
Burke escribió: “el Estado debe contemplarse con reverencia. Es un compañero en toda ciencia, en todo arte, en toda perfección, entre los que están vivos, los que están muertos y los que nacerán. Cada contrato no es sino una cláusula en el gran contrato primigenio de la sociedad eterna”. Los conservadores, por tanto, no necesitan la “teoría del contrato” del Estado propuesta por los primeros liberales, pues esta idea se opone a la teoría orgánica de la sociedad y al papel que desempeñan la historia y la tradición en la formación de un Estado. Como nuestros padres y antepasados, nacemos en una sociedad política; no la hacemos nosotros.
Las ideologías políticas contemporáneas 1.3. El cambio Dado el énfasis en la tradición, el pensamiento conservador generalmente se opone al cambio, a no ser que éste sea gradual. Nuestra “asociación con los muertos” no debería romperse, por miedo a que ello debilitara a los vivos y a los que todavía no han nacido. Las modificaciones son necesarias, pero, a fin de cuentas, el pasado tiene un mayor peso que el presente. Y en lo relativo al futuro, hay muchos aspirantes a reformadores e ingenieros sociales y los conservadores recelan de ellos. La innovación es sospechosa y Burke afirmaba que estaba animada por un “temperamento egoísta y una visión limitada”.
Como resultado de ello, los conservadores echan mano de los valores existentes y ampliamente compartidos que han mantenido unida a la sociedad. La religión es uno de los más importantes; también lo son el derecho consuetudinario (de costumbre) e incluso los prejuicios, pues ellos dan al individuo refugio y consuelo; le proporcionan estabilidad, que es un valor más importante que el cambio. El conservador británico Walter Bagehot (1826-1877), dijo que la “parte simbólica o ceremonial” de la Constitución era el monarca, como garante del apego de la gente corriente y unificadora de la sociedad política, y que la “parte eficiente” era el gobierno.
Sin embargo, si se va a producir un cambio, debería ser de forma natural y lenta, lo que para los conservadores es una y la misma cosa. El cambio debe reflejar nuevas necesidades y ser el resultado de un ajuste cauteloso de prácticas anteriores. Los conservadores británicos permitieron cambios en la Constitución, que veneraban. De este modo, se produjo la extensión gradual del derecho al voto, el desarrollo de una administración basada en el mérito y la supremacía de la popularmente elegida Cámara de los Comunes frente a la hereditaria Cámara de los Lores. Pero a menudo lo hicieron bajo presión y con el fin de preservar lo que más valoraban.
1.4. El liderazgo La función del Estado y de sus líderes es equilibrar la totalidad y crear unidad y comunidad de propósitos a partir de la diversidad. La dirección del gobierno debería estar encomendada a los líderes naturales, hombres y mujeres con talento, de alta cuna y con propiedades, preocupados por los intereses del país y su destino. Entonces, la fuente del liderazgo debería ser la calidad y no la elección.
A los conservadores, el principio de “un hombre—un voto”, les parecía inaceptable y la idea de que las decisiones pudieran ser adoptadas por simple mayoría aritmética sólo podría ser considerada cuando la mayoría, mediante prolongados hábitos de obediencia, se hubiera vuelto auto-disciplinada. Esto sucedería cuando la mayoría hubiera aceptado las restricciones que la ley y la tradición habrían inculcado de manera que actuaran según las normas fundamentales del pasado.
Los líderes naturales son fideicomisarios de los intereses del país, pues actúan en beneficio del pueblo y la sociedad.
El fideicomiso, sin embargo, es casi una completa y total concesión de poder, no es una delegación. Otro modo de explicar la misma noción conservadora del fideicomiso es referirse a ella como la teoría de la representación virtual.
En la actualidad, estados de acuerdo en que los representantes representan a los que los eligen y al país en general, pero su capacidad para adoptar determinadas decisiones por nosotros deriva directamente de las elecciones y del mandato que reciben de su circunscripción o de todo el electorado. La representación virtual, por otro lado, es la capacidad del representante de adoptar decisiones en virtud de cualidades diferentes a la mera elección.
El pensamiento conservador recupera las ideas de nacimiento y riqueza. Las personas que tienen una o ambas pueden representar al pueblo y a la nación en virtud de su posición mejor que los representantes elegidos. Así pues, los líderes naturales deberían gobernar y la mayoría debería seguirles. Esto refleja la típica actitud conservadora británica que todavía hoy es evidente. Muchos de los miembros y líderes del Partido Conservador aún piensan que están dotados de capacidades con las cuales pueden gobernar mejor que ningún otro partido o autoridad. Por ello, aún hay un elemento de autoritarismo y elitismo latente en los corazones de todos los buenos conservadores unido a una cierta desconfianza hacia la “gente corriente” y “las masas”.
1.5. El paternalismo Aunque los conservadores creen que las clases propietarias y la aristocracia terrateniente tienen privilegios especiales, también están de acuerdo en que dichos privilegios y su ejercicio tienen sus correspondientes obligaciones sociales.
Hay aquí un fuerte elemento de paternalismo, por el cual los líderes naturales tienen que ocuparse del bienestar de la gente corriente proporcionándoles auxilio cuando se quedan sin trabajo y, en otras ocasiones, mejorando sus condiciones de vida.
Las ideologías políticas contemporáneas Debido a su teoría orgánica de la sociedad, los conservadores tendieron a subordinar los intereses económicos al interés general de la colectividad. Finalmente, el propósito de la “totalidad” va más allá de simples consideraciones materiales. El Estado es una agencia que lo abarca todo, proporcionando justicia y orden. Tiene un propósito moral al que deben subordinarse los particularismos e intereses económicos.
Por todas estas razones, los conservadores rechazan la filosofía utilitarista del liberalismo económico, el interés personal, la competición sin restricciones, el individualismo y la economía del laissez-faire. Solo aceptan el liberalismo económico siempre que permita a todos mostrar su valor y sus capacidades; lo rechazan cuando conduce a profundas desigualdades y a la lucha social que alterarían el equilibrio de la totalidad.
1.6. El gobierno constitucional y la democracia Los conservadores británicos y su Partido Conservador se convirtieron en grandes defensores del gobierno constitucional y representativo, en contraste con los conservadores europeos. Los conservadores británicos, a pesar de representar a los grupos defensores del statu quo, reconocieron las realidades del cambio social y la necesidad de guiarlo y reducir su velocidad en lugar de detenerlo del todo, dando la impresión de ser algo parecido a un dique bien controlado y no un baluarte contra las fuerzas del cambio.
Después del siglo XIX, los conservadores británicos no sólo aceptaron los cambios económicos más importantes (ej.: Estado de bienestar, nacionalización de sus industrias), sino que ellos mismos introdujeron reformas económicas y sociales. En 1951, cuando los conservadores sustituyeron al gobierno laborista, asumieron la dirección y gestión de las industrias nacionalizadas y el sistema de bienestar que el laborismo había construido. El Partido Conservador no rechazó la legislación socioeconómica y del bienestar laborista; intentó ralentizar el ritmo de la reforma hasta juzgar que la sociedad como un todo había tenido tiempo de adaptarse a ella.
De esta forma, el Partido Conservador británico ha conseguido atraer a buena parte de la clase media e incluso a una parte de la clase trabajadora, convirtiéndose en un “partido de masas” con más de 4 millones de afiliados. Ahora recluta a sus candidatos para la Cámara de los Comunes sin tener en consideración su origen o fortuna personal, sino su mérito personal (ej.: Margaret Thatcher). Han conseguido lo que pretendía el primer ministro conservador de la época victoriana, Benjamin Disraeli: unir la casa de campo y el trono (“the cottage and the throne”). Resumiendo algunas de las características básicas del pensamiento conservador clásico, hay que decir que: • • • • • • • La sociedad es un organismo cuyas partes están jerárquicamente organizadas.
La autoridad debe encomendarse a los líderes naturales.
Rechazo del individualismo y del igualitarismo.
Profunda creencia en la costumbre y tradición y aversión a los cambios.
Énfasis en los símbolos religiosos y ritualistas que solidifican la unión de la totalidad Fuerte compromiso con el gobierno conforme a la ley que garantiza los derechos individuales.
Aceptación del gobierno representativo con reconocimiento de la participación de todo el pueblo, un desarrollo del Estado de bienestar y un rechazo de las soluciones autoritarias.
Así el conservadurismo se ha legitimado como una idea concordante con la democracia. La gente a la que le gusta el cambio y la innovación y está en desacuerdo con la ideología conservadora no debería precipitarse en rechazarla, ya que el conservadurismo clásico fue y sigue siendo un freno al cambio rápido pero sirvió de cauce para que millones de votantes aceptaran el cambio gradual y pacífico.
2.
Los conservadores norteamericanos y el modelo británico Como hemos visto en el análisis de la ideología conservadora británica, la fuerte real de autoridad y obediencia es la tradición. Para los conservadores, el buen ciudadano es un tradicionalista respetuoso con la ley. Estas proposiciones son extrañas para la mayoría de los norteamericanos; el sueño norteamericano ha sido el de que el valor de una persona reside en sus logros, no en su nacimiento, herencia o posición. Y en cuanto a la sociedad, no tiene significado ni realidad fuera de los individuos que la hacen y pueden rehacerla; no hay jerarquía ni una cualidad orgánica en relación con ella.
La persona hecha a sí misma todavía es el símbolo del americanismo.
Como ya hemos señalado, el liberalismo económico se convirtió en el credo político norteamericano dominante, por lo que hasta hace muy poco, solo unos cuantos se atrevieron a llamarse conservadores. No había mucho que conservar y sí un montón de cosas que cambiar y conquistar: más riqueza para amasar y mayores beneficios que conseguir para todos.
Aparte de los logros y del esfuerzo individual, ninguna norma, tradición o “sabio prejuicio”, refrenó el mito del éxito material y el progreso individual que se encontraba en el núcleo de las creencias de los norteamericanos.
Las ideologías políticas contemporáneas La tradición política norteamericana, por tanto, tiene pocos autores o líderes conservadores comparables a los británicos.
Los verdades conservadores clásicos norteamericanos, que veneran la tradición, el orden y la ley natural, han sido muy pocos. La razón es que el sistema y la sociedad norteamericanos se crearon en nombre de la razón humana y de los derechos individuales, no de la tradición. La única ideología conservadora que alegan encontrar los conservadores americanos está en la Constitución y en el pensamiento de los artífices que la crearon y, naturalmente, en la filosofía política de algunos de ellos tal y como la expusieron en “El Federalista” (ensayo sobre la Constitución del 4º presidente norteamericano James Madison).
Los conservadores norteamericanos han intentado inspirarse en la Constitución debido a sus limitaciones a la democracia directa y a su énfasis en la ley. Así, la república norteamericana es “un gobierno de leyes, no de hombres”. Es una república y no una democracia; es un Estado en el que la separación y el equilibrio de poderes imposibilitan que una única rama del gobierno pueda tener todo el poder para poner en peligro los derechos del pueblo. Es en esto en lo que los conservadores norteamericanos encuentran la “sabiduría de los artífices de la Constitución”.
El punto más importante de la ideología conservadora norteamericana es el énfasis en la ley, pero únicamente un cuidadoso examen de la jurisprudencia del Tribunal Supremo, que es el guardián último de la Constitución, puede decir hasta qué extremo. Más aún, debería recordarse que en ningún sitio la Constitución concede poder al Tribunal Supremo para declarar ilegales los actos del Congreso y dejarlos de lado. Los artífices de la Constitución de Estados Unidos tenían miedo del pueblo, de la mayoría, y buscaban “líderes naturales”, pero también temían al poder político. Cualquiera, incluso los “sabios gobernantes”, podría abusar de él y ser objeto de su abuso. Su solución fue debilitar la autoridad tanto como fuera posible fragmentándola y dividiéndola.
Esta ideología era totalmente concordante con el clima de opinión de la época. Reduciendo los poderes del gobierno y proporcionando controles y equilibrios entre todos y cada uno de sus órganos, los artífices esperaban liberar a la sociedad del Estado y de la dominación política. El mejor gobierno era el que menos gobernada y dejaba a los individuos en libertad para perseguir sus intereses materiales del modo más utilitario. El “hombre hecho a sí mismo” de Benjamin Franklin no solo aparecería libre de constreñimientos del poder político, libre de la tradición y de la norma, sino también libre de la sabiduría de las élites políticas y de sus líderes naturales. Esto era, y sigue siendo, justamente lo contrario al conservadurismo clásico.
La teoría y el ideal: el marxismo El comunismo es, en un sentido literal, un sistema social y económico en el cual todos los medios de producción están concentrados en manos de la comunidad o del Estado, que son los que deciden la producción y la distribución de bienes y servicios. Sin embargo, el comunismo ha significado mucho más.
• • • • Ha sido un ideal, pues promete una sociedad igualitaria con una producción orientada a las necesidades; una sociedad en la que se realizará el sueño de la abundancia.
Ha sido un movimiento político, pues representa la organización de hombres y mujeres en su lucha por alcanzar la libertad.
Ha sido un método de análisis que expone proposiciones que explican el pasado y señalan el futuro desarrollo de nuestras sociedades.
Ha sido un modo de vida pues retrata un nuevo modelo de ciudadano para el que los atributos comunitarios y sociales tendrán ascendencia sobre el egoísmo y el interés privado.
Estas cuatro tendencias representan lo que ha sido el comunismo, uno de los más poderosos mitos e ideologías de la historia. Adopta la forma de un imperativo moral: cómo crear una ética colectiva y social que anule el interés personal y acabe con los demonios del lucro y del sometimiento de la mayoría (pobre) a la minoría (ricos). Desde la antigüedad, el tema de la superioridad moral de la propiedad comunal, en contraste con la propiedad privada, el interés y las aspiraciones individualistas, siempre se ha mantenido vivo. Sin embargo, hasta mitad del siglo XIX, este ideal no cristalizó en forma de movimiento político y hasta final de siglo no se materializó en la creación de los partidos políticos comunistas.
Karl Marx y Friedrich Engels, en 1848, escribieron el famoso “Manifiesto comunista”, llamando a todos los proletarios del mundo a unirse y luchar contra el capitalismo.
El comunismo puede ser estudiado de dos modos diferentes: como un cuerpo teórico y filosófico que exige un examen y análisis bajo la pregunta de “¿cuál es la validez de su teoría y de los supuestos filosóficos subyacentes?” y como una ideología y movimiento político que requiere que investiguemos el modo en el que sus propuestas filosóficas y teóricas se han traducido en un movimiento orientado a la acción. Este último es el estudio que más nos interesa.
Las ideologías políticas contemporáneas 1.
El legado de Marx 1.1. Las fuentes que inspiraron a Marx Cuatro fuentes se combinan para producir la síntesis total que constituye el marxismo. Éstas son: I.
La filosofía de Hegel, especialmente su filosofía de la historia. Hegel aportó a Marx una teoría de la historia dinámica y evolutiva basada en el conflicto.
II.
Los trabajos de los economistas británicos: Adam Smith, David Ricardo, Thomas Malthaus, etc. Los economistas británicos le proporcionaron un nuevo análisis objetivo de los fenómenos económicos en el que todos los factores económicos son examinados en términos abstractos como mercancías o variables que se relacionan entre sí sobre la base de leyes demostrables y cuantificables.
III.
Los socialistas utópicos franceses, aun cuando fueron duramente criticados por Marx y Engels. Los socialistas utópicos ofrecieron consejos sobre la construcción de una sociedad del futuro.
IV.
La realidad económica y social de mitad del siglo XIX (Inglaterra – Revolución Industrial), que tuvo un profundo impacto tanto en Marx como en Engels pues las condiciones de trabajo eran pésimas, los horarios eran largos, predominaba la explotación de mujeres y niños, etc. Entonces, las miserias de los trabajadores contrastaban enormemente con el bienestar de los que tenían tierras, propiedades y dinero.
1.2. El rechazo del capitalismo Para Marx, el rechazo del capitalismo no se basa en consideraciones morales o humanitarias; deriva de lo que pensaba que era la realidad empírica del capitalismo. Ésta obedece ciertas leyes, y entenderlas y estudiarlas conduce a la inevitable conclusión de que el capitalismo está condenado al fracaso. Marx asegura que la clave para entender el capitalismo y su inevitable defunción es la noción de valor, plusvalía y beneficio. Los pasos de Marx para entender este problema son los siguientes: I.
II.
III.
IV.
V.
VI.
VII.
VIII.
IX.
X.
XI.
XII.
XIII.
XIV.
XV.
Sólo el trabajo crea valor La maquinaria, la tierra y el resto de los factores de producción no crean nuevo valor. Dan al producto un valor equivalente a la porción de su valor usado al despreciarse durante el proceso de producción.
El capitalista (empresario) solo paga al trabajador un salario de subsistencia.
El trabajador produce un valor que dos veces (hablando en general) lo que obtiene como jornal.
La diferencia entre lo que el capitalista paga al trabajador y lo que el trabajador produce es la plusvalía que se embolsa el capitalista.
Todos los beneficios se derivan de la plusvalía, aunque el beneficio actual no se corresponde con la cantidad de plusvalía extraída por un capitalista dado.
En el mercado hay una competencia feroz entre los capitalistas. Cada uno intenta vender más; un gran volumen de bienes vendidos, incluso a precios inferiores, aportará una renta añadida.
Esto incita al capitalista a modernizar y a producir en masa, mejorando la maquinaria e incrementado la productividad.
Una empresa moderna utiliza menos trabajadores para producir más barato y obtener más beneficio. Como resultado, se despide a más y más trabajadores.
Así, la empresa moderna puede reducir los precios bajando su beneficio por unidad.
Muchas compañías que no logran modernizarse se van quedando gradualmente fuera del negocio. Emplean más trabajadores, gastan más en salarios y, por tanto, no pueden competir con los precios más bajos que fijan las empresas modernizadas.
Como resultado de ello, muchas empresas tienen que cerrar. El capitalismo se va concentrando de forma progresiva en menos manos y en compañías cada vez mayores, en las que se introduce moderna tecnología.
El capitalismo alcanza un punto en el que un pequeño número de grandes compañías puede producir muchos bienes de forma eficiente y barata. Sin embargo, con un gran número de personas sin trabajo, no hay suficientes compradores para los productos, por lo que las compañías reducen sus beneficios. La producción se limita.
El beneficio y la propiedad privada, los grandes incentivos de la Revolución Industrial, se convierten ahora en obstáculos para la plena producción de bienes.
Las formas legales del capitalismo (beneficio y propiedad privada) entran en conflicto con los medios de producción (eficiencia, productividad elevada y abundancia potencial).
Las ideologías políticas contemporáneas Ésta es, en pocas palabras, la crítica marxista. El núcleo del capitalismo se encuentra en la propiedad privada y en el beneficio. El objetivo de la producción es el beneficio: cómo el capitalista puede obtener del mercado un valor por el producto que es mayor que el coste de producción. La diferencia entre lo que los empresarios gastan para producir y lo que reciben por el producto es el beneficio, uno de los incentivos más dinámicos para la producción y el crecimiento capitalista. Marx desarrolla una ingeniosa teoría para explicar el beneficio: la teoría de la plusvalía. Al trabajador se le pagan salarios que están fijados por el mercado por medio de la ley de la oferta y la demanda. El jornal corresponde al precio de los bienes que el trabajador y su familia necesitan y consumen en un día. Durante el mismo día, sin embargo, el trabajador ha producido bienes que tienen un valor mucho mayor. La diferencia entre el valor producido y lo que se paga en salarios es la plusvalía, que se la queda el empresario.
1.3. Las leyes de la acumulación capitalista y del empobrecimiento La búsqueda del beneficio explica la modernización; las compañías tecnológicamente avanzadas con nueva maquinaria se benefician a expensas de las que están retrasadas. Muchas empresas van a la bancarrota, pero las supervivientes acumulan en sus manos una parte cada vez mayor del capital. Cada vez menos capitalistas poseen los medios de producción, mientras cada vez más pequeñas empresas desaparecen. Toda la estructura social se desequilibra: mientras una pequeña minoría controla los medios de producción con el objetivo de obtener beneficios, al mismo tiempo, la mayoría de la población no tiene otra cosa para vender más que su trabajo, precisamente cuando se hace aún más difícil venderlo. Muchos no pueden encontrar trabajo y se vuelven “marginales”, moviéndose de un lado a otro sin un papel, sin cualificar y en un estado de constante penuria y humillación. Son el lumpenproletariado: los desempleados e inempleables se convierten en una parte integrante permanente de las sociedades capitalistas.
El afán de lucro, un móvil impulsor y dinámico de las primeras etapas del capitalismo, se vuelve un lastre y un impedimento en su etapa más avanzada. Es en esta etapa avanzada cuando la economía capitalista ya no puede asegurar beneficios por más tiempo. Mediante una dura presión sobre la clase media y la creación de un estado de desempleo crónico, la demanda de bienes baja y ello supone un descenso del beneficio. Para mantener la tasa de beneficio, el capitalista se ve ahora forzado a producir menos, a controlar los precios, a desarrollar monopolios para evitar la competencia, etc. El beneficio, que era un incentivo positivo para el crecimiento industrial y la producción, se convierte ahora en una traba. En este punto el capitalismo ya no sirve para su propósito; puede producir mucho, pero ya no hay incentivo para hacerlo. Y es aquí donde Marx pronuncia su sentencia de muerte.
Con estos razonamientos Marx no ofrece una postura moral, no aprueba ni desaprueba nada; sencillamente nos ofrece una explicación “científica”, es decir, una descripción de lo que él está viendo. El análisis de estas leyes que dan cuenta del fin del capitalismo no conduce a su rechazo. Para que esto ocurra, la gente debe ser consciente de algo; debe estar insatisfecha con algo y actuar contra algo. El rechazo es un fenómeno subjetivo asociado a un deseo, a una conciencia colectiva y a la acción concertada. Este es el lado revolucionario del marxismo.
2.
La dinámica de la revolución comunista La noción de revolución de Marx es el punto culminante de su filosofía especulativa y no se aviene a las mismas reglas de la investigación científica. Incluye una filosofía de la historia, una teoría de lucha de clases, una teoría del Estado, el hecho histórico de la revolución, y el mundo utópico que vendría después.
2.1. Una filosofía de la historia Para Marx, los hombres y mujeres son, a la vez, el producto de la historia, sujetos por las condiciones que ésta crea, y los hacedores de la historia, al reaccionar ante esas mismas condiciones y cambiarlas. Pero esto solo dentro de los límites que la propia historia permite. ¿Cómo puede esto revelarse? Marx acude a los trabajos de Hegel (1770-1831) para desarrollar su teoría de la historia y del cambio. Según Hegel, la historia se mueve a través del conflicto, de un conflicto de ideas. Cree que existe algo parecido a una voluntad divina, un Absoluto, destinado a desplegarse finalmente de forma total en el universo; pero ese proceso de despliegue no es evolutivo, sino que tiene lugar a través de la lucha entre dos opuestos (ej.: belleza–fealdad). A lo largo de la historia se da una batalla constante entre fuerzas e ideas opuestas, lo que Hegel denomina idealismo dialéctico. Sería algo como esto: cada fase de la historia se corresponde con la manifestación de ciertas ideas, lo que llamamos la tesis. No obstante, ésta incluye su contrario: la antítesis. Tesis y antítesis luchan entre sí hasta que la antítesis acaba por absorber a la tesis, cuya combinación se llama síntesis y representa una nueva etapa de la historia. Cada síntesis, a su vez, se convierte en una tesis que sugiere automáticamente su antítesis y que entra en conflicto con ella para alcanzar una nueva síntesis, etc. Llega un momento en que la historia se habrá agotado por sí misma: se habrá producido la mejor de las síntesis posibles. Dios o el Espíritu se habrá desplegado totalmente en el universo.
Las ideologías políticas contemporáneas Marx conserva la dialéctica (la noción de los contrarios en conflicto) y la totalidad del esquema del movimiento histórico en términos de tesis-antítesis-síntesis, pero está claro que él no es un idealista como Hegel.
2.1.1. El materialismo dialéctico Marx encontró en el mundo material, en nuestros sentidos y en nuestras condiciones de trabajo (no en nuestras ideas), la fuente del conflicto y del cambio. Esto es lo que, en contraste con el idealismo dialéctico, ha venido a ser conocido como materialismo dialéctico. Las etapas del desarrollo histórico (los contenidos específicos de una tesis, una antítesis y una síntesis) no se encuentran en el no tan fácilmente observable mundo de las ideas, sino en el mundo empírico, en nuestra sociedad. Es un giro trascendental. La abstracción hegeliana se convierte en una teoría que lleva a una hipótesis sobre la vida social que puede observarse y verificarse.
2.2. El conflicto de clases La fuente y el tipo de conflicto principales son los que se dan entre individuos y grupos. No es un conflicto indiscriminado que enfrente caprichosamente a un individuo con otro, sino que está muy estructurado. El conflicto es entre clases, es una lucha de clases. Una clase se define en términos de la relación que los individuos tienen con los medios de producción. Dicho de otra forma, existen dos clases: los que tienen propiedad y los que no. Ésta ha sido la realidad de la vida social y la fuente básica del conflicto y el cambio. La lucha de clases es el motor del materialismo dialéctico.
Cada fase histórica equivale a nuevas y diferentes formas de propiedad privada (ej.: propiedad de la tierra, el capital comercial, la manufactura y la industria). La Revolución francesa de 1789, en cierto sentido, fue la personificación del final de la aristocracia terrateniente y de la llegada de las clases medias al poder. Pero en el momento en que aparecieron los capitalistas y los diversos grupos aliados con ellos, la antítesis ya estaba presente. Era la clase trabajadora; sin propiedad, sin nada para vender salvo su fuerza de trabajo y sometidos a las leyes de la economía capitalista. La lucha de clases estaba en marcha, presagiando el inevitable conflicto revolucionario.
2.2.1. Infraestructura y superestructura Para cada etapa histórica existe un conjunto particular de ideas y normas, que corresponden a los intereses de la clase propietaria y que están formadas por ellos. Son las que racionalizan y legitiman la dominación de las clases gobernantes y propietarias. Esta teoría, que sitúa el origen de las ideas y normas morales directa e indirectamente en los factores económicos, y las atribuye a ellos, se denomina determinismo económico: afirma que el modo y lugar en que vivimos y trabajamos confirma nuestras ideas sobre el mundo. Los capitalistas tienen unas ideas sobre la sociedad y el mundo conforme a sus intereses, mientras que los trabajadores comienzan a desarrollar las suyas para expresar sus necesidades e intereses.
En el vocabulario marxista, la totalidad de los factores que determinan las relaciones de una persona con la propiedad privada y el trabajo constituye la infraestructura: son condiciones sociales materiales y objetivas.
Por otro lado, el modo en que contemplamos la sociedad, y las ideas que tenemos sobre ella (nuestra ideología), es la superestructura. Esta superestructura incluye la religión, el derecho, la educación, la literatura e incluso el Estado. Es una ideología a la que da forma la clase que posee la propiedad, y su visión de la sociedad se impone sobre todos (incluidos los trabajadores) hasta que llega un momento en que comienzan a cuestionarla.
2.2.2. Condiciones objetivas y subjetivas Cada fase de la lucha de clases difiere en contenido de la precedente. El capitalismo burgués revolucionó las condiciones económicas objetivas de producción, es decir, la división del trabajo, la acumulación de capital, el progreso tecnológico, cambiaron el mundo desde finales del siglo XVIII en adelante. Pero al crear una masa de desempleados, al despojar de propiedad a la clase más baja y al concentrar el capital en un pequeño número de empresas, irónicamente el capitalismo ha facilitado el que la sociedad reemplace a la clase capitalista.
Con este giro de los acontecimientos, una masa de gente comienza a exigir el final del reinado capitalista. Son las condiciones económicas subjetivas de producción. Así, llega un momento en el que las condiciones objetivas (ej.: la tecnología, la concentración de capital, etc.) coinciden con las subjetivas (ej.: la voluntad y la conciencia de los trabajadores de asumir el control del aparato industrial creado por los capitalistas y de usarlo en beneficio de toda la comunidad). Cuando convergen las condiciones objetivas y subjetivas es el momento de la revolución. La revolución, según Marx, no era una cuestión de voluntad, de indignación ni de liderazgo.
Tienen que darse las condiciones objetivas y subjetivas: los trabajadores deben adquirir conciencia plena de ser una clase y exigir un cambio en las relaciones de propiedad existentes.
Las ideologías políticas contemporáneas 2.3. La teoría del Estado Marx considera el Estado como parte de la superestructura. Se utiliza para mantener a la mayoría del pueblo —que no posee los medios de producción— bajo el control de una pequeña minoría que sí los posee. Aunque algunos, incluido Hegel, ven al Estado como la encarnación de nobles propósitos (ej.: racionalidad, un agente para la justicia y la protección social, la distribución igualitaria de bienes), Marx lo contempla como el instrumento de la clase capitalista. Es un agente represor, un policía.
Pero el Estado no es el único agente de dominación. Como hemos comentado, la clase dirigente crea toda la superestructura. La religión inculca la observancia de los valores burgueses y el respeto por la propiedad; la familia y las leyes de la herencia perpetúan la norma de la propiedad; el sistema educativo socializa a todos en el respeto de la ética capitalista y de la propiedad privada; el arte y la literatura ensalzan las mismas virtudes. No importa hacia dónde miren; los trabajadores y sus hijos se enfrentarán a los mismos valores y principios, y a muchos de ellos se les condicionará para aceptarlos. Sin embargo, la característica peculiar del Estado es que es la única parte de la superestructura que puede utilizar la fuerza. Por ello es necesario usar la fuerza contra él.
2.4. La revolución La revolución, por consiguiente, es necesaria e inevitable. Pero ¿qué ocurre con la democracia? ¿Qué pasa con el voto igual y libre, con la libertad de asociación, los partidos políticos, etc.? ¿Qué sucede con la libertad de la mayoría para cambiar la economía? La respuesta es compleja. Hay que comprender que a mitad del siglo XIX, el sufragio universal no estaba implantado en la mayoría de los países y en los que lo estaba, existía de forma muy limitada.
Lo más importante de todo es que Marx no creía realmente que un sistema y un Estado capitalistas permitieran alguna vez a los partidos socialistas adquirir influencia y tampoco que se le dejara a una mayoría cuestionar la propiedad privada directamente o controlar la producción y la distribución de bienes y servicios. Si una mayoría lo hiciera, el Estado emplearía toda la fuerza contra ella en beneficio de los capitalistas. La revolución, por tanto, era necesaria.
2.5. La meta utópica: la sociedad comunista Marx únicamente nos ofrece una esquemática explicación de la sociedad comunista que vendrá después de la revolución de la clase trabajadora. Propone un programa en dos etapas: I.
Etapa de transición al socialismo. A la revolución le sigue la dictadura del proletariado, que, al contrario que otras dictaduras, es una dictadura de la mayoría (clase trabajadora) sobre la minoría (clase burguesa).
Los trabajadores se hacen con el poder del Estado y con todos sus instrumentos de coacción, y los emplean contra la clase capitalista. Como ahora el Estado es utilizado por los trabajadores contra los capitalistas, cambia su contenido. A medida que los medios de producción se socializan, las clases desaparecen, ya que no puede haber clases sin propiedad. Sin clases no es necesaria la coacción. La dictadura prepara el terreno para su propia desaparición y para el establecimiento de una sociedad sin clases y sin Estado. El Estado simplemente se extingue.
II.
El nivel utópico del comunismo. La economía, tanto la producción como la distribución, están ahora en manos de la comunidad. Nadie puede explotar a nadie; los “derechos burgueses” (derechos individuales) dan paso a los derechos comunes. La última y definitiva fase se alcanza con la colectivización de todos los medios de producción, con la transformación del Estado de poder coactivo a uno puramente administrativo.
Las condiciones objetivas de producción que el capitalismo lega a la nueva sociedad ahora pueden ser usadas para hacer posible el eslogan “de cada uno según su capacidad, a cada uno según sus necesidades”.
Este es el elemento apocalíptico o utópico. A pesar de que Marx no llegó a los extremos de algunos socialistas utópicos, compartió su optimismo y se vio influido por él. El crimen desaparecería, la esperanza de vida aumentaría, el progreso científico avanzaría a pasos agigantados, la guerra y el nacionalismo desaparecerían, y a esto le seguiría la hermandad internacional. Engels se entusiasmó tanto con esta perspectiva que llegó a declarar que, con la revolución socialista, la humanidad completaba su etapa “prehistórica” y entraría por primera vez en su propia historia. Hasta la revolución, afirma, la sociedad se somete a fuerzas externas mientras la mayoría de los humanos en una sociedad se subordinan a una clase dirigente. Después de la revolución, una sociedad sin clases unida por primera vez será capaz de decidir qué camino escoger y qué hacer con sus recursos y capacidades. Sería, en palabras de Engels, “la ascensión del hombre desde el reino de la necesidad al reino de la libertad”.
Las ideologías políticas contemporáneas La ideología y el orden político nazis El nazismo debería ser un constante recordatorio para todos nosotros de lo frágiles que son los vínculos de la razón y de la ley, y de lo vulnerables que podríamos ser todos frente al fanatismo político en ciertas circunstancias. El autoritarismo alemán se convirtió en una realidad política cuando el líder del Partido Nazi, Adolf Hitler, llegó al poder en enero de 1933. Los nazis consiguieron poner bajo su control a casi todos los alemanes y elementos de la sociedad alemana, a los que se les hizo “marchar marcando el paso” al ritmo del Partido Nazi. Éste era el significado del famoso término Gleichschaltung, la sincronización de todos los aspectos de la vida social con la ideología y los objetivos políticos nazis.
1.
El camino hacia el poder La derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial produjo una gran desilusión y, con el tiempo, deseo de venganza.
El descontento se centró en el Tratado de Versalles, que le había arrebatado a Alemania sus colonias y le había impuesto una pesada carga en indemnizaciones, pero también hubo otros factores.
En primer lugar, la inflación galopante de los primeros años de los años 20 acabó con los ahorros, las pensiones y los fondos de inversiones, e hizo que los salarios se fueran reduciendo con el paso de cada día, semana y mes, lo que generó un estado de pánico en las clases medias. Un segundo factor importante fue la reacción de los movimientos comunistas revolucionarios, que se consiguieron instalar temporalmente en algunas zonas de Alemania. Por tanto, grupos y ejércitos privados dirigidos por oficiales y veteranos de guerra, asumieron la responsabilidad de detener a los izquierdistas. Muchos de esos veteranos y sus organizaciones se unieron a los nazis y formaron el núcleo del Partido Nazi.
El Partido Nazi se fundó en 1921. Su programa original incluía los habituales temas nacionalistas y racistas, pero también prometía reformas económicas y sociales de corte socialista: reforma agraria, nacionalizaciones y la “ruptura de las cadenas del capitalismo”. Asimismo, atacaba a las élites políticas y económicas, e identificaba a los enemigos “externos” (Francia, Inglaterra, el Judaísmo Internacional), e “internos” (judíos, socialistas y comunistas). Al principio era un partido pequeño; muy pocos prestaron atención a su fundación. Sin embargo, después de la depresión económica de 1929, los nazis comenzaron a experimentar un rápido aumento y pronto aparecieron como el partido más fuerte.
El rápido crecimiento del Partido Nazi se debía a diversas razones. El liderazgo se había consolidado en manos de Hitler, el Führer. Los uniformes, un saludo especial, la pompa y el ritual y, sobre todo, la disciplina y el activismo resultaban atractivos para muchos, especialmente para los jóvenes. Se crearon organizaciones de choque como las SA (Camisas Pardas), formada por veteranos de la primera guerra mundial, y las SS (Milicias Negras), un cuerpo más elitista, formado por jóvenes y universitarios, así como muchas Ligas Nazis de estudiantes, de trabajadores, de mujeres o de jóvenes, que desarrollaron una gran actividad política dentro de la sociedad alemana. El partido se fue transformando gradualmente en un Estado dentro del Estado con su ejército, tribunales, policía y formaciones militares privadas, que expandían la doctrina nazi por todas partes y creaban dentro de Alemania una fuerte subcultura del partido nazi. Tenían su propio culto, eslóganes y moralidad; eran antirrepublicanos, racistas y nacionalistas.
1.1. Las promesas nazis Para atraer a todos los grupos, todos los sectores y todas las ocupaciones y profesiones, los nazis prometieron: • • • • • A los agricultores, les prometieron “democracia verde” y conservar los valores y tradiciones rurales que estaban siendo amenazadas por la urbanización.
A los trabajadores les prometieron empleo. Entre 1929 y 1932, el número de desempleados se había disparado desde uno a seis millones. Muchos empleados y parados comenzaron a afiliarse al partido y a votar por él.
Al ejército, los nazis le prometieron su reconstrucción y acabar con el Tratado de Versalles.
A las clases medias, les prometieron medidas especiales para detener la caída de su renta, y darles seguridad; sobre todo, les garantizaron eliminar los peligros de la izquierda eliminando el comunismo.
A los jóvenes, el Partido Nazi les prometió un lugar especial: el futuro era suyo. “Dejadnos sitio, vosotros, viejos”, fue uno de sus gritos de batalla.
La propaganda se transformó en un arte político, siguiendo directrices bien definidas propuestas por Hitler: repetición de los mismos mensajes y eslóganes simples, apelación a las emociones, propuestas que distinguieran claramente lo negativo de lo positivo (“esto es la verdad; ellos mienten”, “nosotros podemos; ellos no”), respuestas simples a problemas complejos (“nosotros resolveremos el desempleo proporcionando trabajo a todos”), énfasis en el nacionalismo y en la unión nacional (“nosotros, alemanes, frente a ellos, judíos, capitalistas, comunistas”), etc. Para Las ideologías políticas contemporáneas los nazis la verdad no reside en su demostración, sino en la creencia y en la acción. Así, la fuerza se convirtió en la mejor confirmación de la convicción.
2.
La ideología nazi El nazismo como ideología y movimiento político comenzó como un gesto de negación, pero también formuló algunas ideas y propuestas “positivas” sobre cuya base construiría la nueva sociedad.
2.1. Ideas negativas • Contra la lucha de clases. La noción de clase, desarrollada por Marx y asumida por todos los partidos comunistas, era inconsistente con la unidad nacional. Los nazis afirmaban que la noción de clase era incompatible con los valores comunitarios del pueblo y de la nación alemana. Alemania era “una”.
• Contra el gobierno parlamentario. Para los nazis, el gobierno parlamentario conduce a la fragmentación del cuerpo político en partidos y grupos que tratan de situarse, comprometiendo sus intereses particulares y formando coaliciones inestables de gobierno. De una fragmentación de la voluntad nacional de ese tipo no podría surgir ningún propósito común.
• Contra los sindicatos. Los sindicatos expresan el sectarismo y el interés de clase de la clase trabajadora. Sin embargo, los trabajadores también eran alemanes y ciudadanos. Tendrían que ser integrados en la comunidad, como el resto, en lugar de enfrentarse a los demás alemanes.
• Contra los partidos políticos. Como el gobierno representativo, los partidos políticos expresaban particularismos ideológicos o de interés especiales, que dividían a la nación. El fin nacional no requería partidos políticos, sino un movimiento que lo encarnara.
• Contra el Tratado de Versalles, que imponía un estatus inferior a Alemania privándole de su ejército y exigiéndole que pagara indemnizaciones. Más que eso: debería alterarse el sistema internacional existente que perpetuaba la supremacía de algunos países (ej.: Inglaterra y Francia) para dar libertad y espacio a Alemania.
• Antisemitismo y racismo. El antisemitismo había sido un fenómeno común en muchos países de Europa, producto de prejuicios religiosos, diferencias culturales y rivalidades económicas. A los judíos se les acusaba de ser los responsables del capitalismo liberal y del comunismo. Los nazis, sin embargo, añadieron una vuelta de tuerca: el hecho de que los judíos eran biológicamente inferiores. Por tanto, no sólo eran peligrosos por sus ideas, sus creencias y sus planes para conquistar el mundo (cómo podría hacerlo gente inferior nunca lo explicaron), sino porque su misma presencia en Alemania ponía en peligro la pureza de la “raza” alemana.
Tan pronto como los nazis llegaron al poder, comenzaron a reducir a los judíos alemanes al estatus de no personas: no podían trabajar en la administración, conservar sus negocios, ni recibir ningún beneficio social.
Se les confinó en barrios especiales, eran constantemente intimidados por los miembros del Partido Nazi y las SA, eran arrestados arbitrariamente sus bienes fueron confiscados y se prohibieron los matrimonios mixtos.
La misma discriminación biológica también amenazó a otros grupos “impuros” (ej.: negros, gitanos, eslavos).
• Anticomunismo. Si el antisemitismo provenía de alegaciones racistas, el anticomunismo brotaba de consideraciones políticas e internacionales. No sólo se dirigía contra los comunistas locales, sino contra la “patria del comunismo”, la Unión Soviética.
2.2. Ideas “positivas” Cada negación avanzada por los nazis (lo que planeaban suprimir) lógicamente requería una afirmación positiva (qué pensaban hacer). Por tanto, el término “positivo” es utilizado en este sentido.
• Nacionalismo y racismo. Tras la Revolución francesa de 1789 hubo movimientos nacionalistas liberales que se identificaban con el principio de la nacionalidad y que reivindicaban que la gente que compartía un mismo acervo nacional viviera en un determinado territorio, el Estado-nación. Éste es básicamente el principio de autodeterminación, que permite a los pueblos formar su propio Estado. También ha habido movimientos nacionalistas conservadores que han ensalzado las virtudes nacionales y han afirmado su superioridad. Pero este tipo de movimientos nacionalistas se sienten satisfechos al ver que los valores que reivindican se cultivan y refuerzan dentro del Estado-nación. No son expansionistas.
El nacionalismo nazi era al mismo tiempo racista y expansionista: a la vez que insistía en la superioridad de los valores germanos también proclamaba la superioridad de la raza alemana y la conveniencia de imponer Las ideologías políticas contemporáneas esa superioridad sobre el resto. Los arios estaban por encima del resto, y entre los arios, los alemanes eran la raza superior porque habían conseguido mantener su raza “pura”.
• Expansionismo. El valor de la raza no podía probarse únicamente mediante su afirmación, sino que debía ser demostrado en el campo de pruebas de la guerra y la conquista. La raza superior sería una raza de guerreros que sometería a las razas inferiores. Pero junto al racismo, existían otras razones para justificar una política expansionista y guerrera: un sistema totalitario es “total” hacia adentro porque intenta subordinar todo a su ideología y control, pero lo mismo ocurre en el ámbito internacional: la lógica del totalitarismo exige la eliminación de los centros de poder en competencia en todas partes.
• Comunitarismo. La eliminación de todas las libertades y su sustitución por una “única libertad” –la de obedecer al partido– constituía la esencia del totalitarismo alemán. Después de que los nazis llegaran al poder, la libertad de prensa, asociación y de expresión, dejaron de existir. Se abolieron todos los partidos políticos. El individuo, solo e independiente, con sus propios pensamientos, dejaba paso al “nuevo individuo”, comunitario, nacionalista y fiel a su líder y a su partido. Naturalmente, no se toleraría a los disidentes, que eran ejecutados o enviados a campos de concentración.
• El liderazgo y el partido. ¿De qué modo se manifiestan los valores comunitarios? Uno es la participación directa de todos en la toma de decisiones y otra forma es que la comunidad elija a sus representantes. A esta noción de representación los nazis le dieron un giro particular. La aceptaron, pero rechazaron las elecciones libre. El Partido Nazi “representaba” al pueblo alemán. Dentro del partido, su líder actuaba instintiva e intuitivamente por la totalidad. Es el líder, por tanto, quien mejor expresa los valores comunitarios.
A los seis meses de la llegada al poder, se legalizó el “monopolio” del Partido Nazi. El Partido Nacionalsocialista de los Trabajadores se convirtió en el “único” partido político en Alemania. Las aspiraciones comunitaristas le dieron un carácter populista al nazismo. Reivindicaba encarnar los valores y principios que surgían directamente del pueblo.
De este modo, el partido, en nombre de su extraordinaria cualidad representativa, alegaba ser el único vehículo de representación y la misma esencia de la democracia directa.
El principio de liderazgo es la piedra angular del nazismo. El líder decide todo y todos deben obedecer. Puede delegar su autoridad en otros, pero nunca renunciar a ella. Su voluntad es arbitraria, absoluta y superior. Pero, ¿por qué obedece la gente? El vínculo es la mística e intuitiva relación entre el líder y sus seguidores. Habla para el pueblo y, precisamente por ello, el pueblo está de acuerdo con él. Y allí donde su voluntad no tiene suficiente fuerza, el líder tiene a su disposición impresionantes instrumentos de coacción y verdadero terror para obtener obediencia.
2.3. La subordinación de la sociedad La mayoría de los alemanes, y muchos con entusiasmo, consintieron que los nazis tomaran el mando durante su permanencia en el poder, mostrando una sorprendente lealtad durante toda la permanencia de Hitler en el poder.
Veamos cómo reaccionaron los diversos “grupos sociales” a la llegada al poder de los nazis y su régimen.
2.3.1. El ejército Con su estatus disminuido y su número reducido, los oficiales del ejército alemán vieron en la llegada de los nazis posibilidades para su rehabilitación. Siempre incómodos con las instituciones republicanas, la postura del ejército fue la de que, o bien debería ser una fuerza dominante en la sociedad, o bien una entidad separada y distinta para entrenar soldados, mantener el orden y hacer la guerra. No desempeñaría un papel subordinado.
Después de la Primera Guerra Mundial muchos de sus oficiales se unieron a escuadras de vigilancia de extrema derecha contra izquierdistas y comunistas. Como el general alemán Blomberg declaró en el juicio de Nuremberg: “No había motivos para la oposición a Hitler ya que él les proporcionó el triunfo que deseaban”.
2.3.2. El funcionariado Los funcionarios alemanes respondieron con satisfacción al programa de Hitler y apoyaron su régimen. Los nazis parecían representar los valores básicos de orden, autoridad centralizada e integridad nacional a los que estaban acostumbrados. Una vez quedó claro que los miembros del partido no los reemplazaría, el apoyo de la burocracia fue abrumador, y se vio reforzado por promociones generosas e incrementos salariales.
2.3.3. La Iglesia Las ideologías políticas contemporáneas Los grupos religiosos intentaron mantener una cierta distancia con los nazis, pero éstos quisieron controlar a las dos Iglesias predominantes en Alemania: la católica y la luterana. Se firmó un Concordato con el Vaticano que daba cierta autonomía a la Iglesia católica, mientras que la Iglesia luterana hizo una clara división entre las cuestiones políticas y las espirituales. La obediencia política era una cosa y la adoración de Dios otra.
2.3.4. Los grupos empresariales Los grupos empresariales ofrecieron total apoyo y cooperación una vez abandonadas las promesas “socialistas” presentes en el programa original del partido. No se tocaron ni la propiedad privada, ni los beneficios empresariales, y las medidas antihuelga y antisindicalistas les produjeron gran satisfacción.
2.3.5. La clase media, los agricultores y los trabajadores Alemania nunca había tenido un auténtico movimiento liberal de clase media como los de Inglaterra, Francia y Estados Unidos. La rápida industrialización se injertó en unas estructuras sociales semi-feudales y autoritarias.
Las relaciones paternalistas y jerárquicas eran la norma en las empresas alemanas. Las clases medias se ajustaron a esas estructuras en lugar de crear su propio tipo de relaciones políticas y sociales (igualitarias y participativas).
Se encontraban más a gusto con las soluciones autoritarias y las relaciones jerárquicas, por lo que fueron proclives a aceptar el nazismo y la filosofía autoritaria y nacionalista que representaba. La clase media-baja, la pequeña burguesía insegura y anti-socialista, les dio su total apoyo a la vez que buscó un hueco en el orden nazi.
De modo parecido, los agricultores respaldaron abrumadoramente a los nazis. Las virtudes rústicas que los nazis ensalzaban también eran las suyas; la protección en forma de aranceles más altos les proporcionó ingresos adicionales; el anti-comunismo apelaba a su tradicional nacionalismo y conservadurismo. Los trabajadores, por tanto, eran los únicos que parecían poner reparos. Pero incluso entre ellos, sólo los que estaban política e ideológicamente organizados y comprometidos se opusieron al régimen nazi. Los desempleados, como hemos señalado, tendieron a unirse al partido a cambio de sus promesas de empleo.
2.4. La economía Los nazis fueron incapaces de llevar a la práctica su original programa económico. No nacionalizaron los monopolios; al contrario, hicieron grandes esfuerzos para promover la concentración y la creación de carteles; no confiscaron los beneficios de guerra o los rendimientos de capital; no emprendieron la reforma agraria, etc. En cuanto llegaron al poder se olvidaron de sus promesas populistas y socialistas.
La política económica nazi consistió en una serie de improvisaciones para conseguir los objetivos políticos de rearme y guerra. La economía se subordinó, no solo a las exigencias políticas e ideológicas, sino también a la necesidad de planificar la guerra. En general, se insistió en la reducción de las importaciones y en promover la autarquía. Sin embargo, tanto la propiedad individual como la corporativa fueron respetadas. A pesar de encontrarse sometidas, subordinadas e infiltradas, la economía y la sociedad civil nunca fueron destruidas, y mantuvieron su identidad. Ésta es una de las principales diferencias entre el autoritarismo nazi y el comunismo. Después de la derrota de Alemania y del colapso de los nazis en 1945, las fuerzas sociales consiguieron reafirmarse, mientras que al colapso del comunismo le siguió un vacío social.
3.
Autoritarismo: interpretaciones y perspectivas de futuro ¿Cuáles son las perspectivas de futuro del autoritarismo? ¿Está muerto el autoritarismo de derechas? ¿Volverá a suceder en Alemania? Antes de contestas, echemos un vistazo a las principales explicaciones del autoritarismo de derechas.
3.1. La teoría marxista De acuerdo con ella, el nazismo se corresponde con la “última etapa del capitalismo monopolista”. Está encabezado por los elementos más extremistas y expansionistas de la clase capitalista en un esfuerzo por mantener su dominio interno y subyugar a otros pueblos y sus economías. El expansionismo y la guerra son dos de los medios que les quedan a los capitalistas enfrentados a la depresión económica y a las crecientes contradicciones de su sistema. Se consideró que tanto el nazismo como el fascismo orientaron la economía hacia la guerra, distrayendo a la gente de sus problemas económicos mediante el llamamiento a su nacionalismo y su preparación para la guerra.
3.2. La teoría de la modernización Esta teoría examina el autoritarismo en términos de modernización económica. A medida que la industria supera a la agricultura, se produce un desplazamiento de poder desde las élites agrícolas y comerciales hacia las élites Las ideologías políticas contemporáneas industriales y financieras. La industrialización explica la afluencia de agricultores a las ciudades, y la urbanización y el rápido crecimiento del número de trabajadores industriales. Estos cambios traen consigo un nuevo tipo de movilización política y nuevos partidos políticos que intentan reclutar a los trabajadores, a las masas urbanas y a los campesinos descontentos. Invariablemente, este tipo de movilización atemoriza a las clases medias y a las élites industriales, que comienzan a apoyar soluciones represoras e integradoras.
3.3. Interpretaciones psicológicas Muchos autores consideran el autoritarismo como un fenómeno psicológico. La gente reacciona ante una amenaza o la alienación, fenómenos que ocurren durante el desarrollo de la industrialización y la creación de una sociedad de masas. Esta última se corresponde con la desintegración de la mayor parte de las estructuras sociales intermedias (pueblo, familia y vecinos) y muchas instituciones tradicionales que determinan los valores, actitudes y forma de vida individuales. El resultado final es la “atomización” de la sociedad. A medida que los grupos se desintegran, los individuos se encuentran solos y aislados. Comienza una reacción favorecedora de ideologías comunitarias.
La percepción de amenaza refuerza los llamamientos autoritarios cuando los individuos amenazados pertenecen a clases acomodadas, relativamente adineradas. Es el caso de las clases medias, que disfrutan de una renta más alta y mejor estatus que los agricultores, trabajadores de clase media-baja. Son la llave que conduce al poder a los líderes de la derecha. No hay duda de que las clases medias apoyaron a los nazis y a los fascistas, tanto en Alemania como en Italia, para proteger su renta y su estatus.
Como ocurre con las teorías anteriores, esta interpretación psicológica no puede proporcionar una explicación satisfactoria. Si Alemania era una “sociedad de masas” en 1933, también los eran EE.UU. e Inglaterra. ¿Por qué los extremistas de derecha se impusieron en un país y no en los otros? Asimismo, si las clases medias estaban “amenazadas” en Alemania, también lo estaban en otros sistemas industrializados. ¿Por qué se buscan soluciones anti-democráticas en unos países y no en otros? 3.4. ¿Revolución de los directivos de empresas? Algunos han considerado al totalitarismo como una representación de una “revolución de los directivos de empresas”, dirigida a sustituir a los ineptos líderes políticos de los regímenes democráticos. La estructura económica del capitalismo cambia: la propiedad no está en manos de unos pocos (dispersada entre accionistas), la toma de decisiones se concentra en sus directivos y no en los propietarios, y se concentra en una coalición de personas con habilidades técnicas en la producción, gestión, administración y organización de grupos.
Es esta nueva élite gestora la que adopta las decisiones más importantes en la economía. De forma gradual, las instituciones democráticas se convierten en un obstáculo para este gobierno de expertos que controlan las cúpulas de la economía y de la sociedad. El autoritarismo en forma de fascismo o nazismo se ve así como el triunfo de los tecnócratas y de los expertos, de una élite de poder que finalmente acaba con la democracia en beneficio de la eficacia y de la organización. El problema de esta interpretación es que asigna un papel a la racionalidad, al conocimiento y a la pericia técnica que ni los fascistas ni los nazis valoraron. Por el contrario, en ambos sistemas se produjo una lucha continua entre propuestas ideológicas políticas, utópicas o absolutamente irracionales y los imperativos de la gestión racional. De hecho, fascismo y nazismo vinieron a significar el predominio de la política sobre las funciones técnicas y consideraciones como la competencia, la organización, la gestión y la eficacia.
3.5. La teoría de la personalidad Ha supuesto una considerable ingenuidad esforzarse por mostrar que el autoritarismo se dirige a individuos con un tipo de personalidad particular: la “autoritaria” o “potencialmente autoritaria”. Una serie de actitudes combinadas constituye un “síndrome” o “modelo” de personalidad autoritaria: antisemitismo, nacionalismo, miedo a los desconocidos, visión política conservadora y educación familiar estricta. Las personas que muestran este síndrome es posible que se encuentren entre las clases medias-bajas, los trabajadores y los que no tienen educación.
Pero no existe evidencia para atribuir el fascismo o el nazismo y la militancia en movimientos autoritarios a personas con un tipo de personalidad concreta. Para empezar, tanto el movimiento nazi como el fascista recibieron un fuerte apoyo de las clases medias y de los universitarios, personas con un origen relativamente acomodado y de educación superior. En cuanto a la educación familiar autoritaria, hay muchos países aparte de Alemania, donde se da el mismo fenómeno y no cayeron en totalitarismos. Además, el apoyo más bajo fue el de las clases trabajadoras, en las que es posible encontrar muchos de los rasgos asociados con la personalidad autoritaria.
Las ideologías políticas contemporáneas 3.6. ¿Existe una interpretación Todas las interpretaciones de los movimientos autoritarios ofrecidas sólo nos aportan partes de una explicación, pero ninguna explicación aislada nos lo explicará, y aún cuando se juntaran todas, no nos indican el conjunto de condiciones que conducen inevitablemente al autoritarismo.
4.
Perspectivas de futuro Como hemos indicado, a menudo las ideologías pasan por un proceso de flujo y reflujo. El extremismo de derechas y el autoritarismo tienen raíces profundas, y no es improbable que, dadas ciertas circunstancias, pudieran aflorar de nuevo.
Muchas de las condiciones para el ascenso de los movimientos y regímenes autoritarios continúan estando vigentes.
• • • • La “sociedad de masas” se ha vuelto más impersonal y atomizada debido al desarrollo tecnológico.
Los individuos están mucho más “solos” y sus descontentos y frustraciones pueden impulsarles a defender ideas unificadoras y comunitarias.
Los partidos políticos parecen incapaces de mantener unidas a las personas en torno a programas comunes y de estructurar y regular sus expectativas de acuerdo con ellos.
La sociedad democrática se ha visto reducida a una miríada de grupos en competencia y en conflicto, cada uno de los cuales intenta maximizar sus beneficios y ventajas.
No es improbable, por tanto, que nuevos partidos autoritarios pudieran intentar captar la frustración y los descontentos de los muchos que no están satisfechos con su posición y su bienestar material. Todo lo que podría ser necesario para que aparecieran virulentos movimientos extremistas sería una grave crisis internacional u otra fuerte crisis económica. Dicha crisis podría ocasionar el renacer de partidos de izquierda revolucionarios, que pondría a la defensiva a las élites y a las clases medias. Esto podría dar lugar a un movimiento o régimen que intentara reemplazar las instituciones representativas, prescindir de la competición política y manipular a la opinión pública con ideas nacionalistas y comunitaristas. La fuerza reemplazaría al consenso, aunque sólo hasta cierto punto, y la propaganda sustituiría a la persuasión.
4.1. ¿Una Alemania unida? Después de su reunificación en 1990, ¿asumirá Alemania la misma postura nacionalista, antidemocrática y racista? Creemos que se están produciendo hechos que apuntan en dirección opuesta: • • • • • La reunificación alemana se ha conseguido por medios democráticos con énfasis en una economía orientada al libre mercado para Alemania del Este.
Desde 1945, Alemania Occidental ha prosperado y en ella ha aparecido una nueva clase media de visión liberal, con partidos y constitución democráticos.
Las viejas élites que cooperaron con Hitler ya no tienen ni el poder ni la influencia que tuvieron; de hecho, esas viejas élites fueron destruidas por los nazis y las nuevas crecieron bajo un gobierno democrático de una duración de más de 45 años, que ahora se ha extendido a Alemania del Este.
Una Alemania unida sigue formando parte de la Unión Europea y de la OTAN, y ha aceptado plenamente la jurisdicción del Parlamento, de la Comisión y del Tribunal de Justicia europeos. Es difícil imaginarla lanzada a una empresa nacionalista y expansionista.
En los últimos cuarenta años ha surgido una sociedad política más igualitaria y participativa para reemplazar las estructuras de deferencia y obediencia anteriores.
Pero a la luz de las interpretaciones del extremismo autoritario que hemos analizado y también de las especiales circunstancias que podrían repetirse, en particular, una depresión económica, no hay razón para excluir las posibilidades del autoritarismo. Ninguna sociedad, y menos aún la alemana, es inmune.
5.
El retorno de la extrema derecha en Europa 50 años después de la derrota de los nazis y de los fascistas en Europa, el extremismo de derechas está reapareciendo. La ideología sigue girando en torno a los mismos ingredientes: racismo, xenofobia y nacionalismo. Su trampolín es también el mismo que a principio de los años 30: la inseguridad y ansiedad que surgen de una crisis económica, del desempleo y de las tensiones internacionales.
La vanguardia de la extrema derecha se encuentra hoy en Francia: el Frente Nacional de Jean-Marie Le Pen, que predica la pureza de la nación francesa, la preservación de su cultura y se dirige contra los trabajadores inmigrantes en Francia.
Las ideologías políticas contemporáneas El movimiento de Le Pen intenta negarles la ciudadanía, la educación y el empleo, y repatriarlos. Los principales partidos políticos han sido incapaces de fijar el estatus de los trabajadores inmigrantes en Francia, especialmente de los procedentes del norte de África, donde los movimientos fundamentalistas musulmanes se están extendiendo rápidamente y podrían crear problemas internos e internacionales en el próximo futuro. Al igual que en Francia, partidos de extrema derecha se están desarrollando en Alemania, Austria, Bélgica, Holanda y Dinamarca, y aunque estos partidos todavía no cuestionan la democracia, podrían llegar a hacerlo si las circunstancias económicas o de seguridad empeoran considerablemente.
Los nacionalismos El nacionalismo ha demostrado ser uno de los vínculos ideológicos más resistentes que une a los seres humanos en comunidades políticas separadas. Sus valores pueden variar, el contenido particular de los compromisos de los ciudadanos puede cambiar, pero el nacionalismo se identifica fundamentalmente a partir de un sentimiento común de unión que separa el nosotros de ellos. Las naciones siempre se definen en función de una comunidad y de la lealtad del individuo a la comunidad; las naciones son una patria que evoca la obediencia y el cariño que los niños deben a sus padres.
Aunque lo damos por sentado, el nacionalismo es algo relativamente reciente. Es sobre todo una ideología política que se desarrolló en Europa en la última parte del siglo XVIII y durante el XIX. Hugh Seton-Watson define el nacionalismo como “una política de creación de una conciencia nacional en una población políticamente inconsciente”, y señala que su propósito era precisamente la movilización de una población tras nuevos líderes y fuerzas sociales. El nacionalismo es una ideología unificadora destinada a elaborar un consenso sobre la base de un fuerte atractivo y de símbolos de identificación. Su objetivo es generar apoyo emocional, crear un estado de exaltación y sacrificio, y asegurar la lealtad.
1.
Nacionalidad, naciones-estado, estados y nacionalismo Para entender mejor la dinámica del nacionalismo son necesarias algunas aclaraciones: • • • La nacionalidad denota una entidad étnica y cultural, basada en valores comunes.
Un Estado es una organización política que detenta y ejercita el poder supremo a través de sus diversas agencias sobre un pueblo dado dentro de un territorio determinado. Un Estado podría incluir diversas “nacionalidades” (ej.: Imperio austro-húngaro, Imperio turco, URSS, antigua Yugoslavia, etc.).
Una nación-estado, a diferencia de una nacionalidad (que no es un Estado) y de un Estado (que no está necesariamente basado en una nacionalidad común), se supone que es a la vez un Estado y una nacionalidad.
1.1. Nacionalidad y nacionalismo: factores objetivos y subjetivos Los términos “nación” y “nacionalidad” no comenzaron a aparecer hasta el siglo XVII, y señalaban la emergencia de una conciencia de una identidad común de un pueblo en un territorio dado. La gente de un determinado lugar comenzó a adquirir conciencia de lo que tenía en común y la distinguía de otros. Los sentimientos de un pueblo y una predisposición común explican la nación. Por decirlo muy sencillamente, se puede considerar la nación-estado como la creación de los individuos que la componen; existe y deriva su existencia de su apoyo y consentimiento.
Como dijo un publicista francés, es el resultado de un contrato o de un” referéndum diario”.
1.1.1. Factores objetivos Los rasgos más comunes con los que se asocia la nacionalidad siguen siendo el lenguaje, la religión, conciencia de una historia y unas tradiciones comunes, y una voluntad de mantenerlas, y un territorio común. Cuando este último no existe, como era el caso de los judíos, los griegos o los polacos, era el recuerdo del territorio común que ocuparon en el pasado el que encendía su deseo de recuperarlo o reclamarlo. Los especialistas que estudian el nacionalismo han hecho hincapié en uno u otro de estos factores objetivos.
• • • • La religión fue especialmente importante en el período de formación de la conciencia nacional.
El lenguaje fue un importante criterio utilizado por diversos autores, especialmente alemanes. Era un vehículo común que unía a la gente, creando un vínculo especial entre sus usuarios. Pero, como muestra de manera concluyente el caso de Suiza, no es una condición necesaria.
La raza fue utilizada principalmente por los nazis para mostrar los rasgos exclusivos de la nación alemana.
Hace referencia a características biológicas específicas que no siempre se perciben con claridad.
La etnicidad es un término más amplio que podría incluir o no la raza, pero que habitualmente se refiere a una serie de atributos culturales comunes.
Las ideologías políticas contemporáneas • • El pasado común ha sido invocado constantemente y cuando no se pudo hallar con facilidad, se hicieron todos los esfuerzos posibles para crearlo reescribiendo la historia.
Siempre se recurre a la geografía (una base territorial común), ya que las naciones, como los individuos, tienen que tener un hogar.
1.1.2. Factores subjetivos Todos los rasgos objetivos que hemos explicado anteriormente podrían existir y ser compartidos por una determinada “nacionalidad”. Sin embargo, el nacionalismo sólo se convierte en una ideología y en un movimiento cuando traduce esta autoconciencia en una exigencia de creación de un Estado. El elemento subjetivo es un elemento de voluntad e intención. No es sólo la voluntad de vivir juntos, sino de tener un gobierno. Es la aserción de que ese objetivo tiene un evidente derecho a ser oído y a realizarse; es un objetivo que se presume moralmente justo. En este sentido, el nacionalismo según Elie Kedourie, es “una doctrina inventada que sostiene que la humanidad está naturalmente dividida en naciones, que las naciones son conocidas por sus características, y que el único tipo de gobierno legítimo es el autogobierno nacional”.
La autodeterminación es la exigencia que plantea una nacionalidad de convertirse en un Estado. Se transformó en una doctrina cuando fue expresamente estipulada entre los famosos 14 puntos que el presidente Woodrow Wilson estableció como directrices para la construcción de un nuevo orden político en Europa después de la II Guerra Mundial. Wilson declaró que “la autodeterminación es un principio de acción imperativo que, a aquellos estadistas que lo ignoren, les hará pagar las consecuencias”. Afirmó que la II Guerra Mundial “tuvo su origen en el desprecio de los derechos de las pequeñas naciones y nacionalidades que carecían de unión y fuerza para hacer valer su derecho a determinar su propia lealtad y su propia forma de vida política”. En nombre del nacionalismo y la autodeterminación, los viejos imperios y organizaciones políticas multinacionales se fueron descomponiendo poco a poco hasta que al final de la I Guerra Mundial la mayoría de las nacionalidades europeas se convirtieron en naciones-estado.
1.2. La Revolución Francesa La Revolución Francesa fue la que reafirmó la soberanía del pueblo y de la nación. Comenzó como una reivindicación de libertades individuales y soberanía popular, y terminó con un gobernante absolutista, Napoleón, y un nacionalismo expansionista que cambió el mapa de Europa.
Con el derrocamiento de la monarquía en 1792, la revolución impuso rápidamente el patriotismo, el compromiso incondicional con la nación-estado, como el ideal más alto y el vínculo más íntimo entre las personas. Rituales, símbolos, fiestas y canciones nacionales, se utilizaron para fortalecer la solidaridad entre los franceses. La república sería “una e indivisible”. Un líder revolucionario habló de “la tiranía de la libertad contra el despotismo”. En cada municipio se colocó una inscripción: “El ciudadano nace, vive y muere por la patria”. El ciudadano patriota se fue transformando gradualmente en el ciudadano-soldado presto a morir por su país. Charles De Gaulle llegó a decir: “Francia no es realmente ella misma a no ser que esté en primera línea. Sin grandeza, Francia no puede ser Francia”.
El nacionalismo desempeñó el mismo papel en toda Europa, forjando comunidades muy integradas. Estaba profundamente relacionado con el ascenso de las clases medias y la destrucción de las estructuras feudales. Desde el punto de vista político era el instrumento de las clases medias para adquirir poder movilizando a las masas como nunca antes se había hecho. El control de “sus mentes y almas” fue una fuente de poder mucho mayor que la que ningún gobernante que apelara al estatus, a la tradición, a la autoridad o al derecho divino había reivindicado nunca.
1.3. El nacionalismo tradicional El nacionalismo francés que llegó con la Revolución francesa fue un fenómeno profundamente ideológico que rompió con la tradición y el pasado. El nacionalismo francés era una cuestión de voluntad (factor subjetivo) y se orientaba hacia el futuro, mientras que el nacionalismo tradicional buscaba sus fuentes en el pasado y era descrito como un fenómeno natural (factor objetivo), no como un acto de voluntad política.
El nacionalismo reaccionario no sólo se reforzó con argumentos biológicos y raciales, sino también de tipo cultural.
Un filósofo alemán, Johann Fichte (1762-1814), apeló a Alemania para que hiciera valer su supremacía “cultural”.
Algunos exigieron que todos los que hablaran alemán se unieran en una patria; otros, mucho antes de los nazis, reivindicaron la pureza racial de los alemanes. En 1871, Bismark, que tenía una visión estatalista y tradicionalista, logró la unificación de Alemania. Los pensadores reaccionarios que defendía un pueblo racialmente identificado fueron tan hostiles con Bismark como con el pueblo judío. Esperaban a un líder populista.
Las ideologías políticas contemporáneas Lo que caracterizaba al nacionalismo alemán era su énfasis conservador: miraba al pasado, formaba parte de la tradición y de la cultura política, no era algo “creado” como el nacionalismo francés durante la revolución. Lo mismo ocurrió con muchos de los nacionalismos de Europa del Este, especialmente el ruso, que enfatizaron la religión como una de las fuerzas fundamentales y, solo indirectamente, la raza y el lenguaje.
2.
El nacionalismo alemán: la versión de 1990 Cuando Alemania se convirtió en estado-nación en 1870, después de derrotar a Francia y anexionarse Alsacia y Lorena, el arquitecto de la unificación, Bismark, calificó el hecho de “una victoria, un juicio divino como nunca se había visto, grabado con letras de fuego sobre las tablas de la historia”. Con estas palabras estaba expresando el punto de vista tradicional y trascendental del nacionalismo alemán. La segunda unificación alemana se produjo en 1990, tras la caída del comunismo en Europa, pero en este caso nadie invocó la intervención divina. La unificación se realizó cuando las gentes de Alemania del Este acordaron mediante su voto libre unirse a Alemania Occidental y aceptar su constitución democrática. El arquitecto de esta última unificación fue el canciller Helmut Kohl, quien hizo hincapié en el compromiso que la nueva Alemania tenía con la Unión Europea. La patria se convertiría en parte de Europa en lugar de luchar por dominarla. El nacionalismo tradicional parecía dejar lugar a una visión democrática y liberal.
2.1. Los nacionalismos británico y estadounidense Mazzini (1805-1872), esbozó una teoría del internacionalismo liberal que Woodrow Wilson intentó llevar a la práctica, con resultados desiguales, al final de la I Guerra Mundial. Ambos hombres creían que la autodeterminación de los pueblos conduciría a gobiernos liberales y democráticos en la política interna, y amantes de la paz en política exterior. Este internacionalismo liberal demostró ser un espejismo, pero el liberalismo nacional ha sido durante mucho tiempo una realidad en Inglaterra y EE.UU.
En EE.UU., la principal afirmación de nacionalismo se encuentra en la creación de una república que ejemplifica la Constitución. El país permanecía completamente abierto a la inmigración, y así gradualmente perdió cualquier característica distintiva de tipo étnico, cultural o religioso que pudiera haber reivindicado. Su historia era repetida en las escuelas y su literatura reforzaba y mantenía el simbolismo político de las libertades individuales y el gobierno constitucional. El “nacionalismo” norteamericano mantuvo su carácter político: significaba un compromiso con la Constitución y con los derechos individuales detallados. Lo que contaba era la lealtad cívica.
Naturalmente, tanto en Inglaterra como en EE.UU., se afirmó que la patria está por encima del individuo, pero no tan a menudo ni tan convincentemente como en Europa. No se desarrolló ninguna ética nacionalista que subordinara el individuo a la colectividad; ni se impusieron sobre los individuos vínculos religiosos, históricos o culturales en nombre de la nación; ni se desarrollaron uniformidades de pensamiento y acción en virtud de una realidad y de unas metas nacionales primordiales. Es verdad que ambos países han seguido siendo relativamente bastante más abiertos y tolerantes que otros, pero aun así hubo frecuentes reivindicaciones de supremacía nacional en ambos países.
• • 3.
En Inglaterra, tanto Rudyard Kipling como muchos otros, hablaron de “la misión del hombre blanco”: la auto-asignada obligación de los británicos de civilizar y educar a las masas de los pueblos coloniales que estaban bajo su control.
En EEUU se habló del “destino manifiesto” para las naciones anglosajonas en la medida en que asumían su cuota de dominación y tutelaje de los pueblos “inferiores”. El esfuerzo para obtener conformidad y lealtad cívica en torno a los símbolos nacionales estuvo y sigue estando siempre presente.
El nacionalismo en acción: una perspectiva histórica Desde la Revolución Francesa tres importantes oleadas de nacionalismo han recorrido el mundo: • • • La primera oleada solidificó Francia como una nación-estado y sembró poderosas semillas por toda Europa.
Estas semillas se transformaron a lo largo del siglo XIX en movimientos para la independencia nacional y la estatalidad entre muchas de las nacionalidades europeas: checos, eslovenos, húngaros, serbios, griegos, etc.
La segunda oleada llega después de la I Guerra Mundial, en 1918. El Imperio austro-húngaro fue desmantelado, dando lugar a una serie de Estados nacionales: Hungría, Checoslovaquia, Yugoslavia, etc. Lo mismo le ocurrió al Imperio turco, cuya descomposición dio origen a Rumanía, Bulgaria, Grecia, etc. Sin embargo, era imposible complacer a todas las minorías étnicas y crear fronteras políticas que se correspondieran totalmente con la etnicidad y la nacionalidad.
La tercera oleada aparece después del final de la II Guerra Mundial y sigue la lógica de los previos movimientos nacionalistas. En casi la totalidad del mundo colonial, las “razas inferiores” comenzaron a reivindicar la Las ideologías políticas contemporáneas independencia. Los imperios coloniales Inglaterra, Francia, Bélgica y Holanda, empezaron a desmoronarse, los británicos y franceses se retiraron de Oriente Medio y fueron reemplazados por Irán, Egipto, Siria, Israel, Túnez y Marruecos, creándose también algunos “estados artificiales” como Iraq, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Omán y Jordania. La lógica que conectaba la estatalidad y la nacionalidad parecía irresistible.
3.1. La nueva oleada en los estados comunistas La cuarta oleada de nacionalismo, pero no necesariamente la última, está vinculada a la ruptura de Unión Soviética y Yugoslavia. Movimientos de independencia nacional se alzaron contra los regímenes comunistas que los mantuvieron bajo control durante unos 70 años.
3.1.1. Marx, Lenin, Stalin y las nacionalidades La teoría y la ideología marxista subestimaron la fuerza y la tenacidad del nacionalismo, lo que se sintetiza en la sucinta declaración de El Manifiesto Comunista: “los trabajadores no tienen patria”. Marx afirmaba que el nacionalismo era una de las muchas invenciones ideológicas utilizadas por la clase capitalista para distraer a los trabajadores y apartarlos de su misión revolucionaria; pertenecía a la superestructura. Lenin pensaba lo mismo que Marx, aunque se dio cuenta de que los nacionalismos podían ser utilizados como estrategia contra los poderes imperialistas (en el mundo colonial) para debilitar a los países capitalistas. Es decir, era una desviación de la teoría marxista, pero necesaria para provocar el derrumbe del capitalismo.
Stalin también analizó el concepto de nacionalidad y nacionalismo, pues sabía que los bolcheviques habían utilizado “la autodeterminación” para promover alzamientos nacionales contra el zar. El derecho a separarse estaba formalmente garantizado por la Constitución soviética. Stalin, sin embargo, nunca se apartó de la creencia marxista de que el nacionalismo era una ideología burguesa, afirmando que “la consolidación de las repúblicas soviéticas y la abolición de la opresión nacional son dos aspectos del mismo proceso de emancipación de los trabajadores del cautiverio imperialista”. En consecuencia, la política soviética sobre las nacionalidades se basó en la presuposición de que: • • • El socialismo soviético reemplazaría gradualmente al nacionalismo y a las nacionalidades.
El socialismo soviético crearía una nueva unión fraternal.
Las diversas formas de expresión nacional —lenguaje, cultura, tradiciones históricas, literatura, religión, etc.— darían paso a las tendencias unificadoras de una nueva cultura socialista.
• El Partido Comunista conduciría a la creación de una nueva unión fraternal y al internacionalismo. El PC también acabaría con las predisposiciones y particularismos nacionalistas mediante su supresión.
3.2. Los movimientos nacionalistas en los últimos años de la Unión Soviética Antes de su desaparición, la Unión Soviética intentó controlar cuatro tipos de movimientos nacionalistas: • • • • El de las naciones del este de Europa dominadas por la URSS desde 1945, con los gobiernes comunistas que habían logrado imponer por la fuerza: Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Alemania del Este, Rumanía y Bulgaria. Todos estos países eran naciones-estado, controladas por la URSS.
El de las repúblicas bálticas anexionadas por los soviéticos durante la II Guerra Mundial; las que una vez fueron estados independientes: Estonia, Letonia, Lituania y Moldavia (parte de Rumanía).
El de las repúblicas que se encontraban dentro de la URSS, que eran 15: Ucrania, Georgia, Armenia, Bielorrusia, Azerbaiyán, etc., y que habían formado parte del imperio zarista y de la URSS desde 1920.
El de los pequeños movimientos étnicos y nacionalistas dentro de las repúblicas individuales, los que denominamos etnonacionalismos. Exigían autonomía, modificaciones de fronteras y, en algunos casos, incluso total independencia. Por ejemplo, los tártaros de Crimea anhelaban el regreso a su tierra de origen, Uzbekistán; los armenios de Nagorno-Karabaj deseaban la autonomía de Azerbaiyán; los osetios de Georgia querían pertenecer a la República Rusa, etc.
Después de 1985, con la llegada de Gorbachov y la perestroika, se reafirmaron a sí mismos. Con la caída definitiva del comunismo en 1991, el nacionalismo triunfó en todas partes en el antiguo bloque soviético; algunas veces para mejor, y mucho más a menudo para peor.
3.3. El auge del nacionalismo Con el fin del poder soviético y de los regímenes comunistas, los etnonacionalismos se reafirmaron en toda Europa central y sudeste. Sin duda, Yugoslavia presenta el peor de los panoramas. Tan pronto como cayó el comunismo, la Las ideologías políticas contemporáneas que una vez fuera un país degeneró en una serie de nacionalismos enfrentados (con los serbios, en particular), practicando lo que equivale a un genocidio. Las repúblicas económicamente avanzadas (Eslovenia y Croacia) declararon su independencia el 25 de junio de 1991. En represalia, la económicamente débil pero militarmente fuerte, Serbia, intentó aplastar las deserciones por la fuerza.
Serbia se volvió especialmente violencia cuando la República de Bosnia-Herzegovina, de mayoría musulmana, declaró su independencia el 22 de abril de 1992. Apoyados por Belgrado, los serbo-bosnios proclamaron su independencia de Bosnia e iniciaron una terrible política de “limpieza étnica” contra la población musulmana (mayoritaria). En dichas circunstancias, la guerra civil se extendió de modo incontrolado, ofreciéndose en cada informativo la noticia sobre la última de una serie sin fin de atrocidades.
Naturalmente los movimientos etno-nacionalistas no están confinados en Europa del Este y en la antigua URSS; estamos siendo testigos de su presencia en todo el mundo. En España, los vascos; en Quebec, que afirma ser una “sociedad diferenciada” dentro de la federación canadiense, los indios mohawk reivindican su independencia, etc.
En todas partes, los movimientos etno-nacionalistas están desgarrando a algunos de los estados recién fundados, como Etiopía, Sudán, Cachemira, Marruecos e India. Se debería estar extremadamente alerta ante los potenciales movimientos etno-nacionalistas de fundamentalistas musulmanes.
Los movimientos etno-nacionalistas se hallan en el proceso de convertirse en la ideología actual más virulenta. En general, derivan de la misma vieja ideología del nacionalismo del siglo XIX; son las mismas viejas botellas, pero el vino a veces parece más embriagador. Los que lo crían y hacen madurar son los muchos descontentos que ha generado nuestra sociedad industrial: impersonalidad, incertidumbre sobre el empleo a medida que la tecnología exige un nivel mayor de educación entre los trabajadores, etc. Al igual que el fundamentalismo religioso, estos movimientos intentan proporcionar un hogar seguro y estable, un centro de lealtad y apego común, un sentimiento de unión en la reiteración de los viejos valores y tradiciones. Las emociones y las relaciones etno-nacionalistas son tan poderosas que, al menor signo de discriminación real o sentida, la temperatura etno-nacionalista alcanza su punto de ebullición.
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