Reglas del método sociológico. Capítulo 2. Reglas relativas a la observación de los hechos sociales (2015)

Apunte Español
Universidad Universidad Autónoma de Barcelona (UAB)
Grado Ciencia política y Gestión pública + Derecho - 1º curso
Asignatura Fonaments de sociologia
Año del apunte 2015
Páginas 6
Fecha de subida 09/02/2015
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Capítulo 2 del libro "Reglas del método sociológico" de Émile Durkheim.

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Las reglas del método sociológico. Émile Durkheim Capitulo II. Reglas relativas a la observación de los hechos sociales La primera regla, y la de carácter más fundamenta, es la de considerar a los hechos sociales como cosas.
La creación de las concepciones o ideas Cuando un nuevo orden social, en este caso los hechos sociales, se convierten en objeto de la ciencia se encuentra ya representado en nuestra mente por imágenes sensibles y por unas ideas. De hecho, el hombre no puede vivir en medio de las cosas sin forjarse ideas, de acuerdo con las cuales regula su conducta.
El problema es que en lugar de una ciencia de realidades no hacemos más que un análisis ideológico, es decir, que como las ideas que nosotros forjamos están más a nuestro alcance que la realidad a la que corresponde, existe la tendencia natural de sustituir las realidades por las ideas. Nos contentamos con tomar conciencia de nuestras ideas, con analizarlas y combinarlas.
Se puede, eso sí, recurrir a la realidad concreta para justificar la idea creada a partir de ella. Pero esto supone aceptar que los hechos solo intervienen de modo secundario, a título de ejemplo o de prueba confirmatoria. La ciencia va de las ideas a las cosas, no de las cosas a las ideas.
La justificación de la existencia de las ideas Estas ideas, nociones o conceptos, son productos de la existencia vulgar y tienen por objeto, ante todo, el poner a nuestras acciones en armonía con el mundo que nos rodea; están formados por la práctica y para ella. No hay que olvidar que, esta representación o idea, puede ser falsa.
Para que una idea de lugar a los actos que reclama la naturaleza de una cosa no es necesario que la exprese fielmente, sino que basta con que nos haga sentir lo que de útil o desventajoso, en qué forma puede servirnos o perjudicarnos.
Las nociones así formadas no presentan esta exactitud práctica más que en forma aproximada, y sólo en la generalidad de los casos.
No será elaborándolas, se haga lo que se haga, como se llegará nunca a descubrir las leyes de la realidad. Nos la oculta tanto más eficazmente cuanto más transparente se cree que es.
La ciencia como arte Se supone que estas nociones contienen cuanto de esencial hay en lo real, pues se las confunde con lo real mismo.
Parecen tener todo lo preciso para ponernos en estado no sólo de comprender lo que es, sino para prescribir lo que deber ser y los medios de realizarlo.
Lo bueno es lo que se conforma a la naturaleza de las cosas; lo que es contrario a la naturaleza de las cosas es malo, y los medios para alcanzar la primero y evitar lo segundo derivan de esta misma naturaleza. En vez de tratar de comprender los hechos que ya ha hechos suyos, la ciencia propone inmediatamente descubrir nuevos hechos, más conformes a los fines perseguidos por los hombres.
A la ciencia le falta materia de que alimentarse. En cuanto se da, desaparece, por así decir, y se transforma en arte. Esta intrusión del arte en la ciencia, que impide que esta se desarrolle, es facilitado por las propias circunstancias que determinan el despertar de la reflexión científica, pues se encuentra orientada hacia la práctica del modo más natural.
1 En la sociología Si ha sucedido esto en las ciencias naturales, con más razón debía suceder lo mismo en el caso de la sociología. Es sobre todo en la sociología donde estas prenociones o concepciones, están en situación de dominar a las inteligencias y de sustituir a las cosas.
Las cosas sociales sólo se realizan por medio de los hombres. Parece que no son otra cosa que la puesta en ejecución de ideas, innatas o de otro tipo, que llevamos dentro de nosotros, que su aplicación a las diversas circunstancias que se dan en las realizaciones mutuas de los hombres. Estos hechos sociales y los que son semejantes a ellos parece que no tienen realidad más que en y por las ideas en los que están en germen y que se convierten en el objeto de estudio propio de la sociología.
Como los detalles de la vida social exceden ampliamente el poder de la conciencia, ésta no los percibe de forma lo suficientemente fuerte como para sentir su realidad. Al no estar unidos a ellos por vínculos lo suficientemente sólidos y próximos, nos da la impresión de que todo eso no depende de nada y que flota en el vacío, como si fuese algo medio irreal y dotado de una plasticidad infinita.
Pero aunque los detalles se substraen a nuestro conocimiento, al menos no hacemos una idea de los aspectos más comunes de la misma y es precisamente de esas representaciones esquemáticas y sumarias de las que nos servimos para los problemas corrientes de la vida.
No sólo están en nosotros sino que, como son un producto de experiencias repetidas, reciben de la repetición, y de la costumbre producida en ella, una especie de ascendiente y de autoridad. Cuando tratamos de liberarnos de ellas sentimos que nos ofrecen resistencia. Todo contribuye a hacernos ver estas representaciones como la verdadera realidad social.
El trato de los conceptos y no de las cosas La sociología ha tratado casi exclusivamente de conceptos y no de cosas. Comte declaró que los fenómenos sociales son hechos naturales, sometidos a leyes naturales (reconoce por tanto aquí la propiedad de cosas de los hechos sociales).
Pero cuando intenta aplicar su principio son ideas lo que toma como objeto de estudio.
Lo que constituye el tema principal de su sociología es el progreso de la humanidad en el tiempo. Parte de la idea de que hay una evolución continuada. Comte ha definido el desarrollo histórico con la noción que de él tenía y que no difiere mucho de la que se hace el pueblo.
Como no se concibe que la evolución social pueda ser otra cosa que el desarrollo de alguna idea humana, parece de lo más natural definirla por la idea de que ella se hacen los hombres. Al proceder de este modo no sólo no se sale de la ideología, sino que se atribuye a la sociología como objeto de estudio un concepto que nada tiene de sociológico.
Spencer convierte a las sociedades, y no a la humanidad, en objeto de la ciencia; sólo que lo primero que hace es dar una definición de aquellas que hacen que desaparezca la cosa de la que habla para poner en su lugar la prenoción que él tiene. Spencer hace una distinción entre aquellas sociedades con una cooperación espontánea, las sociedades industriales, y aquellas con una cooperación instituida, las sociedades militares.
Ahora bien, no se puede corroborar de forma explícita la existencia de esta cooperación y si esta es o no el elemento fundamental de la vida social. Es, una vez más, un cierto modo de concebir la realidad social, que sustituye a la realidad.
Por tanto, lo que se define no es la sociedad, sino la idea que de ella se hace Spencer.
2 El poco conocimiento de las cosas En el actual estado de nuestros conocimientos no sabemos con certeza lo que es el Estado, la soberanía, la libertad política, la democracia, el socialismo o el comunismo; así pues, el método exigiría que nos prohibiésemos cualquier utilización de esos conceptos hasta tanto no estuviesen científicamente constituidos. Las palabras, sin embargo, que los expresan vuelven a aparecer una y otra vez en las discusiones de los sociólogos.
Se las utiliza corrientemente y con seguridad como si correspondieran a cosas bien conocidas y definidas, siendo así que no despiertan en nosotros más que nociones confundidas, mezclas indistintas de impresiones vagas de prejuicios y de pasiones. El carácter ideológico es aún más acusado en las ramas especiales de la sociología.
La moral Esto sucede sobretodo en el caso de la moral; se lleva a cabo un estudio de las ideas no de las cosas concretas. Se puede decir que no hay un solo sistema en el que no se la presente como el mero desarrollo de una idea inicial que la contendría enteramente en potencia. Esta idea es lo único verdaderamente real que hay en materia de moralidad.
La multiplicidad de reglas jurídicas y morales no tendrían existencia por sí mismas sino que no serían otra cosa que esta noción fundamental aplicada a las circunstancias particulares de la vida y modificada de modo diverso según los casos.
Según esto, el objeto de la moral seria la idea de la que se derivan y de la que no son sino aplicaciones.
Los moralistas aún no han llegado a la concepción de que, al igual que nuestra representación de las cosas sensibles proviene de esas mismas cosas y las expresa con un grado mayor o menor de exactitud, nuestra representación de la moral proviene del propio espectáculo de las reglas que funcionan ante nuestros ojos y las representa; por consiguiente son esas reglas y no la visión que de ellas tenemos, lo que constituye el objeto propio de la ciencia.
Se toma por base de la moral lo que no es más que su cúspide; el modo de cómo se prolonga en las conciencias individuales y las repercusiones que en ellas tiene. Sucede lo mismo en la economía política, cuyo objeto de estudio está constituido no por realidades que pueden ser señaladas, sino por meras posibilidades, por puras concepciones mentales.
La investigación científica desempeña un papel muy poco importante tanto en la economía política cuanto en la moral, siendo preponderante el arte. Abundan poco las leyes en sentido estricto; las que hay no son más que máximas de acción, preceptos prácticos disfrazados.
Son naturales en el sentido de que enuncian los medios que es natural o puede parecer natural emplear para alcanzar tal fin supuesto; pero no se les puede llamar de esa forma si por ley natural se entiende cualquier modo de ser de la naturaleza constatado inductivamente. No son más que consejos de sabiduría práctica y si se las ha podido presentar como la expresión misma de la realidad, es porque con razón o sin ella, se ha creído que cabía suponer que esos consejos eran seguidos efectivamente por la mayor parte de los hombres y en la mayor parte de los casos.
Los fenómenos sociales como cosas Los fenómenos sociales son cosas y deben ser tratados como cosas. Basta con constatar que son el único datum (puntos de referencia) que se ofrece al sociólogo. Es cosa todo lo que se da, se ofrece o, más bien, se impone a la observación.
Tratar como cosas a los fenómenos es tratarlos en calidad de data que constituyen el punto de partida de la ciencia.
En el caso de los fenómenos sociales está claro que presentan este carácter. Lo que nos es dado no es la idea que los hombres se hacen del valor, pues es inaccesible. Es posible que la vida social no sea más que el desarrollo de ciertas 3 nociones, pero, suponiendo que esto sea cierto, tales nociones no nos son dadas de modo inmediato. No es posible llegar a ellas directamente, sino sólo a través de la realidad que las expresa.
Tenemos que considerar a los fenómenos sociales en sí mismos; hay que estudiarlos desde fuera, como a cosas exteriores o, pues en esa calidad de tales como se presentan a nosotros. Esta regla se aplica a la entera realidad social sin que haya razones para hacer ninguna excepción.
Deben ser considerados desde este punto de vita hasta los fenómenos que más claramente parecen consistir en ordenamientos artificiales. Nunca se debe suponer de antemano el carácter convencional de una práctica o de una institución.
Una cosa se reconoce principalmente por el hecho de que no puede ser modificada por un simple decreto de la voluntad.
Esto quiere decir que para producir un cambio no basta con quererlo, sino que se precisa además de un esfuerzo más o menos arduo, debido a la resistencia que opone nuestra acción y que, por otra parte, no siempre puede ser vencida.
Lejos de ser un producto de nuestra voluntad la determinan desde fuera. Al considerar a los fenómenos sociales como cosas no haremos otra cosa que conformarnos a su naturaleza.
A la sociología le queda por efectuar un progreso militar al realizado con la psicología. Tiene que pasar del estudio subjetivo, que casi no ha superado aún, a la fase objetiva.
Los hechos sociales presentan de un modo natural e inmediato todos los caracteres de la coseidad. En virtud de su propia naturaleza tienden a constituirse fuera de las conciencias individuales, puesto que las dominan. La sociología presenta una serie ventaja respecto a la psicología; los hechos sociológicos son más fácilmente accesibles.
Es lícito creer que el día en que sea unánimemente reconocido y practicado este principio del método sociológico, se verá a la sociología progresar con una rapidez que la actual lentitud de su desarrollo apenas permite suponer, y recobrar incluso el adelanto que la psicología debe tan sólo a su anterioridad histórica.
Las principales reglas para evitar ignorar la verdad Para asegurar la realización práctica de la verdad que acaba de ser establecida no basta con demostrarla teóricamente o con sentirse convencido de su verdad. La mente tiene tal inclinación natural a ignorar esta verdad que inevitablemente volvería a caer en los antiguos extravíos si no se sometiese a una rigurosa disciplina, cuyas principales reglas se formulan a continuación.
La primera. Hay que desechar sistemáticamente todas las prenociones.
Es la base de todo método científico. Es preciso que el sociólogo se prohíba a sí mismo energéticamente la utilización de esos conceptos que se han formado al margen de la ciencia y para satisfacer necesidades que nada tienen de científicas.
Es preciso que se libere de esas falsas evidencias que dominan la mente del pueblo, y que, de una vez por todas, sacuda el yugo de estas categorías empíricas que con frecuencia una larga costumbre termina por convertir en tiránicas. O, al menos, si la necesidad le obliga a recurrir a ellas, que lo haga teniendo conciencia de lo poco que valen a fin de que no les haga desempeñar en la doctrina un papel del que no son dignas.
Lo que hace que esta liberación sea particularmente difícil en sociología es la tendencia a ser parcial que con frecuencia afecta a los sentimientos. Tenemos tanto apego a las ideas que nos formamos en estos campos, así como a los objetos a que se refieren estas ideas que adquieren tal autoridad que no admiten la contradicción.
4 Estas nociones pueden llegar a tener un prestigio tal que ni siquiera admitan que se las estudie científicamente. Los sentimientos que tienen por objeto las cosas sociales no tienen privilegio alguno sobre los demás, pues no tienen un origen diferente. El sentimiento es objeto de estudio de la ciencia, no criterio de verdad científica.
La segunda. Estudiar unos fenómenos definidos por caracteres exteriores comunes La primera regla, si bien enseña al sociólogo a sustraerse al dominio de las nociones vulgares y a orientar su atención hacia los hechos, no dice el modo para hacerlo.
El primer paso del sociólogo debe ser el de definir las realidades de que se ocupa, a fin de que se sepa de qué se trata.
Ésta es la primera condición de toda prueba y de toda verificación, y la más indispensable. Evidentemente, para que sea objetiva tiene que expresar los fenómenos en función de propiedades que les sean inherentes, y no de una representación mental.
Ahora bien, en el momento en que la investigación sólo va a empezar los únicos caracteres accesibles son los que se encuentran lo bastante al exterior como para ser visibles de modo inmediato. Los que están situados a un nivel más profundo son más esenciales; su valor explicativo es más alto, pero en esta fase de la ciencia son desconocidos, y no pueden ser anticipados.
Resulta claro que esta definición deberá comprender todos los fenómenos que presentan igualmente estos mismos caracteres sin exceptuar a ninguno, pues no tenemos razones ni medios para efectuar distinciones entre ellos.
De todas estas aclaraciones, podemos extraer la segunda regla; no tomar nunca como objeto de nuestra investigación más que a un grupo de fenómenos previamente definidos por ciertos caracteres exteriores que les son comunes e incluir en la misma investigación a todos aquellos que corresponden a esta definición.
Procediendo de este modo el sociólogo se asienta en la realidad desde el primer momento. El modo como son clasificados los hechos no depende de él, sino de la naturaleza de las cosas. Se puede mostrar a todo el mundo el signo que hace que se incluyan en tal o cual categoría y todo el mundo puede reconocerlo; de este modo las afirmaciones de un observador pueden ser controladas por los demás.
Por evidente e importante que sea esta regla, casi no ha sido observada en la sociología. Casi siempre al sociólogo le parece innecesario dar una definición previa rigurosa de términos como la familia, la propiedad o el crimen. Lo único que hacemos es referirnos a la noción común. Ahora bien, con mucha frecuencia ésta es ambigua. Esta ambigüedad hace que se reúnan bajo un mismo nombre y en una misma explicación cosas que en realidad son muy diferentes.
En otros casos se tiene buen cuidado en definir el objeto sobre el que va a versar la investigación, pero en lugar de incluir en la definición y de agrupar bajo el mismo título a todos los fenómenos que tienen las mismas propiedades se hace una selección entre ellos. Se elige a algunos a los que se considera como a los únicos con derecho a tener tales caracteres; en cuanto a los otros no se les tiene en cuenta.
Esta eliminación sólo puede hacerse siguiendo una idea preconcebida, puesto que cuando una ciencia está en sus inicios ninguna investigación ha podido establecer aún la realidad de esta usurpación. Los fenómenos elegidos sólo pueden haber sido seleccionados porque se adecuaban más que los otros a la concepción ideal que uno se formaba de este tipo de realidad.
Para determinar si un precepto es moral o no lo es, debemos examinar si presenta el signo exterior de la moralidad, un signo que consiste en una sanción represiva difusa, es decir, en una censura difusa de la opinión pública que venga 5 cualquier violación del precepto. Siempre que nos encontremos con un hecho que presente ese carácter no tenemos derecho a negarle el calificativo de moral.
La objeción sólo estaría fundada si esos caracteres exteriores fuesen al mismo tiempo caracteres accidentales, es decir, si no estuviesen vinculados a las propiedades fundamentales. En tal caso la ciencia no tendría medio alguno de seguir progresando después de haberlos señalado; no podría profundizar en la realidad, pues no habría ninguna relación entre la superficie y el fondo.
Dado que es por medio de la sensación como nos es dada la parte externa de las cosas, podemos resumir nuestro pensamiento diciendo que, para ser objetiva, la ciencia debe partir de la sensación, y no de conceptos que se han formado sin ella. Ésta necesita conceptos que expresen adecuadamente la realidad tal cual es, no tal y como resulta útil a la práctica concebirlas.
Ahora bien, como los conceptos forjados al margen de su acción no cumplen esta condición, es preciso que cree otros nuevos y, para ello que, dejando de lado las nociones comunes y las palabras que las expresan, retorne a la sensación, que es necesariamente la materia prima de todos los conceptos.
Es de la sensación de donde resultan todos los conceptos. Es de la sensación de donde resultan todas las ideas generales, verdaderas o falsas, científicas o no científicas. El punto de partida de la ciencia o conocimiento especulativo no podría ser, distinto del del conocimiento vulgar o práctico. Es sólo más adelante, en el modo como es elaborada esta materia común, cuando surgen las divergencias.
La tercera. Estudiarlos cuando s e presenten de forma aislados de sus manifestaciones individuales La sensación tiene un problema. Se convierte fácilmente en algo subjetivo. Por lo que es requisito indispensable en las ciencias de la naturaleza retener exclusivamente de que presentan un grado suficiente de objetividad. Los caracteres exteriores en función de los que define el objeto de su investigación deben ser tan objetivos como sea posible.
Los hechos sociales son tanto más susceptibles de ser representados objetivamente cuanto más se hayan desprendido de los hechos individuales que los manifiestan. La condición de toda objetividad es la existencia de un punto de referencia constantemente idéntico al que puede ser referida la representación y que permite eliminar todo lo que ésta tiene de variable, de subjetiva.
Si los únicos puntos de referencia que están dotados son ellos mismos variables falta cualquier medida común y no tenemos medio alguno de distinguir en nuestras sensaciones entre lo que depende del exterior y lo que les llega de nosotros.
La vida social consiste en corrientes libres que están continuamente en vía de transformación y que la mirada del observador no consigue fijar. No es por este lado por donde puede abordar el científico el estudio de la realidad social.
Presenta la particularidad de poder cristalizarse sin dejar de ser ella misma. Los hábitos colectivos se expresan en formas definidas: reglas jurídicas y morales, refranes populares, hechos de estructura social, etc.
Como estas formas existen de modo permanente constituyen un objeto fijo, una unidad de medida constante que está al alcance del observador y que no deja lugar alguno para las impresiones subjetivas y las observaciones personales.
Como quiera que, por otra parte, esas prácticas no son sino vida social consolidada estudiar ésta a través de aquellas.
Así pues, cuando el sociólogo se propone explorar un orden cualquiera de hechos sociales debe esforzarse por considerarlos desde un ángulo en que se presenten aislados de sus manifestaciones individuales.
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