El proceso de neolitización, perspectivas teóricas para el estudio del Neolítico (2015)

Trabajo Español
Universidad Universidad de Barcelona (UB)
Grado Historia - 2º curso
Asignatura Prehistoria
Año del apunte 2015
Páginas 4
Fecha de subida 20/02/2015
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PREHISTÒRIA 02/04/2014 Grup D Jordi Saura Nadal El proceso de neolitización, perspectivas teóricas para el estudio del Neolítico Los cambios que se sucedieron en el ‘’Neolítico’’, los cuales merecieron la categoría de ‘’revolucionarios’’ por Gordon Childe dado la magnitud de su importancia e influencia, han sido los que han marcado, más seguramente, la historia de la Humanidad (agricultura, ganadería, domesticación…). No obstante, ha surgido una problemática al definir esta etapa de la Prehistoria: el Neolítico puede verse como una fase arqueológica, definida por sus rasgos materiales, o como una etapa más de la evolución socio-cultural humana. Hasta hace muy poco su estudio siempre fue abordado desde la primera perspectiva, debido a las propias condiciones de aparición de la Prehistoria como ciencia. Dentro de un discurso evolucionista, finalista, se pretendía explicar y entender estos cambios, algunos de ellos reflejados en la Biblia, desde la perspectiva ‘’arqueológica’’ del problema, esto es, desde los mismos hallazgos materiales. Así, podemos dividir la historia de la investigación y el estudio de dicha etapa en dos grandes bloques: las teorías ‘’clásicas’’ (fase arqueológica) o todas aquellas, recientemente puestas en escena, que la intentan abordar como fase del desarrollo socio-cultural de la Humanidad.
El gran conjunto de las teorías clásicas vienen definidas por un carácter materialista (en tanto que sostienen la base material de la sociedad intentando explicar a partir de ello todo lo demás) y evolucionista (ya que consideran adaptativo cualquier rasgo que contribuya a mejorar el sistema). Estas, a su vez, pueden subdividirse, según la influencia antropológica de sus tesis, en posiciones idealistas, como manifestación del evolucionismo unilineal progresivo en el plano ideacional, y posiciones deterministas, como manifestación del evolucionismo determinista, es decir, un determinismo de las condiciones materiales de existencia. Las teorías evolucionistas parten de que la Humanidad va superando sucesivos estadios de desarrollo, de la simplicidad a la complejidad, a causa del progresivo ‘’mejoramiento’’ de la mente humana, conducida por la variable de la innovación tecnológica. Algo que hemos de semejar a los postulados antropológicos de Morgan. Con ello cabe suponer que la Revolución Neolítica no es más que un avance tecnológico, y que es superior y mejor al estadio cazadorrecolector anterior. Dentro de estos planteamientos, en el plano ideacional, destacamos la figura indiscutible de G. Childe, quien introdujo el concepto de ‘’Revolución Neolítica’’ dado sus consecuencias radicales en la sociedad. Childe aunaba presupuestos evolucionistas y materialistas. No obstante, la explicación determinista ambiental que dio a partir de su hipótesis del ‘’oasis’’, fue lo único que retuvieron sus sucesores y por lo que recibió la crítica de, entre otros, R.J. Braidwood. Este refutó la premisa del cambio climático tal como había sido planteado por Childe y lo sustituyó, en su teoría de la evolución cultural, por la aparición de unas ‘’zonas nucleares’’, donde el hombre, en un momento adecuado y concreto, habría iniciado la agricultura. Ahora bien, enseguida le llovieron las críticas, tanto por su empirismo como por cuestiones teóricas, lo que supuso el hundimiento de la hipótesis. Con ello, nos introducimos en las posiciones deterministas, causantes del derrumbamiento definitivo de las primeras hipótesis. Aun basadas en los principios evolucionistas clásicos (existe una mejoría en la producción de alimentos), añaden a sus argumentos el adaptacionismo cultural como base. En estos planteamientos cabe destacar el determinismo genético del seleccionismo cultural de D. Rindos, el determinismo ambiental de Higgs y su Escuela Paleoeconómica de Cambridge o el determinismo sistémico y termodinámico de la Ecología Cultural formulada por K. Flannery.
D. Rindos en su teoría del ‘’seleccionismo cultural’’, desde mi punto de vista muy limitado por su carácter puramente biologista y determinista ‘’extremo’’ (él era un botánico), propone un proceso evolutivo darwinista clásico para explicar el origen de la agricultura. Esto excluye las capacidades culturales determinadas del hombre (está completamente determinado, como las teorías marxistas), siendo necesario un examen puramente biológico de los procesos de interacción entre el comportamiento humano y el medio natural. El proceso co-evolutivo, que se iniciaría de forma casual, tendría como resultado la predecibilidad del crecimiento de las plantas durante y la consecuente optimización de su rendimiento por parte del hombre. Este modelo será criticado, en diversos puntos, por J. Vincent. Se produce, sin embargo, a partir de los años 60, con la intervención de distintas aportaciones como la Nueva Arqueología, la reformulación de los postulados del determinismo ambiental clásico, que se desvía en dos direcciones: en términos materialistas de Higgs y la escuela de Cambridge, y en términos evolucionistas bajo la estructura de la teoría de sistemas, la conocida como Ecología Cultural. Cabe señalar que las dos tendencias perviven en la actualidad a través de los modelos ‘’procesuales’’, mayoritarios en la explicación de la neolitización de Europa. La Teoría General de Sistemas (T.G.S.), uno de los reflejos antropológicos de la Ecología Cultural, por su parte, se basa en la tendencia al equilibrio de los sistemas biológicos aplicados a los sistemas culturales. No obstante, esta teoría conllevó problemas, incapacitada para dar cuenta de los cambios. Según el pensamiento sistémico si un sistema funciona y está equilibrado a nivel funcional no tiene por qué cambiar; así pues, debe buscarse la causa del cambio en factores externos a este sistema, fijando la atención a las variables que podían haber determinado el inicio del desequilibrio y el cambio.
Con ello empezamos a abandonar este primer gran bloque de teorías evolucionistas. El enlace de transición entre estas y las teorías materialistas no será otro que la Teoría de las áreas marginales. Formulada por Binford y Flannery, ante el evidente fracaso de la T.G.S., proponía que un incremento de la población, en un área en vías de especialización y experimentación agrícola, podía suponer la emigración y expansión de este ‘’aprendizaje’’ a otros lugares, tornándose ahora absoluta la interdependencia entre las especies. El principal problema que suponía esta teoría era que partía de una variable poblacional, contrario a las ideas maltusianas sobre el crecimiento demográfico (‘’el umbral crítico’’, el límite de los recursos disponibles). Llegábamos así a un punto crítico sin aparente solución visible.
Pero ésta llegaba sin embargo poco después de manos de las teorías materialistas. El problema residía en la contradicción de la teoría de las áreas marginales respecto la concepción del problema y el marco de análisis.
Así, será la Teoría de la Presión Demográfica (M.N. Cohen), la que ampliará este marco de análisis, siendo, por primera vez, el objeto de reflexión la universalidad espacio-temporal del fenómeno, esto es la ampliación del marco espacial y temporal. Suponiendo la evidencia de que la población, en unas condiciones adecuadas, tiende a incrementarse mientras tiene la posibilidad de expansión territorial para su excedente (patrón de crecimiento extensivo), la teoría analiza el problema que surge al sobrepasar la red demográfica su capacidad territorial (iniciando un patrón de crecimiento intensivo), aumentando la densidad de población y, consecuentemente, la presión demográfica sobre los recursos. De este modo, la domesticación ya no se concibe como un factor causal del cambio cultural, sino como el resultado de un cambio más profundo: la sustitución de unos sistemas demográficos por otros. Por ello, la Teoría de la Presión Demográfica inaugura el segundo gran bloque de teorías que abordaran la problemática neolítica desde la perspectiva socio-cultural del desarrollo de la Humanidad.
De este modo, los materialistas históricos, en contraposición directa a los procesualistas, defenderán la variabilidad y dinámica de los sistemas culturales, definidos como homeostáticos por los primeros. Estos cambian porque el sistema cultural tiene la capacidad de auto-transformarse, lo que significa que su variabilidad no está destinada únicamente a un funcionamiento adaptativo. Por lo tanto, si hay que buscar las causas del cambio estas se han de hallar dentro del sistema y no fuera de él. Barbara Bender, su principal exponente, pondrá su atención, ya no en la base material de la sociedad, sino en otros dominios sociales que se intentaron explicar a partir de ésta, con la consecuente simplificación excesiva de la explicación. Estas posiciones comprueban que las transformaciones ‘’no se limitan a cambios tecnológicos ni en aspectos concretos de la subsistencia’’ sino que, además, implican la aparición de nuevas formas de organización social y un punto de inflexión global en la historia humana. Con ello, se transforma radicalmente el problema a resolver, constituyéndose ahora la propia transformación social en el eje de la argumentación. Surge, así, la Teoría socio-cultural o del desequilibrio demográfico de B. Bender, mediante la cual la demografía y la tecnología dejan de ser variables independientes para ser la estructura social la que determinará el patrón demográfico. Con esto, Bender anula la disyuntiva clásica, concediendo ya un peso específico al almacenamiento (a causa de un excedente) en el proceso de transformación, a partir del cual surgen todos los cambios en la sociedad.
Posteriormente, A. Testart desarrollará la idea de Bender, realizando un estudio de los grupos cazadoresrecolectores documentados etnográficamente, para comprobar las diferencias entre su organización social con la de los pueblos agricultores. Como vemos en la etnografía, existen grupos cazadores-recolectores que almacenan lo recolectado y cazado, con lo que se demuestra que el excedente no es solo posible en las comunidades agrícolas (también podrían tener por ello una jerarquía o sociedad de clases). Testart llega así a decir, siguiendo los postulados de Bender, que el almacenamiento implica un cambio enormemente radical en la mentalidad del grupo (ideología, costumbres, relaciones personales…), independientemente de la naturaleza del recurso. Por ello, el sedentarismo y el almacenamiento pueden considerarse la causa del inicio de las desigualdades sociales, llegando a constituirse el segundo como una variable fundamental en el proceso. Por tanto, la Revolución Neolítica significa la constitución de una estructura económico-social sedentaria con almacenamiento, en la que, surgida a consecuencia de ello, la agricultura no es más que otra innovación, jugando un papel decisivo en la sociedad una vez introducida. Las críticas que se le hicieron a Testart fueron básicamente relacionadas con su valoración exclusivamente técnica de la práctica de la acumulación, sin tener en cuenta sus implicaciones en la sociedad, la política y la economía. En el mismo cuadro de cosas, desde una perspectiva para mi más marxista clásica (aunque también se pueda definir con ello ciertos postulados de A. Testart), hay que destacar también el trabajo de Shnirelman. Para este autor, el punto de inflexión más importante en la Historia consiste en la división social del trabajo, siendo los cambios en la esfera socio-cultural (y no en el medio) a partir de los cuales se ha de buscar el origen y las causas de la transformación. Shnirelman también reconoce la importancia del almacenamiento, como Testart o Bender, pero a su juicio, ésta radica en las posibilidades de desarrollo social a que da lugar. Según él, contrariamente a los principios básicos, la división del trabajo surgiría vinculada a la aparición de un excedente regular, independientemente del tipo de economía de subsistencia. En este sentido, no duda que la demografía sea una variable de una enorme importancia en el proceso. J. Vincent, por su parte, va a llevar aún más lejos las implicaciones socio-económicas y políticas del proceso de acumulación. En su argumentación, defiende que el cambio importante sucede cuando se llega a una institucionalización de la apropiación de la producción y de los medios de ésta. El cambio de mentalidad y la transformación radical que esto conlleva marcan, ahora sí, una modificación esencial en el modo de vida. La Revolución Neolítica, podríamos decir así, marcaría el final de un modo de vida ‘’primitivo’’ y el inicio de uno ‘’campesino’’, definido por nuevas condiciones sociales de producción y por unas relaciones permanentes de dependencia entre medios y productores. De ahí su carácter ‘’marxista’’ al afirmar que este periodo de la Humanidad es el punto de inicio de la desigualdad social. De este modo, la disyuntiva sociedad primitiva/sociedad campesina se convierte en el eje de la argumentación y en el resumen de la Revolución Neolítica.
Siguiendo la línea materialista, se distinguen los trabajos de T. Ingold y F. Criado, parecidos a nivel teórico, ya que ambos consideran que el discursos ideológico no pude entenderse sin la racionalidad inherente a una estructura social, ya que constituye la posibilidad básica de su construcción. Así, desde este materialismo estructuralista, T. Ingold defiende que la economía abarca tanto las relaciones sociales de producción como las técnicas de la misma, siendo las primeras el factor clave a analizar. Los cambios definidos en el Neolítico y su transformación no son más que la aparición y consolidación de una relación de producción diferente entre el hombre y el medio, ya que un componente de éste último sólo se convierte en recurso cuando es valorado socialmente. Según Ingold, el eje crucial de la transformación es el cambio en los criterios de relación del hombre con este medio natural. A su juicio, con estos cambios se substituye una relación de confianza entre el medio y el cazador-recolector por una de dominio, que caracterizará al campesino o agricultor. Como hemos dicho, el factor principal del cambio es este, y ya no el almacenamiento, que puede darse sin alterar la constitución de la sociedad. Así, la auténtica ‘’Revolución’’ la encontraríamos, independientemente de la innovación tecnológica, en las relaciones sociales de producción, definidas por un determinado tipo de pensamiento. Dentro de la misma línea teórica, Criado defiende la existencia de ‘’una estrecha relación estructural en las estrategias de apropiación del espacio entre pensamiento, organización social, subsistencia y concepción-utilización del ambiente’’, intentando encontrar las divergencias entre sociedades recolectoras y agrícolas.
Con la nueva importancia dada a las ‘’mentalidades’’ nos introducimos en las teorías neo-idealistas, que invierten la óptica materialista al defender que la conducta observable ‘’se genera en pautas del pensamiento simbólico’’. Esto quiere decir que los aspectos ideacionales (simbología) determinan los materiales (producción), y no al revés, concentrándose, consecuentemente, en el análisis de la transformación del pensamiento que provoca el Neolítico. Así, de manos de I. Hodder, se argumenta que la domesticación es (ahora) una ‘’idea’’ que explica un determinado ‘’discurso de dominación’’; la aparición de la agricultura se da a causa de un ‘’interés político’, una estrategia de poder, que se concreta en ‘’el control de lo salvaje como fuente de prestigio’’. Aunque estos rasgos se puedan encontrar arqueológicamente desde el Paleolítico Superior, llega un momento, al final del Pleistoceno, en que cambian los recursos disponibles, y el sedentarismo, y consecuentemente, los procesos de competición social, se explicaría perfectamente como un modelo más eficaz de subsistencia. ‘’Lo determinante era - ante todo - mantener ese discurso de poder’’. Así, resume A. Hernando: ‘’la agricultura es sólo otro paso en el largo proceso de cambio social e ideológico iniciado con las hachas de mano y destinado a domesticar la sociedad como resultado del prestigio del dominio de lo cultural sobre lo natural’’. Dentro del pensamiento ‘’neo-ideacional’’ encontramos la figura, además, de J. Thomas, representante de la culminación de estas posiciones. Para él, la cultura material ‘’es parte de un pensamiento’’, una determinada interpretación y visión de la realidad. Para este autor deja de tener validez el Neolítico como ‘’economía’’, para verlo como un sistema conceptual de ordenación del mundo. Sus argumentaciones llegan al extremo de decir que el significado de la domesticación podría ser más simbólico que nutricional. Sin embargo, se ve con el problema de si debemos ‘’describir una estructura de ideas neolítica en términos de ideología, religión o tradición oral’’.
Con todo, y en conclusión, hemos de acabar diciendo que el Neolítico sigue en proceso de estudio y que su caracterización aún hoy está cambiando. Como hemos dicho, este cambio se define como el paso de la perspectiva tradicional (de un potente empirismo, y materialismo a mi parecer, que determinó la orientación de los planteamientos) a una nueva que intenta abarcar la ‘’fase’’ neolítica como una importante parte de la evolución cultural de la Humanidad. Estas nuevas posiciones rechazan completamente la definición clásica de la Prehistoria como una sucesión de ‘’culturas arqueológicas’’ (con las implicaciones que conlleva la definición, un tanto libre, de éstas como ‘’culturas’’), asumiéndola, así, como una ‘’evolución dinámica y compleja, cuyos ejes de movimiento, impulsos de transformación, deben buscarse’’. De este modo, las tipologías y la cultura material han dejado de ser el foco de atención para dejar paso a las ‘’fuerzas’’ que provocan esta transformación cultural, social, económica… No se trata, desde mi punto de vista, de ser de ‘’izquierdas’’ o de ‘’derechas’’ en este asunto, de abarcar el problema desde una perspectiva en concreto. El proceso es mucho más complejo, aunque no tanto como a veces lo complican algunos investigadores. Cabe destacar que estamos en manos de la Arqueología, como fuente básicamente única de información. Esto nos limita enormemente el estudio no solo de la vital etapa del Neolítico, sino también nos impide conocer completamente una de los momentos más fascinantes y oscuros, por así decirlo, de nuestra historia: la Prehistoria. Creo que todos estos investigadores se pondrían de acuerdo conmigo al afirmar que el Neolítico, vista ya su importancia (manifiesta en palabras de Childe), marca un verdadero antes y después, un auténtico punto de inflexión en la evolución de la especie humana. Es una etapa que habría de despertar, en mi opinión, más interés entre los historiadores, ya que debemos gran parte de lo que somos hoy a este periodo. Porque, al fin y al cabo, no somos más que la sombra de nuestros días pasados, la culminación de nuestros ancestros.
Jordi Saura Nadal ...